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Críticas

Críticas

Ópera y teatro

por Zavel Castro 12 septiembre, 2017

Lejanos han quedado los tiempos de la especificidad que imponía barreras entre los quehaceres artísticos y los condicionaba a desarrollarse en un solo sitio. La posmodernidad facilitó la multi y transdiciplina que ahora nos permite entender la liminalidad escénica, el estado de ambigüedad y apertura que permite que las artes no sólo se mezclen (cómo se pensaba que lo haría la ópera como “arte total” uniendo en un mismo escenario artes plásticas, música y teatro), sino que se (con)fundan.

Así pues el bailarín, el actor y el cantante de ópera pueden experimentar en otros territorios sin sentirse incómodos. El territorio del artista escénico ahora está en todas partes. Podemos dar cuenta de ello con las obras que “confunden” ópera con teatro, que integran elementos de un oficio y otro sin estorbarse, más bien, complementándose. Este año hemos visto cómo el cantante de ópera no es más un huésped o un invitado, sino que pertenece perfectamente al escenario teatral con dos obras que dan cuenta del éxito de la mixtura. La primera de ellas fue “Heroínas transgresoras”[1] dirigida por Emmanuel Márquez, interpretada magistralmente por la soprano y actriz Luz Angélica Uribe y la segunda “Ópera Guau. Esta perra vida cantada” escrita y dirigida por Miguel Ángel Alvarado con las actuaciones de la soprano Dolores Menéndez, los tenores Ángel Ruiz, Aldo Estrada y Dagoberto Salas y el barítono Jesús Cozaín.

Ambos montajes, dirigidos a públicos jóvenes, apuestan por incorporar el repertorio de la ópera a tramas dramáticas, con lo que se busca poder desarrollar una historia al mismo tiempo que ofrecen a los espectadores información sobre el género musical que por mucho tiempo se ha malinterpretado como música exclusiva (y excluyente) de las altas esferas culturales. En la posmodernidad todo se ha democratizado, con ello se han diluido muchos prejuicios y se ha facilitado un doble fenómeno (recíproco): la popularización de “lo culto” y la aculturación de “lo popular”. Estos montajes representan grandes resultados de este enriquecedor proceso.

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Como ya he hablado de “Heroínas transgresoras” me gustaría comentar algunas cosas sobre “Ópera Guau”, en principio, diré que es loable la labor que se proponen y que por cierto, consiguen generando un gran convivio con la audiencia. La interacción con los espectadores es acertada desde el momento en que inicia la representación. Desde que llega, el público accede a dos universos: el de la ópera y el mundo de los perros, y entra en ellos con una facilidad que parece natural a pesar de su aparente lejanía con la música especializada y la fantasía que implica pensar en una historia contada por perros visiblemente interpretados por hombres y mujeres.

La convención se acepta de inmediato y se sigue durante toda la obra. Sin embargo, pese al esfuerzo del público por entrar en ficción y de los actores y cantantes por representar los personajes, la obra podría mejorar en términos estéticos. Vestuario y escenografía quedaron por debajo de la historia y de las interpretaciones de las arias y amenazaban con dar la impresión de que el montaje fuera de menor calidad de la que realmente tiene. Es necesario reparar en la importancia que tiene la cualidad visual de esta obra, ya que una vez que el diseño de imagen pudiera alcanzar el nivel del resto de los elementos intangibles como la dirección, la interpretación musical, las actuaciones, la improvisación, etcétera, podríamos recomendarla sin ninguna especie de reparo. Con una mejor imagen (las ideas de diseño son buenas, no así su ejecución) quizá incluso las lagunas de la dramaturgia (hay por lo menos dos escenas que no se resuelven, que podrían de hecho omitirse) serían menos evidentes, porque como espectadores tendríamos algo estéticamente agradable con el cual deleitar nuestra atención.

A pesar de estos detalles, insisto en la buena recepción que tiene la obra con su público infantil, a quienes saben mantener atentos con lo difícil que es dicha tarea en estos tiempos. Además de captar su atención se aseguran de aportarle conocimiento nuevo, de tal suerte que los niños se van del teatro sabiendo –entre otras cosas- qué es una canción napolitana, qué es un soprano, qué es la ópera, cómo se dividen las voces en este género y qué es el teatro. Aportaciones nada menores para la formación de la  cultura general de un niño.

Con “Heroínas transgresoras” y con “Ópera Guau” no me queda más que celebrar la ampliación de los horizontes de los cantantes de ópera. Se han roto las fronteras. Bienvenidos sean al teatro.

Zavel

 

[1] “Heroínas transgresoras. El romanticismo en escena” en: http://aplaudirdepie.com/heroinas-transgresoras-el-romanticismo-en-escena/

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Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza

por Zavel Castro 29 agosto, 2017

La maternidad, como cualquier otra de nuestras ficciones con las que intentamos significar nuestro devenir, es un concepto que se ha romantizado y se ha llenado de tantos prejuicios que pareciera ser un estado ideal y extraordinario, el punto clave para la realización de cualquier mujer. Los medios de comunicación, apoyados en todo un sistema discursivo que atiende a las teorías científicas, filosóficas, legalistas, en fin todas aquellas que sujetan nuestra ideología, para exaltar lo que según nos dicen es una de las labores más arduas, desinteresadas, generosas y amorosas a las que una mujer pueda entregarse.

Poco se habla del “lado oscuro” de la maternidad, como pueden serlo los motivos pueden llevar a una mujer a pensar en desempeñarse como madre por presiones sociales o, lo que es más grave todavía, para intentar llenar un vacío dando una vida nueva, esperando que su bebé satisfaga todos sus anhelos y le dé sentido a su existencia. Esta razón, por supuesto es la que más pronto se desgasta y la mujer, al descubrir (si consigue hacerlo) que un niño no puede darle todo lo que le hace falta, sino que se trata de alguna carencia o herida más profunda, descarga todas sus frustraciones y su insatisfacción en el pequeño al que se le había atribuido la enorme responsabilidad de hacer feliz a su madre, de complacerla, de ser lo que ella quería. Por el miedo a la soledad, cuando sus hijos las dejen las madres pueden desatar conductas enfermizas (una de las más graves es el Síndrome Münchhausen)[1] que a veces suelen pasar desapercibidas al ser confundidas como “el amor de mamá”, como lo es querer obligar a sus hijos a ser lo que ellas quieren sin importarles lo que realmente son ¡Estoy realmente encantada con que esta reflexión sobre la maternidad haya sido detonada por una obra infantil!

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

“Los cuervos no se peinan. Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza” escrita por Maribel Carrasco y dirigida por Diego Montero, cabeza de la compañía Córvido Teatro, es un montaje que se aleja del afán de entretener a su público de una manera excesivamente alegre, menospreciando las capacidades intelectuales y necesidades sensitivas de los espectadores. La obra de Carrasco trata a los niños con la seriedad que merecen, comprendiendo que si bien no cuentan con la experiencia de un adulto, no por ello son menos y merecedores de espectáculos tontos.

El público infantil tiene perfectamente la capacidad para entender por empatía la complejidad de la infancia, el vínculo materno y el empezar a conocerse a uno mismo y a quererse por lo que uno es. Es en esta etapa donde se afianza la autoestima y comienza a formarse el ideal de vínculos afectivos que se perseguirá en adelante.  Es importante que los niños comprendan que está perfectamente bien ser cómo son y que no tienen que agradar ni demostrar nada a nadie, ni siquiera a mamá. También tienen que saber que está bien que algún día hagan su propio camino, que tienen que volar “ya sea con sueños o con alas” como dice el personaje de “la mujer del sombrero rojo” interpretado por Diana Becerril.

Becerril y su compañero de escena, Daryl Guadarrama, que personifica al “niño –cuervo / cuervo-niño” se lucen en sus personajes gracias a sus habilidades corporales (su entrenamiento físico es evidente en el manejo del espacio y la agilidad de movimientos), así como a la atinada dirección que ha decidido no contar más que con una banca por escenografía y un vestuario sumamente sencillo en el que destaca una bufanda roja que hace las veces del sombrero rojo, en un juego de intercambio de papeles que hace Becerril. Estas decisiones destacan el cuerpo de los actores en quien recae toda la atención y que no pueden ocultarse tras ningún elemento, son solo ellos, sus cuerpos y sus voces los que darán vida a una historia. El montaje nos recuerda una vez más que hace falta bastante poco, en lo que a producción se refiere para “hacer teatro” y que la conjunción de talentos es más que suficiente.  Una obra para niños, que no deben dejar de ver las madres.

Zavel

 

[1] Tema que trata la Obra “Münchhausen” de Lucía Vilanova: http://aplaudirdepie.com/munchhausen/

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Calculando la órbita de Villoro

por Zavel Castro 10 agosto, 2017

Según los diccionarios, la palabra “órbita” tiene una doble acepción. Bien puede ser la curva que describe un cuerpo alrededor de otro en el espacio (especialmente un planeta, cometa, satélite, etcétera, como consecuencia de la acción de la fuerza de gravedad) o la cavidad del cráneo en la que se encuentra el ojo. Ambas definiciones se ajustan a nuestra comprensión de la figura de Juan Villoro en su papel como dramaturgo; sin lugar a dudas el estreno de su obra “La desobediencia de Marte” obedece a un nuevo recorrido o curva en su carrera estelar y revela su mirada, las imágenes que colecciona en sus órbitas oculares para significarlas luego con ayuda de algunos otros órganos, su indiscutible inteligencia y su sorpresivo talento para la ficción dramática.

Hablo de sorpresa porque la regla para los intelectuales a la hora de participar en la escritura de una obra de teatro parece ser el exceso de razonamiento, la necesidad de utilizar el espacio escénico para ofrecer una conferencia que exprese sus conocimientos, los datos que han memorizado de manera enciclopédica y por tanto un resultado escénico frío, tan educado como tedioso. Rompiendo con la “regla general” de los intelectuales en el teatro, el texto de Villoro resulta absolutamente eficaz para la representación, el manejo del ritmo, del diálogo, la construcción de los personajes y la progresión dramática, destacan tanto por su valor anecdótico como por el interpretativo y el metafórico. El trabajo de Villoro ha sido bien recibido por el teatro, mereciendo los aplausos función con función por las cualidades de la dramaturgia, más que por la simple reverencia a la firma del autor.

Por supuesto, esta habilidad dramatúrgica tiene mucho que ver con la comprensión del universo del teatro, del que podemos inferir, es un apasionado. No olvidemos que en su haber escénico también se encuentra otra obra alabada por la crítica, “Conferencia sobre la lluvia”. Una prueba más de su amor auténtico por el arte teatral es la paciencia que tuvo para escribir “La desobediencia de Marte” pues tal como él mismo cuenta tardó 35 años en escribirla. Esto último demuestra que no se trata de un advenedizo, de una ocurrencia o capricho sino de dedicación, paciencia y suerte. Parafraseando a Mauricio Kartun diremos que escribir una obra es un trabajo de todos los días, terminarla, una cosa fortuita.

“La desobediencia de Marte” es un texto que da cuenta de dos historias (por lo menos) concentradas en las rivalidades generacionales. Ocurriendo simultáneamente en el ámbito científico y en el teatral, el espectador atestigua la confrontación pasivo-agresiva de dos personalidades separadas por abismos temporales: el padre e hijo que a la vez son actores de la misma obra; un viejo lobo de mar que domina la técnica y que comprende el sistema del espectáculo, habiendo participado durante su larga trayectoria incluso en comerciales y el actor joven y atractivo cuya ingenuidad y “rebeldía” lo lleva a defender “el teatro por el teatro” sin prestar atención a los beneficios materiales o a la fama. Y  la disimulada antipatía entre Tycho Brahe y Johanes Kepler, científicos empírico y teórico respectivamente.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

 

En escena, los personajes del Padre-actor y de Brahe son magistralmente interpretados por Joaquín Cosío, mientras que los del hijo-actor y Johanes Kepler por José María de Tavira, que parece haber sentido una conexión inmediata con el carácter de estos, pues se adapta a la perfección a ellos, encarnándolos en todo el sentido de la palabra. El texto insinúa que el personaje del padre-actor-Brahe está inspirado en la figura punto menos que arquetípica del “Rey Lear”, mientras que el hijo-actor en el flamético “Hamlet”. Imaginando que así como su relación, el convivio entre “un hombre experimentado” y “un joven aprendiz”  estará condicionado siempre por un mutuo desprecio y la competencia sin sentido que los obliga a demostrar a cada momento “quién es mejor”.

El desprecio, la admiración, la competencia y la demostración constante también forman parte de la exquisita relación entre el crítico y el autor/director de teatro. Cada uno juzga al otro desde la oscuridad de la butaca o desde las luces del escenario. Ambos se atraen y repelen a un tiempo, luchando entre sí con sus visiones del mundo. Esta reflexión emana también de la dramaturgia, constituyéndose como otra de las lecturas posibles del instinto natural y construcción cultural que obliga a los hombres a defenderse sin haber sido atacados, justificando cualquier embate por la pura presencia del “enemigo” (el otro).

La obra es pues una conquista intelectual  y sensible para el espectador, el crítico, el dramaturgo y los intérpretes (tanto como para el diseñador escénico, Damián Ortega y el ilumnador Víctor Zapatero, que han sabido traducir en términos visuales el universo astronómico y el artificio teatral), dejando satisfechos y complacidos a todos aquellos que participan en este drama que no escatima en estímulos: ternura, suspenso, sorpresa, humor y notas nostálgicas. Una obra que prometía ser una genialidad desde su concepción y que convirtió en un deleite espectacular interplanetario.

Seguiré observando a través de mi telescopio crítico la órbita cada día más fascinante de Juan Villoro. Qué placer que una de sus lunas se encuentre otra vez en la constelación teatral.

Zavel

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Caracol y colibrí ¿de dónde viene la música?

por Zavel Castro 4 julio, 2017

Muchas veces nos sentimos desesperados por encontrar algo que, aun cuando no podamos nombrarlo, creemos que está fuera de nosotros. Queremos llenar el vacío y la angustia de vivir con estímulos externos. Desde pequeños nos acostumbramos a creer que  es necesario salir a buscar aquello que nos hará felices. Afortunadamente el teatro se encarga algunas veces de darnos consejos valiosos, tal y como lo hace “Caracol y Colibrí” de Sabina Berman escrita casi a manera de fábula para compartir la moraleja de que somos poseedores de bellísimos tesoros escondidos en nuestro interior. Dos personajes van en busca de la música que creen que sale de los instrumentos, de las manos o de la boca de un viejo sabio para descubrir que surge de un lugar más profundo.  El mensaje de la obra es necesario para niños y adultos, por lo que más que “infantil” catalogamos como “familiar” el trabajo de las compañías Laboratorio de la Máscara y los Idiotas Teatro, quienes se encargan de la escenificación del texto en la versión y dirección de Alicia Martínez Álvarez.

Cabe decir que se trata de un excelente trabajo de dirección y actuación, ya que en atención a la claridad del mensaje, es notorio el cuidadoso empeño que se ha puesto en la construcción de las máscaras que implica un trabajo principalmente corporal y gestual completo. Los actores Cristian David y Fernando Reyes Reyes y Diego Santana trabajan los personajes del caracol y del colibrí sin perder de vista nunca las características de los mismos, características que justifican la atribución de los caracteres de los personajes. La lentitud del caracol se traduce en una personalidad parsimoniosa, boba y tranquila, mientras que la agilidad del vuelo del colibrí lo presenta como acelerado, desesperado y enfebrecido.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

También es destacable el trabajo de Diego Santana en el papel del viejo sabio, encargado de enseñarle a caracol y colibrí que la música que disfrutan con delirio, es algo que más que aprender deben encontrar en su interior. Este es su tesoro. El entrañable mensaje encona visualmente en una plástica artesanal que las compañías lograron gracias a las asesorías de uno de los artistas mexicanos más grandes de los últimos tiempos, Francisco Toledo. La impronta del creador oaxaqueño es notoria en la incorporación a la escena de algunos de los elementos que caracterizan sus obras artísticas, todas ellas relacionadas con el concepto de la mexicanidad próxima al folclor. El vestuario del personaje del viejo como campesino, los materiales de las máscaras y la aparición de las semillas del maíz como detonante de la magia musical, son características propias del universo Toledano.

Este trabajo es recomendable, pues además de ofrecernos imágenes muy bien logradas, recupera la tradición cuentista mexicana y la traslada al lenguaje escénico sin mayores pretensiones, haciendo uso de una anécdota sencilla, composiciones musicales tan suaves como justas a cargo de Rubén Luengas Pasatono y buenas interpretaciones. Un trabajo que bien merece la pena ser compartido en familia, así como por todos los amantes de la música y de la artesanía popular mexicana.

 

Zavel

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Un fin de semana dedicado ¿al amor?

por Zavel Castro 20 abril, 2017

 

Raúl Serrano dice que hay tres tipos de conflictos que sostienen la trama de cualquier obra dramática clásica –en oposición a las posmodernidades que día a día se multiplican y que con esto dificultan voluntariamente su lectura y análisis-. Los conflictos son entonces, conflicto de los personajes consigo mismos, conflicto del personaje con otro y conflicto de personaje con el mundo o con alguna entidad metafísica (algunas obras contienen a los tres). Muchas veces la problemática atraviesa por o se desencadena a partir de alguna tensión relacionada al ámbito romántico, pasional o amoroso. Es así que decimos que el amor es uno de los grandes temas del teatro, punto menos que omnipresente, recurrente y necesario como lo es en la vida cotidiana más allá de los escenarios. Especialmente (por su teatralidad implícita)  el amor expresado meramente en el deseo carnal y de posesión simbólica del otro, ya sea momentánea, que si bien no abarca la magnitud de la potencia amorosa constituye una de sus fuerzas más abrasadoras justificando cualquier impulso y, sobre todo, para el tema que nos interesa, casi cualquier resolución escénica.

En el teatro se expresa el deseo amoroso de muy distintas maneras, sin lugar a dudas las manifestaciones más acusadas dan cuenta de la ideología, fiel representante de la realidad social del sitio donde tenga lugar la representación. Dicho esto puedo intentar una aproximación a la comprensión del tratamiento que se le da al “amor” manifiesto en las preferencias carnales de un personaje, es decir, si prefiere acostarse con un personaje antes que con otro por cualquier motivo, a partir de dos obras de teatro de la cartelera de  la Ciudad de México: “El otro lado de la cama” y “Tr3s”. Ambas obras reflejarían la idea imperante sobre el amor de la clase media alta a la que pertenecen sus personajes y al mismo tiempo, los espectadores a los que van dirigidos los montajes.[1]

Me enamoré de alguien más ¿Qué importa quién es?

EL OTRO LADO 3

“El Otro lado de la Cama” escrita por David Serrano y dirigida en México por Ricardo Díaz sigue el desarrollo de una comedia de enredos, es ligera y se agiliza aún más por los números musicales con los que se acompañan las escenas relevantes de la historia de dos parejas de amigos que se intercambian sexualmente mediante traiciones (son infieles unos con otros) motivados simplemente por atracciones momentáneas. En este montaje no encontramos complejidad alguna, son simplemente personajes simpáticos (diríamos que todos los miembros del elenco tienen charming) sin mucho más que contar que con quién se acuestan y con quién andan. Un montaje superficial para pasar el rato. Mejor aún si se aprovecha la venta de bebidas alcohólicas en el teatro.

Por cierto que la historia es contada desde una óptica masculina, el peso de la narración recae en “Pedro” (Erick Elías), quien es dejado por su novia “Paola” (Tessa Ia) enseguida busca a la novia  (Camila Sodi) de su amigo (Sebastián Zurita) como una especie de venganza desviada. Esta obra se presenta sin mayor pretensión que ofrecer al público que la oportunidad de ver “actuar” a los “famosos”. La historia atrapa –pero no cautiva- de la misma manera que lo haría escuchar una conversación de amigos en algún café, en la que contaran cómo van con sus respectivas búsquedas sexuales y con mayor suerte amorosas, todos permeados de una moral conservadora que motiva al ocultamiento del deseo y a la culpa posterior a la realización del acto.

Culpa que por cierto no existe en el universo propuesto en “Tr3s” escrita y dirigida por José Alberto Gallardo. Esta obra que da tratamiento al tema amoroso también mediante las inclinaciones sexuales del personaje principal “Tom” (Harif Ovalle) a quien vemos aburrirse de su pareja actual y descargar su libido inmediatamente en “Bety” (Andrea Guerrero), ambas estudiantes mientras que él es profesor por lo que aprovecha su lugar privilegiado de poder para ejercer una seducción poco ética y bastante común. Con ninguna de ellas tiene una relación profunda ni completamente placentera. No se complementan y realmente no establecen algún vínculo significante, por lo que parece no importar. La ruptura de la relación principal produce un desequilibro pasajero – al igual que “En otro lado de la cama” que se arregla rápidamente con la sustitución de la pareja.

Aunque el lenguaje matemático empleado en “Tr3s” es por lo menos interesante, ambas obras instalan al espectador en el terreno del zapping emocional, de la dictadura del tinder y los encuentros tan esporádicos como desechables, correspondiente al amor en los tiempos posmodernos urbanos de clase media alta como decía al principio, donde todo es reemplazable, el amor es irrelevante, las historias románticas son simplonas, vacías, insustanciales, los conflictos son pretextos para pasar de un cuerpo a otro sin que esto tampoco signifique gran cosa.

Insisto entonces: el teatro da cuenta de la realidad cultural (la ideología omnipresente), ¿esto significa entonces que según ambos montajes importa más con quién nos acostamos que de quién nos enamoramos? ¿Significa que el amor ha dejado de inspirar emociones profundas para ser simplemente un vehículo de entretenimiento como cualquier otra actividad ociosa? ¿Son estos conflictos superfluos de los que nutrimos nuestro teatro? ¿Son estas ideas ramplonas las que sostienen nuestra idea del amor?

Zavel

 

 

[1] Deducción válida tras el análisis de la localización de los teatros donde se presenta, pertenencia al circuito cultural e incluso localidades de los boletos especialmente los del Foro Cultural Chapultepec donde tiene lugar “El Otro Lado de la Cama”, obra absolutamente comercial sin pretensiones artísticas, mientras que “Tres” pertenece al género atribuido por Dubatti como teatro comercial artístico, que buscaría una mayor relevancia discursiva y exigiría mejores interpretaciones.

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Homo Empaticus. Civilización y barbarie

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

¿Qué puede salir mal en una sociedad cuya funcionalidad ha sido planeada con precisión y cuidado para que todo salga bien? En un futuro impreciso se ha creado un mundo que se antoja alterno, dependiente por completo de la empatía. En esta ficción que no llega a realidad ni fantasía, sino más bien a simulacro, la amabilidad es un imperativo categórico. Lo políticamente correcto se dice y se hace con el fin de no ofender a nadie. Los malos entendidos son evitados a toda costa. Se utilizan eufemismos para evadir verdades. Se diluyen también las identidades de género determinantes y condicionantes en tanto a los roles que deberían interpretar, llamándose “personas” en lugar de hombres  y mujeres.  Todo esto porque el disgusto no es una posibilidad.

La compañía TransLímite a cargo de la dirección de Cecilia Ramírez Romo, presenta la obra escrita por Rebekka Kricheldorf sumándose con esto al cuestionamiento de la sociedad ideal, para responder a través del teatro, que simplemente esto no existe, que es un ideal tan frágil como cualquiera y que se desvanece al pensarlo con calma. No es difícil comprender por qué  han decidido montar esta dramaturgia de tendencia intelectual puesto que encona a la perfección con la búsqueda que los ha caracterizado hasta ahora, su inclinación a la investigación y resignificación de los elementos que articulan la idiosincrasia de nuestro país y acaso de nuestra generación.

El  montaje responde a una estética “científica” pues es gracias a la aplicación e ingesta de ciertas “sustancias” que las personas que habitan ese mundo raro pueden combatir algunas de las reacciones naturales o instintivas, que muchas veces se configuran en lo que a partir del psicoanálisis se conoce como “mecanismos de defensa”  que podrían provocar fallas en el sistema: celos, envidia, deseos sexuales no correspondidos, apetencias no satisfechas, frustraciones a pesar de las injusticias, victimización, agresión. Todo esto queda fuera en atención de una artificialización que combate la bestialidad y el salvajismo a la que tanto temor ofrenda la idea de civilización.[1]

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En esta construcción satírica y crítica, en este “mundo ideal”, tanto como en el nuestro, el sexo es el detonante de las peores conductas, sigue siendo percibido como un factor peligroso no siempre relacionado al amor y menos aún al amor libre. Si bien aquí ha logrado desprenderse de connotaciones morales no ha conseguido desaparecer la necesidad de posesión de un cuerpo por otro. Normal si tomamos en cuenta su extraordinario y algunas veces irresistible poder. Esta idea replica el mito bíblico de la manzana mordida y el despertar del deseo, la discordia que esto despierta, la vergüenza, las rivalidades. Siguiendo esta idea el sexo contendría también nuestra perdición como humanos y como sociedades si nos dejamos llevar. La sociedad ideal incluso monta una obra de teatro para representar el salvajismo de hombres y mujeres en otros tiempos, sus vicios, su sexualidad desbordada, toda la violencia de la que es capaz. Teatro dentro del teatro dentro del teatro. Mundos dentro otros.  Esta escena ha sido quizás la mejor lograda en la función a la que tuvimos oportunidad de asistir.

La reflexión de la sociedad, el discurso crítico de Kricheldorf, es puesto en carne por: Dulce Mariel, Manuel Cruz Vivas, Eugenio Rubio, Alejandro Zavaleta, Diana Sedano (en video) y -quienes merecen atención especial por sus destacadas interpretaciones- Daniela Luque y Myrna Moguel. Sus actuaciones, tanto como la disposición espacial del público en el teatro el Granero del Centro Cultural del Bosque, obliga a los espectadores a reconocerse y confrontarse en esa realidad otra que muchas veces han soñado, en ese mundo más justo cuya imposibilidad conlleva a la desesperanza. Todo puede siempre salir mal. No son los factores. No es el contexto. Es la interacción humana lo que degenera la perfección.

“Homo Empaticus” es un montaje que incita al pensamiento sin dejar de estar artísticamente bien logrado. Entretenido sin tener por ello que ser ligero. La dirección es certera. La dramaturgia impecable. Es en esta obra en la que hay que detener la mirada. Es una obra a la que hay que ir. Un trabajo por el que ha valido la pena ser espectador.

 

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[1] Esta oposición, “bestialidad/civilización” sería la idea fundamental del progreso social por lo menos desde la Edad Media. Para comprender mejor el funcionamiento dialéctico del mismo sugerimos la lectura de “Los bárbaros: ensayo sobre la mutación.” de Alessandro Baricco. Disponible en: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/los_barbaros_2.pdf (consultado por última vez el 20 de febrero de 2017).

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El apego. Crecer es aprender a despedirse

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

El teatro es un corazón abierto que nos permite entrar en él para habitar momentáneamente mundos distintos, es también unos brazos abiertos que nos reciben y nos consuelan, es un espejo en el que nos reconocemos y es una herida y un recuerdo que  duele mucho y que se abre a cada tanto para volvernos a lastimar más. Nunca es demasiado. Nunca es suficiente y pocas cosas nos hacen llorar más que reconocer las pérdidas. La invocación de la ausencia. El personaje que se evoca es más poderoso que el personaje que se ve.

Piezas dice en uno de sus raps dolientes, que crecer es aprender a despedirse. Y esto es así. Nadie dice que el camino sea fácil de andar. A veces hay que dejar ir a la gente que quisimos, a veces a las que nunca dejaremos de querer. Unos de los adioses más difíciles debe ser sin duda alguna la de los padres ¿Qué pasa cuando se van para siempre? Emiliano Dionisi, dramaturgo y director argentino de El Apego, responde con un montaje vivo que no hay más que hacer con la irremisible pérdida que llorarlas. También somos aquello que dejamos ir.

Esta obra conmueve por la verdad que transmite, por la honestidad que motivó tanto la escritura del texto  como las interpretaciones de Miguel Pérez Enciso (quien en una de las escenas nos regala una virtuosa secuencia corporal) Guillermo Revilla y Alejandro Piedras, actores mexicanos, hacen un mismo personaje, que versionan a partir de sus caracteres individuales.[1]

Lo entrañable de la obra se logra también gracias al trabajo de Tentzing Ortega, escenógrafo me iluminador y de Aldo Vázquez Yela, vestuarista. Juntos han creado un espacio que contagia sensación de hogar, creando una casita de barrio que podría ubicarse en cualquier lugar de la Argentina o México y más allá de estos confines. Es una casita en la que cualquier espectador siente que podría haber vivido, rodeada de fotografías familiares, llena de nostalgia. Lo mismo los vestuarios, que remiten a un tiempo pasado y a una clase media, elementos que rehúyen el énfasis y  la obviedad sin dejar de ser por esto fácilmente reconocibles.

El apego va sobre la ausencia de los padres y sobre el proceso que genera este vacío. La etapa de la enfermedad que suele ser la más difícil de sobrellevar, aquella que nos parece eterna y que nos cambia para siempre nuestra relación con el mundo. Cuando la vida impone el cuidado de los padres nada vuelve a ser lo mismo. Es cierto que cuidar puede ser el acto más amoroso posible, más aún cuando se tratan de los últimos días de una persona que nos cuidó durante nuestros primeros, pero como dijo Didanwy Kent[2], también puede ser un acto profundamente violento, absolutamente transgresor, pensar que sabemos exactamente qué necesita el otro e imponérselo “por su bien”.

 ¿Qué es cuidar? Pocas veces se piensa en todo lo que esto implica.  El que tiene que ser cuidado, el que pierde sus facultades para depender del otro, el que abandona todas sus fuerzas contra su voluntad se siente al mismo tiempo agradecido y humillado. Más aún cuando la relación natural se ha invertido, porque antes los padres nos han cuidado a nosotros y para ellos así debería seguir siendo. La inversión de papeles es siempre sorpresiva, ofensiva. El cuidador sacrifica su vida al que necesita de él, en este sentido ¿Quién pierde más? ¿El padre cuando cuida al hijo o el hijo cuando cuida al padre?

La obra es impactante, incluso el aplauso del público es un tanto silencioso. Las verdades paralizan. La emoción se contiene para explotar en llantos tardíos. Y es que Dionisi ha hablado de lo que no debe hablarse. Y es que el talento argentino es así, que vuelve teatro, que vuelve oro lo que toca. Nos afecta. Nos deja pensando en nuestros propios apegos y en los adioses que se adivinan.

 

 

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[1] La obra está escrita originalmente como un monólogo, pero gracias a la premura con la que tenía que realizarse el montaje (tuvieron solo 3 semanas de ensayos y director y actores nunca antes habían trabajado juntos), Dionisi adaptó el texto subdividiéndolo o desdoblando al personaje original en 3 para facilitar memorización y dirección,  complejizándolo a su vez.

[2] En una sesión del seminario otorgado por Jorge Dubatti como parte del programa del Festival Universitario de  Teatro, generador por cierto de la vinculación de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), vínculo responsable del montaje de Dionisi.

 

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Asatia. Concierto de cuerdas en honor a la desesperanza

por Zavel Castro 6 diciembre, 2016

No cabe duda de que el mundo está pasando por una época sombría. El fallecimiento de Fidel Castro y la pérdida absoluta de los ideales revolucionarios que representaba, la victoria del Brexit en Inglaterra, la elección de Donald Trump como nuevo presidente norteamericano, y por puesto la conciencia de las incontables muertes y desapariciones, la desigualdad, la impunidad, la corrupción y la violencia descarnada que se sabe y se siente en nuestro país, impactan y justifican a las creaciones artísticas de las que no escapa el teatro. Es así que nos enfrentamos a una generación de teatristas mexicanos con poéticas sostenidas en una visión pesimista del estado de las cosas. No podía ser de otra manera.

Las propuestas de esta juventud que ha abandonado toda esperanza, devienen en dramaturgias que dan cuenta de

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

su desolación. Tal es el caso de “Asatia”, una obra del Colectivo Berenjena, dirigida por Eduardo Orozco e interpretada por él mismo en compañía de Verónica Bravo. Por cierto, este montaje está cobijado, avalado, asesorado y producido como primer proyecto de la beca de «la vaquita», apoyo económico y artístico que brinda la compañía de Teatro Independiente Vaca 35, encabezado por Damián Cervantes.  

La trama se desenvuelve de acuerdo a los cánones de las comedias románticas. En realidad se trata de una historia de amor bastante simple. Una chica con aspiraciones artísticas, dedicada más por inercia que por pasión a la música clásica, que es toda ella un cliché de lo que es ser supuestamente distinto al resto de los mortales y que se revela muy pronto como una mujer ordinaria que por creerse más sensible que quienes le rodean nunca acabó por integrarse a  ellos, de pronto conoce a un chico dedicado a disfrutar la vida, esto es, sin planes a futuro concretos, con una inclinación al mundo el arte -del que ella se siente dueña-, mucho menos acusada pero más honesta. La diferencia fundamental entre ambos personajes es la alegría de vivir que ella nunca consigue y que el conquista sin proponérselo, porque una no es lo que dice ser y el otro es auténtico.

El torpe enamoramiento ente los personajes es bastante breve pero lo suficientemente trascendente para ellos, como para sembrar una duda sobre sus respectivos caminos ¿Qué pasaría si decidieran intentar construir una historia de amor? Ella tendría que abandonar sus planes demasiado rígidos y él tendría que abandonar la contemplación y el disfrute, sumarse a las obligaciones de ella, para estar a su ritmo ¿Estarán dispuestos a arriesgarse el uno por el otro? Naturalmente, eligen tomar distancia.

 

foto: darío castro

foto: darío castro

 

La historia funciona en buena medida gracias a la escenografía, iluminación y vestuario a cargo de Natalia Sedano y Salmah Beydoun, así como a la musicalización de Chris Mckenzie. Estos elementos otorgan densidad, nutren y complejizan las escenas, nos hacen pensar que quizá entre los personajes si bien no hubo amor, por lo menos hay atisbos de romance. No hubo intimidad a pesar del sexo, pero pudieron haber sido mucho más. Porque uno no deja de pensar en el otro, no se extrañan pero se recuerdan de vez en cuando. Y esto es importante, porque el olvido en estos tiempos de sustitución inmediata, de zapping emocional, de pasar de una persona a otra es tan fácil, que es preciso querer en quien piensa en nosotros.

Los personajes, que no son más que seres llenos de vacío descubren que acaso el amor no es tan importante como para vivir por él. Al final se descubre que tan en serio van con su pesimismo que no es otra cosa que el reflejo del pensamiento de la generación de teatristas que mencionaba al inicio. Estamos frente a una comunidad artística adicta y adepta a hablar de fracaso y desamor, de todo lo que no pudo ser, de todo lo que no pudo decirse, de promesas rotas. Llevan el “no se puede” en la punta de la lengua, con coraje se lamentan, estamos a un año de conmemorar el centenario de la revolución mexicana con artistas todo menos revolucionarios, simplemente porque no hay esperanza.

“Asatia” da cuenta de nuestro teatro triste a través de la historia de la vida de una mujer que se enamora para descubrir que nada vale la pena. Frente al estado de las cosas ¿nos esperan más obras que aconsejen abandonar la vida? ¿Iremos a llorar a la butaca? ¿Estamos dispuestos a regodearnos en nuestros dolores? ¿El teatro ha dejado de ser un alivio, un descanso, un entretenimiento? ¿Qué está pasando con esta generación de teatristas desencantados de la vida? ¿No pensamos confrontar al mundo? ¿No nadaremos contra corriente? ¿Somos ahora oscuros y conformistas?  Retractamos la realidad.

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Críticas

Vivan las feas. Un divertido e inquietante manifiesto performático

por Ricardo Ruiz Lezama 3 noviembre, 2016

El teatro político en Latinoamérica ha pasado por diversos momentos a lo largo de los años. Yo alcanzo a distinguir tres etapas: una primera en donde era abiertamente político en su discurso semejando panfletos; otra en la cual la represión lo orilló a valerse de la metáfora para decir lo que no se podía; y una tercera, que es la que estamos viviendo ahora, en la que -instaurada la democracia y con el derecho a la libertad de expresión- el teatro político se está reconfigurando, cuestionándose qué tanto decir y de qué manera.

El hecho de poder expresar todo no es menor porque entonces surgen cuestionamientos fundamentales sobre el fondo y la forma. En relación con esta posibilidad de hablar tan abiertamente, sin duda el internet y las redes sociales son un gran ejemplo, lo lamentable es que expresarse en la red en muchos casos se ha vuelto más un paliativo de la indignación social que realmente una herramienta de cambio. Mirando este fenómeno me preguntaba: ¿Qué lugar ocuparía el teatro en relación con la libertad de expresión?  ¿Al poder hablar sin ambages, el teatro –como muchas veces en el caso de las redes sociales- no resultaría un lugar inofensivo o de mero espectáculo o regodeo intelectual?

Seguramente con base en lo que cada quien -de los que ahora están leyendo esto- sepa sobre  teatro, se podría llegar a algunas respuestas, y si no al menos se generarían extensos debates donde cada uno de los participantes aportarían grandes ideas para la resolución de estas cuestiones, pero nada de eso le sería de verdadera utilidad al teatro si no lo contrastamos con el fenómeno vivo de la escena; lo resultante de una discusión intelectual sin la praxis de un montaje sería simplemente letra muerta. Por ello siempre es más valioso para el teatro que aparezcan acontecimientos artísticos que desde la experiencia den luz sobre cuestiones de esta índole. En este texto hablaré de una obra que me hizo pensar en estos asuntos: Vivan las feas, escrita y dirigida por Mariela Asensio.

¿Por qué esta obra me hizo pensar sobre todo esto? En principio porque es una puesta en escena claramente feminista que reflexiona sin ambigüedad sobre cuestiones puntuales en torno a los roles de la mujer de distintas generaciones dentro de esta sociedad fundamentalmente machista. Ya sé lo que muchos de los que leyeron esto muy probablemente pensaron. “¡Qué aburrido!” ¿Por qué lo creo? Porque si yo lo hubiera leído hubiera pensado lo mismo, esto se lo adjudico a que estamos acostumbrados a que las obras con un discurso tan manifiesto son en su mayoría indisfrutables.  Lo magistral del trabajo de Asensio consiste en que supo aprovechar las posibilidades que esta época brinda en cuanto al decir francamente, generando una experiencia estéticamente contundente y para nada tranquilizadora, es decir políticamente poderosa.

Con esta obra performática que no obedece a los cánones tradicionales del teatro, y que da la sensación de ser  autorreferencial, Asensio,  crea un divertido e inquietante manifiesto feminista que no se inserta en el plano del discurso, sino que se encarna vitalmente en los cuerpos de las intérpretes, constituyéndose como un acontecimiento extraordinario e imperdible de la cartelera actual.

Paola Luttini, Melina Milone, Florencia Rozas, Josefina Pittelli y Andrea Streniz son las actrices que dan vida a esta especie de manifiesto performático, permitiendo que las palabras las atraviesen horadando en zonas tan hondas de su sensibilidad que los espectadores no podemos quedar indiferentes. Estamos frente a una comedia actuada desde la verdad y el dolor, lo cual es para mí uno de los aspectos más extraordinarios del montaje ya que nada de lo que ocurre en Vivan las feas es superficial pero esto no es sinónimo de solemnidad sino de acontecimiento.

La obra se nos muestra como una herida expuesta en donde todo es claro, estamos frente a una poética descarnada y estremecedora que permite que el discurso se trascienda a sí mismo y el yo de las actrices y la dramaturga y directora -que es casi una confesión íntima de sus miedos y dolores- se termina volviendo un claro espejo de toda la humanidad, porque todas las personas nos vemos obligadas a seguir roles e ideales de género que nos alejan de nosotros mismos y nos inducen a buscar un yo que no obedece a nuestra esencia y que posiblemente ni si quiera existe.

Vivan las feas es una obra política que ante todo es un suceso teatral. La respuesta a toda pregunta sobre el teatro –y en este caso puntual, a las que me hice al principio de este escrito-, siempre es la misma: la experiencia estética y ritual. Cuando el teatro acontece no nos queda duda de su trascendencia en todos los aspectos de la vida. En estos tiempos en donde las cosas pueden decirse sin rodeos, experiencias como Vivan las feas nos recuerdan a flor de piel el poder revolucionario y transformador del teatro.

ricardo

 

Críticas

Dos versiones de Nerium Park: Ciudad de México y Buenos Aires

por Zavel Castro 16 septiembre, 2016

Cuando un texto dramático es elegido por distintos directores para montarlo, se presenta una ocasión que el investigador teatral debe saber aprovechar en tanto que cada montaje en comparación con el otro en cuestión, manifestará con claridad sus particularidades creativas. El hecho de que además, las puestas en escena correspondan a países distintos detonará la exposición de (por lo menos) algunos rasgos característicos de la cultura teatral de dicho país. De ahí que me resulte irresistible la crítica comparada.

En esta ocasión, hablaré de dos versiones de “Nerium Park”, de Josep María Miró; una de ellas dirigida en Buenos Aires por Corina Fiorillo y actuada por Paula Ransenberg y Claudio Tolcachir en Timbre 4, mientras que la otra tiene lugar en la Ciudad de México bajo la dirección de Sebastián Sánchez Amunátegui y es interpretada por Pablo Perroni y Mariana Garza en el Foro Lucerna.

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Empezaré por las similitudes entre ambos montajes: los dos ocurren en teatros independientes, son interpretados por actores afamados y conocidos también fuera de estos circuitos, lo cual, en la mayor parte de los casos impacta positivamente en la venta de las localidades. Ambos montajes respetan la estructura narrativa de la obra que acomoda el desarrollo en una línea de tiempo convencional (de atrás hacia adelante), por lo que vemos la sucesión de los meses paralelamente a la desenvoltura de la trama que responde, tanto en la versión de Fiorillo como en la de Sánchez A., al género de suspenso.

Las diferencias son evidentes al momento de comprar la estética de cada una de ellas. Sabemos que tanto la escenografía como la iluminación son responsables de generar el ambiente de tensión que se busca. En este punto es interesante observar cómo se ha elegido colocar la mirada del espectador. En el Nerium de Timbre 4, se resolvió que se pudiese ver el living completo y seguir los desplazamientos de la pareja protagónica hacia el resto de las habitaciones, mientras que en el Foro Lucerna, sólo vemos parte del living, apenas un sillón, un cuadro, una lámpara y un tapete. A propósito me parece que al acortar la mirada del público, creando el efecto de asomarse por la mirilla, aumenta la tensión de las escenas más altas.

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Sobre la producción solo cabe decir que aparentemente la versión mexicana es quizá más costosa o mejor pulida que la versión argentina en la que el lugar no da la sensación de ser del alto nivel socioeconómico que sin embargo, se enfatiza varias veces en el texto. Esta disposición de la producción en el montaje de la Ciudad de México es notable con la utilería creada especialmente para la puesta, en los efectos de luz que apoyan la transición emocional de los personajes y en el vestuario que, a diferencia del Nerium de Buenos Aires (Paula Ransemberg utiliza en de principio a fin el mismo vestido) cambia escena tras escena.

Por supuesto, la cuestión de la escenografía y vestuario también responden a una idea del teatro: mientras que en México se procura que todo pueda verse para creerse, el público argentino está acostumbrado al ejercicio libre de la imaginación y no requiere demasiado de lo material para acceder a la ficción.[1] La importancia de lo visual en ambos casos, es notorio también en las acotaciones del tiempo. Mientras que a Paula Ransenberg le bastaba con decir de cara al público el mes en el que se encontraban, en el Nerium del Foro Lucerna, se veía proyectado en la pared del apartamento.[2]

Por último, me referiré a la generación del suspenso, que es a mí parecer uno de los géneros más difícil de lograr en el teatro. No sé si se deba a que en la versión argentina las escenas son más largas y la tensión no se sostiene con la misma fuerza con la que emerge, o a que en la mexicana los mismos efectos de luz y sonido (el grito estremecedor de Mariana Garza, la alteración auditiva sufrida por Perroni) conducen al espectador a sentir “miedo” durante y sobre todo al final de la puesta, pero me ha parecido que el Nerium Park dirigido pos Sánchez A., donde las actuaciones buscan todo el tiempo provocar una reacción visible en el espectador a diferencia de las actuaciones con mayores profundidades y sutilezas de Ransenberg y Tolcachir, ha resuelto mejor el género que nos compete esta vez.  Por supuesto, no se trata de una conclusión definitiva puesto que las investigaciones en mi caso están siempre abiertas al debate. Me gustaría seguir pensando si, como creo por ahora realmente el tipo de teatro en México es más efectista que el teatro argentino. Y si es por esta razón que la versión mexicana de la obra de Josep María Miró tuvo en este caso mejores resultados.

¿Cuál es la naturaleza del suspenso? ¿De qué depende? ¿Cómo se consigue en el teatro?

zavel-firma

 

 

[1] No es que uno sea mejor que el otro, simplemente me gusta señalarlo para intentar comprender –ya lo he dicho- la cultura teatral de cada ciudad, las formas de hacer teatro de cada lugar.

[2] Ya habíamos visto la importancia de lo visual en el teatro mexicano en la comparación que hicimos de las versiones de “Demasiado cortas las piernas”, una, dirigida por Diego Faturos en Buenos Aires y la otra, dirigida por David Gaitán en la Ciudad de México.

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