Aplaudir de Pie
  • Críticas
  • Reflexiones
  • Reseñas
  • Quiénes somos
Aplaudir de Pie
  • Críticas
  • Reflexiones
  • Reseñas
  • Quiénes somos
Tag:

teatro

Reseñas

EXTASIS 9:05: un poema para el fin del mundo.

por Aplaudir de Pie 4 abril, 2017

EXTASIS 9:05: un poema para el fin del mundo.

Teatro Sensorama

Autoría y dirección: Demian Lerma y Edzna García

Ha llegado el fin del mundo y seguramente sabrías qué decirle a tus personas más cercanas, pero ¿qué te dirías a ti?

 

Es el fin del mundo  y estoy en Ciudad de México, no en mi ciudad natal ni mucho menos en mi país, estoy a más de 2000 kilómetros de distancia de mi familia y amigos, y el mundo se está acabando, no lo veo, pero lo siento, siento como las rocas chocan contra mi cuerpo,  escucho como las alarmas suenan, los gritos se escuchan cada vez más fuerte, las personas corren, huele a destrucción, sí, a destrucción porque también esta tiene aroma.

«Éxtasis» es una obra que narra por diferentes medios -se trata de una pripuesta kinestésica-  lo que sucede en México frente este apocalipsis inminente (esperemos que sólo ocurra en la imaginación de los directores). Una lluvia de meteoritos amenaza con acabar con todo lo que conocemos ahora como tierra, familia, amigos, vecinos, todo.Tengo los ojos vendados y una campana me indica que puedo destaparlos, observo a una pareja que está esperando el fin de los días, se aman físicamente,  se tocan, se sienten. Al vendarnos los ojos de nuevo, asistimos a esa danza de cuerpos, con olor a flores… siento cómo pasa por nuestra piel algo suave…

Otra vez las campanas, ahora veo una escena donde una madre trata de “engañar” a su hija para que no se dé cuenta que el fin del mundo ha llegado, le dice cuanto la ama y yo sólo puedo pensar en mi mamá que está tan lejos y que también trataría de cuidarme y evitarme cualquier sufrimiento. Cuadros aparentemente distantes muestran qué hace una pareja los últimos minutos de su vida, cómo una hija se despide de su padre por medio de una llamada telefónica sabiendo que no podrá abrazarlo una última vez, cómo afrontan algunos la idea de la muerte ya sea yendo a la selva por ejemplo, pero también nos llevan a un concierto y de paseo antes de terminar “nuestra vida”. Al final de la obra comprendemos que estos cuadros “separados” se corresponden unos a otros, configurando la obra de tal manera que construyen un mundo completo, tan fuerte que puede hacernossentir ahí, en la situación,  entrar en ella y recorrer nuestros recuerdos emocionales y así conectarnos completamente con el montaje.

Vuelvo a cubrirme los ojos, y a descubrirlos y a cubrirlos otra vez, así por dos horas más o menos, entre presenciar visualmente cuadros que están tan cerca que parece que los vives con ellos y sentir, dos horas que dediqué a sentir el teatro con mi cuerpo, con la memoria. Recordé que he vivido y que afortunadamente no era el fin del mundo y que podría volver a casa junto a mi familia y amigos en unos meses. Hay muchas formas de acercarse al teatro: verlo, leerlo, estudiarlo, hacerlo desde cualquiera de sus formas. Sensorama propone otra forma de acercarnos: desde los sentidos. Esto es importante:  detenerse a sentir en un mundo que va cada vez más rápido y donde todos somos ahora seres netamente visuales, cerrar los ojos para poder ver, recordar y vivir con el cuerpo.

En Sensorama se experimenta otro teatro, ya que dejamos de ser solo asistentes que observan lo que pasa en un escenario y pasamos a hacer parte de la obra misma gracias a nuestro cuerpo que sirve de puente entre ambos; nosotros y la obra gracias a los recuerdos que cada espectador lleva, cada uno vive una obra distinta pero que a fin de cuentas nos hacen recordar los momentos en la vida en que hemos amado,  otros en los que hemos sido felices y algunos que inevitablemente hemos sufrido.

13467416_10154927052793989_687694472_o

Verónica Valencia

estudiante de letras, clown y amante del hecho teatral

 

Reflexiones

Segundo Aniversario. Nosotros y el Teatro

por Zavel Castro 3 abril, 2017

Cumplimos dos años de compartir nuestras reflexiones en torno al fenómeno teatral, y es que Aplaudir de Pie ha nacido con la idea de ser un espacio para compartir pensamiento sobre el fenómeno teatral y ha crecido con la idea de ser parte de la comunidad artística y crítica de cualquier sitio que tenga ganas de dialogar con nosotros. Para nosotros el teatro es un convivio, por lo que se trata de compartir; rechazamos por tanto, todas las divisiones que respondan a estímulos e intereses individuales que nos separen como comunidad. Nos hermanamos así con todas las páginas de teatro independientes que han nacido antes y después de nosotros por amor al teatro. El surgimiento de los espacios independientes nos reconforta porque son una ventana de libertad que resquebraja hegemonías, escuelas de pensamiento e imperios de opinión cerrados y ortodoxos. Todos juntos somos la nueva escuela de crítica teatral. La renovación es importante. La actualización generacional también lo es.

Motivados por este ánimo de compartir estamos siempre dispuestos a debatir y conversar, a intercambiar puntos de vista enriquecedores. Es por esto que en dos años hemos expandido nuestras fronteras, ahora somos parte del mapa teatral en Buenos Aires (nuestro punto de origen), la Ciudad de México y amenazamos con llegar pronto a Medellín. Y estamos en todas partes donde el pensamiento puede ser libre –aunque es nuestro deber devenido en placer personal argumentar toda opinión-, desde nuestro sitio, pero también en Facebook, Twitter  e Instagram.  Nos llena de júbilo haber nacido en este siglo de paraísos virtuales.

Estamos felices de llegar a este punto, hemos laburado mucho para hacerle honores a nuestra pasión por el teatro, a él nos acercamos devota pero no sumisamente, nos ponemos frente a frente suyo para admirarlo sin idealizarlo porque creemos que solo así será posible comprenderlo. Es el arte más humano de todos, es complejo e imperfecto como nosotros.  Lo tratamos como un objeto de deseo fascinante,  estudiamos todo el tiempo, vamos a todas las funciones que podemos, nos preocupa entender. Lo miramos y obtenemos fotografías grandiosas, reflexionamos en torno suyo. Celebramos su existencia, reclamamos las injusticias en su contra y nos alegramos con sus logros y alcances. Seguiremos riendo, llorando, discutiendo, pensando y haciéndole fotografías al teatro, agradecidos con quienes nos han invitado a ver sus montajes y con quienes nos siguen y leen. Vamos por más todos juntos.

 

 

Zavel, Ricardo, Darío, Manya y Verónica

Reseñas

Hombres Delay

por Aplaudir de Pie 15 marzo, 2017

En un mundo que, tecnológicamente, avanza más rápido que nosotros, hay que hacer un verdadero esfuerzo por no quedarse atrás, no todos nacimos con el chip integrado; Esteban Gutiérrez lo tiene muy claro, antaño podía vivir perfectamente sin redes sociales, y con un celularcito para llamar y contestar únicamente, pero la vida le enseñó que si no estás dentro, estás fuera, no hay nada en medio.

Hombres Delay, bajo la maravillosa dirección de Gabriel Wolf, con las increíbles, divertidas e hilarantes actuaciones de Diego Carreño y Leandro Aita, nos enfrenta a la realidad de un mundo tecnológico que no acepta un no por respuesta a sus requerimientos de actualización.

El protagonista no juzga ni repudia la tecnología, simplemente, no se le da; él quisiera quedarse tranquilo, pensando en la planeación de su boda, que es bastante pronto, pero un intruso cibernético que se hace pasar por él en Facebook, le provoca abrir su propia cuenta, no sólo de Facebook, sino de Twitter, Instagram, y hasta de Snapchat.

Esto será solamente el principio del fin, conseguirá un trabajo, pero un grave malentendido provocado por azares tecnológicos, lo llevará, no sólo a quedar desempleado nuevamente, sino a cancelar su matrimonio y a decirle cosas espantosas a su suegra.

Solo, y con una casi nula posibilidad de reivindicación, Esteban deberá enfrentarse a este nuevo mundo que lo asusta e inquieta, pero mágicamente aparece una posibilidad para mejorar el panorama, un robot que postea por él cosas inteligentes y divertidas que lo hacen popular y que todas las chicas quieran salir con él, pero las cosas se tornan difíciles cuando el robot comienza a salirse de control, y a ser, tal vez, demasiado desubicado.

A cada paso que Esteban da, la tecnología le sigue demostrando que jamás serán el uno para el otro.

Diego Carreño interpreta de una forma espectacular, entrañable y tierna a este desubicado y confundido protagonista, de la mano de la también increíble, multifacética y sincera actuación de Leandro Aita, que interpreta a varios personajes que van apareciendo en la vida de Esteban.

La puesta es modesta, pero usa de una manera original y virtuosa los recursos con los que cuenta; el ambiente que genera entre los espectadores es invaluable, risas y comentarios por doquier, todo muy sincero y con amor, eso lo agradezco como público y como creadora.

Bien dice el dicho “Si no puedes contra ellos, úneteles”, y así, como Esteban, vamos todos flojitos y cooperando, trotando al ritmo de la tecnología, con nuestros tropezones y excentricidades, pero ahí vamos.

Recomendadísima.

Manya foto

Manya Loría. Dramaturga, directora de teatro y actriz

Críticas

Homo Empaticus. Civilización y barbarie

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

¿Qué puede salir mal en una sociedad cuya funcionalidad ha sido planeada con precisión y cuidado para que todo salga bien? En un futuro impreciso se ha creado un mundo que se antoja alterno, dependiente por completo de la empatía. En esta ficción que no llega a realidad ni fantasía, sino más bien a simulacro, la amabilidad es un imperativo categórico. Lo políticamente correcto se dice y se hace con el fin de no ofender a nadie. Los malos entendidos son evitados a toda costa. Se utilizan eufemismos para evadir verdades. Se diluyen también las identidades de género determinantes y condicionantes en tanto a los roles que deberían interpretar, llamándose “personas” en lugar de hombres  y mujeres.  Todo esto porque el disgusto no es una posibilidad.

La compañía TransLímite a cargo de la dirección de Cecilia Ramírez Romo, presenta la obra escrita por Rebekka Kricheldorf sumándose con esto al cuestionamiento de la sociedad ideal, para responder a través del teatro, que simplemente esto no existe, que es un ideal tan frágil como cualquiera y que se desvanece al pensarlo con calma. No es difícil comprender por qué  han decidido montar esta dramaturgia de tendencia intelectual puesto que encona a la perfección con la búsqueda que los ha caracterizado hasta ahora, su inclinación a la investigación y resignificación de los elementos que articulan la idiosincrasia de nuestro país y acaso de nuestra generación.

El  montaje responde a una estética “científica” pues es gracias a la aplicación e ingesta de ciertas “sustancias” que las personas que habitan ese mundo raro pueden combatir algunas de las reacciones naturales o instintivas, que muchas veces se configuran en lo que a partir del psicoanálisis se conoce como “mecanismos de defensa”  que podrían provocar fallas en el sistema: celos, envidia, deseos sexuales no correspondidos, apetencias no satisfechas, frustraciones a pesar de las injusticias, victimización, agresión. Todo esto queda fuera en atención de una artificialización que combate la bestialidad y el salvajismo a la que tanto temor ofrenda la idea de civilización.[1]

 homo

En esta construcción satírica y crítica, en este “mundo ideal”, tanto como en el nuestro, el sexo es el detonante de las peores conductas, sigue siendo percibido como un factor peligroso no siempre relacionado al amor y menos aún al amor libre. Si bien aquí ha logrado desprenderse de connotaciones morales no ha conseguido desaparecer la necesidad de posesión de un cuerpo por otro. Normal si tomamos en cuenta su extraordinario y algunas veces irresistible poder. Esta idea replica el mito bíblico de la manzana mordida y el despertar del deseo, la discordia que esto despierta, la vergüenza, las rivalidades. Siguiendo esta idea el sexo contendría también nuestra perdición como humanos y como sociedades si nos dejamos llevar. La sociedad ideal incluso monta una obra de teatro para representar el salvajismo de hombres y mujeres en otros tiempos, sus vicios, su sexualidad desbordada, toda la violencia de la que es capaz. Teatro dentro del teatro dentro del teatro. Mundos dentro otros.  Esta escena ha sido quizás la mejor lograda en la función a la que tuvimos oportunidad de asistir.

La reflexión de la sociedad, el discurso crítico de Kricheldorf, es puesto en carne por: Dulce Mariel, Manuel Cruz Vivas, Eugenio Rubio, Alejandro Zavaleta, Diana Sedano (en video) y -quienes merecen atención especial por sus destacadas interpretaciones- Daniela Luque y Myrna Moguel. Sus actuaciones, tanto como la disposición espacial del público en el teatro el Granero del Centro Cultural del Bosque, obliga a los espectadores a reconocerse y confrontarse en esa realidad otra que muchas veces han soñado, en ese mundo más justo cuya imposibilidad conlleva a la desesperanza. Todo puede siempre salir mal. No son los factores. No es el contexto. Es la interacción humana lo que degenera la perfección.

“Homo Empaticus” es un montaje que incita al pensamiento sin dejar de estar artísticamente bien logrado. Entretenido sin tener por ello que ser ligero. La dirección es certera. La dramaturgia impecable. Es en esta obra en la que hay que detener la mirada. Es una obra a la que hay que ir. Un trabajo por el que ha valido la pena ser espectador.

 

zavel-firma

 

 

 

[1] Esta oposición, “bestialidad/civilización” sería la idea fundamental del progreso social por lo menos desde la Edad Media. Para comprender mejor el funcionamiento dialéctico del mismo sugerimos la lectura de “Los bárbaros: ensayo sobre la mutación.” de Alessandro Baricco. Disponible en: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/los_barbaros_2.pdf (consultado por última vez el 20 de febrero de 2017).

Críticas

El apego. Crecer es aprender a despedirse

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

El teatro es un corazón abierto que nos permite entrar en él para habitar momentáneamente mundos distintos, es también unos brazos abiertos que nos reciben y nos consuelan, es un espejo en el que nos reconocemos y es una herida y un recuerdo que  duele mucho y que se abre a cada tanto para volvernos a lastimar más. Nunca es demasiado. Nunca es suficiente y pocas cosas nos hacen llorar más que reconocer las pérdidas. La invocación de la ausencia. El personaje que se evoca es más poderoso que el personaje que se ve.

Piezas dice en uno de sus raps dolientes, que crecer es aprender a despedirse. Y esto es así. Nadie dice que el camino sea fácil de andar. A veces hay que dejar ir a la gente que quisimos, a veces a las que nunca dejaremos de querer. Unos de los adioses más difíciles debe ser sin duda alguna la de los padres ¿Qué pasa cuando se van para siempre? Emiliano Dionisi, dramaturgo y director argentino de El Apego, responde con un montaje vivo que no hay más que hacer con la irremisible pérdida que llorarlas. También somos aquello que dejamos ir.

Esta obra conmueve por la verdad que transmite, por la honestidad que motivó tanto la escritura del texto  como las interpretaciones de Miguel Pérez Enciso (quien en una de las escenas nos regala una virtuosa secuencia corporal) Guillermo Revilla y Alejandro Piedras, actores mexicanos, hacen un mismo personaje, que versionan a partir de sus caracteres individuales.[1]

Lo entrañable de la obra se logra también gracias al trabajo de Tentzing Ortega, escenógrafo me iluminador y de Aldo Vázquez Yela, vestuarista. Juntos han creado un espacio que contagia sensación de hogar, creando una casita de barrio que podría ubicarse en cualquier lugar de la Argentina o México y más allá de estos confines. Es una casita en la que cualquier espectador siente que podría haber vivido, rodeada de fotografías familiares, llena de nostalgia. Lo mismo los vestuarios, que remiten a un tiempo pasado y a una clase media, elementos que rehúyen el énfasis y  la obviedad sin dejar de ser por esto fácilmente reconocibles.

El apego va sobre la ausencia de los padres y sobre el proceso que genera este vacío. La etapa de la enfermedad que suele ser la más difícil de sobrellevar, aquella que nos parece eterna y que nos cambia para siempre nuestra relación con el mundo. Cuando la vida impone el cuidado de los padres nada vuelve a ser lo mismo. Es cierto que cuidar puede ser el acto más amoroso posible, más aún cuando se tratan de los últimos días de una persona que nos cuidó durante nuestros primeros, pero como dijo Didanwy Kent[2], también puede ser un acto profundamente violento, absolutamente transgresor, pensar que sabemos exactamente qué necesita el otro e imponérselo “por su bien”.

 ¿Qué es cuidar? Pocas veces se piensa en todo lo que esto implica.  El que tiene que ser cuidado, el que pierde sus facultades para depender del otro, el que abandona todas sus fuerzas contra su voluntad se siente al mismo tiempo agradecido y humillado. Más aún cuando la relación natural se ha invertido, porque antes los padres nos han cuidado a nosotros y para ellos así debería seguir siendo. La inversión de papeles es siempre sorpresiva, ofensiva. El cuidador sacrifica su vida al que necesita de él, en este sentido ¿Quién pierde más? ¿El padre cuando cuida al hijo o el hijo cuando cuida al padre?

La obra es impactante, incluso el aplauso del público es un tanto silencioso. Las verdades paralizan. La emoción se contiene para explotar en llantos tardíos. Y es que Dionisi ha hablado de lo que no debe hablarse. Y es que el talento argentino es así, que vuelve teatro, que vuelve oro lo que toca. Nos afecta. Nos deja pensando en nuestros propios apegos y en los adioses que se adivinan.

 

 

zavel-firma

 

 

 

[1] La obra está escrita originalmente como un monólogo, pero gracias a la premura con la que tenía que realizarse el montaje (tuvieron solo 3 semanas de ensayos y director y actores nunca antes habían trabajado juntos), Dionisi adaptó el texto subdividiéndolo o desdoblando al personaje original en 3 para facilitar memorización y dirección,  complejizándolo a su vez.

[2] En una sesión del seminario otorgado por Jorge Dubatti como parte del programa del Festival Universitario de  Teatro, generador por cierto de la vinculación de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), vínculo responsable del montaje de Dionisi.

 

Reflexiones

Leer o no leer teatro

por Ricardo Ruiz Lezama 6 febrero, 2017

Hace tiempo uno de nuestros seguidores de la página comentó que no le gustaba leer teatro, nosotros le recomendamos algunos textos dramáticos e inmediatamente apareció otro seguidor para pronunciarse con una sentencia lapidaria: “El teatro no está hecho para ser leído”. Sí, esto último es cierto hasta cierto punto; si revisamos la historia del teatro podemos descubrir algo que ha permanecido casi intacto; la prioridad del teatro, su razón de ser, es el encuentro presencial. ¿Pero entonces los textos son meras reminiscencias de acontecimientos ya perdidos para siempre?

Descreo de toda afirmación absoluta en los terrenos del arte. “El teatro es…” “El teatro ‘sirve’ para…”. Por ello, por mi costumbre habitual de dudar, no me pareció convincente aquella afirmación de que el teatro no está hecho para ser leído. Quizá el teatro existe para el convivio entre personas, pero eso no significa que una dramaturgia carezca de valor propio como fenómeno artístico. Creo que el teatro leído puede brindarnos una experiencia estética, nunca capaz de sustituir la experiencia presencial, pero sí capaz de conmovernos.

Para el gran dramaturgo y maestro de dramaturgos Mauricio Kartun un texto dramático clásico es una braza que espera su oportunidad para arder nuevamente sobre la escena. Los posibilitadores de que aquella flama cobre potencia renovada pueden ser tantos, tan variados, y diversos que no podemos enlistarlos todos –de intentarlo caeríamos en la trampa de la simplificación por medio de categorías-, pero mencionaré uno para ejemplificar: el contexto puede revivir alguna dramaturgia por tener resonancias con el tiempo en que la obra fue escrita. Del mismo modo pienso que un texto dramático, no solo clásico sino también alguno que tenga potencial de vida, de ser encarnado entrañable y poderosamente, tiene la capacidad de arder en la mente y corazón de quién lo lee. Shakespeare puede ser un ejemplo de esto. Yo francamente nunca he tenido la fortuna de estar frente a una puesta en escena de Shakespeare que sea un acontecimiento, pero sus textos arden, muchas frases -aún en las traducciones-, muchas de las situaciones y conflictos planteados por el bardo son capaces estremecernos y dejarnos meditativos o eufóricos como un buen poema o una gran novela. Y sí, no es teatro propiamente dicho, pero es un suceso literario.

Es cierto que por las características del teatro, la escritura dramática es una escritura incompleta -como recuerdo haber leído que afirmaba en una entrevista del dramaturgo, director y actor argentino Rafael Spregelburd-. Es una escritura incompleta porque al estar pensada para un cuerpo y un espacio, siempre necesitará del lector una exigencia mayor pero también creo que con la práctica uno puede llegar a leer teatro fluidamente y sin dificultades, disfrutándolo e imaginando.  Con lo cual estoy a favor y recomiendo el acercamiento a la dramaturgia como una posibilidad estética. Sí, es cierto que leer teatro no es tener la experiencia del teatro pensándolo desde la idea del acontecimiento planteada por Badiou, la lectura nunca remplazará eso inexplicable que produce asistir al teatro, aquel contacto con el misterio, con aquello milagroso que nos hace volver a intentar revivir la sensación de asombro asistiendo a una función tras otra hasta recuperarlo o repetir infinidad de veces un mismo espectáculo, pero  siendo francos a veces el acontecimiento  ni  en el teatro mismo sucede y uno está en la butaca queriendo hacer zapping. Nada, ni ir al teatro ni leerlo, garantiza una experiencia trascendente, pero sin duda en la lectura de teatro algún día encontrarán alguna puerta a sensaciones nuevas y maravillosas que los harán querer repetir la experiencia.

ricardo

Reseñas

I <3 NY

por Zavel Castro 6 febrero, 2017

Dos personas se conocen en el vagón del metro en Nueva York. Se miran y se gustan. Se coquetean. Una se anima a acercarse a la otra para preguntarle su nombre. Conversan un poco y salen juntos del vagón para seguir platicando en una cafetería cercana. Ambas se encuentran de paso por esa ciudad, sólo que a una le queda menos tiempo que a la otra. Una de estas personas es árabe, otra, mexicana. Salvaguardando las diferencias culturales, las dos buscan el amor y cuando creen que lo encuentran se dedican a contarla, cada cual en su versión. Cuentan su historia a los espectadores que, como ellos, buscan también ese milagro que empieza con una coincidencia y que dura motivado por una decisión.

Respetando la convención que dicta que toda estructura debe seguir un inicio, un nudo o problema y un desenlace, estas personas se ven obligadas a sortear el problema de la distancia cuando se encuentran separados por vivir realmente en distintos países así como el de la desconfianza, porque se han tratado demasiado poco como para realmente entregarse a una relación con escasas certezas y probabilidades de éxito. Han pasado solo una buena tarde juntas. Ni siquiera una de las mejores. ¿Por qué atreverse entonces? Simplemente porque se han gustado y porque se han caído bien y eso no pasa todos los días. Tienen ganas de vivir una historia de amor. Tienen ganas de enamorarse o de creer que lo están. Y de convencer a alguien de la autenticidad de sus sentimientos. En este caso ese alguien es un público con quien comparten sus vivencias y quien termina siendo cómplice y testigo. Las interacciones con él son acertadas, los chistes caen siempre. La experiencia encuentra en él a un gran interlocutor.

Foto; Darío Castro

Foto; Darío Castro

 

Y es que todo amor es una ficción. Es una historia digna de narrarse. Todo amor es importante. Más aún en estos tiempos donde lo que se fomenta es el odio, la intolerancia, el racismo y la violencia manifiesta en cualquier forma. El amor hoy en día es uno de los mayores actos de rebeldía, uno de los más poderosos. Lo mismo que el teatro. Lo importante es ir en contra. Resistir. No dejarse vencer por aquello que impera. Desde el discurso de la política se nos aconseja el egoísmo y el ataque a todo lo que sea distinto y la otredad es infinita. Vamos hacia la guerra. Por eso más que nunca el amor vale la pena.

Es precisamente el tema de “I love NY” (el amor en estos tiempos de vacío) lo que justifica su pertinencia. Este montaje ligero, cuenta con muy poca producción, apenas dos actores, dos sillas, una pantalla  y unas cuantas imágenes que al proyectarse darán lugar a la escenografía; una prueba más de que al teatro no le hace falta demasiado ornamento para ser entretenido. Al final, el público no sabrá si lo que le han contado en el teatro sucedió en realidad. Si el amor fue posible o imaginario. Como todos.

zavel-firma

Reseñas

Angélique. Siempre vamos hacia otro lado

por Zavel Castro 5 febrero, 2017

Quienes salimos de casa para no volver más esperamos dejar en los que se quedan recuerdos que brillen cada noche cuando cierren los ojos. Queremos que piensen en nosotros y esbocen una pequeña o qué mejor una gran sonrisa. Quisiéramos dejar nuestro amor palpable por todas partes, besos entre las sábanas, abrazos por los rincones, quisiéramos también que nuestra ausencia doliera un poco, tener la certeza de que seremos inolvidables.

Angelique (3)

Foto: Darío Castro

Para emprender el eterno viaje no podemos llevar demasiado en las maletas, acaso un puñado de canciones, porque la música viaja ligera y no hay algo que contenga mejor nuestras emociones, no hay algo que mejor las comprenda. Una melodía nos regresa de manera instantánea a aquel lugar que nos hizo felices, nos hace pensar en la gente que nos significa, nos cambia el ánimo o lo profundiza, abre viejas heridas y nos consuela. Mayormente la música sirve para momentos de añoranza. Para extrañar profundamente. Suspirar y dejar ir.

Avanzamos. Somos todos migrantes, como Angélique, quien nos cuenta que ha llegado a la Ciudad de México desde Francia. Ha llegado en la década de los sesenta. En un puerto se ha despedido para siempre de su madre, ha embarcado simplemente para irse sin buscar algo en particular. Se ha ido de casa para recuperar la capacidad de sorprenderse a cada paso en un lugar que desconoce, con una cultura ajena. Ha decidido ser una extraña. Y ha querido dejar un amor tranquilo para lanzarse hacia otros inciertos. Asegura que después de ella los hombres se vuelven guapos.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

Angélique goza tanto como sufre su partida. Su peregrinar infinito. Su color de piel la expone a ser vista con la admiración que supone lo distinto, pero también con el temor que explica la intolerancia. A ser señalada por ser más oscura, como si esto en verdad marcara una diferencia. Sabe que está a la mitad de dos mundos, el que era y el que es, su lugar de origen y la ciudad donde quiere estar. Ella misma es distinta todo el tiempo, se reinventa para seguir su camino. No le da miedo decir adiós. Nos canta su historia. Nos baila. Nos cuenta chistes. Nos entretiene. Tenemos el placer de conocerla en una función de cabaret. Descubrimos en ella a una amante del placer que como tal no desconoce el hecho de que la vida es constantemente un instante irrepetible. Hoy hay. Mañana, quién sabe.  Cuando sabemos que algo se va acabar disfrutamos más los últimos minutos.

Es una mujer que no se arrepiente de nada. Pertenece a la secta de los traviesos. Nos dice que es una pecadora con experiencia. En ella habita la alegría de vivir que no se apaga ya ni con el desamor, ni con el racismo que sufre en todas partes. Sabe que hay gente que tiene más prejuicios que verdades y sigue cantando para que caigamos en su hechizo, para que creamos todo lo que nos dice aunque nos advierta toda la noche que mentir es algo que le gusta y que le sale muy bien. Es una mujer coqueta que tiene dividido el corazón y comparte con música las dos partes.  Angélique es una obra perfecta para los que andamos de un lado a otro para sufrir por lo que se ha dejado, para soñar lo que no se tiene. Para los que aún escribimos cartas. Para los que estamos a la mitad. Para los que no podemos acostumbrarnos. Para los que la vida es siempre ir más allá. Siempre hacia otro lado. Para los que amamos todas las noches como si fuera la última.

zavel-firma

 

 

Reflexiones

Stanislavski ha muerto

por Ricardo Ruiz Lezama 5 enero, 2017

I. Algunos pensamientos previos

 

Este mes en que se conmemora el nacimiento de Stanislavski me puse a pensar en mi relación con él, sus enseñanzas, sus reflexiones… Haciendo memoria, busqué y  di con este texto que escribí hace algunos años, cuando todavía era estudiante de la licenciatura en actuación. Viendo la fecha de publicación descubro con sorpresa que no pasó tanto tiempo, siento como si hubiera sido mucho más.

Surgió como propuesta de un maestro con el que tenía unas pláticas muy  enriquecedoras cada que nos encontrábamos en la cafetería de la escuela. -“Escribe algo, lo que quieras, en relación con tu experiencia como estudiante u otra cosa. Algo como nuestras pláticas” -fue su propuesta. El resultado: esta reflexión. Siempre le estaré agradecido a aquel maestro por esas inolvidables charlas y por la oportunidad y el espacio para decir lo que sentía en aquel momento. Quedé en escribirle algo más, aún sigo buscando las palabras.

No sé si hoy en día sigo tan de acuerdo con esto que escribí, es ajeno y cercano, me reconozco y no. Mucho lo discutiría, ¿o acaso justificaría? Tal vez simplemente me he vuelto menos vehemente, más correcto. Aunque ya no sé qué tanto soy el mismo, hoy le pongo mi nombre a estas palabras que en su momento se publicaron como anónimo.

II Stanislavski ha muerto[1]

 

A quién lo lea:

 

Te comparto, desconocido lector, un recuerdo. Un joven estudiante sentado en la cafetería de una escuela de teatro escuchando algo que no debería oír. Profesores y alumnos hablando mal de otros colegas y compañeros. Ese joven escucha cómo aquellos profesores y alumnos hablan mal de una obra de la escuela y dicen, además, que los estudiantes que participan en ella son lo peor que le pudo pasar al teatro. El joven no puede evitar preguntarse si sus maestros hablarán de él de esa misma manera. -Si los estudiantes somos tan malos, por qué no desaparecemos las escuelas de arte- se pregunta aquel joven estudiante.

¿Nadie se ha preguntado si las escuelas y los maestros son los que realmente no sirven para formar artistas? Mamet dice al respecto: “La educación formal para el actor no sólo es inútil, sino que es perjudicial. Acentúa el modelo académico y niega la primacía del intercambio con el público… La escuela nos enseña a obedecer y la obediencia en el teatro no os llevará a ningún sitio…”[2] ¿Por qué la culpa, entonces, se le adjudica siempre al estudiante? ¿Acaso él no va con total disposición siguiendo una promesa que no se cumplirá? No salimos artistas de la escuela de arte. Pero todos lo sabemos, maestros y alumnos (alumnos que no se auto engañan, claro), sin embargo pasamos de primero a segundo, de segundo a tercero y egresamos. Escuchamos a los maestros, no todos, hablar mal de tal o cual alumno y colega. Y no se hace nada. No se es riguroso con la verdad. Las escuelas necesitan un mínimo de estudiantes para poder funcionar (encima de para poder validarse ante el Estado). Ya lo dijo Stanislavski en su autobiografía: “Sin dotes y sin talento no se debe ir al drama. En la escuela de arte dramático no es así. Allí se hace indispensable tener un mínimo de estudiantes que pagan por sus estudios. Y no todo el mundo que paga tiene talento ni se puede convertir en actor… Pagan los que tienen menos aptitudes o los que carecen de ellas. Ellos sostienen materialmente a la escuela, mantienen a los profesores y proporcionan calefacción al piso. Y este es el resultado: para dar formación a un dotado es necesario engañar a cientos de incapaces.”[3] Pero cómo sabemos si somos un dotado en formación o un incapaz engañado. En quién confiar si los maestros no terminan de ponerse de acuerdo y para unos somos maravillosos y para otros no tenemos esperanzas, o peor aún, nos aprueban, pero luego nos enteramos que lo hacen sólo para no cargar con la responsabilidad de reprobarnos. Cómo confiar en ellos si sus juicios muchas veces se ven afectados por la empatía o antipatía que tengan hacia nosotros. En qué confiar entonces si este es, asimismo, un país en el que se aplauden nombres y no propuestas, sin olvidar que aquí la cortesía es más valiosa que la exigencia por la honestidad artística.

Egreso de la licenciatura en actuación viendo con tristeza que Stanislavski ha muerto. Salimos de la carrera sin haber logrado a veces ni un momento de verdad. Diciendo te amo en escena y apenas mostrando el más insignificante aprecio y viendo cómo todos jugamos otro juego que no es el del verdadero teatro (el juego de la verdad), sino el juego de hacer como que hacemos y sonreír complacientes aceptando nuestra mentira. A final de cuentas el público va a nuestros exámenes, se sienta y aunque se duerma se despierta para aplaudir. Nosotros hacemos como que actuamos y el público hace como que es espectador. Ese es el nuevo juego del teatro aprendido en las academias: el sinsentido y el vacío. Lo desolador de esta situación es que estas dinámicas nacidas de las escuelas se extienden al teatro profesional.  No hablo de todas las producciones del país, pero como le oí una vez a alguien: “Sí, México tiene una de las carteleras más grandes del mundo, ¿pero cuánto de ese teatro vale la pena?” ¿Desde hace cuánto que el teatro podría haber dejado de existir en nuestro país y su pérdida sólo la lloraríamos los creadores? O tal vez ni nosotros.

Stanislavski ha muerto. Las escuelas de teatro se erigen sobre su cadáver.

 

ricardo

 

 

[1] Texto publicado en la revista mensual Santo y Seña. No 22 Agosto 2014. Año 2. Pp 10-11

[2] MAMET, David. Verdadero y falso. Herejía y sentido común para el actor. Traducción: Josep Costa, Alba Editorial, colección Artes Escénicas, España, 2011, p.24.

[3] STANISLAVSKI, Konstantín. Mi vida en el arte. Traducción: Jorge Saura y Bibicharifa Jakimziánova, Alba Editorial, colección Artes Escénicas, España, 2013, p.99.

Reseñas

«Stop Kiss» La fuerza incontrolable de un beso bien mojado

por Zavel Castro 15 diciembre, 2016

¿Por qué nos preocupa tanto la vida personal de los otros? Es como si nuestra propia vida no nos bastara para entretenernos y tuviéramos que asomarnos constantemente a espiar a los vecinos para darnos de qué hablar. Estoy consciente de que ninguna vida es lo suficientemente extraordinaria como para satisfacer nuestras curiosidades y esta sed de compararnos con los otros. Estamos llenos de vacío. Sin embargo, podríamos procurar hacer algo interesante para matar el tiempo, algo, que por lo menos no se emparentara directamente con los vicios de la ociosidad y el prejuicio que nos impulsa a ver a los demás. Peor aún, a ver y a juzgarlos.

Señalamos a los otros para diferenciarnos de ellos. Somos además poco humildes y punto menos que seres despreciables. Nos valemos de cualquier excusa, cualquier postura y cualquier discurso para descalificar a los que consideramos inferiores por apartarse de lo que nosotros creemos que es “el camino correcto” (porque así nos lo han hecho creer, porque respondemos con obediencia al dogma). Nos regodeamos dejando al descubierto todo aquello que hemos determinado “sucio” (desde el discurso higienista), “pecaminoso” (desde el religioso), “monstruoso” y “anormal” (desde la cultura popular).

Este juicio recae las más de las veces en las conductas sexuales porque somos aún una sociedad altamente conservadora aunque pregonemos lo contrario. De poco ha servido la supuesta “Revolución Sexual”. No hemos sabido romper con el legado negativo del patriarcado. Somos terriblemente machistas a veces sin darnos cuenta. Aún el “primer mundo” como creemos que es Estados Unidos y una de las ciudades más importantes para Occidente Moderno: Nueva York.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

Las últimas elecciones han demostrado que el auge económico y los avances tecnológicos poco tienen que ver con la racionalidad, que ser potencia no significa que los ciudadanos que se benefician de esta posición sean culturalmente superiores, algunos son tan puritanos como desde sus orígenes, su comprensión del mundo va guiada de una cerrazón de mente impresionante. Son inflexibles, intolerantes y poderosos. Todo esto se traduce en agresiones hacia el grupo que ellos consideran ofensivo, sin más explicación que esta.

Este panorama es retratado en “Stop Kiss”, obra escrita por Diana Son, montada en su versión original para el circuito off de Broadway, y dirigida en su versión mexicana por Sebastián Sánchez Amunátegui. La historia contada a partir de la intercalación de tiempos que la dividen a manera de episodios entre tragedia y comedia ligera, narra la historia de Callie (Claudia Nin) y Sara (Alondra Pavón), dos mujeres que coinciden por casualidad en la “Gran Manzana” cuya continua convivencia deviene con el paso de los días en complicidad e intimidad. Y es que toda amistad es potencialmente una relación romántica. Se quieren, se importan, pasan tiempo juntas, se quieren, se extrañan. Son compatibles. Se atraen. La conjunción de estos factores origina –naturalmente- un beso que será interrumpido precisamente por un personaje que materializa todas las características de las sociedades retrógradas de las que hablé en un principio.[1]

Evidentemente, la relevancia del montaje, la pertinencia de contar esta historia, radica en su mensaje a favor de la tolerancia, en la aspiración (que comparto absolutamente) de que algún día “lesbiana”, en Nueva York, en la Ciudad de México y en cualquier parte, deje de ser considerado un insulto, la reivindicación de que la fuerza de un beso apunte únicamente al deseo y con suerte al amor en lugar de seguir siendo un manifiesto político. La obra reniega de los usos culposos de la carne, de tener que explicar qué hacemos, con cuántos y por qué. Es una protesta y una proclama a favor de la libertad. Que nada nos impida besar a quien quiera besarnos. En público y en privado. Que nada nos avergüence. Teatro que desinhibe, expone y reclama.

zavel-firma

[1] Resulta importantísimo reparar en la importancia de la coincidencia de que esta obra, al igual que “Un Corazón Normal” de la que hablé  en: http://aplaudirdepie.com/un-corazon-normal-una-obra-para-arrancar-prejuicios-desde-la-raiz/ proviene del circuito de Broadway y sin embargo incide perfectamente en las preocupaciones de los espectadores teatrales de la Ciudad de México. La relevancia y pertinencia son incuestionables, pero habría que preguntarnos el por qué ésta acusada preocupación por los derechos sexuales no resulta en dramaturgias propias y nacionales en lugar de recurrir a la exportación…

Newer Posts
Older Posts

TALLERES

  • Taller Virtual de Dramaturgia
  • Taller/montaje internacional de actuación en línea
  • Taller de monólogo teatral
  • Asesoría en dramaturgia
  • Cursos y talleres de dramaturgia
  • Ricardo Ruiz Lezama-Perfil y obras

Síguenos

Twitter Instagram

Entradas recientes

  • Querido Louis: Cómo convertí a las personas que amo en la prueba de que soy una buena persona*. Por Laura Cárdenas (Lalis)
  • Memorias de un Espíritu Melodramático. Por Luis Javier Maciel Paniagua
  • Respuesta a mi eterno +1 después de Nada Extraordinario. Crítica epistolar. Por Laura Cárdenas (Lalis)
  • Querida Reina Lear: crítica epistolar sobre la ingratitud y la vejez. Por Laura Cárdenas (Lalis)
  • Estimadas maestras titiriteras. Por Juan Eduardo Mateos Flores

Recomendaciones

© APLAUDIR DE PIE 2026 | PATCH NETWORKS