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Críticas

El derecho a la privacidad. De John Stuart Mill a Luis Gerardo Méndez

por Zavel Castro 5 noviembre, 2017

Desde el siglo XIX los legalistas estadounidenses debatieron sobre el derecho de la privacidad del individuo. John Stuart Mill encabezaría defensa de la libertad personal por encima de la injerencia del Estado que, sostenido en los principios puritanos que aconsejaban la vigilancia y el castigo de todo aquello considerado incorrecto o inmoral. El pensamiento de Mill, reflejado en su texto Sobre la libertad combatiría a los legalistas morales y sería una pieza fundamental para la abolición de las leyes anti obscenidad que perseguían, entre otras cosas, la posesión de material pornográfico ocurrida hasta la década de los setenta, cuando por fin se consideró que la compra y uso del porno en el ámbito doméstico era un asunto íntimo en el que la intromisión gubernamental no tenía cabida.

Todo parece indicar que los persecutores del vicio han encontrado, un siglo después, a los medios digitales como sus mejores aliados en lo que respecta a la inspección de la información de la vida privada. A través de las pantallas no hay nada parecido a la “información confidencial”, al contrario, los usuarios de teléfonos inteligentes, computadoras con tecnología de punta y navegantes de todo tipo de páginas de interacción social, entregamos cualquier cantidad de información personal para uso gubernamental sin darnos cuenta. Nadie en estos tiempos parece capaz de leer en su totalidad los “términos y condiciones” de muchas aplicaciones y dispositivos en los que literalmente firmamos un permiso para que todo lo que contengan nuestros celulares o computadores sea expuesto y resguardado en un banco de datos infinito a los que además del Estado otro tipo de usuarios y compañías sospechosas tengan acceso.

El debate sobre la libertad y el derecho a la privacidad fue puesto sobre la mesa nuevamente con el caso Edward Snowden, el ex consultor tecnológico, informante y antiguo empleado de la CIA y la NSA que reveló los secretos del espionaje por parte del gobierno contra su propio pueblo. Por cierto que Snowden puede ser considerado como una vertiente extrema del pensamiento de Stuart Mill.

Inspirados en el caso Snowden, James Graham y Josie Rourke concibieron una obra de teatro documental, que, tras probar su éxito en Londres y Nueva York, llega a México en una versión adaptada por María Renee Prudencio bajo la dirección de Francisco Franco y la producción de Tina Galindo y Claudio Carrera, con las actuaciones estelares de Diego Luna y Luis Gerardo Méndez en el papel protagónico.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

La súper producción de Ocesa ofrece un montaje dominado por la espectacularidad visual de las proyecciones en las que evidentemente no se han escatimado recursos al momento de incorporar nuevas tecnologías a la escena, con lo cual reafirmo la hipótesis que lancé en otra reflexión que cuestionaba el vínculo entre los recursos económicos y las poéticas teatrales que intentan referir o hacer uso de los medios virtuales.[1] En conclusión sí hace falta una gran inversión para conseguir incorporar estos lenguajes, especialmente de forma contundente.

La impresionante escenografía se transforma durante cada una de las escenas del “viaje” del protagonista que va desde la superficialidad del mundo a través de la pantalla hasta el interior de sí mismo. En este punto cabe decir que el personaje en términos dramáticos es bastante sencillo, poco profundo y sin mayores complejidades. Sin embargo, para su interpretación hace falta un dominio de público y carisma con las que Luis Gerardo Méndez (quien interpretó el papel del “escritor” en la función que vi) cuenta. Mismas habilidades que también distinguen al resto de los actores de la puesta: Alejandro Calva, Ana Karina Guevara, Luis Miguel Lombana, María Penella, Antonio Vega, Amanda Farah, Antón Araiza y Bernardo Benítez. Cada uno de ellos interpreta un personaje “guía”, interpretando el papel de una persona real (casi todos investigadores de la realidad virtual), compartiendo los resultados de sus investigaciones que lo obligan a reparar en el alcance y consecuencias de todo lo que hacemos en la red.

El tránsito que lleva al personaje protagónico de la virtualidad a la realidad, en la que deja de definirse como internauta para devenir de nueva cuenta en persona, revela su mayor temor, compartido con la civilización occidental actual (principalmente los millenials): mostrar vulnerabilidad. El viaje también le permite reflexionar sobre la importancia del silencio y la calma, ese “detenerse a mirar el paisaje”[2]. La obra compara pros y contras de la ficción de las redes sociales, los daños y beneficios de estar todo el tiempo “en línea”. Nunca antes en la historia había tanta información disponible sobre nosotros, sin embargo, nunca antes nos habíamos conocido tan poco. Nunca habíamos tenido tantos amigos y nunca habíamos estado tan solos.

La reflexión en la que aterriza la obra, tanto como el dispositivo escenográfico hace de esta experiencia un suceso digno de atención en la cartelera de la Ciudad de México. El público, al final, quizá tome conciencia del panóptico en el que se encuentra. De su laberinto sin salida.

Zavel

 

 

[1] Teatro y nuevas tecnologías en la Ciudad de México: http://aplaudirdepie.com/teatro-y-nuevas-tecnologias-en-la-ciudad-de-mexico/

[2] ¿Pensar de prisa o escribir con calma? La crítica “off”: http://aplaudirdepie.com/?s=pensar+de+prisa

Reseñas

Del Manantial del Corazón

por Zavel Castro 9 octubre, 2017

José Juan Meraz tiene razón al decir, que si bien tras el sismo volvimos al teatro, ya no somos los mismos. Estoy segura que muchos de nosotros nos costó trabajo regresar a ver o a dar una función. Los días que sucedieron a la catástrofe algunos dudamos sobre la función y utilidad del quehacer escénico como reconstructor social en algún nivel y sentíamos que asistir a función era innecesario y superficial. No estábamos para ningún tipo de vanidad. No había nada más importante que intentar ayudar a quienes lo necesitaban.

Sin embargo, con el paso de los días sentíamos la necesidad de regresar allí donde sentimos que pertenecemos, allí donde solemos mirar el mundo, donde nos sentimos arropados, bienvenidos y seguros. Estábamos escépticos pero nos urgía un abrazo y nunca hemos sentido mayor calidez y tranquilidad que en el teatro. Entonces, en cuanto se renovaron las actividades artísticas quisimos elegir muy bien a qué obra le entregaríamos nuestra angustia a cambio de consuelo. Afortunadamente, dimos con la obra correcta.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

 

“Del Manantial del Corazón”, escrita y dirigida por Conchi León es quizá una de las mejores obras que hemos visto para calmar el alma. Atribuimos la excelencia del montaje a la honestidad que atravesó su concepción, desarrollo y propósito. Sincera desde su origen, al no pretender imitar algún modelo como hacen tantos «creadores» tratando de ajustar sus propuestas a parámetros extranjeros que piensan como superiores o innovadores y asumir el contexto que la hizo posible, traduciéndolo y rindiéndole homenaje en cada elemento de la puesta.  Conchi, mexicana y yucateca orgullosa de sus raíces, invita al espectador a sumergirse en el universo maya que aún pervive y constituye la identidad de la región. El habla, la estética, la construcción de los personajes y la relación entre ellos, aromas, sabores, los majestuosos textiles, religiosidad, ritos, ideas y costumbres, todo está ahí tal como es, sin embellecer ni ocultar nada,  dando cuenta de una forma de vida y de una cultura rica y valiosa.

La honestidad también sostiene la trama, pues partiendo de testimonios reales, León ha escrito un viaje para tres simpáticos y conmovedores personajes femeninos en el que se maravillarán con el milagro de la vida y se enfrentarán a la amargura de la muerte. El ciclo vital relacionado con la maternidad y la pérdida de los seres queridos con el trascurso inevitable del tiempo. Nada más pertinente para estos momentos en que algunos tuvieron que despedir a sus seres amados y otros temieron no volver a verlos con la noticia de su desaparición.

 La intención del montaje es brindar un poco de alivio a todos aquellos que se quedaron con los brazos vacíos, pero también provoca que valoremos a quienes tenemos cerca. A que les digamos cuánto los queremos todas las veces que podamos y a que nos ríamos con ellos porque “reírse con alguien es otra forma de decirle que lo amas”.  En estos momentos todos necesitamos ver una obra como esta. Para seguir adelante. Para abrazar la vida. Para regresar al teatro. Para aplaudir con el corazón entre las manos.

Zavel

 

Reflexiones

Escombros

por Zavel Castro 28 septiembre, 2017

El 19 de septiembre el sismo de 7.1 grados Richter cimbró a la sociedad mexicana. La magnitud de la catástrofe demandó la participación de la comunidad artística quienes inmediatamente dispusieron sus mejores armas al servicio de los afectados. La gente de teatro, de la que hablaremos principalmente porque es a la que mejor conocemos, nos conmovió de manera especial cuando con una rapidez inusitada organizó centros de acopio de víveres, medicamentos, ropa, juguetes y todo aquello que pudiera ser útil a los afectados. Los teatreros utilizaron sus redes sociales para compartir cualquier tipo de información para ayudar a quienes lo necesitaran compartiendo las direcciones de los centros de acopio, albergues para quienes padecieron el derrumbe de sus casas o fueron desalojados de ellas por protección civil, actualizando constantemente la información sobre lo que se requería con urgencia, documentando la entrega de los donativos, publicando los datos de las líneas para depositar a la Cruz Roja y a los Topos que, junto con los ciudadanos trabajaron incansablemente para tratar de encontrar personas entre los escombros, información legal sobre seguros, pérdida de documentos, y un largo etcétera que puso de manifiesto la eficacia de las redes sociales como medios de comunicación inmediato.

Facebook, twitter e instagram fungieron como extraordinarias plataformas de solidaridad, pero también de denuncia sobre la corrupción, desvío de fondos, abusos sufridos por parte de las autoridades, las mentiras transmitidas por televisión  y la exhibición de personajes que actuaban sin humanidad ante la tragedia, como aquel titiritero cuyo primer impuso fue twittear en un tono burlón que se alegraba de que en el sismo había colapsado un barrio de la Ciudad de México en el que todos eran veganos dando a entender que de algún modo lo merecían y que incluso, estaba bien porque gracias a ello se evitaría la gentrificación. Personajes como ese y como aquellos que con humor negro compartían imágenes desafortunadas también salieron a relucir para demostrar una vez más los claroscuros de los infortunios de la vida.

Como ya hemos hablado de la parte luminosa, toca el turno de profundizar un poco sobre las imágenes y reacciones oscuras que también han surgido en el medio teatral (tanto como en otros). En primer lugar, la catástrofe produjo en algunos creadores escénicos una intempestiva necesidad de demostración que los obligaban a participar en las labores de rescate solo para exhibir esta participación a través de videos y selfies para, seguir con su vida una vez que hubieron conseguido una imagen probatoria que los pusiera de moda. No fue poco común ver fotografías y mensajes de apoyo, seguidas de trivialidades los días posteriores como si nada hubiera pasado. Sospechoso. Como si tomarse la foto en los escombros siguiera la misma lógica del lanzamiento del frapuccino unicornio.

También hubo quienes quisieron mostrar su apoyo a la solidaridad del gremio o su admiración a los rescatistas con publicaciones “cotorras” que quizá en estos momentos podríamos considerar un poco fuera de lugar. Otros aprovecharon para destacarse por medio de su talento con composiciones y creaciones artísticas a disposición de la causa, especialmente para participar en las brigadas artísticas que comenzaron a emerger como soluciones inmediatas al estrés traumático de las personas que  habitan los albergues, la mayoría de estas actividades se organizaron con las mejores intenciones pero de una manera irresponsable y desorganizada, descuidando en primer lugar, la calidad de los números de entretenimiento y la pertinencia terapéutica de los mismos.

Lo más triste de este tipo de organizaciones es que demasiado pronto pretenden diferenciarse unas de otras al grado de que en lugar de unir a la comunidad teatral (si es que existe algo medianamente parecido a esto) manifiestan el separatismo que explica la fragmentación del gremio. Las banderas que llevan a referir a los dirigentes de los centros de apoyo como “mi albergue” “mi centro de acopio” “mi teatro” impiden además la interconexión y cooperación auténtica sin etiquetas. Así como la ansiedad que lleva a los participantes a revelar una excesiva sed de protagonismo a mitad de la catástrofe. No es momento de brillar.

No puedo dejar de mencionar a los oportunistas que quisieron aprovecharse en términos comerciales de lo sucedido, tanto la mercancía que apareció de pronto con la imagen de “Frida” la perrita rescatista como con mensajes solidarios, artículos que fueron ofrecidos a la venta prometiendo donar las ganancias a los grupos de apoyo para los damnificados (¿cómo pueden demostrarlo?). Tanto como los teatros que obligan a las compañías que presentan obras en sus recintos a donar parte o el monto total de la taquilla para la causa o a dar funciones gratuitas quizás solamente para justificar su reactivación. Desconfía y acertarás.

Es necesario visibilizar las conductas para que  -tomando las palabras del historiador Alfredo Ruiz Islas- nunca perdamos de vista que la realidad siempre tiene más de un lado, que junto a la solidaridad está la avaricia, junto a la generosidad, el crimen. “No hay que perderlo de vista, que no se diga, al final, que todos los esfuerzos naufragaron en un mar de candidez.” El infierno está empedrado de buenas intenciones.

Zavel

 

 

 

 

Críticas

Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza

por Zavel Castro 29 agosto, 2017

La maternidad, como cualquier otra de nuestras ficciones con las que intentamos significar nuestro devenir, es un concepto que se ha romantizado y se ha llenado de tantos prejuicios que pareciera ser un estado ideal y extraordinario, el punto clave para la realización de cualquier mujer. Los medios de comunicación, apoyados en todo un sistema discursivo que atiende a las teorías científicas, filosóficas, legalistas, en fin todas aquellas que sujetan nuestra ideología, para exaltar lo que según nos dicen es una de las labores más arduas, desinteresadas, generosas y amorosas a las que una mujer pueda entregarse.

Poco se habla del “lado oscuro” de la maternidad, como pueden serlo los motivos pueden llevar a una mujer a pensar en desempeñarse como madre por presiones sociales o, lo que es más grave todavía, para intentar llenar un vacío dando una vida nueva, esperando que su bebé satisfaga todos sus anhelos y le dé sentido a su existencia. Esta razón, por supuesto es la que más pronto se desgasta y la mujer, al descubrir (si consigue hacerlo) que un niño no puede darle todo lo que le hace falta, sino que se trata de alguna carencia o herida más profunda, descarga todas sus frustraciones y su insatisfacción en el pequeño al que se le había atribuido la enorme responsabilidad de hacer feliz a su madre, de complacerla, de ser lo que ella quería. Por el miedo a la soledad, cuando sus hijos las dejen las madres pueden desatar conductas enfermizas (una de las más graves es el Síndrome Münchhausen)[1] que a veces suelen pasar desapercibidas al ser confundidas como “el amor de mamá”, como lo es querer obligar a sus hijos a ser lo que ellas quieren sin importarles lo que realmente son ¡Estoy realmente encantada con que esta reflexión sobre la maternidad haya sido detonada por una obra infantil!

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

“Los cuervos no se peinan. Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza” escrita por Maribel Carrasco y dirigida por Diego Montero, cabeza de la compañía Córvido Teatro, es un montaje que se aleja del afán de entretener a su público de una manera excesivamente alegre, menospreciando las capacidades intelectuales y necesidades sensitivas de los espectadores. La obra de Carrasco trata a los niños con la seriedad que merecen, comprendiendo que si bien no cuentan con la experiencia de un adulto, no por ello son menos y merecedores de espectáculos tontos.

El público infantil tiene perfectamente la capacidad para entender por empatía la complejidad de la infancia, el vínculo materno y el empezar a conocerse a uno mismo y a quererse por lo que uno es. Es en esta etapa donde se afianza la autoestima y comienza a formarse el ideal de vínculos afectivos que se perseguirá en adelante.  Es importante que los niños comprendan que está perfectamente bien ser cómo son y que no tienen que agradar ni demostrar nada a nadie, ni siquiera a mamá. También tienen que saber que está bien que algún día hagan su propio camino, que tienen que volar “ya sea con sueños o con alas” como dice el personaje de “la mujer del sombrero rojo” interpretado por Diana Becerril.

Becerril y su compañero de escena, Daryl Guadarrama, que personifica al “niño –cuervo / cuervo-niño” se lucen en sus personajes gracias a sus habilidades corporales (su entrenamiento físico es evidente en el manejo del espacio y la agilidad de movimientos), así como a la atinada dirección que ha decidido no contar más que con una banca por escenografía y un vestuario sumamente sencillo en el que destaca una bufanda roja que hace las veces del sombrero rojo, en un juego de intercambio de papeles que hace Becerril. Estas decisiones destacan el cuerpo de los actores en quien recae toda la atención y que no pueden ocultarse tras ningún elemento, son solo ellos, sus cuerpos y sus voces los que darán vida a una historia. El montaje nos recuerda una vez más que hace falta bastante poco, en lo que a producción se refiere para “hacer teatro” y que la conjunción de talentos es más que suficiente.  Una obra para niños, que no deben dejar de ver las madres.

Zavel

 

[1] Tema que trata la Obra “Münchhausen” de Lucía Vilanova: http://aplaudirdepie.com/munchhausen/

Reflexiones

¡Ahora entiendo el sold out!

por Zavel Castro 25 julio, 2017

¿Con qué autoridad aseguramos que lo que hemos convenido en llamar “teatro artístico” es siempre superior o de mejor calidad que ese otro tipo de teatro conocido como “teatro comercial”? Últimamente he tenido que enfrentarme a mis propios prejuicios sobre el quehacer escénico que me inclinaban hacia lo artístico antes que a lo comercial. Debo confesar que me he visto sorprendida por la calidad de algunas obras del circuito que antes denostaba (haciendo eco a las voces que ostentan la “alta cultura”), así como desilusionada con algunos montajes con supuestas pretensiones elevadas en cuanto a la profundidad o búsqueda.

Si hacemos caso de uno de los principios fundamentales de cualquier divertimento, encontraremos que el entretenimiento del público es, la mayoría de las veces, el principal objetivo de la puesta en escena. En este sentido podría asegurar que el teatro comercial lleva ventaja puesto que conoce bien las estrategias que pueden asegurar la atención del público, mientras que el teatro artístico tiene que arreglárselas porque su “contenido profundo” no resulte soporífero. La búsqueda por el interés de la audiencia ha provocado un fenómeno curioso: la comercialización del teatro artístico. El teatro de búsqueda que se suponía opuesto al discurso de marketing obediente al capitalismo, ha tenido que recurrir la implementación de algunos elementos del teatro con el que decía no querer tener nada en común para intentar llenar las butacas. Más allá de las promociones, descuentos, y la forma en que últimamente se promocionan unas y otras, hoy en día sería difícil algunas veces determinar qué obras del circuito artístico se defienden como tales sin recurrir a la simplificación de las tramas, la espectacularización de los diseños escenográficos y las actuaciones superficiales para mantenerse en el gusto de la gente. Tal podría ser el caso de una obra como ‘El juego de la silla” dirigida por Angélica Rogel, que se encuentra en un lugar intermedio entre “lo comercial” y “lo artístico”.

Aún así hay algo del teatro comercial auténtico que parece superar los montajes experimentales o artísticos que echan mano de sus recursos y que solo consiguen erigirse como malas imitaciones o mamarrachos que, por cierto, no llegan a gustar ni a convencer al público. Para intentar ejemplificar lo que digo, espero que baste lo siguiente: ¿Cómo es posible que una obra como ‘Parásitos’ sea más entretenida y de mejor calidad narrativa que ‘La Contradicción’? ¡Nunca antes hubiera creído que la actuación de Regina Blandón (que todos conocimos por su participación en un programa de Eugenio Derbez) me parecería mucho mejor lograda que la de Sonia Franco! Sin embargo así es. Y no es que no tengan “punto de comparación” ya que ambas obras pretenden contar una historia y divertir al público lo mejor posible. Nada más allá de esto.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

¡Ahora entiendo el sold out de las funciones de ‘Parásitos’ en La Teatrería! El éxito esta vez se debe al entretenimiento de calidad más allá de que en la obra participen actores de televisión (que tampoco es un elemento que carezca de importancia en la venta de entradas). Si solo nos basáramos en cómo nos las pasamos en función, seguiría siendo mucho mejor la experiencia que tuvimos en La Teatrería que la que tuvimos en el Centro Cultural del Bosque

¿Por qué entonces me rehúso a concederle la victoria al teatro comercial sobre el artístico? ¿Por qué me cuesta tanto trabajo ceder? Sospecho que puede deberse a la construcción social del gusto que tan bien analiza Diego Urdaneta en “La insoportable levedad del oxímoron […]”[1] respecto a la música de Ricardo Arjona y al supuesto “mal gusto”; hay algo en la música de Arjona y en el teatro comercial que conecta con el público y que los hace tener mayores ventas que aquellos que tímidamente los imitan pero escandalosamente los desprecian. Todo se debe a la justificación del gusto como construcción social, nos dejamos llevar por la mayoría de las opiniones, por el “boca en boca” que tanto daño puede hacer. Nos acostumbramos a decir y pensar, o mejor, a repetir y asumir lo dicho como cierto. Somos débiles. En nuestra sociedad, una mentira dicha muchas veces se convierte en verdad, entonces vamos por el mundo creyéndonos superiores por nuestra exquisitez que nos permite disfrutar de montajes soporíferos por la densidad de sus mensajes (todo entrecomillado muchísimas veces), solo por llevar el adjetivo “artístico” sobre otras menos pretenciosas en sus ambiciones, más honestas, las “comerciales” que solo buscan hacernos pasar un buen rato, -fórmula que por cierto dominan teatreros como Alejandro Ricaño-.

¿Y si por un momento dejamos de asumir que el teatro artístico es superior al comercial? Con la mente más abierta podemos aprender más de una valiosa lección.

 

Zavel

 

[1] “La insoportable levedad del oxímoron: Pasé una semana escuchando sólo música de Ricardo Arjona” en: https://noisey.vice.com/es_mx/article/7x9mab/la-insoportable-levedad-del-oximoron-pase-una-semana-escuchando-solo-musica-de-ricardo-arjona consultado por última vez el 23 de julio de 2017.

Reseñas

Heroínas transgresoras. El romanticismo en escena.

por Zavel Castro 14 julio, 2017

¿Qué tienen en común doña Elvira, Margarita, Mónica, Ching Ching, Charlotte, Lucía de Lammermoor y Cunegonde? Todas ellas han perdido la razón por causas distintas: por celos y despecho tras sentir la burla del seductor al que a pesar de todo no puede dejar de amar; por las bajas pasiones provocadas por las palabras zalameras de un pretendiente que la hace pecar en más de una forma hasta atraer en ella las más dolorosas desgracias, entre ellas, provocar la muerte de su madre, hermano e hijo; la explotación, el abandono,  las ansias de poder y de fama y la fragilidad mental llevada a sus máximas consecuencias tras sentir la presión de aceptar un matrimonio no deseado.

La locura de todas ellas ha sido el motivo principal de algunas de las mejores creaciones literarias recuperadas por el imaginario de la ópera y opereta bajo las excelsas inspiraciones de Mozart, Gounod, Menotti, Adams, Donizetti y Bernstein. Ahora, tenemos ocasión de disfrutar de las arias inspiradas en estos personajes femeninos en la voz e interpretación actoral de Luz Angélica Uribe, a quien el escenario recibe con los brazos abiertos pues su calidez y simpatía hacia el público con quien interactúa de manera discreta durante las funciones de “Heroínas Transgresoras”, dirigida por Emmanuel Márquez, así como sus generosos dotes musicales, le otorgan todo derecho y dominio escénico necesario para cautivar a los espectadores que acaso buscando solo entretenimiento adquirirán también, valiosos conocimientos sobre este género musical (la ópera) y sobre la psique o “naturaleza” femenina –si es que aún podemos pensar en una noción tan categórica como esta, según las constantes características representadas por la literatura romántica-. Uribe además interpreta varios instrumentos poco convencionales como el waterphone, el cromorno y el theremín.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

 

Sobre la estética del montaje quisiera subrayar la coherencia y armonía de la composición, pues todo ha sido dispuesto en alusión a las imágenes del romanticismo que numerosas representaciones pictóricas, ilustraciones y narraciones literarias han hecho llegar a nuestros tiempos; la ambientación en un teatro abandonado, los vestuarios de gala desgastados y raídos que aún dan cuenta de su anterior majestuosidad, las luces a medias, la oscuridad reinante como espejo emocional de los personajes trágicos corresponden a la época de la mayoría de las arias interpretadas. Sin embargo esto no hace de la puesta una suerte de espectáculo histórico, sino que actualiza el mensaje de la concepción de la femineidad en diversas intervenciones de Luz Angélica Uribe durante las cuales  habla brevemente de los casos de las “heroínas¨ y  reflexiona sobre la imagen de la mujer en los tiempos de la concepción de las obras, tanto como en los propios, donde según dice, muchos de los episodios no tendrían lugar porque las condiciones, frustraciones y aspiraciones ya no son las mismas.

Debido a la seriedad del tema de los asesinatos a manos de una mujer y de las fuertes impresiones que las escenas pueden ocasionar en los espectadores, se recomienda contar con   mínimo de 12 años de edad para disfrutar de la función de esta obra que es, sin lugar a dudas, un deleite musical, escénico, intelectual y sensible.

Zavel

Reseñas

Sin Misericordia

por Zavel Castro 10 julio, 2017

Una mujer en mitad del vacío se encuentra de pronto rodeada de ojos extraños. Está completamente atada por todas las mentiras que se ha contado para evadir su más profunda verdad, está impedida también por sus inseguridades y temores que no la dejan quererse tal y como es, obligándola a desear ser siempre alguien distinto: más inteligente, más guapa, mejor esposa, mejor madre, aunque sea un poco menos rebelde, un poco menos curiosa, un poco más femenina y todo lo que suele reprocharse día a día una mujer que intenta complacer sus inalcanzables expectativas, solo para sentirse aceptada y querida.

Las ataduras la lastiman y cuando intenta desprenderse de los lazos que no la dejan ser ella misma, grita su sufrimiento hacia los extraños que la escuchan pero que no pueden comprenderla. La compadecen  pero nadie hace nada. Y es que nada fuera de sí podría tranquilizarla. Ahora mismo está desesperada. Ha llegado el momento de sincerarse, de confesar aquello que no ha querido decirse porque le asusta si quiera intuirlo.

La mujer interpela al espectador, acaricia su rostro, lo mira a los ojos enfurecida, busca consuelo donde no lo hay. El extraño se altera con lo que está pasando. Ese lamento sin fin prolonga la sensación del tiempo y lo arroja a un abismo de abrumadora oscuridad. Se reconoce en los fracasos de ella, que le ha dicho que ha fracasado en sus relaciones amorosas y en su intento por comprender el mundo desde la experiencia intelectual sin prestar demasiada atención a su sensibilidad. Porque sentir es tan doloroso como querer a alguien con la generosidad que el amor precisa. Prefiere encerrarse en sí misma. Prefiere romperse y llorar cada pieza desprendida.

Situada entre el recuerdo y la locura, está mujer tiene mucho que decir y no desaprovechará la oportunidad de tener a tanta gente cerca para que puedan hacer caso de sus reproches. Aunque no hagan más que estar ahí. Eso basta. Parados a su alrededor, inmersos de una atmósfera inmisericorde, despojada como la mujer misma de todo orden y coherencia. Lejano a cualquier sensación que pueda tranquilizar a nadie que se encuentre en la misma sala que ella.

El monólogo, como un viaje despiadado desprende una de las preguntas más dolorosas que alguien pueden hacerse: ¿Eres feliz?

Zavel

Reflexiones

ALMACENADOS ¿Por qué hicieron la película?

por Zavel Castro 31 mayo, 2017

Quizás se trate de una de las reflexiones más personales que he escrito hasta ahora puesto que “Almacenados” fue sin duda una de las obras que me atrajeron al mundo del teatro. La habré visto por primera vez hace unos once años en la Ciudad de México, yendo a partir de entonces a cada función (intermitentemente) como me era posible. Recuerdo que disfrutaba tanto como ahora del carácter aurático del convivio escénico, tener allí, muy cerca a los actores y verlos construir una historia con sus cuerpos presentes era la experiencia más emocionante que podía tener.

Sentir la concentración del público y la atención con que seguían el devenir del “señor Lino”, encargado de un almacén punto menos que abandonado y de “Nin” su joven aprendiz, personajes de la obra que en mi recuerdo siempre estarán encarnados por Héctor Bonilla y su hijo Sergio –alternando alguna vez con Fernando, quien por aquellas épocas más bien se encargaba de las luces y me parece que de la dirección-, era simplemente maravilloso. Para mí era sorprendente que aquello pudiera ser tan potente con una producción más bien escasa (apenas un escritorio, un reloj checador, una escoba…), y solamente con dos actores sin necesidades efectistas para complementar la experiencia.

Sin duda alguna la magia que yo le atribuía al evento le debía mucho a las excelentes actuaciones; ver a Héctor Bonilla en escena siempre será un motivo de agradecimiento al teatro. Así como a la dramaturgia de David Desola que a través de escenas continuas aparentemente rutinarias en las que un día laboral sucedía a otro dando la sensación del lento paso del tiempo cuando este está destinado puramente a las actividades de producción económica capitalista; al sinsentido del plusvalor que muchas veces obliga al trabajador a entregarse a labores tan absurdas como redituables, nos compartía un valioso mensaje sobre la sinrazón del sistema que nos domina y termina por aniquilar nuestra personalidad como le pasaba al señor Lino, quien era, qué duda cabe el trabajador más eficaz, responsable, puntual y comprometido y a la vez el más insignificante de la cadena de producción, alguien a quien a nadie le importaba, alguien tan reemplazable que su conocimiento adquirido en veintinueve años de servicio podía transmitirse en solamente cinco días de entrenamiento a su sucesor.

Almacenados6

En fin, la historia era absurda y entrañable, la interpretación magistral de los personajes les otorgaba una profundidad que destacaba su humanidad lacerada. El público reaccionaba conmovido gracias a la condición aurática de lo que había pasado frente a sus ojos y en su compañía, porque nada genera emociones más intensas que la presencia de otra persona cuando no transmite su sentir ahí, en vivo, sin intermediarios tecnológicos, sin una pantalla que obstaculice el vínculo.

¿Cuál era la necesidad entonces de convertir esta obra de teatro vivo a una película? Evidentemente la traducción del lenguaje escénico al fílmico supone un problema considerable, que, en caso de sortearlo, como sí pudo hacerlo el mismo Desola encargado del guión de la cinta, asegura un mayor alcance, pues el cine, lo sabemos, llega a una mayor cantidad de audiencia, de tal suerte que la historia puede ser conocida por más personas que a las que puede aspirar una temporada teatral por más extensa que sea.

Aunque el guión está bien logrado, es cierto que la traducción de la obra a película hace que la historia se enfríe, hay una sensación de distancia que impide la empatía con los personajes. El público es una vez más, sometido a la pura expectación de una historia aletargada, que más que transmitir la rutina por la sucesión de los días, se prolonga innecesariamente con escenas rellenas de elementos y acciones prescindibles (los enfoques a los objetos y los desplazamientos de cámara demasiado forzados me parecieron soporíferos). En la película las actuaciones eran buenas pero nunca comparables a las del elenco de la obra; todo lo cual me obliga a preguntarme por las razones de la conversión de esta gran obra a una película bastante menor.

Aclaro que con esta reflexión no quiero declarar la superioridad del teatro sobre el cine (aunque la supongo), no quiero decir que una película sea incapaz de generar estremecimientos emotivos. Justo después de que terminé de ver “Almacenados”, entre a ver “I Daniel Blake” del director Ken Loach,  una cinta que comprueba justamente que una historia sencilla eso si con estupendas actuaciones,  puede ser absolutamente entrañable aún a través de la pantalla.

I-D-Blake

 

 

Adjudico las razones de lo fallido de la traducción de la obra Almacenados a película, así como al éxito de la película de Koach, en los motivos de la realización; los móviles de cualquier acción, esto es, las intenciones, muchas veces determinan su destino. Acaso en el caso del producto que no llegó a buen término pudiéramos encontrar como motivo principal razones económicas (que para la inserción a un circuito comercial artístico nunca son suficientes).

Acaso Desola vendió su obra para obtener mayores ganancias que las que había obtenido de las funciones de su obra no solo en México sino en muchas otras partes del mundo con distintos elencos –razón nada reprochable puesto que todos en menor o mayor medida buscamos el enriquecimiento-, pero ¿por qué no conservar por lo menos a Héctor Bonilla como el personaje protagónico? ¿Por qué arrebatarle así un personaje que había construido durante tanto tiempo? ¿Por qué dejar que la potencia de su dramaturgia se diluyera en una sala de cine medio vacía? ¿Por qué condicionar la historia a la permanencia en cartelera (muy improbable que alcance a llegar a más de un mes) ¿Será el incremento monetario suficiente paliativo para las aspiraciones artísticas que una vez  tuvo? ¿O habrá pensado en “Almacenados” desde un principio como un producto cinematográfico? Con el tiempo, haciendo las preguntas pertinentes a las personas indicadas podré comprender todos estos porqués. Por lo pronto me quedo con el hueco en el estómago y con el nudo en la garganta propios de mi incomprensión y con mis padecimientos nerviosos de la desolación al ver cómo en este caso el cine venció al teatro arruinando lo que tenía de valioso.

Zavel

Reseñas

Despojos para un lunes ¿vas a venir a la fiesta?

por Zavel Castro 6 mayo, 2017

Al ritmo de los éxitos musicales del rock & roll en español, llegamos al nuevo departamento de Eleuterio, un hombre que adivinamos no ha rozado ni por error el éxito profesional ni sentimental, quien tras su fracaso más reciente, su divorcio y la decisión de Tania (Yoshira Escárcega)  su ex mujer  por no permitirle convivir demasiado con Daniel, el pequeño hijo de ambos, se encuentra desesperado por sentirse de  nuevo merecedor del cariño y atención de los que ahora ve perdidos tras comportarse de manera irresponsable como padre y esposo.

Como uno más de sus ridículos intentos por recuperar a su familia, Eleuterio organiza una fiesta para celebrar el cumpleaños número cuatro de Daniel, sin embargo, se entera que para poder llevar a cabo la misma debe contar con la autorización de sus vecinos: Margarita (Alejandra Galván) y su hija Romina (Lizeth García), Bertha (Florencia Elvira) y Julio (Francisco Granados), todos, personajes ordinarios con necesidades afectivas insatisfechas que buscan relaciones enfermizas para dar sentido a su mediocridad. Cabe destacar la bien lograda construcción de casi todos los personajes por parte del dramaturgo Hugo Wirth,[1]  ya que es sin duda, en los caracteres de los mismos en los que recae la intensidad dramática de la trama propuesta. Más que la dinámica entre ellos, son los personajes en su accionar individual los que interesan al espectador.

Especialmente porque todos los personajes están cargados de una soledad que nos entristece en la medida en que podemos reconocerla en nosotros mismos, más allá de la pertenencia o no a su estrato social (de clase baja/media-baja) que afortunadamente, escapa de la caricaturización.[2]  Este dejo de realidad se logra también gracias a la ambientación a cargo de Edgar Mora, quien construye un complejo habitacional –casi como si se tratara de una vecindad- concentrado espacialmente en la zotehuela, donde tendrá lugar la fiesta del hijo de Eleuterio. Lugar por cierto, custodiado y envidiado por el resto de los habitantes del inmueble.

Los vecinos. Al igual que Eleuterio e incluso que Tania, fundamentalmente representan a personas solitarias que hacen de todo para ignorar ese estado que los ha acompañado tanto tiempo que ya no sabrían vivir con una disposición de ánimo distinta. Tanto los personajes como muchos de nosotros, los espectadores, nos “enamoramos” para no sentirnos solos, estamos dispuestos a hacernos amigos hasta de nuestros padres (si se dejan) con tal de sentirnos acompañados, hacemos fiestas aun cuando intuimos que el festejado no vendrá, nos drogamos, tenemos relaciones buscando quedar embarazadas para emocionarnos con el impacto de la noticia y entretenernos con el crecimiento del bebé en nuestra barriga, inflamos globos, soplamos velas, esperamos con ansiedad que llegue un solo día de la semana para permitiros ser libres, para pasar tiempo con las personas queridas a las que también lastimamos para pasar el tiempo, para forzar un vínculo. Hacemos un montón de cosas con tal de no estar a solas con nosotros mismos porque no somos suficientes. Simulamos empatía, simulamos seducción, simulamos todo lo que podemos. Pero no podemos fingir amor propio. A veces somos tan ridículos, tan insignificantes…

“Despojos para un lunes” gira entorno de la soledad, esa poderosa carga que nos trae hasta el teatro. La soledad que lleva a Eleuterio hasta lo más profundo de sí mismo, hasta ese extremo que desconoce, una oscuridad de la que no es consciente y que lo motiva a hacer lo indecible y lo impensable. A pesar del motivo principal y lejos de lo que podría pensarse, no se trata de una obra inclinada a la tragedia o al melodrama, sino de una comedia que nos invita a reírnos del desgraciado devenir de los que viven sin amor y que encubren esta carencia con una parafernalia similar a la que se despliega en una fiesta infantil de barrio. Colorida, escandalosa, precaria, vacía, repleta de risas fingidas y de carcajadas innecesarias, llena de gente que invitamos más a fuerza que con ganas… y es que a veces así es la vida.

Zavel

[1] Encontré imprecisiones en el personaje de Julio, que si bien, es interpretado por uno de actores más destacables del montaje (Francisco Granados) –siendo el otro el protagonista Rodrigo Ojeda- , refleja contradicciones inverosímiles en tanto que en principio propone a un personaje de barrio vulgar cuyos deseos sexuales se reducen a la excitación que siente por las jovencitas y que utiliza a Bertha para desahogar sus fluidos, siendo capaz para esto de mantener relaciones sexuales por un Glory Hole que improvisan en la pared que separa sus apartamentos, y que se refiere al sexo femenino con apelativos soeces y que, de pronto, sin algún indicio si quiera impreciso de que en su background pudiéramos encontrar alguna conexión literaria, Julio lanza un discurso perfectamente articulado y medianamente culto para narrar sus deseos hacia Romina. Un degenerado de cuarta categoría de pronto da un salto y deviene en poeta. No es que en la misma persona no puedan converger ambos mundos (el poético y el sexualmente explícito, yo misma escucho con el mismo ánimo a Daddy Yankee que Otis Redding o a  Schubert) sino que el personaje en su planteamiento no da pie a que en él quepa esta ambigüedad.

[2] Son personajes de barrio “reales” lejanos de los estereotipos reproducidos tantas veces por el cine mexicano de oro de los años treinta, especialmente aquellos dirigidos por Ismael Rodríguez.

Críticas

Un fin de semana dedicado ¿al amor?

por Zavel Castro 20 abril, 2017

 

Raúl Serrano dice que hay tres tipos de conflictos que sostienen la trama de cualquier obra dramática clásica –en oposición a las posmodernidades que día a día se multiplican y que con esto dificultan voluntariamente su lectura y análisis-. Los conflictos son entonces, conflicto de los personajes consigo mismos, conflicto del personaje con otro y conflicto de personaje con el mundo o con alguna entidad metafísica (algunas obras contienen a los tres). Muchas veces la problemática atraviesa por o se desencadena a partir de alguna tensión relacionada al ámbito romántico, pasional o amoroso. Es así que decimos que el amor es uno de los grandes temas del teatro, punto menos que omnipresente, recurrente y necesario como lo es en la vida cotidiana más allá de los escenarios. Especialmente (por su teatralidad implícita)  el amor expresado meramente en el deseo carnal y de posesión simbólica del otro, ya sea momentánea, que si bien no abarca la magnitud de la potencia amorosa constituye una de sus fuerzas más abrasadoras justificando cualquier impulso y, sobre todo, para el tema que nos interesa, casi cualquier resolución escénica.

En el teatro se expresa el deseo amoroso de muy distintas maneras, sin lugar a dudas las manifestaciones más acusadas dan cuenta de la ideología, fiel representante de la realidad social del sitio donde tenga lugar la representación. Dicho esto puedo intentar una aproximación a la comprensión del tratamiento que se le da al “amor” manifiesto en las preferencias carnales de un personaje, es decir, si prefiere acostarse con un personaje antes que con otro por cualquier motivo, a partir de dos obras de teatro de la cartelera de  la Ciudad de México: “El otro lado de la cama” y “Tr3s”. Ambas obras reflejarían la idea imperante sobre el amor de la clase media alta a la que pertenecen sus personajes y al mismo tiempo, los espectadores a los que van dirigidos los montajes.[1]

Me enamoré de alguien más ¿Qué importa quién es?

EL OTRO LADO 3

“El Otro lado de la Cama” escrita por David Serrano y dirigida en México por Ricardo Díaz sigue el desarrollo de una comedia de enredos, es ligera y se agiliza aún más por los números musicales con los que se acompañan las escenas relevantes de la historia de dos parejas de amigos que se intercambian sexualmente mediante traiciones (son infieles unos con otros) motivados simplemente por atracciones momentáneas. En este montaje no encontramos complejidad alguna, son simplemente personajes simpáticos (diríamos que todos los miembros del elenco tienen charming) sin mucho más que contar que con quién se acuestan y con quién andan. Un montaje superficial para pasar el rato. Mejor aún si se aprovecha la venta de bebidas alcohólicas en el teatro.

Por cierto que la historia es contada desde una óptica masculina, el peso de la narración recae en “Pedro” (Erick Elías), quien es dejado por su novia “Paola” (Tessa Ia) enseguida busca a la novia  (Camila Sodi) de su amigo (Sebastián Zurita) como una especie de venganza desviada. Esta obra se presenta sin mayor pretensión que ofrecer al público que la oportunidad de ver “actuar” a los “famosos”. La historia atrapa –pero no cautiva- de la misma manera que lo haría escuchar una conversación de amigos en algún café, en la que contaran cómo van con sus respectivas búsquedas sexuales y con mayor suerte amorosas, todos permeados de una moral conservadora que motiva al ocultamiento del deseo y a la culpa posterior a la realización del acto.

Culpa que por cierto no existe en el universo propuesto en “Tr3s” escrita y dirigida por José Alberto Gallardo. Esta obra que da tratamiento al tema amoroso también mediante las inclinaciones sexuales del personaje principal “Tom” (Harif Ovalle) a quien vemos aburrirse de su pareja actual y descargar su libido inmediatamente en “Bety” (Andrea Guerrero), ambas estudiantes mientras que él es profesor por lo que aprovecha su lugar privilegiado de poder para ejercer una seducción poco ética y bastante común. Con ninguna de ellas tiene una relación profunda ni completamente placentera. No se complementan y realmente no establecen algún vínculo significante, por lo que parece no importar. La ruptura de la relación principal produce un desequilibro pasajero – al igual que “En otro lado de la cama” que se arregla rápidamente con la sustitución de la pareja.

Aunque el lenguaje matemático empleado en “Tr3s” es por lo menos interesante, ambas obras instalan al espectador en el terreno del zapping emocional, de la dictadura del tinder y los encuentros tan esporádicos como desechables, correspondiente al amor en los tiempos posmodernos urbanos de clase media alta como decía al principio, donde todo es reemplazable, el amor es irrelevante, las historias románticas son simplonas, vacías, insustanciales, los conflictos son pretextos para pasar de un cuerpo a otro sin que esto tampoco signifique gran cosa.

Insisto entonces: el teatro da cuenta de la realidad cultural (la ideología omnipresente), ¿esto significa entonces que según ambos montajes importa más con quién nos acostamos que de quién nos enamoramos? ¿Significa que el amor ha dejado de inspirar emociones profundas para ser simplemente un vehículo de entretenimiento como cualquier otra actividad ociosa? ¿Son estos conflictos superfluos de los que nutrimos nuestro teatro? ¿Son estas ideas ramplonas las que sostienen nuestra idea del amor?

Zavel

 

 

[1] Deducción válida tras el análisis de la localización de los teatros donde se presenta, pertenencia al circuito cultural e incluso localidades de los boletos especialmente los del Foro Cultural Chapultepec donde tiene lugar “El Otro Lado de la Cama”, obra absolutamente comercial sin pretensiones artísticas, mientras que “Tres” pertenece al género atribuido por Dubatti como teatro comercial artístico, que buscaría una mayor relevancia discursiva y exigiría mejores interpretaciones.

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