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Críticas

Críticas

El derecho a la privacidad. De John Stuart Mill a Luis Gerardo Méndez

por Zavel Castro 5 noviembre, 2017

Desde el siglo XIX los legalistas estadounidenses debatieron sobre el derecho de la privacidad del individuo. John Stuart Mill encabezaría defensa de la libertad personal por encima de la injerencia del Estado que, sostenido en los principios puritanos que aconsejaban la vigilancia y el castigo de todo aquello considerado incorrecto o inmoral. El pensamiento de Mill, reflejado en su texto Sobre la libertad combatiría a los legalistas morales y sería una pieza fundamental para la abolición de las leyes anti obscenidad que perseguían, entre otras cosas, la posesión de material pornográfico ocurrida hasta la década de los setenta, cuando por fin se consideró que la compra y uso del porno en el ámbito doméstico era un asunto íntimo en el que la intromisión gubernamental no tenía cabida.

Todo parece indicar que los persecutores del vicio han encontrado, un siglo después, a los medios digitales como sus mejores aliados en lo que respecta a la inspección de la información de la vida privada. A través de las pantallas no hay nada parecido a la “información confidencial”, al contrario, los usuarios de teléfonos inteligentes, computadoras con tecnología de punta y navegantes de todo tipo de páginas de interacción social, entregamos cualquier cantidad de información personal para uso gubernamental sin darnos cuenta. Nadie en estos tiempos parece capaz de leer en su totalidad los “términos y condiciones” de muchas aplicaciones y dispositivos en los que literalmente firmamos un permiso para que todo lo que contengan nuestros celulares o computadores sea expuesto y resguardado en un banco de datos infinito a los que además del Estado otro tipo de usuarios y compañías sospechosas tengan acceso.

El debate sobre la libertad y el derecho a la privacidad fue puesto sobre la mesa nuevamente con el caso Edward Snowden, el ex consultor tecnológico, informante y antiguo empleado de la CIA y la NSA que reveló los secretos del espionaje por parte del gobierno contra su propio pueblo. Por cierto que Snowden puede ser considerado como una vertiente extrema del pensamiento de Stuart Mill.

Inspirados en el caso Snowden, James Graham y Josie Rourke concibieron una obra de teatro documental, que, tras probar su éxito en Londres y Nueva York, llega a México en una versión adaptada por María Renee Prudencio bajo la dirección de Francisco Franco y la producción de Tina Galindo y Claudio Carrera, con las actuaciones estelares de Diego Luna y Luis Gerardo Méndez en el papel protagónico.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

La súper producción de Ocesa ofrece un montaje dominado por la espectacularidad visual de las proyecciones en las que evidentemente no se han escatimado recursos al momento de incorporar nuevas tecnologías a la escena, con lo cual reafirmo la hipótesis que lancé en otra reflexión que cuestionaba el vínculo entre los recursos económicos y las poéticas teatrales que intentan referir o hacer uso de los medios virtuales.[1] En conclusión sí hace falta una gran inversión para conseguir incorporar estos lenguajes, especialmente de forma contundente.

La impresionante escenografía se transforma durante cada una de las escenas del “viaje” del protagonista que va desde la superficialidad del mundo a través de la pantalla hasta el interior de sí mismo. En este punto cabe decir que el personaje en términos dramáticos es bastante sencillo, poco profundo y sin mayores complejidades. Sin embargo, para su interpretación hace falta un dominio de público y carisma con las que Luis Gerardo Méndez (quien interpretó el papel del “escritor” en la función que vi) cuenta. Mismas habilidades que también distinguen al resto de los actores de la puesta: Alejandro Calva, Ana Karina Guevara, Luis Miguel Lombana, María Penella, Antonio Vega, Amanda Farah, Antón Araiza y Bernardo Benítez. Cada uno de ellos interpreta un personaje “guía”, interpretando el papel de una persona real (casi todos investigadores de la realidad virtual), compartiendo los resultados de sus investigaciones que lo obligan a reparar en el alcance y consecuencias de todo lo que hacemos en la red.

El tránsito que lleva al personaje protagónico de la virtualidad a la realidad, en la que deja de definirse como internauta para devenir de nueva cuenta en persona, revela su mayor temor, compartido con la civilización occidental actual (principalmente los millenials): mostrar vulnerabilidad. El viaje también le permite reflexionar sobre la importancia del silencio y la calma, ese “detenerse a mirar el paisaje”[2]. La obra compara pros y contras de la ficción de las redes sociales, los daños y beneficios de estar todo el tiempo “en línea”. Nunca antes en la historia había tanta información disponible sobre nosotros, sin embargo, nunca antes nos habíamos conocido tan poco. Nunca habíamos tenido tantos amigos y nunca habíamos estado tan solos.

La reflexión en la que aterriza la obra, tanto como el dispositivo escenográfico hace de esta experiencia un suceso digno de atención en la cartelera de la Ciudad de México. El público, al final, quizá tome conciencia del panóptico en el que se encuentra. De su laberinto sin salida.

Zavel

 

 

[1] Teatro y nuevas tecnologías en la Ciudad de México: http://aplaudirdepie.com/teatro-y-nuevas-tecnologias-en-la-ciudad-de-mexico/

[2] ¿Pensar de prisa o escribir con calma? La crítica “off”: http://aplaudirdepie.com/?s=pensar+de+prisa

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Historia y teatro

por Zavel Castro 29 septiembre, 2017

El teatro puede constituir un punto de partida ideal para hacer una excursión al pasado. Últimamente hemos visto en el teatro mexicano una inclinación por revivir algún periodo histórico a través de la ficción dramática y de la puesta en escena de distintas maneras. Bien sea recreando el pasado tal y como da cuenta de él la historiografía, personificando a los personajes históricos y poniendo atención a que los detalles y todos los elementos de la puesta correspondan a la época que se pretenda representar (desde la escenografía y el vestuario, hasta la forma de hablar de los personajes), tal es el caso de “3 días de Mayo”, ¨Las Touzá”, “La última sesión de Freud”, “Bule Bule”  “Los equilibristas” y “Tandas y Tundas”. Ciertamente, algunas de estas obras insertan “paréntesis”  para comentar el presente y reflejar las similitudes de las circunstancias políticas y sociales de un tiempo y otro, espejeando las condiciones para dar cuenta acaso, de una historia que parece siempre repetirse.

El teatro histórico sostenido en la recreación corre el riesgo de distanciarse del espectador hasta el grado de parecerle ajeno, acartonado y aburrido, como una de esas malas clases de historia que todos sufrimos alguna vez en el colegio que solo se conformaban con dictar fechas y hechos históricos sin cuidar que el relato pudiera ser emocionante. Así como también contiene la posibilidad de transportar al espectador al pasado y hacerlo sentir realmente en otro tiempo, mientras reflexiona sobre su propia realidad cronotópica. Todo depende del equilibrio que se ponga entre el movimiento escénico, la acción y el discurso.

Existe también otra manera de plantear un tema histórico y es la del relato directo del episodio, sin  que se pretenda encarnar necesariamente a los personajes que protagonizaron o participaron del hecho. Con personajes absolutamente inventados, que, sin embargo, por el uso correcto del lenguaje de la época relatada y un conocimiento evidente sobre el tema, pertenezcan al universo de ese pasado inaprehensible. Tal es el caso de “Las Meninas Novohispanas”, un montaje en el puro estilo del cabaret, dirigida por Luis Huitrón. La narración de distintos episodios históricos (tales como la Conquista de México, la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, el Segundo Imperio, la Independencia de México, la vida de Porfirio Díaz, la historia de la gastronomía mexicana y, el mito de la Virgen de Guadalupe y la historia de la Navidad, entre muchos otros)  por parte de “María Bárbara”, “la tía Cecilia” y “Alma María Ibarguenguer”,  tres damas aristócratas resulta una comedia extraordinaria que conecta con el público tanto en lo intelectual como en lo emotivo.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

El éxito irrefrenable de esta obra obedece a distintas razones: por una parte las acertadas interpretaciones fársicas de Huitrón y  Hugo Serrano que utilizan el recurso del travestismo para potenciar el humor -más que para caricaturizar al género femenino-, por otra parte la interacción que generan con el público (muchos de los espectadores son aficionados al trabajo de las Meninas y procuran dar seguimiento a los “episodios”),  tanto como el cuidadoso vestuario a cargo de Mariana Orozco quien ha realizado un minucioso estudio de la indumentaria novohispana para reflejarla en las magníficas piezas que ornamentan los cuerpos de los actores.

Sin lugar a dudas, la pieza fundamental para el éxito de “Las Meninas” como un excelente representante de una de las posibilidades del teatro histórico, es que la dramaturgia  a cargo del también historiador Luis Huitrón  y Hugo Serrano se sostiene en una investigación profunda de la historiografía, de tal suerte, la base argumental sostiene el discurso intelectual del montaje mientras que su traducción eficaz al lenguaje dramático hace de esta un espectáculo sumamente divertido. Toda obra histórica debería conjuntar ambos elementos: entretenimiento y conocimiento, para convertirse, como la obra de Huitrón y Serrano en un digno representante tanto de la hermenéutica como de la escena.

Aunque este consejo podría parecer una obviedad, lo cierto es que los teatristas mexicanos, que se precian de ser “investigadores escénicos” muchas veces se confían en la investigación bibliográfica que realizan guiados solamente de su intuición y de sus buenas intenciones, pero no llegan a dominar las herramientas de la búsqueda y selección de fuentes,  por lo tanto no sería descabellado proponer la presencia de la asistencia en investigación por parte de un especialista en cualquier montaje que pretenda tratar un tema del pasado (aun cuando se trate de un episodio imaginario) además de contar con un equipo creativo capaz de trasformar la información en una pieza dinámica y emocionante. En este sentido, Las Meninas ofrecen una gran lección.

Zavel

 

 

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El Nahual. La muerte del güerito pistachero

por Zavel Castro 12 septiembre, 2017

Carlos Talancón escribe, dirige e interpreta el monólogo “El Nahual” en el que cuenta la historia de un vendedor de pistaches asesinado por un narcomenudista que permanece en la esfera de los vivos vagando como fantasma, contando su historia tras de la nuca de algún transeúnte descuidado, él sabe que no pueden escucharlo pero lo intentará hasta el fin de los tiempos porque ese es su único consuelo.

“Lo que más nos encabrona a los muertos es no tener posibilidades de venganza” dice el vendedor de pistaches a manera de lamento, incapaz de resignarse se dirige hacia el público para hablarnos de cómo era su vida antes del asesinato y sobre qué pasó tras su muerte. La producción de la obra es intencionalmente precaria, la sencillez de los elementos justifica la poética del montaje: una silla de metal (de esas que reconocemos de los puestos de barbacoa o de reuniones familiares de clase media) colocada sobre una alfombra de primeras planas de periódicos de nota roja (Alarma, La Prensa, El Esto, El Metro). Una violinista (Adriana H. Forcada) en una esquina que con su instrumento comenta y acompaña la narración y la iluminación focalizada directamente sobre el sitio donde el protagonista pasa la mayor parte del tiempo de función (la silla) bastan para introducirnos al mundo de los barrios pobres de la Ciudad de México.

La obra comienza con el vendedor de pistaches conocido en las calles como “el güerito” (nunca sabremos su nombre real) sentado en la silla de metal, levantando las hojas de periódico y leyendo los encabezados en voz alta. Buscando la noticia de su muerte aprovecha para preguntarse ¿Cuál de todas esas notas retrata la muerte más tonta, cuál de ellas la más triste? Sin duda los títulos amarillistas le restan seriedad a las tragedias, es por eso que a los pocos minutos se cansa y prefiere narrar el mismo su historia. Sólo así dejará de sernos anónimo. Sólo así repararemos en que así como existe él hay muchos otros seres grises en los que nunca reparamos. Confiados, salimos a la calle con la seguridad de encontrar en el camino a los vendedores ambulantes que sólo interesan por su utilidad inmediata, no sabemos quiénes son, cuáles son sus sueños, cómo viven o si están enamorados. No nos interesan. Son personajes de paso, mera utilería de la vida cotidiana.

“El güerito” nos cuenta que en vida habitó un lugar conocido como “El hoyo”, alguno de esos barrios construidos al azar que escapan de toda regulación legal. Sin código postal, ni la obligación de pagar predial o algún servicio (en esos sitios todo es improvisado), en el barrio, dice, todo mundo es compadre, comadre o ahijado del vecino, y las cuentas por pagar se cobran por propia mano. No hay más sistema de justicia que la que imparten los delincuentes de los que él sería, como sabemos, víctima por un asunto que no llega a esclarecerse, quizá se trate de una confusión. “

El pistachero parece haber sido buena gente, trabajador, sincero, simpático su mayor carencia se reciente en su nivel educativo (tiene una pésima habilidad lectora y un lenguaje reducido repleto de groserías). Su vida ha sido de lo más ordinaria. Rodeado de pobreza, visible en sus jeans rotos, sus zapatos desgastados y su playera barata que lleva por estampado el escudo de Supermán, nos cuenta sobre sus primeras experiencias de “placer prohibido” en el deshuesadero de automóviles a los que todos los jóvenes iban para tener sus primeros escarceos libidinales, sobre sus aspiraciones de poeta, sobre su enamoramiento de una joven a la que nunca se atrevió a hablarle y, finalmente sobre el episodio de su muerte y cómo comenzaron a decir que era un “nahual”, un ser fantástico culpable de todas las desgracias del barrio.

Como ser maldito la muerte del nahual es entonces celebrada y su entierro consta nada más de aventarlo al basurero envuelto en una cobija. Como alma vagabunda, el pistachero fantasma revelará al público que lo único que conservan los muertos es la capacidad de dar zapes y que lo que más se extraña en la línea intermedia hacia el más allá es el deseo. La narración fluida a cargo de una actuación viva y exacta de Carlos Talancón quien hace las veces del pistachero con interrupciones en las que interpreta a otros personajes (la madrina, los vecinos, “el pipis”, etcétera), deviene en un retrato sobre ese sector social olvidado, omitido, en portavoz de los seres anónimos cuya vida transcurre junto a la nuestra. “El Nahual” repara en la seriedad de la muerte de todas esas personas sin nombre y con rostro desdibujado, es pues un gran trabajo de dignificación de los seres marginados que nos complace recomendar.

Zavel

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Ópera y teatro

por Zavel Castro 12 septiembre, 2017

Lejanos han quedado los tiempos de la especificidad que imponía barreras entre los quehaceres artísticos y los condicionaba a desarrollarse en un solo sitio. La posmodernidad facilitó la multi y transdiciplina que ahora nos permite entender la liminalidad escénica, el estado de ambigüedad y apertura que permite que las artes no sólo se mezclen (cómo se pensaba que lo haría la ópera como “arte total” uniendo en un mismo escenario artes plásticas, música y teatro), sino que se (con)fundan.

Así pues el bailarín, el actor y el cantante de ópera pueden experimentar en otros territorios sin sentirse incómodos. El territorio del artista escénico ahora está en todas partes. Podemos dar cuenta de ello con las obras que “confunden” ópera con teatro, que integran elementos de un oficio y otro sin estorbarse, más bien, complementándose. Este año hemos visto cómo el cantante de ópera no es más un huésped o un invitado, sino que pertenece perfectamente al escenario teatral con dos obras que dan cuenta del éxito de la mixtura. La primera de ellas fue “Heroínas transgresoras”[1] dirigida por Emmanuel Márquez, interpretada magistralmente por la soprano y actriz Luz Angélica Uribe y la segunda “Ópera Guau. Esta perra vida cantada” escrita y dirigida por Miguel Ángel Alvarado con las actuaciones de la soprano Dolores Menéndez, los tenores Ángel Ruiz, Aldo Estrada y Dagoberto Salas y el barítono Jesús Cozaín.

Ambos montajes, dirigidos a públicos jóvenes, apuestan por incorporar el repertorio de la ópera a tramas dramáticas, con lo que se busca poder desarrollar una historia al mismo tiempo que ofrecen a los espectadores información sobre el género musical que por mucho tiempo se ha malinterpretado como música exclusiva (y excluyente) de las altas esferas culturales. En la posmodernidad todo se ha democratizado, con ello se han diluido muchos prejuicios y se ha facilitado un doble fenómeno (recíproco): la popularización de “lo culto” y la aculturación de “lo popular”. Estos montajes representan grandes resultados de este enriquecedor proceso.

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Como ya he hablado de “Heroínas transgresoras” me gustaría comentar algunas cosas sobre “Ópera Guau”, en principio, diré que es loable la labor que se proponen y que por cierto, consiguen generando un gran convivio con la audiencia. La interacción con los espectadores es acertada desde el momento en que inicia la representación. Desde que llega, el público accede a dos universos: el de la ópera y el mundo de los perros, y entra en ellos con una facilidad que parece natural a pesar de su aparente lejanía con la música especializada y la fantasía que implica pensar en una historia contada por perros visiblemente interpretados por hombres y mujeres.

La convención se acepta de inmediato y se sigue durante toda la obra. Sin embargo, pese al esfuerzo del público por entrar en ficción y de los actores y cantantes por representar los personajes, la obra podría mejorar en términos estéticos. Vestuario y escenografía quedaron por debajo de la historia y de las interpretaciones de las arias y amenazaban con dar la impresión de que el montaje fuera de menor calidad de la que realmente tiene. Es necesario reparar en la importancia que tiene la cualidad visual de esta obra, ya que una vez que el diseño de imagen pudiera alcanzar el nivel del resto de los elementos intangibles como la dirección, la interpretación musical, las actuaciones, la improvisación, etcétera, podríamos recomendarla sin ninguna especie de reparo. Con una mejor imagen (las ideas de diseño son buenas, no así su ejecución) quizá incluso las lagunas de la dramaturgia (hay por lo menos dos escenas que no se resuelven, que podrían de hecho omitirse) serían menos evidentes, porque como espectadores tendríamos algo estéticamente agradable con el cual deleitar nuestra atención.

A pesar de estos detalles, insisto en la buena recepción que tiene la obra con su público infantil, a quienes saben mantener atentos con lo difícil que es dicha tarea en estos tiempos. Además de captar su atención se aseguran de aportarle conocimiento nuevo, de tal suerte que los niños se van del teatro sabiendo –entre otras cosas- qué es una canción napolitana, qué es un soprano, qué es la ópera, cómo se dividen las voces en este género y qué es el teatro. Aportaciones nada menores para la formación de la  cultura general de un niño.

Con “Heroínas transgresoras” y con “Ópera Guau” no me queda más que celebrar la ampliación de los horizontes de los cantantes de ópera. Se han roto las fronteras. Bienvenidos sean al teatro.

Zavel

 

[1] “Heroínas transgresoras. El romanticismo en escena” en: http://aplaudirdepie.com/heroinas-transgresoras-el-romanticismo-en-escena/

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Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza

por Zavel Castro 29 agosto, 2017

La maternidad, como cualquier otra de nuestras ficciones con las que intentamos significar nuestro devenir, es un concepto que se ha romantizado y se ha llenado de tantos prejuicios que pareciera ser un estado ideal y extraordinario, el punto clave para la realización de cualquier mujer. Los medios de comunicación, apoyados en todo un sistema discursivo que atiende a las teorías científicas, filosóficas, legalistas, en fin todas aquellas que sujetan nuestra ideología, para exaltar lo que según nos dicen es una de las labores más arduas, desinteresadas, generosas y amorosas a las que una mujer pueda entregarse.

Poco se habla del “lado oscuro” de la maternidad, como pueden serlo los motivos pueden llevar a una mujer a pensar en desempeñarse como madre por presiones sociales o, lo que es más grave todavía, para intentar llenar un vacío dando una vida nueva, esperando que su bebé satisfaga todos sus anhelos y le dé sentido a su existencia. Esta razón, por supuesto es la que más pronto se desgasta y la mujer, al descubrir (si consigue hacerlo) que un niño no puede darle todo lo que le hace falta, sino que se trata de alguna carencia o herida más profunda, descarga todas sus frustraciones y su insatisfacción en el pequeño al que se le había atribuido la enorme responsabilidad de hacer feliz a su madre, de complacerla, de ser lo que ella quería. Por el miedo a la soledad, cuando sus hijos las dejen las madres pueden desatar conductas enfermizas (una de las más graves es el Síndrome Münchhausen)[1] que a veces suelen pasar desapercibidas al ser confundidas como “el amor de mamá”, como lo es querer obligar a sus hijos a ser lo que ellas quieren sin importarles lo que realmente son ¡Estoy realmente encantada con que esta reflexión sobre la maternidad haya sido detonada por una obra infantil!

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

“Los cuervos no se peinan. Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza” escrita por Maribel Carrasco y dirigida por Diego Montero, cabeza de la compañía Córvido Teatro, es un montaje que se aleja del afán de entretener a su público de una manera excesivamente alegre, menospreciando las capacidades intelectuales y necesidades sensitivas de los espectadores. La obra de Carrasco trata a los niños con la seriedad que merecen, comprendiendo que si bien no cuentan con la experiencia de un adulto, no por ello son menos y merecedores de espectáculos tontos.

El público infantil tiene perfectamente la capacidad para entender por empatía la complejidad de la infancia, el vínculo materno y el empezar a conocerse a uno mismo y a quererse por lo que uno es. Es en esta etapa donde se afianza la autoestima y comienza a formarse el ideal de vínculos afectivos que se perseguirá en adelante.  Es importante que los niños comprendan que está perfectamente bien ser cómo son y que no tienen que agradar ni demostrar nada a nadie, ni siquiera a mamá. También tienen que saber que está bien que algún día hagan su propio camino, que tienen que volar “ya sea con sueños o con alas” como dice el personaje de “la mujer del sombrero rojo” interpretado por Diana Becerril.

Becerril y su compañero de escena, Daryl Guadarrama, que personifica al “niño –cuervo / cuervo-niño” se lucen en sus personajes gracias a sus habilidades corporales (su entrenamiento físico es evidente en el manejo del espacio y la agilidad de movimientos), así como a la atinada dirección que ha decidido no contar más que con una banca por escenografía y un vestuario sumamente sencillo en el que destaca una bufanda roja que hace las veces del sombrero rojo, en un juego de intercambio de papeles que hace Becerril. Estas decisiones destacan el cuerpo de los actores en quien recae toda la atención y que no pueden ocultarse tras ningún elemento, son solo ellos, sus cuerpos y sus voces los que darán vida a una historia. El montaje nos recuerda una vez más que hace falta bastante poco, en lo que a producción se refiere para “hacer teatro” y que la conjunción de talentos es más que suficiente.  Una obra para niños, que no deben dejar de ver las madres.

Zavel

 

[1] Tema que trata la Obra “Münchhausen” de Lucía Vilanova: http://aplaudirdepie.com/munchhausen/

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Calculando la órbita de Villoro

por Zavel Castro 10 agosto, 2017

Según los diccionarios, la palabra “órbita” tiene una doble acepción. Bien puede ser la curva que describe un cuerpo alrededor de otro en el espacio (especialmente un planeta, cometa, satélite, etcétera, como consecuencia de la acción de la fuerza de gravedad) o la cavidad del cráneo en la que se encuentra el ojo. Ambas definiciones se ajustan a nuestra comprensión de la figura de Juan Villoro en su papel como dramaturgo; sin lugar a dudas el estreno de su obra “La desobediencia de Marte” obedece a un nuevo recorrido o curva en su carrera estelar y revela su mirada, las imágenes que colecciona en sus órbitas oculares para significarlas luego con ayuda de algunos otros órganos, su indiscutible inteligencia y su sorpresivo talento para la ficción dramática.

Hablo de sorpresa porque la regla para los intelectuales a la hora de participar en la escritura de una obra de teatro parece ser el exceso de razonamiento, la necesidad de utilizar el espacio escénico para ofrecer una conferencia que exprese sus conocimientos, los datos que han memorizado de manera enciclopédica y por tanto un resultado escénico frío, tan educado como tedioso. Rompiendo con la “regla general” de los intelectuales en el teatro, el texto de Villoro resulta absolutamente eficaz para la representación, el manejo del ritmo, del diálogo, la construcción de los personajes y la progresión dramática, destacan tanto por su valor anecdótico como por el interpretativo y el metafórico. El trabajo de Villoro ha sido bien recibido por el teatro, mereciendo los aplausos función con función por las cualidades de la dramaturgia, más que por la simple reverencia a la firma del autor.

Por supuesto, esta habilidad dramatúrgica tiene mucho que ver con la comprensión del universo del teatro, del que podemos inferir, es un apasionado. No olvidemos que en su haber escénico también se encuentra otra obra alabada por la crítica, “Conferencia sobre la lluvia”. Una prueba más de su amor auténtico por el arte teatral es la paciencia que tuvo para escribir “La desobediencia de Marte” pues tal como él mismo cuenta tardó 35 años en escribirla. Esto último demuestra que no se trata de un advenedizo, de una ocurrencia o capricho sino de dedicación, paciencia y suerte. Parafraseando a Mauricio Kartun diremos que escribir una obra es un trabajo de todos los días, terminarla, una cosa fortuita.

“La desobediencia de Marte” es un texto que da cuenta de dos historias (por lo menos) concentradas en las rivalidades generacionales. Ocurriendo simultáneamente en el ámbito científico y en el teatral, el espectador atestigua la confrontación pasivo-agresiva de dos personalidades separadas por abismos temporales: el padre e hijo que a la vez son actores de la misma obra; un viejo lobo de mar que domina la técnica y que comprende el sistema del espectáculo, habiendo participado durante su larga trayectoria incluso en comerciales y el actor joven y atractivo cuya ingenuidad y “rebeldía” lo lleva a defender “el teatro por el teatro” sin prestar atención a los beneficios materiales o a la fama. Y  la disimulada antipatía entre Tycho Brahe y Johanes Kepler, científicos empírico y teórico respectivamente.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

 

En escena, los personajes del Padre-actor y de Brahe son magistralmente interpretados por Joaquín Cosío, mientras que los del hijo-actor y Johanes Kepler por José María de Tavira, que parece haber sentido una conexión inmediata con el carácter de estos, pues se adapta a la perfección a ellos, encarnándolos en todo el sentido de la palabra. El texto insinúa que el personaje del padre-actor-Brahe está inspirado en la figura punto menos que arquetípica del “Rey Lear”, mientras que el hijo-actor en el flamético “Hamlet”. Imaginando que así como su relación, el convivio entre “un hombre experimentado” y “un joven aprendiz”  estará condicionado siempre por un mutuo desprecio y la competencia sin sentido que los obliga a demostrar a cada momento “quién es mejor”.

El desprecio, la admiración, la competencia y la demostración constante también forman parte de la exquisita relación entre el crítico y el autor/director de teatro. Cada uno juzga al otro desde la oscuridad de la butaca o desde las luces del escenario. Ambos se atraen y repelen a un tiempo, luchando entre sí con sus visiones del mundo. Esta reflexión emana también de la dramaturgia, constituyéndose como otra de las lecturas posibles del instinto natural y construcción cultural que obliga a los hombres a defenderse sin haber sido atacados, justificando cualquier embate por la pura presencia del “enemigo” (el otro).

La obra es pues una conquista intelectual  y sensible para el espectador, el crítico, el dramaturgo y los intérpretes (tanto como para el diseñador escénico, Damián Ortega y el ilumnador Víctor Zapatero, que han sabido traducir en términos visuales el universo astronómico y el artificio teatral), dejando satisfechos y complacidos a todos aquellos que participan en este drama que no escatima en estímulos: ternura, suspenso, sorpresa, humor y notas nostálgicas. Una obra que prometía ser una genialidad desde su concepción y que convirtió en un deleite espectacular interplanetario.

Seguiré observando a través de mi telescopio crítico la órbita cada día más fascinante de Juan Villoro. Qué placer que una de sus lunas se encuentre otra vez en la constelación teatral.

Zavel

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Caracol y colibrí ¿de dónde viene la música?

por Zavel Castro 4 julio, 2017

Muchas veces nos sentimos desesperados por encontrar algo que, aun cuando no podamos nombrarlo, creemos que está fuera de nosotros. Queremos llenar el vacío y la angustia de vivir con estímulos externos. Desde pequeños nos acostumbramos a creer que  es necesario salir a buscar aquello que nos hará felices. Afortunadamente el teatro se encarga algunas veces de darnos consejos valiosos, tal y como lo hace “Caracol y Colibrí” de Sabina Berman escrita casi a manera de fábula para compartir la moraleja de que somos poseedores de bellísimos tesoros escondidos en nuestro interior. Dos personajes van en busca de la música que creen que sale de los instrumentos, de las manos o de la boca de un viejo sabio para descubrir que surge de un lugar más profundo.  El mensaje de la obra es necesario para niños y adultos, por lo que más que “infantil” catalogamos como “familiar” el trabajo de las compañías Laboratorio de la Máscara y los Idiotas Teatro, quienes se encargan de la escenificación del texto en la versión y dirección de Alicia Martínez Álvarez.

Cabe decir que se trata de un excelente trabajo de dirección y actuación, ya que en atención a la claridad del mensaje, es notorio el cuidadoso empeño que se ha puesto en la construcción de las máscaras que implica un trabajo principalmente corporal y gestual completo. Los actores Cristian David y Fernando Reyes Reyes y Diego Santana trabajan los personajes del caracol y del colibrí sin perder de vista nunca las características de los mismos, características que justifican la atribución de los caracteres de los personajes. La lentitud del caracol se traduce en una personalidad parsimoniosa, boba y tranquila, mientras que la agilidad del vuelo del colibrí lo presenta como acelerado, desesperado y enfebrecido.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

También es destacable el trabajo de Diego Santana en el papel del viejo sabio, encargado de enseñarle a caracol y colibrí que la música que disfrutan con delirio, es algo que más que aprender deben encontrar en su interior. Este es su tesoro. El entrañable mensaje encona visualmente en una plástica artesanal que las compañías lograron gracias a las asesorías de uno de los artistas mexicanos más grandes de los últimos tiempos, Francisco Toledo. La impronta del creador oaxaqueño es notoria en la incorporación a la escena de algunos de los elementos que caracterizan sus obras artísticas, todas ellas relacionadas con el concepto de la mexicanidad próxima al folclor. El vestuario del personaje del viejo como campesino, los materiales de las máscaras y la aparición de las semillas del maíz como detonante de la magia musical, son características propias del universo Toledano.

Este trabajo es recomendable, pues además de ofrecernos imágenes muy bien logradas, recupera la tradición cuentista mexicana y la traslada al lenguaje escénico sin mayores pretensiones, haciendo uso de una anécdota sencilla, composiciones musicales tan suaves como justas a cargo de Rubén Luengas Pasatono y buenas interpretaciones. Un trabajo que bien merece la pena ser compartido en familia, así como por todos los amantes de la música y de la artesanía popular mexicana.

 

Zavel

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Un fin de semana dedicado ¿al amor?

por Zavel Castro 20 abril, 2017

 

Raúl Serrano dice que hay tres tipos de conflictos que sostienen la trama de cualquier obra dramática clásica –en oposición a las posmodernidades que día a día se multiplican y que con esto dificultan voluntariamente su lectura y análisis-. Los conflictos son entonces, conflicto de los personajes consigo mismos, conflicto del personaje con otro y conflicto de personaje con el mundo o con alguna entidad metafísica (algunas obras contienen a los tres). Muchas veces la problemática atraviesa por o se desencadena a partir de alguna tensión relacionada al ámbito romántico, pasional o amoroso. Es así que decimos que el amor es uno de los grandes temas del teatro, punto menos que omnipresente, recurrente y necesario como lo es en la vida cotidiana más allá de los escenarios. Especialmente (por su teatralidad implícita)  el amor expresado meramente en el deseo carnal y de posesión simbólica del otro, ya sea momentánea, que si bien no abarca la magnitud de la potencia amorosa constituye una de sus fuerzas más abrasadoras justificando cualquier impulso y, sobre todo, para el tema que nos interesa, casi cualquier resolución escénica.

En el teatro se expresa el deseo amoroso de muy distintas maneras, sin lugar a dudas las manifestaciones más acusadas dan cuenta de la ideología, fiel representante de la realidad social del sitio donde tenga lugar la representación. Dicho esto puedo intentar una aproximación a la comprensión del tratamiento que se le da al “amor” manifiesto en las preferencias carnales de un personaje, es decir, si prefiere acostarse con un personaje antes que con otro por cualquier motivo, a partir de dos obras de teatro de la cartelera de  la Ciudad de México: “El otro lado de la cama” y “Tr3s”. Ambas obras reflejarían la idea imperante sobre el amor de la clase media alta a la que pertenecen sus personajes y al mismo tiempo, los espectadores a los que van dirigidos los montajes.[1]

Me enamoré de alguien más ¿Qué importa quién es?

EL OTRO LADO 3

“El Otro lado de la Cama” escrita por David Serrano y dirigida en México por Ricardo Díaz sigue el desarrollo de una comedia de enredos, es ligera y se agiliza aún más por los números musicales con los que se acompañan las escenas relevantes de la historia de dos parejas de amigos que se intercambian sexualmente mediante traiciones (son infieles unos con otros) motivados simplemente por atracciones momentáneas. En este montaje no encontramos complejidad alguna, son simplemente personajes simpáticos (diríamos que todos los miembros del elenco tienen charming) sin mucho más que contar que con quién se acuestan y con quién andan. Un montaje superficial para pasar el rato. Mejor aún si se aprovecha la venta de bebidas alcohólicas en el teatro.

Por cierto que la historia es contada desde una óptica masculina, el peso de la narración recae en “Pedro” (Erick Elías), quien es dejado por su novia “Paola” (Tessa Ia) enseguida busca a la novia  (Camila Sodi) de su amigo (Sebastián Zurita) como una especie de venganza desviada. Esta obra se presenta sin mayor pretensión que ofrecer al público que la oportunidad de ver “actuar” a los “famosos”. La historia atrapa –pero no cautiva- de la misma manera que lo haría escuchar una conversación de amigos en algún café, en la que contaran cómo van con sus respectivas búsquedas sexuales y con mayor suerte amorosas, todos permeados de una moral conservadora que motiva al ocultamiento del deseo y a la culpa posterior a la realización del acto.

Culpa que por cierto no existe en el universo propuesto en “Tr3s” escrita y dirigida por José Alberto Gallardo. Esta obra que da tratamiento al tema amoroso también mediante las inclinaciones sexuales del personaje principal “Tom” (Harif Ovalle) a quien vemos aburrirse de su pareja actual y descargar su libido inmediatamente en “Bety” (Andrea Guerrero), ambas estudiantes mientras que él es profesor por lo que aprovecha su lugar privilegiado de poder para ejercer una seducción poco ética y bastante común. Con ninguna de ellas tiene una relación profunda ni completamente placentera. No se complementan y realmente no establecen algún vínculo significante, por lo que parece no importar. La ruptura de la relación principal produce un desequilibro pasajero – al igual que “En otro lado de la cama” que se arregla rápidamente con la sustitución de la pareja.

Aunque el lenguaje matemático empleado en “Tr3s” es por lo menos interesante, ambas obras instalan al espectador en el terreno del zapping emocional, de la dictadura del tinder y los encuentros tan esporádicos como desechables, correspondiente al amor en los tiempos posmodernos urbanos de clase media alta como decía al principio, donde todo es reemplazable, el amor es irrelevante, las historias románticas son simplonas, vacías, insustanciales, los conflictos son pretextos para pasar de un cuerpo a otro sin que esto tampoco signifique gran cosa.

Insisto entonces: el teatro da cuenta de la realidad cultural (la ideología omnipresente), ¿esto significa entonces que según ambos montajes importa más con quién nos acostamos que de quién nos enamoramos? ¿Significa que el amor ha dejado de inspirar emociones profundas para ser simplemente un vehículo de entretenimiento como cualquier otra actividad ociosa? ¿Son estos conflictos superfluos de los que nutrimos nuestro teatro? ¿Son estas ideas ramplonas las que sostienen nuestra idea del amor?

Zavel

 

 

[1] Deducción válida tras el análisis de la localización de los teatros donde se presenta, pertenencia al circuito cultural e incluso localidades de los boletos especialmente los del Foro Cultural Chapultepec donde tiene lugar “El Otro Lado de la Cama”, obra absolutamente comercial sin pretensiones artísticas, mientras que “Tres” pertenece al género atribuido por Dubatti como teatro comercial artístico, que buscaría una mayor relevancia discursiva y exigiría mejores interpretaciones.

Críticas

Homo Empaticus. Civilización y barbarie

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

¿Qué puede salir mal en una sociedad cuya funcionalidad ha sido planeada con precisión y cuidado para que todo salga bien? En un futuro impreciso se ha creado un mundo que se antoja alterno, dependiente por completo de la empatía. En esta ficción que no llega a realidad ni fantasía, sino más bien a simulacro, la amabilidad es un imperativo categórico. Lo políticamente correcto se dice y se hace con el fin de no ofender a nadie. Los malos entendidos son evitados a toda costa. Se utilizan eufemismos para evadir verdades. Se diluyen también las identidades de género determinantes y condicionantes en tanto a los roles que deberían interpretar, llamándose “personas” en lugar de hombres  y mujeres.  Todo esto porque el disgusto no es una posibilidad.

La compañía TransLímite a cargo de la dirección de Cecilia Ramírez Romo, presenta la obra escrita por Rebekka Kricheldorf sumándose con esto al cuestionamiento de la sociedad ideal, para responder a través del teatro, que simplemente esto no existe, que es un ideal tan frágil como cualquiera y que se desvanece al pensarlo con calma. No es difícil comprender por qué  han decidido montar esta dramaturgia de tendencia intelectual puesto que encona a la perfección con la búsqueda que los ha caracterizado hasta ahora, su inclinación a la investigación y resignificación de los elementos que articulan la idiosincrasia de nuestro país y acaso de nuestra generación.

El  montaje responde a una estética “científica” pues es gracias a la aplicación e ingesta de ciertas “sustancias” que las personas que habitan ese mundo raro pueden combatir algunas de las reacciones naturales o instintivas, que muchas veces se configuran en lo que a partir del psicoanálisis se conoce como “mecanismos de defensa”  que podrían provocar fallas en el sistema: celos, envidia, deseos sexuales no correspondidos, apetencias no satisfechas, frustraciones a pesar de las injusticias, victimización, agresión. Todo esto queda fuera en atención de una artificialización que combate la bestialidad y el salvajismo a la que tanto temor ofrenda la idea de civilización.[1]

 homo

En esta construcción satírica y crítica, en este “mundo ideal”, tanto como en el nuestro, el sexo es el detonante de las peores conductas, sigue siendo percibido como un factor peligroso no siempre relacionado al amor y menos aún al amor libre. Si bien aquí ha logrado desprenderse de connotaciones morales no ha conseguido desaparecer la necesidad de posesión de un cuerpo por otro. Normal si tomamos en cuenta su extraordinario y algunas veces irresistible poder. Esta idea replica el mito bíblico de la manzana mordida y el despertar del deseo, la discordia que esto despierta, la vergüenza, las rivalidades. Siguiendo esta idea el sexo contendría también nuestra perdición como humanos y como sociedades si nos dejamos llevar. La sociedad ideal incluso monta una obra de teatro para representar el salvajismo de hombres y mujeres en otros tiempos, sus vicios, su sexualidad desbordada, toda la violencia de la que es capaz. Teatro dentro del teatro dentro del teatro. Mundos dentro otros.  Esta escena ha sido quizás la mejor lograda en la función a la que tuvimos oportunidad de asistir.

La reflexión de la sociedad, el discurso crítico de Kricheldorf, es puesto en carne por: Dulce Mariel, Manuel Cruz Vivas, Eugenio Rubio, Alejandro Zavaleta, Diana Sedano (en video) y -quienes merecen atención especial por sus destacadas interpretaciones- Daniela Luque y Myrna Moguel. Sus actuaciones, tanto como la disposición espacial del público en el teatro el Granero del Centro Cultural del Bosque, obliga a los espectadores a reconocerse y confrontarse en esa realidad otra que muchas veces han soñado, en ese mundo más justo cuya imposibilidad conlleva a la desesperanza. Todo puede siempre salir mal. No son los factores. No es el contexto. Es la interacción humana lo que degenera la perfección.

“Homo Empaticus” es un montaje que incita al pensamiento sin dejar de estar artísticamente bien logrado. Entretenido sin tener por ello que ser ligero. La dirección es certera. La dramaturgia impecable. Es en esta obra en la que hay que detener la mirada. Es una obra a la que hay que ir. Un trabajo por el que ha valido la pena ser espectador.

 

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[1] Esta oposición, “bestialidad/civilización” sería la idea fundamental del progreso social por lo menos desde la Edad Media. Para comprender mejor el funcionamiento dialéctico del mismo sugerimos la lectura de “Los bárbaros: ensayo sobre la mutación.” de Alessandro Baricco. Disponible en: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/los_barbaros_2.pdf (consultado por última vez el 20 de febrero de 2017).

Críticas

El apego. Crecer es aprender a despedirse

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

El teatro es un corazón abierto que nos permite entrar en él para habitar momentáneamente mundos distintos, es también unos brazos abiertos que nos reciben y nos consuelan, es un espejo en el que nos reconocemos y es una herida y un recuerdo que  duele mucho y que se abre a cada tanto para volvernos a lastimar más. Nunca es demasiado. Nunca es suficiente y pocas cosas nos hacen llorar más que reconocer las pérdidas. La invocación de la ausencia. El personaje que se evoca es más poderoso que el personaje que se ve.

Piezas dice en uno de sus raps dolientes, que crecer es aprender a despedirse. Y esto es así. Nadie dice que el camino sea fácil de andar. A veces hay que dejar ir a la gente que quisimos, a veces a las que nunca dejaremos de querer. Unos de los adioses más difíciles debe ser sin duda alguna la de los padres ¿Qué pasa cuando se van para siempre? Emiliano Dionisi, dramaturgo y director argentino de El Apego, responde con un montaje vivo que no hay más que hacer con la irremisible pérdida que llorarlas. También somos aquello que dejamos ir.

Esta obra conmueve por la verdad que transmite, por la honestidad que motivó tanto la escritura del texto  como las interpretaciones de Miguel Pérez Enciso (quien en una de las escenas nos regala una virtuosa secuencia corporal) Guillermo Revilla y Alejandro Piedras, actores mexicanos, hacen un mismo personaje, que versionan a partir de sus caracteres individuales.[1]

Lo entrañable de la obra se logra también gracias al trabajo de Tentzing Ortega, escenógrafo me iluminador y de Aldo Vázquez Yela, vestuarista. Juntos han creado un espacio que contagia sensación de hogar, creando una casita de barrio que podría ubicarse en cualquier lugar de la Argentina o México y más allá de estos confines. Es una casita en la que cualquier espectador siente que podría haber vivido, rodeada de fotografías familiares, llena de nostalgia. Lo mismo los vestuarios, que remiten a un tiempo pasado y a una clase media, elementos que rehúyen el énfasis y  la obviedad sin dejar de ser por esto fácilmente reconocibles.

El apego va sobre la ausencia de los padres y sobre el proceso que genera este vacío. La etapa de la enfermedad que suele ser la más difícil de sobrellevar, aquella que nos parece eterna y que nos cambia para siempre nuestra relación con el mundo. Cuando la vida impone el cuidado de los padres nada vuelve a ser lo mismo. Es cierto que cuidar puede ser el acto más amoroso posible, más aún cuando se tratan de los últimos días de una persona que nos cuidó durante nuestros primeros, pero como dijo Didanwy Kent[2], también puede ser un acto profundamente violento, absolutamente transgresor, pensar que sabemos exactamente qué necesita el otro e imponérselo “por su bien”.

 ¿Qué es cuidar? Pocas veces se piensa en todo lo que esto implica.  El que tiene que ser cuidado, el que pierde sus facultades para depender del otro, el que abandona todas sus fuerzas contra su voluntad se siente al mismo tiempo agradecido y humillado. Más aún cuando la relación natural se ha invertido, porque antes los padres nos han cuidado a nosotros y para ellos así debería seguir siendo. La inversión de papeles es siempre sorpresiva, ofensiva. El cuidador sacrifica su vida al que necesita de él, en este sentido ¿Quién pierde más? ¿El padre cuando cuida al hijo o el hijo cuando cuida al padre?

La obra es impactante, incluso el aplauso del público es un tanto silencioso. Las verdades paralizan. La emoción se contiene para explotar en llantos tardíos. Y es que Dionisi ha hablado de lo que no debe hablarse. Y es que el talento argentino es así, que vuelve teatro, que vuelve oro lo que toca. Nos afecta. Nos deja pensando en nuestros propios apegos y en los adioses que se adivinan.

 

 

zavel-firma

 

 

 

[1] La obra está escrita originalmente como un monólogo, pero gracias a la premura con la que tenía que realizarse el montaje (tuvieron solo 3 semanas de ensayos y director y actores nunca antes habían trabajado juntos), Dionisi adaptó el texto subdividiéndolo o desdoblando al personaje original en 3 para facilitar memorización y dirección,  complejizándolo a su vez.

[2] En una sesión del seminario otorgado por Jorge Dubatti como parte del programa del Festival Universitario de  Teatro, generador por cierto de la vinculación de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), vínculo responsable del montaje de Dionisi.

 

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