Aplaudir de Pie
  • Críticas
  • Reflexiones
  • Reseñas
  • Quiénes somos
Aplaudir de Pie
  • Críticas
  • Reflexiones
  • Reseñas
  • Quiénes somos
Autor

Zavel Castro

Zavel Castro

Historiadora. Estoy obsesionada con el fenómeno teatral.

Reflexiones

Escombros

por Zavel Castro 28 septiembre, 2017

El 19 de septiembre el sismo de 7.1 grados Richter cimbró a la sociedad mexicana. La magnitud de la catástrofe demandó la participación de la comunidad artística quienes inmediatamente dispusieron sus mejores armas al servicio de los afectados. La gente de teatro, de la que hablaremos principalmente porque es a la que mejor conocemos, nos conmovió de manera especial cuando con una rapidez inusitada organizó centros de acopio de víveres, medicamentos, ropa, juguetes y todo aquello que pudiera ser útil a los afectados. Los teatreros utilizaron sus redes sociales para compartir cualquier tipo de información para ayudar a quienes lo necesitaran compartiendo las direcciones de los centros de acopio, albergues para quienes padecieron el derrumbe de sus casas o fueron desalojados de ellas por protección civil, actualizando constantemente la información sobre lo que se requería con urgencia, documentando la entrega de los donativos, publicando los datos de las líneas para depositar a la Cruz Roja y a los Topos que, junto con los ciudadanos trabajaron incansablemente para tratar de encontrar personas entre los escombros, información legal sobre seguros, pérdida de documentos, y un largo etcétera que puso de manifiesto la eficacia de las redes sociales como medios de comunicación inmediato.

Facebook, twitter e instagram fungieron como extraordinarias plataformas de solidaridad, pero también de denuncia sobre la corrupción, desvío de fondos, abusos sufridos por parte de las autoridades, las mentiras transmitidas por televisión  y la exhibición de personajes que actuaban sin humanidad ante la tragedia, como aquel titiritero cuyo primer impuso fue twittear en un tono burlón que se alegraba de que en el sismo había colapsado un barrio de la Ciudad de México en el que todos eran veganos dando a entender que de algún modo lo merecían y que incluso, estaba bien porque gracias a ello se evitaría la gentrificación. Personajes como ese y como aquellos que con humor negro compartían imágenes desafortunadas también salieron a relucir para demostrar una vez más los claroscuros de los infortunios de la vida.

Como ya hemos hablado de la parte luminosa, toca el turno de profundizar un poco sobre las imágenes y reacciones oscuras que también han surgido en el medio teatral (tanto como en otros). En primer lugar, la catástrofe produjo en algunos creadores escénicos una intempestiva necesidad de demostración que los obligaban a participar en las labores de rescate solo para exhibir esta participación a través de videos y selfies para, seguir con su vida una vez que hubieron conseguido una imagen probatoria que los pusiera de moda. No fue poco común ver fotografías y mensajes de apoyo, seguidas de trivialidades los días posteriores como si nada hubiera pasado. Sospechoso. Como si tomarse la foto en los escombros siguiera la misma lógica del lanzamiento del frapuccino unicornio.

También hubo quienes quisieron mostrar su apoyo a la solidaridad del gremio o su admiración a los rescatistas con publicaciones “cotorras” que quizá en estos momentos podríamos considerar un poco fuera de lugar. Otros aprovecharon para destacarse por medio de su talento con composiciones y creaciones artísticas a disposición de la causa, especialmente para participar en las brigadas artísticas que comenzaron a emerger como soluciones inmediatas al estrés traumático de las personas que  habitan los albergues, la mayoría de estas actividades se organizaron con las mejores intenciones pero de una manera irresponsable y desorganizada, descuidando en primer lugar, la calidad de los números de entretenimiento y la pertinencia terapéutica de los mismos.

Lo más triste de este tipo de organizaciones es que demasiado pronto pretenden diferenciarse unas de otras al grado de que en lugar de unir a la comunidad teatral (si es que existe algo medianamente parecido a esto) manifiestan el separatismo que explica la fragmentación del gremio. Las banderas que llevan a referir a los dirigentes de los centros de apoyo como “mi albergue” “mi centro de acopio” “mi teatro” impiden además la interconexión y cooperación auténtica sin etiquetas. Así como la ansiedad que lleva a los participantes a revelar una excesiva sed de protagonismo a mitad de la catástrofe. No es momento de brillar.

No puedo dejar de mencionar a los oportunistas que quisieron aprovecharse en términos comerciales de lo sucedido, tanto la mercancía que apareció de pronto con la imagen de “Frida” la perrita rescatista como con mensajes solidarios, artículos que fueron ofrecidos a la venta prometiendo donar las ganancias a los grupos de apoyo para los damnificados (¿cómo pueden demostrarlo?). Tanto como los teatros que obligan a las compañías que presentan obras en sus recintos a donar parte o el monto total de la taquilla para la causa o a dar funciones gratuitas quizás solamente para justificar su reactivación. Desconfía y acertarás.

Es necesario visibilizar las conductas para que  -tomando las palabras del historiador Alfredo Ruiz Islas- nunca perdamos de vista que la realidad siempre tiene más de un lado, que junto a la solidaridad está la avaricia, junto a la generosidad, el crimen. “No hay que perderlo de vista, que no se diga, al final, que todos los esfuerzos naufragaron en un mar de candidez.” El infierno está empedrado de buenas intenciones.

Zavel

 

 

 

 

Críticas

El Nahual. La muerte del güerito pistachero

por Zavel Castro 12 septiembre, 2017

Carlos Talancón escribe, dirige e interpreta el monólogo “El Nahual” en el que cuenta la historia de un vendedor de pistaches asesinado por un narcomenudista que permanece en la esfera de los vivos vagando como fantasma, contando su historia tras de la nuca de algún transeúnte descuidado, él sabe que no pueden escucharlo pero lo intentará hasta el fin de los tiempos porque ese es su único consuelo.

“Lo que más nos encabrona a los muertos es no tener posibilidades de venganza” dice el vendedor de pistaches a manera de lamento, incapaz de resignarse se dirige hacia el público para hablarnos de cómo era su vida antes del asesinato y sobre qué pasó tras su muerte. La producción de la obra es intencionalmente precaria, la sencillez de los elementos justifica la poética del montaje: una silla de metal (de esas que reconocemos de los puestos de barbacoa o de reuniones familiares de clase media) colocada sobre una alfombra de primeras planas de periódicos de nota roja (Alarma, La Prensa, El Esto, El Metro). Una violinista (Adriana H. Forcada) en una esquina que con su instrumento comenta y acompaña la narración y la iluminación focalizada directamente sobre el sitio donde el protagonista pasa la mayor parte del tiempo de función (la silla) bastan para introducirnos al mundo de los barrios pobres de la Ciudad de México.

La obra comienza con el vendedor de pistaches conocido en las calles como “el güerito” (nunca sabremos su nombre real) sentado en la silla de metal, levantando las hojas de periódico y leyendo los encabezados en voz alta. Buscando la noticia de su muerte aprovecha para preguntarse ¿Cuál de todas esas notas retrata la muerte más tonta, cuál de ellas la más triste? Sin duda los títulos amarillistas le restan seriedad a las tragedias, es por eso que a los pocos minutos se cansa y prefiere narrar el mismo su historia. Sólo así dejará de sernos anónimo. Sólo así repararemos en que así como existe él hay muchos otros seres grises en los que nunca reparamos. Confiados, salimos a la calle con la seguridad de encontrar en el camino a los vendedores ambulantes que sólo interesan por su utilidad inmediata, no sabemos quiénes son, cuáles son sus sueños, cómo viven o si están enamorados. No nos interesan. Son personajes de paso, mera utilería de la vida cotidiana.

“El güerito” nos cuenta que en vida habitó un lugar conocido como “El hoyo”, alguno de esos barrios construidos al azar que escapan de toda regulación legal. Sin código postal, ni la obligación de pagar predial o algún servicio (en esos sitios todo es improvisado), en el barrio, dice, todo mundo es compadre, comadre o ahijado del vecino, y las cuentas por pagar se cobran por propia mano. No hay más sistema de justicia que la que imparten los delincuentes de los que él sería, como sabemos, víctima por un asunto que no llega a esclarecerse, quizá se trate de una confusión. “

El pistachero parece haber sido buena gente, trabajador, sincero, simpático su mayor carencia se reciente en su nivel educativo (tiene una pésima habilidad lectora y un lenguaje reducido repleto de groserías). Su vida ha sido de lo más ordinaria. Rodeado de pobreza, visible en sus jeans rotos, sus zapatos desgastados y su playera barata que lleva por estampado el escudo de Supermán, nos cuenta sobre sus primeras experiencias de “placer prohibido” en el deshuesadero de automóviles a los que todos los jóvenes iban para tener sus primeros escarceos libidinales, sobre sus aspiraciones de poeta, sobre su enamoramiento de una joven a la que nunca se atrevió a hablarle y, finalmente sobre el episodio de su muerte y cómo comenzaron a decir que era un “nahual”, un ser fantástico culpable de todas las desgracias del barrio.

Como ser maldito la muerte del nahual es entonces celebrada y su entierro consta nada más de aventarlo al basurero envuelto en una cobija. Como alma vagabunda, el pistachero fantasma revelará al público que lo único que conservan los muertos es la capacidad de dar zapes y que lo que más se extraña en la línea intermedia hacia el más allá es el deseo. La narración fluida a cargo de una actuación viva y exacta de Carlos Talancón quien hace las veces del pistachero con interrupciones en las que interpreta a otros personajes (la madrina, los vecinos, “el pipis”, etcétera), deviene en un retrato sobre ese sector social olvidado, omitido, en portavoz de los seres anónimos cuya vida transcurre junto a la nuestra. “El Nahual” repara en la seriedad de la muerte de todas esas personas sin nombre y con rostro desdibujado, es pues un gran trabajo de dignificación de los seres marginados que nos complace recomendar.

Zavel

Críticas

Ópera y teatro

por Zavel Castro 12 septiembre, 2017

Lejanos han quedado los tiempos de la especificidad que imponía barreras entre los quehaceres artísticos y los condicionaba a desarrollarse en un solo sitio. La posmodernidad facilitó la multi y transdiciplina que ahora nos permite entender la liminalidad escénica, el estado de ambigüedad y apertura que permite que las artes no sólo se mezclen (cómo se pensaba que lo haría la ópera como “arte total” uniendo en un mismo escenario artes plásticas, música y teatro), sino que se (con)fundan.

Así pues el bailarín, el actor y el cantante de ópera pueden experimentar en otros territorios sin sentirse incómodos. El territorio del artista escénico ahora está en todas partes. Podemos dar cuenta de ello con las obras que “confunden” ópera con teatro, que integran elementos de un oficio y otro sin estorbarse, más bien, complementándose. Este año hemos visto cómo el cantante de ópera no es más un huésped o un invitado, sino que pertenece perfectamente al escenario teatral con dos obras que dan cuenta del éxito de la mixtura. La primera de ellas fue “Heroínas transgresoras”[1] dirigida por Emmanuel Márquez, interpretada magistralmente por la soprano y actriz Luz Angélica Uribe y la segunda “Ópera Guau. Esta perra vida cantada” escrita y dirigida por Miguel Ángel Alvarado con las actuaciones de la soprano Dolores Menéndez, los tenores Ángel Ruiz, Aldo Estrada y Dagoberto Salas y el barítono Jesús Cozaín.

Ambos montajes, dirigidos a públicos jóvenes, apuestan por incorporar el repertorio de la ópera a tramas dramáticas, con lo que se busca poder desarrollar una historia al mismo tiempo que ofrecen a los espectadores información sobre el género musical que por mucho tiempo se ha malinterpretado como música exclusiva (y excluyente) de las altas esferas culturales. En la posmodernidad todo se ha democratizado, con ello se han diluido muchos prejuicios y se ha facilitado un doble fenómeno (recíproco): la popularización de “lo culto” y la aculturación de “lo popular”. Estos montajes representan grandes resultados de este enriquecedor proceso.

03092017-_MG_8420

Como ya he hablado de “Heroínas transgresoras” me gustaría comentar algunas cosas sobre “Ópera Guau”, en principio, diré que es loable la labor que se proponen y que por cierto, consiguen generando un gran convivio con la audiencia. La interacción con los espectadores es acertada desde el momento en que inicia la representación. Desde que llega, el público accede a dos universos: el de la ópera y el mundo de los perros, y entra en ellos con una facilidad que parece natural a pesar de su aparente lejanía con la música especializada y la fantasía que implica pensar en una historia contada por perros visiblemente interpretados por hombres y mujeres.

La convención se acepta de inmediato y se sigue durante toda la obra. Sin embargo, pese al esfuerzo del público por entrar en ficción y de los actores y cantantes por representar los personajes, la obra podría mejorar en términos estéticos. Vestuario y escenografía quedaron por debajo de la historia y de las interpretaciones de las arias y amenazaban con dar la impresión de que el montaje fuera de menor calidad de la que realmente tiene. Es necesario reparar en la importancia que tiene la cualidad visual de esta obra, ya que una vez que el diseño de imagen pudiera alcanzar el nivel del resto de los elementos intangibles como la dirección, la interpretación musical, las actuaciones, la improvisación, etcétera, podríamos recomendarla sin ninguna especie de reparo. Con una mejor imagen (las ideas de diseño son buenas, no así su ejecución) quizá incluso las lagunas de la dramaturgia (hay por lo menos dos escenas que no se resuelven, que podrían de hecho omitirse) serían menos evidentes, porque como espectadores tendríamos algo estéticamente agradable con el cual deleitar nuestra atención.

A pesar de estos detalles, insisto en la buena recepción que tiene la obra con su público infantil, a quienes saben mantener atentos con lo difícil que es dicha tarea en estos tiempos. Además de captar su atención se aseguran de aportarle conocimiento nuevo, de tal suerte que los niños se van del teatro sabiendo –entre otras cosas- qué es una canción napolitana, qué es un soprano, qué es la ópera, cómo se dividen las voces en este género y qué es el teatro. Aportaciones nada menores para la formación de la  cultura general de un niño.

Con “Heroínas transgresoras” y con “Ópera Guau” no me queda más que celebrar la ampliación de los horizontes de los cantantes de ópera. Se han roto las fronteras. Bienvenidos sean al teatro.

Zavel

 

[1] “Heroínas transgresoras. El romanticismo en escena” en: http://aplaudirdepie.com/heroinas-transgresoras-el-romanticismo-en-escena/

Críticas

Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza

por Zavel Castro 29 agosto, 2017

La maternidad, como cualquier otra de nuestras ficciones con las que intentamos significar nuestro devenir, es un concepto que se ha romantizado y se ha llenado de tantos prejuicios que pareciera ser un estado ideal y extraordinario, el punto clave para la realización de cualquier mujer. Los medios de comunicación, apoyados en todo un sistema discursivo que atiende a las teorías científicas, filosóficas, legalistas, en fin todas aquellas que sujetan nuestra ideología, para exaltar lo que según nos dicen es una de las labores más arduas, desinteresadas, generosas y amorosas a las que una mujer pueda entregarse.

Poco se habla del “lado oscuro” de la maternidad, como pueden serlo los motivos pueden llevar a una mujer a pensar en desempeñarse como madre por presiones sociales o, lo que es más grave todavía, para intentar llenar un vacío dando una vida nueva, esperando que su bebé satisfaga todos sus anhelos y le dé sentido a su existencia. Esta razón, por supuesto es la que más pronto se desgasta y la mujer, al descubrir (si consigue hacerlo) que un niño no puede darle todo lo que le hace falta, sino que se trata de alguna carencia o herida más profunda, descarga todas sus frustraciones y su insatisfacción en el pequeño al que se le había atribuido la enorme responsabilidad de hacer feliz a su madre, de complacerla, de ser lo que ella quería. Por el miedo a la soledad, cuando sus hijos las dejen las madres pueden desatar conductas enfermizas (una de las más graves es el Síndrome Münchhausen)[1] que a veces suelen pasar desapercibidas al ser confundidas como “el amor de mamá”, como lo es querer obligar a sus hijos a ser lo que ellas quieren sin importarles lo que realmente son ¡Estoy realmente encantada con que esta reflexión sobre la maternidad haya sido detonada por una obra infantil!

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

“Los cuervos no se peinan. Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza” escrita por Maribel Carrasco y dirigida por Diego Montero, cabeza de la compañía Córvido Teatro, es un montaje que se aleja del afán de entretener a su público de una manera excesivamente alegre, menospreciando las capacidades intelectuales y necesidades sensitivas de los espectadores. La obra de Carrasco trata a los niños con la seriedad que merecen, comprendiendo que si bien no cuentan con la experiencia de un adulto, no por ello son menos y merecedores de espectáculos tontos.

El público infantil tiene perfectamente la capacidad para entender por empatía la complejidad de la infancia, el vínculo materno y el empezar a conocerse a uno mismo y a quererse por lo que uno es. Es en esta etapa donde se afianza la autoestima y comienza a formarse el ideal de vínculos afectivos que se perseguirá en adelante.  Es importante que los niños comprendan que está perfectamente bien ser cómo son y que no tienen que agradar ni demostrar nada a nadie, ni siquiera a mamá. También tienen que saber que está bien que algún día hagan su propio camino, que tienen que volar “ya sea con sueños o con alas” como dice el personaje de “la mujer del sombrero rojo” interpretado por Diana Becerril.

Becerril y su compañero de escena, Daryl Guadarrama, que personifica al “niño –cuervo / cuervo-niño” se lucen en sus personajes gracias a sus habilidades corporales (su entrenamiento físico es evidente en el manejo del espacio y la agilidad de movimientos), así como a la atinada dirección que ha decidido no contar más que con una banca por escenografía y un vestuario sumamente sencillo en el que destaca una bufanda roja que hace las veces del sombrero rojo, en un juego de intercambio de papeles que hace Becerril. Estas decisiones destacan el cuerpo de los actores en quien recae toda la atención y que no pueden ocultarse tras ningún elemento, son solo ellos, sus cuerpos y sus voces los que darán vida a una historia. El montaje nos recuerda una vez más que hace falta bastante poco, en lo que a producción se refiere para “hacer teatro” y que la conjunción de talentos es más que suficiente.  Una obra para niños, que no deben dejar de ver las madres.

Zavel

 

[1] Tema que trata la Obra “Münchhausen” de Lucía Vilanova: http://aplaudirdepie.com/munchhausen/

Reseñas

#ElCabaretEsMás

por Zavel Castro 25 agosto, 2017

El Festival Internacional de Cabaret superó todas mis expectativas (que de por sí, eran muy altas). Pensar en dedicar 18 días a uno de los géneros más atractivos del quehacer escénico era un reto y una oportunidad bastante grande que los organizadores supieron aprovechar presentando a los exponentes cabareteros más relevantes de México (Tito Vasconcelos, Las Reinas Chulas, Regina Orozco, La Mafia Cabaret, Clown Femenino, Sexto Sentido, César Enríquez, Cabaret Misterio, La Teatrera Solitaria, Parafernalia Teatro, Pedro Kóminik, DC Arte, Idiotas Teatro, Vuelta de Tuerca Producciones) España (Las XL),  Argentina ( María Rosa Frega) y Colombia (Roberto Camargo). Lo mejor es que a pesar de haber visto tanto cabaret no estoy satisfecha, y es que algo pasa con el cabaret que una vez que te atrapa como espectador o como intérprete no está dispuesto a soltarte. Sus poderes hipnóticos y su sustancia adictiva quizás se deban a los discursos que lo intervienen, lo nutren y conforman. Ahora sabemos, gracias a las enseñanzas de Gastón Alzate que los cimientos teóricos del cabaret lo convierten en una de las manifestaciones más potentes del teatro.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

El carácter democrático del cabaret, que idealmente rechazaría cualquier separación elitista entre el público y los mismos artistas y el rompimiento con las tradiciones que lo obligaban a seguir o recoger ciertos parámetros de las “enseñanzas” de las corrientes artísticas anteriores (incluyendo las vanguardias) ajenas al cabaret mismo –que sin embargo si atiende a una genealogía interna, casi como si se tratase de talleres gremiales medievales, en los que el alumno aprendía directamente de un maestro-, lo obligan a buscar comprender cómo funciona la cultura y la ideología a las que los cabareteros harán referencia en sus espectáculos, esto lo convierte en un género empático en el que el público puede ver sus preocupaciones, opiniones y forma de ser reflejadas, por lo que prontamente puede sentirse parte y no hay nada como la sensación de pertenencia. 

 

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

En sus inicios, el cabaret fue considerado como “género menor” y marginado a sitios clandestinos o alejados de los circuitos comerciales e institucionales, esto lo hizo florecer dentro de los establecimientos propios de la vida nocturna “licenciosa” y lo dotó de características opuestas a las que contaban los espectáculos conservadores. Por ello el cabaret se permite guardar una relación estrecha con los instintos del hombre y burlarse de “todo lo establecido”: cuestionar los estereotipos de género, caricaturizar los tipos sociales, mezclar el refinamiento de la alta cultura con lo  “más bajo” de la cultura popular, recodificando el orden social. El cabaret no piensa en lo políticamente correcto, por eso es más franco y menos solemne e hipócrita, más libre y expresivo. Por eso nos vuelve locos: porque nos invita a perder el control.

Enloquecido, enloquecedor, iconoclasta, burlón, el cabaret está íntimamente relacionado con el auge del teatro independiente latinoamericano y europeo, aunque en algunos casos lo supera porque tuvo la paciencia de formar a sus espectadores durante largo tiempo, dando lugar a un público nada serio dispuesto a interactuar apasionadamente con la escena. En el cabaret todos los inconformes son bienvenidos: las feministas, los intelectuales, los heterosexuales consumados, los gays, los tavestis, todos aquellos que no le teman a la risa y a la pérdida de buenas costumbres, todos aquellos disfruten del bullicio y del escándalo, de decir  y escuchar verdades placenteras y no tanto.  El cabaret es un lugar donde todos van a confesarse. Un buffet de minorías.

Los cabareteros (público y artistas) conforman una comunidad alternativa deseosa de cuestionar las ficciones con las cuales comprendemos las realidades sociales (la ideología y el sistema) y personales (la identidad), así como las imposiciones. Por eso el espectáculo no depende del texto tanto como lo hace en el teatro convencional, por eso más bien responde a la improvisación del momento y a las imágenes (más que a las palabras) que pueda crear durante función. Estas imágenes con frecuencia corresponden a la estética kitsch, delatando su ánimo transgresor y voluptuoso. Es su atrevimiento lo que fascina, su vulgaridad explícita, sus excesos, su naturaleza dionisíaca y empeño por la disidencia lo que explica su empoderamiento. El cabaret es una manifestación micropolítica de la resistencia y la subversión, una amalgama de la cultura pop que dialoga con la realidad a partir de la oposición a la autoridad. Es por eso que los rebeldes aplaudimos de pie. 

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

Todo ello presente y visible en este Festival que tantas delicias que me ha regalado, que me ha permitido acercarme tanto a él que apenas empiezo a comprenderlo y a degustar  mejor lo que ya me gustaba muchísimo. Ahora sé por qué me gusta. Ahora veo más claramente las cualidades de este esfuerzo por reunir a los intérpretes y compañías que no solo demuestran una vez más las infinitas posibilidades teatrales autogestivas, sino la profunda incidencia en nuestra cultura posmoderna y nostálgica. Estas son algunas razones por las cuales celebro que se haya llevado a cabo este Festival y por las que espero que siga ocurriendo año con año y que cada vez más gente se sume a la fiesta, que vale la pena y es puro placer.

Zavel

 

Críticas

Calculando la órbita de Villoro

por Zavel Castro 10 agosto, 2017

Según los diccionarios, la palabra “órbita” tiene una doble acepción. Bien puede ser la curva que describe un cuerpo alrededor de otro en el espacio (especialmente un planeta, cometa, satélite, etcétera, como consecuencia de la acción de la fuerza de gravedad) o la cavidad del cráneo en la que se encuentra el ojo. Ambas definiciones se ajustan a nuestra comprensión de la figura de Juan Villoro en su papel como dramaturgo; sin lugar a dudas el estreno de su obra “La desobediencia de Marte” obedece a un nuevo recorrido o curva en su carrera estelar y revela su mirada, las imágenes que colecciona en sus órbitas oculares para significarlas luego con ayuda de algunos otros órganos, su indiscutible inteligencia y su sorpresivo talento para la ficción dramática.

Hablo de sorpresa porque la regla para los intelectuales a la hora de participar en la escritura de una obra de teatro parece ser el exceso de razonamiento, la necesidad de utilizar el espacio escénico para ofrecer una conferencia que exprese sus conocimientos, los datos que han memorizado de manera enciclopédica y por tanto un resultado escénico frío, tan educado como tedioso. Rompiendo con la “regla general” de los intelectuales en el teatro, el texto de Villoro resulta absolutamente eficaz para la representación, el manejo del ritmo, del diálogo, la construcción de los personajes y la progresión dramática, destacan tanto por su valor anecdótico como por el interpretativo y el metafórico. El trabajo de Villoro ha sido bien recibido por el teatro, mereciendo los aplausos función con función por las cualidades de la dramaturgia, más que por la simple reverencia a la firma del autor.

Por supuesto, esta habilidad dramatúrgica tiene mucho que ver con la comprensión del universo del teatro, del que podemos inferir, es un apasionado. No olvidemos que en su haber escénico también se encuentra otra obra alabada por la crítica, “Conferencia sobre la lluvia”. Una prueba más de su amor auténtico por el arte teatral es la paciencia que tuvo para escribir “La desobediencia de Marte” pues tal como él mismo cuenta tardó 35 años en escribirla. Esto último demuestra que no se trata de un advenedizo, de una ocurrencia o capricho sino de dedicación, paciencia y suerte. Parafraseando a Mauricio Kartun diremos que escribir una obra es un trabajo de todos los días, terminarla, una cosa fortuita.

“La desobediencia de Marte” es un texto que da cuenta de dos historias (por lo menos) concentradas en las rivalidades generacionales. Ocurriendo simultáneamente en el ámbito científico y en el teatral, el espectador atestigua la confrontación pasivo-agresiva de dos personalidades separadas por abismos temporales: el padre e hijo que a la vez son actores de la misma obra; un viejo lobo de mar que domina la técnica y que comprende el sistema del espectáculo, habiendo participado durante su larga trayectoria incluso en comerciales y el actor joven y atractivo cuya ingenuidad y “rebeldía” lo lleva a defender “el teatro por el teatro” sin prestar atención a los beneficios materiales o a la fama. Y  la disimulada antipatía entre Tycho Brahe y Johanes Kepler, científicos empírico y teórico respectivamente.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

 

En escena, los personajes del Padre-actor y de Brahe son magistralmente interpretados por Joaquín Cosío, mientras que los del hijo-actor y Johanes Kepler por José María de Tavira, que parece haber sentido una conexión inmediata con el carácter de estos, pues se adapta a la perfección a ellos, encarnándolos en todo el sentido de la palabra. El texto insinúa que el personaje del padre-actor-Brahe está inspirado en la figura punto menos que arquetípica del “Rey Lear”, mientras que el hijo-actor en el flamético “Hamlet”. Imaginando que así como su relación, el convivio entre “un hombre experimentado” y “un joven aprendiz”  estará condicionado siempre por un mutuo desprecio y la competencia sin sentido que los obliga a demostrar a cada momento “quién es mejor”.

El desprecio, la admiración, la competencia y la demostración constante también forman parte de la exquisita relación entre el crítico y el autor/director de teatro. Cada uno juzga al otro desde la oscuridad de la butaca o desde las luces del escenario. Ambos se atraen y repelen a un tiempo, luchando entre sí con sus visiones del mundo. Esta reflexión emana también de la dramaturgia, constituyéndose como otra de las lecturas posibles del instinto natural y construcción cultural que obliga a los hombres a defenderse sin haber sido atacados, justificando cualquier embate por la pura presencia del “enemigo” (el otro).

La obra es pues una conquista intelectual  y sensible para el espectador, el crítico, el dramaturgo y los intérpretes (tanto como para el diseñador escénico, Damián Ortega y el ilumnador Víctor Zapatero, que han sabido traducir en términos visuales el universo astronómico y el artificio teatral), dejando satisfechos y complacidos a todos aquellos que participan en este drama que no escatima en estímulos: ternura, suspenso, sorpresa, humor y notas nostálgicas. Una obra que prometía ser una genialidad desde su concepción y que convirtió en un deleite espectacular interplanetario.

Seguiré observando a través de mi telescopio crítico la órbita cada día más fascinante de Juan Villoro. Qué placer que una de sus lunas se encuentre otra vez en la constelación teatral.

Zavel

Reflexiones

¡Ahora entiendo el sold out!

por Zavel Castro 25 julio, 2017

¿Con qué autoridad aseguramos que lo que hemos convenido en llamar “teatro artístico” es siempre superior o de mejor calidad que ese otro tipo de teatro conocido como “teatro comercial”? Últimamente he tenido que enfrentarme a mis propios prejuicios sobre el quehacer escénico que me inclinaban hacia lo artístico antes que a lo comercial. Debo confesar que me he visto sorprendida por la calidad de algunas obras del circuito que antes denostaba (haciendo eco a las voces que ostentan la “alta cultura”), así como desilusionada con algunos montajes con supuestas pretensiones elevadas en cuanto a la profundidad o búsqueda.

Si hacemos caso de uno de los principios fundamentales de cualquier divertimento, encontraremos que el entretenimiento del público es, la mayoría de las veces, el principal objetivo de la puesta en escena. En este sentido podría asegurar que el teatro comercial lleva ventaja puesto que conoce bien las estrategias que pueden asegurar la atención del público, mientras que el teatro artístico tiene que arreglárselas porque su “contenido profundo” no resulte soporífero. La búsqueda por el interés de la audiencia ha provocado un fenómeno curioso: la comercialización del teatro artístico. El teatro de búsqueda que se suponía opuesto al discurso de marketing obediente al capitalismo, ha tenido que recurrir la implementación de algunos elementos del teatro con el que decía no querer tener nada en común para intentar llenar las butacas. Más allá de las promociones, descuentos, y la forma en que últimamente se promocionan unas y otras, hoy en día sería difícil algunas veces determinar qué obras del circuito artístico se defienden como tales sin recurrir a la simplificación de las tramas, la espectacularización de los diseños escenográficos y las actuaciones superficiales para mantenerse en el gusto de la gente. Tal podría ser el caso de una obra como ‘El juego de la silla” dirigida por Angélica Rogel, que se encuentra en un lugar intermedio entre “lo comercial” y “lo artístico”.

Aún así hay algo del teatro comercial auténtico que parece superar los montajes experimentales o artísticos que echan mano de sus recursos y que solo consiguen erigirse como malas imitaciones o mamarrachos que, por cierto, no llegan a gustar ni a convencer al público. Para intentar ejemplificar lo que digo, espero que baste lo siguiente: ¿Cómo es posible que una obra como ‘Parásitos’ sea más entretenida y de mejor calidad narrativa que ‘La Contradicción’? ¡Nunca antes hubiera creído que la actuación de Regina Blandón (que todos conocimos por su participación en un programa de Eugenio Derbez) me parecería mucho mejor lograda que la de Sonia Franco! Sin embargo así es. Y no es que no tengan “punto de comparación” ya que ambas obras pretenden contar una historia y divertir al público lo mejor posible. Nada más allá de esto.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

¡Ahora entiendo el sold out de las funciones de ‘Parásitos’ en La Teatrería! El éxito esta vez se debe al entretenimiento de calidad más allá de que en la obra participen actores de televisión (que tampoco es un elemento que carezca de importancia en la venta de entradas). Si solo nos basáramos en cómo nos las pasamos en función, seguiría siendo mucho mejor la experiencia que tuvimos en La Teatrería que la que tuvimos en el Centro Cultural del Bosque

¿Por qué entonces me rehúso a concederle la victoria al teatro comercial sobre el artístico? ¿Por qué me cuesta tanto trabajo ceder? Sospecho que puede deberse a la construcción social del gusto que tan bien analiza Diego Urdaneta en “La insoportable levedad del oxímoron […]”[1] respecto a la música de Ricardo Arjona y al supuesto “mal gusto”; hay algo en la música de Arjona y en el teatro comercial que conecta con el público y que los hace tener mayores ventas que aquellos que tímidamente los imitan pero escandalosamente los desprecian. Todo se debe a la justificación del gusto como construcción social, nos dejamos llevar por la mayoría de las opiniones, por el “boca en boca” que tanto daño puede hacer. Nos acostumbramos a decir y pensar, o mejor, a repetir y asumir lo dicho como cierto. Somos débiles. En nuestra sociedad, una mentira dicha muchas veces se convierte en verdad, entonces vamos por el mundo creyéndonos superiores por nuestra exquisitez que nos permite disfrutar de montajes soporíferos por la densidad de sus mensajes (todo entrecomillado muchísimas veces), solo por llevar el adjetivo “artístico” sobre otras menos pretenciosas en sus ambiciones, más honestas, las “comerciales” que solo buscan hacernos pasar un buen rato, -fórmula que por cierto dominan teatreros como Alejandro Ricaño-.

¿Y si por un momento dejamos de asumir que el teatro artístico es superior al comercial? Con la mente más abierta podemos aprender más de una valiosa lección.

 

Zavel

 

[1] “La insoportable levedad del oxímoron: Pasé una semana escuchando sólo música de Ricardo Arjona” en: https://noisey.vice.com/es_mx/article/7x9mab/la-insoportable-levedad-del-oximoron-pase-una-semana-escuchando-solo-musica-de-ricardo-arjona consultado por última vez el 23 de julio de 2017.

Reseñas

Heroínas transgresoras. El romanticismo en escena.

por Zavel Castro 14 julio, 2017

¿Qué tienen en común doña Elvira, Margarita, Mónica, Ching Ching, Charlotte, Lucía de Lammermoor y Cunegonde? Todas ellas han perdido la razón por causas distintas: por celos y despecho tras sentir la burla del seductor al que a pesar de todo no puede dejar de amar; por las bajas pasiones provocadas por las palabras zalameras de un pretendiente que la hace pecar en más de una forma hasta atraer en ella las más dolorosas desgracias, entre ellas, provocar la muerte de su madre, hermano e hijo; la explotación, el abandono,  las ansias de poder y de fama y la fragilidad mental llevada a sus máximas consecuencias tras sentir la presión de aceptar un matrimonio no deseado.

La locura de todas ellas ha sido el motivo principal de algunas de las mejores creaciones literarias recuperadas por el imaginario de la ópera y opereta bajo las excelsas inspiraciones de Mozart, Gounod, Menotti, Adams, Donizetti y Bernstein. Ahora, tenemos ocasión de disfrutar de las arias inspiradas en estos personajes femeninos en la voz e interpretación actoral de Luz Angélica Uribe, a quien el escenario recibe con los brazos abiertos pues su calidez y simpatía hacia el público con quien interactúa de manera discreta durante las funciones de “Heroínas Transgresoras”, dirigida por Emmanuel Márquez, así como sus generosos dotes musicales, le otorgan todo derecho y dominio escénico necesario para cautivar a los espectadores que acaso buscando solo entretenimiento adquirirán también, valiosos conocimientos sobre este género musical (la ópera) y sobre la psique o “naturaleza” femenina –si es que aún podemos pensar en una noción tan categórica como esta, según las constantes características representadas por la literatura romántica-. Uribe además interpreta varios instrumentos poco convencionales como el waterphone, el cromorno y el theremín.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

 

Sobre la estética del montaje quisiera subrayar la coherencia y armonía de la composición, pues todo ha sido dispuesto en alusión a las imágenes del romanticismo que numerosas representaciones pictóricas, ilustraciones y narraciones literarias han hecho llegar a nuestros tiempos; la ambientación en un teatro abandonado, los vestuarios de gala desgastados y raídos que aún dan cuenta de su anterior majestuosidad, las luces a medias, la oscuridad reinante como espejo emocional de los personajes trágicos corresponden a la época de la mayoría de las arias interpretadas. Sin embargo esto no hace de la puesta una suerte de espectáculo histórico, sino que actualiza el mensaje de la concepción de la femineidad en diversas intervenciones de Luz Angélica Uribe durante las cuales  habla brevemente de los casos de las “heroínas¨ y  reflexiona sobre la imagen de la mujer en los tiempos de la concepción de las obras, tanto como en los propios, donde según dice, muchos de los episodios no tendrían lugar porque las condiciones, frustraciones y aspiraciones ya no son las mismas.

Debido a la seriedad del tema de los asesinatos a manos de una mujer y de las fuertes impresiones que las escenas pueden ocasionar en los espectadores, se recomienda contar con   mínimo de 12 años de edad para disfrutar de la función de esta obra que es, sin lugar a dudas, un deleite musical, escénico, intelectual y sensible.

Zavel

Reseñas

Sin Misericordia

por Zavel Castro 10 julio, 2017

Una mujer en mitad del vacío se encuentra de pronto rodeada de ojos extraños. Está completamente atada por todas las mentiras que se ha contado para evadir su más profunda verdad, está impedida también por sus inseguridades y temores que no la dejan quererse tal y como es, obligándola a desear ser siempre alguien distinto: más inteligente, más guapa, mejor esposa, mejor madre, aunque sea un poco menos rebelde, un poco menos curiosa, un poco más femenina y todo lo que suele reprocharse día a día una mujer que intenta complacer sus inalcanzables expectativas, solo para sentirse aceptada y querida.

Las ataduras la lastiman y cuando intenta desprenderse de los lazos que no la dejan ser ella misma, grita su sufrimiento hacia los extraños que la escuchan pero que no pueden comprenderla. La compadecen  pero nadie hace nada. Y es que nada fuera de sí podría tranquilizarla. Ahora mismo está desesperada. Ha llegado el momento de sincerarse, de confesar aquello que no ha querido decirse porque le asusta si quiera intuirlo.

La mujer interpela al espectador, acaricia su rostro, lo mira a los ojos enfurecida, busca consuelo donde no lo hay. El extraño se altera con lo que está pasando. Ese lamento sin fin prolonga la sensación del tiempo y lo arroja a un abismo de abrumadora oscuridad. Se reconoce en los fracasos de ella, que le ha dicho que ha fracasado en sus relaciones amorosas y en su intento por comprender el mundo desde la experiencia intelectual sin prestar demasiada atención a su sensibilidad. Porque sentir es tan doloroso como querer a alguien con la generosidad que el amor precisa. Prefiere encerrarse en sí misma. Prefiere romperse y llorar cada pieza desprendida.

Situada entre el recuerdo y la locura, está mujer tiene mucho que decir y no desaprovechará la oportunidad de tener a tanta gente cerca para que puedan hacer caso de sus reproches. Aunque no hagan más que estar ahí. Eso basta. Parados a su alrededor, inmersos de una atmósfera inmisericorde, despojada como la mujer misma de todo orden y coherencia. Lejano a cualquier sensación que pueda tranquilizar a nadie que se encuentre en la misma sala que ella.

El monólogo, como un viaje despiadado desprende una de las preguntas más dolorosas que alguien pueden hacerse: ¿Eres feliz?

Zavel

Críticas

Caracol y colibrí ¿de dónde viene la música?

por Zavel Castro 4 julio, 2017

Muchas veces nos sentimos desesperados por encontrar algo que, aun cuando no podamos nombrarlo, creemos que está fuera de nosotros. Queremos llenar el vacío y la angustia de vivir con estímulos externos. Desde pequeños nos acostumbramos a creer que  es necesario salir a buscar aquello que nos hará felices. Afortunadamente el teatro se encarga algunas veces de darnos consejos valiosos, tal y como lo hace “Caracol y Colibrí” de Sabina Berman escrita casi a manera de fábula para compartir la moraleja de que somos poseedores de bellísimos tesoros escondidos en nuestro interior. Dos personajes van en busca de la música que creen que sale de los instrumentos, de las manos o de la boca de un viejo sabio para descubrir que surge de un lugar más profundo.  El mensaje de la obra es necesario para niños y adultos, por lo que más que “infantil” catalogamos como “familiar” el trabajo de las compañías Laboratorio de la Máscara y los Idiotas Teatro, quienes se encargan de la escenificación del texto en la versión y dirección de Alicia Martínez Álvarez.

Cabe decir que se trata de un excelente trabajo de dirección y actuación, ya que en atención a la claridad del mensaje, es notorio el cuidadoso empeño que se ha puesto en la construcción de las máscaras que implica un trabajo principalmente corporal y gestual completo. Los actores Cristian David y Fernando Reyes Reyes y Diego Santana trabajan los personajes del caracol y del colibrí sin perder de vista nunca las características de los mismos, características que justifican la atribución de los caracteres de los personajes. La lentitud del caracol se traduce en una personalidad parsimoniosa, boba y tranquila, mientras que la agilidad del vuelo del colibrí lo presenta como acelerado, desesperado y enfebrecido.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

También es destacable el trabajo de Diego Santana en el papel del viejo sabio, encargado de enseñarle a caracol y colibrí que la música que disfrutan con delirio, es algo que más que aprender deben encontrar en su interior. Este es su tesoro. El entrañable mensaje encona visualmente en una plástica artesanal que las compañías lograron gracias a las asesorías de uno de los artistas mexicanos más grandes de los últimos tiempos, Francisco Toledo. La impronta del creador oaxaqueño es notoria en la incorporación a la escena de algunos de los elementos que caracterizan sus obras artísticas, todas ellas relacionadas con el concepto de la mexicanidad próxima al folclor. El vestuario del personaje del viejo como campesino, los materiales de las máscaras y la aparición de las semillas del maíz como detonante de la magia musical, son características propias del universo Toledano.

Este trabajo es recomendable, pues además de ofrecernos imágenes muy bien logradas, recupera la tradición cuentista mexicana y la traslada al lenguaje escénico sin mayores pretensiones, haciendo uso de una anécdota sencilla, composiciones musicales tan suaves como justas a cargo de Rubén Luengas Pasatono y buenas interpretaciones. Un trabajo que bien merece la pena ser compartido en familia, así como por todos los amantes de la música y de la artesanía popular mexicana.

 

Zavel

Newer Posts
Older Posts

TALLERES

  • Taller Virtual de Dramaturgia
  • Taller/montaje internacional de actuación en línea
  • Taller de monólogo teatral
  • Asesoría en dramaturgia
  • Cursos y talleres de dramaturgia
  • Ricardo Ruiz Lezama-Perfil y obras

Síguenos

Twitter Instagram

Entradas recientes

  • Me acuerdo. A propósito de «¿En qué estabas pensando?» Por Luis Javier Maciel Paniagua
  • Hasta encontrarte: una crítica epistolar desde la deuda a las madres buscadoras. Por Laura Cárdenas (Lalis)
  • Casi Normales. Crítica epistolar al personaje de Diana. Por Isabel Agurto.
  • Monstruos en el parque: crítica epistolar a Sergio Arrau. Por Sergio Velarde
  • Me acuerdo. A propósito de «Nosotras que nos queremos tanto» Por Sergio Velarde.

Recomendaciones

© APLAUDIR DE PIE 2021 | PATCH NETWORKS