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Aplaudir de Pie

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Es un proyecto de crítica y reflexión de hechos escénicos que nace simultáneamente en Bs. As. y en CDMX en 2015, como una plataforma de diálogo entre teatrólogxs, teatristxs, pensadorxs, creadorxs y espectadorxs, para cuestionar, opinar y debatir en torno a los fenómenos escénicos.

Reseñas

Münchhausen

por Aplaudir de Pie 25 febrero, 2017

Todos sabemos que el amor, el verdadero, engrandece el alma del que lo siente, y provoca buscar el bienestar del ser amado a toda costa, el amor es egoísta porque encapsula, se enfoca y acota, nos hace preocuparnos tanto por la felicidad y el regocijo del objeto de nuestro cariño, que lo demás deja de importar, al principio poco, después bastante. El amor construye castillos en el aire, exclusivos y hechos a la medida, robando lo necesario de lo de afuera, para que los que se aman puedan vivir ahí, protegidos. Las madres son las expertas constructoras de estas edificaciones, ya sea por convicción o por presión social, hacen un nidito cálido y armonioso para que la cría crezca sana y feliz, porque la aman.

Pero hay otro tipo de madres, que, a pesar de amar a su cría (lo cual tiende a ser una condición implícita), se anteponen a ese instinto de maternidad (más aprendido que natural), y colocan al hijo en la posición de medio, y no de fin, no es un amor menor, pero en este existen prioridades, y la mente es engañosa, así que hay individuas que se sienten inmensamente felices al saber que alguien depende totalmente de ellas, y el querer retener ese sentimiento por siempre, o alargarlo lo más que se pueda, desencadena lo que se conoce como “Síndrome de Münchhausen”, si el hijo está enfermo siempre, las necesitará por siempre.

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La obra de Lucía Vilanova, que toma el nombre de este síndrome para titular su obra, trata el tema de manera cruda y descarnada, sin tapujos; nos muestra a una familia, un poco más disfuncional que una promedio, compuesta por una madre obsesiva, un padre que probablemente no quería serlo, una hija adolescente que quiere huir lo más lejos posible, un hijo pequeño con un hermano gemelo muerto que constantemente lo incita al suicidio, una abuela con dentadura escurridiza y aires de grandeza, y una sirvienta mulata despreocupada y casi autodespojada de su dignidad; estos son asediados por el Münchhausen, la madre lo empieza y todos la siguen como autómatas.

Nick, el hijo pequeño, es la víctima, sufre fiebres y dolores impuestos por la madre, los cuales nadie cuestiona, le hacen cientos de estudios, que siempre salen normales, y lo mantienen en encierro para que no empeore. El amor en esta familia se encapsuló demasiado, se acoto al punto de que el objeto de cariño, son únicamente ellos mismos, de manera individual.

La puesta en escena de este desolador pero maravilloso texto corre a cargo de Ana Alvarado. Usa un espacio lúgubre y frío, que resalta el limbo individual en el que se encuentra cada uno de los personajes, a pesar de que estén todos en el mismo espacio; y el uso de recursos multimedia está muy bien logrado, ofreciendo un espejo que devuelve anhelos y fantasías, no reflejos.

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La actuación del protagonista, Nick, interpretado por Diego Vegezzi, se aplaude y se agradece, es sincera, tierna y entrañable, provocando una gran empatía por el personaje.

Al final, todos crecimos, tenemos, formamos y vivimos en familias, en mayor o menor medida, disfuncionales, y esta obra pone el dedo en la llaga, ¿qué es lo que provoca que destruyamos a quien se supone que debemos amar?

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Manya Loría. Dramaturga, directora de teatro y actriz

Reseñas

Viento

por Aplaudir de Pie 21 febrero, 2017

Podemos perder la cabeza de muchas formas, pero también podemos recuperarla, o mejor aún, sustituirla con flores.

Esta obra dirigida e interpretada por Sergio Bressky y Gabriela Daniell, nos transporta a un monocromático mundo onírico, donde conocemos a dos personajes profundamente entrañables, un hombre y una mujer esperando en una estación de tren, esperando, no sólo al tren, también una oportunidad, con la esperanza tambaleante de que en un futuro las cosas mejoren, a pesar de la constante y acosadora certeza de que, en general, eso no depende de ellos. No sabemos sus nombres, son seres anónimos, probablemente expulsados, desnombrados, y consecuentemente, descabezados.

De una forma divertida, tierna y poética, por medio de máscaras, títeres y sus propios cuerpos, Bressky y Daniell nos hablan de huidas precipitadas, de nostalgia permanente, de soledad, pero de también de encuentros; nuestros protagonistas tienen que irse, aunque no sepan muy bien a dónde.

Y en medio de todo el alboroto que proporciona un viaje precipitado, la mujer pierde la cabeza, el hombre pone todo de su parte por ayudarla, porque al parecer, a nadie más le importa, y, sin hablar de amor en este punto porque opacaría el discurso, se embarazan, y nace una bebé, pero es una bebé sin cabeza.

En un mundo triste y restrictivo, que no nos permite ver más allá de nuestras narices, que te arranca la cabeza, o hace que la pierdas, se puede superar a la adversidad, la nena no se conforma con una vida sin cabeza, pero tampoco quiere una, por lo que, para la sorpresa de los abatidos padres, decide que un par de flores son un buen sustituto.

Por medio de la renovación que supone un nacimiento en tantos sentidos, el hombre y la mujer se vuelven capaces de afrontar con fuerza y amor lo que venga, a perder el anonimato, al menos entre ellos, y se convierten en “alguien” para el otro, en individuo y colectividad, en familia.

Esta obra nos lleva a un mundo confuso y aterrador, donde estos tiernos personajes descubren junto con nosotros que siempre podemos hacer algo para ser felices, y que, cuando las aguas se calmen, siempre podemos recuperar la cabeza.

 

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Manya Loría. Dramaturga, directora de teatro y actriz

Reseñas

Piel marcada

por Aplaudir de Pie 31 enero, 2017

Lo que no te mata te hace más… ¿fuerte? ¿o cruel? ¿Buscar justicia a mano propia es justo?, Piel marcada, de Lucía Steimberg, dirigida por Alejandra Marino, nos invita a pensar en esto sin juzgarlo, usando como medio a la protagonista, Elena, una mujer joven que está viviendo las consecuencias de un pasado tortuoso, y lleno de soledad y silencio.

Lucía Steimberg, que es la autora y a la vez interpreta a la protagonista, ofrece un texto muy digerible que, conjugado con su honesta y bien lograda actuación, al menos a mí, me hizo mantener la atención en la historia en cada momento; y la dirección de Alejandra Marino, limpia y minimalista, junto con el maravilloso uso de la iluminación, crean un ambiente íntimo que genera empatía con el personaje, es como estar a solas con ella, mientras te cuenta un tortuoso secreto, del cual ahora somos cómplices, y que además no dudas ni por un instante que haya hecho lo correcto.

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Elena nos cuenta, de manera sincera y bajo una luz tenue, sus gustos y aficiones más íntimas, que le gusta leer los horóscopos y ha decidido autoimponerse los signos zodiacales que van de acuerdo a sus gustos, que le encantan las empanadas de arroz que venden cerca de su casa, y que el color rojo es su favorito, también nos cuenta sus secretos, que es la menor de sus hermanas, que su madre le compró de niña un corpiño con un pato y que soñaba con llenarlo algún día, y que fue abusada sexualmente por alguien muy cercano a los diez años de edad, probablemente menos, ya que la actriz nos hace guiños que se interpretan como que ocurrió cuando ella era más pequeña; no nos habla de violencia agresiva como tal, lo cual me parece que hace mucho más fuerte la situación, no sólo su cuerpo fue violentado, también fue engañada y traicionada, el sexo es algo que nos causa morbo y curiosidad desde que somos niñxs, incluso podemos llegar a fantasear con cuestiones relacionadas al respecto, pero el que un adulto, sea hombre o mujer, lo haga con un niñx, será siempre un abuso, use la fuerza, o el engaño, o ambas, y las consecuencias siempre serán devastadoras.

Mientras tanto, una mujer con un vestido negro está sentada en el fondo del escenario, (Alejandra Marino, la directora), sirviendo de una especie de protectora o de conciencia que ayuda a Elena con los cambios de vestuario y a sobrellevar los momentos difíciles, también hace guiños al público sobre lo que Elena cuenta.

Y poco a poco vamos viendo las consecuencias y repercusiones que ha tenido la vida sobre Elena, no sólo el abuso, todo, al final somos un conjunto de genética, vivencias y decisiones, y algo muy acertado del texto es que en ningún momento se victimiza o culpa al abuso de las acciones que decide llevar a cabo, y volvemos a los cuestionamientos iniciales, lo que no te mata ¿qué te hace?  Nos da fuerza, pero también nos da “callo”, sabemos qué hacer a la siguiente para que no nos afecte de la manera que lo hizo en el pasado, o simplemente aprendemos a evitar que pase, pero, una vez pasado el susto, nos genera algo en el pecho, algo doloroso que se traduce en culpa, odio, tristeza, y que fácilmente puede evolucionar en un profundo deseo de venganza.

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Elena creció confundida, como todxs nosotrxs, pero diferente, hizo una mezcla con el amor y el odio, del dolor con el placer, y se volvió autodestructiva, como todxs nosotrxs, pero diferente. ¿Qué podemos hacer para atenuar un dolor que no nos deja vivir? ¿Cómo nos quitamos la insoportable comezón de las heridas que nunca sanan en el alma? ¿Hay que aprender a vivir con eso?

Se aplaude la actuación de Lucía Steimberg, que interpreta muy acertadamente su texto, que, si bien es entretenido y cautivador, es bastante literario, pero ella nos introduce en una convención en la que obviamos la estructura de texto escrito, y nos convence de que es la primera vez que nos lo cuenta, que todo está fluyendo instintivamente de su mente en ese momento, por lo que atrapa y genera una gran empatía.

La dirección y la iluminación, simples pero concretas, nos introducen en un universo oscuro y húmedo, que da la sensación de estar dentro de la cabeza de Elena. Es una propuesta arriesgada, sincera y llena de metáforas, que nos deja cuestionándonos un largo rato, con el corazón movido y la mente alerta, todxs estamos a un hecho traumático de convertirnos en Elena.

 

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Manya Loría. Dramaturga, directora de teatro y actriz

Reflexiones

Mi experiencia en el Cervantes Off

por Aplaudir de Pie 20 octubre, 2016

Primera vez que escribo.

En esta ocasión me toco cubrir gran parte de la cartelera llamada “Cervantes off”, ofrecida por el Festival Internacional Cervantino, lo primero que pensé fue: “ un fin de semana lleno de teatro ¡Qué hermoso!” Por fin podría ver las adaptaciones de las obras de Cervantes, y lo mejor de todo, sin salir del DF (o CDMX, como se llama ahora). Este programa se presentó del 7 al 9 de octubre en el Centro Nacional de las Artes.

Es preciso comentarles que cuando voy al teatro normalmente disfruto las puestas en escena, creo que carezco de ese ojo crítico de mis colegas y generalmente cada función a la que asisto me deja encantado o quizás refleje mi actitud ante la vida, siempre busco las cosas buenas de todo.

Llegué a presenciar “La Casa de los celos, o quién la tiene más grande (la casa)» dirigida por Ana Francis Mor,  un montaje que con buena producción audiovisual, ingeniosa vestimenta y carismáticos personajes nos hizo reír bastante. Grata fue mi sorpresa al ver que los foros se llenaban casi en su totalidad, de gente de todas las edades, abuelos, padres de familia que llevaban a sus hijos para inculcarles el gusto por el teatro, parejas que buscaban una actividad diferente y por supuesto, gente apasionada por este arte tan efímero.

Al día siguiente la función era a medio día, con un calor intenso que no detuvo a los asistentes a presenciar “El vizcaino fingido”, obra de Ismael Hernández-Medina, adaptación del entremés del mismo título, que fue montada al en la plaza de la Danza; un espacio al aire libre pero afortunadamente techado. Lo mismo que el dia anterior:el espacio estaba lleno. Me llenó de alegría verlo porque siendo realista, fuera de las producciones más comerciales y publicitadas difícilmente veo llenos totales y además, se demuestra que el Festival no es solo un pretexto para que los jóvenes (y los no tan jóvenes) vayan a enfiestarse a Guanajuato.

Un poco más tarde tocó el turno de «Una  comedia entretenida», codirección de Miguel Estrada y Mauricio Durán, versión libre de «La Entretenida» y no me decepcionó. Bromas ingeniosas y actores talentosos que a su vez tocaban algún instrumento musical para acompañar la puesta en escena. Al terminar no sabia que hacer con ese tiempo libre entre obras; así que me puse a revisar el programa y a caminar por el CENART; y vi que justo estaba Urbaphonix, cinco músicos que crean melodías con objetos de su entorno, maravillando asi a los espectadores. Era un espectáculo ver como la gente los seguía por todo el lugar cual caravana para seguir viendo con qué más podían hacer música.Ya en la noche comenzó “De picaros, truhanes y actores” de Tito Vasconcelos, obra quizás mas enfocada al publico adulto por su mensaje y su vocabulario a veces subido de tono, con chistes que si bien no todos comprendíamos no dejaron de entretener al publico. Así concluía mi día.

A la mañana siguiente, mi niño interior (al cual siempre escucho y no dejo de interactuar con él se  maravilló con “Said el monstruo»dirigida por Gemma Quiroz, inspirada en la intolerancia ideológica manifiesta en «La Gran Sultana», puesta que con un bonito mensaje, canciones estupendas y una producción excelente logró captar la atención de los muchos niños que asistieron a la plaza de la Danza. Logré ver como en tres días la gente no dejó de asistir y algunos, como yo, entraban a dos o tres funciones en ese fin de semana. Yo quedé encantado, como ya he dicho, de todas las actividades ofrecidas… no me quiero imaginar la cantidad de cosas por ver en Guanajuato, no me aguanto las ganas de ya estar allá.

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Reflexiones

Cabudanne de Sos Poetas. ¿Y los festivales en México?

por Aplaudir de Pie 1 octubre, 2016

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir al festival Cabudanne de Sos Poetas, que traducido de la lengua sarda sería “Septiembre de Poetas”. Durante los primeros 4 días de septiembre, desde hace 12 años, Seneghe pequeño pueblo de aproximadamente 1300 habitantes, organiza este festival entre su gente y para su gente. De la mañana a la noche e incluso hasta la madrugada, el pueblito al sur de Cerdeña, se convierte en anfitrion de escritores, poetas, músicos y actores. Se lee en voz alta, hay conciertos y laboratorios de teatro, música y fotografía; todo sin ningún costo. Año con año, Seneghe, hace una invitación a artistas de talla internacional, a participar con un espectáculo o bien a dar una clase magistral o conferencia. Son 4 días en el que Seneghe, localidad principalmente de pastores y campesinos que basa su economía en la producción de aceite de oliva, el agriturismo y el ganado; deja el arado, estaciona el tractor, mete al establo a ovejas y vacas y sale a ver teatro y a comprar libros.

Ante un evento de esta magnitud, como una actriz mexicana emigrada en Italia hace pocos meses, me pregunto cuál sería la experiencia artística equivalente en México. ¿Quién organiza los festivales de arte y cultura en nuestro país? Y lo más importante, ¿a quiénes va dirigido?. Tenemos el ejemplo del Festival Cervantino, de carácter internacional, conocido por todos en nuestro país como uno de los festivales que trae lo mejor del teatro, música y letras a México. Sin embargo, la queja principal al histórico festival que se celebra año con año en Guanajuato, es lo caro de sus precios, la incapacidad que tiene para acoger a todos los que quieran asistir y me surge la pregunta, ¿es un festival pensado para la gente de Guanajuato?.

No es novedad que el gremio teatral reciba la ya constante queja de que sólo se hace teatro para los teatreros, situando al arte y la cultura en México como un estrato elitista al que sólo pueden acceder no sólo aquello que lo puedan pagar, si no a quienes estén en grado de “entenderlo”.

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El Cabudanne nace como una iniciativa de la gente de Seneghe. Apoyados con patrocinios y fondos de la región, se trata de un grupo de viejos y jóvenes, interesados en promover la lengua sarda y hacer un intercambio con otros escritores, artistas y personajes de la cultura en el mundo. Obviamente, el teatro, como arte integrador, no podía faltar. Para tal motivo, se acude al Tetro delle Albe de la ciudad de Ravenna al norte de Italia, representado por el joven actor Roberto Magnani. El Teatro delle Albe desde su fundación en los años 90, inició con lo que posteriormente llamaría la Non- Scuola o la No- Escuela en español. La tesis de la No Escuela sostiene que el teatro no se enseña, se contagia. El teatro se plantea como un campo de juegos donde se va a sudar. El primer año del Festival, el joven Magnani conduciría el laboratorio de teatro con unos cuantos jóvenes del pueblo de Seneghe. Hoy, a 12 años de distancia son más de 50 alumnos de entre 5 y 16 años que en el lapso de 3 semanas montan una obra.

La pedagogía del Teatro delle Albe es jugar por el mero placer del juego. Jugar como juegan los niños futbol con un par de latas como portería y un balón a medio inflar. Jugar sin esquemas fijos, ni uniformes. Jugar con los pies descalzos sobre la tierra. Así se tiene un grupo de cuerpos vivos, en movimiento. Correr, caer, la tierra, el sol, el calor que se genera entre compañeros, estar juntos, equipo, coro, comunidad y de pronto estar ya sobre el escenario. Para esta compañía, escuela y teatro son palabras ajenas la una de la otra. “El teatro es un grandísimo campo de juegos donde uno tiene la oportunidad de convertirse en aquello que no es. La escuela es el gran teatro de la jerarquía.” Afirma Magnani. Así, después de tres semanas de juego intenso, tenemos una obra. Los textos dejan de ser recitados para ser resucitados. Se hace uso de la improvisación, la música, el canto. Los más pequeños siguen a los más grandes, los más grandes aprenden de los más pequeños.

El año pasado, se llevó a cabo nada más y nada menos que La Divina Comedia del también italiano Dante Alighieri. En el marco de tres días se hizo presente el infierno, el paraíso y el purgatorio. Este año en cambio, se optó por otro gran texto: Don Giovanni de Molière. El conocido personaje mujeriego que también inmortalizó José Zorrilla y Tirso de Molina y que es el favorito de los mexicanos época de Día de Muertos.

El escenario para la No Escuela, no tiene límites. La puesta en escena se lleva a cabo en el campo donde por la mañana pastan las ovejas o se va de un punto a otro, llevando a la gente en procesión al ritmo de “Alabama song”, clásico de Bertolt Brecht compuesto para “Auge y Caída de la Ciudad de Mahagonny”. Se han incluso ocupado ruinas arqueológicas como las imponentes torres de nuragues; se intervienen las plazas, las casas, los parques. Todo juega. El pueblo es cómplice. Incluso los más viejos participan haciendo una que otra comparsa.

En Seneghe durante 4 días corre el vino hecho en casa, el casizolu (queso artesanal sardo), el pan carasau hecho en horno de leña. Se come, se bebe y se convive mientras se ve teatro, se escucha música y se lee. Los pastores y campesinos se descubren a sí mismos amantes de la literatura y recitan de memoria versos de Dante sin siquiera saber leer y escribir.

Finalizado el festival, la gente vuelve a sus actividades cotidianas con deseos de celebrar el próximo Cabudanne. Los artistas regresan a sus casas. Otros deciden quedarse algunos días más enamorados de Cerdeña, de su mar y de su gente. Algunos jóvenes senegheses viajan a Ravenna, a conocer más sobre el Teatro delle Albe y considerar más seriamente el convertirse en actores. Las señoras apagan sus hornos después de que hicieron cantidades industriales de dulces de almendra para vender durante el festival, demostrando que el festival es también una oportunidad para generar ingresos. En Seneghe, regresa el silencio y se preparan para el invierno.

Este festival inveitablemente me hace cuestionarme sobre la situación del arte y cultura en nuestro país. ¿Existen iniciativas artísticas en México que involucren a todo un pueblo y que fungan, no sólo como promoción de la cultura de una comunidad, sino como un auténtico intercambio con otras manifestaciones?. Si es así, ¿dónde y desde cuándo?. ¿Será que en México hay un menosprecio hacia quién dirigir la cultura y el arte? Por ejemplo, este año, el Cabudanne trajo en concierto a Ernst Reijseger, músico holandés conocido por hacer la música de varias de las películas de Werner Herzog. En Italia existe el problema del racismo, pero en México existe el problema del clasismo que no es menor. ¿Será que el arte y la cultura en México están entonces permeados por una ideología clasista? ¿Ni siquiera el teatro escapa de la clase alta, media, baja?

Ojalá me equivoque. Ojalá la mirada en efecto esté sobre los pequeños grupos e iniciativas artísticas en México y no sólo sobre los grandes monstruos de la cultura. Ojalá el Cabudanne sea un ejemplo no para sentirnos comparados o atacados de que en Europa “todo es mejor”, si no para pensar cuán grande puede resultar los pequeño. Ojalá no acusen a la autora de este texto de Malinchismo. Ojalá y el teatro también se contagie a las pequeñas comunidades en México.

 

 

 

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Paulina Sabugal / @PauSabugal

Teatrera de corazón y espectadora de tiempo completo

 

 

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