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Críticas

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El Origen del Mundo

por Zavel Castro 1 julio, 2018

Jorge Volpi es, sin duda alguna, una de las voces críticas más importantes del siglo XXI. Su agudeza intelectual ha quedado manifiesta en un sinfín de escritos, su pluma, inagotable e inconforme, pasa del ensayo a la novela, de la seriedad de una columna de opinión a sus inquietantes ficciones documentales de las que se desprende una interpretación de la realidad con el más alto grado de análisis tanto como pasajes que apelan directamente a lo erótico tanto como a lo romántico. Es un escritor completo. Su ingenio enriquece al mundo. Ha dominado el plano de la narrativa y ha sido y será siempre reconocido por ello.

A poco tiempo de cumplir 50 años, Volpi parece haber multiplicado sus inquietudes, o mejor dicho, volver a sus orígenes. Poca gente sabe que el primer texto largo que escribió fue una obra de teatro en sus años como estudiante de preparatoria, un esbozo de obra dramática que nunca llegó al escenario y que quizá esté guardado en algún cajón. No así su interés por el teatro, que retomó tantos años después, animado por la investigación que llevó a cabo para su novela, Memorial del engaño (2013). Los crímenes financieros, el funcionamiento oculto del sistema monetario, los dilemas políticos y morales tras los negocios, y, sobre todo, los acuerdos de Bretton Woods y el desempeñó como Departamento del Tesoro de Harry Dexter White, detonaron la escritura de El origen del Mundo.

Para Memorial del engaño, Jorge se imaginó a sí mismo como un neoyorquino, mecenas de la ópera (su pasión real más acusada) y como estafador. Para El origen del mundo, se pensó a sí mismo como dramaturgo, dando cuenta de la mascarada en la que se regocijan los intelectuales. Su mayor acierto como escritor de teatro ha sido quizá la elección del tema y la detección del potencial dramático de las discusiones entre John Maynard Keynes y Harry Dexter White figuras históricas fundamentales que definieron el curso de la economía mundial tras la Segunda Guerra Mundial.

Foto: Sergio Carreón Ireta / CNT

Foto: Sergio Carreón Ireta / CNT

La dramaturgia que soporta el montaje dirigido por Mario Espinosa para la Compañía Nacional de Teatro no escatima en información, al contrario, está repleta de datos precisos que narran casi de manera cronológica (alternando el discurso mediante el diálogo de los dos personajes principales) las vicisitudes que dieron lugar al establecimiento del Banco Mundial y la creación del Fondo Monetario Internacional eligiendo al dólar como la divisa de referencia mundial.  Todo ello acompañado del correlato (aquí yace la verdadera tensión dramática) de la problemática relación, dicho de otro modo, la rivalidad entre los dos economistas, que sin embargo retrata como dos hombres sumamente educados y respetuosos capaces de sostener una prolongada conversación sin exaltarse. Guardando las formas. Sin asomo de vulgaridad.  Especialmente el personaje de Dexter White interpretado por  Andrés Weiss, quien encima guarda un sorprendente parecido con el economista.

El tema de la obra es fruto de una minuciosa investigación y organización de Volpi, quién además acertó al anotar el tono en que podría montarse esta discusión: la farsa. Atendiendo a esta indicación, Mario Espinosa creó un ambiente tan espectacular y absurdo como suele ser (visto de cerca) el circo de la alta cultura.  Es así, que vemos a los grandes economistas en un ridículo in crescendo habitando una casa de espejos en el que se intercambian y confunden y en el que nada es lo que parece.

La dirección de Espinosa combina la seriedad del tema tratado con la irracionalidad del humor, vistos sobre todo, con el juego de la interpretación de la Señora White que alternan Octavia Popesku, Éricka de la Llave, y Amanda Schmelz; la transformación de Keynes que deviene en una caricatura de sí mismo comiquísimamente encarnado por David Hevia (actor invitado por la CNT) y la inclusión de un coro que comenta lo que sucede con gestos grandilocuentes, haciendo eco de las reacciones de los espectadores (el mayor acierto de la dirección entre los tantos que posee). Más allá de saber qué pasará con la economía mundial, los espectadores se mantienen atentos a “quién ganará” como si se tratara de una pelea de box. Guiño que ofrece Espinosa al colocar a las figuras históricas precisamente como pugilistas en la introducción a la obra.[1]

En suma, Volpi encontró una imagen generadora lo suficientemente potente que, en buenas manos como son las de Espinosa, ha conseguido materializarse en una obra dinámica y lúcida, a la altura del acontecimiento histórico narrado y del teatro de intachable manufactura.

 

Zavel-ADP

[1] A propósito de la escena introductoria, me atrevo asegurar que no solo es lo que atrae de inmediato la atención del espectador, sino que funciona para dar el tono de toda la obra, agilizándola y enfatizando la rivalidad de las dos grandes mentes insertas en una sociedad de consumo y espectáculo. Con esta resolución, Espinosa da un giro radical respecto a  otras obras del mismo estilo (la discusión entre dos intelectuales) como  La última Sesión de Freud, dirigida por José Caballero.

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Sin Yolanda que aquí no pasó Nancy. La Prietty Guoman.

por Zavel Castro 18 junio, 2018

 

La verdad es que tenía muchas ganas de conocer a “la Prietty”, el personaje creado por César Enríquez como resultado de su exploración sobre la realidad “trans”. La curiosidad se debía a los buenos comentarios que circularon por doquier y que hicieron a esta obra merecedora de clausurar la Muestra Nacional de Teatro y sobre todo del cariño de la comunidad a la que va dedicada y del resto del público que no deja de asistir a sus funciones en cualquier lugar en el que se presente. Naturalmente, que esta obra se presente en la Zona Rosa, corazón de la comunidad LGBTTTIQ (etcétera), en el teatro NH como parte del ciclo de monólogos “Mujeres Poderosas” organizado por Olivia Ortiz de Pinedo, hizo todavía más tentador mi asistencia al espectáculo.

¿Qué era lo que lo hacía tan especial? ¿Por qué causa tanto revuelo? Al verla entendí que acaso su mayor acierto sea el tratamiento del tema de una manera tan seria, honesta y comprometida y al mismo tiempo divertida. Contraria a la solemnidad con la que el mismo tema ha sido tratado algunas veces, solemnidad que deviene en densidad y que requiere del espectador un esfuerzo intelectual y de concentración que amenaza con dificultar su comodidad y goce inmediato.[1]

La Prietty no solo divierte y entretiene, sino que refleja, especialmente mediante su estética kitsch que coherente con el estilo raya en lo vulgar (escenografía, iluminación, vestuario); retratando así la realidad de la “vida nocturna” de muchas trans. La condición, o mejor dicho decisión vital de estas personas, las relega dentro del mercado laboral, limitándolas a prostituirse o a servir de algún modo en clubes, antros o la calle.

Consciente también de la situación económica de muchas trans, cuya transición total al género femenino exigiría una operación de cambio de sexo que imposible de costear, “La Prietty” muestra una figura hiper femenina que exagera sus rasgos corporales de forma rudimentaria, bruta, como sus medios se lo permiten y su entorno posibilita. La Prietty es una gran representante de la mayoría de las trans mexicanas. Por eso pueden reconocerse en ella y empatizar con el personaje. Porque saben que absolutamente contraria a una caricaturización de ellas lo que César Enriquez intentó con esta obra es comprenderlas, solidarizarse y darle voz a esa minoría fundamental en el panorama identitario de Latinoamérica.

Por solidaridad también es que Enríquez aprovecha su monólogo para denunciar la injusticia en la que viven diariamente y la violencia que muchas veces termina con sus vidas. Hay una escena de la obra que roba el aliento y abre los ojos del público. La escena que rompe con el tono cómico y nos invita reflexionar sobre la discriminación que permite que ciertos abusadores sientan que tienen el derecho de terminar con la vida de una persona a causa de sus preferencias sexuales. Lágrimas y risas. De una emoción a otra. Todo lo que nos hizo sentir la Prietty como una auténtica mujer (muy) poderosa.

Zavel

 

 

[1] Se me ocurre por ejemplo otro de los montajes seleccionados para la Muestra Nacional de Teatro, que sin embargo yo vi como parte del ciclo “Beso. Teatro diverso” en la Teatrería, es Trans. Pieza documental sobre la identidad de género de la compañía de teatro Translímite-Alternativa Escénica, escrita por Bruno Ruiz y dirigida por Luis Rodríguez. Pienso que la “densidad” de la pieza podría  estar relacionada con la concepción del autor sobre el teatro documental y la tradición del género en México, pero esta es materia de otra reflexión.

 

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La mordida

por Ricardo Ruiz Lezama 1 junio, 2018

Para André Bretón,  México era el país más surrealista del mundo. La anécdota que se cuenta es que mandó a hacer una silla a partir de un boceto suyo, en el cual se veía la silla en perspectiva. El carpintero mexicano al que se le encargó el trabajo la hizo tal como se veía en la imagen, lo que dio por resultado una silla desproporcionada. Dalí coincidió con Bretón pero su aseveración fue más dura asegurando que no regresaría a México porque le parecía insoportable que existiera un país más surrealista que sus pinturas.

¿Qué pasó para que Dalí dijera esto? No lo sé, pero sin duda hay un punto en el que muchas y muchos como mexicanos hemos tenido una sensación similar de querer salir huyendo y no regresar. Y no por el país, tampoco por la gente, pues nuestro país es considerado -y coincido- como uno de los lugares más bellos del mundo, y los mexicanos -también coincido- somos vistos como personas afables y hospitalarias. Lo que es más surrealista en este país es la política, y aunque dudo que Dalí tuviera suficiente acercamiento con esta, estoy seguro que de haberse relacionado con ella no solo hubiera dicho lo que dijo sino que además hubiera salido mentando madres.

¿Por qué digo que es surrealista la política en México? Porque va en contra de toda lógica. Mucha de la gente que rompe las leyes está libre mientras que gente inocente que solo exigía sus derechos está presa -la mayoría de las veces mediante la imputación de cargos casi fantásticos-; uno de los hombres más ricos del mundo es mexicano mientras millones de ciudadanas y ciudadanos de este país tienen una vida marginal y de pobreza extrema… así podría seguir con los ejemplos, pero sería excesivo y extenuante.

Alguna vez, hace años, no recuerdo dónde, leí que existía quien tenía la hipótesis de que el humor negro podría haber nacido en México. Desde que lo leí,  hasta la fecha me sigue pareciendo que podría ser porque la única forma que hemos encontrado para encarar tanto surrealismo político es justamente a risa. “Reír de lo que nos duele para no morir”[1], como afirmaba en un texto, Liliana Papalotll, una de nuestras colaboradoras cabareteras.

El arte teatral ha encontrado en el humor una herramienta para hacer crítica aguda y punzante de nuestra realidad nacional, además de ser un medio para hermanarnos ante la tragedia mediante una sonrisa. En estos momentos se encuentra en cartelera una obra que para Bretón y Dalí sería hypersurrealista, debido a que plasma virtuosamente una de las caras más carentes de comprensión y lógica de nuestro país: la burocracia.

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

La mordida, una producción de la Compañía de Teatro Penitenciario, interpretada por sus integrantes que se encuentran en libertad, bajo la dirección de Artús Chavez es una puesta en escena que mediante el uso del humor, a ratos blanco y a ratos negro, retrata el sinsentido que implica realizar trámites en México. Sin duda suena a historia de terror, pues la burocracia en México es profundamente surreal, pero para ser más precisos, podríamos decir incluso que es kafkiana, pues así como en El proceso en donde el protagonista no tiene ni idea de qué está pasando y por qué, así, Agapito, el protagonista de La mordida se ve envuelto en un mundo incomprensible, con unas lógicas ambiguas, y donde no entiende nada: una oficina de gobierno.

Agapito es una persona trabajadora que quiere poner una taquería, pero al llegar a la oficina correspondiente en donde debe conseguir el permiso necesario se encuentra con una serie de personajes que no podrían habérsele ocurrido ni al mismismo Kafka, unos empleados públicos. Durante poco más de una hora acompañaremos a Agapito al absurdo mundo de la burocracia mexicana, para recordar que -como si fuera una especie de ley de Murphy- cuando parece que todo esta en orden, es porque nada lo está.

La mordida nos recuerda lo engorroso de los trámites, pero nos da la oportunidad de por al menos una vez convertir esa angustia que provocan en una carcajada liberadora, utilizando la risa como vía para relacionarnos con un hecho desagradable y poder contemplarlo en perspectiva o para invertir su normalización. En ese gesto radica su valor político, pues nos hace revalorar la realidad desde otra perspectiva y cuestionárnosla.

Sin duda esta puesta en escena deja una vez más en claro que la Compañía de Teatro Penitenciario es uno de los grupos más solidos de la escena capitalina, con una gran capacidad para pasar por distintos géneros, lográndolo de manera asertiva. En La mordida, la mancuerna que hicieron con Artús Chávez, es contundente por lograr un dominio del humor que hace de esta experiencia una celebración al juego.

La mordida es una invitación a perdernos en ese México surrealista y kafkiano a través de una puesta con elementos de cabaret y clown, para reencontrarnos al final de la función con una afirmación y una pregunta siempre pertinentes: eso no es normal, ¿qué puedo hacer para cambiar a México? Cuestiones que siempre, pero fundamentalmente en tiempos electorales son de vital importancia.

 

Foto: @DaríoCastroPH

Foto: @DaríoCastroPH

[1] Reír de lo que nos duele para no morir: una forma de hacer cabaret: http://aplaudirdepie.com/reir-de-lo-que-nos-duele-para-no-morir-una-forma-de-hacer-cabaret

 

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Una investigación pornográfica [El potencial escénico en Despentes]

por Zavel Castro 30 mayo, 2018

Algo debe tener la literatura de Virginie Despentes que hace que su traducción escénica resulte en montajes igual de explosivos que sus letras. Y es que la potencia del discurso feminista de esta autora ha sido la inspiración de dos montajes provocativos y provocadores. “Vivan las feas” de Mariela Asensio en la Argentina de la que ya hemos hablado[1] y “Una investigación pornográfica” de la compañía española “Líate” que se presenta en el Foro Shakespeare de la Ciudad de México. Si bien todo teatro discursivo se ve amenazado por la posibilidad de convertirse en un panfleto sostenido en la narración (como si se tratara simplemente de la lectura dramatizada de un manifiesto), la directora Alba Alonso, quien también se encarga de representar los distintos personajes atravesados por las múltiples ideas que componen versiones distintas de la femineidad, consigue poner en cuerpo la “Teoría King Kong” a través de una sucesión de escenas ágiles que respetan en todo momento el tono cabaretero que nos recuerda a la seducción pop-grunge de la movida española de los años 80.

Un teatro agresivo, sexy pero no coqueto, sensual, más erótico que vulgar y sobre todo atrevido. La propuesta estética confronta al espectador al mostrarnos a una actriz bellísima renegando de la victimización de las mujeres, de la supuesta debilidad del género. En una sociedad machista como lo sigue siendo la nuestra, Alonso habla de lo que no debe hablarse, se burla de la sumisión como la herramienta esencial para sostener la “superioridad” del hombre. Ella a través de los fragmentos reproducidos íntegramente de Despentes, cuestiona de fondo al sistema patriarcal mientras que en la forma sigue siendo una bomba sexual. Una mujer bonita no puede ser enemiga del hombre, debe ser su objeto de deseo. Sin embargo, en “Una investigación Pornográfica” esto es posible. La protagonista constituye una amenaza para los estereotipos de sumisión que mucho gustan a tantos hombres.

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

Como las actrices pornográficas excita a los hombres al mismo tiempo que los asustan y es que en el mundo del porno una mujer debe ser tan deseable como deseante, pero la excesiva manifestación de sus deseos la coloca por siempre en un lugar de irrespeto y utilización. Una actriz porno, una mujer dueña de su sexualidad, que en lugar de esconderla la disfruta es un peligro. Se antoja utilizarla pero no poseerla. Divertirse con ella sí. Conquistarla no. Los personajes interpretados por Alonso, son distintas etapas de la vida de Despentes, estaciones vitales que tanto en el libro como en la obra, son aprovechados para cuestionar el universo que supuso la pornificación, esto es –según Neif Yeyha-[2] la relativa <<normalización>> de las imágenes pornográficas y su absorción por la cultura de las masas ¿Cómo funciona el porno en una sociedad altamente hipócrita que se avergüenza de sus cuerpos y niega sus impulsos sexuales? ¿Cuáles son los estereotipos femeninos que devienen de este proceso?

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

El sentido del humor del montaje  termina por producir un auténtico convivio en el que los espectadores participan directamente. La comicidad de la propuesta de la compañía Líate, responde también a la acertada combinación de las ideas de Despentes con las del escritor satírico e irremediablemente erótico Pierre Louys. Para la dramaturgia se retoma el Manual de Urbanidad para Jovencitas publicado en 1917. La inclusión de este texto, enfatiza el carácter absurdo de las ideas sobre el pudor, discreción y sutileza con la que una mujer debe conducirse a lo largo de su vida. Lo que se necesita ahora es una mujer sin vergüenza, que no esté dispuesta a degradarse con tal de satisfacer a nadie. Una mujer que acepte prostituirse sin considerarse puta en la acepción más despectiva. Una mujer dueña de sí misma incluyendo su bajo vientre. Una mujer que no tema ni la monogamia ni el sexo multitudinario. Una mujer que disfrute con franqueza el sexo en solitario. Hace falta también un hombre que pueda soportarlo.

“Una investigación pornográfica” es una demostración de la apropiación de un discurso y encarnación del mismo, el texto ha dado lugar a su materialización. Ha quedado claro que mucho es debido al detonante: la escritura de Despentes ¿Qué tienen sus textos que el teatro puede hacer uso de ellos con tan buenos resultados?

Zavel-ADP

[1] “Vivan las feas. Un divertido e inquietante manifiesto performático.” En: http://aplaudirdepie.com/vivan-las-feas-un-divertido-e-inquietante-manifiesto-performatico/

[2] Yehya Naief. Pornografía. Obsesión Sexual y tecnología. México, Tusquets Editores: 2012. 342 pp.

 

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Piel de mariposa

por Zavel Castro 31 marzo, 2018

Paul Valery sostuvo, con mucha razón, que no hay nada más profundo que la piel. Jimena Eme Vázquez intuyó la verdad contenida en esta frase y se ocupó de desarrollarla a plenitud en  Piel de mariposa,  una obra escrita para dos personajes (y sus ausencias) que invoca al amor en su acepción doliente. Jimena propone el encuentro de un hombre y una mujer que funcionan como alegorías del temperamento melancólico (Elisa) y de la pasión nostálgica (Guillermo); dos personajes que logran un equilibrio dialéctico mediante su complementariedad.

Elisa es una criatura extremadamente frágil debido a su padecimiento crónico: la epidermólisis ampollar, un trastorno genético que provoca ampollas y llagas ante cualquier mínimo roce, y que provoca heridas internas que paulatinamente provocan que algunos órganos dejen de funcionar. La enfermedad de Elisa la vuelve físicamente débil y vulnerable, mientras Guillermo es un hombre fuerte cuya constitución física y temperamento lo vuelven sumamente atractivo. Él resume la fortaleza que comúnmente se vincula con la masculinidad. Ella es tan débil, tan femenina. Sin embargo, la apreciación cambia cuando miramos su interior; descubrimos el carácter de Elisa es inquebrantable mientras Guillermo está hecho pedazos. Personajes contradictorios y fascinantes. Cada cual frágil a su manera.

Afortunadamente, desde el texto, la construcción de los personajes evita la victimización de Elisa por su enfermedad y de Guillermo por su condición psiquiátrica. Eme Vázquez sabe que siempre hay algo desconocido y atemorizante en el otro, algo que no alcanzamos a ver y que la mayoría de las veces ni siquiera intuimos: nunca sabemos quién es el otro. En ese “algo” radica la esencia de cada cual. En la intimidad todos somos monstruos. “Todo ángel es terrible” –diría Nabokov, el gran amante de las mariposas, descubridor de un especímen- Lycaeides sublivens. Más allá de la piel todo producimos vértigo.

Piel de mariposa está cubierta con un velo poético que en escena se descubre mediante el diseño escénico, lumínico y de vestuario de Natalia Sedano, responsable de crear un microuniverso tan fantástico como real, un espacio acogedor que cautiva a los espectadores y propicia la conmoción que genera la historia. A propósito de la trama, me parece que deja pasar la oportunidad de un final climático, erótico y dramático en su máxima expresión, el final de la consecuencia fatal, en pro de una prolongación, un comentario que nos devuelve a otra escena de la obra, un recuerdo de infancia. Lo cierto es que en ese punto encuentra un cierre que lo potencia, pero debilita esa otra enorme y generosa posibilidad.

Quizá la intención de Eme Vázquez haya sido apelar al corazón de los espectadores, estrujándolo lo suficiente como para llegar a rozar su piel, pero tuvo cautela y prefirió no apachurrarlo demasiado al grado de que se lo entregaran porque no sabría qué hacer con él. Una decisión mesurada. Nos trató con cariño y cuidado. {Contención necesaria si se considera que los personajes son de por sí tremendos y que despiertan en el público toda la ternura y coraje de la que es capaz en función de testigos de un amor imposible y de una coincidencia desafortunada que solo el teatro podría embellecer.  Piel de mariposa nos invita a pensar dónde radica la fragilidad y quiénes somos realmente.

Zavel

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URINETOWN

por Aplaudir de Pie 6 marzo, 2018

El Off Broadway en Nueva York, entre otras razones, surgió como una posibilidad de brindar espacio a propuestas nuevas y/o alternativas. Hasta el día de hoy, funciona como un lugar de resistencia en el que con lógicas distintas a las de las superproducciones, múltiples artistas se han consolidado, mostrando que más allá de los nombres y la maquinaria teatral imponente, el talento puede sobreponerse y generar montajes de calidad extraordinaria.  En este sentido podemos pensar -salvando las diferencias contextuales pero relacionando las similitudes en tanto fenómenos contestatarios- la versión mexicana de la obra Urinetown a cargo de la compañía queretana de teatro “Ícaro”.

El musical dirigido por Miguel Septién, es una proeza admirable dentro de la cartelera de la Ciudad de México donde se presenta actualmente, ya que sin contar con celebridades para “asegurar” la venta de boletos, ni una hiper producción es, sin lugar a dudas, uno de los mejores musicales existentes. Un verdadero hallazgo.

A diferencia de otras obras del mismo género de la cartelera en donde al parecer uno paga simplemente por mirar a algún famoso que en muchos casos muestra una deficiencia en el manejo de la voz y del cuerpo (habilidades que cualquier actor de teatro musical debería dominar) en Urinetown (México) podemos disfrutar de un gran nivel en todos los sentidos, pero fundamentalmente en lo concerniente al canto.

La calidad de las voces de los interpretes es extraordinaria, lo mismo que la ejecución coreográfica y la interpretación actoral. De manera especial destaca la participación de Andrea Biestro en el papel de “Penélope Pennywhise”, Adrián Pola como “Cladwell B. Cladwell”, Eduardo Siqueiros como el “Oficial Lockstock” e Irlanda Jiménez como “Hope Cladwell».

Como podrá adivinarse con lo dicho anteriormente, este trabajo resulta sorprendente no solo por tratarse de una compañía de provincia alcanzando el éxito en la Ciudad de México (y esperamos pronto en muchos otros estados), el talento está presente en toda la compañía. Además de los actores, la dirección musical a cargo de Dano Coutiño, tanto como la adaptación de las canciones y del libreto, bajo la responsabilidad de Yang E. Coutiño y Miguel Septién, son impecables. En suma, una propuesta irreprochable. En este sentido, la programación en el Teatro Milán gracias a la visión de Mariana Garza y Pablo Perroni, resulta uno de los mayores aciertos de la dupla al apostar por sobre todo por el potencial de una compañía mexicana cuyo talento merece toda la exposición posible.

En sí mismo el montaje es relevante, pero no podemos dejar de destacar el contenido de la obra, oscuro, complejo, fuera de toda norma conservadora sobre lo “bello” y “correcto”. Conteniendo una dura crítica hacia el comportamiento de las masas iracundas tanto como a las decisiones del gobierno, la naturaleza de la legislación, la rebeldía y la distribución de recursos.  Cuestionamientos necesarios y pertinentes. Todo en exquisita clave burlona, evitando caer en lugares comunes y rechazando la idea de la necesidad de un final feliz.

Urine Town (México) es un musical off por excelencia, apto para todo público. Disfrutable de principio a fin. Un esfuerzo loable que estuvo a punto de levantarnos a aplaudir de pie.

 

Ricardo Ruiz Lezama & Zavel Castro Editores

Ricardo Ruiz Lezama & Zavel Castro
Editores

 

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De príncipes, princesas y otros bichos

por Ricardo Ruiz Lezama 29 enero, 2018

De príncipes, princesas y otros bichos es un unipersonal escrito e interpretado por Paola Izquierdo. Desde hace más de doce años esta puesta en escena ha dado funciones constantes a través de todo el país y este año vuelve a presentarse, ahora en el ciclo Mujeres poderosas en el teatro NH.

¿Qué define el tiempo de vida de una obra? ¿Qué hace que pasen los años y un montaje siga siendo pertinente? En este caso la pertinencia es dada por las temáticas que aborda Izquierdo, las cuales, desafortunadamente, no se desgastan; el tiempo pasa y los problemas que la obra trata siguen tan vigentes como hace doce años.

La obra se divide en dos cuadros, cada uno con su propia fábula, pero unidos por la mitología que eligió la actriz y dramaturga para darle forma a su propuesta: los cuentos infantiles. La primera parte trata sobre una princesa que es experta en sapos y está buscando cómo transformar alguno en príncipe azul. Parodiando algunos momentos icónicos de Alicia en el país de las maravillas la princesa se adentrará en una aventura en donde el fin último de su búsqueda será contraer matrimonio, a la manera de aquellas historias clásicas de Disney, como La Sirenita, Aladino o La Cenicienta, entre muchas más.

En la segunda parte, un niño que semeja al Principito de Antoine de Saint-Exupéry se presenta ante los espectadores dispuesto a contar una historia para ganarse la vida. La caracterización tiene algo inquietante porque a diferencia de la primera princesa que se nos mostró -rica y parte de un universo fantástico-  este pequeño príncipe es la representación de un niño de la calle; su vestuario es solo una evocación desvaída  del personaje de Exupery; este Principito no tiene un planeta para él solo, si no que está solo en un planeta lleno de gente indiferente -en el mejor de los casos-; este Principito está en un universo de indiferencia, marginación y abuso para los menores en situación de calle. Está en México.

De esta forma la segunda parte de la obra reconfigura todo lo que vimos. Y lo que en un primer momento parecía un cuento simpático e inocente sobre una princesa experta en sapos se nos muestra ahora como una crítica a las narrativas que condicionan a las mujeres a pensar que necesitan de un hombre para estar completas, además de aquellas imposiciones sobre los cuerpos de estas que hacen que siempre se encuentren insatisfechas con la imagen que les devuelve el espejo. La princesa era un personaje con trastornos alimenticios, entre otros problemas que se mostraban ante nosotros pero que pasamos de largo como muchas veces no nos damos cuenta de personas cercanas que necesitan ayuda. Esta primera princesa funciona como un espejo que con humor refleja la realidad dolorosa de aquellas mujeres que están mal y no lo saben.

Por el otro lado, la segunda parte es otra especie de espejo que muestra lo que no queremos ver, nuestra indiferencia y al otro. Ese otro que muchas veces transformamos en parte de la ciudad, en una especie de monumentos vivos a la desigualdad social, todo con el simple hecho de no mirarlos. Paola nos echa la realidad en la cara en una intención de denuncia al mejor estilo del Cabaret mexicano, con música y humor, pero un humor informado  que invita a la reflexión.

Paola Izquierdo demuestra su habilidad interpretativa al realizar dos personajes completamente diferentes, los cuales tienen corporalidades, voces, edades y hasta humor diferente; mientras que la primera parte se caracteriza por un humor predominantemente físico y relacionado con el carácter del personaje; la segunda parte posee un humor negro con un ligero dejo de amargura.

Al final de la función que asistí recuerdo oír a un espectador decirles a sus acompañantes: “Siento raro. ¿Por qué nos hace reír con cosas tan feas?” Me aventuro a responder que ese humor que a ratos producía angustia se debe a la responsabilidad que asumió Paola de no banalizar las problemáticas que muestra. Usar el humor de forma contestataria -rasgo distintivo del cabaret- es un tono que nos deja claro, no solo la pertinencia de continuar con De príncipes, princesas y otros bichos, sino también la necesidad de Paola Izquierdo de aspirar a cambiar las cosas desde el arte. Ojalá que conforme siga presentándose este unipersonal, cada vez nos parezca más ajeno lo que muestra, pero para como va el mundo lo dudo mucho.

Ricardo

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El derecho a la privacidad. De John Stuart Mill a Luis Gerardo Méndez

por Zavel Castro 5 noviembre, 2017

Desde el siglo XIX los legalistas estadounidenses debatieron sobre el derecho de la privacidad del individuo. John Stuart Mill encabezaría defensa de la libertad personal por encima de la injerencia del Estado que, sostenido en los principios puritanos que aconsejaban la vigilancia y el castigo de todo aquello considerado incorrecto o inmoral. El pensamiento de Mill, reflejado en su texto Sobre la libertad combatiría a los legalistas morales y sería una pieza fundamental para la abolición de las leyes anti obscenidad que perseguían, entre otras cosas, la posesión de material pornográfico ocurrida hasta la década de los setenta, cuando por fin se consideró que la compra y uso del porno en el ámbito doméstico era un asunto íntimo en el que la intromisión gubernamental no tenía cabida.

Todo parece indicar que los persecutores del vicio han encontrado, un siglo después, a los medios digitales como sus mejores aliados en lo que respecta a la inspección de la información de la vida privada. A través de las pantallas no hay nada parecido a la “información confidencial”, al contrario, los usuarios de teléfonos inteligentes, computadoras con tecnología de punta y navegantes de todo tipo de páginas de interacción social, entregamos cualquier cantidad de información personal para uso gubernamental sin darnos cuenta. Nadie en estos tiempos parece capaz de leer en su totalidad los “términos y condiciones” de muchas aplicaciones y dispositivos en los que literalmente firmamos un permiso para que todo lo que contengan nuestros celulares o computadores sea expuesto y resguardado en un banco de datos infinito a los que además del Estado otro tipo de usuarios y compañías sospechosas tengan acceso.

El debate sobre la libertad y el derecho a la privacidad fue puesto sobre la mesa nuevamente con el caso Edward Snowden, el ex consultor tecnológico, informante y antiguo empleado de la CIA y la NSA que reveló los secretos del espionaje por parte del gobierno contra su propio pueblo. Por cierto que Snowden puede ser considerado como una vertiente extrema del pensamiento de Stuart Mill.

Inspirados en el caso Snowden, James Graham y Josie Rourke concibieron una obra de teatro documental, que, tras probar su éxito en Londres y Nueva York, llega a México en una versión adaptada por María Renee Prudencio bajo la dirección de Francisco Franco y la producción de Tina Galindo y Claudio Carrera, con las actuaciones estelares de Diego Luna y Luis Gerardo Méndez en el papel protagónico.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

La súper producción de Ocesa ofrece un montaje dominado por la espectacularidad visual de las proyecciones en las que evidentemente no se han escatimado recursos al momento de incorporar nuevas tecnologías a la escena, con lo cual reafirmo la hipótesis que lancé en otra reflexión que cuestionaba el vínculo entre los recursos económicos y las poéticas teatrales que intentan referir o hacer uso de los medios virtuales.[1] En conclusión sí hace falta una gran inversión para conseguir incorporar estos lenguajes, especialmente de forma contundente.

La impresionante escenografía se transforma durante cada una de las escenas del “viaje” del protagonista que va desde la superficialidad del mundo a través de la pantalla hasta el interior de sí mismo. En este punto cabe decir que el personaje en términos dramáticos es bastante sencillo, poco profundo y sin mayores complejidades. Sin embargo, para su interpretación hace falta un dominio de público y carisma con las que Luis Gerardo Méndez (quien interpretó el papel del “escritor” en la función que vi) cuenta. Mismas habilidades que también distinguen al resto de los actores de la puesta: Alejandro Calva, Ana Karina Guevara, Luis Miguel Lombana, María Penella, Antonio Vega, Amanda Farah, Antón Araiza y Bernardo Benítez. Cada uno de ellos interpreta un personaje “guía”, interpretando el papel de una persona real (casi todos investigadores de la realidad virtual), compartiendo los resultados de sus investigaciones que lo obligan a reparar en el alcance y consecuencias de todo lo que hacemos en la red.

El tránsito que lleva al personaje protagónico de la virtualidad a la realidad, en la que deja de definirse como internauta para devenir de nueva cuenta en persona, revela su mayor temor, compartido con la civilización occidental actual (principalmente los millenials): mostrar vulnerabilidad. El viaje también le permite reflexionar sobre la importancia del silencio y la calma, ese “detenerse a mirar el paisaje”[2]. La obra compara pros y contras de la ficción de las redes sociales, los daños y beneficios de estar todo el tiempo “en línea”. Nunca antes en la historia había tanta información disponible sobre nosotros, sin embargo, nunca antes nos habíamos conocido tan poco. Nunca habíamos tenido tantos amigos y nunca habíamos estado tan solos.

La reflexión en la que aterriza la obra, tanto como el dispositivo escenográfico hace de esta experiencia un suceso digno de atención en la cartelera de la Ciudad de México. El público, al final, quizá tome conciencia del panóptico en el que se encuentra. De su laberinto sin salida.

Zavel

 

 

[1] Teatro y nuevas tecnologías en la Ciudad de México: http://aplaudirdepie.com/teatro-y-nuevas-tecnologias-en-la-ciudad-de-mexico/

[2] ¿Pensar de prisa o escribir con calma? La crítica “off”: http://aplaudirdepie.com/?s=pensar+de+prisa

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Historia y teatro

por Zavel Castro 29 septiembre, 2017

El teatro puede constituir un punto de partida ideal para hacer una excursión al pasado. Últimamente hemos visto en el teatro mexicano una inclinación por revivir algún periodo histórico a través de la ficción dramática y de la puesta en escena de distintas maneras. Bien sea recreando el pasado tal y como da cuenta de él la historiografía, personificando a los personajes históricos y poniendo atención a que los detalles y todos los elementos de la puesta correspondan a la época que se pretenda representar (desde la escenografía y el vestuario, hasta la forma de hablar de los personajes), tal es el caso de “3 días de Mayo”, ¨Las Touzá”, “La última sesión de Freud”, “Bule Bule”  “Los equilibristas” y “Tandas y Tundas”. Ciertamente, algunas de estas obras insertan “paréntesis”  para comentar el presente y reflejar las similitudes de las circunstancias políticas y sociales de un tiempo y otro, espejeando las condiciones para dar cuenta acaso, de una historia que parece siempre repetirse.

El teatro histórico sostenido en la recreación corre el riesgo de distanciarse del espectador hasta el grado de parecerle ajeno, acartonado y aburrido, como una de esas malas clases de historia que todos sufrimos alguna vez en el colegio que solo se conformaban con dictar fechas y hechos históricos sin cuidar que el relato pudiera ser emocionante. Así como también contiene la posibilidad de transportar al espectador al pasado y hacerlo sentir realmente en otro tiempo, mientras reflexiona sobre su propia realidad cronotópica. Todo depende del equilibrio que se ponga entre el movimiento escénico, la acción y el discurso.

Existe también otra manera de plantear un tema histórico y es la del relato directo del episodio, sin  que se pretenda encarnar necesariamente a los personajes que protagonizaron o participaron del hecho. Con personajes absolutamente inventados, que, sin embargo, por el uso correcto del lenguaje de la época relatada y un conocimiento evidente sobre el tema, pertenezcan al universo de ese pasado inaprehensible. Tal es el caso de “Las Meninas Novohispanas”, un montaje en el puro estilo del cabaret, dirigida por Luis Huitrón. La narración de distintos episodios históricos (tales como la Conquista de México, la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, el Segundo Imperio, la Independencia de México, la vida de Porfirio Díaz, la historia de la gastronomía mexicana y, el mito de la Virgen de Guadalupe y la historia de la Navidad, entre muchos otros)  por parte de “María Bárbara”, “la tía Cecilia” y “Alma María Ibarguenguer”,  tres damas aristócratas resulta una comedia extraordinaria que conecta con el público tanto en lo intelectual como en lo emotivo.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

El éxito irrefrenable de esta obra obedece a distintas razones: por una parte las acertadas interpretaciones fársicas de Huitrón y  Hugo Serrano que utilizan el recurso del travestismo para potenciar el humor -más que para caricaturizar al género femenino-, por otra parte la interacción que generan con el público (muchos de los espectadores son aficionados al trabajo de las Meninas y procuran dar seguimiento a los “episodios”),  tanto como el cuidadoso vestuario a cargo de Mariana Orozco quien ha realizado un minucioso estudio de la indumentaria novohispana para reflejarla en las magníficas piezas que ornamentan los cuerpos de los actores.

Sin lugar a dudas, la pieza fundamental para el éxito de “Las Meninas” como un excelente representante de una de las posibilidades del teatro histórico, es que la dramaturgia  a cargo del también historiador Luis Huitrón  y Hugo Serrano se sostiene en una investigación profunda de la historiografía, de tal suerte, la base argumental sostiene el discurso intelectual del montaje mientras que su traducción eficaz al lenguaje dramático hace de esta un espectáculo sumamente divertido. Toda obra histórica debería conjuntar ambos elementos: entretenimiento y conocimiento, para convertirse, como la obra de Huitrón y Serrano en un digno representante tanto de la hermenéutica como de la escena.

Aunque este consejo podría parecer una obviedad, lo cierto es que los teatristas mexicanos, que se precian de ser “investigadores escénicos” muchas veces se confían en la investigación bibliográfica que realizan guiados solamente de su intuición y de sus buenas intenciones, pero no llegan a dominar las herramientas de la búsqueda y selección de fuentes,  por lo tanto no sería descabellado proponer la presencia de la asistencia en investigación por parte de un especialista en cualquier montaje que pretenda tratar un tema del pasado (aun cuando se trate de un episodio imaginario) además de contar con un equipo creativo capaz de trasformar la información en una pieza dinámica y emocionante. En este sentido, Las Meninas ofrecen una gran lección.

Zavel

 

 

Críticas

El Nahual. La muerte del güerito pistachero

por Zavel Castro 12 septiembre, 2017

Carlos Talancón escribe, dirige e interpreta el monólogo “El Nahual” en el que cuenta la historia de un vendedor de pistaches asesinado por un narcomenudista que permanece en la esfera de los vivos vagando como fantasma, contando su historia tras de la nuca de algún transeúnte descuidado, él sabe que no pueden escucharlo pero lo intentará hasta el fin de los tiempos porque ese es su único consuelo.

“Lo que más nos encabrona a los muertos es no tener posibilidades de venganza” dice el vendedor de pistaches a manera de lamento, incapaz de resignarse se dirige hacia el público para hablarnos de cómo era su vida antes del asesinato y sobre qué pasó tras su muerte. La producción de la obra es intencionalmente precaria, la sencillez de los elementos justifica la poética del montaje: una silla de metal (de esas que reconocemos de los puestos de barbacoa o de reuniones familiares de clase media) colocada sobre una alfombra de primeras planas de periódicos de nota roja (Alarma, La Prensa, El Esto, El Metro). Una violinista (Adriana H. Forcada) en una esquina que con su instrumento comenta y acompaña la narración y la iluminación focalizada directamente sobre el sitio donde el protagonista pasa la mayor parte del tiempo de función (la silla) bastan para introducirnos al mundo de los barrios pobres de la Ciudad de México.

La obra comienza con el vendedor de pistaches conocido en las calles como “el güerito” (nunca sabremos su nombre real) sentado en la silla de metal, levantando las hojas de periódico y leyendo los encabezados en voz alta. Buscando la noticia de su muerte aprovecha para preguntarse ¿Cuál de todas esas notas retrata la muerte más tonta, cuál de ellas la más triste? Sin duda los títulos amarillistas le restan seriedad a las tragedias, es por eso que a los pocos minutos se cansa y prefiere narrar el mismo su historia. Sólo así dejará de sernos anónimo. Sólo así repararemos en que así como existe él hay muchos otros seres grises en los que nunca reparamos. Confiados, salimos a la calle con la seguridad de encontrar en el camino a los vendedores ambulantes que sólo interesan por su utilidad inmediata, no sabemos quiénes son, cuáles son sus sueños, cómo viven o si están enamorados. No nos interesan. Son personajes de paso, mera utilería de la vida cotidiana.

“El güerito” nos cuenta que en vida habitó un lugar conocido como “El hoyo”, alguno de esos barrios construidos al azar que escapan de toda regulación legal. Sin código postal, ni la obligación de pagar predial o algún servicio (en esos sitios todo es improvisado), en el barrio, dice, todo mundo es compadre, comadre o ahijado del vecino, y las cuentas por pagar se cobran por propia mano. No hay más sistema de justicia que la que imparten los delincuentes de los que él sería, como sabemos, víctima por un asunto que no llega a esclarecerse, quizá se trate de una confusión. “

El pistachero parece haber sido buena gente, trabajador, sincero, simpático su mayor carencia se reciente en su nivel educativo (tiene una pésima habilidad lectora y un lenguaje reducido repleto de groserías). Su vida ha sido de lo más ordinaria. Rodeado de pobreza, visible en sus jeans rotos, sus zapatos desgastados y su playera barata que lleva por estampado el escudo de Supermán, nos cuenta sobre sus primeras experiencias de “placer prohibido” en el deshuesadero de automóviles a los que todos los jóvenes iban para tener sus primeros escarceos libidinales, sobre sus aspiraciones de poeta, sobre su enamoramiento de una joven a la que nunca se atrevió a hablarle y, finalmente sobre el episodio de su muerte y cómo comenzaron a decir que era un “nahual”, un ser fantástico culpable de todas las desgracias del barrio.

Como ser maldito la muerte del nahual es entonces celebrada y su entierro consta nada más de aventarlo al basurero envuelto en una cobija. Como alma vagabunda, el pistachero fantasma revelará al público que lo único que conservan los muertos es la capacidad de dar zapes y que lo que más se extraña en la línea intermedia hacia el más allá es el deseo. La narración fluida a cargo de una actuación viva y exacta de Carlos Talancón quien hace las veces del pistachero con interrupciones en las que interpreta a otros personajes (la madrina, los vecinos, “el pipis”, etcétera), deviene en un retrato sobre ese sector social olvidado, omitido, en portavoz de los seres anónimos cuya vida transcurre junto a la nuestra. “El Nahual” repara en la seriedad de la muerte de todas esas personas sin nombre y con rostro desdibujado, es pues un gran trabajo de dignificación de los seres marginados que nos complace recomendar.

Zavel

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