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Críticas

Asatia. Concierto de cuerdas en honor a la desesperanza

por Zavel Castro 6 diciembre, 2016

No cabe duda de que el mundo está pasando por una época sombría. El fallecimiento de Fidel Castro y la pérdida absoluta de los ideales revolucionarios que representaba, la victoria del Brexit en Inglaterra, la elección de Donald Trump como nuevo presidente norteamericano, y por puesto la conciencia de las incontables muertes y desapariciones, la desigualdad, la impunidad, la corrupción y la violencia descarnada que se sabe y se siente en nuestro país, impactan y justifican a las creaciones artísticas de las que no escapa el teatro. Es así que nos enfrentamos a una generación de teatristas mexicanos con poéticas sostenidas en una visión pesimista del estado de las cosas. No podía ser de otra manera.

Las propuestas de esta juventud que ha abandonado toda esperanza, devienen en dramaturgias que dan cuenta de

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

su desolación. Tal es el caso de “Asatia”, una obra del Colectivo Berenjena, dirigida por Eduardo Orozco e interpretada por él mismo en compañía de Verónica Bravo. Por cierto, este montaje está cobijado, avalado, asesorado y producido como primer proyecto de la beca de «la vaquita», apoyo económico y artístico que brinda la compañía de Teatro Independiente Vaca 35, encabezado por Damián Cervantes.  

La trama se desenvuelve de acuerdo a los cánones de las comedias románticas. En realidad se trata de una historia de amor bastante simple. Una chica con aspiraciones artísticas, dedicada más por inercia que por pasión a la música clásica, que es toda ella un cliché de lo que es ser supuestamente distinto al resto de los mortales y que se revela muy pronto como una mujer ordinaria que por creerse más sensible que quienes le rodean nunca acabó por integrarse a  ellos, de pronto conoce a un chico dedicado a disfrutar la vida, esto es, sin planes a futuro concretos, con una inclinación al mundo el arte -del que ella se siente dueña-, mucho menos acusada pero más honesta. La diferencia fundamental entre ambos personajes es la alegría de vivir que ella nunca consigue y que el conquista sin proponérselo, porque una no es lo que dice ser y el otro es auténtico.

El torpe enamoramiento ente los personajes es bastante breve pero lo suficientemente trascendente para ellos, como para sembrar una duda sobre sus respectivos caminos ¿Qué pasaría si decidieran intentar construir una historia de amor? Ella tendría que abandonar sus planes demasiado rígidos y él tendría que abandonar la contemplación y el disfrute, sumarse a las obligaciones de ella, para estar a su ritmo ¿Estarán dispuestos a arriesgarse el uno por el otro? Naturalmente, eligen tomar distancia.

 

foto: darío castro

foto: darío castro

 

La historia funciona en buena medida gracias a la escenografía, iluminación y vestuario a cargo de Natalia Sedano y Salmah Beydoun, así como a la musicalización de Chris Mckenzie. Estos elementos otorgan densidad, nutren y complejizan las escenas, nos hacen pensar que quizá entre los personajes si bien no hubo amor, por lo menos hay atisbos de romance. No hubo intimidad a pesar del sexo, pero pudieron haber sido mucho más. Porque uno no deja de pensar en el otro, no se extrañan pero se recuerdan de vez en cuando. Y esto es importante, porque el olvido en estos tiempos de sustitución inmediata, de zapping emocional, de pasar de una persona a otra es tan fácil, que es preciso querer en quien piensa en nosotros.

Los personajes, que no son más que seres llenos de vacío descubren que acaso el amor no es tan importante como para vivir por él. Al final se descubre que tan en serio van con su pesimismo que no es otra cosa que el reflejo del pensamiento de la generación de teatristas que mencionaba al inicio. Estamos frente a una comunidad artística adicta y adepta a hablar de fracaso y desamor, de todo lo que no pudo ser, de todo lo que no pudo decirse, de promesas rotas. Llevan el “no se puede” en la punta de la lengua, con coraje se lamentan, estamos a un año de conmemorar el centenario de la revolución mexicana con artistas todo menos revolucionarios, simplemente porque no hay esperanza.

“Asatia” da cuenta de nuestro teatro triste a través de la historia de la vida de una mujer que se enamora para descubrir que nada vale la pena. Frente al estado de las cosas ¿nos esperan más obras que aconsejen abandonar la vida? ¿Iremos a llorar a la butaca? ¿Estamos dispuestos a regodearnos en nuestros dolores? ¿El teatro ha dejado de ser un alivio, un descanso, un entretenimiento? ¿Qué está pasando con esta generación de teatristas desencantados de la vida? ¿No pensamos confrontar al mundo? ¿No nadaremos contra corriente? ¿Somos ahora oscuros y conformistas?  Retractamos la realidad.

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Reseñas

UMBRA: Una cartografía para la ausencia

por Zavel Castro 23 noviembre, 2016

Extrañar es acaso el verbo más difícil del conjugar. Quiero decir que el sentimiento que implica es una herida abierta que no se piensa nunca en pasado porque nunca ha de cicatrizar; “te extrañé” no existe porque aún conservo el recuerdo del vacío de tu ausencia, “te extrañaré” es una promesa que ya contiene el dolor de la pérdida. Sé que algún día no estarás más conmigo… “Te extraño” es siempre en presente.

Regresa.

Y es que todos padecemos las ausencias, si existe algo peor que esto debe ser la incertidumbre, si sé que te fuiste pero no puedo ni imaginar dónde estás o qué ha sido de ti, me angustio y me pierdo contigo. No soy más. No me habito. Sin ti, sin la idea de ti, el mundo ha perdido sentido, ya no me significa. No vivo en él. Estoy en él. Pero no soy más parte suya. No estás y el llanto no me purifica. No me consuela. Sé que no regresarás. Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste ¿Me abandonaste o simplemente olvidaste cómo regresar a casa? ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? ¿Me necesitas? ¿Puedo ayudarte?

Vuelve. Te lo ruego.

Esta sensación que acompaña una ausencia como la que dejó ese alguien en quien pienso al escribir los primeros párrafos, es el motor principal de “UMBRA. Una cartografía para la ausencia”, obra escrita y dirigida por Gabriela Román, interpretada por ella misma, Cecilia de los Santos, Stefanie Izquierdo y Delfino Vergara. El montaje inspirado en las reacciones emotivas que provoca el fenómeno de las desapariciones forzadas en las dictaduras latinoamericanas –aunque sitúa su antecedente directo en la Alemania Nazi-. Román, ha traducido el dolor de los familiares, amigos, amores y todos aquellos que esperan que alguien vuelva, especialmente porque se le ha arrebatado la posibilidad de hacerlo y eso es indignante, en una obra que no escatima en recursos para enfatizar la magnitud del problema.

Es así que tenemos una propuesta documental lúdica interactiva que apuesta por el convivio y la generación de una comunidad empática y solidaria.

Pensada para un público joven, no hay forma en que el espectador no se integre a las dinámicas que suceden frente a sus ojos o cuente con su participación directa. Como dije, los recursos no son pocos: material audiovisual punto menos que permanente, fragmentos de entrevistas con ex presidentes mexicanos, documentales históricos, testimonios, “The Big Bang Theory”, videos musicales, partidos de fútbol, etcétera. Las escenas se resuelven a manera de: subasta cuya puja depende de los “precios” de desaparecidos por país,  bailes populares de los países de los que hablan mientras refieren cronológicamente los sucesos, juegos de mesa basados en la repartición del mundo (una especie de “Monopoly”), un programa de concursos, una declaración en el MP, una fiesta de cumpleaños en la que se invita a los espectadores a comer pastel, la simulación de un round de lucha libre y un karaoke.

Evidentemente sostenida en una investigación de poco más de un año, UMBRA es el resultado de un proceso de búsqueda, un esfuerzo que vale la pena celebrar. Y es que para los integrantes de Teatro Ariles, era importante hacer notar que las desapariciones forzadas no sólo ocurrieron con el caso Ayotzinapa, sino que es una práctica política perpetua de la que siempre valdrá la pena hablar desde el teatro, plataforma de conciencia y denuncia por antonomasia. UMBRA, efectivamente traza un mapa para encontrarnos con nosotros mismos y aquellos a los que extrañamos. Una propuesta fresca llevada a escena con toda honestidad.  Una obra pertinente en todo caso. A todos nos hace falta alguien ¿Cómo llenar ese vacío?

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Reflexiones

¿Qué fue de «Cervantes Off»?

por Zavel Castro 11 noviembre, 2016

Se sabe y se dice que la reflexión es incompatible con la prisa. Para hablar de cualquier cosa es necesario dejar  pasar la emoción del  momento. Es por esta convicción que he dejado pasar tantos días para hablar del “Cervantes Off”, hasta ahora uno de los proyectos teatrales que más han merecido mis desvelos y en el cual tuve la suerte de estar profundamente involucrada. Como sea, en tanto que como decía Monsiváis, “un halago en boca propia es apenas canapé”, me avocaré a referir a grandes rasgos el propósito de hacer posibles los montajes dejando a un lado el anecdotario curatorial.

“Cervantes off” fue una invitación a compañías teatrales independientes dirigidas por teatristas con poéticas o búsquedas escénicas fascinantes y alternativas en la medida de lo posible dentro del panorama artístico mexicano. Busqué creadores capaces de hacer teatro bajo cualquier condición y circunstancia, en cualquier espacio, sin quejas ni reparos, creadores que supieran encontrar la resolución poética ante los problemas técnicos, que supieran hacer uso de la mínima producción y con la mayor fuerza estética. Invité pues, a un grupo de provocadores para que me enloquecieran. Aquellos que contradiciendo la tradición concentrada en el efecto sin prestar atención al contenido, apostaran en cambio por el teatro vivo, al que solo le basta la encarnación de un texto en un cuerpo poético para estallar.

En tanto que la XLIV edición del Festival Internacional Cervantino se trató de la mayor celebración mundial a Miguel de Cervantes Saavedra, queríamos conseguir acaso por primera vez en la historia nos apasionaran los entremeses y comedias de esta figura emblemática de la literatura occidental. Un poco a la manera del festival de off  que se realiza año con año (http://www.avignonleoff.com) y del enorme esfuerzo que representó la edición de los Teatros Ejemplares en la Argentina (https://teatrosejemplares.es/), quisimos actualizar a este fallido dramaturgo como nunca antes, queríamos darle la gloria que en vida jamás recibió.

Foto: DaríoCastro

Foto: DaríoCastro

La invitación fue aceptada por Tito Vasconcelos (La Nave de las Locas), Ana Francis Mor (La Mafia Cabaret), Martín López Brie (Teatro de Quimeras), Abril Mayett (Shake / Falstaff), Diego Álvarez Robledo (PRINCIPIO), Mauricio Durán y Miguel Estrada (Coproducción Ensamblerías-Tres Son Pocos), Ulises Cancino (Asociación Teatral Juana de Asbaje), Gemma Quiroz (Teatro Alteante de León), Ismael Hernández-Medina (Bisontes) y Sixto Castro Santillán. Personajes que durante este proceso revelaron sus egos sui generis  y reafirmaron su reputación en cuanto al impresionante talento.

La consigna para reinventar los textos Cervantinos era punto menos que desconocerlos, tomar algún aspecto inspirador (la trama, un personaje, un nombre, una escena, una imagen, incluso la negación de los mismos, la nada misma)  y hacer con ellos lo que les viniera en gana. Tenían en sus manos como pocas veces absoluta libertad creativa. Hubo quienes la abrazaron y otros que se acercaron a ella con mayor delicadeza, casi con temor; como sea, el resultado de este juego fueron versiones inimaginables que destrozaron por suerte los cánones clásicos que ya no tienen cabida en el presente. Simplemente porque somos otra época  y necesitamos cosas distintas. Tuvimos entonces dos cervantes cabaret (al estilo de carpa mexicana de los años treinta y europeizado y feminista), un cervantes sindicalizado luchando por los derechos de los trabajadores de la ficción, cercano a un cervantes social, un cervantes ópera-rock, un cervantes clown, un cervantes del México revolucionario, un cervantes para niños, un cervantes brechtiano y un cervantes posmodernísimo. Cabría mencionar en este punto que los espacios para la representación, la Mina del Nopal y la plaza San Roque (sitio del origen mismo del Festival)  sin duda alguna favorecieron los montajes. La importancia del encargo radicó en la necesaria innovación de los textos cervantinos escritos hacia 1580-1585, época de la profesionalización del teatro en España.[1] Los directores de Cervantes Off se dieron a la tarea de confrontar y cuestionar las obras  y se vieron forzados a descubrir su vigencia, a revitalizarlo, a darle, ya lo he dicho, la oportunidad de la gloria y el aplauso que no tuvo en su momento.

Así mismo “Cervantes Off” pretendió servir de plataforma exponencial para los directores con mayor atractivo escénico en la actualidad, tanto así como para dramaturgos y actores. Entre los mejores descubrimientos se encuentran la pluma de Ricardo Ruiz Lezama, quien creó «Said el monstruo» una obra infantil a partir de la intolerancia reflejada en “La Gran Sultana” y Juan Carlos Franco quien a partir e “Laberinto de Amor”, por fortuna se atrevió a hablar sobre el fracaso dramatúrgico de Cervantes en su obra»Laberinto deseo naufragio» y así obligar a la propia introspección de aquello que llamamos “éxito”, todo esto bajo un humor negro que consigue una angustia placentera. Por parte de los actores es imposible dejar de reconocer a Nick Angiuly, Mafer Vergara, Alex Gesso, Luis Esteban Galicia, Sergio Rüed, Mario Conde, Ramiro Piñón y por supuesto, Miguel Estrada.

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Foto: Darío Castro

Aparentemente, los propósitos del proyecto fueron cumplidos, Cervantes sirvió como potente inspirador de creaciones auténticas y autónomas, como expositor del talento nacional, volteó la mirada de los espectadores hacia aquello que vale la pena  ver, creadores que valen muchísmo la pena. Cervantes, creador y musa, promotor de grandes cosas. Así le hemos rendido homenaje.

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[1] Durante estos años se consolidaron las compañías profesionales de actores, surgieron las corralas de comedias como espacios fijos para la representación y el público que pagaba su entrada, exigía constantemente novedades. En este momento, Cervantes, según Carlos Mata Indurián, al contrario de Lope de Vega optó por seguir los cánones impuestos en el renacimiento, fórmula que se revelaría obsoleta.

Reflexiones

Mi experiencia en el Cervantes Off

por Aplaudir de Pie 20 octubre, 2016

Primera vez que escribo.

En esta ocasión me toco cubrir gran parte de la cartelera llamada “Cervantes off”, ofrecida por el Festival Internacional Cervantino, lo primero que pensé fue: “ un fin de semana lleno de teatro ¡Qué hermoso!” Por fin podría ver las adaptaciones de las obras de Cervantes, y lo mejor de todo, sin salir del DF (o CDMX, como se llama ahora). Este programa se presentó del 7 al 9 de octubre en el Centro Nacional de las Artes.

Es preciso comentarles que cuando voy al teatro normalmente disfruto las puestas en escena, creo que carezco de ese ojo crítico de mis colegas y generalmente cada función a la que asisto me deja encantado o quizás refleje mi actitud ante la vida, siempre busco las cosas buenas de todo.

Llegué a presenciar “La Casa de los celos, o quién la tiene más grande (la casa)» dirigida por Ana Francis Mor,  un montaje que con buena producción audiovisual, ingeniosa vestimenta y carismáticos personajes nos hizo reír bastante. Grata fue mi sorpresa al ver que los foros se llenaban casi en su totalidad, de gente de todas las edades, abuelos, padres de familia que llevaban a sus hijos para inculcarles el gusto por el teatro, parejas que buscaban una actividad diferente y por supuesto, gente apasionada por este arte tan efímero.

Al día siguiente la función era a medio día, con un calor intenso que no detuvo a los asistentes a presenciar “El vizcaino fingido”, obra de Ismael Hernández-Medina, adaptación del entremés del mismo título, que fue montada al en la plaza de la Danza; un espacio al aire libre pero afortunadamente techado. Lo mismo que el dia anterior:el espacio estaba lleno. Me llenó de alegría verlo porque siendo realista, fuera de las producciones más comerciales y publicitadas difícilmente veo llenos totales y además, se demuestra que el Festival no es solo un pretexto para que los jóvenes (y los no tan jóvenes) vayan a enfiestarse a Guanajuato.

Un poco más tarde tocó el turno de «Una  comedia entretenida», codirección de Miguel Estrada y Mauricio Durán, versión libre de «La Entretenida» y no me decepcionó. Bromas ingeniosas y actores talentosos que a su vez tocaban algún instrumento musical para acompañar la puesta en escena. Al terminar no sabia que hacer con ese tiempo libre entre obras; así que me puse a revisar el programa y a caminar por el CENART; y vi que justo estaba Urbaphonix, cinco músicos que crean melodías con objetos de su entorno, maravillando asi a los espectadores. Era un espectáculo ver como la gente los seguía por todo el lugar cual caravana para seguir viendo con qué más podían hacer música.Ya en la noche comenzó “De picaros, truhanes y actores” de Tito Vasconcelos, obra quizás mas enfocada al publico adulto por su mensaje y su vocabulario a veces subido de tono, con chistes que si bien no todos comprendíamos no dejaron de entretener al publico. Así concluía mi día.

A la mañana siguiente, mi niño interior (al cual siempre escucho y no dejo de interactuar con él se  maravilló con “Said el monstruo»dirigida por Gemma Quiroz, inspirada en la intolerancia ideológica manifiesta en «La Gran Sultana», puesta que con un bonito mensaje, canciones estupendas y una producción excelente logró captar la atención de los muchos niños que asistieron a la plaza de la Danza. Logré ver como en tres días la gente no dejó de asistir y algunos, como yo, entraban a dos o tres funciones en ese fin de semana. Yo quedé encantado, como ya he dicho, de todas las actividades ofrecidas… no me quiero imaginar la cantidad de cosas por ver en Guanajuato, no me aguanto las ganas de ya estar allá.

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Reflexiones

Cabudanne de Sos Poetas. ¿Y los festivales en México?

por Aplaudir de Pie 1 octubre, 2016

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir al festival Cabudanne de Sos Poetas, que traducido de la lengua sarda sería “Septiembre de Poetas”. Durante los primeros 4 días de septiembre, desde hace 12 años, Seneghe pequeño pueblo de aproximadamente 1300 habitantes, organiza este festival entre su gente y para su gente. De la mañana a la noche e incluso hasta la madrugada, el pueblito al sur de Cerdeña, se convierte en anfitrion de escritores, poetas, músicos y actores. Se lee en voz alta, hay conciertos y laboratorios de teatro, música y fotografía; todo sin ningún costo. Año con año, Seneghe, hace una invitación a artistas de talla internacional, a participar con un espectáculo o bien a dar una clase magistral o conferencia. Son 4 días en el que Seneghe, localidad principalmente de pastores y campesinos que basa su economía en la producción de aceite de oliva, el agriturismo y el ganado; deja el arado, estaciona el tractor, mete al establo a ovejas y vacas y sale a ver teatro y a comprar libros.

Ante un evento de esta magnitud, como una actriz mexicana emigrada en Italia hace pocos meses, me pregunto cuál sería la experiencia artística equivalente en México. ¿Quién organiza los festivales de arte y cultura en nuestro país? Y lo más importante, ¿a quiénes va dirigido?. Tenemos el ejemplo del Festival Cervantino, de carácter internacional, conocido por todos en nuestro país como uno de los festivales que trae lo mejor del teatro, música y letras a México. Sin embargo, la queja principal al histórico festival que se celebra año con año en Guanajuato, es lo caro de sus precios, la incapacidad que tiene para acoger a todos los que quieran asistir y me surge la pregunta, ¿es un festival pensado para la gente de Guanajuato?.

No es novedad que el gremio teatral reciba la ya constante queja de que sólo se hace teatro para los teatreros, situando al arte y la cultura en México como un estrato elitista al que sólo pueden acceder no sólo aquello que lo puedan pagar, si no a quienes estén en grado de “entenderlo”.

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El Cabudanne nace como una iniciativa de la gente de Seneghe. Apoyados con patrocinios y fondos de la región, se trata de un grupo de viejos y jóvenes, interesados en promover la lengua sarda y hacer un intercambio con otros escritores, artistas y personajes de la cultura en el mundo. Obviamente, el teatro, como arte integrador, no podía faltar. Para tal motivo, se acude al Tetro delle Albe de la ciudad de Ravenna al norte de Italia, representado por el joven actor Roberto Magnani. El Teatro delle Albe desde su fundación en los años 90, inició con lo que posteriormente llamaría la Non- Scuola o la No- Escuela en español. La tesis de la No Escuela sostiene que el teatro no se enseña, se contagia. El teatro se plantea como un campo de juegos donde se va a sudar. El primer año del Festival, el joven Magnani conduciría el laboratorio de teatro con unos cuantos jóvenes del pueblo de Seneghe. Hoy, a 12 años de distancia son más de 50 alumnos de entre 5 y 16 años que en el lapso de 3 semanas montan una obra.

La pedagogía del Teatro delle Albe es jugar por el mero placer del juego. Jugar como juegan los niños futbol con un par de latas como portería y un balón a medio inflar. Jugar sin esquemas fijos, ni uniformes. Jugar con los pies descalzos sobre la tierra. Así se tiene un grupo de cuerpos vivos, en movimiento. Correr, caer, la tierra, el sol, el calor que se genera entre compañeros, estar juntos, equipo, coro, comunidad y de pronto estar ya sobre el escenario. Para esta compañía, escuela y teatro son palabras ajenas la una de la otra. “El teatro es un grandísimo campo de juegos donde uno tiene la oportunidad de convertirse en aquello que no es. La escuela es el gran teatro de la jerarquía.” Afirma Magnani. Así, después de tres semanas de juego intenso, tenemos una obra. Los textos dejan de ser recitados para ser resucitados. Se hace uso de la improvisación, la música, el canto. Los más pequeños siguen a los más grandes, los más grandes aprenden de los más pequeños.

El año pasado, se llevó a cabo nada más y nada menos que La Divina Comedia del también italiano Dante Alighieri. En el marco de tres días se hizo presente el infierno, el paraíso y el purgatorio. Este año en cambio, se optó por otro gran texto: Don Giovanni de Molière. El conocido personaje mujeriego que también inmortalizó José Zorrilla y Tirso de Molina y que es el favorito de los mexicanos época de Día de Muertos.

El escenario para la No Escuela, no tiene límites. La puesta en escena se lleva a cabo en el campo donde por la mañana pastan las ovejas o se va de un punto a otro, llevando a la gente en procesión al ritmo de “Alabama song”, clásico de Bertolt Brecht compuesto para “Auge y Caída de la Ciudad de Mahagonny”. Se han incluso ocupado ruinas arqueológicas como las imponentes torres de nuragues; se intervienen las plazas, las casas, los parques. Todo juega. El pueblo es cómplice. Incluso los más viejos participan haciendo una que otra comparsa.

En Seneghe durante 4 días corre el vino hecho en casa, el casizolu (queso artesanal sardo), el pan carasau hecho en horno de leña. Se come, se bebe y se convive mientras se ve teatro, se escucha música y se lee. Los pastores y campesinos se descubren a sí mismos amantes de la literatura y recitan de memoria versos de Dante sin siquiera saber leer y escribir.

Finalizado el festival, la gente vuelve a sus actividades cotidianas con deseos de celebrar el próximo Cabudanne. Los artistas regresan a sus casas. Otros deciden quedarse algunos días más enamorados de Cerdeña, de su mar y de su gente. Algunos jóvenes senegheses viajan a Ravenna, a conocer más sobre el Teatro delle Albe y considerar más seriamente el convertirse en actores. Las señoras apagan sus hornos después de que hicieron cantidades industriales de dulces de almendra para vender durante el festival, demostrando que el festival es también una oportunidad para generar ingresos. En Seneghe, regresa el silencio y se preparan para el invierno.

Este festival inveitablemente me hace cuestionarme sobre la situación del arte y cultura en nuestro país. ¿Existen iniciativas artísticas en México que involucren a todo un pueblo y que fungan, no sólo como promoción de la cultura de una comunidad, sino como un auténtico intercambio con otras manifestaciones?. Si es así, ¿dónde y desde cuándo?. ¿Será que en México hay un menosprecio hacia quién dirigir la cultura y el arte? Por ejemplo, este año, el Cabudanne trajo en concierto a Ernst Reijseger, músico holandés conocido por hacer la música de varias de las películas de Werner Herzog. En Italia existe el problema del racismo, pero en México existe el problema del clasismo que no es menor. ¿Será que el arte y la cultura en México están entonces permeados por una ideología clasista? ¿Ni siquiera el teatro escapa de la clase alta, media, baja?

Ojalá me equivoque. Ojalá la mirada en efecto esté sobre los pequeños grupos e iniciativas artísticas en México y no sólo sobre los grandes monstruos de la cultura. Ojalá el Cabudanne sea un ejemplo no para sentirnos comparados o atacados de que en Europa “todo es mejor”, si no para pensar cuán grande puede resultar los pequeño. Ojalá no acusen a la autora de este texto de Malinchismo. Ojalá y el teatro también se contagie a las pequeñas comunidades en México.

 

 

 

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Paulina Sabugal / @PauSabugal

Teatrera de corazón y espectadora de tiempo completo

 

 

Reseñas

Orégano, una obra para salir con una gran sonrisa

por Ricardo Ruiz Lezama 17 septiembre, 2016

De acuerdo a lo que plantea Brecht en sus reflexiones podemos inferir que su ideal de teatro sería uno comprometido con la realidad social,  que  invite a pensar de forma crítica nuestro entorno pero fundamentalmente divertido. Este dramaturgo alemán dedicó toda su vida a buscar ese teatro. No sé si lo encontró pero sin duda cambió la historia del teatro para siempre.

Desde la aparición de Brecht muchos creadores se han inspirado en sus ideas y el teatro político se reformuló y expandió. Ejemplos destacables en Latinoamérica los tenemos con Enrique Buenaventura, Augusto Boal, entre otros, quienes desarrollaron una obra crítica y emocionante.  También existen los casos no tan logrados que limitaron las posibilidades del teatro a un discurso, dando por resultado experiencias aburridas. Este último teatro es llamado por algunos “panfletario”, al parecer más un manifiesto que una obra de teatro. El teatro tiene sus propias necesidades y si se dejan de lado, puede ser interesante pero no necesariamente un suceso artístico.

Por eso siempre que aparecen obras que contienen una invitación a realizar una reflexión crítica sobre la sociedad sin dejar de lado la teatralidad y que se constituyen como acontecimientos poéticos contundentes, es digno de admiración. Una obra que contiene estas características es Orégano, creación del Colectivo Catapulta, escrita por Sergio Lobo y dirigida por Francisco Granados y Alan España, con las actuaciones de Fernando Villel, Francisco Granados, Mafer Vergara y Yair Gamboa.

Orégano, cuyo subtítulo es “la familia fracaso”, pone en perspectiva los mecanismos  de una de las estructuras políticas más fundamentales de los seres humanos: la familia. Invitándonos a la reflexión de distintas problemáticas que nos aquejan como humanidad, de una manera inteligente pero principalmente divertida.

En esta familia hay muchos deseos que no se han cumplido, frustraciones latentes, sueños que no levantan el vuelo, aspiraciones cargadas de imposibilidad, rencores no dichos y dolores no asumidos. Es una familia que se encuentra en un punto crítico emocionalmente, en donde el espacio que habitan –a manera de metáfora- da cuenta de esta desolación que se ha naturalizado y con la que los personajes viven o mejor dicho sobreviven. Es inevitable asociar esta dramaturgia con aquellas obras de la posguerra, categorizadas bajo la etiqueta de Teatro del absurdo por Martin Esslin, que dan cuenta de un mundo devastado. En el texto que propone Sergio Lobo la devastación está dada no por la guerra sino por la violencia de estos familiares que solo atinan a hacerse daño, por una especie de guerra íntima en donde difícilmente ninguno saldrá victorioso.

Con todo esto parecería que Orégano se trata de una obra trágica y podría ser porque como dice Marco Antonio de la Parra, “una comedia es una tragedia en piel de cordero”. Con lo cual es bueno subrayar que en Orégano no hay tiempo para lamentaciones por parte del espectador, todo lo que queda es soltar una sonora carcajada ante las situaciones que nos muestra la obra. En este sentido la risa funcionaría, para pensarlo con Brecht, como una especie de extrañamiento que no da lugar a la autocompasión sino que permite la posibilidad de pensar críticamente.

Sin duda esta compañía ha logrado consolidar un montaje de una gran calidad, mostrando que existen opciones en el teatro independiente que no le piden nada a obras del circuito institucional e incluso  del comercial. Todo en esta puesta en escena está sumamente cuidado, el diseño escenográfico por parte de Aldo Alemán y Alan España que da cuenta de las turbulencias internas que viven los personajes; las actuaciones extraordinarias de todo el elenco que encarnan la situación y nos transportan a esa otra realidad que plantea la dramaturgia; el texto que retrata muy bien las dinámicas nocivas de esta familia; la dirección que conjuga armoniosamente todos los elementos, logrando poner en perspectiva un reflejo de nosotros mismos y dejándonos al final la posibilidad de sentirnos aludidos y hacer algo por mejorar nuestro entorno o continuar como estamos y terminar siendo como aquella familia fracaso.

Orégano es sin duda una propuesta imperdible de la cartelera actual. Una obra para pasar un gran momento, salir con una gran sonrisa y si se quiere, solo si se quiere, reflexionar y tratar de mejorar un poco el mundo, como Brecht hubiera soñado.

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Reflexiones

Ni un teatro menos, no a la desaparición del Foro Shakespeare

por Ricardo Ruiz Lezama 17 septiembre, 2016

Ningún teatro debería cerrar. En un país lleno de cinismo siempre será indispensable un lugar que sensibilice; en un país lleno de manipulación mediática siempre será necesario un lugar donde se hable de lo que no se habla, que se mire desde donde no se mira. Un teatro es tantas cosas y sirve para tanto pero no puede ponerse en términos capitalistas; la contribución de un teatro está dirigido al espíritu de la sociedad. Mucha gente no ha ido al teatro porque hacen falta teatros. Mucha gente que no ha vuelto al teatro es porque tal vez vio algo que consideró desagradable, pero en el teatro caben todos los teatros -es democrático- la idea de lo «bueno» y «malo» es diferente a como nos tienen acostumbrados los medios masivos, el teatro no sólo busca ser un entretenimiento efectivo; hay política desde el discurso o desde lo estético, hay ética, hay poesía, hay tanto que no cabe en un etcétera y además en muchos casos busca experiencias desalientes, por eso a veces puede ser incómodo. El teatro no es la tele, el cine ni el internet. Parece una obviedad pero esto es fundamental para entender aquello que propone.

Todos los que amamos ir al teatro es porque alguna vez tuvimos una experiencia extraordinaria en uno de ellos. Aquel que haya pasado un mal momento en el teatro le recomiendo que intente otra vez, seguro un día vivirá lo que no podría encontrar en ningún otro lugar y desde ese momento el teatro se volverá una necesidad en él. Y es difícil dar razones lógicas porque el teatro nos conecta con lo originario, con el cuerpo, con lo instintivo, con lo ritual. En ese sentido se parece al amor -símil que puede sonar gastado pero que es sumamente preciso- parecería que no provee ningún beneficio en términos de productividad o utilidad y sin embargo sería absurdo buscar que no hubiera más amor en el mundo porque no representa ganancias dentro de una mirada capitalista.

El teatro es revolucionario y más en este momento. No hago discriminación en el tipo de teatro, todo -al final- sigue reencontrándonos con los otros; fundamental en esta era cada vez más solitaria, cada vez más incomunicada. Ningún teatro debería cerrar y nadie debería alegrarse por ello ni ser indiferente. Los problemas por los que pasa el Foro Shakespeare, la vulnerabilidad en la que se encuentra, es en la que están todos los teatros independientes en México. Cualquier teatro independiente podría desaparecer de un momento a otro porque no hay ninguna legislación que los proteja. Si la comunidad teatral -espectadores, productores, creadores- no empezamos desde hoy a ver por nuestros teatros, van a desaparecer. La lucha de uno es la lucha de todos. Este caso particular debería servir para lo general. Los foros tienen que unirse con creadores, espectadores y aquellos que se quieran sumar. Se necesita pensar en corto plazo y a largo plazo, se necesitan leyes que protejan y regulen los espacios independientes, garantizando su supervivencia y permitiendo la posibilidad de que cada día hayan más. ¿Se puede lograr? Claro, el mismo teatro es un ejemplo de cómo la realidad puede ser modificada, de cómo un grupo de gente, mediante la unión, hacen posible lo imposible.

Ya me lo había preguntado antes y me lo vuelvo a preguntar ahora, porque hay preguntas en las que siempre hay que insistir. ¿Cuándo se va a unir toda la comunidad teatral para realizar acciones en conjunto y mejorar las condiciones de nuestros teatros independientes? En Aplaudir de Pie estamos más que dispuestos.

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Reflexiones

Aceptar el error

por Zavel Castro 10 septiembre, 2016

Con el tiempo he aprendido a aceptar el error en el teatro. La aprehensión de esta actitud –como crítica y espectadora- no fue una tarea sencilla, al contrario, fue un proceso que me llevó bastantes esfuerzos, una especie de lucha en contra de mí misma en la que finalmente resultaron triunfantes la comprensión y la tolerancia. Para esto fue necesario entender que el error es el elemento sustancial en el teatro, que uno no existe sin el otro y que su mutua convivencia es  necesaria y significante para la escena. El error en el teatro enfatiza que no hay arte más humano que este.

Y es que el error hace al teatro ser lo que es. Tiene más cabida en él que en la música, en la danza clásica o en cualquier deporte, en donde su presencia es punto menos que imperdonable. En esos campos lo odian y lo maldicen, lo han exiliado y él ha encontrado su lugar en lo que a nosotros nos compete. Es preciso aceptarlo como a uno de nosotros, es nuestro camarada, ya ha sufrido bastante con el exilio de sitios lejanos. No le daremos otro portazo en la cara. Fundamentalmente, el error teatral es aceptable durante el proceso de creación.

Una obra de teatro es producto de el ejercicio constante de la prueba y el error, una exposición de la belleza que solo se consigue tras experimentar una serie de fracasos. Pero la presencia de la equivocación no termina ahí, también es aceptable que el error se presente en las funciones. Esto no quiere decir que las mejores  funciones que he tenido ocasión de ver, sean aquellas que tienen cada aspecto obsesivamente estudiado y pulido aún cuando se permitan improvisar de acuerdo a las reacciones del público. En estas funciones supremas que alcanzan el estatuto de acontecimiento artístico el error es imperceptible o quizá incluso inexistente.

En las obras de teatro restantes (que quizás por la misma presencia del error nunca alcanzar a conformarse como acontecimientos), el error se presenta función tras función encarnado las más de las veces por los actores quienes olvidan o confunden una palabra, una línea. Tartamudean, se pierden en el diálogo, se distraen, olvidan. Hubo un tiempo en que mi inflexibilidad me obligaba a reprobar cualquier descuido. Me dejaba guiar por la idea de que todo arte debe perseguir la perfección y que por lo tanto cualquier falla por parte de los artistas demeritaba al arte mismo y demostraba su falta de talento o peor aún, de profesionalismo. Soportaba mejor esto en lo que yo consideraba teatro amateur, pero en aquel que se decía profesional cualquier asomo de equivocación merecía  mi parecer la descalificación absoluta.

Hace apenas algunos días que asistí a una función en la que además de estar presente en las palabras del elenco, el error había extendido su poder al área técnica. Los encargados de la iluminación no seguían con atención la función y olvidaban los cambios de luces y los efectos de sonido en los momentos importantes, poniendo en aprietos a los actores que no pudieron disimular las fallas y que decidieron en cambio explicitarlas con humor (afortunadamente la obra era cómica). En otros tiempos esta serie de cuestiones me habrían hecho enfurecer y despotricar con mi acompañante. Me gustaba y aún me gusta un poco la atribución de severidad hacia la imagen ideal del crítico. Ahora, si bien no he llegado a “adorar” el error, lo acepto. Sin dejar de añorar que todas las obras se esfuercen por acogerlo lo menos posible o evidentemente. Que si el error está, sea cuando menos sutil y reparable.

Esta aceptación del error como materia prima del teatro y la observación cercana de los procesos de algunos amigos teatristas que me han permitido estar en sus ensayos y me han compartido sus peripecias y angustias con las que han tenido que lidiar para materializar una idea, ha hecho que baje la cabeza ante su tarea titánica, acepte el error y me concentre en si la obra funciona a pesar del mismo –el espectador es generoso y perdona muchas cosas- . Sea el error en el teatro entonces bienvenido en una justa medida, director y actores más cuidadosos y que el crítico se relaje un poco.

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Reseñas

Ego. La endiosada figura de “la perra” en la cultura gay

por Zavel Castro 7 septiembre, 2016

Todo comienza en un set de filmación. Un director excéntrico ha decidido llevar la historia de su vida a la pantalla grande. El espectador es invitado a seguir el proceso de creación de la película desde la selección del elenco hasta  el estreno de la misma. La obra de Diego Beares contiene un discurso sobre la industria del entretenimiento, al que se percibe durante el desarrollo de la historia como un medio frívolo, superficial y  hostil en el que reina la vanidad y en el que sólo tiene cabida la gente sin escrúpulos, aquella que se maneja bajo los valores comerciales en lugar de éticos y morales, personas dispuestas a negociar con su cuerpo a cambio de que su nombre sea colocado en la cartelera (esta ficción, por cierto no está alejada de la realidad).

Todas las características negativas del mundo del espectáculo en el que se prescinde del talento para ceder el lugar al glamour, están presentes en el personaje protagónico de la obra, “Tomás” -interpretado por el propio Beares- el director que ha construido su biografía a base de mentiras con tal de dar una imagen más conveniente de sí mismo. Él quiere ser percibido como alguien que ha llegado a la fama como si su destino estuviera predestinado a ello, debido a su inigualable visión artística y a su personalidad deslumbrante. Omitiendo que ese “ascenso” hacia el éxito ha sido realmente gracias a la explotación y maltrato que ha ejercido con todo aquel que ha formado parte de su vida. El poder despótico cercano a la inhumanidad, es su característica más acusada. Es en fin una persona ruin que no busca más que su propio beneficio, alguien vacío que desconoce y desprecia el cariño sincero.

Precisamente a diferencia de otros montajes de Beares (Tenis y Alaska) donde el caos narrativo aparente se dirige a un camino preciso, en Ego, esta historia carente de tensiones y profundidad, estructurada a partir de la concatenación de ocurrencias y sin sentidos dramáticos, el motivo del caos es hacer lucir al personaje principal, encarnación de “la perra” un arquetipo fundamental de la cultura gay. La perra, una figura idealmente descorazonada, manipuladora ejerce un extraño poder de seducción, que le facilita la obtención de todo lo que se propone, que es esencialmente alcanzar una posición social privilegiada que le permita ostentar sus bienes materiales y contar con un grupo de aduladores obedientes, que admiran su desfachatez y su lenguaje y conducta políticamente incorrectos.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

“La perra” es la villana sensual, una diva que obtiene todo lo que quiere. Es ella la que todos quisiéramos ser.  Reconocemos a “la perra” por doquier, forma parte de la cultura pop. Es Miranda Priestly de The Devil Wears Prada, Regina George de Mean Girls, es también Maleficent, Samantha Jones de Sex and the City, es Soraya Montenegro de María la del Barrio,  “Mane” de Acapulco Shore, “Mónica” de El señor de los cielos, es Teresa, en teatro la encontramos todo el tiempo en el Cabaret de Tito Vasconcelos, en algunos montajes de Las Reinas Chulas, es la madre interpretada por Francisco Granados en Orégano y por supuesto la “perra” sublime y suprema que fue María Félix.

El personaje de “Tomás” se ha construido como si se tratase de una de ellas. La constancia de esta figura arquetípica y su interpretación en este montaje resulta valiosa para el crítico y bastante cómica para el espectador en la versión que presenta “Ego” de la zorra materialista cuyo máximo sueño es la fama y la obtención de favores sexuales por parte de jóvenes atractivos a cambio de un lugar en una película.  “Tomás” es el emperador de un reino de mentiras que promete ser un éxito en taquilla, el protagónico de “Ego” una perra sin la cual no funcionaría como lo hace la industria del entretenimiento. No es de extrañar que en ninguna escena le veamos la cara (aparece siempre de espaldas frente al público), para que podamos identificarlo con el “Tomás” más cercano en nuestra vida.

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Reflexiones

Enseñar desde el amor. Ideas para otra pedagogía actoral posible en México

por Ricardo Ruiz Lezama 10 agosto, 2016

I

Hace unos días se desató un escándalo en la comunidad teatral de México. Para no seguir con la dinámica de dimes y diretes solo expondré, para los que no lo sepan, que un estudiante de una escuela de actuación denunció irregularidades y abusos por parte de docentes en la institución a la que pertenecía y eso ha desatado, hasta el momento, largos estados en Facebook y discusiones cibernéticas muy interesantes e intensas que mientras tanto, y como casi siempre pasa con las redes sociales, solo han quedado en el morbo y el sensacionalismo.

No me enfrascaré en desentrañar “la verdad” de los hechos, solo utilizaré este suceso como disparador de la presente reflexión. Lo que sí señalaré es que estoy en desacuerdo con todos los que siguen con la siniestra dinámica normalizada de nuestro país en que antes que todo se culpa al denunciante. Si alguien marcha por cualquier razón, se le juzga de “huevón” que debería ponerse a trabajar, si una mujer sufre acoso sexual, se le pregunta cómo vestía. Estamos en un país en el que al parecer uno es responsable de los atropellos que se cometen en contra de su persona, por eso manifiesto que estoy en total desacuerdo con los dichos de quienes cuestionaron lo que se denunció sin ni siquiera conceder el benefició de la duda. Comentarios como: “yo conozco de quién se habla”, “por qué no lo dijo antes” e incluso la satirización de los hechos solo dan cuenta del desprecio que se tiene hacia los que alzan la voz porque con esas actitudes únicamente busca anularse algo que debería considerarse primero. Tal vez las dinámicas en las escuelas de teatro pueden y deban mejorarse.

II

Dejaré de lado el escándalo, todo lo que diré a continuación prefiero que se tome como ficción, ya que la verdad, sea cual fuere, está muy devaluada en estos tiempos, por eso elijo que se piense lo que escribo como un relato fantástico, así me ahorro que se me cuestione, que se me pidan nombres, fechas, etc. Igual con el paso del tiempo uno es una ficción de uno mismo y el recuerdo no es más que otra ficción, la de la memoria, por lo que cualquier tentativa por dar cuenta del pasado es poesía (en el mejor de los casos). No quiero hacer una cacería de brujas, quiero que pensemos en nuevas formas de construir desde el amor. ¿Y es qué no se construye desde ahí? Hablaré de mi experiencia.

Estudié en una escuela de teatro. Desde un principio se me advirtió que el teatro no era para gordos (como soy) a menos que fuera Carlos Cobos, así se me decía, muchos docentes usaron el mismo ejemplo. Nunca con la intención de ofender a Cobos, que todos quisieron mucho, sino poniéndolo como ejemplo porque era magnífico pese a estar algo pasado de peso (Como si eso fuera un problema para ser actor, pero bueno). El asunto es que ese extraordinario actor, que para siempre estará en la memoria de quienes tuvimos el placer de verlo en escena, era único entre los únicos, por eso nunca morirá. Así que yo qué podía hacer siendo simplemente un yo, así sin más. Al haber sido niño “bulleado”, aunque antes no se utilizaba ese concepto del bullying, que me dijeran que era gordo nunca hizo mella en mí. Incluso recuerdo una anécdota de un profesor que me dijo que estaba contento de que la escuela de teatro ampliara sus parámetros y ahora aceptaran a “gente como yo”, lo dijo muy sorprendido, como si fuera un extraterrestre.

Una experiencia que sí me dolió fue enterarme que un docente se haya expresado de mí como: “ese alumno que tiene cuerpo de señora”. Sí, mis pectorales eran grandes,  más parecidos a glándulas mamarías, sin duda. ¿Pero iban ahí a ayudarme a ser actor o simplemente harían esa clase de comentarios hacia mi persona? ¿O acaso la burla es parte de la formación actoral? No me dolió el comentario,  en mi adolescencia me dijeron cosas peores de las que aprendí a reírme, lo que me dolió fue darme cuenta que uno le otorgaba su vulnerabilidad física y emocional a alguien que se mofaría de tal forma.

Ya a punto de egresar y convencido de que no sería actor porque tenía “más cara de director o dramaturgo”, eufemismo para no decirme panzón directamente, nos dieron una clase docentes de otra institución, los cuales salieron hablando mal de nosotros: “como era posible que tuviéramos esos cuerpos si éramos alumnos de último año”. Una vez más se traicionaba la confianza. Es como si los psicoanalistas se reunieran a tomar unos tragos y burlarse de sus pacientes. Un estudiante de actuación no es un paciente y el teatro no necesariamente tiene una función terapéutica, pero entre los creadores teatrales se genera mucha intimidad y lo que se traicionó y me parece reprobable es esa confianza.

 Salí de la escuela bien –afortunadamente-, pero hay quienes al dejarla tuvieron que ir a terapia, quienes lloraron delante del grupo porque se había nulificado su amor propio, quienes dejaron el teatro por considerarlo un  lugar hostil. Y siempre me pregunté si existiría otra forma, pues parecía que ese era el único camino. La letra con sangre entra. Pero hoy lo cuestiono y observo que no era normal. Se dice que así es, que esa es la forma de enseñar a actuar pero en realidad lo que se ha consolidado es una especie de maltrato sistemático como método para formar actores. No por parte de todos los docentes, es cierto pero casi todos los estudiantes que conozco padecieron algún trato que ahora con distancia pueden nombrar como lo que era: abuso.

Por último compartiré algo que viví cuando entré a la escuela. Al iniciar curso los compañeros de grados superiores nos hicieron un “ritual de iniciación”; este consistía en vejaciones y maltrato por parte de ellos.  Debido a esta práctica una vez la escuela salió en el periódico a causa de una denuncia hecha ante derechos humanos. Muchos de los comentarios posteriores de la comunidad escolar fueron que la persona que hizo la denuncia “no aguantaba nada”. Y era verdad. En la escuela muchos vivieron cosas peores por parte de los docentes.

Para ejemplificar mejor mi punto recomiendo ver Whiplash. La película trata, entre muchas cosas, de un profesor de música que ejercía violencia sobre sus estudiantes. Para algunos puede sonar como una exageración pero muchos conocidos míos, estudiantes de distintas escuelas de teatro, consideran que lo que vivieron durante su educación académica fue similar a lo que muestra la película.

Me gustaría pensar que muchos de los maltratos ejercidos en el método de enseñanza por parte de varios docentes es meramente desconocimiento del daño que se infringe pero un profesor de una prestigiosa escuela de teatro que conocí me platicó que una vez había tenido problemas con un grupo,  para lo cual fue con el director para que lo orientara sobre qué hacer para controlarlos y la respuesta del director fue simple y llanamente: trátalos mal.

Todos los que estudiamos en una escuela de teatro sabemos que es duro, pero duro se ha vuelto sinónimo de maltrato sicológico y vejaciones. Dejemos de asumir que las cosas son “como son”.  En un mundo de odio, construir desde el amor no solo sería un acto de resistencia sino un acto revolucionario.

ricardo

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