Estimadas maestras titiriteras:
Lamento mucho no recordar sus nombres. Sobre todo, porque fueron parte importante de los recuerdos de mi infancia más lindos de mi vida. No sé si aún existan físicamente, si aún sigan dando funciones, si aún anden por ahí haciendo felices a más niños, pero existen en mi corazón y eso basta, ahí donde también existe aquella mágica noche en la que mis padres cerraron la calle para que montaran esa función de títeres fuera de casa de mi abuela. No sólo mis amigos y familiares y amigos de mis padres acudieron a dicho cumpleaños para verlas, varios niños alrededor de la cuadra se colaron para poder ver el espectáculo.
Quizás eso es lo maravilloso del arte, que no importa mucho el nombre de quien lo haga: basta un destello, una escena, una palabra, una imagen, una figura, un ritmo que se anide en nosotros y se la pase acompañándonos muy dentro con todas esas cosas bellas que también nos regala la vida, y que esta o estas, convivan rebotándose y muy a veces expandiéndose, haciendo de uno pura felicidad o regocijo. Yo de ese día recuerdo la belleza y la alegría, un pequeño diablo intentando reventar el globo que cuidaba con todas sus fuerzas un calcetín, mostrando que la gran literatura —y quizás
el arte también—, como dice Borges, sólo necesita un tema: el de un perseguido y un perseguidor.
Debo confesar que no sabía muy bien qué escribirles en la carta. Sólo sabía que tenía que ser ridícula: las cartas de amor tienen que ser ridículas, ya lo dijo Pessoa en un poema. Después de tanto meditarlo, supe que tenía que ser de agradecimiento porque ahora que recuerdo, gracias a este taller que estoy cursando con distinguidas y apasionadas personas, fueron ustedes mi primer encuentro físico con lo que llamamos arte, el mismo que me tiene aquí escribiendo una carta, el mismo que me salvó del relato natural de los tiempos más violentos que me tocó vivir como alguien crecido en un barrio de la periferia, como alguien que se crió entre todos estos condominios y la humedad que se les asoma, entre los gatos que se reproducen allá fuera y los locos de la esquina que toman la caguama, entre la luz que se asoma vertiginosa entre los cadáveres de lo que fue y no será; con canciones de salsa y canciones de reggaetón veracruzano, puertorriqueño y panameño. Canciones que seguramente le harían recrear el encono a algún nadaqueveriento como el que
transpira la obra, odio a los putos mexicanos, de LEGOM, que descubrí hoy.
(Les cuento, también de rápido, que esta carta existe, porque estoy explorando más cosas sobre literatura, en esta ocasión sobre dramaturgia, gracias a mi amiga Zavel y a otra amiga de Puebla, Vania; con ellas descubrí que hay muchas más posibilidades de las que ya sabía, un mundo en el que pueden tirarse un perreíto Patrick Pessoa y Critilo; un mundo en el que en el golfo no existen las ballenas).
¿Me pregunto si ustedes, en aquel lejano día de 1995, imaginaron cómo terminaría nuestra ciudad para los niños a los que les enseñaban la magia del guiñol? ¿Un mundo en el que la violencia terminó siendo un hábito común en el relato de nuestros tiempos? ¿Me pregunto si simplemente ustedes no se hicieron esas preguntas y se dedicaron nada más a lo que les hacía feliz? Si fue lo último, qué bueno. Cómo podrían saberlo, además, pues ya se ven muy lejos esos días en los que, cuando con sus manos y sus voces hicieron bailar nuestra imaginación: tiempos en los que unos doritos costaban 2 pesos, muchos de nosotros podíamos cenar chokomilk con leche entera y unas quesadillas sin que nuestro estómago se viera afectado, metíamos tampicos al refrigerador para comerlos congelados, abríamos los frutsis por la base y corríamos como locos para jugar a las atrapadas y los encantados. Los celulares no tenían frita nuestra atención y en las fiestas y en las calles sonaban los metales de Willie Colón y los chanteos de Rubén Blades para que nuestros adultos bailaran abrazados y felices.
Quisiera compartirles un poema de Nicanor Parra que salta a mi memoria al escribir estas líneas para ustedes:
Lo queramos o no
solo tenemos tres alternativas:
el ayer, el presente y el mañana.
Y ni siquiera tres
porque como dice el filósofo
el ayer es ayer
nos pertenece solo en el recuerdo:
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo.
Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.
Y ni siquiera dos,
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
como la juventud.
En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca,
pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.
¿Está hermoso? ¿No? Los poemas como las cartas, además de ridículos, tienen que ser hermosos.
Pero saben, ¿qué es más hermoso? Pensar que todo este diálogo, que todas estas líneas y este cariño que siento por ustedes, aunque no las recuerde ni las conozca, surgió de ese día en que nos encontramos, aunque nunca más nos volvimos a ver. A la magia de ese único encuentro fraguado por el amor de mis padres, pensando en algo lindo para su hijo, o sea yo: para que los niños de entonces que eran mis amigos, la gente que me amaba y rodeaba también disfrutaran de su función. Y ustedes ahí detrás del retablo o teatrillo, detonando lo más maravilloso que tiene el hombre y que lo distancia de los demás mamíferos —o creo que ya no somos los únicos que imaginamos, pero qué más da, a veces hay que pecar de antropocentrista— marcando para siempre la existencia de todos nosotros. Tan hermoso que, muchos años después, detonan una carta sobre ese día y esa función, en un mundo donde ya casi nadie se envía cartas, acaso los bancos. Una carta en la que ese niño se da cuenta lo mucho que se debe también al teatro y sus posibilidades: ahora que ese infante ha
crecido un poco y se dedica a manufacturar palabras, a veces persiguiéndolas, a veces
siendo él, el perseguido.
Con cariño, el niño cumpleañero, que seguro se ubicó al centro de la primera fila.

Juan Eduardo Mateos Flores
Escritor. Autor de Reguero de Cadaveres (Los libros del Perro, 2021), un libro de crónicas sobre la violencia en Veracruz.




