Vivan las feas. Un divertido e inquietante manifiesto performático

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El teatro político en Latinoamérica ha pasado por diversos momentos a lo largo de los años. Yo alcanzo a distinguir tres etapas: una primera en donde era abiertamente político en su discurso semejando panfletos; otra en la cual la represión lo orilló a valerse de la metáfora para decir lo que no se podía; y una tercera, que es la que estamos viviendo ahora, en la que -instaurada la democracia y con el derecho a la libertad de expresión- el teatro político se está reconfigurando, cuestionándose qué tanto decir y de qué manera.

El hecho de poder expresar todo no es menor porque entonces surgen cuestionamientos fundamentales sobre el fondo y la forma. En relación con esta posibilidad de hablar tan abiertamente, sin duda el internet y las redes sociales son un gran ejemplo, lo lamentable es que expresarse en la red en muchos casos se ha vuelto más un paliativo de la indignación social que realmente una herramienta de cambio. Mirando este fenómeno me preguntaba: ¿Qué lugar ocuparía el teatro en relación con la libertad de expresión?  ¿Al poder hablar sin ambages, el teatro –como muchas veces en el caso de las redes sociales- no resultaría un lugar inofensivo o de mero espectáculo o regodeo intelectual?

Seguramente con base en lo que cada quien -de los que ahora están leyendo esto- sepa sobre  teatro, se podría llegar a algunas respuestas, y si no al menos se generarían extensos debates donde cada uno de los participantes aportarían grandes ideas para la resolución de estas cuestiones, pero nada de eso le sería de verdadera utilidad al teatro si no lo contrastamos con el fenómeno vivo de la escena; lo resultante de una discusión intelectual sin la praxis de un montaje sería simplemente letra muerta. Por ello siempre es más valioso para el teatro que aparezcan acontecimientos artísticos que desde la experiencia den luz sobre cuestiones de esta índole. En este texto hablaré de una obra que me hizo pensar en estos asuntos: Vivan las feas, escrita y dirigida por Mariela Asensio.

¿Por qué esta obra me hizo pensar sobre todo esto? En principio porque es una puesta en escena claramente feminista que reflexiona sin ambigüedad sobre cuestiones puntuales en torno a los roles de la mujer de distintas generaciones dentro de esta sociedad fundamentalmente machista. Ya sé lo que muchos de los que leyeron esto muy probablemente pensaron. “¡Qué aburrido!” ¿Por qué lo creo? Porque si yo lo hubiera leído hubiera pensado lo mismo, esto se lo adjudico a que estamos acostumbrados a que las obras con un discurso tan manifiesto son en su mayoría indisfrutables.  Lo magistral del trabajo de Asensio consiste en que supo aprovechar las posibilidades que esta época brinda en cuanto al decir francamente, generando una experiencia estéticamente contundente y para nada tranquilizadora, es decir políticamente poderosa.

Con esta obra performática que no obedece a los cánones tradicionales del teatro, y que da la sensación de ser  autorreferencial, Asensio,  crea un divertido e inquietante manifiesto feminista que no se inserta en el plano del discurso, sino que se encarna vitalmente en los cuerpos de las intérpretes, constituyéndose como un acontecimiento extraordinario e imperdible de la cartelera actual.

Paola Luttini, Melina Milone, Florencia Rozas, Josefina Pittelli y Andrea Streniz son las actrices que dan vida a esta especie de manifiesto performático, permitiendo que las palabras las atraviesen horadando en zonas tan hondas de su sensibilidad que los espectadores no podemos quedar indiferentes. Estamos frente a una comedia actuada desde la verdad y el dolor, lo cual es para mí uno de los aspectos más extraordinarios del montaje ya que nada de lo que ocurre en Vivan las feas es superficial pero esto no es sinónimo de solemnidad sino de acontecimiento.

La obra se nos muestra como una herida expuesta en donde todo es claro, estamos frente a una poética descarnada y estremecedora que permite que el discurso se trascienda a sí mismo y el yo de las actrices y la dramaturga y directora -que es casi una confesión íntima de sus miedos y dolores- se termina volviendo un claro espejo de toda la humanidad, porque todas las personas nos vemos obligadas a seguir roles e ideales de género que nos alejan de nosotros mismos y nos inducen a buscar un yo que no obedece a nuestra esencia y que posiblemente ni si quiera existe.

Vivan las feas es una obra política que ante todo es un suceso teatral. La respuesta a toda pregunta sobre el teatro –y en este caso puntual, a las que me hice al principio de este escrito-, siempre es la misma: la experiencia estética y ritual. Cuando el teatro acontece no nos queda duda de su trascendencia en todos los aspectos de la vida. En estos tiempos en donde las cosas pueden decirse sin rodeos, experiencias como Vivan las feas nos recuerdan a flor de piel el poder revolucionario y transformador del teatro.

ricardo

 

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