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Reseñas

Reseñas

Estimadas maestras titiriteras. Por Juan Eduardo Mateos Flores

por Aplaudir de Pie 4 abril, 2026

Estimadas maestras titiriteras:

 

Lamento mucho no recordar sus nombres. Sobre todo, porque fueron parte importante de los recuerdos de mi infancia más lindos de mi vida. No sé si aún existan físicamente, si aún sigan dando funciones, si aún anden por ahí haciendo felices a más niños, pero existen en mi corazón y eso basta, ahí donde también existe aquella mágica noche en la que mis padres cerraron la calle para que montaran esa función de títeres fuera de casa de mi abuela. No sólo mis amigos y familiares y amigos de mis padres acudieron a dicho cumpleaños para verlas, varios niños alrededor de la cuadra se colaron para poder ver el espectáculo.

Quizás eso es lo maravilloso del arte, que no importa mucho el nombre de quien lo haga: basta un destello, una escena, una palabra, una imagen, una figura, un ritmo que se anide en nosotros y se la pase acompañándonos muy dentro con todas esas cosas bellas que también nos regala la vida, y que esta o estas, convivan rebotándose y muy a veces expandiéndose, haciendo de uno pura felicidad o regocijo. Yo de ese día recuerdo la belleza y la alegría, un pequeño diablo intentando reventar el globo que cuidaba con todas sus fuerzas un calcetín, mostrando que la gran literatura —y quizás
el arte también—, como dice Borges, sólo necesita un tema: el de un perseguido y un perseguidor.

Debo confesar que no sabía muy bien qué escribirles en la carta. Sólo sabía que tenía que ser ridícula: las cartas de amor tienen que ser ridículas, ya lo dijo Pessoa en un poema. Después de tanto meditarlo, supe que tenía que ser de agradecimiento porque ahora que recuerdo, gracias a este taller que estoy cursando con distinguidas y apasionadas personas, fueron ustedes mi primer encuentro físico con lo que llamamos arte, el mismo que me tiene aquí escribiendo una carta, el mismo que me salvó del relato natural de los tiempos más violentos que me tocó vivir como alguien crecido en un barrio de la periferia, como alguien que se crió entre todos estos condominios y la humedad que se les asoma, entre los gatos que se reproducen allá fuera y los locos de la esquina que toman la caguama, entre la luz que se asoma vertiginosa entre los cadáveres de lo que fue y no será; con canciones de salsa y canciones de reggaetón veracruzano, puertorriqueño y panameño. Canciones que seguramente le harían recrear el encono a algún nadaqueveriento como el que
transpira la obra, odio a los putos mexicanos, de LEGOM, que descubrí hoy.

(Les cuento, también de rápido, que esta carta existe, porque estoy explorando más cosas sobre literatura, en esta ocasión sobre dramaturgia, gracias a mi amiga Zavel y a otra amiga de Puebla, Vania; con ellas descubrí que hay muchas más posibilidades de las que ya sabía, un mundo en el que pueden tirarse un perreíto Patrick Pessoa y Critilo; un mundo en el que en el golfo no existen las ballenas).

¿Me pregunto si ustedes, en aquel lejano día de 1995, imaginaron cómo terminaría nuestra ciudad para los niños a los que les enseñaban la magia del guiñol? ¿Un mundo en el que la violencia terminó siendo un hábito común en el relato de nuestros tiempos? ¿Me pregunto si simplemente ustedes no se hicieron esas preguntas y se dedicaron nada más a lo que les hacía feliz? Si fue lo último, qué bueno. Cómo podrían saberlo, además, pues ya se ven muy lejos esos días en los que, cuando con sus manos y sus voces hicieron bailar nuestra imaginación: tiempos en los que unos doritos costaban 2 pesos, muchos de nosotros podíamos cenar chokomilk con leche entera y unas quesadillas sin que nuestro estómago se viera afectado, metíamos tampicos al refrigerador para comerlos congelados, abríamos los frutsis por la base y corríamos como locos para jugar a las atrapadas y los encantados. Los celulares no tenían frita nuestra atención y en las fiestas y en las calles sonaban los metales de Willie Colón y los chanteos de Rubén Blades para que nuestros adultos bailaran abrazados y felices.

Quisiera compartirles un poema de Nicanor Parra que salta a mi memoria al escribir estas líneas para ustedes:

Lo queramos o no
solo tenemos tres alternativas:
el ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
porque como dice el filósofo
el ayer es ayer
nos pertenece solo en el recuerdo:
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos,
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
como la juventud.

En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca,

pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.

 

¿Está hermoso? ¿No? Los poemas como las cartas, además de ridículos, tienen que ser hermosos.

Pero saben, ¿qué es más hermoso? Pensar que todo este diálogo, que todas estas líneas y este cariño que siento por ustedes, aunque no las recuerde ni las conozca, surgió de ese día en que nos encontramos, aunque nunca más nos volvimos a ver. A la magia de ese único encuentro fraguado por el amor de mis padres, pensando en algo lindo para su hijo, o sea yo: para que los niños de entonces que eran mis amigos, la gente que me amaba y rodeaba también disfrutaran de su función. Y ustedes ahí detrás del retablo o teatrillo, detonando lo más maravilloso que tiene el hombre y que lo distancia de los demás mamíferos —o creo que ya no somos los únicos que imaginamos, pero qué más da, a veces hay que pecar de antropocentrista— marcando para siempre la existencia de todos nosotros. Tan hermoso que, muchos años después, detonan una carta sobre ese día y esa función, en un mundo donde ya casi nadie se envía cartas, acaso los bancos. Una carta en la que ese niño se da cuenta lo mucho que se debe también al teatro y sus posibilidades: ahora que ese infante ha
crecido un poco y se dedica a manufacturar palabras, a veces persiguiéndolas, a veces
siendo él, el perseguido.

Con cariño, el niño cumpleañero, que seguro se ubicó al centro de la primera fila.

 

Juan Eduardo Mateos Flores
Escritor. Autor de Reguero de Cadaveres (Los libros del Perro, 2021), un libro de crónicas sobre la violencia en Veracruz.

@reporterodelcrimen

Reseñas

Me acuerdo. A propósito de «Company» Por Vladimir Zecua

por Aplaudir de Pie 21 marzo, 2026

Me acuerdo[1]

 

 

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/03/20260307_2150_01kk5rxy8xes6s4dc3vwbrt85c-1.mp4

 

Me acuerdo de la presión de sentir que iba tarde mientras atravesaba Plaza de mayo…
Me acuerdo del pancho y la cerveza, y de arrepentirme de haber rechazado las papas que el
muchacho amablemente me ofreció…
Me acuerdo del frío de la cerveza recorriendo mi garganta, así se debe sentir el cielo…
Me acuerdo de la presión de sentir que iba tarde, ya estando a media cuadra…
Me acuerdo de ver diez veces el reloj, pero sin fijarme realmente en la hora…
Me acuerdo de caminar a paso apresurado, buscando el qr en mi google drive…
Me acuerdo de la fila…
Me acuerdo de tomar una foto a la foto de Francisco, y subirla a instagram un ‘’Bendecido
Domingo’’…

Me acuerdo de preparar el dólar para la propina…
Me acuerdo de sentir el teatro descuidado, falto de mantenimiento…
Me acuerdo de la indicación del acomodador: ‘’contás ocho y en el noveno te sentás’’
Me acuerdo de contar todas las butacas de mi fila y reconfirmar mi lugar de acuerdo al mapa en
el boleto.
Me acuerdo de volver insistentemente a los acrílicos con el naming del teatro en los laterales
de la boca escena… chuecos.
Me acuerdo de googlear los grandes hitos de el teatro.
Me acuerdo de tomar una foto a las letras Company.
Me acuerdo de lo fresquito de la sala.
Me acuerdo de restar tres horas a la hora para saber qué hora era en México.
Me acuerdo de juzgar el programa de mano ¿mano de gigante?
Me acuerdo de juzgar la foto pixeleada del programa de mano.
Me acuerdo de abrumarme cuando llegaron mis vecinos de butaca.
Me acuerdo de incomprender el acento del vecino de mi derecha.
Me acuerdo cuando la función comenzó y subieron las letras.
Me acuerdo de un cue de audio, donde no abrieron un micrófono a tiempo.
Me acuerdo de Fer Dente.
Me acuerdo de la simetría de la escena.
Me acuerdo de High School Musical y Hairspray.
Me acuerdo de Enrique Pinti.
Me acuerdo de la claridad del sonido de las voces.
Me acuerdo de los remates corporales en sincronía con los remates musicales.
Me acuerdo de ‘’mi amigos locos de atar…’’
Me acuerdo de los escalones prendiendo al compás de los pasos de ‘’Bobby’’.
Me acuerdo de Patti Lupone.
Me acuerdo de mi necesidad de ver y escuchar a cada uno y a todos al mismo tiempo.
Me acuerdo de la sorpresa de entender todas las palabras.
Me acuerdo de pensar: ¿Cómo puede ser tan preciso estando adentro, habiendo estado
afuera?
Me acuerdo de los zapatos de tacón alto de Vane Bu.
Me acuerdo de mi amigo que se quería divorciar dos meses después de casarse.
Me acuerdo de su boda incómoda.
Me acuerdo de Jonathan Bailey y al mismo tiempo de Nacha Guevara articulando las palabras
en ‘’el Vals del Minuto de Federico Chopin’’

Me acuerdo de los globos de helio y pensar en el riesgo operativo de eso, y en que es un
recurso limitado por la cantidad de yacimientos que existen en el mundo.
Me acuerdo de ‘torear’ a la espectadora de pelo rizado de la fila de adelante que llegó en el
intermedio, creo que era la asistente de dirección.
Me acuerdo del programa de mano deslizándose entre mis piernas y fijarme el recordatorio de
recuperarlo al final.
Me acuerdo de tener sueño y bostezar discreto, eran las 7 pm en México. Dormía bastante.
Me acuerdo de ‘’The ladies who lunch’’
Me acuerdo de juzgar la traducción de ‘’’The ladies who lunch’’
Me acuerdo del foco particular en ese número
Me acuerdo del ‘belteo’ abierto de Joanne ¿eso existe?
Me acuerdo de la iluminación, pulcra, fina, coherente con cada momento narrativo.
Me acuerdo del final y los aplausos.
Me acuerdo de querer grabar los aplausos y mi torpeza para decidir si sacaba la cámara o solo
el celular.
Me acuerdo de mi foto movida.
Me acuerdo del gentío a la salida y la marquesina.

Me acuerdo de esperar disimuladamente.

Me acuerdo de esperar intencionalmente.

Me acuerdo porque los recuerdos usuales son, en realidad, los recuerdos de la primera vez que
recordamos algo, leí o escuché una vez.
Me acuerdo de desear hacer un directo en tiktok para hablar no sé de qué, si no había música
en Milanga.

Sí sé.

Me acuerdo de la música en Milanga.

Me acuerdo de mi menú infantil y el fernet con coca, helado, delicioso recorriendo mi garganta,
así se debe sentir el cielo.

 

Vladimir Zecua M.
Organizo mundos para poder contarlos.

vladimirzecua@gmail.com / @vladzecua

 

[1] A propósito de la obra Company. Dirigida por Fer Dente, que se presentó en enero de 2026 en el Teatro El Nacional, en Buenos Aires, Argentina.

Reseñas

Me acuerdo. A propósito de «¿En qué estabas pensando?» Por Luis Javier Maciel Paniagua

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Me acuerdo [1]

 

Recuerdo cuando me pidieron ser el músico en escena de la obra. No era la primera opción, pero la otra persona no podía por horarios.

Recuerdo mis tardes de nervios en casa, porque el director y yo sabíamos que queríamos la obra con sonidos pop y de sintetizadores. Mi personaje fue el Espíritu Melodramático, el iPod de una niña de secundaria: Laika. Nunca había tocado un teclado en escenario… era guitarrista.

Me acuerdo pasar las noches en los teclados, pensando en sonidos. A veces, las canciones llegan a mi mente solas. La primera en componerse fue Floto.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/02/08-Floto.mp3

Una vez listos los arpegios de los acordes que quería, la melodía se cantó sola en mi cabeza: ¡Mírame! Floto con el viento. Prepárate para despegar. El Espíritu Melodramático la cantaría con el efecto Vocoder en escena.

 

Recuerdo cómo llego cada canción importante

 

En La Caída yo quería que la música sonara como una cascada, pero con acordes trágicos, al igual que el clímax de la obra. Al día de hoy, siempre que la escucho quiero llorar de satisfacción.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/02/Caida-completa.mp3

En Violación; agregué una sirena en la canción, para alertar a Laika y al público de la violencia frente a ellos;  Río es un lofi de suspenso con sonidos de agua; Recreo es salvaje, selvática, con frecuencias de onda como aves en el cielo; Día cero es una alarma de despertador, con la primera respiración de la mañana y un tic tac incorporado; Toto tiene tres valses: el inocente, el equilibrado y el malvado, pero todos son Toto.  Cohete era mi canción favorita, una instrumental, pero su escena fue eliminada. El director me decía que sonaba como música sentimental de ánime con para poner un diálogo triste del protagonista encima.

Me acuerdo de los ensayos. Los técnicos de El Galeón siempre fueron dulces con nosotros. Hacían sus propios cables de audio y eran mejores que los míos (Roland Black). Cuando escucharon  Chulada se la aprendieron y la cantaban conmigo antes de función. A su jefe le llamaban «Chulada» de carrilla.

https://aplaudirdepie.com/wp-content/uploads/2026/02/Chulada.mp3

Me acuerdo que estrenamos en el estacionamiento frente a El Galeón, porque estaban remodelando los teatros y no los terminaron a tiempo para nuestra temporada. Pusieron un Foro Alternativo frente a la cafetería. Las consignas de las marchas del domingo, desde Reforma, se colaban a las funciones, en los momentos de silencio.

Recuerdo que nos habían programado dos funciones en el Julio Castillo. Tampoco pudieron hacerse. El equipo del CCB,
apenado, nos ofreció una segunda temporada para compensar los inconvenientes, esta vez sí en El Galeón. Dimos 22 funciones en total. Las mejores fueron las 11 de El Galeón.

Me acuerdo de la primera función. La estructura de la escenografía se movía mucho con los saltos de los actores. Yo me encontraba hasta arriba toda la obra y el soporte de mis teclados se zarandeaba mucho. Aprendí que tenía que sujetar cada aparato con cinta al suelo y a la estructura para que no se cayeran. Aprendí a poner los cables de la manera correcta para no
golpearlos con mis manos apresuradas en ciertas escenas. La primera función la di muy rígido, mientras sujetaba los aparatos.

Me acuerdo que la primera temporada la dimos en invierno. No podía calentar mis manos lo suficiente, por lo que simplificaba mi ejecución para no equivocarme. Eso cambió en la segunda temporada. Estaba tan cerca de las luces del techo de El Galeón que después de cierto tiempo me sudaba la espalda. Nunca había necesitado desodorante en un teatro, pero
ahí era inevitable.

Recuerdo ser público también, en ciertas escenas. Ahí podía asomarme a la reacción de las personas y hasta reírme con ellas. El teatro para adolescentes es escaso. Pudimos ver grupos de amigos y juventudes acompañadas con sus familiares, pero solía vernos otra audiencia, más adulta.

 

Me acuerdo de mi abuela paterna y mi tía acompañándonos a la función.

Me acuerdo de su conversación cuando concluyó: ellas nunca tuvieron un mensaje así en su juventud.

 

Recuerdo que me pagaron alrededor de 25 mil pesos por las dos temporadas. Lo divido entre los siete meses de ensayos, composición y funciones. Le resto los cuatro ubers forzados para trasladar los instrumentos. A otros roles les pagan más. La compañía decidió unir todos los honorarios y dividirlos en partes iguales. Se tardaron casi un año en pagarnos.

 

 

Luis Javier Maciel PaniaguaCrítico y músico

Luis Javier Maciel Paniagua.
Crítico y músico

Instagram: @luisjaviermacielpaniagua
Correo: luisjaviermaciel@gmail.com

 

 

 

 

[1] A propósito de la obra ¿En qué estabas pensando? De Saúl Enríquez. Dirigida por Jesús Rafael Cruz. El ejercicio de «Me Acuerdo» abarca las temporadas del 2022 y 2023, en la Ciudad de México.

 

Reseñas

Me acuerdo. A propósito de «Nosotras que nos queremos tanto» Por Sergio Velarde.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Me acuerdo [1]

 

Me acuerdo de la primera vez que entré en aquel teatro de la mano de mis padres, cuando cursaba los primeros años de educación secundaria (tenía 13 o 14), que me llevaban por primera vez a ver una obra teatral por la noche; me acuerdo vagamente de haber visto escenificaciones dentro de shows infantiles o como parte de las actividades en mi colegio, pero de mañana. Me acuerdo que salir de noche con mis padres (fue una de mis primeras salidas nocturnas) significó mucho para mí, pues ahora la recuerdo con mucha nostalgia: mis padres se separaron dos décadas después luego de continuas discusiones frente a mí y mis hermanos. Esa salida al teatro, si bien me acuerdo el nombre de la obra (“Nosotras que nos queremos tanto”) y también el hecho de no haber captado prácticamente nada del humor en doble sentido de aquellas cuatro veteranas actrices que se burlaban de sus maridos en la ficción y de su desabrida vida sexual, fue uno de los pocos momentos en los que me sentí valorado y querido por mi familia, antes del triste desenlace. Me acuerdo que me sentí feliz y el teatro tuvo que ver con aquella emoción.

 

 

Sergio Velarde
Periodista cultural y artistas escénico. Director del portal web Oficio Crítico

@sergio_velarde_1976

velardesergio2@gmail.com

 

[1] Ejercicio de memoria y escritura a propósito de la obra Nosotras que nos queremos tanto, de Marcela Serrano, que se presentó en Lima, Perú.

 

Escena de la obra El Diccionario de la Compañía Nacional de Teatro | Foto Sergio Carreón CNT
Reseñas

Me Acuerdo. A propósito de «El Diccionario». Por Curianito.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Me acuerdo [1]

 

Ciudad de México a 19 de febrero de 2026

 

Me acuerdo de que recibí un mensaje de Angélica Montes para invitarme a ver la obra El Diccionario en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque; recuerdo haber aceptado.
Me acuerdo de haber llegado con bastante anticipación y ver un gran revuelo de personalidades moviéndose como en una alfombra roja: saludos por aquí, abrazos por allá.
Me acuerdo de entrar y reconocer que tenía un espléndido lugar: al centro, a media sala.
Me acuerdo de que se apagaron las luces y entró a escena Luisa Huertas.  En ese momento, me di cuenta de que había llegado al teatro sin la menor idea de lo que iba a ver.
Me acuerdo de haberme preguntado: ¿Es de la Compañía Nacional de Teatro?
Me acuerdo de aligerarme y meterme en la obra.
Me acuerdo del momento eléctrico que sacudió mi cuerpo cuando la actriz dijo llamarse María Moliner.
Me acuerdo de conmoverme ante el drama: una mujer extraordinaria dedicada a las palabras que, en ese momento, enfrenta el problema de una enfermedad degenerativa que la va conduciendo al olvido de todo el conocimiento adquirido.
Me acuerdo de haberme condolido de la situación médica y de la ancianidad de mi madre; su lucha diaria después del derrame cerebral que sufrió aquel julio de 2025.
Me acuerdo de esforzarme por dejar la sensiblería y regresar a la ficción.
Recuerdo admirarme ante Luisa Huertas, su bien decir y su pronunciar.
Recuerdo haber trabajado con ella en una obra llamada Los gritones, de Luis Eduardo Reyes, dirigida por Raúl Zermeño (Segundo Ciclo de Teatro Clandestino, Casa del Teatro, noviembre de 1995), en la que admiraba su capacidad para modular y expresar con cada sílaba; una perfecta dicción.
Recuerdo que María Moliner, o su diccionario, me fue presentada por el maestro José Luis Ibáñez en 1999, cuando recién salía del CUT y tenía 24 años. ¡Dios!
Recuerdo las largas sesiones con el maestro Ibáñez analizando los textos de Calderón, Góngora, Quevedo, Sor Juana, Cervantes y Ruiz de Alarcón, entre muchos clásicos contemporáneos como mi amado Lorca. ¡Qué privilegio!
Recuerdo imaginarme la ansiedad que debe padecer alguien que empieza a olvidar y cómo la escenógrafa, Atenea Chávez, lo representa con una sobreposición de papeles como ladrillos que vuelan; algo que gráficamente me recordaba a cómo un disco duro va perdiendo partes de su información: huecos, espacios, olvido.
Recuerdo indignarme ante el desprecio de una Real Academia de la Lengua integrada por hombres que rechaza el gran trabajo de una mujer, una bibliotecaria que creó en sus “ratos libres” el diccionario más humanístico de la lengua española, sin olvidar los problemas domésticos que enfrentaba al entregarse a su más grande pasión.
Recuerdo el momento en que define frente a todos la palabra Libertad:

Libertad. Facultad que tiene la persona para elegir su propia línea de conducta, siendo responsable de sus actos.

Me acuerdo de que me resultó admirable la forma en que la actriz construye la
degradación física del personaje.
Me acuerdo de haber salido con una sensación de cambio, con el ánimo en alto y con una renovada admiración por el teatro, más allá de lo que la institución de la CNT me representa como creador y como partícipe de la administración pública.
Me acuerdo de que llegué a casa a abrir una botella de vino y brindar por Moliner, Ibáñez y Huertas.

De lo demás, no me acuerdo…

 

Atentamente,

Curianito

 

[1]Me acuerdo de “El Diccionario” de La Compañía Nacional de Teatro escrita por Manuel Calzada Pérez. Bajo la dirección de Enrique Singer. Teatro Julio Castillo. Reestreno 13 de enero 2026

Reseñas

Culto y latido. Sobre Broken Chord, una obra del reconocido coreógrafo sudafricano Gregory Maqoma que vibra en el Festival Grec edición 2021. Reseña de Consuelo Iturraspe.

por Aplaudir de Pie 18 agosto, 2021

El Palau de la Música es un cielo abierto donde refugiarse de la oscuridad del mundo. Desde el palco, la realidad sólo se manifiesta por las mascarillas y los protocolos.

Puede que la danza haya empezado en el momento en que la multitud ingresaba al teatro como a un limbo, entregada, con sus pasos lentos y administrados, a una coreografía de la hipnosis, admirando los vitrales, las cerámicas vidriadas o la claraboya descomunal.

Broken Chord esconde un relato y una investigación que se agradecen, un hallazgo. Situada entre 1891 y 1893, esta obra documental busca homenajear a un grupo de cantantes negrxs sudafricanxs que viajaron hacia territorio blanco: Reino Unido y Canadá, en una gira artística con el fin de recaudar dinero para fundar una escuela en provincia del Cabo.

Del coro y su viaje (que fue muy exitoso) hay poco archivo fotográfico, pero esta obra intenta, a través de una sensibilidad desgarradora poblada de imágenes de grupalidad y viaje, acercarnos un registro musical de la odisea, al mismo tiempo que reflexiona sobre la cultura africana, la opresión colonial y la migración, en el marco de un Festival que este año está protagonizado por creadorxs africanos.

Si bien un acorde roto brilla por su individualidad, en Broken Chord, lo colectivo es principio. Gregory Maqoma es una deidad, virtuosa y espléndida, que se mueve como si hubiera nacido para adueñarse de este auditorio. Sin embargo, es junto a Xolisile Bongwana, Zandile Hlatshwayo, Siphiwe Nkabinde, Tshegofatso Khunwane y una iluminación ingeniosa que lxs persigue y potencia, que logra aparecer en escena ese coro nómade con voces que no dejan de vibrar ni un momento en los corazones del público

El cuerpo hace lo que la palabra nunca puede. Sus voces, los sonidos que emiten, los bailes tradicionales del pueblo Xhosa, la danza contemporánea y los balanceos sobre un océano sin fronteras, logran que prescindamos de cualquier texto, inclusive de aquellos que aparecen como una fuerza inútil para subrayar el relato.

Por su parte, la participación del Cor de Cabra del Palau de la Música, un elenco que cambia en cada ciudad donde se realiza el montaje, enriquecen el espectáculo y lo rodean como un collar blanco que resignifica la historia.

¿Es esto teatro? ¿Una ópera?¿Un concierto? Tal vez se trate de un ritual. Algo al fin vivo. Un ejemplo de experiencia de la sublimación. Un material político que recupera tradiciones y viaja del pasado hacia el presente para señalar lo que está roto. Un trabajo exhaustivo, tallado, de precisión y magnetismo.

En Broken Chord, Maqoma y su compañía nos quiebran de belleza. Los aplausos ruidosos de largos minutos de duración son la coreografía final.

Consuelo Iturraspe
directora, poeta y fotógrafa

Reseñas

Diario de una temporada, texto de Jimena Eme Vázquez

por Aplaudir de Pie 30 marzo, 2021

Introducción

Tengo un instinto debajo del instinto evidente que me ayuda a resolver problemas con la sabiduría de una vida pasada. Me ocurren cosas y pienso: “esto ya lo viví”, y me acuerdo del torneo en el que, hace 14 o 17 años, sentí exactamente lo mismo. Mi mamá fue la primera en darse cuenta de que el boliche me había preparado para el teatro. Y yo hice este juego: aproveché una temporada de cuatro funciones, de una obra nueva, para hacer evidente que esto yo ya lo había vivido. Luego de que acababa la función de la obra, yo abría mi documento y escribía sobre boliche.

 

Los días de estreno/Semana 1, función 1

En los días de estreno es cuando más siento que no tiene caso.

Hay algo en lo efímero que me roba un porcentaje del pulso, y en los estrenos siempre lloro. Hasta cuando es un éxito, hasta cuando me voy a cenar con mis amigas. Por la noche, antes de dormir, me hago bolita y lloro. No sé por qué. Quizá por esa famosa condena de que, cuando algo nace, inmediatamente empieza a morir. Es probable que mi cerebro vea los estrenos más como un final que como un comienzo.

Y luego viene esa parte tan difícil de conseguir personas que quieran ir a ver tu obra, que se quieran conectar para ver tu obra. No importa si la temporada de la obra pasada se llenó prácticamente sola: el esfuerzo se hace desde cero cada vez. Yo no sé qué pasaría si no hago el esfuerzo, puede ser que nunca me entere porque siempre lo voy a hacer.

A los 11 años empecé a jugar boliche. El boliche es un deporte que se puede jugar muy en serio y, en mis tiempos, México era el quinto lugar mundial. Mucho mejor que en el futbol. Tenía tres bolas, una maleta para llevar a dos de ellas a los torneos, unos zapatos rosas y toallas azul marino para limpiar mi pelotita de quince libras antes de cada tiro. Es que se llenan de grasa cuando pasan por la pista. La secuencia era: limpiar la bola, ponerle brea, secar la mano en el aire, mirar a ambos lados, y subirme a la pista. Dedo medio, anular, y el pulgar al último. Creo que daba dos respiraciones antes de empezar a dar mis cinco pasos, empezando con el pie izquierdo, contra toda lógica de la suerte.

A los 16 años decidí que no iba a jugar más porque quería saber de qué otra cosa se trataba el mundo. Me retiré un año después, pero hasta la fecha, cuando voy a jugar, es casi seguro que alguien va a llegar a decirme que juego muy bien, que si no quiero entrar a un equipo, a un torneo… y yo digo que todo eso ya lo hice, que muchas gracias.

Si hubiera tomado una decisión distinta a los 16 y siguiera jugando, cada vez que me parara en la pista, los diez pinos iban a estar intactos. Y yo tendría que tomar la bola, limpiarla, ponerle brea, secarme la mano y subirme a la pista con la misma mente en blanco con que lo hice durante esos años de mi vida. Los pinos siempre van a ser diez.

Sigo en Instagram a jugadoras que conocí y me sorprende mucho verlas tirar. Llevan 25 años haciendo eso y no importa cuántos juegos perfectos hayan tirado: la línea empieza en cero y los pinos son diez.

Así yo, cuando abro el archivo de Word y la página está en blanco. ¿Por qué no pueden los personajes de la obra pasada escribir un poco de la nueva? ¿Por qué no hay tres escenas ya escritas cuando empiezo a trabajar? No: hay que agarrar la bola, limpiarla, ponerle brea. Y este tiro es el único que tienes, así que cuida mucho las palabras que le vas a poner.

En las temporadas siento lo mismo que hace quince años sentía en los torneos.

Cada función es una línea diferente. A veces empieza con caída y se levanta. O no se levanta. O hila cinco chuzas y se va tranquilita hasta el final, manteniendo el speare. O te toca un split traicionero en el cierre y sientes que todo se fue a la mierda. O es perfecta.

No importa cuántas funciones des, siempre habrá diez pinos al final de la pista y el puntaje estará en ceros.

Para jugar teatro y para hacer boliche uso la misma parte de la cabeza. Tengo esa obsesión de tantas deportistas y tantas artistas, a las que también les dicen que no se lo tomen tan en serio, que hay un mundo ahí afuera y que la vida se trata de muchas cosas. No, no me voy a volver loca, déjame en paz que quiero seguir jugando.

Saludos a Beth Harmon de Gambito de dama.

Qué bueno que el mundo sea tan grande, pero, si me lo permites, yo ya encontré la parte que me gusta y aquí me voy a quedar.

Cuando acababa el torneo, me acuerdo, yo no me sentía con fuerzas para el siguiente. Me parecía imposible entrenar cuatro, ocho meses, para viajar a la siguiente ciudad y empezar todo de nuevo. Después de un torneo no jugaba durante dos semanas. Hasta que un domingo me levantaba temprano, me iba al Bol Insurgentes con mi playera azul y oro, echaba un Goya y entrenaba con mi equipo. Y nada más pararme en la pista, todo volvía a tener sentido.

Las emociones no están en el mismo orden, pero son las mismas. La desolación es la misma. Nadie podría acompañarme mejor en mis tristezas de estreno, que la Jimena adolescente que acaba de terminar un torneo. Y a ella tampoco le importaban las medallas: el vacío llega, independientemente de si hay medallas o no.

No tiene nada que ver con la función, ni con el equipo, ni con que no haya llegado alguien a quien le aparté celosamente su boleto. Siempre me han gustado las cosas efímeras, las que empiezan en cero y hay que construir con toda la atención del presente. La vida entera es así, pero de todos modos creo que algunas nos ponemos a jugar a ser Sísifo por voluntad. Y está bien, aunque nos pongamos tristes cuando la gravedad vuelva a hacer lo que siempre hace. Ya sabemos que va a pasar. Yo cada vez que estreno sé que en algún momento llegará, que no me voy a poder dormir sin que me pase.

La siguiente vez que estrene una obra, me voy a ir a jugar boliche después.

 

Foto: Cortesía Jimena Eme Vázquez

 

Segundazo/Semana 2, función 2

En el boliche, cuando juegas en cuartetas, hay una manera estratégica de acomodar el turno de las jugadoras en la pantalla. Suele pasar que la del puntaje más alto cierre y la segunda más alta sea la primera del equipo en tirar. La que tiene el puntaje más bajo va en el segundo turno.

Más que hablar del segundazo como esa mítica función que siempre sale mal, quiero hablar del momento en el que veo la obra y me caga. Maldigo a los dioses que no me borraron el archivo de la computadora a tiempo, antes de que esos pobres incautos ocuparan un pedazo de su cerebro en aprenderse todos esos balbuceos.

Ese día odio la obra, y no la odio porque haya salido mal, la odio porque se me da la gana. A veces coincide y toca en la segunda función, a veces la tercera, la cuarta… le voy variando. Supongo que depende de mi ciclo menstrual, de las estrellas y de lo que desayuné. De la función no creo. Es algo mío, me enojo como cuando jugábamos en cuartetas y a mí me ponían a cerrar. Me cagaba ser la última porque me desesperaba. Los días de cuartetas eran los peores, al menos en el boliche sabía que ese día iba a sufrir. Ahora sólo sé que habrá una función, no sabemos cuándo, en que yo voy a querer arrepentirme de todo.

Luego se me pasa y no se suele repetir.

 

Arriba de par/Semana 3, función 3

Antes de mi último torneo dejé de jugar medio año. Sabía que ya me iba a retirar, pero no sería con esa desgracia de Tijuana. Yo nunca fui una jugadora particularmente peligrosa, pero nunca podíamos saber, ni yo ni el resto, cuándo iba a estar inspirada y me iba a colgar una medalla. Pero lo de Tijuana estuvo tan mal que me puse a imaginar qué sería de mi vida sin el boliche. Tenía 16 años e imaginé. Y por primera vez desde la Olimpiada Nacional del 2003, me gustó imaginar al boliche fuera. Se había convertido en tiempo perdido. Supongo que algo así se siente dejar de querer a alguien. La cosa es que dejé de jugar seis meses y cuando volví era otra: había crecido todo lo que las pistas no me habían dejado crecer en esos años. Y jugaba concentrada, segura. Las jugadoras más jóvenes me empezaron a tomar de referencia, me acuerdo de eso con mucho cariño porque yo siempre tomé de referencia a jugadoras brillantes, de esas que todavía hoy suben sus chuzas a instagram. Esa última Olimpiada Nacional gané dos medallas de bronce en equipos y quedé en cuarto lugar individual. Pamela me ganó el bronce individual porque se puso a tirar chuzas como loca y yo no pude alcanzarla. Ni siquiera lo intenté, hice mi juego sabiendo que era el último, festejando cada tiro de la regia como si fuera de mi equipo. Nadie entendía por qué no me enojaba. Mi entrenador estaba desesperado tratando de hacerme tirar más chuzas que Pamela. Pero yo no podía jugar mejor, yo estaba jugando muy por encima de mi promedio y no iba a dejar que la ambición me arruinara mi último día de bolichista. Esa Olimpiada tuve un promedio de 200 puntos. Nunca en toda mi carrera, salvo esos cuatro días, mi promedio estuvo en 200. A los 200 se les dice “par”, cuando tú tiras un promedio por arriba de 200 estás “arriba de par”

Hubo personas que me consolaron cuando acabé de jugar, pero yo me sentía entera. Y entonces les dije a todas las personas que pude, que ese había sido mi último torneo. A mis entrenadores, a las jugadoras de mi equipo, a las jugadoras de otros estados. Me acuerdo que Paola me dijo: “Pero tienes 17, todavía te queda una Olimpiada por jugar”. Yo me voy a ir cuando yo quiera, no cuando el boliche me corra, le respondí. Yo diría que con esa frase empezó la Jimena que soy ahora.

Hoy el teatro estuvo arriba de par. Fue un día de esos en los que vi la obra y la actriz dijo de una manera diferente ese diálogo que nunca me convencía, y me convenció. Una de esas funciones en que disfrutas darte cuenta de que las obras tienen otra opción aparte de la que tú imaginaste, y que también funciona. Que las fallas se respiran, que las emociones aparecen y que los chistes caen. Tal vez no fue perfecta. Quizá, si esto fuera boliche, alguien nos hubiera ganado la medalla de bronce. Pero nosotros no pudimos haber jugado mejor.

 

Oro, plata y bronce/Semana 4, función 4

Tenía muchas medallas cuando me retiré, no sé si las conté pero probablemente alcanzaban las 100. Y las tiré casi todas a la basura. Me quedé con algunas, hice la selección de las más significativas. Hace poco las vi y me acuerdo bastante bien de cuándo las gané y cómo. La mayoría son de parejas o de cuartetas: las de equipo. Y sí, la verdad es que con el paso de los años recuerdo mucho mejor las medallas en equipo que las que ganaba sola.

Me acuerdo de esa plata de cuartetas en el Bolerama Coyoacán, cuando todavía jugaba por Aguascalientes. Éramos sólo dos e hicimos equipo con las de Guanajuato, que también eran sólo dos. Luego nos enteramos de que ellas se desilusionaron mucho cuando supieron que les tocaba hacer equipo con Eli y conmigo. Pero ganamos y todas fuimos felices.

El boliche es un juego muy individualista, pero lo que más recuerdo son los equipos. Ahora me dedico a escribir, cosa que también se suele relacionar con la soledad, pero escribo algo que sólo se puede hacer realidad en equipo. La última vez que se estrenó una obra mía porque un director me pidió obras para leer y yo le mandé las que tenía escritas, fue hace casi tres años. Desde entonces, todos mis estrenos han sido para una voz particular, para una dirección particular. Desde que me siento frente a la computadora ya estoy trabajando en equipo. Creo que ese es de los giros inesperados más bonitos que me ha dado mi carrera. Yo de verdad pensé que me iba a dedicar a mandar correos con pdfs de obras que había tramado sola, y rogar a las diosas porque una del catálogo fuera seleccionada.

Me cuesta mucho trabajo saber cuál es mi equipo teatral favorito. Yo soy de la idea de que siempre se puede decidir qué cosa es tu favorita, pero con los equipos me rindo. Es que cómo decides entre la actriz que se pone contigo a reformular el monólogo para que quede perfecto, línea por línea; o la directora que traduce tu texto al catalán para una escena de la obra; o la que ya te ha leído tanto que hace primeras lecturas perfectas, como si hubiera una partitura; o ese equipo de virtuosos donde parece que todos estamos bailando. ¿Cómo les repartes medallas? Oro para todo el mundo y vámonos a nuestras casas.

Tampoco puedo decir si me gusta más la medalla con las de Guanajuato o la de mi penúltima Olimpiada, cuando las de Jalisco casi nos alcanzan y en la última línea nos volvimos locas y les sacamos 150 puntos para que dejaran de soñar con el oro.

El cierre

En el boliche, como en algunos otros deportes, existe el juego perfecto. Hay que tirar doce chuzas consecutivas y alcanzas un puntaje de 300. Yo tiré un juego perfecto en la última línea del día, durante un torneo amistoso en un boliche de Puebla. Tenía 16 años y me moría de hambre. Ese mismo día mi madre y yo habíamos viajado a Puebla, y sólo habíamos desayunado unas donitas vinvo y un yogur para beber. Llegamos tarde al boliche y no pude comer nada antes de jugar. Yo creo que eran como las tres de la tarde cuando empezamos la última línea. Mi mamá me preguntó varias veces si me pedía algo de comer, pero a mí no me gustaba comer mientras jugaba. Entonces, sin razonarlo realmente, hice lo que podía llevarme más pronto a un restaurante: tirar puras chuzas. Si despachaba mi juego en 12 tiros, se acortaba la espera. Lógico.

Por supuesto que no lo tenía consciente, yo estaba en otra realidad porque necesitaba comer. En la séptima chuza la mamá de una de mis compañeras me dijo: “Lleva siete Jimenita”. Y creo que ahí entendí lo que estaba pasando. Uno de mis entrenadores tuvo como misión distraerme entre tiro y tiro y yo me dejé, mientras la gente empezaba a juntarse alrededor de mi mesa. Ocho. Aplausos. Y Enrique me preguntaba algo de mis aretes y yo le contaba dónde los había comprado… y mi mamá seguramente pedía que eso acabara pronto para irnos a comer. Nueve. Aplausos.

Las últimas tres chuzas se tiran juntas, en el cierre. Para ese entonces ya me temblaba la mano y casi todo el mundo había dejado de jugar para ver si lo lograba. Diez. Aplausos. Es una cosa rara el juego perfecto, en esos cinco años debo haber visto a lo mucho diez. Para el onceavo tiro el temblor de piernas ya era insoportable. Sentía todos los ojos de la gente en mi espalda. Respiré. Una niña del equipo de Puebla se paró unas mesas a la derecha e hizo su tiro. A ella le importaba muy poco mi juego. Y me acuerdo que pensé: “Perfecto, si a ella no le importa, a mí tampoco”. Once. Aplausos.

Me encanta contar esa historia. Pocas veces tengo la oportunidad.

 

No tengo mayor metáfora que dedicarle un pensamiento a las espectadoras y espectadores. Si llevara las lógicas del boliche al teatro, creo que sería capaz de tirar juegos perfectos a voluntad para verles emocionarse. Y, por el otro lado, también pienso en los que saben que estoy jugando y no les importa, y hasta no les importa a propósito. Pues lo mismo: si a ti no te importa, a mí tampoco me va a importar. Probablemente nunca me verás hacer una obra para agradarte. Ya tengo unos ojos en la espalda y ya me tiemblan las piernas, es ilógico que tú me importes más.

 

La doceava chuza fue la más fácil. Ya no había nada que perder, era un sólo tiro y me parecía absurdo haber llegado hasta ahí para tirar 299, quién sabe cuándo iba a hilar once chuzas otra vez. Así que: doce. Y aplausos y abrazos por todos lados. Me imprimieron la línea y todavía guardo el papelito con los doce tachecitos. Cuando me acabaron de felicitar, guardé la bola, los zapatos, y me fui con mi mamá a un restaurante que estaba cerca. Ella pidió enmoladas y yo, arrachera. Nos llevaron los platillos. Seguro eran las cuatro y media de la tarde. Empezamos a comer en silencio. Y entonces el estómago hizo su trabajo y todo el cuerpo nos empezó a funcionar un poco mejor. A los cinco minutos mi mamá se detuvo y me dijo: “¿Que hiciste QUÉ?”. Yo creo que tenía más o menos la misma cara que le vi varios años después, en el estreno de la obra de las brujas.

 

Jimena Eme Vázquez. Dramaturga y estilista, a veces narradora. Le gustan las voces y las acomoda para que hagan llorar a la gente.

Reseñas

Un tonto en una caja

por Aplaudir de Pie 6 marzo, 2020

En Argentina la dramaturgia es caudalosa. Y si bien hay compañías que trabajan textos de autorxs específicxs, o ciclos como “Invocaciones” que se lleva a cabo en Buenos Aires y cuya propuesta consiste en invitar a directorxs a dialogar con clásicos y reversionarlos, en la mayoría de los casos, autorxs que escriben teatro, dirigen sus propios textos. Por suerte, la poligamia literaria también existe y es posible enamorarse de otras textualidades. Sucede indefectiblemente en la lectura, nos obsesionamos con autorxs, nos identificamos con sus imágenes, buscamos respuestas en los interrogantes de un otrx, nos gusta reconocerlx en el juego inteligente que sostiene con el lenguaje y en la intimidad que establece con la ficción.

 

Ese parece ser el caso de la compañía Make Project, que lleva adelante su tercer montaje de textos del tucumano Martín Giner. En esta oportunidad, Un tonto en una caja, dirigida por el joven Alberto Magaña e interpretada por Azucena Evans, Coralia Manterola y Gabriela Escatel, invita al público a sumergirse en una especie de poética de la estratificación, una reunión de cartón entre las clases sociales con canapés masticados, vestuarios grotescos y miradas esquivas. La lucha social como un juego de mesa.

 

Podríamos pensar que estamos por ver un infantil. Tres actrices vestidas de blanco circulan por una atmósfera onírica. Los pocos y estratégicos elementos escenográficos y una iluminación que se condensa en el azul nos ubican en un cronotopo incierto y hasta utópico, en el que se instala mansamente el debate de clases. La sociedad, dividida entre notables, grandes y pequeñxs o tontxs, se reúne por invitación de la clase más alta a pensar “como si fueran iguales” sobre la magia, la vida y la muerte. Pero esta invitación resulta sospechosa desde el comienzo porque en este mundo no hay lugar para lxs tontxs. Lxs tontxs no tienen nada para perder, son ridículxs y se ocultan detrás de cargos de importancia pública como ministrxs de educación, postal que hace eco en todas las geografías y por supuesto, motivo de numerosas risas en la sala.

 

El personaje de la “notable” planea que sus invitadas se introduzcan en una caja mágica para poder extender su vida, pero disimula su idea con la hipótesis de la búsqueda de la verdad (¿el poder produce verdad?) y su aparente curiosidad por develar si la magia existe. Lo cierto es que a esta Pandora de la realeza poco le importa la ciencia. Este no es un acertijo para el empirismo sino una necesidad de continuar en el privilegio a costa de las demás. Extender su vida, restándole años a la vida de las otras bajo el falso discurso de la igualdad.

 

Merece la pena reflexionar sobre el hallazgo del director de apostar a que los personajes estén encarnados exclusivamente por mujeres. ¿Cómo enunciar la igualdad desde tres cuerpos atravesados históricamente por la desigualdad? En un marco de 10 femicidios por día en México,  ¿quiénes no tienen nada para perder? ¿Cómo se delimita la asimetría social, la estupidez? ¿Con qué velocidad la fuerza esclavista planifica y decide por nosotras? ¿Quién está muriendo? ¿Cómo organizar la rebelión? ¿Cómo se resiste? ¿Cómo evitar terminar dentro de una caja? Esta cruda perspectiva atraviesa el relato con poderosa incisión y se hace carne en la emocionalidad.

 

Afortunadamente, ya lo dijo Foucault: donde hay poder siempre habrá resistencia. La astucia jerárquica se desarma cuando le hacemos un lugar al “gramo de duda” y entendemos que el malicioso plan de la clase alta podría ser en realidad un plan malicioso de la clase media que podría ser, a su vez, un plan malicioso de la clase baja. El plan perfecto.

Consuelo Iturraspe. Dramaturga, directora, poeta y fotógrafa.

Proyecto fotográfico documental camarines de Consuelo Iturraspe. Diálogo monocromático entre la fotografía y las artes escénicas. Una ventana abierta a la intimidad de un elenco antes de hacer una obra. La ficción en potencia y la fragilidad detenida. Una conversación privada entre artistas y espejos.

Reseñas

TEATRALIDAD Y MURGA URUGUAYA

por Aplaudir de Pie 25 enero, 2020

Existen cosas en el mundo que valen la pena por sí mismas. Poemas, novelas, canciones, obras de teatro, plantas, licores y momentos que no nos necesitan para existir. Sin embargo, somos nosotros los que necesitamos de ellas para mejor vivir. Este es el preámbulo con el que presento y comparto el referente de  la murga uruguaya que es una de esas cosas que, al menos yo, no sabía que necesitaba y que han hecho más placentera mi existencia.

 

La murga uruguaya es una de las tradiciones teatrales más recientes. Nace de la murga española, tanto por influencia como por su ausencia, en otras palabras: por una de esas cosas raras de la vida. Era costumbre uruguaya de principios del siglo XX el contratar a españoles para amenizar el carnaval con sus cantos como la zarzuela y la murga. Los uruguayos consumían del espectáculo ibérico con la misma pasión con la que bebían la yerba mate, pero un día los españoles no llegaron a cantar.

 

El uruguayo de 1908 tomó la ausencia de ese carnaval no como pena sino como una tragedia. Imaginemos el clima fresco de un siglo sin automóviles. Pensemos en ese momento con escenarios al aire libre listos para recibir a la gente, pero sin nadie ni nada que ver. Sin duda, la desolación del carnaval fue una paradoja difícil de soportar en ese mal año. A grandes males, grandes remedios, y así como reza el refrán, se buscó una solución para salvar al menos la fiesta de ese año. A falta de cantantes resolvieron el problema de la manera más simple que pudieron encontrar y terminaron haciendo ellos mismos el espectáculo. La respuesta emergente tuvo tanto éxito que, a partir de ese momento se dejó de contratar a españoles para ver la nueva versión de entretenimiento.

 

La fábula empresarial, que a mí me importa muy poco, debe ser algo así como «nunca dejes que tu cliente se de cuenta de que no te necesita para hacer las cosas».  Los vecinos de cada hacienda y cada pequeña región, diminuta al ser Uruguay un paisito, se organizaron entre ellos por lo que tuvo pronto su propia murga. Un canto que, aunque nacía de una influencia extranjera expresó la personalidad y sentimientos que los hacen únicos. Con el paso del tiempo cada localidad construyó su propio escenario. Los trabajadores del campo y obreros se convirtieron poco a poco en los cantantes y letristas que se presentarían en cada carnaval. Entre ellos se repartieron las tareas que necesitaron para pararse sobre las tablas de madera con la cabeza alta. Los que hacían costuras y ropa confeccionaron vestuarios, los carpinteros se transformaron en escenógrafos y dentro de la pequeña sociedad de cada barrio se formó una murga.

 

La cantidad de grupos y espectáculos propició la generación de un concurso anual y permitieron hacerse de una tradición viva. Pero, ¿qué implica la murga uruguaya?, ¿por qué es tan especial cómo para pasar las tardes buscando videos en Youtube?, ¿qué tiene la murga que la hace tan única? Para mí la respuesta no se encuentra en el escenario ni en su calidad ni en su realización. La murga uruguaya se destaca de las teatralidades del siglo XX por su contacto con el público. Finalmente, no es sólo un coro de barrio que compone y canta lo que le pasa al Uruguay, al paisito como lo reconocen ellos. Además, es una expresión escénica con una afluencia de espectadores sin par en el mundo entero. Quizá sólo es comparable con la comunidad japonesa del pueblo de Oshika que representa durante el verano las obras de repertorio del teatro Kabuki.

 

La murga uruguaya comparte con el kabuki japonés de Oshika la participación de la comunidad en la preparación del acto de representación y la participación de la misma comunidad como espectadores. Las diferencias son por supuesto el idioma, el sentido político, el crear un espectáculo nuevo cada año, el tiempo de representación como del espectáculo en sí. También los separan el consumo en cantidades exorbitantes de mate y carne para el asado. Aun así, se emparentan de nuevo con la presencia de la música dentro de la escena, del vestuario y del maquillaje.

 

Pese a la juventud de la murga uruguaya -poco más de cien años- ha sabido adaptarse a los problemas del siglo XXI. Por ejemplo, sobrevivió a la dictadura y, no sé muy bien cómo, a la alternancia del poder por izquierda misma sin perder su espíritu transgresor. El murguero aprendió a hacer chistes tanto de sí mismo como de la figura -casi sacrosanta-   del presidente Mujica. En contra de todos los inconvenientes, la murga no se ha colapsado con el radio, la televisión, el internet e incluso ha logrado que los concursos de murgas formen parte de la programación del canal nacional. La murga uruguaya es una experiencia, la única que ha logrado que desee a ratos cambiar mi nacionalidad mexicana para pintarme la cara carnavalescamente y pasar noches enteras con amigos para hacer un espectáculo y cantar a cielo abierto contra todo.

 

Estas palabras llegan a su fin y dan pie a una lista de vídeos en Youtube para ver y disfrutar la murga del paisito. Si conoces uruguayos en esta tierra azteca no dudes en darles mi correo de contacto que en mi casa no falta agua caliente para el mate, ni carbón para el asado ni un par de orejas para escuchar este canto. O bien, hagan la reunión entre ustedes y sin invitarme, que para disfrutar esto no hace falta nada más que sentarse, escuchar y ver.

Anthar Santos-Dramaturgo/@antharsantos

 

Reseñas

La espera

por Ricardo Ruiz Lezama 25 julio, 2019

Desde hace años, algunos espectadores teatrales tenemos ansia de realidad, de ver en escena historias basadas en hechos reales, de teatro documental, testimonial, vivencial, performático, «teatro de lo real», como lo llama la investigadora y docente norteamericana Carol Martin. ¿A qué se debe esto? ¿A qué se debe esta búsqueda de aquello contrario a la ficción, que acaso concebimos como  lo verdadero?

En algún lugar leí  que todos mienten,  pero que no importa porque nadie escucha. ¿Es acaso que los espectadores hartos de la realidad como constructo y por lo tanto como intención velada, ¿mentira?, anhelamos aunque sea un momento de algo que podamos llamar genuino? ¿Será por eso que el teatro sigue vivo, por esa potencia de encuentro franco con aquello que podemos reconocer y reconocernos (en el mejor y extraordinario de los casos)? Hay una frase que perdí en el mar del internet, que decía más o menos que el teatro seguía siendo vital porque era un espacio en el cual podíamos mirarnos a los ojos honestamente, convivir en paz,  sentir que la realidad puede ser de otro modo.

Foto @DarioCastroPH

La investigadora Miroslava Salcido,  decía en una sesión de los encuentros plásticos teatrales organizados por Ladrón Galería, que la performatividad es como un cuchillo que corta la realidad, es decir que su lugar de transformación es el mundo cotidiano, no el mundo de la ficción. Un teatro que trabaja con la realidad, performativo, tiene la capacidad de poner en crisis la construcción de lo real y con ello mostrarnos otras posibilidades de habitar el mundo.

Una de las obras más entrañables de Conchi León (es difícil decir esto de una creadora que ha conseguido que la emotividad sea su sello característico) reelabora la percepción de los espectadores hacia uno de los grupos más estigmatizados:las personas en situación de reclusión. La espera es una obra documental que León escribió y dirigió con la compañía de teatro penitenciario cuando los integrantes aún  estaban en reclusión, a partir de sus testimonios. Ahora que los miembros de la compañía han salido siguen dando funciones constantemente compartiendo las historias de su vidas. 

Foto: @DarioCastroPH

Precisamente, una de las funciones del teatro documental,  según dice Carol Martin, es entremezclar la vida personal con el contexto histórico. En el caso de La espera cada uno de los performers comparte su vida vinculada a su contexto, permitiéndonos ver más allá del estigma del monstruo, del pecador, del delincuente.  Aquí la potencia del teatro nos permite mirar a este grupo de humanos que hicieron algo que nosotros mismos podríamos haber hecho en circunstancias similares. ¿Acaso no es esa una de las funciones del teatro, mostrarnos que los actos de los seres humanos están condicionados por su historia de vida y sus circunstancias? Al menos Aristóteles plantea en su poética que la universalidad de los caracteres radica en señalar que cualquiera  haría ciertas cosas en ciertas situaciones.  La demostración de la influencia del contexto en las decisiones y errores que podemos cometer como seres humanos y la capacidad que se tiene de superarlas  para ser cada día mejores  es una de las grandes virtudes de esta obra que no justifica los crímenes cometidos, pero dinamita las falsas certezas y lugares comunes sobre las personas en reclusión.  Exponiendo la complejidad de la  vida y del ser. Nos equivocamos y podemos transformarnos. Merecemos siempre otra oportunidad.

Foto: @DarioCastroPH

En La espera cada uno de los integrantes comparten el antes, durante y después de la cárcel. Todas las historias están atravesadas por el significado que cada uno le dio a la palabra «espera» a partir de reflexionar sobre lo vivido. Pero no sólo es una plática, es teatro como elaboración estética, con momentos teatralizados tan honestos que nos impiden perder la sensación de intimidad de una confesión cuya profundidad se acompaña  de un resabio lúdico -como cuando conversamos con viejos amigos con los que nos reencontramos después de algunos años-, es teatro como convivio, como verdad y como acontecimiento, esto último en su acepción de suceso especialmente importante. Así pasa cuando estamos frente a una puesta en escena donde el teatro se manifiesta, sabemos que estamos ante algo único e irrepetible.

Pocas veces se tiene la oportunidad de vivir el teatro como un ritual, en el sentido que menciona Peter Brook sobre los actores ofrendando sus sufrimientos al espectador. ¡Pero también es juego! Paradojas exquisitas del fenómeno escénico.

He tenido la oportunidad de ver La espera en varias ocasiones y siempre se genera una atmósfera excepcional, la verdad como herramienta artística posee una fuerza sobrecogedora que descoloca a los espectadores conmoviéndonos de múltiples formas y haciéndonos mirar la realidad desde otra perspectiva al terminar la función; hasta la fecha la obra sigue igual de viva que como la primera vez que la vi. Y no me parece casual en un grupo de hombres que en varias ocasiones han compartido que el teatro les salvó la vida. Ver a estos hombres dándolo todo cada función es inefable. 

 

 

 

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