El Festival Internacional de Cabaret superó todas mis expectativas (que de por sí, eran muy altas). Pensar en dedicar 18 días a uno de los géneros más atractivos del quehacer escénico era un reto y una oportunidad bastante grande que los organizadores supieron aprovechar presentando a los exponentes cabareteros más relevantes de México (Tito Vasconcelos, Las Reinas Chulas, Regina Orozco, La Mafia Cabaret, Clown Femenino, Sexto Sentido, César Enríquez, Cabaret Misterio, La Teatrera Solitaria, Parafernalia Teatro, Pedro Kóminik, DC Arte, Idiotas Teatro, Vuelta de Tuerca Producciones) España (Las XL), Argentina ( María Rosa Frega) y Colombia (Roberto Camargo). Lo mejor es que a pesar de haber visto tanto cabaret no estoy satisfecha, y es que algo pasa con el cabaret que una vez que te atrapa como espectador o como intérprete no está dispuesto a soltarte. Sus poderes hipnóticos y su sustancia adictiva quizás se deban a los discursos que lo intervienen, lo nutren y conforman. Ahora sabemos, gracias a las enseñanzas de Gastón Alzate que los cimientos teóricos del cabaret lo convierten en una de las manifestaciones más potentes del teatro.

Foto: Darío Castro
El carácter democrático del cabaret, que idealmente rechazaría cualquier separación elitista entre el público y los mismos artistas y el rompimiento con las tradiciones que lo obligaban a seguir o recoger ciertos parámetros de las “enseñanzas” de las corrientes artísticas anteriores (incluyendo las vanguardias) ajenas al cabaret mismo –que sin embargo si atiende a una genealogía interna, casi como si se tratase de talleres gremiales medievales, en los que el alumno aprendía directamente de un maestro-, lo obligan a buscar comprender cómo funciona la cultura y la ideología a las que los cabareteros harán referencia en sus espectáculos, esto lo convierte en un género empático en el que el público puede ver sus preocupaciones, opiniones y forma de ser reflejadas, por lo que prontamente puede sentirse parte y no hay nada como la sensación de pertenencia.

Foto: Darío Castro
En sus inicios, el cabaret fue considerado como “género menor” y marginado a sitios clandestinos o alejados de los circuitos comerciales e institucionales, esto lo hizo florecer dentro de los establecimientos propios de la vida nocturna “licenciosa” y lo dotó de características opuestas a las que contaban los espectáculos conservadores. Por ello el cabaret se permite guardar una relación estrecha con los instintos del hombre y burlarse de “todo lo establecido”: cuestionar los estereotipos de género, caricaturizar los tipos sociales, mezclar el refinamiento de la alta cultura con lo “más bajo” de la cultura popular, recodificando el orden social. El cabaret no piensa en lo políticamente correcto, por eso es más franco y menos solemne e hipócrita, más libre y expresivo. Por eso nos vuelve locos: porque nos invita a perder el control.
Enloquecido, enloquecedor, iconoclasta, burlón, el cabaret está íntimamente relacionado con el auge del teatro independiente latinoamericano y europeo, aunque en algunos casos lo supera porque tuvo la paciencia de formar a sus espectadores durante largo tiempo, dando lugar a un público nada serio dispuesto a interactuar apasionadamente con la escena. En el cabaret todos los inconformes son bienvenidos: las feministas, los intelectuales, los heterosexuales consumados, los gays, los tavestis, todos aquellos que no le teman a la risa y a la pérdida de buenas costumbres, todos aquellos disfruten del bullicio y del escándalo, de decir y escuchar verdades placenteras y no tanto. El cabaret es un lugar donde todos van a confesarse. Un buffet de minorías.
Los cabareteros (público y artistas) conforman una comunidad alternativa deseosa de cuestionar las ficciones con las cuales comprendemos las realidades sociales (la ideología y el sistema) y personales (la identidad), así como las imposiciones. Por eso el espectáculo no depende del texto tanto como lo hace en el teatro convencional, por eso más bien responde a la improvisación del momento y a las imágenes (más que a las palabras) que pueda crear durante función. Estas imágenes con frecuencia corresponden a la estética kitsch, delatando su ánimo transgresor y voluptuoso. Es su atrevimiento lo que fascina, su vulgaridad explícita, sus excesos, su naturaleza dionisíaca y empeño por la disidencia lo que explica su empoderamiento. El cabaret es una manifestación micropolítica de la resistencia y la subversión, una amalgama de la cultura pop que dialoga con la realidad a partir de la oposición a la autoridad. Es por eso que los rebeldes aplaudimos de pie.

Foto: Darío Castro
Todo ello presente y visible en este Festival que tantas delicias que me ha regalado, que me ha permitido acercarme tanto a él que apenas empiezo a comprenderlo y a degustar mejor lo que ya me gustaba muchísimo. Ahora sé por qué me gusta. Ahora veo más claramente las cualidades de este esfuerzo por reunir a los intérpretes y compañías que no solo demuestran una vez más las infinitas posibilidades teatrales autogestivas, sino la profunda incidencia en nuestra cultura posmoderna y nostálgica. Estas son algunas razones por las cuales celebro que se haya llevado a cabo este Festival y por las que espero que siga ocurriendo año con año y que cada vez más gente se sume a la fiesta, que vale la pena y es puro placer.