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Autor

Zavel Castro

Zavel Castro

Historiadora. Estoy obsesionada con el fenómeno teatral.

Críticas

Piel de mariposa

por Zavel Castro 31 marzo, 2018

Paul Valery sostuvo, con mucha razón, que no hay nada más profundo que la piel. Jimena Eme Vázquez intuyó la verdad contenida en esta frase y se ocupó de desarrollarla a plenitud en  Piel de mariposa,  una obra escrita para dos personajes (y sus ausencias) que invoca al amor en su acepción doliente. Jimena propone el encuentro de un hombre y una mujer que funcionan como alegorías del temperamento melancólico (Elisa) y de la pasión nostálgica (Guillermo); dos personajes que logran un equilibrio dialéctico mediante su complementariedad.

Elisa es una criatura extremadamente frágil debido a su padecimiento crónico: la epidermólisis ampollar, un trastorno genético que provoca ampollas y llagas ante cualquier mínimo roce, y que provoca heridas internas que paulatinamente provocan que algunos órganos dejen de funcionar. La enfermedad de Elisa la vuelve físicamente débil y vulnerable, mientras Guillermo es un hombre fuerte cuya constitución física y temperamento lo vuelven sumamente atractivo. Él resume la fortaleza que comúnmente se vincula con la masculinidad. Ella es tan débil, tan femenina. Sin embargo, la apreciación cambia cuando miramos su interior; descubrimos el carácter de Elisa es inquebrantable mientras Guillermo está hecho pedazos. Personajes contradictorios y fascinantes. Cada cual frágil a su manera.

Afortunadamente, desde el texto, la construcción de los personajes evita la victimización de Elisa por su enfermedad y de Guillermo por su condición psiquiátrica. Eme Vázquez sabe que siempre hay algo desconocido y atemorizante en el otro, algo que no alcanzamos a ver y que la mayoría de las veces ni siquiera intuimos: nunca sabemos quién es el otro. En ese “algo” radica la esencia de cada cual. En la intimidad todos somos monstruos. “Todo ángel es terrible” –diría Nabokov, el gran amante de las mariposas, descubridor de un especímen- Lycaeides sublivens. Más allá de la piel todo producimos vértigo.

Piel de mariposa está cubierta con un velo poético que en escena se descubre mediante el diseño escénico, lumínico y de vestuario de Natalia Sedano, responsable de crear un microuniverso tan fantástico como real, un espacio acogedor que cautiva a los espectadores y propicia la conmoción que genera la historia. A propósito de la trama, me parece que deja pasar la oportunidad de un final climático, erótico y dramático en su máxima expresión, el final de la consecuencia fatal, en pro de una prolongación, un comentario que nos devuelve a otra escena de la obra, un recuerdo de infancia. Lo cierto es que en ese punto encuentra un cierre que lo potencia, pero debilita esa otra enorme y generosa posibilidad.

Quizá la intención de Eme Vázquez haya sido apelar al corazón de los espectadores, estrujándolo lo suficiente como para llegar a rozar su piel, pero tuvo cautela y prefirió no apachurrarlo demasiado al grado de que se lo entregaran porque no sabría qué hacer con él. Una decisión mesurada. Nos trató con cariño y cuidado. {Contención necesaria si se considera que los personajes son de por sí tremendos y que despiertan en el público toda la ternura y coraje de la que es capaz en función de testigos de un amor imposible y de una coincidencia desafortunada que solo el teatro podría embellecer.  Piel de mariposa nos invita a pensar dónde radica la fragilidad y quiénes somos realmente.

Zavel

Reseñas

El concepto de justicia está en reconstrucción

por Zavel Castro 29 marzo, 2018

Si de por sí es difícil encontrar una obra digna en su tipo, es decir, que cumpla con los requerimientos básicos de lo que debe ser una obra de teatro o un performance, una instalación, un recorrido o una coreografía, es aún más complicado que se constituya como una experiencia estética que trascienda la intención básica inmediata: entretener al público a medida que sirve como expositor de las habilidades de los intérpretes. Pocas hay que van más allá de esto y,  siendo un reto para las que concentran su atención en solo un arte ¡Imagínense lo que pasa con las obras multidisciplinarias! Cuando cumplen simultáneamente con dos o más quehaceres propuestos y además transmiten emotivamente algún discurso, es algo verdaderamente sorprendente y sastisfactorio para el público.

Do Not Disturb. El concepto de justicia está en reconstrucción es, precisamente, una obra de danza-teatro dirigida por Jessica Sandoval que resulta ser todo lo que promete: una experiencia inmersiva basada en las historias de Medea y Antígona”. El trabajo se plantea en dos recorridos simultáneos: aquel que implica el desplazamiento de los espectadores a través de distintos espacios del teatro (dependiendo si el espectador elige seguir a Antígona o a Medea) y otro íntimo que ocurre dentro de cada persona a manera de reflexión e impacto mientras es atravesado por las potentes imágenes coreográficas, la música de Luis Felipe Tapia y la historia de alguna de estas mujeres, cada cual actualización de un mito que en primer momento representa la figura la mujer enamorada y herida, para ser, finalmente arquetipos de rebeldía y de liberación.

La historia de Antígona la reclamadora de justicia para su hermano y Medea, la amante que dio todo por un hombre que la abandonó, se cuenta a partir de los personajes principales de cada mito, los amantes de cada una, los supuestos dueños de su suerte, sus verdugos y sus víctimas. A propósito de las interpretaciones destacan Miguel ángel López y Gabriela Rosero. Quienes nos hacen sentir toda la furia apasionada de la que son capaces sus personajes.

La fusión en sus múltiples muestras dentro de la obra resulta estupendamente lograda: los intérpretes con sus personajes, sus cuerpos con el carácter de los mismos que los lleva a realizar movimientos impulsivos con toda precisión, el movimiento con el mensaje, el espacio con las coreografías, la música como acompañamiento dramático para cada espectador. Do Not Disturb. Es una experiencia emocionante que vale mucho la pena. Al final, el público, con el corazón acelerado, revisará su concepto de justicia y elevará sus parámetros a la hora de buscar un espectáculo que mantenga su interés y que además supere la misión de ser meramente una demostración de las habilidades de los intérpretes. La elección de resignificar dos de los mitos femeninos más poderosos de la tradición griega y aterrizarlos a nuestro tiempo es, sin duda, su mayor acierto.

Zavel

Reflexiones

Teatro Capricho

por Zavel Castro 21 marzo, 2018

Últimamente hemos dedicado nuestras reflexiones a tratar el tema de la responsabilidad en el teatro, reflexionando sobre el deber tanto de quienes lo hacen como de quienes lo programan y lo premian. Ahora, toca el turno de reparar en estas otras importantes cuestiones: la vanidad, el egoísmo y el descaro que tantas veces sustentan las ganas de montar una obra. Muchas más veces de las que nos atreveríamos a aceptar, gran número de las ofertas en la cartelera de teatro responde solamente a un capricho que poco beneficia al público que asiste.

¿Cómo podemos reconocer que un montaje fue creado como respuesta casi impulsiva a un antojo? Cuando es claro que no tiene interés en dialogar con el público, cuando solo es montada para complacer al director y a su cerrado grupo de amigos, con los mismos intereses, referentes y lenguaje que es encima muy distinto –insisto- al público al que va dirigido. Imaginemos, por caso, que hay una obra dirigida por un director de cine, que habla de cine y que fue hecha especialmente para gustarle a los amigos cineastas de dicho director. Sin embargo, es muy probable que la mayoría de estas amistades tendrán cortesías y descuentos y que los “responsables” de pagar la renta del teatro y parte del sueldo de los actores en caso de que el trato con el espacio sea dividirse el recaudo de taquilla, sea el público anónimo que no empatizará con la puesta encima un poco larga, tediosa y con algunos diálogos en inglés, porque claro, la zona del teatro indica que los espectadores poseen un nivel tan avanzado del idioma que pueden conmoverse con lo dicho por uno de los personajes; en suma, una obra snob archi burguesa con actuaciones mediocres de la que el director no sintió la necesidad ya no de traducir por completo sino de tropicalizar para que tuviera sentido de montarse fuera de los Estados Unidos.

El director de cine haciendo teatro (porque encima es menos costoso que cualquiera de sus películas) cree que hablar de “pandillas” y de “racismo” hacia los negros impactará al público clase media alta que imaginariamente vive un barrio Yankee (así lo evidencian sus anglicismos cotidianos) en suelo mexicano (qué oso, dirían ellos). El director que no logra que su obra sea ni siquiera genuinamente entretenida se ufana con orgullo de sus decisiones egoístas. Yo misma lo escuché decirle a un amigo en el estreno a medios que “había hecho lo que se le había antojado, que había metido todo lo que quiso, porque la puesta era suya ¿y quién le iba a poder decir otra cosa? Que le valía verga”. Claro que sí, “le vale verga” que nos aburra su montaje, pero si quiere que el público pague su chistesito.

Imaginemos que en lugar de hablar de su sofisticado gusto cinematográfico un director quiere compartir su amor por las artes visuales, elige a un artista esencial para la historia del arte del siglo XXI, un pintor vanguardista, y se propone a rendirle homenaje en escena sin estudiar a fondo al artista en cuestión. Entonces acepta montar una dramaturgia que describe un personaje sin correspondencia alguna con la personalidad del hombre que pretende homenajear, eligiendo para representarlo a otro artista visual que resulta pésimo actor –¡encima es un monólogo!- conformándose con lazar algunos datos sobre su vida y muerte interpretados a través del crisol de la cursilería del dramaturgo mientras el público desmaya de tedio en sus asientos hasta que puede irse sin siquiera aprender algo sobre el personaje o sobre su arte. Pareciera que la intención de un montaje así es presumir cuánto les gusta la obra del pintor (al director o al dramaturgo) aunque carezcan del talento necesario para transmitir ni su vida ni su obra porque no saben cómo hacerlo, porque no hay una investigación rigurosa de la biografía del pintor que la sustente o un estudio sobre sus piezas, porque saben demasiado poco tanto de él como de su contexto ¿Entonces por qué lo hacen?  ¿Porque estrenan haciendo como que todo salió bien, como si fuera algo digno de ser visto?  Porque quieren y pueden. Esto no es suficiente. Es, más bien, un descaro. Un acto egoísta.

Insisto, vanidad, egoísmo y descaro no pueden justificar una puesta en escena. Ojalá el público que paga sus boletos por los montajes, al momento de detectar esta motivación ruin pudiera salir del teatro y exigir la devolución de sus entradas. Para que esto pase es preciso que ejercite su mirada crítica, para ello ha de servirle la consigna:

Si el público ideal de una puesta no va más allá del círculo cercano del director, entonces es teatro capricho.

Entonces no vale el esfuerzo de ningún programador preocupado por su espacio, como tampoco vale que el público sacrifique su tiempo yendo al teatro. Por ningún motivo merece aplauso alguno, al contrario, el “boca en boca” también debe funcionar para impedir que alguien más vaya. No solo no recomendando sino explicando el por qué no debe verla nadie. Teniendo una cartelera tan grande como la tenemos en México, ninguna puesta es imperdible, menos aquella en manos de un director caprichoso.

Zavel

Reseñas

Teatro Prozac. Todos los peces de la tierra.

por Zavel Castro 31 enero, 2018

Es cierto: a los críticos nos encantan las categorías. Contrario a lo que se piensa, lejos de limitar al objeto de estudio, la clasificación multiplica su posibilidad de comprensión, especialmente porque no existe ninguna objeción válida que nos impida nombrar todas las categorías que se nos ocurran para entender algún fenómeno. Así pues, puedo permitirme “dividir” las obras de teatro entre las que son depresivas o emocionalmente potentes y dirigen al espectador a profundizar en sí mismos y transitar sensaciones complejas, y aquellas más sencillas, cuya única intención es levantar el ánimo del público, obras del tipo de superación personal, obras antidepresivas, obras de «si se puede», “teatro prozac”.

El teatro antidepresivo sería aquel que mediante su trama contagia a los espectadores de buen ánimo, aconsejándolo de seguir adelante en tanto que le asegura un mañana mejor. A este tipo pertenece “Todos los peces de la Tierra”, obra escrita por Bárbara Perrín y dirigida por Alejandro Ricaño. La narraturgia relata la historia de “Marina” una niña que pierde definitivamente a su madre y posteriormente a su padre. Solo que en el segundo caso se trata de una misteriosa desaparición que obliga a la niña a ir en su búsqueda de ser necesario hasta el fondo del mar.

 Durante su viaje simultáneo hacia el fondo del mar y al interior de sí misma, Marina, interpretada por Gina Martí, es acompañada por su voz interior, conciencia o recuerdo de infancia (podemos interpretarla de distintas maneras), encarnada por Adriana Montes de Oca (con una actuación destacable). Este personaje anima a Marina en las distintas etapas de su trayectoria, recordándole a cada momento la importancia de superar sus problemas y dejar atrás todo aquello que la atormenta y lastima.

La historia familiar de Marina le provoca un vacío difícil de llenar, obstaculizando cualquier logro que se proponga. La niña se volverá mujer una vez que transite tres universos distintos que convocan tres distintos lenguajes y universos semánticos.[1] Mediante la palabra, el espectador es provocado a imaginar un paisaje de flores, un mundo configurado por los movimientos de karate y finalmente el mar y todas sus criaturas maravillosas. Es así como ella ha comprendido el mundo y como puede explicarlo. Desde pequeña su padre le dijo que era una sirena y ella quiso creerle. Y quiso seguirlo hasta el fin del mundo aunque estuvieron demasiado tiempo separados. Lo que ella amaba era la idea de su padre. Amaba su ausencia y presencia. Al final aprende a quererse más a ella misma y a buscar su libertad.

En la obra destaca también el vestuario creado por Mauricio Ascencio, que contiene a su vez el paisaje marino y el vegetal que se invocan en la historia.  “Todos los peces…” es una palmadita en la espalda y un empujoncito para todos aquellos que se sienten perdidos o que han caído y no tienen ganas de levantarse.

Zavel

 

[1] No estoy segura de que esto sea un acierto en tanto que estos tres universos se muestran de manera parcial y no consiguen generar metáfora o sentido por la velocidad en la que pasan. Demasiado deprisa para que podamos disfrutarlos.

Reseñas

Mujeres Poderosas en el NH

por Zavel Castro 12 enero, 2018

Nos emociona imaginar que en un futuro cercano o remoto, pero de algún modo posible, siempre y cuando empecemos a construirlo, muchas barreras habrán de caer. En lo que al mundillo del teatro respecta, resulta casi vergonzoso continuar con la tradición de catalogar obras para discriminar unas de otras por tipo o naturaleza –dramáticas o posdramáticas, comerciales o artísticas- o por el público al que van dirigidas –niños, jóvenes, adultos, mujeres, etcétera-; especialmente cuando estas divisiones no hacen más que fomentar prejuicios, fragmentando el quehacer artístico mientras que los creadores se vuelven territoriales, resentidos e intolerantes, luchando unos contra otros sin que esto beneficie más que a sus vanidades.  La terquedad que nos lleva a catalogar una obra de determinada manera porque solo así suponemos comprenderla, nos priva de disfrutar de múltiples variaciones de experiencias estéticas.

Por fortuna, Olivia Ortiz de Pinedo, comparte nuestras miras de largo alcance cuando como programadora sabe reconocer el valor de todo tipo de teatro y fomenta su visibilidad. Lo único que importa es la calidad de los espectáculos y con el caso de “Mujeres poderosas”, ciclo a su cargo, también se preocupó por que el mensaje de las propuestas fuera socialmente relevante. Bajo la consigna de encontrar cinco monólogos que trataran temáticas que llevaran al espectador a una toma de conciencia, Ortiz de Pinedo conjuntó a un grupo de artistas de la más alta calidad. Así pues tendremos oportunidad de ver en escena a Paola Izquierdo con “De príncipes, princesas y otros bichos”,  César Enríquez con “La Prietty Guoman”, Paola Madrigal con “Debotas al Votox”, Abril Mayett con “La Verdura Carnívora” y Adriana Moles con “Divas de corredor”.  Todas las obras garantizan un entretenimiento consciente, todas cuentan con brillantes momentos en tonos cómicos que devienen en “risas éticas” con lo que se demostraría no solo el poder transformador del teatro sino del humor mismo.

La dureza de los temas expuestos en las obras como la violencia, la trata infantil, la discriminación, la presión social que obliga a seguir ciertos parámetros de belleza, atañen a la sociedad en general. En teatro debe ser su gran escaparate y debe a la vez hacerlos más ligeros y dolientes: no importa que nos podamos reír con ellos, también y sobre todo nos tienen que importar. Tenemos que salir de la sala un poco más humanos de como entramos a ella. Dejar en la butaca algún prejuicio. Cosa que seguramente pasará en el Teatro NH de la zona rosa de la Ciudad de México con “Mujeres Poderosas”, un punto de encuentro intencional entre la estética y la ética. Teatro útil.

Zavel

Reflexiones

la demolición de los teatros

por Zavel Castro 11 diciembre, 2017

Numerosas acciones se han llevado a cabo en nombre de la modernidad y del progreso. Las ansias de ir hacia adelante amenazan con destruir todo a su paso, la utopía de un futuro mejor obliga a los supuestos impulsores del bienestar urbano a “comenzar desde cero”, razón por la cual suelen atribuir a la demolición de los edificios un carácter imprescindible e indiscutible.

Quienes pretenden lanzarse al vacío de un porvenir incierto, abrazan la esperanza de que serán ellos los responsables de una reconstrucción del mundo que dejará de ser tal como lo conocemos hasta ahora, para dar lugar a un paraíso donde sus propias ambiciones (que ellos creen compartidas) resultarán satisfechas. Generalmente, sus pretensiones se limitan a beneficios materiales para los cabecillas de los atentados y sus allegados. El enriquecimiento de unos cuantos nunca alcanza a constituirse o expandirse como una transformación social de impacto real, comprobable y de largo aliento. La acumulación de riquezas solo está destinado a unos cuantos, los menos.

La especulación económica que motiva la destrucción de los edificios culturales urbanos, como los son todos los que conforman la arquitectura teatral, se sostiene en el planteamiento de que no hay continuidades sin fracturas y de que cualquier nuevo espacio se construye bajo la ruinas de otro anterior.[1]

Incluso un emblema arquitectónico tan importante como lo es el Palacio de Bellas Artes  (antes llamado Teatro Nacional) en la Ciudad de México fue construido sobre las ruinas de lo que fuera el Antiguo Convento de Santa Isabel. A su vez, la construcción del  Nuevo Teatro Nacional que comenzó en 1904 sustituía al Teatro de Vergara demolido en 1901. Desde aquella época (por lo menos) todo sufrimiento de destrucción o de descuido arquitectónico ha sido justificado por las prioridades de la construcción que defienden el levantamiento de los edificios necesarios sobreponiéndose a aquellos a los que ya nos les encuentran utilidad. Es por esto que, según los responsables de las decisiones sobre las construcciones deben demolerlos. Muchos de estos “edificios inútiles” han sido aquellos dedicados a las artes escénicas ¿Qué dice esto sobre la valoración de los teatros? Por lo menos que valen más para ser un recuerdo que una realidad tangible.

Algunas veces, la demolición del inmueble se produce tras una hecatombe, desgracia humana y material que justifica la necesaria remodelación del espacio. La huella del desastre debe ser sustituida casi de inmediato por algún otro elemento que modifique la percepción sobre la zona del desastre. Los edificios se ligan siempre a la remembranza, de tal suerte que cuando uno transita la ciudad va construyendo memorias sobre la misma. De ahí que sea necesario inspirar recuerdos positivos para que la metrópoli no agrave su carácter agresivo a través de la mirada del habitante.

Siguiendo el pensamiento de los que apoyan los derrumbes de los edificios teatrales podemos entender que según ellos, este tipo de arquitectura no invita a los ciudadanos a un estado de felicidad, por lo cual su conservación carece de importancia. Evidentemente, los responsables de las demoliciones no poseen una educación sensible lo suficientemente desarrollada como para entender el carácter fundamental de los teatros en las ciudades.

A propósito de las catástrofes, puedo asegurar que muchos de los teatros han sido destruidos periódicamente por medio de incendios (por voluntad o accidente); consecuentemente el fuego los modifica y los remodela. A partir de las cenizas renace y se reforma como ave fénix. Esto, cuando se construye un nuevo teatro a partir del precedente. Lo alarmante es la constante de la sustitución, cuando después del incidente los teatros se transforman en otra cosa, acaso porque el recuerdo de lo sucedido es demasiado doloroso, como pudo serlo cuando unos hombres jugaron una mala broma a los espectadores del Teatro Morelos en Cuernavaca (México) y provocaron una estampida que aplastó a once niños y a un hombre. Dicha desgracia se resolvió con la demolición del teatro y la construcción del cine que llevaría el mismo nombre.[2]

En fin, distintos casos ejemplifican que todo teatro forma parte de una serie de destrucciones y continuidades, como lo son los edificios demolidos total o parcialmente, o los que solo fueron remodelados para ser reemplazados por complejos de cines.[3] Siendo esta la transformación más común, como es el caso del  cine Manuel Briseño de la colonia Guerrero de la Ciudad de México, inaugurado en 1907 dedicado al género sicalíptico, amenazado primero de clausura por las atribuciones perniciosas de toda exhibición erótica, luego convertido en teatro y finalmente consumido por un incendio. Caso distinto en lo que a moral se refiere, es el Cine Colonial, que naciera como teatro y que fuera convertido en cine de películas para adultos para satisfacer las demandas sexuales de los habitantes de aquella ciudad.

Algunas de las conversiones de teatro en cine implican la rehabilitación de edificios majestuosos como es el caso del Teatro Alameda de San Luis Potosí[4] actualmente conocido como Cineteca Alameda,  o  el Teatro Junín de Medellín, construido en 1924, bajo la tutela de Agustín Goovaerts y cuya demolición en 1967 dio lugar al Edificio Coltejer, el primer rascacielos de Colombia, o cuando muchos otros devienen en franquicias de comida chatarra o en sedes de la Iglesia Universal del Reino de Dios. Así pues, a excepción –y pongo esto en duda- de la filial religiosa, el teatro (subrayo: supuestamente) estaría pagando una cuota por el progreso de la ciudad.

En esta lógica del reemplazo ¿Cómo podríamos entender a los edificios híbridos como el Teatro Nacional y el Teatro de Variedades de Costa Rica y todos los populares “teatros-salón como el Salón Boliche, el Nuevo, el Colón, el Actualidades, el Alhambra, el Olympia, etcétera, que no renunciaron definitivamente a la presentación de artes escénicas para ceder con sumisión su lugar a los cinematógrafos, sino que contaban ambas opciones para el público? Sin lugar a dudas la coexistencia respondía a un interés de los propietarios o de quienes se hacían cargo del espacio, por atender a las demandas de todo su público, aun cuando en caso de dividirse el espacio, la audiencia de uno u otro (cine o teatro) se viera disminuida. Este era un interés genuino y abarcador.

Respecto al asunto al que hago referencia con la exposición de los teatros-salones  y teatros-cinematógrafos costarricenses, cabe decir que  al final triunfó como tantas veces el capitalismo brutal en el que el convivio armónico de ambas formas de entretenimiento escapa de la norma y de la usanza. Es así que por citar el ejemplo icónico, del Teatro/Cine “Variedades, que después de haber sido adquirido por el Estado se encuentra hoy bajo candado (desde 2016), sin que exista aún un proyecto detallado sobre cómo han pensado utilizar el inmueble. En este caso, estaríamos hablando de un abandono evidente, que condena a la actividad teatral tanto como a la cinematográfica o a cualquier posibilidad de oferta cultural a la inactividad. Que un teatro funcione en un momento y al otro no, es preocupante, tanto como el derrumbe mismo.

Sin lugar a dudas uno de los casos más extraños es el caso del Teatro Porfirio Díaz en Artequiza Guadalajara, que, construido como teatro, ha pasado a ser internado, escuela, casa de cultura y finalmente construcción abandonada. Es un hecho que las autoridades muchas veces por no comprender el arte teatral, no saben qué hacer con un edificio destinado a la exposición del mismo. Asunto a todas vistas lamentable.

Quisiera enfocarme precisamente en los espacios teatrales a los que se les ha destinado un final definitivo, transformando los terrenos en edificios que nada tienen que ver con el teatro y que responden a voluntades de la sociedad de consumo y espectáculo -como la ha llamado Debord, concepto reinterpretado, actualizado y aterrizado a la realidad latinoamericana por Vargas Llosa-, en su acepción más frívola y superficial. O peor todavía, cuando son olvidados sin pasar siquiera por el proceso de demolición, como el entristecedor caso del Teatro Alarcón en San Luis Potosí (México) cuya conservación da cuenta de un abandono fantasmal que también hablaría de manera elocuente sobre la idea y la importancia del teatro en dicho país.

Todo tiene su razón de ser. En tanto que el fomento cultural no forma parte de las principales iniciativas de la mayoría de los gobiernos capitalinos, municipales o Estatales latinoamericanos, visible en los montos que destinan a las instituciones dedicadas a la creación y difusión artísticas en comparación a los fondos que, en cambio otorgan a lo que consideran actividades lucrativas (como lo pueden ser por ejemplo las industrias del deporte, del altruismo o de la moda), numerosos edificios teatrales se ven destinados al olvido o a la demolición.

En efecto, el quehacer artístico de los países en desarrollo o del “tercer mundo” enfrenta graves reducciones del “apoyo” financiero gubernamental; las nuevas realidades presupuestales han sido cuestionadas y reprobadas por distintos gremios que han manifestado su desencanto con plantones frente a las cámaras de gobierno, cartas y movimientos menores, pero no irrelevantes.

Y es que cómo no  desilusionarse con las autoridades cuando demuestran tan poco interés en materia de arte y cultura. Sabiendo que incluso podrían hacer uso de las expresiones artísticas para su beneficio. El teatro –tanto como la pintura y la danza- ha demostrado ser una poderosa herramienta educativa y un vehículo – a la vez que un producto- para la transmisión de la ideología (tal como la comprendía Althusser).[5]

¿A qué viene entonces el desprecio? Basta con leer el informe realizado por la compañía mexicana de teatro cabaret “Las Reinas Chulas” -un trabajo de investigación que trata de resolver la cuestión sobre el por qué la cultura es considerada la ‘caja chica´ en cuestiones presupuestales en la Ciudad de México-, así como haber seguido el caso del desmantelamiento de la farsa del informe que la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín presentó sobre la inversión económica en el teatro (2016),[6]  entre muchos otros casos, para confiar en la demostración de la falta de interés en materia cultural y específicamente teatral por parte de los gobiernos para sumarse al desencanto y a la depresión colectiva.

En contra de la lógica del capitalismo, en la que no hay lugar para romanticismos trasnochados, hacedores y espectadores activos o potenciales de teatro se aferran a la nostalgia y al recuerdo una vez que se ven arrebatados de las construcciones que albergaron su quehacer y su pasión. Sobre el vacío que deja la demolición de un edificio teatral queda una huella, la traza de una cicatriz producto del desagarro que provoca la impotencia frente a quienes no entienden lo mucho que se pierde cuando se pierde un teatro. Lo mucho que dejamos ir al demolerlo.

No me resulta ajena la cuestión de que tanto el derribo como la demolición -términos utilizados con frecuencia incorrectamente de manera indistinta- generalmente constituyen acciones justificadas dentro de todo proyecto de edificación urbano. Idealmente estas acciones propias del hecho constructivo (o mejor dicho, destructivo) responden a las necesidades sociales que determinan la “vida útil” de los edificios y que pugnan por la rehabilitación de los espacios en función de una mejoría de las condiciones de vida para una comunidad determinada.

Autoridades, arquitectos, ingenieros y urbanistas rezan al unísono: “Las construcciones tienen una vida limitada, dejan de cumplir sus funciones, bien debido a exigencias humanas o a avances de la tecnología […] El final de toda construcción es el derribo o la rehabilitación que puede implicar un derribo parcial, en todo caso es necesaria siempre la demolición.”[7] Bajo esta justificación subyace un mensaje sobre las jerarquías de prioridades gubernamentales y colectivas que determinan que el teatro no es más importante que muchos otros negocios o actividades culturales o de entretenimiento. Y es que en materia de esparcimiento y de utilización del tiempo de ocio es preferible (según ellos) ir al cine o a un centro comercial que a una función teatral ¿Quién determina que esto es así? ¿A quién le importa tan poco el teatro que pugna por omisión o por conciencia por la demolición de los edificios y la subsecuente desaparición de la cultura teatral? ¿Es posible revertirlo? ¿Podríamos evitarlo? ¿Con qué argumentos podemos defender y demostrar su valía?

Toda acción es significante. Tanto el hecho de construir e inaugurar teatros como el clausurarlos o destruirlos. La demolición de un edificio teatral se corresponde con la intención clara y unívoca  de deshacer o arruinar la materialidad del teatro, la estabilidad del espacio escénico. Destino del que por cierto tampoco pudieron escapar algunos cines antiguos como fue el caso del enorme “Cine Teatro Alameda” de Guadalajara, Jalisco en México.[8]

Como sabemos, las decisiones respecto a la materia tangible repercuten en la intangible: la desaparición de los espacios escénicos concretos tiene consecuencias insalvables para aquello que se escapa de cualquier sistema de medición  y tasa –especialmente empresarial-.

¿Qué pasará con el teatro si no tiene donde contenerse y manifestarse? ¿Si no existe un sitio para que sus adeptos, entusiastas y seguidores puedan llegar hacia él? ¿Dónde podrán los hacedores presentar sus creaciones?

Las demoliciones y sustituciones a las que hago referencia no responden tanto a las innovaciones tecnológicas –como podría acaso leerse la sustitución de los teatros por los cines- como a móviles económicos. Estamos hablando entonces de una situación en el que el teatro como negocio es escasamente redituable, cuestión de suyo preocupante porque declara a los gritos la inexistencia de una cultura del entretenimiento (teatral) cuyo peso pudiera resistir los golpes pugnando por la necesidad de conservar sus edificios. En la mayoría de las ciudades las autoridades solo dan cabida al ocio productivo con el incesante funcionamiento de sitios de diversión nocturna (antros, bares, cabarets) en los que se puede esperar cierto tipo de “despilfarro”, ante esto, las ganancias reportadas en las taquillas de los teatros nunca serán suficientemente atractivas.

Más allá de hacer un inventario de las acciones que se han llevado en contra de la institución teatral y los edificios que posibilitan su funcionamiento –sobre todo, pero no exclusivamente  aquellas que se han llevado en contra de los espacios independientes-, o de la enumeración de las demoliciones realizadas para dar lugar a franquicias comerciales, complejos de cine o unidades departamentales, este ensayo pretende ser un llamado al diálogo con la intención de reparar en la función social del teatro tanto como a la consciencia patrimonial. La comprensión de ambas acaso evitaría la sustitución de algunos valores culturales por recompensas que responden absolutamente a estímulos empresariales, es decir, monetarias. Aún en los casos que pudieran referirse al teatro comercial cuyos móviles siguen completamente a la lógica del capitalismo, donde todo se vuelve producto, donde todo es mercancía, donde todo se resume a las ganancias económicas. Es innegable que el sistema ha dejado al teatro a la deriva. Es por esto que la historia material del espacio escénico está siendo relegada hacia el olvido ¿Será que en esta época que nos ha tocado vivir, carece de importancia la memoria de los edificios?

Quizá todo tenga que ver con la idea de “ciudad ideal” en la que el teatro no tiene cabida, quizá con el estatus ínfimo atribuido durante tanto tiempo a los lugares funcionales para la representación escénica como lo son los edificios o la salas. Con su demolición y sustitución se coartan las posibilidades expresivas de la sociedad en la que estos atentados tengan lugar, pero la mayoría de las ciudades son dolorosas, agresivas, punto menos que inhabitables e intransitables, incapaces de satisfacer a plenitud cualquier tipo de necesidad que suponga un esfuerzo de planeación consciente. Sus habitantes están definitivamente insatisfechos y poco felices, están acostumbrados a cualquier tipo de pérdida como para que el asunto (o problema) de los espacios teatrales que tampoco es que visiten tan a menudo, sea relevante.

 

Zavel

[1] La idea y explicación de que “La subsistencia de la ciudad depende en gran medida de ese proceso acelerado de renovación, donde el deseo de cambio exige territorio a parcelar, se materializó en una de las secciones que conformaron la exposición colectiva “La Ciudad está allá afuera”, inaugurada el 26 de noviembre de 2016 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, en la Ciudad de México.

[2] El domingo 10 de junio de 1956, durante la exhibición de un filme, dos hombres gritaron: “¡Se cae el cine!, provocando la desgracia mencionada. Como consecuencia el cine comenzó a ser demolido el 13 de octubre de 1956, como un intento para borrar tan espantoso recuerdo. Curiosos avatares del destino, ahora el cine, tras su remodelación en 2010, forma parte y depende del Instituto de Cultura del Estado de Morelos.

[3] Algunos teatros han sido utilizados como complejos cinematográficos de forma temporal, como es el caso del Teatro Principal de Guanajuato en México que, sin mediar la demolición se construyó como cine en 1788, y por un breve periodo posterior a la Revolución Mexicana funcionó como cine para ser rehabilitado como teatro en 1955. Función que desempeña hasta el día de hoy.

[4] Que ha exhibido películas desde su inauguración el 27 de febrero de 1941, pero que llevó el nombre de “Teatro” por su decoración interior similar a la de los refinados teatros franceses.

[5] La interpretación materialista (siguiendo a Marx) que da en Crítica de la ideología y el Estado, en la que define a la ideología como: “el sistema de ideas, de representaciones que dominan el espíritu de un  hombre o de un grupo social.” Lo cual le permite también, caracterizar al hombre como “un animal ideológico”.

[6]  A propósito, “Las cifras reales de inversión en teatro de la Alcaldía de Medellín”, en:

http://www.elmundo.com/noticia/Las-cifras-reales-de-inversion-en-teatro-de-la-Alcaldia-de-Medellin-/49029 (consultado por última vez el 12 de abril de 2017).

[7] “Derribos y demoliciones” Teorías y técnicas de la investigación en Revista de la edificación No. 14, Junio de 1993, pág. 1 en: http://dadun.unav.edu/bitstream/10171/16532/1/RE_Vol%2014_02.pdf (consultado por última vez el 2 de abril de 2017).

[8] Con más de 60 años de existencia (20 de ellos cerrado), el edificio del cine teatro Alameda era parte de la historia de los tapatíos. Supuestamente, los señalamientos “de todo tipo” evidenciaban la necesidad de recuperar la zona de la ciudad donde se encontraba (entre la calle Álvaro Obregón y la Calzada Independencia), en el corazón de la Guadalajara.  razón que justificó que un grupo de empresarios encabezados por Emilio Chalita y con la aprobación del gobernador Francisco Ramírez Acuña, así como de la autoridad municipal, el edificio fue demolido para dar lugar a una plaza comercial, ahora llamada “Plaza Alameda” en espera de recuperar la vitalidad que la zona había tenido en otros tiempos. La información sobre el proyecto arquitectónico en: “Esta semana cae el  cine, para que se levante Plaza Alameda”, El informador, 30 de enero, 2006, pág. 18

Reflexiones

2017 un gran año para la crítica teatral

por Zavel Castro 9 diciembre, 2017

Durante el año que está por terminar fuimos testigos de un fenómeno que me alegra y enorgullece como pensadora, se trata del renacimiento de la crítica teatral. Un género que parecía olvidado o que gozaba de poca popularidad en México siendo relegado a pequeños y acotados espacios en los medios oficiales, la mayoría de los cuales dan la impresión de no ver con buenos ojos el ejercicio crítico censurando hasta donde es posible a los columnistas o de plano desapareciendo las secciones de opinión por temor a molestar a cualquier figura de poder. La crítica para los medios constituía una amenaza, de ahí que en los últimos tiempos fuera debilitándose hasta estar a punto de desaparecer. Cómo olvidar el despido de Luz Emilia Aguilar Zinser de Excélsior, tras 10 años de poseer un espacio, justificado como una medida de “reestructuración”. Este golpe amenazó el ejercicio de pensamiento y juicio. Algo o alguien parecían querer acallar la voz de quienes tenían mucho que decir.

Sin embargo, el interés por profundizar en el teatro de manera inteligente, resurgió poco tiempo después. No solo Zinser halló nuevos espacios para compartir su quehacer, especialmente con la organización de charlas en torno a las puestas en escena presentadas en el Teatro La Capilla, proyecto que lleva por nombre “El espectador crítico” y que busca entablar un diálogo entre los espectadores y los hacedores teatrales. Este programa comparte el mismo espíritu que el “Aula del Espectador” de teatro UNAM coordinada por Jorge Dubatti, siendo réplica de la Escuela del Espectador del crítico argentino. Ambos espacios dan cuenta de la necesidad de pensar la escena y de la urgencia de fomentar el hábito de la reflexión en espectadores y artistas.

Estos  esfuerzos académicos resonaron en las generaciones posteriores de investigadores que utilizarían las herramientas de las redes sociales para compartir sus opiniones. Así pues, surgieron blogs y páginas independientes especializadas en la crítica teatral. Lejos de cualquier institución y prescindiendo de cualquier tipo de patrocinio, estos medios off se caracterizan por la libertad con la que se expresan. Sin temor a represalias más allá de no contar a todos los teatreros entre sus amigos, los críticos internautas tienen claro que hay una diferencia abismal entre un pensador y un recomendador, por lo que dependen de la observación constante, del estudio y argumentación para respaldar sus comentarios. La crítica off gana día con día nuevos adeptos y tiene mayor peso entre la misma comunidad teatral.

Premios como el Pez de Oro, los Jimenitos Aguords y Cartelera de Teatro representan quizá uno de los mayores logros de la nueva fuerza de opinión de los espectadores frecuentes e informados. La intención fundamental de este tipo de iniciativas es señalar aquello que merece ser visto y reconocer los mejores trabajos de la cartelera. Lo mismo que buscarán los Premios Metropolitanos de Teatro cuya labor inició oficialmente este año.  Con suerte crítica y premiación conseguirán establecer referentes para el público que asiste al teatro en la Ciudad de México, una de las capitales teatrales más importantes en Latinoamérica, así miso, estimularán a la industria con nuevas formas publicitarias ganando más público al que se le ofrecerán mejores montajes cada vez. Además el otorgamiento de premios exigirá la designación de jurados especializados, con lo que la demanda de críticos mejor preparados aumentará.

Además de la organización de coloquios y distintas mesas de opinión (que me parece que todavía les falta democratizarse y llegar a un público más diverso), el último síntoma del resurgimiento de este género periodístico es la convocatoria del Premio Olga Harmony por parte de la Secretaría de Cultura, como forma de homenaje a la meticulosidad y rigor de la escritora, dramaturga y crítica teatral, pero también como una manera de fomentar el periodismo cultural e incentivar a sus adeptos a continuar desarrollándose en la materia.

No puedo estar más contenta con todo lo ocurrido este 2017. Estudiar teatro, ver teatro, leer teatro y hablar sobre teatro se vuelve cada día más importante para formar audiencias, para arrojar luz sobre un arte difícil de explicar, especialmente por su carácter efímero, por la necesidad de entender cualquier expresión artística y para prolongar el placer que nos provoca uno que otro montaje. Sacar al teatro del teatro para llevarlo para siempre en nuestras vidas es una tarea en la que pueden ser muy útiles los críticos. Y qué bueno que sea así. Qué bueno que hayan vuelto o se hayan vuelto populares. Celebro este renacimiento y me avoco a seguir aprendiendo con lecturas, charlas y con todas las obras que me esperan para ser cuestionadas. Abrazo a todos los colegas a quienes admiro y respeto esperando coincidir con alguno pronto en las funciones del año que viene.

Zavel

Críticas

El derecho a la privacidad. De John Stuart Mill a Luis Gerardo Méndez

por Zavel Castro 5 noviembre, 2017

Desde el siglo XIX los legalistas estadounidenses debatieron sobre el derecho de la privacidad del individuo. John Stuart Mill encabezaría defensa de la libertad personal por encima de la injerencia del Estado que, sostenido en los principios puritanos que aconsejaban la vigilancia y el castigo de todo aquello considerado incorrecto o inmoral. El pensamiento de Mill, reflejado en su texto Sobre la libertad combatiría a los legalistas morales y sería una pieza fundamental para la abolición de las leyes anti obscenidad que perseguían, entre otras cosas, la posesión de material pornográfico ocurrida hasta la década de los setenta, cuando por fin se consideró que la compra y uso del porno en el ámbito doméstico era un asunto íntimo en el que la intromisión gubernamental no tenía cabida.

Todo parece indicar que los persecutores del vicio han encontrado, un siglo después, a los medios digitales como sus mejores aliados en lo que respecta a la inspección de la información de la vida privada. A través de las pantallas no hay nada parecido a la “información confidencial”, al contrario, los usuarios de teléfonos inteligentes, computadoras con tecnología de punta y navegantes de todo tipo de páginas de interacción social, entregamos cualquier cantidad de información personal para uso gubernamental sin darnos cuenta. Nadie en estos tiempos parece capaz de leer en su totalidad los “términos y condiciones” de muchas aplicaciones y dispositivos en los que literalmente firmamos un permiso para que todo lo que contengan nuestros celulares o computadores sea expuesto y resguardado en un banco de datos infinito a los que además del Estado otro tipo de usuarios y compañías sospechosas tengan acceso.

El debate sobre la libertad y el derecho a la privacidad fue puesto sobre la mesa nuevamente con el caso Edward Snowden, el ex consultor tecnológico, informante y antiguo empleado de la CIA y la NSA que reveló los secretos del espionaje por parte del gobierno contra su propio pueblo. Por cierto que Snowden puede ser considerado como una vertiente extrema del pensamiento de Stuart Mill.

Inspirados en el caso Snowden, James Graham y Josie Rourke concibieron una obra de teatro documental, que, tras probar su éxito en Londres y Nueva York, llega a México en una versión adaptada por María Renee Prudencio bajo la dirección de Francisco Franco y la producción de Tina Galindo y Claudio Carrera, con las actuaciones estelares de Diego Luna y Luis Gerardo Méndez en el papel protagónico.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

La súper producción de Ocesa ofrece un montaje dominado por la espectacularidad visual de las proyecciones en las que evidentemente no se han escatimado recursos al momento de incorporar nuevas tecnologías a la escena, con lo cual reafirmo la hipótesis que lancé en otra reflexión que cuestionaba el vínculo entre los recursos económicos y las poéticas teatrales que intentan referir o hacer uso de los medios virtuales.[1] En conclusión sí hace falta una gran inversión para conseguir incorporar estos lenguajes, especialmente de forma contundente.

La impresionante escenografía se transforma durante cada una de las escenas del “viaje” del protagonista que va desde la superficialidad del mundo a través de la pantalla hasta el interior de sí mismo. En este punto cabe decir que el personaje en términos dramáticos es bastante sencillo, poco profundo y sin mayores complejidades. Sin embargo, para su interpretación hace falta un dominio de público y carisma con las que Luis Gerardo Méndez (quien interpretó el papel del “escritor” en la función que vi) cuenta. Mismas habilidades que también distinguen al resto de los actores de la puesta: Alejandro Calva, Ana Karina Guevara, Luis Miguel Lombana, María Penella, Antonio Vega, Amanda Farah, Antón Araiza y Bernardo Benítez. Cada uno de ellos interpreta un personaje “guía”, interpretando el papel de una persona real (casi todos investigadores de la realidad virtual), compartiendo los resultados de sus investigaciones que lo obligan a reparar en el alcance y consecuencias de todo lo que hacemos en la red.

El tránsito que lleva al personaje protagónico de la virtualidad a la realidad, en la que deja de definirse como internauta para devenir de nueva cuenta en persona, revela su mayor temor, compartido con la civilización occidental actual (principalmente los millenials): mostrar vulnerabilidad. El viaje también le permite reflexionar sobre la importancia del silencio y la calma, ese “detenerse a mirar el paisaje”[2]. La obra compara pros y contras de la ficción de las redes sociales, los daños y beneficios de estar todo el tiempo “en línea”. Nunca antes en la historia había tanta información disponible sobre nosotros, sin embargo, nunca antes nos habíamos conocido tan poco. Nunca habíamos tenido tantos amigos y nunca habíamos estado tan solos.

La reflexión en la que aterriza la obra, tanto como el dispositivo escenográfico hace de esta experiencia un suceso digno de atención en la cartelera de la Ciudad de México. El público, al final, quizá tome conciencia del panóptico en el que se encuentra. De su laberinto sin salida.

Zavel

 

 

[1] Teatro y nuevas tecnologías en la Ciudad de México: http://aplaudirdepie.com/teatro-y-nuevas-tecnologias-en-la-ciudad-de-mexico/

[2] ¿Pensar de prisa o escribir con calma? La crítica “off”: http://aplaudirdepie.com/?s=pensar+de+prisa

Reseñas

Del Manantial del Corazón

por Zavel Castro 9 octubre, 2017

José Juan Meraz tiene razón al decir, que si bien tras el sismo volvimos al teatro, ya no somos los mismos. Estoy segura que muchos de nosotros nos costó trabajo regresar a ver o a dar una función. Los días que sucedieron a la catástrofe algunos dudamos sobre la función y utilidad del quehacer escénico como reconstructor social en algún nivel y sentíamos que asistir a función era innecesario y superficial. No estábamos para ningún tipo de vanidad. No había nada más importante que intentar ayudar a quienes lo necesitaban.

Sin embargo, con el paso de los días sentíamos la necesidad de regresar allí donde sentimos que pertenecemos, allí donde solemos mirar el mundo, donde nos sentimos arropados, bienvenidos y seguros. Estábamos escépticos pero nos urgía un abrazo y nunca hemos sentido mayor calidez y tranquilidad que en el teatro. Entonces, en cuanto se renovaron las actividades artísticas quisimos elegir muy bien a qué obra le entregaríamos nuestra angustia a cambio de consuelo. Afortunadamente, dimos con la obra correcta.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

 

“Del Manantial del Corazón”, escrita y dirigida por Conchi León es quizá una de las mejores obras que hemos visto para calmar el alma. Atribuimos la excelencia del montaje a la honestidad que atravesó su concepción, desarrollo y propósito. Sincera desde su origen, al no pretender imitar algún modelo como hacen tantos «creadores» tratando de ajustar sus propuestas a parámetros extranjeros que piensan como superiores o innovadores y asumir el contexto que la hizo posible, traduciéndolo y rindiéndole homenaje en cada elemento de la puesta.  Conchi, mexicana y yucateca orgullosa de sus raíces, invita al espectador a sumergirse en el universo maya que aún pervive y constituye la identidad de la región. El habla, la estética, la construcción de los personajes y la relación entre ellos, aromas, sabores, los majestuosos textiles, religiosidad, ritos, ideas y costumbres, todo está ahí tal como es, sin embellecer ni ocultar nada,  dando cuenta de una forma de vida y de una cultura rica y valiosa.

La honestidad también sostiene la trama, pues partiendo de testimonios reales, León ha escrito un viaje para tres simpáticos y conmovedores personajes femeninos en el que se maravillarán con el milagro de la vida y se enfrentarán a la amargura de la muerte. El ciclo vital relacionado con la maternidad y la pérdida de los seres queridos con el trascurso inevitable del tiempo. Nada más pertinente para estos momentos en que algunos tuvieron que despedir a sus seres amados y otros temieron no volver a verlos con la noticia de su desaparición.

 La intención del montaje es brindar un poco de alivio a todos aquellos que se quedaron con los brazos vacíos, pero también provoca que valoremos a quienes tenemos cerca. A que les digamos cuánto los queremos todas las veces que podamos y a que nos ríamos con ellos porque “reírse con alguien es otra forma de decirle que lo amas”.  En estos momentos todos necesitamos ver una obra como esta. Para seguir adelante. Para abrazar la vida. Para regresar al teatro. Para aplaudir con el corazón entre las manos.

Zavel

 

Críticas

Historia y teatro

por Zavel Castro 29 septiembre, 2017

El teatro puede constituir un punto de partida ideal para hacer una excursión al pasado. Últimamente hemos visto en el teatro mexicano una inclinación por revivir algún periodo histórico a través de la ficción dramática y de la puesta en escena de distintas maneras. Bien sea recreando el pasado tal y como da cuenta de él la historiografía, personificando a los personajes históricos y poniendo atención a que los detalles y todos los elementos de la puesta correspondan a la época que se pretenda representar (desde la escenografía y el vestuario, hasta la forma de hablar de los personajes), tal es el caso de “3 días de Mayo”, ¨Las Touzá”, “La última sesión de Freud”, “Bule Bule”  “Los equilibristas” y “Tandas y Tundas”. Ciertamente, algunas de estas obras insertan “paréntesis”  para comentar el presente y reflejar las similitudes de las circunstancias políticas y sociales de un tiempo y otro, espejeando las condiciones para dar cuenta acaso, de una historia que parece siempre repetirse.

El teatro histórico sostenido en la recreación corre el riesgo de distanciarse del espectador hasta el grado de parecerle ajeno, acartonado y aburrido, como una de esas malas clases de historia que todos sufrimos alguna vez en el colegio que solo se conformaban con dictar fechas y hechos históricos sin cuidar que el relato pudiera ser emocionante. Así como también contiene la posibilidad de transportar al espectador al pasado y hacerlo sentir realmente en otro tiempo, mientras reflexiona sobre su propia realidad cronotópica. Todo depende del equilibrio que se ponga entre el movimiento escénico, la acción y el discurso.

Existe también otra manera de plantear un tema histórico y es la del relato directo del episodio, sin  que se pretenda encarnar necesariamente a los personajes que protagonizaron o participaron del hecho. Con personajes absolutamente inventados, que, sin embargo, por el uso correcto del lenguaje de la época relatada y un conocimiento evidente sobre el tema, pertenezcan al universo de ese pasado inaprehensible. Tal es el caso de “Las Meninas Novohispanas”, un montaje en el puro estilo del cabaret, dirigida por Luis Huitrón. La narración de distintos episodios históricos (tales como la Conquista de México, la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, el Segundo Imperio, la Independencia de México, la vida de Porfirio Díaz, la historia de la gastronomía mexicana y, el mito de la Virgen de Guadalupe y la historia de la Navidad, entre muchos otros)  por parte de “María Bárbara”, “la tía Cecilia” y “Alma María Ibarguenguer”,  tres damas aristócratas resulta una comedia extraordinaria que conecta con el público tanto en lo intelectual como en lo emotivo.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

El éxito irrefrenable de esta obra obedece a distintas razones: por una parte las acertadas interpretaciones fársicas de Huitrón y  Hugo Serrano que utilizan el recurso del travestismo para potenciar el humor -más que para caricaturizar al género femenino-, por otra parte la interacción que generan con el público (muchos de los espectadores son aficionados al trabajo de las Meninas y procuran dar seguimiento a los “episodios”),  tanto como el cuidadoso vestuario a cargo de Mariana Orozco quien ha realizado un minucioso estudio de la indumentaria novohispana para reflejarla en las magníficas piezas que ornamentan los cuerpos de los actores.

Sin lugar a dudas, la pieza fundamental para el éxito de “Las Meninas” como un excelente representante de una de las posibilidades del teatro histórico, es que la dramaturgia  a cargo del también historiador Luis Huitrón  y Hugo Serrano se sostiene en una investigación profunda de la historiografía, de tal suerte, la base argumental sostiene el discurso intelectual del montaje mientras que su traducción eficaz al lenguaje dramático hace de esta un espectáculo sumamente divertido. Toda obra histórica debería conjuntar ambos elementos: entretenimiento y conocimiento, para convertirse, como la obra de Huitrón y Serrano en un digno representante tanto de la hermenéutica como de la escena.

Aunque este consejo podría parecer una obviedad, lo cierto es que los teatristas mexicanos, que se precian de ser “investigadores escénicos” muchas veces se confían en la investigación bibliográfica que realizan guiados solamente de su intuición y de sus buenas intenciones, pero no llegan a dominar las herramientas de la búsqueda y selección de fuentes,  por lo tanto no sería descabellado proponer la presencia de la asistencia en investigación por parte de un especialista en cualquier montaje que pretenda tratar un tema del pasado (aun cuando se trate de un episodio imaginario) además de contar con un equipo creativo capaz de trasformar la información en una pieza dinámica y emocionante. En este sentido, Las Meninas ofrecen una gran lección.

Zavel

 

 

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