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Teatro mexicano

Críticas

Ese Bóker también es Monterrey. Crítica de Carlos López Díaz.

por Aplaudir de Pie 8 julio, 2021

Monterrey se ha caracterizado por ser una población altamente conservadora. Se restringen los derechos de las minorías, se penaliza el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y se considera a las zonas más pobres como “fábricas de delincuentes”. Contrariamente, esto viene acompañado de una narrativa sobre “la ciudad del progreso”, la cual presenta a la zona y sus habitantes como altamente competitivos laboralmente, líderes en generación económica y con un nivel de ingresos y de vida superior al de la media nacional. Incluso aunque el Área Metropolitana de Monterrey está conformada por 13 municipios, cuando se habla de ésta se les invisibiliza, nombrándola solamente como “Monterrey”. Cualquier cosa que altere esta versión conservadora es visto como una amenaza porque no está alineado a los intereses comunes: decir que ser de Monterrey es pertenecer a una clase superior de mexicanos.

El Monterrey del ensueño.

Hay una idealización del primer mundo, representada por el estilo de vida estadounidense; el regio aspira a ser gringo. Diseñó una ciudad intransitable a pie, con el automóvil como rey y atravesada por dos vías alrededor de un río que pretendían convertirse en “freeways”. Sus lugares de ocio (plazas comerciales) están vinculados con el desembolso de dinero. Su aspiración es trabajar en una de las grandes empresas que existen en la ciudad, aún y cuando eso significa extender su jornada de trabajo a más de 12 horas diarias. Viaja a McAllen de shopping (y hasta a comprar hamburguesas), vacaciona en la Isla del Padre y sueña con pasar un año nuevo en Nueva York.   Aprende inglés desde pequeño, por lo que solamente consume música y televisión en inglés (ya fuera con parabólicas, cable, antena o recientemente en streaming) Para el regio promedio, todo aquello que no lo represente como exitoso, superior, de clase mundial, no merece ser contado.

Por supuesto, esta narrativa incluyó que en su momento no se supieran todas las historias del periodo de violencia, derivado de la “guerra contra el narco, vivido en los inicios de la década del 2010. Aún y cuando las conversaciones cotidianas terminaban siempre en el mismo tema: “Ayer balacearon a uno enfrente de mi casa”, “¿supiste que hubo persecución en Garza Sada?”, “me tocó desviarme porque bloquearon la avenida”, el discurso hacia afuera fue siempre el mismo: “somos el motor de México”, “estamos superándolo”. Los medios de comunicación, amparados en el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia en México, firmado en 2011, redujeron el número de notas sobre ejecutados, balaceras y persecuciones relacionados con la guerra contra el narcotráfico. En parte por las amenazas que ya empezaban a tener por parte de las bandas del crimen organizado, como por la saturación de este tipo de información en sus espacios noticiosos.

Este periodo dejó heridas en la vida de sus habitantes, las cuales hasta la fecha no han terminado de cicatrizar. No fue solamente la pérdida de vidas derivada de los enfrentamientos entre narcotraficantes y las autoridades policiales y militares, sino que la cotidianeidad de la metrópoli dejó de ser la misma. La vida nocturna se apagó, los fraccionamientos privados se pusieron de moda excluyendo a sus habitantes del entorno en que viven y muchos jóvenes empezaron a ver un futuro muy poco prometedor, enmarcado en la eterna crisis económica mexicana.

El Monterrey que no se quiere ver.

Un ejemplo del contexto anterior lo podemos ver en la película Ya no estoy aquí”, del director Fernando Frías, donde vemos la historia de Ulises un joven cholombiano perteneciente a la pandilla llamada “Los Terkos” el cual debido a un incidente con la delincuencia organizada se ve obligado a emigrar a los Estados Unidos y enfrentar una lucha por su identidad. Tras su estreno en 2019, las críticas a la película surgieron y no por sus elementos técnicos, o por la historia que se contaba, sino porque “esa película no representa a Monterrey”, “esos (los colombianos) son unos pocos, nadie los conoce” “asco, las cumbias rebajadas”. Ya ni qué decir de cómo saltaron les conservadores cuando supieron que la película estuvo en la terna para ser nominada como mejor película extranjera en los premios Oscar.

La película ocurre y fue filmada en locaciones en Monterrey, específicamente en colonias alrededor del Cerro de la Campana que fueron lugares habituales de venta y distribución de droga, así como enfrentamientos del narcotráfico con las autoridades. Varias de las escenas presentan un contraste entre el Monterrey del “progreso” y el de la mayoría de sus habitantes, como lo vemos en aquellas filmadas en los restos de unas casas a medio terminar ubicadas en lo alto del cerro, teniendo de fondo los altos y costosos edificios construidos en San Pedro.

No entender que una urbe del tamaño de Monterrey se compone de una diversidad cultural, nos ha llevado a la polarización tanto económica como de clases sociales e incluso a brotes de xenofobia despreciando lo que “no es de aquí”. Por su posición geográfica, las oportunidades académicas y laborales, la ciudad es recipiente de muchas personas de diferentes lugares del país que venimos con la esperanza de tener mejores oportunidades que en nuestro lugar de origen. Por citar un ejemplo, más del 20% de la población regiomontana nació fuera del estado, y de éste, 5% corresponde al estado de San Luis Potosí.

Los potosinos han creado sus propios ghettos en la ciudad. Habitan colonias específicas, tienen lugares de convivencia exclusivos, se relacionan entre ellos mismos. En general, se han aislado de la sociedad regiomontana porque no los han aceptado como parte de ella. Son, en gran medida, parte de la fuerza laboral que hace trabajos pesado con mano de obra barata. Muchas veces cuenta con sólo la educación básica y se emplean en la construcción, en la gastronomía informal o en labores de limpieza (residencial o industrial). Aún y todo eso, no ocupan posiciones políticas, ni tienen presencia en medios y son invisibilizados en las historias de la ciudad. Peor aún, hasta les tienen un apodo: chiriwillos. La sociedad regiomontana se quiere parecer tanto a la estadounidense que hasta tiene sus propios beaners.

Este mismo aislamiento pasa con los locales, pero aquellos que, aunque nacen dentro del área metropolitana, están geográficamente alejados del centro de la urbe. Son regios, sí, pero no comparten la visión del agringamiento. No escuchan música en inglés, no hacen viajes al extranjero, no ven series gringas. Al contrario, ven el canal local de Multimedios, sus salidas son totalmente esporádicas (¿cómo pagar un boleto de camión de 12 pesos pa’ toda la familia ida y vuelta?) y escuchan cumbias y vallenatas, como las del Kombo Kolombia.

Una masacre que dio luz.

Por allá del 2013, un viernes se coló a los medios una nota relacionada con el narcotráfico. Los 18 integrantes de El Kombo Kolombia, una agrupación de música cholombiana y vallenata, habían desaparecido después de haber tocado en el municipio de Mina. “El Kombo” amenizaba reuniones y bares locales ganándose un público que lo seguía a sus presentaciones. Para el lunes, las autoridades confirmaron que 17 de ellos fueron encontrados asesinados y apilados al fondo de una noria. Las investigaciones concluyeron que fueron ejecutados por miembros de un cártel debido a que habían realizado presentaciones en la fiesta de un cártel contrario. Dieron con los cuerpos gracias a que uno pudo escapar de la ejecución y condujo a los investigadores a la fosa improvisada. A la fecha todavía hay bardas en algunos bares del centro de Monterrey donde quedaron los anuncios de sus presentaciones, y sus canciones se siguen escuchando en Youtube. El narco le arrebató el Kombo a la ciudad, pero la ciudad no lo deja ir.

Hasta ese entonces, todas las personas que fallecían a consecuencia de la guerra del narco permanecían como una estadística más, especialmente aquellas de comunidades fuera del centro económico de Monterrey. Sólo ocuparon titulares los nombres de Jorge y Javier, dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey asesinados por el ejército dentro de las instalaciones de la universidad debido a una supuesta confusión. La muerte de dos estudiantes de excelencia causó más conmoción que todos los abatidos en las colonias populares, quienes siguen en el anonimato.

Para Víctor Hernández, artista escénico oriundo de Santa Catarina, Nuevo León, hay algo interesante en esa historia es la identidad del sobreviviente de la tragedia del Kombo. Por seguridad de éste, cuando salió en televisión contando los sucesos, su cara fue pixelada y su nombre ocultado. No sabemos quién es ni su origen, ni siquiera qué instrumento tocaba en su grupo. Una vez más, una identidad borrada porque no corresponder al imaginario regio.

En la puesta “Ese bóker. En el campo del dolor”, Víctor nos propone darle una identidad al sobreviviente y crear una ficción a partir de ésta. El Bóker, protagonista de la obra, no sólo es un integrante del Kombo, sino que es un joven que se escribe cartas de amor con su morrita, con quien también va a fiestas a perrear y bailar colombianas, aunque los hermanos de ella no los quieran ver juntos. Tiene el sueño de salir de donde se encuentra, aunque también tiene cierta resignación por el poco prometedor futuro que alcanza a divisar.

Foto: Carlos López Díaz

 

El bóker en el Nuevo Reino de León.

La historia se presenta como una fantasía distópica cumbifidencista que sucede en el Nuevo Reino de León y de cuyas referencias cual el público regio no es ajeno. Nos recibe un viejo de la danza, integrante de un grupo de matachines que danzan en honor al Niño Fidencio. El mito del Niño Fidencio nació en la frontera de Nuevo León con Coahuila. Lo que anteriormente fuera una próspera población que funcionaba en torno a una estación de ferrocarriles, a inicios del siglo XX empezó a convertirse en un destino religioso tras la aparición de un joven al que le adjudicaban poderes divinos de sanación.

El viejo, ataviado con ropa de mezclilla de la que cuelgan retazos multicolores, se pasea por las butacas, mientras balbucea palabras y lanza desinfectante en aerosol a la audiencia. Mientras tanto el elenco, ataviados como matachines, ingresa por los pasillos laterales rumbo al escenario. La modernidad ha atravesado a la tradición: además de sus clásicos faldones, portan playeras sublimadas con la imagen del niño Fidencio en el frente y el nombre de cada integrante en la espalda con letras multicolores y usan tenis Converse. Da inicio la función, el viejo de la danza se convierte en el tamborilero y los matachines comienzan su danza. Somos bienvenidos a la fiesta fidencista, que será también el comienzo del ascenso del Bóker hacia otro plano espiritual.

De repente comienzan a despojarse de su indumentaria y nos trasladamos del rito de adoración al del baile moderno de una quinceañera. Una guirnalda de globos rosas enmarca el escenario. La única mujer matachín es ahora la festejada Parkita, ataviada con un vestido rosa, y su chambelán es El Bóker, quienes en lugar del vals se enfrentan en un reto de baile colombiano. Sí, las cholombianas también tienen quinces y se enamoran de verdad. El resto del elenco son ahora tres integrantes del choloballet que acompaña a la quinceañera.

Foto: Carlos López Díaz

 

Como en cualquier fiesta de este tipo, los jóvenes se dan una escapada al OXXO, con el pretexto de comprar cigarros, una coca cola o unos chicles, aunque en realidad quieren su propia reunión privada. Un letrero retroiluminado del negocio se hace presente, mientras los jóvenes juegan con restos de basura. Aprovechan para contar al público la situación actual del Nuevo Reino de León: la pandilla de los Dark Sides se ha apoderado de los arroyos secos del reino, desplazando con violencia a los seguidores del Santo Niño. El Bóker no es del agrado de estos últimos, ya que los traicionó durante uno de los enfrentamientos contra los Dark Sides, sacrificando incluso a un chiriwillo trabajador de un OXXO para salvarse.

 

Foto: Carlos López Díaz

El Bóker, harto de la situación, decide ir con La Niña Aurorita, en terrenos de la pandilla de Los Metafísicos, a pedir su intercesión ante el Niño Fidencio para que lo canonice y se convierta en uno de ellos, un cajita. Empieza entonces una batalla de rimas vallenatas, con un grupo improvisado como el que se sube a tocar en los camiones o ameniza las mañanas de mercadito. El Bóker acepta su nuevo destino. La violencia se apodera del reino, nos cuentan, camionetas circulan por la ciudad, cuerpos caen y son rodeados por cintas amarillas. La canonización tiene un precio: los cuerpos del Kombo Kolombia.

El caos impera en la ciudad mientras se canoniza al Bóker. Caen rocas del cielo que queman los instrumentos del Kombo, y arrastra a sus integrantes al suelo. La polvareda del desierto, que todo desaparece, que todo cambia, se hace presente en la devastación. Se escucha repetidamente en el aire “los cuerpos se deshacían en el desierto” “el Kombo Kolombia está completamente muerto”.  El Bóker, La Parkita y sus tres amigos entran en un trance al ritmo de música electrónica, mientras brincan en medio de la polvareda. Se ha cumplido la voluntad, el bóker será un cajita. El telón se cierra.

En medio del telón reaparece El Bóker es ahora un cajita. Viste una túnica totalmente blanca con una capa roja y usa un látigo como cinto. Es casi un santo, redimido y confesado ante El Creador. Los que antes eran sus amigos ahora son un trío de pecadores a los cuales persigue alrededor de su propio charco de lodo. Sin embargo, La Parkita, aparece para recordarle que no puede dejar su pasado atrás, que también es un pecador, no sólo por haber asesinado al chiriwillo, sino por sus hijos no nacidos y, sobre todo, por traicionar a su barrio. De un disparo, lo inmoviliza y lo hunde en el charco, no sin antes confesarle el enigma del misterio de la muerte.

Foto: Carlos López Díaz

 

Esto también es Monterrey.

 

Este Bóker es un héroe trágico de Monterrey. Dista mucho de la representación de aquél regiomontano que trabaja duro, que quiere ser gringo, que no se rinde. Es un personaje violentado por su mismo entorno, dentro de una ciudad donde es nadie, donde si muere o desaparece todo seguirá igual. Pero también es alguien que sabe disfrutar de pequeñas cosas que nos hacen humanos, como el amor, la fe y el baile.

 

Además, es un personaje que puede ser protagonista de una historia y de una fantasía, con un universo creado a partir de su mismo entorno. Vemos así una tardeada en el antro Arcoiris con música de reggaetón, un aire lavado para mitigar el calor nocturno, el lenguaje del barrio que no se aprende en la escuela, un santo no oficial al que se le venera.

Monterrey es algo más que empresas, éxito y futbol. También hay cumbias rebajadas, vallenatas y reggaetón. Hay quienes tienen fe en fenómenos espirituales y quienes se refugian en las drogas para sobrevivir la realidad. Hay quienes intentan, intentan y siguen intentando. Hay quienes fracasan y mueren intentando. Hay quienes mueren sin intentar. Los que habitamos esta urbe debemos conocer sus historias.

Foto: Carlos López Díaz

 

El teatro tiene el poder de convertirse en un foro adecuado para contarlas, nos permite generar espacios imaginarios donde es posible que otras realidades encarnen frente a nosotros. Vernos y ver a los demás, sin necesidad de atarse a una forma de ser, a una voz determinada o a un imaginario idealizado. La realidad desde el punto de vista de quienes la viven, pero también el futuro que nos gustaría tener.

 

Carlos López Díaz. Espectador teatral norestense.

Reseñas

Diario de una temporada, texto de Jimena Eme Vázquez

por Aplaudir de Pie 30 marzo, 2021

Introducción

Tengo un instinto debajo del instinto evidente que me ayuda a resolver problemas con la sabiduría de una vida pasada. Me ocurren cosas y pienso: “esto ya lo viví”, y me acuerdo del torneo en el que, hace 14 o 17 años, sentí exactamente lo mismo. Mi mamá fue la primera en darse cuenta de que el boliche me había preparado para el teatro. Y yo hice este juego: aproveché una temporada de cuatro funciones, de una obra nueva, para hacer evidente que esto yo ya lo había vivido. Luego de que acababa la función de la obra, yo abría mi documento y escribía sobre boliche.

 

Los días de estreno/Semana 1, función 1

En los días de estreno es cuando más siento que no tiene caso.

Hay algo en lo efímero que me roba un porcentaje del pulso, y en los estrenos siempre lloro. Hasta cuando es un éxito, hasta cuando me voy a cenar con mis amigas. Por la noche, antes de dormir, me hago bolita y lloro. No sé por qué. Quizá por esa famosa condena de que, cuando algo nace, inmediatamente empieza a morir. Es probable que mi cerebro vea los estrenos más como un final que como un comienzo.

Y luego viene esa parte tan difícil de conseguir personas que quieran ir a ver tu obra, que se quieran conectar para ver tu obra. No importa si la temporada de la obra pasada se llenó prácticamente sola: el esfuerzo se hace desde cero cada vez. Yo no sé qué pasaría si no hago el esfuerzo, puede ser que nunca me entere porque siempre lo voy a hacer.

A los 11 años empecé a jugar boliche. El boliche es un deporte que se puede jugar muy en serio y, en mis tiempos, México era el quinto lugar mundial. Mucho mejor que en el futbol. Tenía tres bolas, una maleta para llevar a dos de ellas a los torneos, unos zapatos rosas y toallas azul marino para limpiar mi pelotita de quince libras antes de cada tiro. Es que se llenan de grasa cuando pasan por la pista. La secuencia era: limpiar la bola, ponerle brea, secar la mano en el aire, mirar a ambos lados, y subirme a la pista. Dedo medio, anular, y el pulgar al último. Creo que daba dos respiraciones antes de empezar a dar mis cinco pasos, empezando con el pie izquierdo, contra toda lógica de la suerte.

A los 16 años decidí que no iba a jugar más porque quería saber de qué otra cosa se trataba el mundo. Me retiré un año después, pero hasta la fecha, cuando voy a jugar, es casi seguro que alguien va a llegar a decirme que juego muy bien, que si no quiero entrar a un equipo, a un torneo… y yo digo que todo eso ya lo hice, que muchas gracias.

Si hubiera tomado una decisión distinta a los 16 y siguiera jugando, cada vez que me parara en la pista, los diez pinos iban a estar intactos. Y yo tendría que tomar la bola, limpiarla, ponerle brea, secarme la mano y subirme a la pista con la misma mente en blanco con que lo hice durante esos años de mi vida. Los pinos siempre van a ser diez.

Sigo en Instagram a jugadoras que conocí y me sorprende mucho verlas tirar. Llevan 25 años haciendo eso y no importa cuántos juegos perfectos hayan tirado: la línea empieza en cero y los pinos son diez.

Así yo, cuando abro el archivo de Word y la página está en blanco. ¿Por qué no pueden los personajes de la obra pasada escribir un poco de la nueva? ¿Por qué no hay tres escenas ya escritas cuando empiezo a trabajar? No: hay que agarrar la bola, limpiarla, ponerle brea. Y este tiro es el único que tienes, así que cuida mucho las palabras que le vas a poner.

En las temporadas siento lo mismo que hace quince años sentía en los torneos.

Cada función es una línea diferente. A veces empieza con caída y se levanta. O no se levanta. O hila cinco chuzas y se va tranquilita hasta el final, manteniendo el speare. O te toca un split traicionero en el cierre y sientes que todo se fue a la mierda. O es perfecta.

No importa cuántas funciones des, siempre habrá diez pinos al final de la pista y el puntaje estará en ceros.

Para jugar teatro y para hacer boliche uso la misma parte de la cabeza. Tengo esa obsesión de tantas deportistas y tantas artistas, a las que también les dicen que no se lo tomen tan en serio, que hay un mundo ahí afuera y que la vida se trata de muchas cosas. No, no me voy a volver loca, déjame en paz que quiero seguir jugando.

Saludos a Beth Harmon de Gambito de dama.

Qué bueno que el mundo sea tan grande, pero, si me lo permites, yo ya encontré la parte que me gusta y aquí me voy a quedar.

Cuando acababa el torneo, me acuerdo, yo no me sentía con fuerzas para el siguiente. Me parecía imposible entrenar cuatro, ocho meses, para viajar a la siguiente ciudad y empezar todo de nuevo. Después de un torneo no jugaba durante dos semanas. Hasta que un domingo me levantaba temprano, me iba al Bol Insurgentes con mi playera azul y oro, echaba un Goya y entrenaba con mi equipo. Y nada más pararme en la pista, todo volvía a tener sentido.

Las emociones no están en el mismo orden, pero son las mismas. La desolación es la misma. Nadie podría acompañarme mejor en mis tristezas de estreno, que la Jimena adolescente que acaba de terminar un torneo. Y a ella tampoco le importaban las medallas: el vacío llega, independientemente de si hay medallas o no.

No tiene nada que ver con la función, ni con el equipo, ni con que no haya llegado alguien a quien le aparté celosamente su boleto. Siempre me han gustado las cosas efímeras, las que empiezan en cero y hay que construir con toda la atención del presente. La vida entera es así, pero de todos modos creo que algunas nos ponemos a jugar a ser Sísifo por voluntad. Y está bien, aunque nos pongamos tristes cuando la gravedad vuelva a hacer lo que siempre hace. Ya sabemos que va a pasar. Yo cada vez que estreno sé que en algún momento llegará, que no me voy a poder dormir sin que me pase.

La siguiente vez que estrene una obra, me voy a ir a jugar boliche después.

 

Foto: Cortesía Jimena Eme Vázquez

 

Segundazo/Semana 2, función 2

En el boliche, cuando juegas en cuartetas, hay una manera estratégica de acomodar el turno de las jugadoras en la pantalla. Suele pasar que la del puntaje más alto cierre y la segunda más alta sea la primera del equipo en tirar. La que tiene el puntaje más bajo va en el segundo turno.

Más que hablar del segundazo como esa mítica función que siempre sale mal, quiero hablar del momento en el que veo la obra y me caga. Maldigo a los dioses que no me borraron el archivo de la computadora a tiempo, antes de que esos pobres incautos ocuparan un pedazo de su cerebro en aprenderse todos esos balbuceos.

Ese día odio la obra, y no la odio porque haya salido mal, la odio porque se me da la gana. A veces coincide y toca en la segunda función, a veces la tercera, la cuarta… le voy variando. Supongo que depende de mi ciclo menstrual, de las estrellas y de lo que desayuné. De la función no creo. Es algo mío, me enojo como cuando jugábamos en cuartetas y a mí me ponían a cerrar. Me cagaba ser la última porque me desesperaba. Los días de cuartetas eran los peores, al menos en el boliche sabía que ese día iba a sufrir. Ahora sólo sé que habrá una función, no sabemos cuándo, en que yo voy a querer arrepentirme de todo.

Luego se me pasa y no se suele repetir.

 

Arriba de par/Semana 3, función 3

Antes de mi último torneo dejé de jugar medio año. Sabía que ya me iba a retirar, pero no sería con esa desgracia de Tijuana. Yo nunca fui una jugadora particularmente peligrosa, pero nunca podíamos saber, ni yo ni el resto, cuándo iba a estar inspirada y me iba a colgar una medalla. Pero lo de Tijuana estuvo tan mal que me puse a imaginar qué sería de mi vida sin el boliche. Tenía 16 años e imaginé. Y por primera vez desde la Olimpiada Nacional del 2003, me gustó imaginar al boliche fuera. Se había convertido en tiempo perdido. Supongo que algo así se siente dejar de querer a alguien. La cosa es que dejé de jugar seis meses y cuando volví era otra: había crecido todo lo que las pistas no me habían dejado crecer en esos años. Y jugaba concentrada, segura. Las jugadoras más jóvenes me empezaron a tomar de referencia, me acuerdo de eso con mucho cariño porque yo siempre tomé de referencia a jugadoras brillantes, de esas que todavía hoy suben sus chuzas a instagram. Esa última Olimpiada Nacional gané dos medallas de bronce en equipos y quedé en cuarto lugar individual. Pamela me ganó el bronce individual porque se puso a tirar chuzas como loca y yo no pude alcanzarla. Ni siquiera lo intenté, hice mi juego sabiendo que era el último, festejando cada tiro de la regia como si fuera de mi equipo. Nadie entendía por qué no me enojaba. Mi entrenador estaba desesperado tratando de hacerme tirar más chuzas que Pamela. Pero yo no podía jugar mejor, yo estaba jugando muy por encima de mi promedio y no iba a dejar que la ambición me arruinara mi último día de bolichista. Esa Olimpiada tuve un promedio de 200 puntos. Nunca en toda mi carrera, salvo esos cuatro días, mi promedio estuvo en 200. A los 200 se les dice “par”, cuando tú tiras un promedio por arriba de 200 estás “arriba de par”

Hubo personas que me consolaron cuando acabé de jugar, pero yo me sentía entera. Y entonces les dije a todas las personas que pude, que ese había sido mi último torneo. A mis entrenadores, a las jugadoras de mi equipo, a las jugadoras de otros estados. Me acuerdo que Paola me dijo: “Pero tienes 17, todavía te queda una Olimpiada por jugar”. Yo me voy a ir cuando yo quiera, no cuando el boliche me corra, le respondí. Yo diría que con esa frase empezó la Jimena que soy ahora.

Hoy el teatro estuvo arriba de par. Fue un día de esos en los que vi la obra y la actriz dijo de una manera diferente ese diálogo que nunca me convencía, y me convenció. Una de esas funciones en que disfrutas darte cuenta de que las obras tienen otra opción aparte de la que tú imaginaste, y que también funciona. Que las fallas se respiran, que las emociones aparecen y que los chistes caen. Tal vez no fue perfecta. Quizá, si esto fuera boliche, alguien nos hubiera ganado la medalla de bronce. Pero nosotros no pudimos haber jugado mejor.

 

Oro, plata y bronce/Semana 4, función 4

Tenía muchas medallas cuando me retiré, no sé si las conté pero probablemente alcanzaban las 100. Y las tiré casi todas a la basura. Me quedé con algunas, hice la selección de las más significativas. Hace poco las vi y me acuerdo bastante bien de cuándo las gané y cómo. La mayoría son de parejas o de cuartetas: las de equipo. Y sí, la verdad es que con el paso de los años recuerdo mucho mejor las medallas en equipo que las que ganaba sola.

Me acuerdo de esa plata de cuartetas en el Bolerama Coyoacán, cuando todavía jugaba por Aguascalientes. Éramos sólo dos e hicimos equipo con las de Guanajuato, que también eran sólo dos. Luego nos enteramos de que ellas se desilusionaron mucho cuando supieron que les tocaba hacer equipo con Eli y conmigo. Pero ganamos y todas fuimos felices.

El boliche es un juego muy individualista, pero lo que más recuerdo son los equipos. Ahora me dedico a escribir, cosa que también se suele relacionar con la soledad, pero escribo algo que sólo se puede hacer realidad en equipo. La última vez que se estrenó una obra mía porque un director me pidió obras para leer y yo le mandé las que tenía escritas, fue hace casi tres años. Desde entonces, todos mis estrenos han sido para una voz particular, para una dirección particular. Desde que me siento frente a la computadora ya estoy trabajando en equipo. Creo que ese es de los giros inesperados más bonitos que me ha dado mi carrera. Yo de verdad pensé que me iba a dedicar a mandar correos con pdfs de obras que había tramado sola, y rogar a las diosas porque una del catálogo fuera seleccionada.

Me cuesta mucho trabajo saber cuál es mi equipo teatral favorito. Yo soy de la idea de que siempre se puede decidir qué cosa es tu favorita, pero con los equipos me rindo. Es que cómo decides entre la actriz que se pone contigo a reformular el monólogo para que quede perfecto, línea por línea; o la directora que traduce tu texto al catalán para una escena de la obra; o la que ya te ha leído tanto que hace primeras lecturas perfectas, como si hubiera una partitura; o ese equipo de virtuosos donde parece que todos estamos bailando. ¿Cómo les repartes medallas? Oro para todo el mundo y vámonos a nuestras casas.

Tampoco puedo decir si me gusta más la medalla con las de Guanajuato o la de mi penúltima Olimpiada, cuando las de Jalisco casi nos alcanzan y en la última línea nos volvimos locas y les sacamos 150 puntos para que dejaran de soñar con el oro.

El cierre

En el boliche, como en algunos otros deportes, existe el juego perfecto. Hay que tirar doce chuzas consecutivas y alcanzas un puntaje de 300. Yo tiré un juego perfecto en la última línea del día, durante un torneo amistoso en un boliche de Puebla. Tenía 16 años y me moría de hambre. Ese mismo día mi madre y yo habíamos viajado a Puebla, y sólo habíamos desayunado unas donitas vinvo y un yogur para beber. Llegamos tarde al boliche y no pude comer nada antes de jugar. Yo creo que eran como las tres de la tarde cuando empezamos la última línea. Mi mamá me preguntó varias veces si me pedía algo de comer, pero a mí no me gustaba comer mientras jugaba. Entonces, sin razonarlo realmente, hice lo que podía llevarme más pronto a un restaurante: tirar puras chuzas. Si despachaba mi juego en 12 tiros, se acortaba la espera. Lógico.

Por supuesto que no lo tenía consciente, yo estaba en otra realidad porque necesitaba comer. En la séptima chuza la mamá de una de mis compañeras me dijo: “Lleva siete Jimenita”. Y creo que ahí entendí lo que estaba pasando. Uno de mis entrenadores tuvo como misión distraerme entre tiro y tiro y yo me dejé, mientras la gente empezaba a juntarse alrededor de mi mesa. Ocho. Aplausos. Y Enrique me preguntaba algo de mis aretes y yo le contaba dónde los había comprado… y mi mamá seguramente pedía que eso acabara pronto para irnos a comer. Nueve. Aplausos.

Las últimas tres chuzas se tiran juntas, en el cierre. Para ese entonces ya me temblaba la mano y casi todo el mundo había dejado de jugar para ver si lo lograba. Diez. Aplausos. Es una cosa rara el juego perfecto, en esos cinco años debo haber visto a lo mucho diez. Para el onceavo tiro el temblor de piernas ya era insoportable. Sentía todos los ojos de la gente en mi espalda. Respiré. Una niña del equipo de Puebla se paró unas mesas a la derecha e hizo su tiro. A ella le importaba muy poco mi juego. Y me acuerdo que pensé: “Perfecto, si a ella no le importa, a mí tampoco”. Once. Aplausos.

Me encanta contar esa historia. Pocas veces tengo la oportunidad.

 

No tengo mayor metáfora que dedicarle un pensamiento a las espectadoras y espectadores. Si llevara las lógicas del boliche al teatro, creo que sería capaz de tirar juegos perfectos a voluntad para verles emocionarse. Y, por el otro lado, también pienso en los que saben que estoy jugando y no les importa, y hasta no les importa a propósito. Pues lo mismo: si a ti no te importa, a mí tampoco me va a importar. Probablemente nunca me verás hacer una obra para agradarte. Ya tengo unos ojos en la espalda y ya me tiemblan las piernas, es ilógico que tú me importes más.

 

La doceava chuza fue la más fácil. Ya no había nada que perder, era un sólo tiro y me parecía absurdo haber llegado hasta ahí para tirar 299, quién sabe cuándo iba a hilar once chuzas otra vez. Así que: doce. Y aplausos y abrazos por todos lados. Me imprimieron la línea y todavía guardo el papelito con los doce tachecitos. Cuando me acabaron de felicitar, guardé la bola, los zapatos, y me fui con mi mamá a un restaurante que estaba cerca. Ella pidió enmoladas y yo, arrachera. Nos llevaron los platillos. Seguro eran las cuatro y media de la tarde. Empezamos a comer en silencio. Y entonces el estómago hizo su trabajo y todo el cuerpo nos empezó a funcionar un poco mejor. A los cinco minutos mi mamá se detuvo y me dijo: “¿Que hiciste QUÉ?”. Yo creo que tenía más o menos la misma cara que le vi varios años después, en el estreno de la obra de las brujas.

 

Jimena Eme Vázquez. Dramaturga y estilista, a veces narradora. Le gustan las voces y las acomoda para que hagan llorar a la gente.

Críticas

«Todos somos cachorros de león» Crítica de Yordanka Guilarte

por Aplaudir de Pie 5 marzo, 2021

“Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula, está llena de maravillas y felicidad”. Así comienza con una voz apagada, la película La vida es bella, protagonizada y dirigida por Roberto Benigni. Si no la has visto, verdaderamente te la recomiendo. En ella, se relata la vida de un padre y su hijo en los campos de concentración nazi, durante la segunda guerra mundial. Estos campos eran verdaderamente campos de exterminio. Los hombres que, en él fueron mantenidos eran forzados a trabajar largas jornadas de trabajo y sometidos a todo tipo de abusos. Verdaderamente era una odisea el sobrevivir aquel calvario. Guido como se hace llamar este padre, disfrazó con fantasía los maltratos y abusos que allí pasaron, él y su hijo Giosuè, todo como un juego.  Maniobra que sirvió   para proteger a su hijo y que su vida, no fuera afectada más tarde negativamente. Esta acción hace cuestionarse la gran responsabilidad que tienen los padres en la crianza de los hijos. Entonces les pregunto: ¿Se aprende a ser padre? ¿Será tarea fácil?

Muchos de los expertos en tema de familia, sugieren leer manuales donde se aconseja de cómo ser un gran padre.  Recomiendan que hay que crear un ambiente de respeto y amor. Que se debe enseñar con el ejemplo, sin esconder el cariño y dedicarles tiempo para crear gratas memorias durante su niñez. Pero claramente, los padres no son perfectos ni tampoco hay un libro que comprenda la idea más sustancial, ni les diga la realidad que envuelve el serlo. Sin embargo, gran parte de la construcción de nuestra identidad y de quiénes somos depende de nuestros progenitores.

 

¿Qué pasa si llevamos a escena momentos fuertes de nuestra infancia, que nos han constituido como personas y han dado forma a nuestra identidad, si escenificamos todos los recuerdos que nos vienen a la memoria de nuestro padre?

 

En Cachorro de León nos enfrentamos a ese encuentro entre el arte y la vida o más bien la vida hecha teatro. Es así como Conchi León pone magistralmente en escena la historia sobre su padre, una historia que a la vez le permite dar cuenta de cómo todas las vivencias y sentimientos que su progenitor representa para ella son en gran medida las que la han conformado como la Conchi adulta. 

 

Cortesía: Conchi León

 

Su historia, la cadena de recuerdos sobre su padre, la hacen terminar por descubrir que fueron sus salvadores. Todo esto presentado en un monólogo en el que Conchi la actriz y Conchi el personaje se entremezclan en una relación simbiótica, en la que se manifiesta su sello personal, ese gran sentido del humor que también presenta fuera de escena: en la vida real. Un sello que se expresa mediante “el uso coloquial del lenguaje, un fino humor, ironía y sarcasmo” (Báez Ayala & Beltrán Enríquez 111).  Tal como ha expresado Adrianne Rich, Conchi enuncia su experiencia desde lo vívido. Para él es claramente desde la experiencia vivida desde donde podemos “reestablecer el contacto entre nuestros modos de pensar y hablar” y el contacto con “el cuerpo de este ser humano particular, una mujer” (33). Lo vívido se transmuta en la escritura y en la escena, pues “es una forma de poner al sol las heridas que están dentro y envenenan la sangre” (Cachorro de León 1)

Una mujer que se retrotrae en el escenario a la mirada inocente de cuando tenía tan sólo cuatro años, y siempre presente a partir de la música de Pedro Infante la imagen de su padre “Mauricio León Rosas”, un ser que nos presenta dentro de un mundo grotesco, con amigos deformes muy al estilo de los personajes de la película Big Fish. Un padre que actúa con ímpetu y se deja llevar por la ira, embriagado por la bebida y que trata con crudeza y brusquedad a su madre. 

 

 

Cortesía: Conchi León

 

Sin embargo, Cachorro de león no es sólo una obra que refleja la realidad de la violencia intrafamiliar de la que son testigos muchos niños como es el caso de Conchi. Sino que es más bien una oda al perdón, a la resiliencia, a un resurgir como adulta desde los monstruos del pasado, de los malos recuerdos que terminan por opacarse en una realidad claroscura. Una realidad que finalmente la memoria a veces confunde, porque tal como Conchi nos dice: “el cerebro tiene un mecanismo de defensa que acomoda los recuerdos de manera en que nosotros somos “los buenos” de la historia. Pero siendo justos, el viejo no era tan malo…” (Cachorro de León 11).  Su padre, en realidad se transmuta a instantes, en un gigante a modo de superhéroe. Toda esta transformación que de a poco vamos viendo en el monólogo nos llega como espectadores, quienes nos reflejamos en esa Conchi adulta vestida al comienzo de la primera escena con una mochila rosa pequeña y unas gafas de sol.

Vemos que nuestra infancia y sobre todo el influjo de nuestros padres en ella, nos constituyen como sujetos y conforman nuestra identidad, lo que finalmente somos como adultos. Ya que la identidad se vincula a la experiencia individual y particular de cada sujeto, la que surge muy ligada a la biografía de cada persona, tal como mencionan Côté y Levine, “los individuos construyen un ajuste entre las prescripciones sociales y la singularidad e idiosincrasia de su biografía” (8). Precisamente a lo que nos enfrentamos con Cachorro de León es a una confesión autobiográfica vívida, mediante la cual Conchi hace catarsis de sí misma a partir de los recuerdos de su padre y su infancia. La memoria fluye y se interceptan pasado y presente. El pasado doloroso se convierte en un arma para sobreponerse y a través del teatro sanar. El arte al servicio de la superación personal y la resiliencia, tal como lo ha dejado en claro Boris Cyrulnik neurólogo y psiquiatra en la entrevista Vencer el trauma por el arte, en la que señala que los seres humanos son los únicos capaces de vivir y sufrir dos veces una misma situación, una de ellas sería el golpe y la otra la representación de ese golpe; es decir, la forma en la que la recuerdan, cuentan o sacan de sí mismos el dolor a través de la pintura, el cine, una novela, etc. Estas manifestaciones artísticas “se convierten en un acto de liberación porque les permiten compartir con otros lo que les pasó, pero controlando las emociones” (46).

Al finalizar el monólogo nos retrotrae a nuestra propia experiencia. Así, como la voz de al principio de la película, que resulta ser la de Giosuè adulto, cuando termina diciendo: “Esta es mi historia. Ese es el sacrificio que hizo mi padre. Aquel fue el regalo que tenía para mí”. Tal como Conchi pudo aprender al final que no todo es alcohol, no todo es mentira y no todo es fantasía. Nada más me queda por decir que todos somos cachorros de león, pues nuestros padres nos protegen como fieras salvajes, pero también nos clavan las garras de vez en cuando.

 

Yordanka Guilarte
Cubana en la diáspora, mamá orgullosa y maestra de español

 

Fuentes

Benigni, Roberto, director. La Vida Es Bella = Life Is Beautiful Película. La Vida Es Bella

(1999) La Mejor Pelicula De Drama En Español, 6 June 2020, www.youtube.com/watch?v=Xq-PjvqY5so.

Cote, James, and Charles Levine. “Identity, Formation, Agency, and Culture: A Social

Psychological Synthesis”. Psychology Press, 2002.

Cyrulnik, Boris. “Vencer el trauma por el arte. Entrevista por L. Lara” Cuaderno de pedagogía,

2009, pp.42-47.

Leticia, Susana, and Báez Ayala. “Mestiza Power de Conchi León, Escritora Sin Fronteras”,

Anagnórisis (Barcelona): Revista de investigación teatral, no. 9, 2014, pp. 102–129.

León, Conchi. Cachorro de león. Unpublished script. CACHORRO DE LEÓN 2016.pdf.

Rich, Adrienne.  “Apuntes para una política de la ubicación”, en: Otramente: lecturas y 

escrituras feministas, coord. Marina Fe, México, UNAM – FCE, 1999.

 

Reflexiones

¿Quién es Conchi León? Una respuesta de Mario Cantú

por Aplaudir de Pie 12 diciembre, 2020

Lo simple y lo sencillo no son sinónimos. Así tampoco lo complejo y lo complicado. La simplificación es un procedimiento mediante el cual se reduce la realidad de manera esquemática para poder apropiársela, reducir —por ejemplo— un fenómeno a una fórmula para poder aprenderlo y aprehenderlo. Decimos que algo es simple cuando es fácil de usar o de entender, cuando la interacción con esa cosa no requiere esfuerzo. Decimos coloquialmente que una persona es simple cuando ríe sin ningún esfuerzo, cuando cualquier cosa le provoca gracia. Así que la simplicidad está asociada a la falta de esfuerzo, la falta de gracia, cuando algo o alguien “no tiene chiste”.

Lo complicado es precisamente el antónimo de lo simple. Algo complicado nos requiere esfuerzo; sin embargo, cuando algo es complicado, sentimos que ese esfuerzo no es proporcional al beneficio. Decimos que una situación se nos complicó porque no esperábamos que requiriera tanto esfuerzo, tiempo y/o atención. Lo complicado se puede resumir con la frase: “tanto para nada”.

Hay cosas que son simples y complicadas. Vemos obras que reducen la realidad a unas cuantas sentencias, que regularmente se acercan mucho a la denuncia, y que lo hacen desde una pretensión ya sea intelectualista o de destreza casi acrobática. Obras que, aunque crean mundos simples y esquemáticos, lo hacen desde una complicación estética que vuelve solipsista su espectáculo.

La pareja opuesta es la que propone Edgar Morin desde su teoría de la complejidad. El filósofo francés propone que nuestras observaciones de la realidad sean sencillas y complejas. La complejidad es lo contrario de la simplicidad: no se trata de reducir un fenómeno a una fórmula sino de admitir su entramado y sus niveles, y con ello admitir nuestra incapacidad para aprehenderlo. La complejidad, al contrario de la simplicidad, no pretende adueñarse del mundo sino observarlo y admirarlo desde la mayor cantidad de puntos de vista que nos sea posible. Lo sencillo es lo opuesto a lo complicado. No porque lo sencillo no requiera esfuerzo, sino que el esfuerzo que se emplea es proporcional al beneficio… o incluso mayor. Así, por ejemplo, los desarrolladores de la compañía Apple realizan complejas operaciones y entramados tanto de software como de hardware para que sus productos sean sencillos de usar. Por ello Morin insiste en que nuestras visiones de mundo y de vida (como proponía Dilthey) sean sencillas y complejas.

Así son las obras de Conchi León: sencillas y complejas. Tienen una sensibilidad que atrapa el espectador sed principio a fin, lo que hace que no se requiera tanto esfuerzo par entrar en los mundos que nos propone. El artificio teatral se reduce a lo indispensable con una economía de recursos; sin embargo, sus mundo son complejos, llenos de profundidad y de una sabiduría de la que ella misma no es consciente. Pues deja que sus mundos fluyan y no los controla en favor de una discursividad mañosa y prefabricada como pasa en los espectáculos simples y complicados que llenan las carteleras.

 

No es fácil ser Conchi León porque se tiene que luchar contra las envidias y la
discriminación. Mucho antes que Yalitza, Conchi sufrió burlas y denostación cuando llevó su Mestiza power a la Muestra Nacional de Teatro. Sin embargo, la calidad se impuso.

 

Algunos de los que la minimizaban junto con su obra ahora son sombras, ecos nada más: iconos que el tiempo colocó en su lugar. Con el éxito vienen las injurias. Ha tenido que soportar la envidia de colegas —tanto hombre como mujeres de teatro— quienes aseguran que debe su éxito a favores sexuales. Pero su ceguera no los deja ver que el “secreto” de su éxito está a la vista de todos. La gente se mete a sus talleres tratando de encontrar la fórmula, el método, la receta. Pero no se dan cuenta de que ella no enseña eso en sus talleres, ella lo enseña con el ejemplo: Disciplina: Es una artista que entrena, que practica, que reflexiona. Si bien su vida personal, sus habitaciones de hotel y sus cabellos pueden ser un desorden, sus procedimientos de creación no son aleatorios ni se basan en que llegue la inspiración. “La inspiración te debe encontrar trabajando”, decía Woody Allen, y Conchi lo sabe: no hay mejor manera de encontrar la inspiración que trabajando. Lo que conecta con la constancia.

Ser disciplinado requiere constancia. Si bien ser disciplinado y ser constante no son lo mismo, no se puede ser lo uno sin lo otro. A su constancia algunos la llaman terquedad, otros obstinación. Yo la llamo perseverancia. Y si se es constante y disciplinado, es porque hay compromiso. El artista que se compromete con un activismo siempre es un artista mediocre… aunque pueda ser un gran activista. El artista que se compromete con el arte termina adquiriendo un compromiso social, porque el arte no cambia al mundo a punta de denuncias (simples y complicadas). El arte es uno de los actores que intervienen en la evolución del mundo porque nos permite apreciarlo en su complejidad a través de la metáfora. Sólo el artista y el filósofo se pueden alzar sobre su individualidad para observar la esencia de su tiempo y su cultura, decía Dilthey, a quien estoy parafraseando de manera libérrima. Tan sencillo como que, antes de poder hacer viajes a la Luna, hubo artistas que soñaron la posibilidad. Y del sueño nació el cambio. Un verdadero artista no necesita denunciar para tener compromiso social. Un verdadero artista sabe que, si se compromete con el arte, se compromete con la humanidad.

“Yo soy una ignorante porque no estudié”, dijo alguna vez Conchi en una conferencia.  E inmediatamente después la “regañé”. Le dije: “Que no hayas ido a la escuela no significa que no haya estudiado, tú estudias siempre y te sigues preparando. Ser autodidacta no es lo mismo que ser ignorante”. Preparación constante. Algunos optamos por el estudio formal y los grados académicos. Otros tienen la suficiencia autodidacta. Es lo mismo. Uno tiene que estar preparándose, actualizándose, estudiando constantemente. Ya sea con grados académicos, ya sea con talleres, ya sea de manera autónoma. Lo importante es seguir adquiriendo saberes, conocimientos y destrezas. Y para ello se requiere de autocrítica. Todos nos decimos autocríticos, pero pocos realmente lo son. Si realmente lo fuéramos, seguiríamos preparándonos constantemente. El método socrático, la mayéutica, se basa en un aforismo que resume la constancia y la autocrítica: “Yo sólo sé que no sé nada”.

Quien sea realmente autocrítico dejará de pensar en lucirse, dejará de fantasear con las frases halagadoras de los críticos encumbrados. Dejará el arte solipsista de la simplicidad complicada y comenzará a pensar en el espectador. No se trata de darle al espectador lo que quiere, no se trata de ser ni complaciente ni mucho menos condescendiente. Decía Lope de Vega
en el Arte nuevo de hacer comedias: “…pues debo / obedecer a quien mandarme puede, / que, dorando el error del vulgo, quiero / deciros de qué modo las querría…” Así, dorar el error del vulgo es la clave. Pensar en el espectador pero no para darle gusto, sino hacer algo de calidad que además le guste al espectador: sencillo pero complejo.

 

 

Foto: Darío Castro

Si se piensa en conmover al espectador podemos caer en un gran error: la condescendencia y/o la complacencia. Hay colegas que se preocupan mucho por hacer llorar al espectador porque sienten que eso es sinónimo de calidad. Si uno se centra en hacer llorar al espectador, lo más probable es que caiga en una falta ética gravísima: el chantaje emocional. De igual forma quienes se empeñan en hacer reír al espectador a base de chistes es casi seguro que cometen otra falta ética: la extorsión cómica. Se le amenaza al espectador: si no te ríes de esto es porque eres de lo que me estoy burlando. También quienes tienen este altísimo compromiso social comenten —paradójicamente— faltas éticas pues juegan, entre otras cosas, con la culpa de clase del espectador. Todas estas son formas de simplicidad porque son formas reduccionistas de la realidad y tienen consecuencias éticas: chantaje, extorsión y culpa. Y si encima le añadimos una forma estética solipsista, completamos la funesta dupla pues, además de simple, lo hacemos complicado.

No quiero decir que no se metan a sus talleres, por su puesto que van a aprender mucho de ella, pero la mejor enseñanza de Conchi es con su ejemplo, no en sus clases (que pueden ser maravillosas). No se fijen en lo que dice sino en lo que hace. Sus obras no chantajean ni extorsionan ni mucho menos juegan con la culpa. Sus obras no intentan conmover al espectador, ni divertirlo ni advertirle sobre la corrupción de las instituciones. Sus obras nos revelan cosas sobre nuestra condición humana. Y es esta revelación la que tendrá como efecto secundario la risa, el llanto o la sorpresa. Quienes trabajan para la risa, el llanto y/o la sorpresa son como aquel que confunde los síntomas con la enfermedad.

Las obras de Conchi nos revelan (desocultan, dirían los griegos) cosas porque son complejas, entienden la profundidad de la condición humana, y porque son sencillas, ya que no tenemos que esforzarnos por descifrar entelequias ni rompecabezas. Quiero aclarar que no estoy usando a Conchi como excusa para hablar de mi postura sobre el teatro… bueno, sí… un poquito. Pero es porque son cosas que yo aprendí de ella. Quizá mis obras nunca habrán pecado de simplicidad, o al menos eso quiero creer. Sin embargo hago mi mea culpa y admito que he pecado de complicado. Conchi me ayudó a ver esto; no con sus palabra: con su ejemplo. Sé que ahora está en boga el discurso feminista. Me alegra. Pero yo no encasillaría las obras de Conchi dentro de postulados o estéticas feministas, que claro que puede entrar. No obstante, no se detienen en ahí. Sus obras van hasta lo más profundo de lo humano, en esa zona abismal donde ya no importa si somos hombres, mujeres o cualquier cosa intermedia, donde no importa la edad ni la etnia ni la clase social. Las obras de Conchi son sencillas y complejas… como ella.

 

MARIO CANTÚ TOSCANO 

Dramaturgo, director, pedagogo e investigador teatral

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