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Querido Louis: Cómo convertí a las personas que amo en la prueba de que soy una buena persona*. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 9 julio, 2026
Escrita por : Aplaudir de Pie 9 julio, 2026
Foto: Jorge Rodríguez

*Crítica epistolar de Ángeles en América*, Partes I y II (Tony Kushner), en el Teatro Helénico.

 

Querido Louis:

No sé en qué momento alguien que amo dejó de ser alguien que amo y se convirtió, a veces, en la prueba de que yo era una buena persona. Quizá por eso tengo que escribirte.

Durante junio quise hacer un contenido sobre el Pride. No sobre la celebración ni sobre las marcas que cambian sus colores durante treinta días, sino sobre el lugar en el que estamos parados. Sobre los derechos que siguen siendo vulnerados. Sobre las personas que siguen viviendo ocultas en pleno 2026. Sobre la violencia, el miedo y la idea persistente de que hay vidas que todavía tienen que justificarse. Pero mientras más lo pensaba, más llena de rabia me sentía.

Porque mi vida está atravesada por personas que amo y que forman parte de la comunidad LGBTQ+. Y mientras escribo esto, incluso me pregunto si tengo derecho a decirlo así. Si nombrar eso ya es una forma de apropiación. Si el amor también puede volverse una manera de hablar por otros sin haber sido invitada a hacerlo. Voy aprendiendo en la marcha, pero tampoco puedo fingir que esto no tiene nada que ver conmigo. Entonces entré a ver Ángeles en América.

Nunca leo de qué tratan las obras antes de entrar al teatro. Me gusta llegar sin mapa. Pero esta vez salí siete horas después con la sensación de haber estado en algo que me excedía. No porque no lo entendiera, sino porque cada vez que creía entenderlo, la obra abría otra capa para la que no estaba preparada: religión, política, VIH, judaísmo, mormonismo, poder, deseo, historia, racismo, migración, capitalismo, culpa, progreso. Todo al mismo tiempo.

Hacía mucho que no salía del teatro sintiendo que sabía tan poco.

Louis, no voy a fingir que sé juzgar siete horas de teatro como quien reparte calificaciones. Pero hay algo que sí puedo decirte, porque lo sentí en el cuerpo: el montaje de Cristian Magaloni nunca se queda quieto, y en una obra que repite que detenerse es otra forma de morir, eso no es destreza, es una declaración.

El espacio de Ana Adrià Reventos y Marcela Vethencourt Koifman se abre y se encima, hace ocurrir varios mundos a la vez —un poco como tú, que nunca sostienes una sola idea—; la luz de María Vergara y el sonido de Miguel Jiménez no me dejaron acomodarme nunca, y el movimiento de Mauricio Rico se asegura de que ningún cuerpo, incluido el tuyo, pueda detenerse.

Hasta la adaptación de Enrique Arce Gómez te haría ruido: logra que no olvidemos que la obra transcurre entre 1985 y 1990 y, a la vez, que suene escrita para 2026. No es una reconstrucción, Louis. Es una conversación que no ha terminado. Como la nuestra.

Y el elenco… Louis, el elenco. No te diría quién estuvo mejor, porque ninguno carga la obra solo: están parejos, sosteniéndose entre todos. Lo que sí sé es lo que me hicieron. Me reí, me rompí, me enternecí, me desgarré. Pasé por todo. Y creo que eso es lo más honesto que podía ocurrirme, porque de eso trata este tema: de personas completas, no de causas. Que en escena se sintieran tan humanos es, quizá, la crítica más real que puedo hacerles.

La obra está obsesionada con los absolutismos, con las certezas que se derrumban. Roy Cohn cree que la identidad se define por el poder: no por con quién te acuestas, sino por quién contesta el teléfono cuando llamas. Joe Pitt cree que la fe puede corregir lo que uno es. Y tú, Louis, crees que las ideas pueden organizar el dolor.

Los tres se estrellan contra el mundo real.

Hablas de justicia, de raza, de historia, de democracia —»no hay ángeles en América», dices, «no hay pasado espiritual ni racial, solo lo político»—. Hablas tanto, Louis, que casi nunca escuchas. Y aun así, cuando la persona que amas enferma, no sabes quedarte. Y eso, Louis, quizá sea la tragedia más política de todas.

Mientras te veía, no podía evitar preguntarme por qué me resultabas tan familiar. No por tu inteligencia ni por tu discurso, sino por algo más doloroso: esa necesidad de demostrar, una y otra vez, que estamos del lado correcto de la historia.

Cómo convertir a las personas que amas en la prueba de que eres una buena persona.

No sé en qué momento me pasó. Pero sé que me pasó. Y quizá por eso me resulta tan difícil juzgarte: porque es más fácil condenarte que reconocer la posibilidad de parecerme a ti. En ese espejo aparece una pregunta que no tiene respuesta cómoda: ¿cuántas veces hablamos de causas que no nos cuestan nada mientras fallamos en lo que sí está cerca?

Tal vez el problema no sea el aliadazgo en sí, sino lo que pasa cuando eso se convierte en identidad, en postura fija, en algo que creemos que nos define moralmente. Ahí aparece la palabra que más miedo me da: tibieza.

Porque la ambivalencia no es el problema —la ambivalencia es humana—. El problema es quedarse quieta.

Hubo un momento, Louis, que todavía no se me despega. Los ángeles le hablaban desde la sombra, todos en penumbra.  Sabías que estaban ahí aunque no pudieras verlos del todo. Y eso fue lo que me congeló. Y frente a esas presencias enormes que le exigen quedarse quieto, ese hombrecito —Prior— se niega. Les dice que no vamos a esperar a que alguien nos salve.

El Ángel quiere inmovilidad; la obra responde con lo contrario: movimiento, contradicción, error, deseo, cambio.

Quizá por eso la frase que más me acompaña es la de Harper: «una especie de progreso doloroso». Porque no hay avance limpio ni postura perfecta, y nadie entiende del todo lo que no ha vivido. Lo que sí existe es la responsabilidad: escuchar más de lo que hablo, preguntar cuando no sé, equivocarme sin usar el error como excusa para quedarme quieta.

Y si algo me queda claro, Louis, es que ser aliada no es un lugar al que se llega ni una medalla que se cuelga.  Tal vez ser aliada no sea nombrar a quienes amo para probar de qué lado estoy. Tal vez tenga más que ver con lo que tú no pudiste hacer: quedarte.

Y eso me aterra porque no sé cuántas veces yo también he fallado ahí. No los treinta días de colores. Un martes cualquiera.

George Santayana escribió que quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo. Y el rabino, al inicio de la obra, dice algo que me sigue resonando: «el viaje vive en ustedes». Salí del teatro preguntándome si la memoria funciona así. Si lo que no vivimos también nos atraviesa. Si hay historias que, aunque no sean nuestras, igualmente nos obligan a decidir qué hacemos con ellas.

Porque las pestes regresan. El odio regresa. El miedo regresa. El silencio también.

Durante años pensé que el Pride era una celebración. Ahora no estoy tan segura. Tal vez fue, antes que nada, una negativa a desaparecer. Una negativa a morir en secreto. Una negativa a seguir viviendo en silencio.

Y entonces apareces tú otra vez, Louis. Y aparece esta duda que no se resuelve.

Y sí, mírame: digo que no se trata de mí y enseguida te escribo una carta entera sobre mí. No se trata de mí. Nunca se tratará de mí. Pero tampoco puedo fingir que no tiene que ver conmigo. Esa contradicción no es un error: es, exactamente, mi ambivalencia, y la sostengo a propósito. Porque elegir un solo lado para quedarme tranquila sería tibieza disfrazada de coherencia.

Te escribo a ti porque después de siete horas de teatro entendí algo que todavía no sé cómo nombrar del todo. Yo también soy ambivalente. Dudo. Me contradigo. Me equivoco. Aprendo.

Pero hay algo que espero no volverme capaz de aceptar nunca: convertirme en una persona tibia. Porque la tibieza, a diferencia de la ambivalencia, no duda. Se queda quieta.

Al final, Prior no le habla a Dios ni a los ángeles, sino al público. O quizá no a todo el público: les habla a los suyos, porque nadie como ellos ha tenido que morir en secreto.

«No moriremos en secreto nunca más», dice.

«El mundo solo gira hacia adelante.»

Esa bendición no me toca a mí pronunciarla.

 

Tu aliada —imperfecta, ambivalente, pero nunca tibia—,

Laura Cárdenas (Lalis)

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.Teatro

 

Fotografía de portada: Jorge Rodríguez 

Ángeles en Américacrítica epistolarTony Kushner
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Es un proyecto de crítica y reflexión de hechos escénicos que nace simultáneamente en Bs. As. y en CDMX en 2015, como una plataforma de diálogo entre teatrólogxs, teatristxs, pensadorxs, creadorxs y espectadorxs, para cuestionar, opinar y debatir en torno a los fenómenos escénicos.

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