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Reseñas

EXTASIS 9:05: un poema para el fin del mundo.

por Aplaudir de Pie 4 abril, 2017

EXTASIS 9:05: un poema para el fin del mundo.

Teatro Sensorama

Autoría y dirección: Demian Lerma y Edzna García

Ha llegado el fin del mundo y seguramente sabrías qué decirle a tus personas más cercanas, pero ¿qué te dirías a ti?

 

Es el fin del mundo  y estoy en Ciudad de México, no en mi ciudad natal ni mucho menos en mi país, estoy a más de 2000 kilómetros de distancia de mi familia y amigos, y el mundo se está acabando, no lo veo, pero lo siento, siento como las rocas chocan contra mi cuerpo,  escucho como las alarmas suenan, los gritos se escuchan cada vez más fuerte, las personas corren, huele a destrucción, sí, a destrucción porque también esta tiene aroma.

«Éxtasis» es una obra que narra por diferentes medios -se trata de una pripuesta kinestésica-  lo que sucede en México frente este apocalipsis inminente (esperemos que sólo ocurra en la imaginación de los directores). Una lluvia de meteoritos amenaza con acabar con todo lo que conocemos ahora como tierra, familia, amigos, vecinos, todo.Tengo los ojos vendados y una campana me indica que puedo destaparlos, observo a una pareja que está esperando el fin de los días, se aman físicamente,  se tocan, se sienten. Al vendarnos los ojos de nuevo, asistimos a esa danza de cuerpos, con olor a flores… siento cómo pasa por nuestra piel algo suave…

Otra vez las campanas, ahora veo una escena donde una madre trata de “engañar” a su hija para que no se dé cuenta que el fin del mundo ha llegado, le dice cuanto la ama y yo sólo puedo pensar en mi mamá que está tan lejos y que también trataría de cuidarme y evitarme cualquier sufrimiento. Cuadros aparentemente distantes muestran qué hace una pareja los últimos minutos de su vida, cómo una hija se despide de su padre por medio de una llamada telefónica sabiendo que no podrá abrazarlo una última vez, cómo afrontan algunos la idea de la muerte ya sea yendo a la selva por ejemplo, pero también nos llevan a un concierto y de paseo antes de terminar “nuestra vida”. Al final de la obra comprendemos que estos cuadros “separados” se corresponden unos a otros, configurando la obra de tal manera que construyen un mundo completo, tan fuerte que puede hacernossentir ahí, en la situación,  entrar en ella y recorrer nuestros recuerdos emocionales y así conectarnos completamente con el montaje.

Vuelvo a cubrirme los ojos, y a descubrirlos y a cubrirlos otra vez, así por dos horas más o menos, entre presenciar visualmente cuadros que están tan cerca que parece que los vives con ellos y sentir, dos horas que dediqué a sentir el teatro con mi cuerpo, con la memoria. Recordé que he vivido y que afortunadamente no era el fin del mundo y que podría volver a casa junto a mi familia y amigos en unos meses. Hay muchas formas de acercarse al teatro: verlo, leerlo, estudiarlo, hacerlo desde cualquiera de sus formas. Sensorama propone otra forma de acercarnos: desde los sentidos. Esto es importante:  detenerse a sentir en un mundo que va cada vez más rápido y donde todos somos ahora seres netamente visuales, cerrar los ojos para poder ver, recordar y vivir con el cuerpo.

En Sensorama se experimenta otro teatro, ya que dejamos de ser solo asistentes que observan lo que pasa en un escenario y pasamos a hacer parte de la obra misma gracias a nuestro cuerpo que sirve de puente entre ambos; nosotros y la obra gracias a los recuerdos que cada espectador lleva, cada uno vive una obra distinta pero que a fin de cuentas nos hacen recordar los momentos en la vida en que hemos amado,  otros en los que hemos sido felices y algunos que inevitablemente hemos sufrido.

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Verónica Valencia

estudiante de letras, clown y amante del hecho teatral

 

Reflexiones

Segundo Aniversario. Nosotros y el Teatro

por Zavel Castro 3 abril, 2017

Cumplimos dos años de compartir nuestras reflexiones en torno al fenómeno teatral, y es que Aplaudir de Pie ha nacido con la idea de ser un espacio para compartir pensamiento sobre el fenómeno teatral y ha crecido con la idea de ser parte de la comunidad artística y crítica de cualquier sitio que tenga ganas de dialogar con nosotros. Para nosotros el teatro es un convivio, por lo que se trata de compartir; rechazamos por tanto, todas las divisiones que respondan a estímulos e intereses individuales que nos separen como comunidad. Nos hermanamos así con todas las páginas de teatro independientes que han nacido antes y después de nosotros por amor al teatro. El surgimiento de los espacios independientes nos reconforta porque son una ventana de libertad que resquebraja hegemonías, escuelas de pensamiento e imperios de opinión cerrados y ortodoxos. Todos juntos somos la nueva escuela de crítica teatral. La renovación es importante. La actualización generacional también lo es.

Motivados por este ánimo de compartir estamos siempre dispuestos a debatir y conversar, a intercambiar puntos de vista enriquecedores. Es por esto que en dos años hemos expandido nuestras fronteras, ahora somos parte del mapa teatral en Buenos Aires (nuestro punto de origen), la Ciudad de México y amenazamos con llegar pronto a Medellín. Y estamos en todas partes donde el pensamiento puede ser libre –aunque es nuestro deber devenido en placer personal argumentar toda opinión-, desde nuestro sitio, pero también en Facebook, Twitter  e Instagram.  Nos llena de júbilo haber nacido en este siglo de paraísos virtuales.

Estamos felices de llegar a este punto, hemos laburado mucho para hacerle honores a nuestra pasión por el teatro, a él nos acercamos devota pero no sumisamente, nos ponemos frente a frente suyo para admirarlo sin idealizarlo porque creemos que solo así será posible comprenderlo. Es el arte más humano de todos, es complejo e imperfecto como nosotros.  Lo tratamos como un objeto de deseo fascinante,  estudiamos todo el tiempo, vamos a todas las funciones que podemos, nos preocupa entender. Lo miramos y obtenemos fotografías grandiosas, reflexionamos en torno suyo. Celebramos su existencia, reclamamos las injusticias en su contra y nos alegramos con sus logros y alcances. Seguiremos riendo, llorando, discutiendo, pensando y haciéndole fotografías al teatro, agradecidos con quienes nos han invitado a ver sus montajes y con quienes nos siguen y leen. Vamos por más todos juntos.

 

 

Zavel, Ricardo, Darío, Manya y Verónica

Reflexiones

Teatro y nuevas tecnologías en la Ciudad de México

por Zavel Castro 29 marzo, 2017

En atención a la verdad declaro desde el inicio que el gérmen de esta reflexión fue la observación de dos obras que estuvieron simultáneamente en la cartelera de la Ciudad de México. Me refiero a “Raíz” con la dirección y dramaturgia a cargo de Diego Álvarez Robledo y de “Épica de la Inmediatez”, escrita y dirigida por Hugo Abraham Wirth. Ambas obras proponían la utilización de una app que el público tendría que descargar para vivir la full experience, aunque no pasaba demasiado si no lo hacían, simplemente tendrían que conformarse con la experiencia “convencional”.

“Raíz” trata algunos de los temas que persiguen a Álvarez Robledo desde hace algún tiempo -estos temas los encontramos en Animalia, Bestiario Humano y Los Exóditas-: la conformación de las civilizaciones, el comportamiento de las sociedades y la complejidad de la habitación del mundo por parte de criaturas que aun emiten señales del “salvajismo” que aseguró la supervivencia en otro tiempo.[1] Mientras que “Épica de la Inmediatez” es una obra de suspenso que va sobre la desaparición de una mujer y las dificultades para señalar al culpable a pesar de las pruebas conseguidas a partir de las herramientas tecnológicas, como el celular de la chica perdida y la utilización de las redes sociales. Más allá de la opinión que pueda tener sobre las no muy logradas construcciones de personajes, dirección de actores y propiamente interpretación de los actores en ambos montajes, me concentraré en referir la intervención de la tecnología por medio de las aplicaciones en ambas obras que resulta también fallida debido a que ambas se encuentran en estado de prueba.[2]

Lo cierto es que a pesar de ser un producto inacabado y de las fallas de las aplicaciones cada una propone a su manera una participación más activa por parte del público. En “Raíz” se le concede la autoridad para decidir el curso de la historia, ya que la app muestra dos opciones de escenas a elegir para definir la progresión narrativa y “Épica de la Inmediatez” invita al público a aprovechar una libertad de movimiento al que no está acostumbrado.[3] La app de la obra de Wirth sirve para acompañar la narración con los mensajes (virtuales) que leen los personajes y con una especie de cámara que muestra en acción y en tiempo real la preparación de unos actores para otra puesta en escena fuera del teatro en que se presenta «Época…».

Sabemos que las aplicaciones no se encuentran disponibles aún es su presentación final, debido a que en «Épica de la Inmediatez», es el propio director quien casi al finalizar el montaje declara esto frente al público, haciéndose cargo del «problema» -que no afecta en absoluto el desarrollo de la obra- con total honestidad creativa, participandonos así de los resultados conseguidos hasta entonces. Mientras que de «Raíz» lo supimos en una entrevista posterior a Álvarez Robledo. Suponemos que este estado intermedio de ambas aplicaciones pueda deberse a condiciones económicas que no facilitan la producción de montajes con nuevas tecnologías; hemos sido testigos de la dificultad con que estas obras pudieron realizarse, «Raíz» por ejemplo, contó en un principio con un apoyo de Efiteatro que les asignaría determinada cantidad que al final no pudo concretarse y debido a esto posteriormente tuvo que recurrir a un programa de fondeo de participación colectiva. Señal de que el presupuesto no alcanza.

Es necesario referir la valentía y el arrojo con que Álvarez Robledo y Wirth se han comprometido en este esfuerzo por incorporar estas tecnologías a la escena, proponiendo formas teatrales alternativas; hasta ahora en la Ciudad de México, por “nuevas tecnologías” se entendía la utilización de proyecciones que sustituían la escenografía o fungían de mero ornamento. Por tanto, la intención de crear apps para que convivan intencionalmente con el desarrollo dramático, en un país en el que los recursos culturales por parte del Estado son insuficientes merece nuestro reconocimiento.

En este punto conviene recordar el cuestionamiento que se hacía Martín López Brie respecto a las “estéticas de la precariedad” en un texto que trataba de encontrar en las condiciones económicas del país y bajo las cuales funcionan la mayoría de las compañías de teatro (independientes), la justificación de los “resultados empobrecidos”:

“Por ejemplo, cuando el modelo estético que se busca seguir es el de un director o compañía consagrada  que admiramos, pero no contamos con las mismas condiciones de producción, necesariamente tendremos un resultado empobrecido […] Si solo contamos con fuerza de trabajo y muchas ganas, ¿a dónde podemos llegar? No dudo que muy lejos, pero difícilmente al mismo lugar que nuestro modelo.”[4]

En resumidas cuentas, para conseguir una obra de teatro que ocupe la creación de apps y la aplicación de tecnologías de último nivel como sucede en el utópico teatro de primer mundo -como en Alemania y en Tokio-, una obra con estas características y requerimientos, para ser “acabada” y con mejores resultados – en este caso, la exitosa interacción del público con el dispositivo virtual al mismo tiempo que el escénico/de cuerpo presente- precisa de una mayor inversión económica. Mientras tanto, tendremos buenos prototipos que darán cuenta de la intención de algunas compañías de incluirse en la vanguardia tecnológica. En este sentido, “Raíz” y “Épica de la Inmediatez” acaso marquen el inicio de un movimiento interesante que algún día logre consolidarse.

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[1] Tema que por cierto también se ve retratado en “Homo Empaticus” a cargo de la compañía mexicana TransLímite, bajo la dirección de Cecilia Ramírez Romo. Me concentro en este aspecto en la crítica “Homo Empaticus. Civilización y Barbarie”:  http://aplaudirdepie.com/homo-empaticus-civilizacion-y-barbarie/

[2] Siendo entonces prototipos de obras, no podemos hablar de ellas como productos acabados. En este sentido, no hubiera sido lo correcto (ética y profesionalmente) presentarlas a medios y espectadores como ¿Work in progress?  Lanzo esta pregunta con todo respeto, lanzo la botella al mar y espero con paciencia alguna respuesta.

[3] Inmediata e inconscientemente se colocan en una fila tras una cuarta pared imaginaria a pesar de que se les invita a estar literalmente en cualquier lugar de la escena, incluso dentro de la misma.

[4] “Estéticas de la precariedad y economía de los afectos”, en: http://martinlopezbrie.blogspot.mx/2017/03/esteticas-de-la-precariedad-y-economia.html?m=1 (consultada por última vez el 28 de marzo de 2017).

Críticas

Homo Empaticus. Civilización y barbarie

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

¿Qué puede salir mal en una sociedad cuya funcionalidad ha sido planeada con precisión y cuidado para que todo salga bien? En un futuro impreciso se ha creado un mundo que se antoja alterno, dependiente por completo de la empatía. En esta ficción que no llega a realidad ni fantasía, sino más bien a simulacro, la amabilidad es un imperativo categórico. Lo políticamente correcto se dice y se hace con el fin de no ofender a nadie. Los malos entendidos son evitados a toda costa. Se utilizan eufemismos para evadir verdades. Se diluyen también las identidades de género determinantes y condicionantes en tanto a los roles que deberían interpretar, llamándose “personas” en lugar de hombres  y mujeres.  Todo esto porque el disgusto no es una posibilidad.

La compañía TransLímite a cargo de la dirección de Cecilia Ramírez Romo, presenta la obra escrita por Rebekka Kricheldorf sumándose con esto al cuestionamiento de la sociedad ideal, para responder a través del teatro, que simplemente esto no existe, que es un ideal tan frágil como cualquiera y que se desvanece al pensarlo con calma. No es difícil comprender por qué  han decidido montar esta dramaturgia de tendencia intelectual puesto que encona a la perfección con la búsqueda que los ha caracterizado hasta ahora, su inclinación a la investigación y resignificación de los elementos que articulan la idiosincrasia de nuestro país y acaso de nuestra generación.

El  montaje responde a una estética “científica” pues es gracias a la aplicación e ingesta de ciertas “sustancias” que las personas que habitan ese mundo raro pueden combatir algunas de las reacciones naturales o instintivas, que muchas veces se configuran en lo que a partir del psicoanálisis se conoce como “mecanismos de defensa”  que podrían provocar fallas en el sistema: celos, envidia, deseos sexuales no correspondidos, apetencias no satisfechas, frustraciones a pesar de las injusticias, victimización, agresión. Todo esto queda fuera en atención de una artificialización que combate la bestialidad y el salvajismo a la que tanto temor ofrenda la idea de civilización.[1]

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En esta construcción satírica y crítica, en este “mundo ideal”, tanto como en el nuestro, el sexo es el detonante de las peores conductas, sigue siendo percibido como un factor peligroso no siempre relacionado al amor y menos aún al amor libre. Si bien aquí ha logrado desprenderse de connotaciones morales no ha conseguido desaparecer la necesidad de posesión de un cuerpo por otro. Normal si tomamos en cuenta su extraordinario y algunas veces irresistible poder. Esta idea replica el mito bíblico de la manzana mordida y el despertar del deseo, la discordia que esto despierta, la vergüenza, las rivalidades. Siguiendo esta idea el sexo contendría también nuestra perdición como humanos y como sociedades si nos dejamos llevar. La sociedad ideal incluso monta una obra de teatro para representar el salvajismo de hombres y mujeres en otros tiempos, sus vicios, su sexualidad desbordada, toda la violencia de la que es capaz. Teatro dentro del teatro dentro del teatro. Mundos dentro otros.  Esta escena ha sido quizás la mejor lograda en la función a la que tuvimos oportunidad de asistir.

La reflexión de la sociedad, el discurso crítico de Kricheldorf, es puesto en carne por: Dulce Mariel, Manuel Cruz Vivas, Eugenio Rubio, Alejandro Zavaleta, Diana Sedano (en video) y -quienes merecen atención especial por sus destacadas interpretaciones- Daniela Luque y Myrna Moguel. Sus actuaciones, tanto como la disposición espacial del público en el teatro el Granero del Centro Cultural del Bosque, obliga a los espectadores a reconocerse y confrontarse en esa realidad otra que muchas veces han soñado, en ese mundo más justo cuya imposibilidad conlleva a la desesperanza. Todo puede siempre salir mal. No son los factores. No es el contexto. Es la interacción humana lo que degenera la perfección.

“Homo Empaticus” es un montaje que incita al pensamiento sin dejar de estar artísticamente bien logrado. Entretenido sin tener por ello que ser ligero. La dirección es certera. La dramaturgia impecable. Es en esta obra en la que hay que detener la mirada. Es una obra a la que hay que ir. Un trabajo por el que ha valido la pena ser espectador.

 

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[1] Esta oposición, “bestialidad/civilización” sería la idea fundamental del progreso social por lo menos desde la Edad Media. Para comprender mejor el funcionamiento dialéctico del mismo sugerimos la lectura de “Los bárbaros: ensayo sobre la mutación.” de Alessandro Baricco. Disponible en: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/los_barbaros_2.pdf (consultado por última vez el 20 de febrero de 2017).

Críticas

El apego. Crecer es aprender a despedirse

por Zavel Castro 20 febrero, 2017

El teatro es un corazón abierto que nos permite entrar en él para habitar momentáneamente mundos distintos, es también unos brazos abiertos que nos reciben y nos consuelan, es un espejo en el que nos reconocemos y es una herida y un recuerdo que  duele mucho y que se abre a cada tanto para volvernos a lastimar más. Nunca es demasiado. Nunca es suficiente y pocas cosas nos hacen llorar más que reconocer las pérdidas. La invocación de la ausencia. El personaje que se evoca es más poderoso que el personaje que se ve.

Piezas dice en uno de sus raps dolientes, que crecer es aprender a despedirse. Y esto es así. Nadie dice que el camino sea fácil de andar. A veces hay que dejar ir a la gente que quisimos, a veces a las que nunca dejaremos de querer. Unos de los adioses más difíciles debe ser sin duda alguna la de los padres ¿Qué pasa cuando se van para siempre? Emiliano Dionisi, dramaturgo y director argentino de El Apego, responde con un montaje vivo que no hay más que hacer con la irremisible pérdida que llorarlas. También somos aquello que dejamos ir.

Esta obra conmueve por la verdad que transmite, por la honestidad que motivó tanto la escritura del texto  como las interpretaciones de Miguel Pérez Enciso (quien en una de las escenas nos regala una virtuosa secuencia corporal) Guillermo Revilla y Alejandro Piedras, actores mexicanos, hacen un mismo personaje, que versionan a partir de sus caracteres individuales.[1]

Lo entrañable de la obra se logra también gracias al trabajo de Tentzing Ortega, escenógrafo me iluminador y de Aldo Vázquez Yela, vestuarista. Juntos han creado un espacio que contagia sensación de hogar, creando una casita de barrio que podría ubicarse en cualquier lugar de la Argentina o México y más allá de estos confines. Es una casita en la que cualquier espectador siente que podría haber vivido, rodeada de fotografías familiares, llena de nostalgia. Lo mismo los vestuarios, que remiten a un tiempo pasado y a una clase media, elementos que rehúyen el énfasis y  la obviedad sin dejar de ser por esto fácilmente reconocibles.

El apego va sobre la ausencia de los padres y sobre el proceso que genera este vacío. La etapa de la enfermedad que suele ser la más difícil de sobrellevar, aquella que nos parece eterna y que nos cambia para siempre nuestra relación con el mundo. Cuando la vida impone el cuidado de los padres nada vuelve a ser lo mismo. Es cierto que cuidar puede ser el acto más amoroso posible, más aún cuando se tratan de los últimos días de una persona que nos cuidó durante nuestros primeros, pero como dijo Didanwy Kent[2], también puede ser un acto profundamente violento, absolutamente transgresor, pensar que sabemos exactamente qué necesita el otro e imponérselo “por su bien”.

 ¿Qué es cuidar? Pocas veces se piensa en todo lo que esto implica.  El que tiene que ser cuidado, el que pierde sus facultades para depender del otro, el que abandona todas sus fuerzas contra su voluntad se siente al mismo tiempo agradecido y humillado. Más aún cuando la relación natural se ha invertido, porque antes los padres nos han cuidado a nosotros y para ellos así debería seguir siendo. La inversión de papeles es siempre sorpresiva, ofensiva. El cuidador sacrifica su vida al que necesita de él, en este sentido ¿Quién pierde más? ¿El padre cuando cuida al hijo o el hijo cuando cuida al padre?

La obra es impactante, incluso el aplauso del público es un tanto silencioso. Las verdades paralizan. La emoción se contiene para explotar en llantos tardíos. Y es que Dionisi ha hablado de lo que no debe hablarse. Y es que el talento argentino es así, que vuelve teatro, que vuelve oro lo que toca. Nos afecta. Nos deja pensando en nuestros propios apegos y en los adioses que se adivinan.

 

 

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[1] La obra está escrita originalmente como un monólogo, pero gracias a la premura con la que tenía que realizarse el montaje (tuvieron solo 3 semanas de ensayos y director y actores nunca antes habían trabajado juntos), Dionisi adaptó el texto subdividiéndolo o desdoblando al personaje original en 3 para facilitar memorización y dirección,  complejizándolo a su vez.

[2] En una sesión del seminario otorgado por Jorge Dubatti como parte del programa del Festival Universitario de  Teatro, generador por cierto de la vinculación de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), vínculo responsable del montaje de Dionisi.

 

Reseñas

I <3 NY

por Zavel Castro 6 febrero, 2017

Dos personas se conocen en el vagón del metro en Nueva York. Se miran y se gustan. Se coquetean. Una se anima a acercarse a la otra para preguntarle su nombre. Conversan un poco y salen juntos del vagón para seguir platicando en una cafetería cercana. Ambas se encuentran de paso por esa ciudad, sólo que a una le queda menos tiempo que a la otra. Una de estas personas es árabe, otra, mexicana. Salvaguardando las diferencias culturales, las dos buscan el amor y cuando creen que lo encuentran se dedican a contarla, cada cual en su versión. Cuentan su historia a los espectadores que, como ellos, buscan también ese milagro que empieza con una coincidencia y que dura motivado por una decisión.

Respetando la convención que dicta que toda estructura debe seguir un inicio, un nudo o problema y un desenlace, estas personas se ven obligadas a sortear el problema de la distancia cuando se encuentran separados por vivir realmente en distintos países así como el de la desconfianza, porque se han tratado demasiado poco como para realmente entregarse a una relación con escasas certezas y probabilidades de éxito. Han pasado solo una buena tarde juntas. Ni siquiera una de las mejores. ¿Por qué atreverse entonces? Simplemente porque se han gustado y porque se han caído bien y eso no pasa todos los días. Tienen ganas de vivir una historia de amor. Tienen ganas de enamorarse o de creer que lo están. Y de convencer a alguien de la autenticidad de sus sentimientos. En este caso ese alguien es un público con quien comparten sus vivencias y quien termina siendo cómplice y testigo. Las interacciones con él son acertadas, los chistes caen siempre. La experiencia encuentra en él a un gran interlocutor.

Foto; Darío Castro

Foto; Darío Castro

 

Y es que todo amor es una ficción. Es una historia digna de narrarse. Todo amor es importante. Más aún en estos tiempos donde lo que se fomenta es el odio, la intolerancia, el racismo y la violencia manifiesta en cualquier forma. El amor hoy en día es uno de los mayores actos de rebeldía, uno de los más poderosos. Lo mismo que el teatro. Lo importante es ir en contra. Resistir. No dejarse vencer por aquello que impera. Desde el discurso de la política se nos aconseja el egoísmo y el ataque a todo lo que sea distinto y la otredad es infinita. Vamos hacia la guerra. Por eso más que nunca el amor vale la pena.

Es precisamente el tema de “I love NY” (el amor en estos tiempos de vacío) lo que justifica su pertinencia. Este montaje ligero, cuenta con muy poca producción, apenas dos actores, dos sillas, una pantalla  y unas cuantas imágenes que al proyectarse darán lugar a la escenografía; una prueba más de que al teatro no le hace falta demasiado ornamento para ser entretenido. Al final, el público no sabrá si lo que le han contado en el teatro sucedió en realidad. Si el amor fue posible o imaginario. Como todos.

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Reseñas

Angélique. Siempre vamos hacia otro lado

por Zavel Castro 5 febrero, 2017

Quienes salimos de casa para no volver más esperamos dejar en los que se quedan recuerdos que brillen cada noche cuando cierren los ojos. Queremos que piensen en nosotros y esbocen una pequeña o qué mejor una gran sonrisa. Quisiéramos dejar nuestro amor palpable por todas partes, besos entre las sábanas, abrazos por los rincones, quisiéramos también que nuestra ausencia doliera un poco, tener la certeza de que seremos inolvidables.

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Foto: Darío Castro

Para emprender el eterno viaje no podemos llevar demasiado en las maletas, acaso un puñado de canciones, porque la música viaja ligera y no hay algo que contenga mejor nuestras emociones, no hay algo que mejor las comprenda. Una melodía nos regresa de manera instantánea a aquel lugar que nos hizo felices, nos hace pensar en la gente que nos significa, nos cambia el ánimo o lo profundiza, abre viejas heridas y nos consuela. Mayormente la música sirve para momentos de añoranza. Para extrañar profundamente. Suspirar y dejar ir.

Avanzamos. Somos todos migrantes, como Angélique, quien nos cuenta que ha llegado a la Ciudad de México desde Francia. Ha llegado en la década de los sesenta. En un puerto se ha despedido para siempre de su madre, ha embarcado simplemente para irse sin buscar algo en particular. Se ha ido de casa para recuperar la capacidad de sorprenderse a cada paso en un lugar que desconoce, con una cultura ajena. Ha decidido ser una extraña. Y ha querido dejar un amor tranquilo para lanzarse hacia otros inciertos. Asegura que después de ella los hombres se vuelven guapos.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

Angélique goza tanto como sufre su partida. Su peregrinar infinito. Su color de piel la expone a ser vista con la admiración que supone lo distinto, pero también con el temor que explica la intolerancia. A ser señalada por ser más oscura, como si esto en verdad marcara una diferencia. Sabe que está a la mitad de dos mundos, el que era y el que es, su lugar de origen y la ciudad donde quiere estar. Ella misma es distinta todo el tiempo, se reinventa para seguir su camino. No le da miedo decir adiós. Nos canta su historia. Nos baila. Nos cuenta chistes. Nos entretiene. Tenemos el placer de conocerla en una función de cabaret. Descubrimos en ella a una amante del placer que como tal no desconoce el hecho de que la vida es constantemente un instante irrepetible. Hoy hay. Mañana, quién sabe.  Cuando sabemos que algo se va acabar disfrutamos más los últimos minutos.

Es una mujer que no se arrepiente de nada. Pertenece a la secta de los traviesos. Nos dice que es una pecadora con experiencia. En ella habita la alegría de vivir que no se apaga ya ni con el desamor, ni con el racismo que sufre en todas partes. Sabe que hay gente que tiene más prejuicios que verdades y sigue cantando para que caigamos en su hechizo, para que creamos todo lo que nos dice aunque nos advierta toda la noche que mentir es algo que le gusta y que le sale muy bien. Es una mujer coqueta que tiene dividido el corazón y comparte con música las dos partes.  Angélique es una obra perfecta para los que andamos de un lado a otro para sufrir por lo que se ha dejado, para soñar lo que no se tiene. Para los que aún escribimos cartas. Para los que estamos a la mitad. Para los que no podemos acostumbrarnos. Para los que la vida es siempre ir más allá. Siempre hacia otro lado. Para los que amamos todas las noches como si fuera la última.

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Reflexiones

A propósito de la Librería Paso de Gato

por Zavel Castro 22 diciembre, 2016

Quiero dedicar mi última reflexión del año a celebrar la apertura de la Librería Paso de Gato, su inauguración es, sin lugar a dudas, todo un acontecimiento[1] que viene a endulzarnos el sabor que nos dejó este caótico 2016. El esfuerzo editorial que desde hace más de una década vienen haciendo Jaime Chabaud y José Sefami, fundadores primero de la revista, luego del sello editorial  y a continuación propietarios de la librería, es absolutamente loable y digno de cualquier cantidad de felicitaciones. En Aplaudir De Pie queremos sumarnos a estas compartiendo lo que para nosotros significa la aparición de un espacio dedicado a la difusión literaria (en su dimensión material) de las artes escénicas.

El enriquecimiento del panorama cultural de la ahora llamada Ciudad de México[2] (por ahora, ya que no dudamos de la existencia del germen de contar en el futuro promisorio, con sucursales en el resto del país), así como el refuerzo de los vínculos con la comunidad intelectual en Iberoamérica y el acercamiento “real” con los espectadores de teatro,[3] serán las consecuencias más acusadas del surgimiento y paulatina consolidación de esta importantísima empresa cultural, que además, era el paso natural a seguir en el proyecto de Chabaud y Sefami, cuyo mayor interés radica en la formación y educación de públicos, así como a la promoción de discusiones apasionadas, informadas y maduras a través del estímulo de la reflexión a partir del fenómeno escénico.[4]

No resulta exagerado equiparar la significación de la aparición de la librería Paso de Gato a lo que en su momento debió serlo respecto al comienzo de las actividades de la Librería Continental,[5] que fuera referente para los paisas, los habitantes de Medellín asiduos a la lecturas que ofrecía en su local don Rafael Vega, de la cual tenemos noticia gracias a las “Memorias de un librero…” texto escrito por don Vega mismo y editado por el Fondo de Cultura Económica, el magno esfuerzo editorial imprescindible para comprender la historia intelectual de México y América Latina,[6]  que hubiera sido impensable sin el impulso e incansable trabajo de don Daniel Cosío Villegas.[7]

Además resulta admirable el riesgo que corren los propietarios de la librería, al abrir un local de esta naturaleza en un país de pocos lectores ¡Menos aún lectores de teatro! Realmente espero que la aparición de la misma propicie una eclosión cultural de la que el teatro sea protagonista, que México reafirme su posición sede de pensamiento sobre el fenómeno teatral. Que Paso de Gato siga con el éxito del que se ha venido acompañando en su misión de tocar puertas, abrir puertos y tender puentes. Que se entienda que los libros de teatro son absolutamente necesarios y que deje de relegárseles al rincón en las cadenas de librerías que cada vez se parecen más a tiendas de regalitos que a espacios destinados a la transmisión de conocimientos.

Enhorabuena a Chabaud y a Sefami que acercan a quienes los necesitamos libros de calidad e importancia. Estoy muy contenta de que se haya pensado en el remedio de una carencia. Seguiré de cerca su crecimiento. Por lo pronto, felices fiestas.

 

 

 

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[1] Para explicitar lo que comprendo por “ACONTECIMIENTO” recordaré lo escrito por Deleuze: El estallido, el esplendor del acontecimiento es el sentido. El acontecimiento no es lo que sucede (accidente); está en lo que sucede el puro expresado que nos hace señas y nos espera. (…) Es lo que debe ser comprendido, lo que debe ser querido, lo que debe ser representado en lo que sucede.

[2] Dejó de nombrarse Distrito Federal, como uno de los tantos cambios que sucedieron en el país…

[3] Una vez que debido a la naturaleza de la profesión de los fundadores (Chabaud dramaturgo y Sefami, actor) además de su conocido carácter tenaz y perseverante, las relaciones y cercanía con los creadores de teatro estaba asegurada antes de su relación “real” con el público de la que hablamos.

[4] Tal como declaran en la sección “Acerca de nosotros” en la presentación de su portal electrónico: http://www.pasodegato.com/Site/ (consultado por última vez el 21 de diciembre de 2016).

[5] Don Rafel Vega se lanzaría al negocio editorial con importaciones de libros argentinos y se especializaría poco a poco en obras de tema musical en con una librería (la Continental) inaugurada en Medellín en 1943 y que cerraría sus puertas en 2001.

[6] Gracias a la fundación de filiales localizadas actualmente en Argentina, Chile, Colombia,  Venezuela y los Estados Unidos.

[7] Fundada el 28 de abril de 1934, el Fondo de Cultura Económica, surge como proyecto de don Daniel Cosío Villegas a con el propósito original de proveer de libros en español a los estudiantes de la Escuela Nacional de Economía; don Daniel idea este proyecto tras el rechazo (gracias a la asesoría de don José Ortega y Gasset, principal responsable de estas negativas) de las editoriales Aguilar y Espasa-Calpe  la publicación de obras de economía (presenta un documento con 50 títulos bien clasificados). Para saber más sobre la historia del Fondo de Cultura Económica, recomiendo la descarga, consulta y navegación de la app “Archivo Abierto”, editada por el FCE y disponible de manera gratuita para las tablets de Android y de iPhone.

Reseñas

«Stop Kiss» La fuerza incontrolable de un beso bien mojado

por Zavel Castro 15 diciembre, 2016

¿Por qué nos preocupa tanto la vida personal de los otros? Es como si nuestra propia vida no nos bastara para entretenernos y tuviéramos que asomarnos constantemente a espiar a los vecinos para darnos de qué hablar. Estoy consciente de que ninguna vida es lo suficientemente extraordinaria como para satisfacer nuestras curiosidades y esta sed de compararnos con los otros. Estamos llenos de vacío. Sin embargo, podríamos procurar hacer algo interesante para matar el tiempo, algo, que por lo menos no se emparentara directamente con los vicios de la ociosidad y el prejuicio que nos impulsa a ver a los demás. Peor aún, a ver y a juzgarlos.

Señalamos a los otros para diferenciarnos de ellos. Somos además poco humildes y punto menos que seres despreciables. Nos valemos de cualquier excusa, cualquier postura y cualquier discurso para descalificar a los que consideramos inferiores por apartarse de lo que nosotros creemos que es “el camino correcto” (porque así nos lo han hecho creer, porque respondemos con obediencia al dogma). Nos regodeamos dejando al descubierto todo aquello que hemos determinado “sucio” (desde el discurso higienista), “pecaminoso” (desde el religioso), “monstruoso” y “anormal” (desde la cultura popular).

Este juicio recae las más de las veces en las conductas sexuales porque somos aún una sociedad altamente conservadora aunque pregonemos lo contrario. De poco ha servido la supuesta “Revolución Sexual”. No hemos sabido romper con el legado negativo del patriarcado. Somos terriblemente machistas a veces sin darnos cuenta. Aún el “primer mundo” como creemos que es Estados Unidos y una de las ciudades más importantes para Occidente Moderno: Nueva York.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

Las últimas elecciones han demostrado que el auge económico y los avances tecnológicos poco tienen que ver con la racionalidad, que ser potencia no significa que los ciudadanos que se benefician de esta posición sean culturalmente superiores, algunos son tan puritanos como desde sus orígenes, su comprensión del mundo va guiada de una cerrazón de mente impresionante. Son inflexibles, intolerantes y poderosos. Todo esto se traduce en agresiones hacia el grupo que ellos consideran ofensivo, sin más explicación que esta.

Este panorama es retratado en “Stop Kiss”, obra escrita por Diana Son, montada en su versión original para el circuito off de Broadway, y dirigida en su versión mexicana por Sebastián Sánchez Amunátegui. La historia contada a partir de la intercalación de tiempos que la dividen a manera de episodios entre tragedia y comedia ligera, narra la historia de Callie (Claudia Nin) y Sara (Alondra Pavón), dos mujeres que coinciden por casualidad en la “Gran Manzana” cuya continua convivencia deviene con el paso de los días en complicidad e intimidad. Y es que toda amistad es potencialmente una relación romántica. Se quieren, se importan, pasan tiempo juntas, se quieren, se extrañan. Son compatibles. Se atraen. La conjunción de estos factores origina –naturalmente- un beso que será interrumpido precisamente por un personaje que materializa todas las características de las sociedades retrógradas de las que hablé en un principio.[1]

Evidentemente, la relevancia del montaje, la pertinencia de contar esta historia, radica en su mensaje a favor de la tolerancia, en la aspiración (que comparto absolutamente) de que algún día “lesbiana”, en Nueva York, en la Ciudad de México y en cualquier parte, deje de ser considerado un insulto, la reivindicación de que la fuerza de un beso apunte únicamente al deseo y con suerte al amor en lugar de seguir siendo un manifiesto político. La obra reniega de los usos culposos de la carne, de tener que explicar qué hacemos, con cuántos y por qué. Es una protesta y una proclama a favor de la libertad. Que nada nos impida besar a quien quiera besarnos. En público y en privado. Que nada nos avergüence. Teatro que desinhibe, expone y reclama.

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[1] Resulta importantísimo reparar en la importancia de la coincidencia de que esta obra, al igual que “Un Corazón Normal” de la que hablé  en: http://aplaudirdepie.com/un-corazon-normal-una-obra-para-arrancar-prejuicios-desde-la-raiz/ proviene del circuito de Broadway y sin embargo incide perfectamente en las preocupaciones de los espectadores teatrales de la Ciudad de México. La relevancia y pertinencia son incuestionables, pero habría que preguntarnos el por qué ésta acusada preocupación por los derechos sexuales no resulta en dramaturgias propias y nacionales en lugar de recurrir a la exportación…

Críticas

Asatia. Concierto de cuerdas en honor a la desesperanza

por Zavel Castro 6 diciembre, 2016

No cabe duda de que el mundo está pasando por una época sombría. El fallecimiento de Fidel Castro y la pérdida absoluta de los ideales revolucionarios que representaba, la victoria del Brexit en Inglaterra, la elección de Donald Trump como nuevo presidente norteamericano, y por puesto la conciencia de las incontables muertes y desapariciones, la desigualdad, la impunidad, la corrupción y la violencia descarnada que se sabe y se siente en nuestro país, impactan y justifican a las creaciones artísticas de las que no escapa el teatro. Es así que nos enfrentamos a una generación de teatristas mexicanos con poéticas sostenidas en una visión pesimista del estado de las cosas. No podía ser de otra manera.

Las propuestas de esta juventud que ha abandonado toda esperanza, devienen en dramaturgias que dan cuenta de

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

su desolación. Tal es el caso de “Asatia”, una obra del Colectivo Berenjena, dirigida por Eduardo Orozco e interpretada por él mismo en compañía de Verónica Bravo. Por cierto, este montaje está cobijado, avalado, asesorado y producido como primer proyecto de la beca de «la vaquita», apoyo económico y artístico que brinda la compañía de Teatro Independiente Vaca 35, encabezado por Damián Cervantes.  

La trama se desenvuelve de acuerdo a los cánones de las comedias románticas. En realidad se trata de una historia de amor bastante simple. Una chica con aspiraciones artísticas, dedicada más por inercia que por pasión a la música clásica, que es toda ella un cliché de lo que es ser supuestamente distinto al resto de los mortales y que se revela muy pronto como una mujer ordinaria que por creerse más sensible que quienes le rodean nunca acabó por integrarse a  ellos, de pronto conoce a un chico dedicado a disfrutar la vida, esto es, sin planes a futuro concretos, con una inclinación al mundo el arte -del que ella se siente dueña-, mucho menos acusada pero más honesta. La diferencia fundamental entre ambos personajes es la alegría de vivir que ella nunca consigue y que el conquista sin proponérselo, porque una no es lo que dice ser y el otro es auténtico.

El torpe enamoramiento ente los personajes es bastante breve pero lo suficientemente trascendente para ellos, como para sembrar una duda sobre sus respectivos caminos ¿Qué pasaría si decidieran intentar construir una historia de amor? Ella tendría que abandonar sus planes demasiado rígidos y él tendría que abandonar la contemplación y el disfrute, sumarse a las obligaciones de ella, para estar a su ritmo ¿Estarán dispuestos a arriesgarse el uno por el otro? Naturalmente, eligen tomar distancia.

 

foto: darío castro

foto: darío castro

 

La historia funciona en buena medida gracias a la escenografía, iluminación y vestuario a cargo de Natalia Sedano y Salmah Beydoun, así como a la musicalización de Chris Mckenzie. Estos elementos otorgan densidad, nutren y complejizan las escenas, nos hacen pensar que quizá entre los personajes si bien no hubo amor, por lo menos hay atisbos de romance. No hubo intimidad a pesar del sexo, pero pudieron haber sido mucho más. Porque uno no deja de pensar en el otro, no se extrañan pero se recuerdan de vez en cuando. Y esto es importante, porque el olvido en estos tiempos de sustitución inmediata, de zapping emocional, de pasar de una persona a otra es tan fácil, que es preciso querer en quien piensa en nosotros.

Los personajes, que no son más que seres llenos de vacío descubren que acaso el amor no es tan importante como para vivir por él. Al final se descubre que tan en serio van con su pesimismo que no es otra cosa que el reflejo del pensamiento de la generación de teatristas que mencionaba al inicio. Estamos frente a una comunidad artística adicta y adepta a hablar de fracaso y desamor, de todo lo que no pudo ser, de todo lo que no pudo decirse, de promesas rotas. Llevan el “no se puede” en la punta de la lengua, con coraje se lamentan, estamos a un año de conmemorar el centenario de la revolución mexicana con artistas todo menos revolucionarios, simplemente porque no hay esperanza.

“Asatia” da cuenta de nuestro teatro triste a través de la historia de la vida de una mujer que se enamora para descubrir que nada vale la pena. Frente al estado de las cosas ¿nos esperan más obras que aconsejen abandonar la vida? ¿Iremos a llorar a la butaca? ¿Estamos dispuestos a regodearnos en nuestros dolores? ¿El teatro ha dejado de ser un alivio, un descanso, un entretenimiento? ¿Qué está pasando con esta generación de teatristas desencantados de la vida? ¿No pensamos confrontar al mundo? ¿No nadaremos contra corriente? ¿Somos ahora oscuros y conformistas?  Retractamos la realidad.

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