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Aplaudir de Pie

Aplaudir de Pie

Es un proyecto de crítica y reflexión de hechos escénicos que nace simultáneamente en Bs. As. y en CDMX en 2015, como una plataforma de diálogo entre teatrólogxs, teatristxs, pensadorxs, creadorxs y espectadorxs, para cuestionar, opinar y debatir en torno a los fenómenos escénicos.

Foto: Jorge Rodríguez
Críticas

Querido Louis: Cómo convertí a las personas que amo en la prueba de que soy una buena persona*. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 9 julio, 2026

*Crítica epistolar de Ángeles en América*, Partes I y II (Tony Kushner), en el Teatro Helénico.

 

Querido Louis:

No sé en qué momento alguien que amo dejó de ser alguien que amo y se convirtió, a veces, en la prueba de que yo era una buena persona. Quizá por eso tengo que escribirte.

Durante junio quise hacer un contenido sobre el Pride. No sobre la celebración ni sobre las marcas que cambian sus colores durante treinta días, sino sobre el lugar en el que estamos parados. Sobre los derechos que siguen siendo vulnerados. Sobre las personas que siguen viviendo ocultas en pleno 2026. Sobre la violencia, el miedo y la idea persistente de que hay vidas que todavía tienen que justificarse. Pero mientras más lo pensaba, más llena de rabia me sentía.

Porque mi vida está atravesada por personas que amo y que forman parte de la comunidad LGBTQ+. Y mientras escribo esto, incluso me pregunto si tengo derecho a decirlo así. Si nombrar eso ya es una forma de apropiación. Si el amor también puede volverse una manera de hablar por otros sin haber sido invitada a hacerlo. Voy aprendiendo en la marcha, pero tampoco puedo fingir que esto no tiene nada que ver conmigo. Entonces entré a ver Ángeles en América.

Nunca leo de qué tratan las obras antes de entrar al teatro. Me gusta llegar sin mapa. Pero esta vez salí siete horas después con la sensación de haber estado en algo que me excedía. No porque no lo entendiera, sino porque cada vez que creía entenderlo, la obra abría otra capa para la que no estaba preparada: religión, política, VIH, judaísmo, mormonismo, poder, deseo, historia, racismo, migración, capitalismo, culpa, progreso. Todo al mismo tiempo.

Hacía mucho que no salía del teatro sintiendo que sabía tan poco.

Louis, no voy a fingir que sé juzgar siete horas de teatro como quien reparte calificaciones. Pero hay algo que sí puedo decirte, porque lo sentí en el cuerpo: el montaje de Cristian Magaloni nunca se queda quieto, y en una obra que repite que detenerse es otra forma de morir, eso no es destreza, es una declaración.

El espacio de Ana Adrià Reventos y Marcela Vethencourt Koifman se abre y se encima, hace ocurrir varios mundos a la vez —un poco como tú, que nunca sostienes una sola idea—; la luz de María Vergara y el sonido de Miguel Jiménez no me dejaron acomodarme nunca, y el movimiento de Mauricio Rico se asegura de que ningún cuerpo, incluido el tuyo, pueda detenerse.

Hasta la adaptación de Enrique Arce Gómez te haría ruido: logra que no olvidemos que la obra transcurre entre 1985 y 1990 y, a la vez, que suene escrita para 2026. No es una reconstrucción, Louis. Es una conversación que no ha terminado. Como la nuestra.

Y el elenco… Louis, el elenco. No te diría quién estuvo mejor, porque ninguno carga la obra solo: están parejos, sosteniéndose entre todos. Lo que sí sé es lo que me hicieron. Me reí, me rompí, me enternecí, me desgarré. Pasé por todo. Y creo que eso es lo más honesto que podía ocurrirme, porque de eso trata este tema: de personas completas, no de causas. Que en escena se sintieran tan humanos es, quizá, la crítica más real que puedo hacerles.

La obra está obsesionada con los absolutismos, con las certezas que se derrumban. Roy Cohn cree que la identidad se define por el poder: no por con quién te acuestas, sino por quién contesta el teléfono cuando llamas. Joe Pitt cree que la fe puede corregir lo que uno es. Y tú, Louis, crees que las ideas pueden organizar el dolor.

Los tres se estrellan contra el mundo real.

Hablas de justicia, de raza, de historia, de democracia —»no hay ángeles en América», dices, «no hay pasado espiritual ni racial, solo lo político»—. Hablas tanto, Louis, que casi nunca escuchas. Y aun así, cuando la persona que amas enferma, no sabes quedarte. Y eso, Louis, quizá sea la tragedia más política de todas.

Mientras te veía, no podía evitar preguntarme por qué me resultabas tan familiar. No por tu inteligencia ni por tu discurso, sino por algo más doloroso: esa necesidad de demostrar, una y otra vez, que estamos del lado correcto de la historia.

Cómo convertir a las personas que amas en la prueba de que eres una buena persona.

No sé en qué momento me pasó. Pero sé que me pasó. Y quizá por eso me resulta tan difícil juzgarte: porque es más fácil condenarte que reconocer la posibilidad de parecerme a ti. En ese espejo aparece una pregunta que no tiene respuesta cómoda: ¿cuántas veces hablamos de causas que no nos cuestan nada mientras fallamos en lo que sí está cerca?

Tal vez el problema no sea el aliadazgo en sí, sino lo que pasa cuando eso se convierte en identidad, en postura fija, en algo que creemos que nos define moralmente. Ahí aparece la palabra que más miedo me da: tibieza.

Porque la ambivalencia no es el problema —la ambivalencia es humana—. El problema es quedarse quieta.

Hubo un momento, Louis, que todavía no se me despega. Los ángeles le hablaban desde la sombra, todos en penumbra.  Sabías que estaban ahí aunque no pudieras verlos del todo. Y eso fue lo que me congeló. Y frente a esas presencias enormes que le exigen quedarse quieto, ese hombrecito —Prior— se niega. Les dice que no vamos a esperar a que alguien nos salve.

El Ángel quiere inmovilidad; la obra responde con lo contrario: movimiento, contradicción, error, deseo, cambio.

Quizá por eso la frase que más me acompaña es la de Harper: «una especie de progreso doloroso». Porque no hay avance limpio ni postura perfecta, y nadie entiende del todo lo que no ha vivido. Lo que sí existe es la responsabilidad: escuchar más de lo que hablo, preguntar cuando no sé, equivocarme sin usar el error como excusa para quedarme quieta.

Y si algo me queda claro, Louis, es que ser aliada no es un lugar al que se llega ni una medalla que se cuelga.  Tal vez ser aliada no sea nombrar a quienes amo para probar de qué lado estoy. Tal vez tenga más que ver con lo que tú no pudiste hacer: quedarte.

Y eso me aterra porque no sé cuántas veces yo también he fallado ahí. No los treinta días de colores. Un martes cualquiera.

George Santayana escribió que quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo. Y el rabino, al inicio de la obra, dice algo que me sigue resonando: «el viaje vive en ustedes». Salí del teatro preguntándome si la memoria funciona así. Si lo que no vivimos también nos atraviesa. Si hay historias que, aunque no sean nuestras, igualmente nos obligan a decidir qué hacemos con ellas.

Porque las pestes regresan. El odio regresa. El miedo regresa. El silencio también.

Durante años pensé que el Pride era una celebración. Ahora no estoy tan segura. Tal vez fue, antes que nada, una negativa a desaparecer. Una negativa a morir en secreto. Una negativa a seguir viviendo en silencio.

Y entonces apareces tú otra vez, Louis. Y aparece esta duda que no se resuelve.

Y sí, mírame: digo que no se trata de mí y enseguida te escribo una carta entera sobre mí. No se trata de mí. Nunca se tratará de mí. Pero tampoco puedo fingir que no tiene que ver conmigo. Esa contradicción no es un error: es, exactamente, mi ambivalencia, y la sostengo a propósito. Porque elegir un solo lado para quedarme tranquila sería tibieza disfrazada de coherencia.

Te escribo a ti porque después de siete horas de teatro entendí algo que todavía no sé cómo nombrar del todo. Yo también soy ambivalente. Dudo. Me contradigo. Me equivoco. Aprendo.

Pero hay algo que espero no volverme capaz de aceptar nunca: convertirme en una persona tibia. Porque la tibieza, a diferencia de la ambivalencia, no duda. Se queda quieta.

Al final, Prior no le habla a Dios ni a los ángeles, sino al público. O quizá no a todo el público: les habla a los suyos, porque nadie como ellos ha tenido que morir en secreto.

«No moriremos en secreto nunca más», dice.

«El mundo solo gira hacia adelante.»

Esa bendición no me toca a mí pronunciarla.

 

Tu aliada —imperfecta, ambivalente, pero nunca tibia—,

Laura Cárdenas (Lalis)

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.Teatro

 

Fotografía de portada: Jorge Rodríguez 

Reflexiones

Memorias de un Espíritu Melodramático. Por Luis Javier Maciel Paniagua

por Aplaudir de Pie 7 julio, 2026

Apreciado público:

Soy el músico en el que confió la compañía Cuaternario Teatro para montar la obra ¿En qué estabas pensando?, de Saúl Enríquez, en 2022 y 2023. Tuvimos dos temporadas en Ciudad de México dentro del Centro Cultural del Bosque: en un Foro Alternativo (debido a remodelaciones), y en El Galeón. Mis sentimientos con respecto a los personajes y a la dramaturgia me permitieron crear canciones para ti. 

El día que me enamoré de la música, y de los valses, fue cuando escuché por primera vez «La valse d’Amélie» de Yann Tiersen en una sala de conciertos. La melodía me estaba haciendo llorar, me consolaba sin control y regresé hecho lágrimas a casa. Entonces quise entender porqué. Descubrí que los sonidos, al unirse, pueden transmitir sentimientos. «La valse d’Amélie» se conforma de dos emociones principales: su primera parte es dominada por la tristeza; la segunda, por la felicidad… Y el paso de la tristeza a la felicidad, en la vida cotidiana, se traduce como esperanza. Pero Yann Tiersen acomodó esta esperanza dentro de un ritmo de vals, úndostres úndostres, ¡PARA BAILAR LA ESPERANZA! Con el tiempo, realizar «diagnósticos» de mi música favorita me ha permitido crear nuevos sonidos a partir de sus fundamentos y mi forma de ver el mundo.

En escena, mi personaje es» el Espíritu Melodramático», el iPod de Laika, una adolescente y, aunque Laika me atesora en su bolsillo, físicamente me encuentro en la cima de nuestra escenografía para recibirte desde la primera llamada. El resto del elenco hace chistes detrás de escena, mientras contengo mis emociones y pretendo, con mis mejores sonidos, tranquilizar tu apuro de llegar a tiempo al teatro. Me pongo nervioso, porque si pienso «¿y si me equivoco?» me equivocaré. Pero si confío demasiado en ejecución me desconcentraré.

En el teatro sólo existe el presente: el calor de la iluminación sobre mi espalda; mis dos manos frías sobre teclas y perillas; mi peso sobre ambos pies, no sobre uno; mis movimientos suaves; mi respiración pausada; y no errar nota alguna mientras tomas asiento. Toco para ti Cohete: una melodía dulce sobre sonidos melancólicos acerca de una infancia que ya no podrá ser, preámbulo del tono de la obra.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/07/12-Cohete.mp3

¡Tercera llamada! El teatro se oscurece. Dos estudiantes de secundaria, «Toto» y «Albert», están a segundos de cometer el error de sus vidas. Búmbum. Búmbum. Búmbum. Búmbum. Reproduzco el sonido de sus corazones agitados, que son la base de la canción más importante de la obra… Pero pausamos la escena, porque antes tenemos que contarte cómo llegamos hasta aquí: 1) A Toto le gusta Laika. 2) Albert ayuda a Toto a subir «hazañas» a redes sociales para llamar la atención de Laika. 3) Laika se fija en Albert, no en Toto. 4) Ambos, enamorados, inician una competencia desleal de manipulación por popularidad y aceptación social.

A cada personaje le compuse canciones modificables en vivo.»Albert» tiene una melodía de bajo agresiva (la máscara de Albert ante el mundo), pero también una flauta solitaria (su verdadero espíritu). Laika es romántica y le gusta flotar con mis melodías hasta los cielos más altos… la recuerdo cantando Chulada en el escenario para ti… esa canción que habla sobre su deseo de ser apapachada por primera vez al ritmo de «La Chica de Ipanema».

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/07/24-Chulada.mp3

A Toto le compuse tres valses, utilizando violines y un sintetizador, para reflejar su cambio interno: la inocencia (sentimientos dulces), el equilibrio (sentimientos en tensión) y la manipulación (sentimientos amargos).

En Recreo, escuchaste un ritmo tropical, con arpas y melodías de animales, que simulaba la ley de la selva de un patio de secundaria.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/07/07-Recreo.mp3

 

Al ritmo de Rabia, con baterías aceleradas con sintetizadores tóxicos, inspirada en mi disco favorito de Daft Punk: Tron.Toto y Albert realizaron la primera hazaña: humillar al niño que hacía bullying.   

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Después, cuando Albert logró salvar a Toto de ahogarse mientras intentaban rescatar a su perro, reproduje Río: notas de suspenso con sonidos de agua fluyendo y batería de trap (similar a las canciones de moda para fomentar la concentración durante la pandemia).

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/07/20-Rio.mp3

El día que «Toto» y «Laika» quisieron tener sexo por primera vez, sonó Violación: un reguetón lento que, en el instante en que Toto dejó de escuchar a Laika, activaba una sirena para indicar la violencia cada vez más presente, hasta que sólo quedaba la alarma.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/07/32-Violacion.mp3

Para el final de la obra, «Toto» y «Albert» se lanzaron de la azotea de la escuela hacia una alberca y «Albert» murió. Para esa escena compuse La Caída, con ella, buscaba transmitirte dos sentimientos continuos: el arrepentimiento (parte A) y la herida permanente (parte B)… Como la intro de Succession, aunque ahí los esfuerzos por subir terminan en repetidos y duros fracasos… Aquí, los sonidos son arpegiados de agudo a grave, como si fueran una cascada trágica continua, en un compás pausado de un vals que no se debería bailar. La rítmica es un bombo que emula los latidos de un corazón. La melodía es desahogo, un grito de urgencia.

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Han pasado algunos años, pero hoy, la elaboración de «diagnósticos», de ejercicios críticos a partir de mi sensibilidad, me sigue ayudando a crear pequeños mundos musicales y literarios para ti… Porque sin crítica no hay arte.

 

La crítica es prender una lámpara al interior de una casa a oscuras, hacer un plano de lo observado y preguntar: ¿puedo erigir la misma estructura en otro sitio?, ¿si construyo más se sostendrá?, ¿qué evita que todo se venga abajo?

 

Mi lámpara es la música: ¿qué sonidos sostienen mis sentimientos?, ¿quiero que se bailen?, ¿cómo trasladarlos a otro contexto? Estoy lleno de música, de vida, y mi deseo es que, como yo, un día te conmuevas con una de mis canciones. Que llegue el día en que seas incapaz de reponerte de tu butaca y te atraviese una ternura irreversible. Entonces podrás gritar conmigo: ¡La luz existe! ¡Hay esperanza! ¡Vale la pena vivir!

 

Luis Javier Maciel Paniagua.
Crítico y músico.

Instagram: @luisjaviermacielpaniagua
Correo: luisjaviermaciel@gmail.com
Críticas

Respuesta a mi eterno +1 después de Nada Extraordinario. Crítica epistolar. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 12 junio, 2026

Querido amor,

Salimos de Nada Extraordinario en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico juntos, pero creo que vimos una obra que nos habló de maneras distintas. Yo vi a un actor enfrentándose a un sueño durante doce años, 573 sábados y 825 mil minutos. Vi una historia que cuestiona una de las ideas más repetidas sobre el éxito: que todo llega si perseveras lo suficiente. La obra nos recuerda que el talento, el esfuerzo y la disciplina no bastan, también intervienen el contexto, las oportunidades y la suerte. En cambio, tú viste reflejada al amor de tu vida despidiéndose de su mayor sueño: ser actriz.

Hablamos de la obra al salir. Del gran trabajo que hace Jorge Viñas sobre el escenario. Citando tu reseña en El Anfiteatro: 

«Jorge Viñas sostiene la escena con un carisma muy natural. Su talento para la comedia aparece con una soltura que permite al público entrar fácilmente en su historia, incluso cuando lo que se está contando nace desde la vulnerabilidad.»

Tienes razón. Jorge Viñas posee una presencia escénica difícil de ignorar. Canta, baila tap, toca la guitarra y sostiene la atención del público con una honestidad que vuelve cercana cada confesión del personaje. Quizá por eso experimenté una contradicción durante gran parte de la función. Mientras el personaje cuestionaba si había logrado aquello que soñaba, yo observaba a un actor que para mí representa una forma de éxito dentro del teatro: alguien que ha construido una trayectoria haciendo lo que ama, y que incluso ha encontrado la manera de convertir su propia experiencia en materia escénica. Entonces apareció una pregunta que siguió creciendo conforme avanzaba la obra:

¿Qué tan exigentes somos con nuestros sueños para ser incapaces de reconocer cuándo ya hemos construido algo valioso?

Foto: Ed Quezada

 

En Nada Extraordinario, escrita por Jimena Eme Vázquez y dirigida por María Penella, el primer acto construye con precisión esa búsqueda. El deseo de pertenecer a un escenario específico. La esperanza de que exista un lugar exacto para nosotros. La expectativa alcanza uno de sus puntos más altos cuando aparece una audición para un musical cuyo perfil coincide casi de manera absurda con el protagonista. Pero la coincidencia tiene algo de paradójico: esa oportunidad perfecta existe porque él mismo ayudó a crearla. Por primera vez, la obra plantea la posibilidad de que el sueño deje de ser una aspiración lejana y se convierta en algo tangible.  Por eso el primer acto resulta tan poderoso. Porque no habla solamente de teatro musical. Habla de cualquiera que haya perseguido algo durante años. De cualquiera que haya pensado: «si sigo trabajando, eventualmente llegará mi momento.»

Sin embargo, mientras más resonaban en mí las preguntas de la obra, más evidente se volvía cierta distancia entre sus dos actos.

El segundo acto abre nuevas reflexiones, pero también se aleja de la contundencia dramática que había construido previamente. La conversación entre una escoba y un recogedor introduce imágenes sugerentes sobre aquello de lo que estamos hechos, aunque para mí termina desplazando el conflicto que el primer acto había construido con tanta precisión. Después de una premisa tan potente como la posibilidad de la audición perfecta, la obra privilegia la reflexión sobre la progresión dramática. Las preguntas permanecen, pero parte de la tensión acumulada se diluye en el camino. 

Regresemos a los cuestionamientos de la obra, porque cuando aparecieron en escena fue cuando tu y yo comenzamos a ver obras distintas: 

¿Qué haremos si un día llega la audición perfecta para ser lo que siempre quisimos? ¿Cómo convivimos con nuestros sueños sin convertirlos en pesadillas? ¿Y si resulta que no somos extraordinarios?

Al escucharlas, yo seguía pensando en el actor, pero tú estabas pensando en mí.

Foto: Ed Quezada

Fue hasta el día siguiente cuando me enviaste una carta. Y esa carta abrió una conversación que teníamos pendiente. No porque respondiera preguntas. Sino porque encontró una herida.

Escribiste:

«Siempre creí entender lo duro que había sido para ti dejar de hacer teatro […] Nunca supe del todo cómo cargar con esa sensación sin sentir culpa, sin preguntarme si una parte de ti se estaba apagando para que pudiéramos construir otra cosa.» Esa frase me acompañó durante días.

Entonces comprendí algo. Nada Extraordinario había conseguido hacer algo extraordinario: Salir de la sala. Continuar la conversación cuando la función había terminado. Porque aunque la obra habla de la precariedad, del desgaste y de la crueldad silenciosa de una profesión construida sobre la esperanza, su mayor acierto está en otro lugar. No habla únicamente de quienes triunfan o fracasan, y no se dirige  solamente a quienes alcanzan el escenario con el que soñaron. Habla de quienes siguen amando algo incluso cuando la vida los obliga a relacionarse con ello de otra manera.

Mientras veía la obra recordé una conversación que tuve hace unos meses con la maestra Carmen Zavaleta. Le hablaba de mi frustración por no haber estudiado teatro cuando compartió conmigo una idea que he olvidado. Palabras más, palabras menos, me dijo: «A veces tú quieres dedicarte al teatro, pero el teatro tiene otras decisiones para ti. Y termina colocándote en el lugar donde quiere que estés.» Durante mucho tiempo interpreté esa frase como una derrota elegante. Como una forma amable de aceptar que no había alcanzado aquello que soñaba. Hoy ya no estoy tan segura.

Viendo a Jorge Viñas sobre el escenario y leyendo tu carta después de la función, entendí que quizá la pregunta nunca fue si el sueño se cumplió o no. Quizá la pregunta es quién decide cuándo un sueño se ha cumplido.

Hay personas que hacen teatro desde el escenario. Hay personas que lo hacen escribiendo. Dirigiendo. Produciendo. Diseñando; Y hay quienes lo hacen acompañando. Invitando.Compartiendo. Acercando nuevas personas a una butaca. En tu carta escribiste algo que me hizo pensar mucho en eso:

«Tu manera de hablar del teatro no solo recomienda obras. Acompaña. Invita. Abraza.»

Confieso que me costó leerlo. Porque durante años pensé que mi relación con el teatro debía verse de una sola manera. Como actriz, como intérprete, como alguien que pertenecía al escenario. Pero quizá ahí estaba mi error. Quizá el teatro nunca abandonó mi vida. Quizá simplemente encontró otra forma de quedarse.

Por eso me conmovió tanto una de las últimas ideas de tu carta:

«A veces cambian de cuerpo. A veces cambian de voz.»

Esa frase resume el corazón de Nada Extraordinario. No es una obra sobre abandonar un sueño. Pero nos invita a preguntarnos quién decide cuándo una vida artística ha valido la pena. Por eso seguimos hablando de ella. Porque todos, tarde o temprano, tenemos que despedirnos de alguna versión de nosotros mismos.

A veces, el verdadero desafío no es dejar ir un sueño, sino reconocer el valor de aquello que construimos mientras intentábamos alcanzarlo.

 

Con amor,

Laura Cárdenas, una niña que soñó con ser actriz y que encontró su lugar en la crítica.

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.Teatro

Críticas

Querida Reina Lear: crítica epistolar sobre la ingratitud y la vejez. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 13 mayo, 2026

Querida reina Lear:

Hoy salí del teatro pensando en ti.

No porque te parezcas al Rey Lear que vi sobre el escenario del Teatro Helénico, sino porque mientras la obra avanzaba entendí algo que nunca había pensado con tanta claridad: hay personas que aman hablando y otras que aman haciendo.

Y casi siempre, las que aman haciendo pierden.

En esta adaptación y dirección de Angélica Rogel, El Rey Lear deja de ser un reino y se convierte en un teatro. Lear ya no reparte tierras ni coronas: lo que dejará como herencia es ese espacio construido durante toda una vida: su teatro. Y lo único que pide a cambio es que sus hijas estén dispuestas a recibirlo junto con las cincuenta personas que lo acompañan.

La decisión parece sencilla, pero rápidamente revela algo incómodo: cuidar también implica espacio, tiempo, paciencia y disposición real.

El teatro aquí no funciona únicamente como escenario; también se convierte en el legado que Lear dejará detrás. Y quizá por eso resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando el amor necesita demostrarse frente a otros.

Las hijas mayores entienden inmediatamente las reglas del juego. Lo llenan de discursos impecables, halagos grandilocuentes y palabras perfectamente diseñadas para convencerlo. En cambio, la hija menor responde desde otro lugar. Cuando dice: “Las palabras no son nada, siento toda la gratitud”, la obra encuentra uno de sus momentos más
dolorosos.

Porque ella no ama menos.
Simplemente entiende el amor desde otro lenguaje.
Uno menos espectacular. Menos visible incluso.

Y aunque la puesta después se desplaza hacia la tragedia familiar y la vejez, esa imagen inicial permanece resonando: un padre intentando medir el amor de sus hijas a partir de lo que son capaces de decir frente a él.

Ahí pensé en ti.

Y también pensé en lo impresionante que resulta que un texto escrito por William Shakespeare en el siglo XVII todavía pueda sentirse tan cercano al presente a través de una adaptación como esta. Porque aunque Lear siempre ha sido leído como una tragedia sobre el poder, esta versión parece mirar especialmente hacia otro lugar: la vejez.

Durante la obra escuchamos constantemente una frase: “Es verdad que los viejos se vuelven niños”. Pero mientras veía a Lear derrumbarse frente a nosotros, yo no podíar dejar de pensar que esa frase quizás es profundamente injusta.

Los adultos mayores no vuelven a ser niños.

La vejez no es un regreso a la inocencia; es una etapa atravesada por pérdidas. La pérdida de amigos, de memoria, de fuerza, de autonomía. Incluso la pérdida de algo tan básico como decidir sobre la propia vida. Un niño descubre el mundo por primera vez; un adulto mayor carga encima toda una existencia.

Por eso me parece peligroso romantizar o infantilizar la vejez para volverla más cómoda de mirar.

Y ahí es donde la obra deja de sentirse lejana.

Porque la tragedia de Lear no es únicamente la locura. La verdadera tragedia es descubrir que el amor de quienes lo rodean estaba condicionado por el poder, la utilidad y la herencia.

¿Cuántas veces las palabras bonitas aparecen cuando una herencia entra en juego? ¿Cuántas relaciones familiares empiezan a medir el amor desde la utilidad, el beneficio o el miedo a quedarse fuera del testamento?

Ahí la obra toca algo profundamente doloroso de nuestra realidad.

En México, miles de adultos mayores viven abandono, violencia o negligencia por parte de sus propias familias. Y aunque sería sencillo reducir esto a “malos hijos”, esta versión de Lear plantea algo mucho más incómodo: vínculos construidos alrededor de jerarquías rotas, resentimientos acumulados y afectos atravesados por el poder.

Hay otra frase que atraviesa silenciosamente toda la tragedia: “Su educación corre por mi cuenta y aunque no me guste algo lleva de mí”.

Y ahí la puesta parece tocar algo todavía más cruel: las familias también son el resultado de las herramientas emocionales —o la falta de ellas— con las que aprendimos a vivir.

Porque quizá sí existen hijos crueles. Pero también existen generaciones incapaces de expresar afecto, sostener cuidado o
construir vínculos sanos porque nunca tuvieron tiempo, paciencia o condiciones para aprenderlo.

Cuando una persona envejece y deja de producir, la sociedad comienza a tratarla como una carga. Y quizá esa sea una de las conversaciones más urgentes que activa esta puesta: ¿qué valor tienen las personas cuando dejan de ser funcionales para los demás?

Entonces vemos a Luis de Tavira construir a un Lear que transita del poder absoluto a la vulnerabilidad total. Un hombre que pasa de ser imponente a depender completamente de otros. Y quizás eso es lo más aterrador de la obra: reconocer que toda autonomía humana es temporal.

foto: Alberto Hidalgo

 

Pero el peso de la obra no recae únicamente en él. La puesta encuentra gran parte de su fuerza en un elenco sólido conformado por Mayra Batalla, David Calderón, Mariana Gajá, Mauricio García Lozano, Mariana Giménez, Alejandro Morales, Diana Sedano y Raúl Villegas, quienes construyen una familia atravesada por resentimiento, desgaste y necesidad de reconocimiento.

Mientras veía a Lear perder fuerza, memoria y autoridad frente a todos, no podía dejar de pensar en ti.

En cómo la vejez también tiene algo devastador: comenzar a desconocerse a uno mismo.

Porque la obra muestra a un hombre que alguna vez fue imponente, decidido y temido, atravesando poco a poco una vulnerabilidad que ni él mismo parece comprender. Y quizás ahí fue donde más te encontré. No en la figura idealizada de una reina, sino en alguien que construyó su vida desde la dureza, el trabajo y la supervivencia, y que ahora habita una fragilidad que incluso para ti misma debe ser difícil de aceptar.

Por eso la palabra “ingratitud” resuena tanto dentro de la obra.

Porque mientras los hijos de Lear disputan su herencia y negocian cuánto están dispuestos a soportarlo, yo no podía dejar de pensar en cuántas veces también te he visto rodeada de personas más interesadas en tus bienes que en tu dolor.

Y quizá lo más incómodo es entender que la vejez no borra las heridas familiares, pero tampoco debería convertir a nadie en desechable.

Hay una frase de la obra que no pude sacar de mi cabeza: “Retenerlo más tiempo en esta máquina de tortura es odiarlo”.

Y pensé en cómo muchas veces el miedo, la culpa o incluso la ambición prolongan violencias disfrazadas de amor. Porque también eso atraviesa Lear: el miedo a perder el control, el miedo a soltar, el miedo a aceptar en qué se han convertido nuestras familias.

Pero entre toda esa devastación aparece otra frase: “No podemos dejar que la violencia le gane a la razón”.

Quizá ahí habita la pregunta más incómoda que deja esta versión de El Rey Lear: qué tipo de sociedad estamos construyendo si envejecer termina convirtiéndose en una condena de soledad, abandono o disputa.

Porque tarde o temprano todos dejaremos de ser funcionales para este sistema.

Y ese día, quizá entendamos demasiado tarde la forma en que aprendimos a amar.

El Rey Lear no es una puesta sencilla. Sus casi tres horas de duración sin intermedio pueden resultar densas para espectadores poco acostumbrados a este tipo de propuestas. Pero para quienes buscan un teatro dispuesto a conversar con las heridas contemporáneas —la vejez, el abandono, la herencia, el desgaste familiar y las formas en que aprendimos a amar— esta adaptación encuentra momentos profundamente dolorosos y vigentes.

Con amor y una enorme gratitud, 
tu nieta,
Lalis

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.teatro

Reseñas

Estimadas maestras titiriteras. Por Juan Eduardo Mateos Flores

por Aplaudir de Pie 4 abril, 2026

Estimadas maestras titiriteras:

 

Lamento mucho no recordar sus nombres. Sobre todo, porque fueron parte importante de los recuerdos de mi infancia más lindos de mi vida. No sé si aún existan físicamente, si aún sigan dando funciones, si aún anden por ahí haciendo felices a más niños, pero existen en mi corazón y eso basta, ahí donde también existe aquella mágica noche en la que mis padres cerraron la calle para que montaran esa función de títeres fuera de casa de mi abuela. No sólo mis amigos y familiares y amigos de mis padres acudieron a dicho cumpleaños para verlas, varios niños alrededor de la cuadra se colaron para poder ver el espectáculo.

Quizás eso es lo maravilloso del arte, que no importa mucho el nombre de quien lo haga: basta un destello, una escena, una palabra, una imagen, una figura, un ritmo que se anide en nosotros y se la pase acompañándonos muy dentro con todas esas cosas bellas que también nos regala la vida, y que esta o estas, convivan rebotándose y muy a veces expandiéndose, haciendo de uno pura felicidad o regocijo. Yo de ese día recuerdo la belleza y la alegría, un pequeño diablo intentando reventar el globo que cuidaba con todas sus fuerzas un calcetín, mostrando que la gran literatura —y quizás
el arte también—, como dice Borges, sólo necesita un tema: el de un perseguido y un perseguidor.

Debo confesar que no sabía muy bien qué escribirles en la carta. Sólo sabía que tenía que ser ridícula: las cartas de amor tienen que ser ridículas, ya lo dijo Pessoa en un poema. Después de tanto meditarlo, supe que tenía que ser de agradecimiento porque ahora que recuerdo, gracias a este taller que estoy cursando con distinguidas y apasionadas personas, fueron ustedes mi primer encuentro físico con lo que llamamos arte, el mismo que me tiene aquí escribiendo una carta, el mismo que me salvó del relato natural de los tiempos más violentos que me tocó vivir como alguien crecido en un barrio de la periferia, como alguien que se crió entre todos estos condominios y la humedad que se les asoma, entre los gatos que se reproducen allá fuera y los locos de la esquina que toman la caguama, entre la luz que se asoma vertiginosa entre los cadáveres de lo que fue y no será; con canciones de salsa y canciones de reggaetón veracruzano, puertorriqueño y panameño. Canciones que seguramente le harían recrear el encono a algún nadaqueveriento como el que
transpira la obra, odio a los putos mexicanos, de LEGOM, que descubrí hoy.

(Les cuento, también de rápido, que esta carta existe, porque estoy explorando más cosas sobre literatura, en esta ocasión sobre dramaturgia, gracias a mi amiga Zavel y a otra amiga de Puebla, Vania; con ellas descubrí que hay muchas más posibilidades de las que ya sabía, un mundo en el que pueden tirarse un perreíto Patrick Pessoa y Critilo; un mundo en el que en el golfo no existen las ballenas).

¿Me pregunto si ustedes, en aquel lejano día de 1995, imaginaron cómo terminaría nuestra ciudad para los niños a los que les enseñaban la magia del guiñol? ¿Un mundo en el que la violencia terminó siendo un hábito común en el relato de nuestros tiempos? ¿Me pregunto si simplemente ustedes no se hicieron esas preguntas y se dedicaron nada más a lo que les hacía feliz? Si fue lo último, qué bueno. Cómo podrían saberlo, además, pues ya se ven muy lejos esos días en los que, cuando con sus manos y sus voces hicieron bailar nuestra imaginación: tiempos en los que unos doritos costaban 2 pesos, muchos de nosotros podíamos cenar chokomilk con leche entera y unas quesadillas sin que nuestro estómago se viera afectado, metíamos tampicos al refrigerador para comerlos congelados, abríamos los frutsis por la base y corríamos como locos para jugar a las atrapadas y los encantados. Los celulares no tenían frita nuestra atención y en las fiestas y en las calles sonaban los metales de Willie Colón y los chanteos de Rubén Blades para que nuestros adultos bailaran abrazados y felices.

Quisiera compartirles un poema de Nicanor Parra que salta a mi memoria al escribir estas líneas para ustedes:

Lo queramos o no
solo tenemos tres alternativas:
el ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
porque como dice el filósofo
el ayer es ayer
nos pertenece solo en el recuerdo:
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos,
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
como la juventud.

En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca,

pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.

 

¿Está hermoso? ¿No? Los poemas como las cartas, además de ridículos, tienen que ser hermosos.

Pero saben, ¿qué es más hermoso? Pensar que todo este diálogo, que todas estas líneas y este cariño que siento por ustedes, aunque no las recuerde ni las conozca, surgió de ese día en que nos encontramos, aunque nunca más nos volvimos a ver. A la magia de ese único encuentro fraguado por el amor de mis padres, pensando en algo lindo para su hijo, o sea yo: para que los niños de entonces que eran mis amigos, la gente que me amaba y rodeaba también disfrutaran de su función. Y ustedes ahí detrás del retablo o teatrillo, detonando lo más maravilloso que tiene el hombre y que lo distancia de los demás mamíferos —o creo que ya no somos los únicos que imaginamos, pero qué más da, a veces hay que pecar de antropocentrista— marcando para siempre la existencia de todos nosotros. Tan hermoso que, muchos años después, detonan una carta sobre ese día y esa función, en un mundo donde ya casi nadie se envía cartas, acaso los bancos. Una carta en la que ese niño se da cuenta lo mucho que se debe también al teatro y sus posibilidades: ahora que ese infante ha
crecido un poco y se dedica a manufacturar palabras, a veces persiguiéndolas, a veces
siendo él, el perseguido.

Con cariño, el niño cumpleañero, que seguro se ubicó al centro de la primera fila.

 

Juan Eduardo Mateos Flores
Escritor. Autor de Reguero de Cadaveres (Los libros del Perro, 2021), un libro de crónicas sobre la violencia en Veracruz.

@reporterodelcrimen

Reseñas

Me acuerdo. A propósito de «Company» Por Vladimir Zecua

por Aplaudir de Pie 21 marzo, 2026

Me acuerdo[1]

 

 

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/03/20260307_2150_01kk5rxy8xes6s4dc3vwbrt85c-1.mp4

 

Me acuerdo de la presión de sentir que iba tarde mientras atravesaba Plaza de mayo…
Me acuerdo del pancho y la cerveza, y de arrepentirme de haber rechazado las papas que el
muchacho amablemente me ofreció…
Me acuerdo del frío de la cerveza recorriendo mi garganta, así se debe sentir el cielo…
Me acuerdo de la presión de sentir que iba tarde, ya estando a media cuadra…
Me acuerdo de ver diez veces el reloj, pero sin fijarme realmente en la hora…
Me acuerdo de caminar a paso apresurado, buscando el qr en mi google drive…
Me acuerdo de la fila…
Me acuerdo de tomar una foto a la foto de Francisco, y subirla a instagram un ‘’Bendecido
Domingo’’…

Me acuerdo de preparar el dólar para la propina…
Me acuerdo de sentir el teatro descuidado, falto de mantenimiento…
Me acuerdo de la indicación del acomodador: ‘’contás ocho y en el noveno te sentás’’
Me acuerdo de contar todas las butacas de mi fila y reconfirmar mi lugar de acuerdo al mapa en
el boleto.
Me acuerdo de volver insistentemente a los acrílicos con el naming del teatro en los laterales
de la boca escena… chuecos.
Me acuerdo de googlear los grandes hitos de el teatro.
Me acuerdo de tomar una foto a las letras Company.
Me acuerdo de lo fresquito de la sala.
Me acuerdo de restar tres horas a la hora para saber qué hora era en México.
Me acuerdo de juzgar el programa de mano ¿mano de gigante?
Me acuerdo de juzgar la foto pixeleada del programa de mano.
Me acuerdo de abrumarme cuando llegaron mis vecinos de butaca.
Me acuerdo de incomprender el acento del vecino de mi derecha.
Me acuerdo cuando la función comenzó y subieron las letras.
Me acuerdo de un cue de audio, donde no abrieron un micrófono a tiempo.
Me acuerdo de Fer Dente.
Me acuerdo de la simetría de la escena.
Me acuerdo de High School Musical y Hairspray.
Me acuerdo de Enrique Pinti.
Me acuerdo de la claridad del sonido de las voces.
Me acuerdo de los remates corporales en sincronía con los remates musicales.
Me acuerdo de ‘’mi amigos locos de atar…’’
Me acuerdo de los escalones prendiendo al compás de los pasos de ‘’Bobby’’.
Me acuerdo de Patti Lupone.
Me acuerdo de mi necesidad de ver y escuchar a cada uno y a todos al mismo tiempo.
Me acuerdo de la sorpresa de entender todas las palabras.
Me acuerdo de pensar: ¿Cómo puede ser tan preciso estando adentro, habiendo estado
afuera?
Me acuerdo de los zapatos de tacón alto de Vane Bu.
Me acuerdo de mi amigo que se quería divorciar dos meses después de casarse.
Me acuerdo de su boda incómoda.
Me acuerdo de Jonathan Bailey y al mismo tiempo de Nacha Guevara articulando las palabras
en ‘’el Vals del Minuto de Federico Chopin’’

Me acuerdo de los globos de helio y pensar en el riesgo operativo de eso, y en que es un
recurso limitado por la cantidad de yacimientos que existen en el mundo.
Me acuerdo de ‘torear’ a la espectadora de pelo rizado de la fila de adelante que llegó en el
intermedio, creo que era la asistente de dirección.
Me acuerdo del programa de mano deslizándose entre mis piernas y fijarme el recordatorio de
recuperarlo al final.
Me acuerdo de tener sueño y bostezar discreto, eran las 7 pm en México. Dormía bastante.
Me acuerdo de ‘’The ladies who lunch’’
Me acuerdo de juzgar la traducción de ‘’’The ladies who lunch’’
Me acuerdo del foco particular en ese número
Me acuerdo del ‘belteo’ abierto de Joanne ¿eso existe?
Me acuerdo de la iluminación, pulcra, fina, coherente con cada momento narrativo.
Me acuerdo del final y los aplausos.
Me acuerdo de querer grabar los aplausos y mi torpeza para decidir si sacaba la cámara o solo
el celular.
Me acuerdo de mi foto movida.
Me acuerdo del gentío a la salida y la marquesina.

Me acuerdo de esperar disimuladamente.

Me acuerdo de esperar intencionalmente.

Me acuerdo porque los recuerdos usuales son, en realidad, los recuerdos de la primera vez que
recordamos algo, leí o escuché una vez.
Me acuerdo de desear hacer un directo en tiktok para hablar no sé de qué, si no había música
en Milanga.

Sí sé.

Me acuerdo de la música en Milanga.

Me acuerdo de mi menú infantil y el fernet con coca, helado, delicioso recorriendo mi garganta,
así se debe sentir el cielo.

 

Vladimir Zecua M.
Organizo mundos para poder contarlos.

vladimirzecua@gmail.com / @vladzecua

 

[1] A propósito de la obra Company. Dirigida por Fer Dente, que se presentó en enero de 2026 en el Teatro El Nacional, en Buenos Aires, Argentina.

Reseñas

Me acuerdo. A propósito de «¿En qué estabas pensando?» Por Luis Javier Maciel Paniagua

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Me acuerdo [1]

 

Recuerdo cuando me pidieron ser el músico en escena de la obra. No era la primera opción, pero la otra persona no podía por horarios.

Recuerdo mis tardes de nervios en casa, porque el director y yo sabíamos que queríamos la obra con sonidos pop y de sintetizadores. Mi personaje fue el Espíritu Melodramático, el iPod de una niña de secundaria: Laika. Nunca había tocado un teclado en escenario… era guitarrista.

Me acuerdo pasar las noches en los teclados, pensando en sonidos. A veces, las canciones llegan a mi mente solas. La primera en componerse fue Floto.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/02/08-Floto.mp3

Una vez listos los arpegios de los acordes que quería, la melodía se cantó sola en mi cabeza: ¡Mírame! Floto con el viento. Prepárate para despegar. El Espíritu Melodramático la cantaría con el efecto Vocoder en escena.

 

Recuerdo cómo llego cada canción importante

 

En La Caída yo quería que la música sonara como una cascada, pero con acordes trágicos, al igual que el clímax de la obra. Al día de hoy, siempre que la escucho quiero llorar de satisfacción.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/02/Caida-completa.mp3

En Violación; agregué una sirena en la canción, para alertar a Laika y al público de la violencia frente a ellos;  Río es un lofi de suspenso con sonidos de agua; Recreo es salvaje, selvática, con frecuencias de onda como aves en el cielo; Día cero es una alarma de despertador, con la primera respiración de la mañana y un tic tac incorporado; Toto tiene tres valses: el inocente, el equilibrado y el malvado, pero todos son Toto.  Cohete era mi canción favorita, una instrumental, pero su escena fue eliminada. El director me decía que sonaba como música sentimental de ánime con para poner un diálogo triste del protagonista encima.

Me acuerdo de los ensayos. Los técnicos de El Galeón siempre fueron dulces con nosotros. Hacían sus propios cables de audio y eran mejores que los míos (Roland Black). Cuando escucharon  Chulada se la aprendieron y la cantaban conmigo antes de función. A su jefe le llamaban «Chulada» de carrilla.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/02/Chulada.mp3

Me acuerdo que estrenamos en el estacionamiento frente a El Galeón, porque estaban remodelando los teatros y no los terminaron a tiempo para nuestra temporada. Pusieron un Foro Alternativo frente a la cafetería. Las consignas de las marchas del domingo, desde Reforma, se colaban a las funciones, en los momentos de silencio.

Recuerdo que nos habían programado dos funciones en el Julio Castillo. Tampoco pudieron hacerse. El equipo del CCB,
apenado, nos ofreció una segunda temporada para compensar los inconvenientes, esta vez sí en El Galeón. Dimos 22 funciones en total. Las mejores fueron las 11 de El Galeón.

Me acuerdo de la primera función. La estructura de la escenografía se movía mucho con los saltos de los actores. Yo me encontraba hasta arriba toda la obra y el soporte de mis teclados se zarandeaba mucho. Aprendí que tenía que sujetar cada aparato con cinta al suelo y a la estructura para que no se cayeran. Aprendí a poner los cables de la manera correcta para no
golpearlos con mis manos apresuradas en ciertas escenas. La primera función la di muy rígido, mientras sujetaba los aparatos.

Me acuerdo que la primera temporada la dimos en invierno. No podía calentar mis manos lo suficiente, por lo que simplificaba mi ejecución para no equivocarme. Eso cambió en la segunda temporada. Estaba tan cerca de las luces del techo de El Galeón que después de cierto tiempo me sudaba la espalda. Nunca había necesitado desodorante en un teatro, pero
ahí era inevitable.

Recuerdo ser público también, en ciertas escenas. Ahí podía asomarme a la reacción de las personas y hasta reírme con ellas. El teatro para adolescentes es escaso. Pudimos ver grupos de amigos y juventudes acompañadas con sus familiares, pero solía vernos otra audiencia, más adulta.

 

Me acuerdo de mi abuela paterna y mi tía acompañándonos a la función.

Me acuerdo de su conversación cuando concluyó: ellas nunca tuvieron un mensaje así en su juventud.

 

Recuerdo que me pagaron alrededor de 25 mil pesos por las dos temporadas. Lo divido entre los siete meses de ensayos, composición y funciones. Le resto los cuatro ubers forzados para trasladar los instrumentos. A otros roles les pagan más. La compañía decidió unir todos los honorarios y dividirlos en partes iguales. Se tardaron casi un año en pagarnos.

 

 

Luis Javier Maciel PaniaguaCrítico y músico

Luis Javier Maciel Paniagua.
Crítico y músico

Instagram: @luisjaviermacielpaniagua
Correo: luisjaviermaciel@gmail.com

 

 

 

 

[1] A propósito de la obra ¿En qué estabas pensando? De Saúl Enríquez. Dirigida por Jesús Rafael Cruz. El ejercicio de «Me Acuerdo» abarca las temporadas del 2022 y 2023, en la Ciudad de México.

 

Críticas

Hasta encontrarte: una crítica epistolar desde la deuda a las madres buscadoras. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Queridas madres buscadoras: 

¿Todo es político?
¿El no mirar también es político?

Les escribo desde un lugar que no me enorgullece del todo: desde la butaca, desde alguien que durante mucho tiempo ha preferido no mirar. No soy de las personas que comparten cada ficha de búsqueda. No soy de las que reaccionan siempre. Casi siempre sólo lo hago cuando la desaparición toca un círculo cercano. Y aún sabiendo que esto ocurre todos los días, aún viendo sus rostros en el Metrobús, en las marchas, en los monumentos, aún recordando las fotografías de los estudiantes desaparecidos frente a mi universidad, he elegido muchas veces apartar la mirada.

No porque no me importe.
Sino porque me abruma.
Porque soy consciente de mi privilegio.
Porque recientemente entendí que soy una persona altamente sensible
y, a veces, he usado eso como excusa para no hacer más.

Durante meses me recomendaron ver Hasta Encontrarte de Vicky Araico y Nir Paldi, una puesta en escena que sigue el recorrido de una madre, en la búsqueda de su hija mayor, reportada como desaparecida.
“Es muy fuerte”, me decían.
“Es una gran obra”.

Y cuando por fin regresó a cartelera en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario, lo único que pensaba era: necesito ir.
Sé que me va a doler.
Sé que me puede romper en función.
Pero quizá eso es justo lo que necesito para empezar a mirar.

Entro al teatro y lo primero que escucho es un perro en alerta. Mictlán. Un nombre que nos explican que convoca al inframundo, al cruce, al viaje.
A los nueve niveles que hay que atravesar para llegar al lugar donde habitan los muertos.
Desde ahí se anuncia un trayecto: no el de una ficción heroica, sino el de una madre.

La historia comienza en noviembre de 2018.

Y a partir de ese momento, lo que veo no es un caso, ni una cifra, ni una nota periodística. Veo el recorrido de una mujer buscando a su hija mayor. Veo la duda, la incertidumbre, la sospecha instalada desde afuera. Veo cómo, cuando se intenta reconstruir la última vez que fue vista, aparece de inmediato la revictimización: que si se fue con su novio, que si no la conocían lo suficiente, que si algo habrá hecho.

La madre se llama Alma.
La hija se llama Luz.

Porque la obra no trabaja con personajes abstractos. Trabaja con una ausencia concreta.

Hay una frase que me atraviesa como espectadora:

 

Aprendí a no llorar si quería que las autoridades me tomaran en serio

 

Ahí se condensa algo brutal: la pedagogía de la contención emocional para ser escuchada, la administración del dolor para poder exigir lo que, en teoría, debería ser un derecho. La vulnerabilidad de una madre convertida en un obstáculo. El coraje contenido para no parecer exagerada. Para no parecer incómoda.

Y yo, sentada en la butaca, no puedo dejar de preguntarme:
¿En qué punto normalizamos que desaparezcan personas todos los días?
¿Por qué seguimos culpando a quienes desaparecen y a quienes los
buscan?
¿Por qué aceptamos que la búsqueda tenga que convertirse en una tarea personal, familiar, comunitaria, y no en una responsabilidad estructural?

La obra es interpretada por Vicky Araico, quien sostiene en escena, con un solo cuerpo, un relato construido a partir de múltiples voces. La creadora, mencionó que está nutrida de testimonios reales. De una investigación de campo que no se queda en el escritorio, sino que se acerca a los colectivos, al territorio, a la escucha directa. Y eso se percibe.

Pero mientras les escribo, no puedo dejar de pensar en algo que no nace como un reproche hacia la creación, sino como una pregunta frente a la dimensión de lo que estamos viviendo: ¿cómo se nombra un país entero desde un solo cuerpo en escena?

¿Qué se alcanza a mostrar y qué necesariamente queda fuera cuando el dolor colectivo, construido a partir de meses de investigación, de testimonios y de archivos casi inabarcables, se articula en una sola presencia escénica?

No lo pienso como una limitación de la obra, sino como una evidencia del tamaño de la herida: hay tantos casos, tantos nombres, tantos registros, que ningún dispositivo, ni siquiera uno hecho con cuidado y respeto, puede contenerlos todos.

No lo digo como reproche, sino como una constatación: el problema es demasiado grande para caber en una sola voz.

Hay una sensibilidad evidente en la mirada de quien creó esta pieza. Se nota el cuidado. Se nota el respeto. Se nota que no hay un deseo de usar la tragedia como recurso, sino de construir un espacio donde el dolor pueda ser nombrado sin espectacularizarse.

Sin embargo, hay una imagen que se queda conmigo durante días: la soledad que llega después. La gente acompaña cuando ocurre la desaparición. Luego la vida de los otros continúa. Pero la madre permanece en la búsqueda. A veces sola. A veces desgastada hasta el límite de su propia salud mental. A veces sostenida únicamente por otras mujeres que sí saben lo que es no poder soltar.

Y aquí aparece algo que la obra no intenta maquillar: la transformación. La imposibilidad de volver a ser la misma. La fractura de la vida cotidiana. La imposibilidad de seguir trabajando, de cuidar de la otra hija como antes, porque todo el cuerpo y toda la vida, está puesta en encontrar a quien falta.

Luz pasa de estar… a no estar.
Y Alma deja de poder ser la persona que era.

No hay consuelo posible.
No hay reparación escénica.

Y aun así, la obra insiste en algo que me parece fundamental: la comunidad. La red de personas que buscan. El gesto colectivo como acto de resistencia. La certeza de que encontrar aunque sea restos, aunque sea verdad, aunque sea cierre también es una forma de justicia.

En algún momento, al final, aparece el aplauso, pero Vicky Araico no sale a recibirlo. Y una parte de mí se pregunta por qué no hacerlo, después de un proceso de creación tan largo y tan cuidadoso. Pero también entiendo que aquí la creadora no es la protagonista: es el medio para hacer llegar estas historias hasta personas privilegiadas como yo.

Porque aplaudir no alcanza.
No nos absuelve.
No nos transforma automáticamente.

Y entonces me pregunto, frente a ustedes:

 

¿para quién sana el teatro?
¿para ustedes?
¿o para quienes miramos desde una butaca?

 

Porque sí, el teatro tiene una potencia enorme para nombrar, para ordenar el caos, para permitir cierta comprensión. Pero también tiene límites. Y me parece honesto decirlos y, sobre todo, preguntarnos qué hacemos más allá de la función, porque a veces parece que le exigimos más al teatro y a quienes crean que a las instituciones y a los funcionarios públicos de este país.

Al final de la función, invitan a escribir algo en el Buzón de Paz: información anónima, palabras de aliento, recursos para apoyar a las familias. Un dispositivo que no se queda sólo en el símbolo, sino que intenta abrir un canal real.

Yo salí del teatro y no pude escribir nada.

Han pasado dos semanas y sigo llorando mientras escribo esta carta.

No porque la obra sea triste.
Sino porque me obligó a mirarme a mí.

A mi forma de estar en este país.
A mi forma de administrar la incomodidad.
A mi manera de elegir cuándo mirar… y cuándo no.

Hace un año me dedico a recomendar teatro. Y he descubierto que las obras que más me importan son las que no se conforman con entretener, sino que tienen algo que decir sobre el mundo que habitamos. Pero hoy, frente a ustedes, entiendo que también debo preguntarme qué hago yo con eso que digo, con eso que recomiendo, con eso que conmuevo.

Esta carta no es para hablar de una obra.
Es para hablar de una deuda.

Porque aunque ya hice un video, aunque espero que muchas personas vayan al teatro, aunque deseo que algo se mueva en quienes la vean, siento que no es suficiente.

Y quizá no lo sea.

Pero necesitaba escribirles para decirles que lo siento.
Por haber preferido no mirar tantas veces.
Por haber reducido su lucha a una imagen pasajera en el transporte, a un cartel, a una fecha.

Y también para decirles gracias.

Gracias porque, aun cuando el sistema falla, ustedes siguen buscando.
Gracias porque, aun cuando el acompañamiento social se diluye, ustedes construyen comunidad.
Gracias porque, aun cuando nada vuelve a ser igual, insisten en sostener la vida.

Tal vez nunca pueda comprender del todo lo que significa buscar a una hija.
Pero hoy sé algo con claridad: su trabajo no sólo encuentra cuerpos, nombres o verdades.
También devuelve humanidad a un país que ha aprendido demasiado bien a mirar hacia otro lado.

Con respeto y con una incomodidad que ya no quiero soltar,
Lalis

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.teatro

 

Esta crítica epistolar fue escrita a las madres buscadoras de México, a partir de la obra Hasta Encontrarte, De Vicky Araico y Nir Paldi , con la dirección de Nir Paldi y la interpretación de Vicky Araico. 

 

Si tienes un familiar desaparecido y necesitas asesoría o atención, te compartimos algunos recursos disponibles en la página oficial de Teatro UNAM. 

 

Críticas

Casi Normales. Crítica epistolar al personaje de Diana. Por Isabel Agurto.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Querida Diana:

Espero que esta carta te encuentre bien o al menos mejor que cuando te conocí, en el Teatro Municipal de Las Condes. Te vi desde mi butaca, sin saber que en cosa de minutos ibas a mirarme de vuelta. Desde la primera escena yo supe por qué no podías dormir, por qué necesitabas activarte a las cuatro de la mañana, tratando de hacer veinte cosas, pero no haciendo ninguna en realidad. Yo te vi, Diana.

Ese reconocimiento me acercó a ti, pero después empezaste a bombardearme y yo no estaba preparada. Me expusiste en ese escenario ante más de 800 personas. ¿Por qué? Si esto no se trata de mí.

Las bombas partieron con la canción de Mi psicofarmacólogo y yo. Esto es muy real, pensé, mientras el doctor indicaba las interacciones de los medicamentos, las modificaciones, los efectos secundarios, hasta que, con el paso de las semanas y meses de prueba y error, llegabas a no sentir nada y eso equivalía a estar estable. Aquí hay investigación, dije, realmente Brian Yorkey hizo su tarea. Pero faltaba más.

Quiero montañas, quiero mis montañas, dijiste. Y pensé, yo también, pero me acordé de una vez que estando en el colegio escribí un ensayo sobre montañas rusas y nadie entendió. Solo una compañera se acercó a preguntarme si realmente me sentía así. Déjame decirte, Diana, que llega un día en que no necesitas más montañas para sentirte viva. Un día descubres que no todo lo que no es vértigo es vacío, que también hay emoción en la subida lenta, que no todo lo que no es montaña es planicie y muerte.

Sentí, tal como siento ahora al escribirte esta carta, un pequeño nudo en la garganta que se fue intensificando mientras avanzaba la obra. Tuviste un buen período hasta que extrañaste tus montañas, Diana. Tuviste un buen período hasta que tiraste tus remedios por el retrete. No creo que haya sido tu mejor idea, pero no estamos aquí para enjuiciarte, menos yo que nadie. Además, si alcanzabas la estabilidad, se acababa la historia y yo quería saber más de ti.

No lo ves, me llegó a la vena. ¿Cuántas veces quise gritarle esa canción a alguien? Pero no sabía la letra, tú me la enseñaste. Eso de gritar sin sonido, de caer sin llegar al suelo, esa era yo, viviendo junto al abismo, como tú. ¿Y qué sabía Daniel de sufrimiento? ¿Qué saben los demás de sufrimiento? Ellos no lo ven, ¿cierto?

Yo lo veo, Diana. Y al parecer también lo vieron Yorkey y Kitt que te entregaron esta canción. Y también lo vio Ramón Gutiérrez que lo tradujo a mi idioma, y no me refiero al español, sino al chileno, que me acercó a ti mucho más.

Pero ante ese “no lo ves” tiene que haber una respuesta porque tú no estás sola, Diana, y yo tampoco, nunca lo he estado. Daniel te dice que es él quien ha estado siempre a tu lado, recogiéndote con cucharita cada vez que fue necesario y te pide que no te alejes, que él puede aguantar incluso más. Pero yo te entiendo, Diana. Tenías que alejarte, no podías evitar huir, sentirte incomprendida. No querías explotar y herir a los que más te quieren sin motivo.

Aun así, fuiste a ver a ese doctor rockstar que tanto te recomendaron, él debía tener las respuestas. He conocido a tantos doctores rockstars, tantas eminencias y es cierto lo que él te dijo, el camino es largo y cansador, pero, aunque no te des cuenta, se avanza. Un tratamiento tras otro, una nueva aproximación al problema tras otra, hasta que encuentras la que funciona para ti. No es magia, es ciencia. Paciencia, Diana, vas a llegar a ese punto.

Muchos piensan que los intentos por dejar de vivir ―ya no se puede usar la palabra con s― son solo un llamado de atención, pero Brian Yorkey lo hace de nuevo y, de manera brillante, aparece primero Sálvame o caigo, como un grito de ayuda casi inaudible para el oído humano, casi imperceptible para el espectador corriente. Y un par de escenas después, Gabriel, vestido de gala te invita a Un lugar. En ese preciso instante quise salir corriendo de esa sala, Diana, porque supe de inmediato cuál era ese lugar. Este no era un baile inocente entre madre e hijo, una forma de hacer las paces, una despedida, había que poner atención para saber cómo terminaría ese baile. Tuve que apretar mis puños, mis dientes, mis ojos por unos segundos para lograr permanecer en mi asiento y, a pesar de mi impulso, me quedé y seguí viendo tu desarrollo, Diana. ¿Por qué no corrí a abrazarte? ¿Por qué nadie corrió a abrazarte?

Corte/electro shock. Fuiste valiente, Diana. A veces hay terapias que son muy extremas, pero se siguen usando y son efectivas. Aunque hay métodos efectivos mucho más amables, entiendo que solo tenemos dos horas y media para contar esta historia.

Entonces vino el intermedio. Le conté a mi amiga Dani lo incómoda y vulnerable que me había sentido, me ofreció irnos, pero decidí quedarme. Mientras un café y un alfajor me hacían volver en mí. Pensé en Elvira López, la mujer real que te sostiene, la actriz que decidió sumarse a este proyecto junto a Darshan Teatro. ¿Habrá sabido la intensidad de emociones que tendría que gestionar? ¿o te apareciste sin previo aviso? Al sonar la campana entré con ansias a la sala para seguir conociéndote, Diana.

No sé mucho de terapia electroconvulsiva, pero sí sé de pérdidas de memoria, que la mayoría de las veces no son producto de las terapias, sino de las propias crisis. Ya asumí que hay muchas páginas borrosas en la historia de mi vida, y como trató de hacerlo Daniel contigo, a veces, sin querer, las reescribo con ficción. Los que me conocen ya saben que no siempre digo la verdad, pero es sin mala intención. Mi cerebro inventa recuerdos. Canta por el olvido, Diana, esta vez yo te acompaño.

Te agradezco, Diana, porque en este segundo acto me diste respiro. De todas formas, me preocupa tu hija más que tu esposo. Mírala, Diana, no vayas a ser tú la que no vea esta vez. Esto se hereda por sangre y se manifiesta por trauma, y esa niña llena todas las casillas. Cuídala, Diana, no la dejes sola.

Creo que ese es el único consejo que te quiero dar, sin yo ser madre. Discúlpame si estoy siendo impertinente, pero siento que te conozco bastante y me puedo tomar esta licencia. Lo demás, es buena suerte. Espero que encuentres el tratamiento adecuado para ti. Si quieres un día nos tomamos un café y te cuento mis experiencias, por si te sirven.

Antes de despedirme solo me queda una pregunta, una sola cosa que no entendí de toda la obra:
¿por qué la peluca, amiga?

Con cariño.
Isabel

Isabel Agurto
Periodista y editora

Instagram: @iagurto_

 

 

Esta crítica epistolar fue escrita a partir de la obra Casi Normales (Next to normal), que se presentó en el Teatro Municipal las Condes en Santiago de Chile, en octubre y noviembre de 2023, bajo la dirección general de Ramón Gutiérrez y la dirección musical de Francisco Kamei. El personaje de «Diana» fue intérpretado por Elvira López. 

Críticas

Monstruos en el parque: crítica epistolar a Sergio Arrau. Por Sergio Velarde

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Querido profesor Sergio Arrau:

Donde quiera que se encuentre quisiera dedicarle unas palabras acerca de la obra de teatro que vi, escrita y dirigida por usted, allá por los inicios de los años noventas, en el Club de Teatro de Lima, ese sótano que se convertiría en mi segundo hogar a partir de esa fecha.

La obra fue “Monstruos en el parque”, que a pesar de su título apocalíptico no se trató de una puesta de suspenso o terror, sino de una comedia fantástica repleta de personajes y situaciones tan típicas para nosotros los limeños, y todo esto salpicado por ese corrosivo humor tan suyo, irónico y sarcástico, que poco a poco llegué a comprender y valorar.

Y usted solo necesitó al centro del escenario una banca de madera sin respaldo, un farolito de utilería a un lado y unas cuantas hojas de papel lustre verde pegadas en los telones que formaban la caja negra. En ese íntimo espacio, con 90 butacas, desfilaron doce personajes arquetípicos, interpretados solo por tres actores (cuatro personajes cada uno): la actriz retirada, la payasita huérfana, el arqueólogo ciego, una prostituta culta, un esposo infiel, entre otros, que se toparon en aquella noche en el parque y dialogaron con un lenguaje sencillo, entendible para mí, acerca de sus miedos, sus frustraciones y de cómo debían sobrevivir en una ciudad tan salvaje e injusta, mucho antes de pandemias, revoluciones
digitales y cambios climáticos.

¿Y los monstruos en el parque? Sí aparecieron, pero materializados por los tres actores en el aire, con su corporalidad, mimando con gestos y miradas. Y me la creí.

Disfruté la obra como usted no tiene idea y quedé maravillado de cómo con tan poco se podía lograr experiencias tan enormes y enriquecedoras para el público.

Me matriculé en el Club de Teatro en la semana siguiente y tuve la fortuna de tenerlo como profesor dos años, poco antes de que se retirara de la docencia.

Así como a mí, su legado no solo con “Monstruos en el parque”, sino con todas las obras que escribió y dirigió en mi país desde los años setenta, estoy seguro, le debe haber cambiado la vida a muchísimos jóvenes, que así como yo en los noventas, no tenía las cosas demasiado claras.

Este año yo dirigiré su obra en abril y espero que desde arriba me dé su visto bueno, pues la haré con mucho respeto hacia usted. Nos encontraremos pronto en el teatro, querido profesor.

 

Sergio Velarde
Periodista cultural y artistas escénico. Director del portal web Oficio Crítico

@sergio_velarde_1976

velardesergio2@gmail.com

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