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Compañía Nacional de Teatro

Escena de la obra El Diccionario de la Compañía Nacional de Teatro | Foto Sergio Carreón CNT
Reseñas

Me Acuerdo. A propósito de «El Diccionario». Por Curianito.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Me acuerdo [1]

 

Ciudad de México a 19 de febrero de 2026

 

Me acuerdo de que recibí un mensaje de Angélica Montes para invitarme a ver la obra El Diccionario en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural del Bosque; recuerdo haber aceptado.
Me acuerdo de haber llegado con bastante anticipación y ver un gran revuelo de personalidades moviéndose como en una alfombra roja: saludos por aquí, abrazos por allá.
Me acuerdo de entrar y reconocer que tenía un espléndido lugar: al centro, a media sala.
Me acuerdo de que se apagaron las luces y entró a escena Luisa Huertas.  En ese momento, me di cuenta de que había llegado al teatro sin la menor idea de lo que iba a ver.
Me acuerdo de haberme preguntado: ¿Es de la Compañía Nacional de Teatro?
Me acuerdo de aligerarme y meterme en la obra.
Me acuerdo del momento eléctrico que sacudió mi cuerpo cuando la actriz dijo llamarse María Moliner.
Me acuerdo de conmoverme ante el drama: una mujer extraordinaria dedicada a las palabras que, en ese momento, enfrenta el problema de una enfermedad degenerativa que la va conduciendo al olvido de todo el conocimiento adquirido.
Me acuerdo de haberme condolido de la situación médica y de la ancianidad de mi madre; su lucha diaria después del derrame cerebral que sufrió aquel julio de 2025.
Me acuerdo de esforzarme por dejar la sensiblería y regresar a la ficción.
Recuerdo admirarme ante Luisa Huertas, su bien decir y su pronunciar.
Recuerdo haber trabajado con ella en una obra llamada Los gritones, de Luis Eduardo Reyes, dirigida por Raúl Zermeño (Segundo Ciclo de Teatro Clandestino, Casa del Teatro, noviembre de 1995), en la que admiraba su capacidad para modular y expresar con cada sílaba; una perfecta dicción.
Recuerdo que María Moliner, o su diccionario, me fue presentada por el maestro José Luis Ibáñez en 1999, cuando recién salía del CUT y tenía 24 años. ¡Dios!
Recuerdo las largas sesiones con el maestro Ibáñez analizando los textos de Calderón, Góngora, Quevedo, Sor Juana, Cervantes y Ruiz de Alarcón, entre muchos clásicos contemporáneos como mi amado Lorca. ¡Qué privilegio!
Recuerdo imaginarme la ansiedad que debe padecer alguien que empieza a olvidar y cómo la escenógrafa, Atenea Chávez, lo representa con una sobreposición de papeles como ladrillos que vuelan; algo que gráficamente me recordaba a cómo un disco duro va perdiendo partes de su información: huecos, espacios, olvido.
Recuerdo indignarme ante el desprecio de una Real Academia de la Lengua integrada por hombres que rechaza el gran trabajo de una mujer, una bibliotecaria que creó en sus “ratos libres” el diccionario más humanístico de la lengua española, sin olvidar los problemas domésticos que enfrentaba al entregarse a su más grande pasión.
Recuerdo el momento en que define frente a todos la palabra Libertad:

Libertad. Facultad que tiene la persona para elegir su propia línea de conducta, siendo responsable de sus actos.

Me acuerdo de que me resultó admirable la forma en que la actriz construye la
degradación física del personaje.
Me acuerdo de haber salido con una sensación de cambio, con el ánimo en alto y con una renovada admiración por el teatro, más allá de lo que la institución de la CNT me representa como creador y como partícipe de la administración pública.
Me acuerdo de que llegué a casa a abrir una botella de vino y brindar por Moliner, Ibáñez y Huertas.

De lo demás, no me acuerdo…

 

Atentamente,

Curianito

 

[1]Me acuerdo de “El Diccionario” de La Compañía Nacional de Teatro escrita por Manuel Calzada Pérez. Bajo la dirección de Enrique Singer. Teatro Julio Castillo. Reestreno 13 de enero 2026

Críticas

El diccionario: María Moliner frente a la pérdida del significado. Crítica de Belinda Lorenzana

por Aplaudir de Pie 16 marzo, 2021

Desde que conocí la anécdota histórica, me pareció fascinante que María Moliner, una mujer del siglo XX, hubiera compuesto un diccionario en su casa, ese espacio doméstico, mediante fichas que iba llenando en una máquina de escribir o a lápiz, sin ayuda de otros lexicógrafos, durante la dictadura de Francisco Franco que sucedió en España entre 1939 y 1975. En aquel entonces, el país europeo quedó sumergido en un régimen militar caracterizado por la represión política, lo que llevó a cientos de miles de españoles al exilio y, en muchos casos, a la muerte en campos de concentración. Para las mujeres el régimen supuso un retroceso en cuanto a derechos y libertades, y María Moliner no fue la excepción.

Luego, al acercarme al Diccionario de uso del español, creado por esta bibliotecaria y lexicógrafa, encontré fascinante que fuera tan cercano y humano como minucioso y exhaustivo, que resultara incluso literario, que se diera el lujo de la imagen y el sentido del humor, que su mera existencia implicara una claridosa y resuelta crítica a la Academia de la Lengua, tan acorde con el conservadurismo impositivo del dictador, en aquel tiempo más que nunca. Para algunas de las personas que rodeaban a Moliner entonces, la hazaña era incluso inverosímil, por diferentes razones, pero sobre todo porque se trataba de una mujer componiendo algo tan ambicioso como un diccionario, sin apoyo institucional. Desde ese antecedente llegué a El diccionario de Manuel Calzada Pérez, con dirección de Enrique Singer y con Luisa Huertas en el papel de María.

Escena de la obra El diccionario de la Compañía Nacional de Teatro. Foto: Sergio Carreón Ireta / CNT

 

“Espero no olvidar todo lo que tengo que callar”, dice la personaje en la primera parte de la obra. María comienza a olvidar las palabras que le han dado rumbo a su vida, esas que ha estudiado con un cuidado extraordinario, y nosotras, como espectadoras, compartimos su angustia de la pérdida, nos preguntamos en dónde se desvanece el límite entre el olvido y la locura, cuál es el papel que juegan las palabras en la disminución de una misma. ¿No es el discurso el reflejo de nuestro pensamiento, y el pensamiento parte fundamental de nuestra existencia? Tal vez extraviar las palabras sea de algún modo extraviarse. Esa paradoja de la lexicógrafa impedida para echar mano del léxico está presente de principio a fin en el montaje, como recordatorio de la vulnerabilidad de María que, tras haber construido una obra monumental, comienza a descubrirse incapaz de la expresión y el significado.

El diccionario ofrece, más que un retrato, un recorrido por la realidad de María, una mujer mayor que acude al médico, que conversa o discute con su esposo y que pronuncia un discurso de presentación de su obra. Todo ocurre como parte de un juego temporal en que la pérdida va inundando a la intelectual minuciosa, vigorosa, obsesiva y al mismo tiempo amorosa que fue la protagonista. Mientras tanto, ella debe lidiar con dos hombres: su médico y su esposo. Ninguno de los dos parece entenderla: mientras uno se acerca a ella desde el diagnóstico y hace conjeturas sobre su situación mental, el otro cuestiona su obstinación con respecto al diccionario en que ella continúa trabajando, a pesar de todo, porque como ella misma explica “un diccionario nunca se termina del todo”.

María además es agredida por un tercer personaje, un soldado que la interroga en nombre del franquismo, con violenta insistencia. Los tres hombres son representaciones del poder: el médico, el catedrático/esposo, el soldado. Desde la ciencia, desde la academia y la sujeción conyugal, desde la dictadura, los tres varones intentan marcar una pauta a María, limitar o contener su trabajo y su devenir personal. Ella, que comprende el mundo a través de las palabras, es cuestionada una y otra vez por los tres y se refugia en la precisión del vocabulario, un ámbito que domina por encima de ellos: las observaciones léxicas que ella hace al médico durante la consulta se perciben como resistencia, incluso como triunfo.

 

 

La acción fluye entre el recinto académico, el consultorio médico y la mesa del comedor o de la cocina, donde María trabaja incansablemente con papel, lápiz y una vieja Olivetti. Los espacios guardan congruencia con los hombres que circundan a la protagonista: el médico y su consultorio como institución científica, el marido y el entorno doméstico como parte de la institución matrimonial, el podio como extensión de la academia. Los tres espacios difuminan sus límites, rodeados de fichas que se van desplomando, en concordancia con la afección neurológica de Moliner. A lo largo de veinte años, la personaje ha registrado en esas fichas palabras, sinónimos, definiciones, usos, miles de significados y significantes. El espacio doméstico se convierte así en la cuna de todas las palabras, de todos los sentidos posibles. Y es también el lugar donde ella zurce calcetines, para darnos a entender que su labor de lexicógrafa debe alternarse con la de esposa y madre.

Desde sus cuatro paredes, María hizo con el léxico del español lo que muchas mujeres han hecho siempre en sus casas: ordenó con ayuda del sentido común, agrupó, clasificó, acomodó términos, hizo el mundo inteligible, desde una perspectiva funcional, humana y amorosa. “El diccionario de la Academia es el diccionario de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad”, dice la lexicógrafa en la presentación de su obra.

 

Habría que preguntarse si el texto transmite esta nota contextual de manera consciente, si entiende a María, sobre todas las cosas, como mujer. ¿Qué habría pasado si el libreto hubiera sido escrito por una dramaturga? ¿Habríamos visto a María en conversación con otras mujeres, desde su construcción como personaje, a la periferia del poder y la autoridad? ¿Se habría mencionado durante la obra la influencia que su madre, su hija, su hermana, sus amigas y colaboradoras tuvieron en su trabajo, en la manera en que habitó el mundo? La corporalidad, las experiencias culturales y vitales, pueden determinar nuestras formas de contar historias.

 

En Una habitación propia, Virginia Woolf se pregunta cómo habrían sido los personajes de, por ejemplo, Shakespeare, si no hubieran tenido amigos, compañeros, rivales, hermanos, más allá de su relación con las mujeres. Concluye que, en ese caso, la literatura universal estaría mutilada, tal y como lo está la literatura sin una representación de las mujeres más apegada a la realidad. El diccionario muestra a una personaje que se erigió por encima del poder mediante el léxico, que convirtió la casa y la cocina en el origen del entendimiento, pero la puesta en escena, al contarnos esa anécdota, recurre a un atajo que encontramos por lo general en la literatura escrita por hombres: retrata a la mujer como una figura solitaria, aislada de otras mujeres, que existe en tanto se relaciona con los hombres. ¿Será necesario que una mujer construya a otras mujeres en escena para que su dimensión esté completa, sea más humana, más cercana a las mujeres de carne y hueso? ¿O qué será necesario? En la realidad histórica, en el texto y en la representación, sería justo conocer a una María Moliner completa, capaz de despertar la misma fascinación que se experimenta al hojear por primera vez su diccionario.

 

Belinda Lorenzana. Editora y docente.

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