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crítica epistolar

Reseñas

Estimadas maestras titiriteras. Por Juan Eduardo Mateos Flores

por Aplaudir de Pie 4 abril, 2026

Estimadas maestras titiriteras:

 

Lamento mucho no recordar sus nombres. Sobre todo, porque fueron parte importante de los recuerdos de mi infancia más lindos de mi vida. No sé si aún existan físicamente, si aún sigan dando funciones, si aún anden por ahí haciendo felices a más niños, pero existen en mi corazón y eso basta, ahí donde también existe aquella mágica noche en la que mis padres cerraron la calle para que montaran esa función de títeres fuera de casa de mi abuela. No sólo mis amigos y familiares y amigos de mis padres acudieron a dicho cumpleaños para verlas, varios niños alrededor de la cuadra se colaron para poder ver el espectáculo.

Quizás eso es lo maravilloso del arte, que no importa mucho el nombre de quien lo haga: basta un destello, una escena, una palabra, una imagen, una figura, un ritmo que se anide en nosotros y se la pase acompañándonos muy dentro con todas esas cosas bellas que también nos regala la vida, y que esta o estas, convivan rebotándose y muy a veces expandiéndose, haciendo de uno pura felicidad o regocijo. Yo de ese día recuerdo la belleza y la alegría, un pequeño diablo intentando reventar el globo que cuidaba con todas sus fuerzas un calcetín, mostrando que la gran literatura —y quizás
el arte también—, como dice Borges, sólo necesita un tema: el de un perseguido y un perseguidor.

Debo confesar que no sabía muy bien qué escribirles en la carta. Sólo sabía que tenía que ser ridícula: las cartas de amor tienen que ser ridículas, ya lo dijo Pessoa en un poema. Después de tanto meditarlo, supe que tenía que ser de agradecimiento porque ahora que recuerdo, gracias a este taller que estoy cursando con distinguidas y apasionadas personas, fueron ustedes mi primer encuentro físico con lo que llamamos arte, el mismo que me tiene aquí escribiendo una carta, el mismo que me salvó del relato natural de los tiempos más violentos que me tocó vivir como alguien crecido en un barrio de la periferia, como alguien que se crió entre todos estos condominios y la humedad que se les asoma, entre los gatos que se reproducen allá fuera y los locos de la esquina que toman la caguama, entre la luz que se asoma vertiginosa entre los cadáveres de lo que fue y no será; con canciones de salsa y canciones de reggaetón veracruzano, puertorriqueño y panameño. Canciones que seguramente le harían recrear el encono a algún nadaqueveriento como el que
transpira la obra, odio a los putos mexicanos, de LEGOM, que descubrí hoy.

(Les cuento, también de rápido, que esta carta existe, porque estoy explorando más cosas sobre literatura, en esta ocasión sobre dramaturgia, gracias a mi amiga Zavel y a otra amiga de Puebla, Vania; con ellas descubrí que hay muchas más posibilidades de las que ya sabía, un mundo en el que pueden tirarse un perreíto Patrick Pessoa y Critilo; un mundo en el que en el golfo no existen las ballenas).

¿Me pregunto si ustedes, en aquel lejano día de 1995, imaginaron cómo terminaría nuestra ciudad para los niños a los que les enseñaban la magia del guiñol? ¿Un mundo en el que la violencia terminó siendo un hábito común en el relato de nuestros tiempos? ¿Me pregunto si simplemente ustedes no se hicieron esas preguntas y se dedicaron nada más a lo que les hacía feliz? Si fue lo último, qué bueno. Cómo podrían saberlo, además, pues ya se ven muy lejos esos días en los que, cuando con sus manos y sus voces hicieron bailar nuestra imaginación: tiempos en los que unos doritos costaban 2 pesos, muchos de nosotros podíamos cenar chokomilk con leche entera y unas quesadillas sin que nuestro estómago se viera afectado, metíamos tampicos al refrigerador para comerlos congelados, abríamos los frutsis por la base y corríamos como locos para jugar a las atrapadas y los encantados. Los celulares no tenían frita nuestra atención y en las fiestas y en las calles sonaban los metales de Willie Colón y los chanteos de Rubén Blades para que nuestros adultos bailaran abrazados y felices.

Quisiera compartirles un poema de Nicanor Parra que salta a mi memoria al escribir estas líneas para ustedes:

Lo queramos o no
solo tenemos tres alternativas:
el ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
porque como dice el filósofo
el ayer es ayer
nos pertenece solo en el recuerdo:
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos,
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
como la juventud.

En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca,

pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.

 

¿Está hermoso? ¿No? Los poemas como las cartas, además de ridículos, tienen que ser hermosos.

Pero saben, ¿qué es más hermoso? Pensar que todo este diálogo, que todas estas líneas y este cariño que siento por ustedes, aunque no las recuerde ni las conozca, surgió de ese día en que nos encontramos, aunque nunca más nos volvimos a ver. A la magia de ese único encuentro fraguado por el amor de mis padres, pensando en algo lindo para su hijo, o sea yo: para que los niños de entonces que eran mis amigos, la gente que me amaba y rodeaba también disfrutaran de su función. Y ustedes ahí detrás del retablo o teatrillo, detonando lo más maravilloso que tiene el hombre y que lo distancia de los demás mamíferos —o creo que ya no somos los únicos que imaginamos, pero qué más da, a veces hay que pecar de antropocentrista— marcando para siempre la existencia de todos nosotros. Tan hermoso que, muchos años después, detonan una carta sobre ese día y esa función, en un mundo donde ya casi nadie se envía cartas, acaso los bancos. Una carta en la que ese niño se da cuenta lo mucho que se debe también al teatro y sus posibilidades: ahora que ese infante ha
crecido un poco y se dedica a manufacturar palabras, a veces persiguiéndolas, a veces
siendo él, el perseguido.

Con cariño, el niño cumpleañero, que seguro se ubicó al centro de la primera fila.

 

Juan Eduardo Mateos Flores
Escritor. Autor de Reguero de Cadaveres (Los libros del Perro, 2021), un libro de crónicas sobre la violencia en Veracruz.

@reporterodelcrimen

Reseñas

Me acuerdo. A propósito de «Company» Por Vladimir Zecua

por Aplaudir de Pie 21 marzo, 2026

Me acuerdo[1]

 

 

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Me acuerdo de la presión de sentir que iba tarde mientras atravesaba Plaza de mayo…
Me acuerdo del pancho y la cerveza, y de arrepentirme de haber rechazado las papas que el
muchacho amablemente me ofreció…
Me acuerdo del frío de la cerveza recorriendo mi garganta, así se debe sentir el cielo…
Me acuerdo de la presión de sentir que iba tarde, ya estando a media cuadra…
Me acuerdo de ver diez veces el reloj, pero sin fijarme realmente en la hora…
Me acuerdo de caminar a paso apresurado, buscando el qr en mi google drive…
Me acuerdo de la fila…
Me acuerdo de tomar una foto a la foto de Francisco, y subirla a instagram un ‘’Bendecido
Domingo’’…

Me acuerdo de preparar el dólar para la propina…
Me acuerdo de sentir el teatro descuidado, falto de mantenimiento…
Me acuerdo de la indicación del acomodador: ‘’contás ocho y en el noveno te sentás’’
Me acuerdo de contar todas las butacas de mi fila y reconfirmar mi lugar de acuerdo al mapa en
el boleto.
Me acuerdo de volver insistentemente a los acrílicos con el naming del teatro en los laterales
de la boca escena… chuecos.
Me acuerdo de googlear los grandes hitos de el teatro.
Me acuerdo de tomar una foto a las letras Company.
Me acuerdo de lo fresquito de la sala.
Me acuerdo de restar tres horas a la hora para saber qué hora era en México.
Me acuerdo de juzgar el programa de mano ¿mano de gigante?
Me acuerdo de juzgar la foto pixeleada del programa de mano.
Me acuerdo de abrumarme cuando llegaron mis vecinos de butaca.
Me acuerdo de incomprender el acento del vecino de mi derecha.
Me acuerdo cuando la función comenzó y subieron las letras.
Me acuerdo de un cue de audio, donde no abrieron un micrófono a tiempo.
Me acuerdo de Fer Dente.
Me acuerdo de la simetría de la escena.
Me acuerdo de High School Musical y Hairspray.
Me acuerdo de Enrique Pinti.
Me acuerdo de la claridad del sonido de las voces.
Me acuerdo de los remates corporales en sincronía con los remates musicales.
Me acuerdo de ‘’mi amigos locos de atar…’’
Me acuerdo de los escalones prendiendo al compás de los pasos de ‘’Bobby’’.
Me acuerdo de Patti Lupone.
Me acuerdo de mi necesidad de ver y escuchar a cada uno y a todos al mismo tiempo.
Me acuerdo de la sorpresa de entender todas las palabras.
Me acuerdo de pensar: ¿Cómo puede ser tan preciso estando adentro, habiendo estado
afuera?
Me acuerdo de los zapatos de tacón alto de Vane Bu.
Me acuerdo de mi amigo que se quería divorciar dos meses después de casarse.
Me acuerdo de su boda incómoda.
Me acuerdo de Jonathan Bailey y al mismo tiempo de Nacha Guevara articulando las palabras
en ‘’el Vals del Minuto de Federico Chopin’’

Me acuerdo de los globos de helio y pensar en el riesgo operativo de eso, y en que es un
recurso limitado por la cantidad de yacimientos que existen en el mundo.
Me acuerdo de ‘torear’ a la espectadora de pelo rizado de la fila de adelante que llegó en el
intermedio, creo que era la asistente de dirección.
Me acuerdo del programa de mano deslizándose entre mis piernas y fijarme el recordatorio de
recuperarlo al final.
Me acuerdo de tener sueño y bostezar discreto, eran las 7 pm en México. Dormía bastante.
Me acuerdo de ‘’The ladies who lunch’’
Me acuerdo de juzgar la traducción de ‘’’The ladies who lunch’’
Me acuerdo del foco particular en ese número
Me acuerdo del ‘belteo’ abierto de Joanne ¿eso existe?
Me acuerdo de la iluminación, pulcra, fina, coherente con cada momento narrativo.
Me acuerdo del final y los aplausos.
Me acuerdo de querer grabar los aplausos y mi torpeza para decidir si sacaba la cámara o solo
el celular.
Me acuerdo de mi foto movida.
Me acuerdo del gentío a la salida y la marquesina.

Me acuerdo de esperar disimuladamente.

Me acuerdo de esperar intencionalmente.

Me acuerdo porque los recuerdos usuales son, en realidad, los recuerdos de la primera vez que
recordamos algo, leí o escuché una vez.
Me acuerdo de desear hacer un directo en tiktok para hablar no sé de qué, si no había música
en Milanga.

Sí sé.

Me acuerdo de la música en Milanga.

Me acuerdo de mi menú infantil y el fernet con coca, helado, delicioso recorriendo mi garganta,
así se debe sentir el cielo.

 

Vladimir Zecua M.
Organizo mundos para poder contarlos.

vladimirzecua@gmail.com / @vladzecua

 

[1] A propósito de la obra Company. Dirigida por Fer Dente, que se presentó en enero de 2026 en el Teatro El Nacional, en Buenos Aires, Argentina.

Críticas

Hasta encontrarte: una crítica epistolar desde la deuda a las madres buscadoras. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Queridas madres buscadoras: 

¿Todo es político?
¿El no mirar también es político?

Les escribo desde un lugar que no me enorgullece del todo: desde la butaca, desde alguien que durante mucho tiempo ha preferido no mirar. No soy de las personas que comparten cada ficha de búsqueda. No soy de las que reaccionan siempre. Casi siempre sólo lo hago cuando la desaparición toca un círculo cercano. Y aún sabiendo que esto ocurre todos los días, aún viendo sus rostros en el Metrobús, en las marchas, en los monumentos, aún recordando las fotografías de los estudiantes desaparecidos frente a mi universidad, he elegido muchas veces apartar la mirada.

No porque no me importe.
Sino porque me abruma.
Porque soy consciente de mi privilegio.
Porque recientemente entendí que soy una persona altamente sensible
y, a veces, he usado eso como excusa para no hacer más.

Durante meses me recomendaron ver Hasta Encontrarte de Vicky Araico y Nir Paldi, una puesta en escena que sigue el recorrido de una madre, en la búsqueda de su hija mayor, reportada como desaparecida.
“Es muy fuerte”, me decían.
“Es una gran obra”.

Y cuando por fin regresó a cartelera en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario, lo único que pensaba era: necesito ir.
Sé que me va a doler.
Sé que me puede romper en función.
Pero quizá eso es justo lo que necesito para empezar a mirar.

Entro al teatro y lo primero que escucho es un perro en alerta. Mictlán. Un nombre que nos explican que convoca al inframundo, al cruce, al viaje.
A los nueve niveles que hay que atravesar para llegar al lugar donde habitan los muertos.
Desde ahí se anuncia un trayecto: no el de una ficción heroica, sino el de una madre.

La historia comienza en noviembre de 2018.

Y a partir de ese momento, lo que veo no es un caso, ni una cifra, ni una nota periodística. Veo el recorrido de una mujer buscando a su hija mayor. Veo la duda, la incertidumbre, la sospecha instalada desde afuera. Veo cómo, cuando se intenta reconstruir la última vez que fue vista, aparece de inmediato la revictimización: que si se fue con su novio, que si no la conocían lo suficiente, que si algo habrá hecho.

La madre se llama Alma.
La hija se llama Luz.

Porque la obra no trabaja con personajes abstractos. Trabaja con una ausencia concreta.

Hay una frase que me atraviesa como espectadora:

 

Aprendí a no llorar si quería que las autoridades me tomaran en serio

 

Ahí se condensa algo brutal: la pedagogía de la contención emocional para ser escuchada, la administración del dolor para poder exigir lo que, en teoría, debería ser un derecho. La vulnerabilidad de una madre convertida en un obstáculo. El coraje contenido para no parecer exagerada. Para no parecer incómoda.

Y yo, sentada en la butaca, no puedo dejar de preguntarme:
¿En qué punto normalizamos que desaparezcan personas todos los días?
¿Por qué seguimos culpando a quienes desaparecen y a quienes los
buscan?
¿Por qué aceptamos que la búsqueda tenga que convertirse en una tarea personal, familiar, comunitaria, y no en una responsabilidad estructural?

La obra es interpretada por Vicky Araico, quien sostiene en escena, con un solo cuerpo, un relato construido a partir de múltiples voces. La creadora, mencionó que está nutrida de testimonios reales. De una investigación de campo que no se queda en el escritorio, sino que se acerca a los colectivos, al territorio, a la escucha directa. Y eso se percibe.

Pero mientras les escribo, no puedo dejar de pensar en algo que no nace como un reproche hacia la creación, sino como una pregunta frente a la dimensión de lo que estamos viviendo: ¿cómo se nombra un país entero desde un solo cuerpo en escena?

¿Qué se alcanza a mostrar y qué necesariamente queda fuera cuando el dolor colectivo, construido a partir de meses de investigación, de testimonios y de archivos casi inabarcables, se articula en una sola presencia escénica?

No lo pienso como una limitación de la obra, sino como una evidencia del tamaño de la herida: hay tantos casos, tantos nombres, tantos registros, que ningún dispositivo, ni siquiera uno hecho con cuidado y respeto, puede contenerlos todos.

No lo digo como reproche, sino como una constatación: el problema es demasiado grande para caber en una sola voz.

Hay una sensibilidad evidente en la mirada de quien creó esta pieza. Se nota el cuidado. Se nota el respeto. Se nota que no hay un deseo de usar la tragedia como recurso, sino de construir un espacio donde el dolor pueda ser nombrado sin espectacularizarse.

Sin embargo, hay una imagen que se queda conmigo durante días: la soledad que llega después. La gente acompaña cuando ocurre la desaparición. Luego la vida de los otros continúa. Pero la madre permanece en la búsqueda. A veces sola. A veces desgastada hasta el límite de su propia salud mental. A veces sostenida únicamente por otras mujeres que sí saben lo que es no poder soltar.

Y aquí aparece algo que la obra no intenta maquillar: la transformación. La imposibilidad de volver a ser la misma. La fractura de la vida cotidiana. La imposibilidad de seguir trabajando, de cuidar de la otra hija como antes, porque todo el cuerpo y toda la vida, está puesta en encontrar a quien falta.

Luz pasa de estar… a no estar.
Y Alma deja de poder ser la persona que era.

No hay consuelo posible.
No hay reparación escénica.

Y aun así, la obra insiste en algo que me parece fundamental: la comunidad. La red de personas que buscan. El gesto colectivo como acto de resistencia. La certeza de que encontrar aunque sea restos, aunque sea verdad, aunque sea cierre también es una forma de justicia.

En algún momento, al final, aparece el aplauso, pero Vicky Araico no sale a recibirlo. Y una parte de mí se pregunta por qué no hacerlo, después de un proceso de creación tan largo y tan cuidadoso. Pero también entiendo que aquí la creadora no es la protagonista: es el medio para hacer llegar estas historias hasta personas privilegiadas como yo.

Porque aplaudir no alcanza.
No nos absuelve.
No nos transforma automáticamente.

Y entonces me pregunto, frente a ustedes:

 

¿para quién sana el teatro?
¿para ustedes?
¿o para quienes miramos desde una butaca?

 

Porque sí, el teatro tiene una potencia enorme para nombrar, para ordenar el caos, para permitir cierta comprensión. Pero también tiene límites. Y me parece honesto decirlos y, sobre todo, preguntarnos qué hacemos más allá de la función, porque a veces parece que le exigimos más al teatro y a quienes crean que a las instituciones y a los funcionarios públicos de este país.

Al final de la función, invitan a escribir algo en el Buzón de Paz: información anónima, palabras de aliento, recursos para apoyar a las familias. Un dispositivo que no se queda sólo en el símbolo, sino que intenta abrir un canal real.

Yo salí del teatro y no pude escribir nada.

Han pasado dos semanas y sigo llorando mientras escribo esta carta.

No porque la obra sea triste.
Sino porque me obligó a mirarme a mí.

A mi forma de estar en este país.
A mi forma de administrar la incomodidad.
A mi manera de elegir cuándo mirar… y cuándo no.

Hace un año me dedico a recomendar teatro. Y he descubierto que las obras que más me importan son las que no se conforman con entretener, sino que tienen algo que decir sobre el mundo que habitamos. Pero hoy, frente a ustedes, entiendo que también debo preguntarme qué hago yo con eso que digo, con eso que recomiendo, con eso que conmuevo.

Esta carta no es para hablar de una obra.
Es para hablar de una deuda.

Porque aunque ya hice un video, aunque espero que muchas personas vayan al teatro, aunque deseo que algo se mueva en quienes la vean, siento que no es suficiente.

Y quizá no lo sea.

Pero necesitaba escribirles para decirles que lo siento.
Por haber preferido no mirar tantas veces.
Por haber reducido su lucha a una imagen pasajera en el transporte, a un cartel, a una fecha.

Y también para decirles gracias.

Gracias porque, aun cuando el sistema falla, ustedes siguen buscando.
Gracias porque, aun cuando el acompañamiento social se diluye, ustedes construyen comunidad.
Gracias porque, aun cuando nada vuelve a ser igual, insisten en sostener la vida.

Tal vez nunca pueda comprender del todo lo que significa buscar a una hija.
Pero hoy sé algo con claridad: su trabajo no sólo encuentra cuerpos, nombres o verdades.
También devuelve humanidad a un país que ha aprendido demasiado bien a mirar hacia otro lado.

Con respeto y con una incomodidad que ya no quiero soltar,
Lalis

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.teatro

 

Esta crítica epistolar fue escrita a las madres buscadoras de México, a partir de la obra Hasta Encontrarte, De Vicky Araico y Nir Paldi , con la dirección de Nir Paldi y la interpretación de Vicky Araico. 

 

Si tienes un familiar desaparecido y necesitas asesoría o atención, te compartimos algunos recursos disponibles en la página oficial de Teatro UNAM. 

 

Críticas

Casi Normales. Crítica epistolar al personaje de Diana. Por Isabel Agurto.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Querida Diana:

Espero que esta carta te encuentre bien o al menos mejor que cuando te conocí, en el Teatro Municipal de Las Condes. Te vi desde mi butaca, sin saber que en cosa de minutos ibas a mirarme de vuelta. Desde la primera escena yo supe por qué no podías dormir, por qué necesitabas activarte a las cuatro de la mañana, tratando de hacer veinte cosas, pero no haciendo ninguna en realidad. Yo te vi, Diana.

Ese reconocimiento me acercó a ti, pero después empezaste a bombardearme y yo no estaba preparada. Me expusiste en ese escenario ante más de 800 personas. ¿Por qué? Si esto no se trata de mí.

Las bombas partieron con la canción de Mi psicofarmacólogo y yo. Esto es muy real, pensé, mientras el doctor indicaba las interacciones de los medicamentos, las modificaciones, los efectos secundarios, hasta que, con el paso de las semanas y meses de prueba y error, llegabas a no sentir nada y eso equivalía a estar estable. Aquí hay investigación, dije, realmente Brian Yorkey hizo su tarea. Pero faltaba más.

Quiero montañas, quiero mis montañas, dijiste. Y pensé, yo también, pero me acordé de una vez que estando en el colegio escribí un ensayo sobre montañas rusas y nadie entendió. Solo una compañera se acercó a preguntarme si realmente me sentía así. Déjame decirte, Diana, que llega un día en que no necesitas más montañas para sentirte viva. Un día descubres que no todo lo que no es vértigo es vacío, que también hay emoción en la subida lenta, que no todo lo que no es montaña es planicie y muerte.

Sentí, tal como siento ahora al escribirte esta carta, un pequeño nudo en la garganta que se fue intensificando mientras avanzaba la obra. Tuviste un buen período hasta que extrañaste tus montañas, Diana. Tuviste un buen período hasta que tiraste tus remedios por el retrete. No creo que haya sido tu mejor idea, pero no estamos aquí para enjuiciarte, menos yo que nadie. Además, si alcanzabas la estabilidad, se acababa la historia y yo quería saber más de ti.

No lo ves, me llegó a la vena. ¿Cuántas veces quise gritarle esa canción a alguien? Pero no sabía la letra, tú me la enseñaste. Eso de gritar sin sonido, de caer sin llegar al suelo, esa era yo, viviendo junto al abismo, como tú. ¿Y qué sabía Daniel de sufrimiento? ¿Qué saben los demás de sufrimiento? Ellos no lo ven, ¿cierto?

Yo lo veo, Diana. Y al parecer también lo vieron Yorkey y Kitt que te entregaron esta canción. Y también lo vio Ramón Gutiérrez que lo tradujo a mi idioma, y no me refiero al español, sino al chileno, que me acercó a ti mucho más.

Pero ante ese “no lo ves” tiene que haber una respuesta porque tú no estás sola, Diana, y yo tampoco, nunca lo he estado. Daniel te dice que es él quien ha estado siempre a tu lado, recogiéndote con cucharita cada vez que fue necesario y te pide que no te alejes, que él puede aguantar incluso más. Pero yo te entiendo, Diana. Tenías que alejarte, no podías evitar huir, sentirte incomprendida. No querías explotar y herir a los que más te quieren sin motivo.

Aun así, fuiste a ver a ese doctor rockstar que tanto te recomendaron, él debía tener las respuestas. He conocido a tantos doctores rockstars, tantas eminencias y es cierto lo que él te dijo, el camino es largo y cansador, pero, aunque no te des cuenta, se avanza. Un tratamiento tras otro, una nueva aproximación al problema tras otra, hasta que encuentras la que funciona para ti. No es magia, es ciencia. Paciencia, Diana, vas a llegar a ese punto.

Muchos piensan que los intentos por dejar de vivir ―ya no se puede usar la palabra con s― son solo un llamado de atención, pero Brian Yorkey lo hace de nuevo y, de manera brillante, aparece primero Sálvame o caigo, como un grito de ayuda casi inaudible para el oído humano, casi imperceptible para el espectador corriente. Y un par de escenas después, Gabriel, vestido de gala te invita a Un lugar. En ese preciso instante quise salir corriendo de esa sala, Diana, porque supe de inmediato cuál era ese lugar. Este no era un baile inocente entre madre e hijo, una forma de hacer las paces, una despedida, había que poner atención para saber cómo terminaría ese baile. Tuve que apretar mis puños, mis dientes, mis ojos por unos segundos para lograr permanecer en mi asiento y, a pesar de mi impulso, me quedé y seguí viendo tu desarrollo, Diana. ¿Por qué no corrí a abrazarte? ¿Por qué nadie corrió a abrazarte?

Corte/electro shock. Fuiste valiente, Diana. A veces hay terapias que son muy extremas, pero se siguen usando y son efectivas. Aunque hay métodos efectivos mucho más amables, entiendo que solo tenemos dos horas y media para contar esta historia.

Entonces vino el intermedio. Le conté a mi amiga Dani lo incómoda y vulnerable que me había sentido, me ofreció irnos, pero decidí quedarme. Mientras un café y un alfajor me hacían volver en mí. Pensé en Elvira López, la mujer real que te sostiene, la actriz que decidió sumarse a este proyecto junto a Darshan Teatro. ¿Habrá sabido la intensidad de emociones que tendría que gestionar? ¿o te apareciste sin previo aviso? Al sonar la campana entré con ansias a la sala para seguir conociéndote, Diana.

No sé mucho de terapia electroconvulsiva, pero sí sé de pérdidas de memoria, que la mayoría de las veces no son producto de las terapias, sino de las propias crisis. Ya asumí que hay muchas páginas borrosas en la historia de mi vida, y como trató de hacerlo Daniel contigo, a veces, sin querer, las reescribo con ficción. Los que me conocen ya saben que no siempre digo la verdad, pero es sin mala intención. Mi cerebro inventa recuerdos. Canta por el olvido, Diana, esta vez yo te acompaño.

Te agradezco, Diana, porque en este segundo acto me diste respiro. De todas formas, me preocupa tu hija más que tu esposo. Mírala, Diana, no vayas a ser tú la que no vea esta vez. Esto se hereda por sangre y se manifiesta por trauma, y esa niña llena todas las casillas. Cuídala, Diana, no la dejes sola.

Creo que ese es el único consejo que te quiero dar, sin yo ser madre. Discúlpame si estoy siendo impertinente, pero siento que te conozco bastante y me puedo tomar esta licencia. Lo demás, es buena suerte. Espero que encuentres el tratamiento adecuado para ti. Si quieres un día nos tomamos un café y te cuento mis experiencias, por si te sirven.

Antes de despedirme solo me queda una pregunta, una sola cosa que no entendí de toda la obra:
¿por qué la peluca, amiga?

Con cariño.
Isabel

Isabel Agurto
Periodista y editora

Instagram: @iagurto_

 

 

Esta crítica epistolar fue escrita a partir de la obra Casi Normales (Next to normal), que se presentó en el Teatro Municipal las Condes en Santiago de Chile, en octubre y noviembre de 2023, bajo la dirección general de Ramón Gutiérrez y la dirección musical de Francisco Kamei. El personaje de «Diana» fue intérpretado por Elvira López. 

Críticas

Monstruos en el parque: crítica epistolar a Sergio Arrau. Por Sergio Velarde

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Querido profesor Sergio Arrau:

Donde quiera que se encuentre quisiera dedicarle unas palabras acerca de la obra de teatro que vi, escrita y dirigida por usted, allá por los inicios de los años noventas, en el Club de Teatro de Lima, ese sótano que se convertiría en mi segundo hogar a partir de esa fecha.

La obra fue “Monstruos en el parque”, que a pesar de su título apocalíptico no se trató de una puesta de suspenso o terror, sino de una comedia fantástica repleta de personajes y situaciones tan típicas para nosotros los limeños, y todo esto salpicado por ese corrosivo humor tan suyo, irónico y sarcástico, que poco a poco llegué a comprender y valorar.

Y usted solo necesitó al centro del escenario una banca de madera sin respaldo, un farolito de utilería a un lado y unas cuantas hojas de papel lustre verde pegadas en los telones que formaban la caja negra. En ese íntimo espacio, con 90 butacas, desfilaron doce personajes arquetípicos, interpretados solo por tres actores (cuatro personajes cada uno): la actriz retirada, la payasita huérfana, el arqueólogo ciego, una prostituta culta, un esposo infiel, entre otros, que se toparon en aquella noche en el parque y dialogaron con un lenguaje sencillo, entendible para mí, acerca de sus miedos, sus frustraciones y de cómo debían sobrevivir en una ciudad tan salvaje e injusta, mucho antes de pandemias, revoluciones
digitales y cambios climáticos.

¿Y los monstruos en el parque? Sí aparecieron, pero materializados por los tres actores en el aire, con su corporalidad, mimando con gestos y miradas. Y me la creí.

Disfruté la obra como usted no tiene idea y quedé maravillado de cómo con tan poco se podía lograr experiencias tan enormes y enriquecedoras para el público.

Me matriculé en el Club de Teatro en la semana siguiente y tuve la fortuna de tenerlo como profesor dos años, poco antes de que se retirara de la docencia.

Así como a mí, su legado no solo con “Monstruos en el parque”, sino con todas las obras que escribió y dirigió en mi país desde los años setenta, estoy seguro, le debe haber cambiado la vida a muchísimos jóvenes, que así como yo en los noventas, no tenía las cosas demasiado claras.

Este año yo dirigiré su obra en abril y espero que desde arriba me dé su visto bueno, pues la haré con mucho respeto hacia usted. Nos encontraremos pronto en el teatro, querido profesor.

 

Sergio Velarde
Periodista cultural y artistas escénico. Director del portal web Oficio Crítico

@sergio_velarde_1976

velardesergio2@gmail.com

Escena de la obra El Diccionario de la Compañía Nacional de Teatro | Foto Sergio Carreón CNT
Reseñas

Me Acuerdo. A propósito de «El Diccionario». Por Curianito.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Me acuerdo [1]

 

Ciudad de México a 19 de febrero de 2026

 

Me acuerdo de que recibí un mensaje de Angélica Montes para invitarme a ver la obra El Diccionario en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque; recuerdo haber aceptado.
Me acuerdo de haber llegado con bastante anticipación y ver un gran revuelo de personalidades moviéndose como en una alfombra roja: saludos por aquí, abrazos por allá.
Me acuerdo de entrar y reconocer que tenía un espléndido lugar: al centro, a media sala.
Me acuerdo de que se apagaron las luces y entró a escena Luisa Huertas.  En ese momento, me di cuenta de que había llegado al teatro sin la menor idea de lo que iba a ver.
Me acuerdo de haberme preguntado: ¿Es de la Compañía Nacional de Teatro?
Me acuerdo de aligerarme y meterme en la obra.
Me acuerdo del momento eléctrico que sacudió mi cuerpo cuando la actriz dijo llamarse María Moliner.
Me acuerdo de conmoverme ante el drama: una mujer extraordinaria dedicada a las palabras que, en ese momento, enfrenta el problema de una enfermedad degenerativa que la va conduciendo al olvido de todo el conocimiento adquirido.
Me acuerdo de haberme condolido de la situación médica y de la ancianidad de mi madre; su lucha diaria después del derrame cerebral que sufrió aquel julio de 2025.
Me acuerdo de esforzarme por dejar la sensiblería y regresar a la ficción.
Recuerdo admirarme ante Luisa Huertas, su bien decir y su pronunciar.
Recuerdo haber trabajado con ella en una obra llamada Los gritones, de Luis Eduardo Reyes, dirigida por Raúl Zermeño (Segundo Ciclo de Teatro Clandestino, Casa del Teatro, noviembre de 1995), en la que admiraba su capacidad para modular y expresar con cada sílaba; una perfecta dicción.
Recuerdo que María Moliner, o su diccionario, me fue presentada por el maestro José Luis Ibáñez en 1999, cuando recién salía del CUT y tenía 24 años. ¡Dios!
Recuerdo las largas sesiones con el maestro Ibáñez analizando los textos de Calderón, Góngora, Quevedo, Sor Juana, Cervantes y Ruiz de Alarcón, entre muchos clásicos contemporáneos como mi amado Lorca. ¡Qué privilegio!
Recuerdo imaginarme la ansiedad que debe padecer alguien que empieza a olvidar y cómo la escenógrafa, Atenea Chávez, lo representa con una sobreposición de papeles como ladrillos que vuelan; algo que gráficamente me recordaba a cómo un disco duro va perdiendo partes de su información: huecos, espacios, olvido.
Recuerdo indignarme ante el desprecio de una Real Academia de la Lengua integrada por hombres que rechaza el gran trabajo de una mujer, una bibliotecaria que creó en sus “ratos libres” el diccionario más humanístico de la lengua española, sin olvidar los problemas domésticos que enfrentaba al entregarse a su más grande pasión.
Recuerdo el momento en que define frente a todos la palabra Libertad:

Libertad. Facultad que tiene la persona para elegir su propia línea de conducta, siendo responsable de sus actos.

Me acuerdo de que me resultó admirable la forma en que la actriz construye la
degradación física del personaje.
Me acuerdo de haber salido con una sensación de cambio, con el ánimo en alto y con una renovada admiración por el teatro, más allá de lo que la institución de la CNT me representa como creador y como partícipe de la administración pública.
Me acuerdo de que llegué a casa a abrir una botella de vino y brindar por Moliner, Ibáñez y Huertas.

De lo demás, no me acuerdo…

 

Atentamente,

Curianito

 

[1]Me acuerdo de “El Diccionario” de La Compañía Nacional de Teatro escrita por Manuel Calzada Pérez. Bajo la dirección de Enrique Singer. Teatro Julio Castillo. Reestreno 13 de enero 2026

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