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Aplaudir de Pie

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Es un proyecto de crítica y reflexión de hechos escénicos que nace simultáneamente en Bs. As. y en CDMX en 2015, como una plataforma de diálogo entre teatrólogxs, teatristxs, pensadorxs, creadorxs y espectadorxs, para cuestionar, opinar y debatir en torno a los fenómenos escénicos.

Críticas

La cueva de las orquídeas. Crítica de Said Galván.

por Aplaudir de Pie 27 septiembre, 2023

“Ya casi no queda nada de la vida como era antes” recita una de las dos señitos que forman parte de los personajes del barrio, al que nos invita la obra La cueva de las orquídeas. Tal vez puedas recordar esas tardes en que visitabas la casa de tus abuelos; tal vez llegaste a encontrarte con una caja de aluminio que sugería contener galletas, sin embargo, sólo si corrías con suerte, efectivamente, podías encontrarte con dichas galletas, pero en la mayoría de los casos, estos contenedores se reutilizaban para guardar agujas, carretes de hilo y otros instrumentos de costura; o tal vez , podías encontrarte con la sorpresa de que eran albergues de pequeños objetos y fotografías que se han negado a ser desechados, que han sido testigos del paso del tiempo, y que en muchos casos, han envejecido mejor que sus dueños; cajas que fungen como cápsulas del tiempo que resguardando en sus paredes de aluminio, registros fotográficos de eventos que en conjunto, reconstruían parte de la historia de tu familia, y que nuestras abuelas y madres conservaban como guardianas del tiempo.

Alguna vez yo me encontré con una caja de esas características, en cuyo interior yacía un bonche de fotografías y viejas postales que me mostraban parte de la juventud de mis padres; sin conocer por completo el contexto de cada fotografía, yo trataba de interpretar las escenas ahí retratadas, leyendo los gestos y actitudes de quiénes aparecían en estas imágenes.

Visitar La cueva de las orquídeas, me evocó a esos encuentros; como abrir un álbum fotográfico en donde pareciera que no existe una historia en concreto, sino un conjunto de recuerdos que cobran vida a través de las palabras, la música, el movimiento y los objetos.

En noviembre de 2019, el Colectivo escénico El Arce estrenó este espectáculo, para el cual, el Foro Antonio López Mancera, del Centro Nacional de las Artes, fungió como la caja de recuerdos en cuyo interior, nos encontraríamos con esta propuesta en la que se nos invita a recordar o conocer la imagen popular de un “típico” barrio de la Ciudad de México, a mediados de la década de los setenta; y donde se nos presenta a un grupo de niñas y niños que atraviesan la inquietante fase de cambio, que puede resultar el paso de la niñez a la adolescencia, a la par que, cada una de ellas y ellos buscan su lugar en el barrio, a través de méritos relacionados con la osadía y escondiendo las dudas y vulnerabilidades que genera el crecer.

Esta obra, cuyo título hace una referencia a la serie animada Ahí viene Cascarrabias (1969), fue el resultado de diversas exploraciones escénicas por parte de las y los intérpretes del Colectivo, coordinadas por Ignacio Escárcega y compartidas a Alberto Castillo, quien a través de su pluma, las concretó en una propuesta dramatúrgica, que posteriormente, sería abordada por David Almaga, quién además de ser intérprete escénico en la puesta, fungió como director musical, diseñando una columna importante sobre la que descansa el montaje, que es la atmósfera musical y sonora.

 

 

La primera vez que visité “La Cueva”, fue durante un ensayo general a una semana del estreno, al cual fui invitado por dos intérpretes de la obra, Verónica Ramos y Fernando Sánchez C. personas a quienes admiro, y que con honor y afecto puedo llamar “amiguis”. El domingo 3 de noviembre de aquel año, fecha en que coincidieron dicho ensayo y mi cumpleaños número 33; Vero, Fernando, mi mamá, dos amigas (Laurita y Xitlali), y mi (en ese entonces) pareja; se reunieron conmigo para festejar, mediante un picnic, mi llegada a la cansinamente llamada “edad de Cristo”, y que sería el preámbulo para que esa agradable tarde, fuéramos testigos de los resultados de un año de exploraciones y ensayos que tuvo para concretar la obra, el colectivo El Arce. Recordarnos echados sobre el pasto de las laderas del CENART, esperando la función, disfrutando del lujo que era convivir en el exterior, sin sospechar que en pocos meses nos veríamos obligados a encuartelarnos en nuestras respectivas casas, y que la vida como la conocíamos en ese entonces, cambiaría drásticamente, es un momento que me gustaría congelar en una postal y guardar en la caja de mi memoria.

 

¿Cuántos contenedores no hemos llenado con recuerdos? ¿Cuántas cajas no hemos requerido para preservar esos lugares felices, esos rincones de nuestra historia?

 

«¡Gracias por su espera, bienvenidas y bienvenidos a La cueva de las orquídeas!” Fue la indicación para poder acceder al foro, y esa primera etapa del ritual de acudir un acto teatral presencialmente, lo cual extraño.

Desde mi perspectiva, el espacio nos recibía presentando lo que yo interpreté como una especie de covacha o bodega, donde un conjunto de cajas de madera, de diferentes tamaños y de un tono claro, se encontraban dispuestas como si aguardasen el ser destapadas para revelar su contenido; al fondo del foro, una de ellas, que destacaba por ser de las más grandes, se elevaba del suelo por encima del resto simulando una mesa, la cual permitía apreciar sobre su superficie a algunos juguetes, de los cuales su mera presencia, detonaba en algunas personas la evocación de una época que parece distante en el tiempo, pero cercana gracias a la memoria. Acompañando a esta exhibición, un grupo intérpretes, ya en escena, ayudaba a contextualizar mediante juegos y cantos, hacia dónde nos dirigiríamos a través de la ficción; de entre voces que pregonaban “declaro la guerra en contra de mi peor enemigo que es…” y cuerpos que invitaban al público a jugar “resorte”, la inercia de aquel acto de bienvenida se encaminó hacia el inicio de una especie de concierto.

 

Karen Alicia, Virginia Mares, Leilani Ramírez, Verónica Ramos, Fernando Sánchez y David Almaga, formaban una orquesta dirigida por este último, dónde más allá de interpretar canciones o melodías en específico, el grupo trasladaba la esencia juguetona con la que iniciaron, hacia una ejecución armónica no sólo de instrumentos musicales, sino también de objetos como: corcholatas, cucharas, botes de mayonesa, zapatos de tap o una botella de “Chaparrita” modelo 76. Entre el sonido de la campana de la basura, el silbido del carrito de los camotes o el icónico ¡Lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños!

Algunas frases y sonidos que han sido parte del soundtrack de quienes hemos transitado y habitado esta ciudad, hacen su aparición en lo que para este punto ya empezaba a ser una fiesta de elementos auditivos que convivían en un patio de juegos; para así abrir paso a una serie de referencias sensoriales a través de las palabras, que se nos presentaron como en un paso de diapositivas, evocando aromas, sabores y sensaciones que buscan que conectemos con nuestro hogar y nos brindaran cierto sentido de pertenencia; comenzando así a establecer una relación emocional entre quienes están en escena y el público receptor.

¿Porqué nos vulnera tanto el recuerdo? ¿Por qué nos vuelve tan dóciles? Dicen que “recordar es volver a vivir” y que “uno siempre regresa a los lugares donde conocimos la felicidad”. ¿Será por eso que abrir estas cajas de recuerdos nos resulta tan significante? Tal vez por eso nos encanta (me encanta) compartir los recordatorios de Facebook e Instagram, y pensar en esos momentos felices y en aquella persona que definitivamente, “ya no soy”, pero que como una huella impresa en concreto fresco, es un vestigio de nuestro caminar por esas calles de nuestra memoria.

El domingo 1 de octubre de este año, La cueva de las orquídeas formará parte de la celebración del aniversario número 33 del Teatro Sergio Magaña, en la Santa María la Rivera; misma edad que yo cumplí cuando visité por primera vez «La cueva», y que, como dicen en otra de las obras que llevo en el cora, no creo que signifique nada, pero es una bonita coincidencia.

 

Said Galván (@saidglvn)
Alquimista de símbolos y entusiasta espectador teatral

Reflexiones

Séptimo aniversario

por Aplaudir de Pie 12 abril, 2022

Ilustración por Mar Aroko 

En abril cumplimos siete años de inaugurar este espacio con la única intención de abrir un diálogo sobre el teatro, a propósito de las obras que veíamos. Escribíamos con entusiasmo y regularidad, procurando que nuestras interpretaciones fueran motivo de discusión  y que trascendieran el campo de la opinión basada en el gusto, es decir que lo importante, desde entonces, no era comunicar lo que nos había gustado y disgustado, sino los pensamientos que nos había provocado una puesta en escena.

Con el tiempo y con esfuerzo, seguimos por ese camino, con la promesa de agudizar nuestra mirada y ampliar nuestros referentes, estudiando mucho y reflexionando sobre aquello que veíamos, leíamos y pensábamos. Queríamos escribir interpretaciones analíticas que significaran una aportación a la manera de entender el teatro. Muchas veces, los textos que compartimos resultaron problemáticos, acaso  -también hay que reconocer los errores en público- porque no  fuimos asertivxs con la manera en que exponíamos nuestras preguntas y señalamientos o porque rompíamos con ese tipo de crítica consolidada en el periodismo de espectáculos de no decir nada que pueda comprometer la venta de boletos, y es que, de acuerdo con ese campo, la función de la crítica es convencer a la gente de asistir al teatro. Una tarea muy noble que, sin embargo, confunde a la crítica con la publicidad. Por el contrario, el concepto de crítica que procuramos ejercitar, no tiene relación alguna con el marketing, o por lo menos, no una relación voluntaria. Esto se debe a nuestra mala cabeza para los negocios y sobre todo, porque sospechamos que quienes están dispuestos a vender su opinión (aun cuando la ganancia sea únicamente simbólica), no tienen problemas en sacrificar un poco su honestidad. Este es el mayor motivo por el cual rechazamos que nuestro medio tenga un sentido comercial. También podría suceder que realmente piensen que todas las obras que ven son imperdibles, lo cual nos llevaría a pensar el problema de la percepción, una cuestión muy interesante.

Desde el comienzo de nuestra historia, rechazamos la obligación implícita de recomendar, especialmente, porque eso solicita exagerar las impresiones, saturar los textos con adjetivos y escribir con prisa. Y es que, como muchas otras prácticas, la aceleración exige que las críticas se produzcan inmediatamente después de asistir al teatro, lo cual, según nuestra manera de entender la crítica no tiene mucho sentido, pues se necesita tiempo para escribir algo que sea interesante y que no se olvide minutos después de leerlo.  Por supuesto, que esto nos hace poco simpáticos para quienes esperan que la crítica sea halagadora y veloz, afortunadamente, hemos sabido guardar nuestra distancia con el medio artístico y con las agencias de medios. La mayoría de estas últimas, que  todavía tienen la cortesía de invitarnos, saben que veremos las obras y que acaso, no escribiremos sobre ellas o, por lo menos, no escribiremos mientras sigan en temporada; nuestra manera de ejercer la crítica no es compatible con la desesperación.  Creemos que antes de escribir nada, tenemos que leer, ver, conversar y pensar mucho. Disfrutar el proceso sin un deadline.

A nuestra animadversión a la producción acelerada de opiniones y, sobre todo, el rechazo a pensar la crítica como un ejercicio concentrado en calificar las obras, ha hecho que cada vez tardemos más en escribir para intentar en cambio, comprender algo sobre el teatro. Acariciamos el sueño sobre la crítica de Michel Foucault:

No puedo dejar de pensar en una crítica que no busque juzgar, sino comprender, hacer existir una obra, un libro, una frase, una idea; ella encendería fuegos, observaría la hierba crecer, escucharía el viento y aprovecharía el vuelo de la espuma para esparcirla. No multiplicaría los juicios, pero sí los signos de nuestra existencia, ella los llamaría, los arrancaría de su somnolencia ¿Los inventaría a veces? Tanto mejor, tanto mejor. La crítica sentenciosa me provoca sueño; me gustaría una crítica hecha con destellos de imaginación. No sería soberana, ni vestida de rojo. Traería consigo los rayos de posibles tempestades.

En este tiempo, nos hemos vuelto más tranquilxs. Nos aburre intentar discutir con quien tiene ganas de pelear. En cambio, nos entusiasma acercarnos a las personas que les interesa dialogar. Nos sentimos cada vez más cerca de la gente apasionada por el teatro, el pensamiento, la dramaturgia y la crítica.

Tenemos mucho que celebrar. Especialmente, que, gracias a la comunidad con la que compartimos, nuestro ánimo reflexivo se ha fortalecido, así como nuestras ganas de compartir lo que hemos aprendido en el camino. Desde que descubrimos nuestra vocación docente, no hemos dejado de impartir talleres de dramaturgia y de crítica teatral  y lo seguiremos haciendo, pues en ellos se forjan vínculos profundos y relaciones de admiración, cariño y respeto. Estamos convencidxs de que ambos saberes son valiosos y necesarios para estos tiempos, pues la crítica, comprendida en un sentido profundo, nos permite reconocer los límites de nuestro pensamiento y acción, así como a oponer resistencia a la manera en que somos gobernadxs de distintas maneras, incluyendo la representación escénica y la dramaturgia.

Por su parte, la dramaturgia nos vincula con otras posibilidades de mirar el mundo desde la alteridad (hay más verdades y reconocerlas contribuye a los cimientos de una discusión desde la ética); nos contacta con lo imposible, impensable e inimaginable, únicamente para recordarnos que otra vida es necesaria; como diría Ionesco, no sirve para nada y a su vez es indispensable; y para nosotrxs es un testimonio de que, así como en una pieza teatral, el centro de la existencia podría ser el juego, en su sentido más hedonista, y no por eso sería menos trascendente, quizá al contrario, quizá sea una de las razones por las cuales la humanidad inventó el teatro, para recordarnos que la vida es una celebración, sea comedia o tragedia.

El teatro no “sirve”. No sirve a nada ni a nadie. El teatro no es sirviente y mucho menos esclavo de ninguna idea, ni de ninguna persona que quiera utilizarlo para sí, sea cual fuere ese objetivo. El teatro no es un instrumento o una herramienta para alguna finalidad. El teatro es un fin en sí mismo. El teatro es una expresión máxima de la condición humana. La vida en la Tierra no puede concebirse sin teatro, aun cuando quienes asistan al teatro sean una minoría. El teatro es precisamente esa vida en la Tierra.

Héctor Levy-Daniel

Concluimos este texto con la advertencia de que seguiremos escribiendo a nuestro ritmo y con la promesa de que seguiremos compartiendo lo que hemos aprendido en talleres. Esperamos verlos por allí. Gracias a quienes nos siguen, leen y comparten.

 

Ricardo Ruiz Lezama y Zavel Castro

Reseñas

Culto y latido. Sobre Broken Chord, una obra del reconocido coreógrafo sudafricano Gregory Maqoma que vibra en el Festival Grec edición 2021. Reseña de Consuelo Iturraspe.

por Aplaudir de Pie 18 agosto, 2021

El Palau de la Música es un cielo abierto donde refugiarse de la oscuridad del mundo. Desde el palco, la realidad sólo se manifiesta por las mascarillas y los protocolos.

Puede que la danza haya empezado en el momento en que la multitud ingresaba al teatro como a un limbo, entregada, con sus pasos lentos y administrados, a una coreografía de la hipnosis, admirando los vitrales, las cerámicas vidriadas o la claraboya descomunal.

Broken Chord esconde un relato y una investigación que se agradecen, un hallazgo. Situada entre 1891 y 1893, esta obra documental busca homenajear a un grupo de cantantes negrxs sudafricanxs que viajaron hacia territorio blanco: Reino Unido y Canadá, en una gira artística con el fin de recaudar dinero para fundar una escuela en provincia del Cabo.

Del coro y su viaje (que fue muy exitoso) hay poco archivo fotográfico, pero esta obra intenta, a través de una sensibilidad desgarradora poblada de imágenes de grupalidad y viaje, acercarnos un registro musical de la odisea, al mismo tiempo que reflexiona sobre la cultura africana, la opresión colonial y la migración, en el marco de un Festival que este año está protagonizado por creadorxs africanos.

Si bien un acorde roto brilla por su individualidad, en Broken Chord, lo colectivo es principio. Gregory Maqoma es una deidad, virtuosa y espléndida, que se mueve como si hubiera nacido para adueñarse de este auditorio. Sin embargo, es junto a Xolisile Bongwana, Zandile Hlatshwayo, Siphiwe Nkabinde, Tshegofatso Khunwane y una iluminación ingeniosa que lxs persigue y potencia, que logra aparecer en escena ese coro nómade con voces que no dejan de vibrar ni un momento en los corazones del público

El cuerpo hace lo que la palabra nunca puede. Sus voces, los sonidos que emiten, los bailes tradicionales del pueblo Xhosa, la danza contemporánea y los balanceos sobre un océano sin fronteras, logran que prescindamos de cualquier texto, inclusive de aquellos que aparecen como una fuerza inútil para subrayar el relato.

Por su parte, la participación del Cor de Cabra del Palau de la Música, un elenco que cambia en cada ciudad donde se realiza el montaje, enriquecen el espectáculo y lo rodean como un collar blanco que resignifica la historia.

¿Es esto teatro? ¿Una ópera?¿Un concierto? Tal vez se trate de un ritual. Algo al fin vivo. Un ejemplo de experiencia de la sublimación. Un material político que recupera tradiciones y viaja del pasado hacia el presente para señalar lo que está roto. Un trabajo exhaustivo, tallado, de precisión y magnetismo.

En Broken Chord, Maqoma y su compañía nos quiebran de belleza. Los aplausos ruidosos de largos minutos de duración son la coreografía final.

Consuelo Iturraspe
directora, poeta y fotógrafa

Críticas

Ese Bóker también es Monterrey. Crítica de Carlos López Díaz.

por Aplaudir de Pie 8 julio, 2021

Monterrey se ha caracterizado por ser una población altamente conservadora. Se restringen los derechos de las minorías, se penaliza el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y se considera a las zonas más pobres como “fábricas de delincuentes”. Contrariamente, esto viene acompañado de una narrativa sobre “la ciudad del progreso”, la cual presenta a la zona y sus habitantes como altamente competitivos laboralmente, líderes en generación económica y con un nivel de ingresos y de vida superior al de la media nacional. Incluso aunque el Área Metropolitana de Monterrey está conformada por 13 municipios, cuando se habla de ésta se les invisibiliza, nombrándola solamente como “Monterrey”. Cualquier cosa que altere esta versión conservadora es visto como una amenaza porque no está alineado a los intereses comunes: decir que ser de Monterrey es pertenecer a una clase superior de mexicanos.

El Monterrey del ensueño.

Hay una idealización del primer mundo, representada por el estilo de vida estadounidense; el regio aspira a ser gringo. Diseñó una ciudad intransitable a pie, con el automóvil como rey y atravesada por dos vías alrededor de un río que pretendían convertirse en “freeways”. Sus lugares de ocio (plazas comerciales) están vinculados con el desembolso de dinero. Su aspiración es trabajar en una de las grandes empresas que existen en la ciudad, aún y cuando eso significa extender su jornada de trabajo a más de 12 horas diarias. Viaja a McAllen de shopping (y hasta a comprar hamburguesas), vacaciona en la Isla del Padre y sueña con pasar un año nuevo en Nueva York.   Aprende inglés desde pequeño, por lo que solamente consume música y televisión en inglés (ya fuera con parabólicas, cable, antena o recientemente en streaming) Para el regio promedio, todo aquello que no lo represente como exitoso, superior, de clase mundial, no merece ser contado.

Por supuesto, esta narrativa incluyó que en su momento no se supieran todas las historias del periodo de violencia, derivado de la “guerra contra el narco, vivido en los inicios de la década del 2010. Aún y cuando las conversaciones cotidianas terminaban siempre en el mismo tema: “Ayer balacearon a uno enfrente de mi casa”, “¿supiste que hubo persecución en Garza Sada?”, “me tocó desviarme porque bloquearon la avenida”, el discurso hacia afuera fue siempre el mismo: “somos el motor de México”, “estamos superándolo”. Los medios de comunicación, amparados en el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia en México, firmado en 2011, redujeron el número de notas sobre ejecutados, balaceras y persecuciones relacionados con la guerra contra el narcotráfico. En parte por las amenazas que ya empezaban a tener por parte de las bandas del crimen organizado, como por la saturación de este tipo de información en sus espacios noticiosos.

Este periodo dejó heridas en la vida de sus habitantes, las cuales hasta la fecha no han terminado de cicatrizar. No fue solamente la pérdida de vidas derivada de los enfrentamientos entre narcotraficantes y las autoridades policiales y militares, sino que la cotidianeidad de la metrópoli dejó de ser la misma. La vida nocturna se apagó, los fraccionamientos privados se pusieron de moda excluyendo a sus habitantes del entorno en que viven y muchos jóvenes empezaron a ver un futuro muy poco prometedor, enmarcado en la eterna crisis económica mexicana.

El Monterrey que no se quiere ver.

Un ejemplo del contexto anterior lo podemos ver en la película Ya no estoy aquí”, del director Fernando Frías, donde vemos la historia de Ulises un joven cholombiano perteneciente a la pandilla llamada “Los Terkos” el cual debido a un incidente con la delincuencia organizada se ve obligado a emigrar a los Estados Unidos y enfrentar una lucha por su identidad. Tras su estreno en 2019, las críticas a la película surgieron y no por sus elementos técnicos, o por la historia que se contaba, sino porque “esa película no representa a Monterrey”, “esos (los colombianos) son unos pocos, nadie los conoce” “asco, las cumbias rebajadas”. Ya ni qué decir de cómo saltaron les conservadores cuando supieron que la película estuvo en la terna para ser nominada como mejor película extranjera en los premios Oscar.

La película ocurre y fue filmada en locaciones en Monterrey, específicamente en colonias alrededor del Cerro de la Campana que fueron lugares habituales de venta y distribución de droga, así como enfrentamientos del narcotráfico con las autoridades. Varias de las escenas presentan un contraste entre el Monterrey del “progreso” y el de la mayoría de sus habitantes, como lo vemos en aquellas filmadas en los restos de unas casas a medio terminar ubicadas en lo alto del cerro, teniendo de fondo los altos y costosos edificios construidos en San Pedro.

No entender que una urbe del tamaño de Monterrey se compone de una diversidad cultural, nos ha llevado a la polarización tanto económica como de clases sociales e incluso a brotes de xenofobia despreciando lo que “no es de aquí”. Por su posición geográfica, las oportunidades académicas y laborales, la ciudad es recipiente de muchas personas de diferentes lugares del país que venimos con la esperanza de tener mejores oportunidades que en nuestro lugar de origen. Por citar un ejemplo, más del 20% de la población regiomontana nació fuera del estado, y de éste, 5% corresponde al estado de San Luis Potosí.

Los potosinos han creado sus propios ghettos en la ciudad. Habitan colonias específicas, tienen lugares de convivencia exclusivos, se relacionan entre ellos mismos. En general, se han aislado de la sociedad regiomontana porque no los han aceptado como parte de ella. Son, en gran medida, parte de la fuerza laboral que hace trabajos pesado con mano de obra barata. Muchas veces cuenta con sólo la educación básica y se emplean en la construcción, en la gastronomía informal o en labores de limpieza (residencial o industrial). Aún y todo eso, no ocupan posiciones políticas, ni tienen presencia en medios y son invisibilizados en las historias de la ciudad. Peor aún, hasta les tienen un apodo: chiriwillos. La sociedad regiomontana se quiere parecer tanto a la estadounidense que hasta tiene sus propios beaners.

Este mismo aislamiento pasa con los locales, pero aquellos que, aunque nacen dentro del área metropolitana, están geográficamente alejados del centro de la urbe. Son regios, sí, pero no comparten la visión del agringamiento. No escuchan música en inglés, no hacen viajes al extranjero, no ven series gringas. Al contrario, ven el canal local de Multimedios, sus salidas son totalmente esporádicas (¿cómo pagar un boleto de camión de 12 pesos pa’ toda la familia ida y vuelta?) y escuchan cumbias y vallenatas, como las del Kombo Kolombia.

Una masacre que dio luz.

Por allá del 2013, un viernes se coló a los medios una nota relacionada con el narcotráfico. Los 18 integrantes de El Kombo Kolombia, una agrupación de música cholombiana y vallenata, habían desaparecido después de haber tocado en el municipio de Mina. “El Kombo” amenizaba reuniones y bares locales ganándose un público que lo seguía a sus presentaciones. Para el lunes, las autoridades confirmaron que 17 de ellos fueron encontrados asesinados y apilados al fondo de una noria. Las investigaciones concluyeron que fueron ejecutados por miembros de un cártel debido a que habían realizado presentaciones en la fiesta de un cártel contrario. Dieron con los cuerpos gracias a que uno pudo escapar de la ejecución y condujo a los investigadores a la fosa improvisada. A la fecha todavía hay bardas en algunos bares del centro de Monterrey donde quedaron los anuncios de sus presentaciones, y sus canciones se siguen escuchando en Youtube. El narco le arrebató el Kombo a la ciudad, pero la ciudad no lo deja ir.

Hasta ese entonces, todas las personas que fallecían a consecuencia de la guerra del narco permanecían como una estadística más, especialmente aquellas de comunidades fuera del centro económico de Monterrey. Sólo ocuparon titulares los nombres de Jorge y Javier, dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey asesinados por el ejército dentro de las instalaciones de la universidad debido a una supuesta confusión. La muerte de dos estudiantes de excelencia causó más conmoción que todos los abatidos en las colonias populares, quienes siguen en el anonimato.

Para Víctor Hernández, artista escénico oriundo de Santa Catarina, Nuevo León, hay algo interesante en esa historia es la identidad del sobreviviente de la tragedia del Kombo. Por seguridad de éste, cuando salió en televisión contando los sucesos, su cara fue pixelada y su nombre ocultado. No sabemos quién es ni su origen, ni siquiera qué instrumento tocaba en su grupo. Una vez más, una identidad borrada porque no corresponder al imaginario regio.

En la puesta “Ese bóker. En el campo del dolor”, Víctor nos propone darle una identidad al sobreviviente y crear una ficción a partir de ésta. El Bóker, protagonista de la obra, no sólo es un integrante del Kombo, sino que es un joven que se escribe cartas de amor con su morrita, con quien también va a fiestas a perrear y bailar colombianas, aunque los hermanos de ella no los quieran ver juntos. Tiene el sueño de salir de donde se encuentra, aunque también tiene cierta resignación por el poco prometedor futuro que alcanza a divisar.

Foto: Carlos López Díaz

 

El bóker en el Nuevo Reino de León.

La historia se presenta como una fantasía distópica cumbifidencista que sucede en el Nuevo Reino de León y de cuyas referencias cual el público regio no es ajeno. Nos recibe un viejo de la danza, integrante de un grupo de matachines que danzan en honor al Niño Fidencio. El mito del Niño Fidencio nació en la frontera de Nuevo León con Coahuila. Lo que anteriormente fuera una próspera población que funcionaba en torno a una estación de ferrocarriles, a inicios del siglo XX empezó a convertirse en un destino religioso tras la aparición de un joven al que le adjudicaban poderes divinos de sanación.

El viejo, ataviado con ropa de mezclilla de la que cuelgan retazos multicolores, se pasea por las butacas, mientras balbucea palabras y lanza desinfectante en aerosol a la audiencia. Mientras tanto el elenco, ataviados como matachines, ingresa por los pasillos laterales rumbo al escenario. La modernidad ha atravesado a la tradición: además de sus clásicos faldones, portan playeras sublimadas con la imagen del niño Fidencio en el frente y el nombre de cada integrante en la espalda con letras multicolores y usan tenis Converse. Da inicio la función, el viejo de la danza se convierte en el tamborilero y los matachines comienzan su danza. Somos bienvenidos a la fiesta fidencista, que será también el comienzo del ascenso del Bóker hacia otro plano espiritual.

De repente comienzan a despojarse de su indumentaria y nos trasladamos del rito de adoración al del baile moderno de una quinceañera. Una guirnalda de globos rosas enmarca el escenario. La única mujer matachín es ahora la festejada Parkita, ataviada con un vestido rosa, y su chambelán es El Bóker, quienes en lugar del vals se enfrentan en un reto de baile colombiano. Sí, las cholombianas también tienen quinces y se enamoran de verdad. El resto del elenco son ahora tres integrantes del choloballet que acompaña a la quinceañera.

Foto: Carlos López Díaz

 

Como en cualquier fiesta de este tipo, los jóvenes se dan una escapada al OXXO, con el pretexto de comprar cigarros, una coca cola o unos chicles, aunque en realidad quieren su propia reunión privada. Un letrero retroiluminado del negocio se hace presente, mientras los jóvenes juegan con restos de basura. Aprovechan para contar al público la situación actual del Nuevo Reino de León: la pandilla de los Dark Sides se ha apoderado de los arroyos secos del reino, desplazando con violencia a los seguidores del Santo Niño. El Bóker no es del agrado de estos últimos, ya que los traicionó durante uno de los enfrentamientos contra los Dark Sides, sacrificando incluso a un chiriwillo trabajador de un OXXO para salvarse.

 

Foto: Carlos López Díaz

El Bóker, harto de la situación, decide ir con La Niña Aurorita, en terrenos de la pandilla de Los Metafísicos, a pedir su intercesión ante el Niño Fidencio para que lo canonice y se convierta en uno de ellos, un cajita. Empieza entonces una batalla de rimas vallenatas, con un grupo improvisado como el que se sube a tocar en los camiones o ameniza las mañanas de mercadito. El Bóker acepta su nuevo destino. La violencia se apodera del reino, nos cuentan, camionetas circulan por la ciudad, cuerpos caen y son rodeados por cintas amarillas. La canonización tiene un precio: los cuerpos del Kombo Kolombia.

El caos impera en la ciudad mientras se canoniza al Bóker. Caen rocas del cielo que queman los instrumentos del Kombo, y arrastra a sus integrantes al suelo. La polvareda del desierto, que todo desaparece, que todo cambia, se hace presente en la devastación. Se escucha repetidamente en el aire “los cuerpos se deshacían en el desierto” “el Kombo Kolombia está completamente muerto”.  El Bóker, La Parkita y sus tres amigos entran en un trance al ritmo de música electrónica, mientras brincan en medio de la polvareda. Se ha cumplido la voluntad, el bóker será un cajita. El telón se cierra.

En medio del telón reaparece El Bóker es ahora un cajita. Viste una túnica totalmente blanca con una capa roja y usa un látigo como cinto. Es casi un santo, redimido y confesado ante El Creador. Los que antes eran sus amigos ahora son un trío de pecadores a los cuales persigue alrededor de su propio charco de lodo. Sin embargo, La Parkita, aparece para recordarle que no puede dejar su pasado atrás, que también es un pecador, no sólo por haber asesinado al chiriwillo, sino por sus hijos no nacidos y, sobre todo, por traicionar a su barrio. De un disparo, lo inmoviliza y lo hunde en el charco, no sin antes confesarle el enigma del misterio de la muerte.

Foto: Carlos López Díaz

 

Esto también es Monterrey.

 

Este Bóker es un héroe trágico de Monterrey. Dista mucho de la representación de aquél regiomontano que trabaja duro, que quiere ser gringo, que no se rinde. Es un personaje violentado por su mismo entorno, dentro de una ciudad donde es nadie, donde si muere o desaparece todo seguirá igual. Pero también es alguien que sabe disfrutar de pequeñas cosas que nos hacen humanos, como el amor, la fe y el baile.

 

Además, es un personaje que puede ser protagonista de una historia y de una fantasía, con un universo creado a partir de su mismo entorno. Vemos así una tardeada en el antro Arcoiris con música de reggaetón, un aire lavado para mitigar el calor nocturno, el lenguaje del barrio que no se aprende en la escuela, un santo no oficial al que se le venera.

Monterrey es algo más que empresas, éxito y futbol. También hay cumbias rebajadas, vallenatas y reggaetón. Hay quienes tienen fe en fenómenos espirituales y quienes se refugian en las drogas para sobrevivir la realidad. Hay quienes intentan, intentan y siguen intentando. Hay quienes fracasan y mueren intentando. Hay quienes mueren sin intentar. Los que habitamos esta urbe debemos conocer sus historias.

Foto: Carlos López Díaz

 

El teatro tiene el poder de convertirse en un foro adecuado para contarlas, nos permite generar espacios imaginarios donde es posible que otras realidades encarnen frente a nosotros. Vernos y ver a los demás, sin necesidad de atarse a una forma de ser, a una voz determinada o a un imaginario idealizado. La realidad desde el punto de vista de quienes la viven, pero también el futuro que nos gustaría tener.

 

Carlos López Díaz. Espectador teatral norestense.

Críticas

Una mesa. Otra crítica musical para otro teatro musical, por Ricardo Ramírez

por Aplaudir de Pie 15 mayo, 2021

«Mis obras son fruto del conocimiento que tengo de la música y también de mi conocimiento sobre el dolor» Schubert

El escenario blanco, un espacio infinito casi vacío nos coloca en la mente del personaje, en este lugar ahora habita un único pensamiento, la razón que lo ha llevado a este momento.

 

Los elementos en el escenario que en una primera vista pertenecen a una utilería común, conforme avanza la puesta adquieren protagonismo al ser las herramientas que el actor da uso como instrumentos para encaminar los sonidos a su fatídico dolor.

 

El actor está sentado sosteniendo su propio peso colocando sus codos sobre las piernas, su mirada está anclada al piso. Una pequeña mesa de madera está a su lado, es el primer objeto con el que interactúa, sin decir una palabra la música emerge de esta mesa, una canción que hace alusión a la añoranza por alguien que ahora está fuera de su alcance.

Tomando la idea donde una mesa se puede entender a la mesa redonda como un lugar apto o idóneo para realizar debates y disertaciones en conjunto con personas especializadas en diversos temas para llegar a una resolución, el personaje tiene un enfrentamiento consigo mismo, con sus recuerdos, con sus reproches.

La música es un lenguaje que la humanidad usa como medio de comunicación, se construye originalmente con armonías y melodías que evocan emociones capaces de afectar el cuerpo, interviene con el ritmo cardíaco y estimula al cerebro. Trasciende la barrera del idioma, pues aun cuando una pieza contiene letra no es absolutamente necesario conocer la lengua en la que fue escrita para identificar la emoción que busca transmitir. ¿Cuántas veces hemos pensado que una canción dice mucho mejor lo que sentimos? 

La música puede afectarnos con más fuerza que las palabras, existen razones técnicas, no solo depende de la tonalidad, también puede involucrarse el arreglo y el tipo de instrumento que sea utilizado aun cuando los compositores suelen usar un tono menor para la nostalgia no es el único método. También se puede encontrar en diversos géneros y estrategias de producción utilizando ritmos monótonos, teclados minimalistas, melodías envueltas en beats electrónicos, voces susurrantes, guitarras delicadas entre muchos otros elementos.

Zypce, conocido por su perfil de músico y elaborador de métodos alternativos para reproducir sonidos y música como parte de sus obras. La selección de canciones utilizada en Una mesa están cargadas de melancolía ¿de dónde surge el gusto por escuchar canciones tristes?

Bajo el contexto artístico tendemos como espectadores a crear un lazo empático con la sensación de tristeza remontándonos a experiencias personales significativas. La obra nos muestra un espectáculo unipersonal donde el personaje en duelo por una pérdida amorosa utiliza como intérprete de su dolor canciones de distintos géneros y épocas, una selección para que le ayuden a expresar lo que no puede decir con su propia voz, dejando que las siete canciones tomen el lugar de su habla.

En su playlist doliente, se escucha “Every breath you take”, de The Police, una canción bonita y perturbadora al mismo tiempo, que habla sobre un amor no correspondido. Lo que no se sabe es si el objeto amoroso está al tanto de esa fascinación o quien canta es un acosador anónimo, después, el personaje canta “My way” de Claude François, popularizada con la interpretación de Frank Sinatra, narra la historia de un hombre al final de un ciclo tras una vida plena, enfrentándose y superando sus problemas sin buscar complacer a nadie que no sea él mismo.

Y es que la música triste es un método de sanación.

“Uno sabe que está en problemas cuando la gente ha dejado de escuchar música triste porque ya no quieren saber más, se están apagando así mismos” Thom Yorke

 

Ricardo Ramírez (@RicardoxRam)

 

 

Críticas

ESTADO VEGETAL como desobediencia estacional. Crítica de Andrea Biestro.

por Aplaudir de Pie 15 mayo, 2021

INTRODUCCIÓN 

Mucho se ha hablado del carácter post-antropocéntrico de las obras de Manuela Infante y de su constante exploración de un lenguaje dramatúrgico no convencional. Esta suerte de desobediencia al teatro tradicional fue la inspiración para el siguiente texto realizado dentro del taller de crítica teatral de Zavel Castro y Teatralízate.

 

PRIMAVERA (desobediencia femenina)

 

ADÁN:  … y no lo olvides: tú te llamas Eva. Repítelo: Eva.

EVA: ¿Por qué?

ADÁN (Confundido y, naturalmente, airado.): ¿Cómo que por qué? Esas preguntas no las hace una mujer decente. Obedece y ya.

EVA: No veo la razón

 Castellanos, Rosario (1986, p. 75)

 

El jardín del edén que propone Rosario Castellanos en su obra El eterno femenino tiene a una Eva que se rebela ante la exigencia de Adán por etiquetarla. No solamente desobedece en la misma manera en que lo ha hecho a lo largo de todos los relatos y representaciones bíblicas (comiendo del fruto prohibido), sino que desde  sus primeros diálogos, se rehúsa a ser parte de un juego patriarcal que ella puede ver por lo que es: un convenio que a ella la pondrá siempre en una posición de sumisión. Y como si del jardín del edén se tratara, Eva es el nombre de uno de los personajes de ESTADO VEGETAL (dramaturgia de Manuela Infante y Marcela Salinas). Ella es presentada por primera vez en la obra en voz de un personaje masculino:

 

RAÚL: Participativa la señora, ¡pero pucha que es insistente!

 

Al igual que la Eva de El eterno femenino, incomoda con sus opiniones, con sus preguntas. No importa si su insistencia para podar un enorme árbol cuenta con argumentos válidos, a ella se le clasifica como la típica espina de un rosal. Lo mismo sucede con el personaje de María Soledad  (presentada también por Raúl:  …tiene algún tipo de “capacidad diferente” si se quiere decir de un modo más contemporáneo), una mujer con algún tipo de discapacidad intelectual quien, al subirse al árbol y negarse a descender de él, impide que los empleados del municipio lleven a cabo su trabajo. A los ojos de los demás, ambas son pequeñas piedras en los zapatos. Flores que sirven de adorno, cuya presencia es apreciada mientras llenen el ambiente con su aroma, mas nunca con su voz. La desobediencia de ambas mujeres está sembrada en su hablar constante, y en hacerlo a través de su muy particular manera de enunciar cada palabra. La actriz Marcela Salinas crea para cada personaje un tono de voz específico, diferenciado además por modulaciones en velocidad, volumen, acentos, y variaciones en la pronunciación. Pensando en Gilles Deleuze y sus nociones de lenguas mayores y menores[1], podría decirse que estamos ante una insubordinación polifónica que rompe con el discurso teatral tradicional, lo que dota de frescura y ligereza a las escenas iniciales. Dentro de un escenario austero, dominado por tonos neutros, los colores que crea Salinas al hablar se asemejan a las flores de las jacarandas que pintan de vivos violáceos sus ramas antes vacías. Una primavera en todo su esplendor.

Fotografía: Migue Lecaros

 

VERANO (desobediencia originaria)

 

El número de indígenas por tribu tiene serias repercusiones para la defensa del territorio y acceso a derechos. En este contexto, puedo comprender que la vida amorosa de una mujer indígena canadiense, algo tan íntimo y personal, esté atravesada por la manera en la que el Estado sanciona lo que es indígena y lo que no lo es. La mujer del blog hablaba del deseo que ella tenía de tener descendencia que fuera reconocida como indígena, 100% indígena, de ser posible, de manera que su comunidad pudiera contar con la población suficiente para acceder a determinados derechos.

 

Gil, Yásnaya Elena. (2019, p. 33)

 

La desobediencia en ESTADO VEGETAL no está limitada a las mujeres. En una escena que parecería hecha para evocar la nostalgia de las abuelas cuidando las plantas de sus hogares, la historia comienza a tomar otros matices: seres no humanos que se apoderan de un cuerpo, de un espacio, de un planeta. Una rebelión de quienes estaban ahí antes de que aparecieran los humanos, reclamando lo que les pertenece.

 

RAÚL:  Claro, oiga, el árbol estaba ahí desde antes que se instalara el alumbrado público. Incluso yo me atrevería a decir que todas las personas que estamos viviendo acá en la comunidad vinimos… digamos, después del árbol.

EVA: Y esta casa te juro que te lo doy firmado, era, es que era… era.. ¡una selva! Se la habían comido las plantas. (…) cuando se acabe el ser humano de la faz de la selva, las plantas se van a demorar tres meses en cubrirlo todo. El planeta va a ser como una pura bola verde.

NORA: Pero, ¿por qué tú vas a querer que yo destroce el piso de mi casa?! ¿Cómo que no es mi casa?! ¿Cómo que ustedes estaban aquí antes que yo?!

JOSELINO: Me acuerdo patente que yo pensé que las plantas como que se hubieran rebela’o contra los maceteros. (…) Ese día la iñora me dijo con la voz así como un hilito: “Joselino, dicen que quieren recuperar el territorio”.

 

La planta “domesticada” dentro de un macetero, queriendo recuperar el territorio no es muy diferente de la mujer indígena canadiense de la que habla A. Gil. La analogía que se plantea es que ambas eran dueñas de una tierra que les fue usurpada por los colonizadores. Oprimidas en su propio hogar, en su lugar de origen, su lugar ancestral. Obligadas a vivir bajo las reglas del invasor: la planta confinada a una maceta, la mujer expuesta a “la vulnerabilidad de responder a los rasgos del Estado que te valida como suficientemente indígena.” (ibid. p. 36) A. Gil hace hincapié en que en México esta validación se da a través de la lengua y no como en Canadá, donde se usan cuotas de sangre. Es curioso que una lengua catalogada como indígena sea la herramienta que el Estado utiliza tanto para discriminar (la educación pública lleva décadas dando más valor a la enseñanza en español y a los recursos didácticos disponibles para profesores que lo hablen) como para definir los apoyos que pueden recibir las comunidades. Las palabras en lenguas originarias como desobediencia ante el autoritarismo colonizador, cubriendo el país cual suave y fértil césped que siempre logra renacer de entre la tierra.

 

En ESTADO VEGETAL, las palabras inundan el espacio como follaje tupido que cubre las ramas. De los personajes de Don Raúl y Eva florece una  verborrea por momentos ininteligible, que los dota de toques humorísticos sin sacrificar el entendimiento de sus discursos. La analogía humano-planta cobra más fuerza, fruto del uso de figuras retóricas dentro de los diálogos de los personajes (“Nunca echó raíces”, “Se va por las ramas”). La misma voz de la actriz es replicada como un espeso bosque gracias al diseño de sonido y a la tecnología de live loops que ella misma graba y echa a andar. Y como las hojas que se reproducen en una misma rama, existen en la obra parlamentos que repiten diferentes personajes en distintos tiempos de la narrativa. Un verano que poco a poco va pintando de verde el escenario a través de la iluminación y de las plantas que van agregándose conforme avanza la obra.

Fotografía: Maida Carvallo

 

OTOÑO (desobediencia existencial)

 

Algunos de los nuestros son ahora exactamente como árboles, y se necesita mucho para despertarlos; y hablan sólo en susurros.  Pero otros son de miembros flexibles, y muchos pueden hablarme.  Fueron los Elfos quienes empezaron, por supuesto, despertando árboles y enseñándoles a hablar y aprendiendo el lenguaje de los árboles.  Siempre quisieron hablarle a todo, los viejos Elfos.  Pero luego sobrevino la Gran Oscuridad y se alejaron cruzando el Mar, o se escondieron en valles lejanos e inventaron canciones acerca de unos días que ya nunca volverán.

Tolkien, J.R.R. (2003, p. 502)

 

En la oscuridad del teatro se oye el crujir de ramas y hojas secas abrasadas por el fuego. El viento silba. Al tiempo que el escenario se ilumina de rojo, comienzan los primeros acordes del Adagio de Albinoni, de Giazotto. De entre el humo, va vislumbrándose la figura de Manuel, el motociclista. Lleva su traje de bombero, con casco y guantes. Observa el incendio. Se abre paso entre un bosque de micrófonos en pedestales. Nuevamente su mirada recorre el espectáculo de la destrucción y, abatido, se desploma en medio de los árboles. Solloza suavemente:

 

MANUEL: Lo siento. Lo siento, lo siento. Válgame Dios, cuanto lo siento. Son tercas las veces que intento conformarme con esto.

 

La música fondea sus palabras mientras la luz va expandiéndose del centro del escenario hacia los bordes, enrojeciéndolo todo. Arrastrándose por el suelo, Manuel se reconoce criatura animal ante las criaturas vegetales. Un arco de lámparas enmarca la escena, cual ramas colgantes de un sauce. Como las hojas que se desprenden del tallo para permitir que el tronco y las raíces conserven reservas de nutrientes, Manuel quiere desprenderse del reino animal para dejarle libre el camino al reino vegetal. Se dirige con camaradería a las plantas, como quien entra a un grupo por vez primera y desea aprender las reglas del juego. Se asemeja a los elfos de Tolkien, despertando árboles y aprendiendo su lenguaje.

 

MANUEL: Abran para mí su químico recitar. Instrúyanme para hablar en combinaciones de bromo y agua y no en agudos y bajos. Quiero usar significantes que tienen sabor a yodo.

Su entusiasmo por esta idea es palpable en sus movimientos y en lo atropellado de sus palabras. Sin embargo, la duda de su condición humana lo hace colapsar.

MANUEL: Soy el último animal. Sentado en la última catástrofe

 

¿Qué Gran Oscuridad hizo que Manuel anhele alejarse del reino animal? ¿Acaso la humareda que provoca un bosque en llamas? Manuel el motociclista, el bombero, el que desde niño no se estaba quieto, el que siempre buscaba velocidad en el movimiento, el  que nunca tenía tiempo. ¿Cómo desobedecer al status quo si no es a través de renegar de la propia existencia, de lo que biológicamente significa ser humano? Manuel apela a todo: a Zeus, a Dios, a la razón… El abandono existencial de quien no encuentra motivos para seguir por el mismo camino es hermano de la impotencia de quienes quieren trazar nuevos caminos para seguir existiendo. Las mujeres en México han intentado todos los caminos posibles para sobrevivir a la violencia que acaba con la vida de 11 mujeres al día. Es como un infierno sin llamas, que va sitiando todos los lugares que antes parecían seguros.

 

MANUEL: Este bosque era el infierno, señores, aun antes de las llamas.

 

¿Habrá que quemarlo todo para ser escuchadas? ¿Hasta dónde debe llegar la desobediencia para que cambie el rumbo de este destino que está mermando el bosque femenino? ¿Habrá que marcharse todas al unísono a mejores tierras? Tal vez entonces, como en El Señor de los Anillos, los demás habitantes prestarían atención a la existencia de las mujeres.

Durante muchos años mantuvimos la costumbre de salir del bosque de cuando en cuando y buscar a las Ents-mujeres, caminando de aquí para allá y llamándolas por aquellos hermosos nombres que ellas tenían.  Pero el tiempo fue pasando y salíamos y nos alejábamos cada vez menos.  Y ahora las Ents-mujeres son sólo un recuerdo para nosotros, y nuestras barbas son largas y grises. (ibid. p. 510)

 

 

 

INVIERNO (desobediencia motriz)

 

No me puedo mover                        

                                     No me puedo mover

                             No me puedo mover

 

              

Sentado en la última catástrofe.

                                                    La desolación

como un árbol desnudo

despojado de su abrigo

El abandono

sutil pero certero

                                               Lo siento. Lo siento.

Válgame Dios cuanto lo siento.

                               Son tercas las veces 

                que intento conformarme con esto.

de la vida cotidiana

de la vida conocida

Me ultrajan las veces en las que abro los ojos

                y ante mí se presenta este paisaje.

 

                                                                                                                                                                                           

Desaprender

Regresar al inicio

Borrar la memoria

Escudriñar cada minuto

que antecedió al evento

                               ¡Está luchando!

¡Está luchando por su vida!

 

al trauma

a la tragedia

Toda madre nunca quiere que un hijo

                se compre una moto.

 

               

Aprender a cargar

a otro ser humano

a otro

Pareciera tener una especie de

                                               discapacidad mental

                               o “capacidad diferente”

       si se quiere decir

                de un modo más contemporáneo,                                                               más actual.

 

que no es el que era

el que fue

 

Otro

que ahora es árbol

Cargar un árbol sobre la espalda

                               ¿Dónde tienen el corazón?

Y ¿Dónde tienen el cerebro?

 

Enrebozado

                                                                                                                                                                                           

Cargarlo en soledad

Porque nadie está más solo

más sola

                En ese momento, en la oscuridad,

cambiaron a mi hijo de reino.

 

que la madre de un árbol

 

¿Cómo echar raíces

cuando se es humana?

¿Cómo anclarse a la tierra?

¿Cómo sostenerse en pie

Mientras más quieto está algo,

                                               más sobrevive.

 

cuando el viento insiste

en derribar

mujer

                ¿Y qué hago yo con un hijo en estado vegetal?

¿Qué hago?

                               Porque no se puede mover                                                                            no se puede mover.

 

rebozo

árbol?

 

Porque no se puede mover,

no se puede mover

 

Andrea Biestro, Madre, actriz, lectora.

 

                                                                                                                                                                                          

BIBLIOGRAFÍA

 

Gil, Y.E. (2019). “La sangre, la lengua y el apellido. Mujeres indígenas y estados nacionales” en Tsunami, G. Jáuregui. Ciudad de México: Editorial Sexto Piso.

Castellanos, R. (1986). El eterno femenino. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica

Deleuze, G. (2003). “Un manifiesto menos” en Superposiciones, H. Tahan. Buenos Aires: Ediciones Artes del Sur.

Tolkien, J.R.R. (2002). El Señor de los Anillos. Barcelona:Ediciones Minotauro

[1] “Podríamos definir las lenguas mayores [99] incluso cuando éstas posean poco alcance internacional: serían las lenguas con una fuerte estructura homogénea (standardización), y centradas sobre invariables, constantes o universales, de naturaleza fonológica, sintáctica o semántica.  (…)  Y ya no tenemos elección, debemos definir las lenguas menores como lenguas de variabilidad continua —sea cual sea la dimensión considerada: fonológica, sintáctica, semántica o incluso estilística.” Deleuze (2003, p. 84-85)

Críticas

Entre lengua y lengua: Mexicatas. Crítica de Cristián Cortés.

por Aplaudir de Pie 8 abril, 2021

Dice un refrán: “La lengua y los caballos son fáciles de mover”, ¿sí? Probemos:

 

Erre con erre guitarra, erre con erre barril. Rápido ruedan las ruedas por los rieles del ferrocarril.

 

Cuando cuentes cuentos cuenta cuántos cuentos cuentas para que cuando cuentes cuentos sepas cuántos cuentos cuentas.

 

 

¿Qué tan fácil se movió tu lengua? La gracia de los trabalenguas es el reto que implican. En ocasiones, son un mero entretenimiento; en otras, es un entrenamiento oral. Pero podrían ir a más: imagina qué pasaría si tuvieras que decir uno en un idioma que no fuera el materno. Podría ser uno de estos:

 

Inglés:

Three switched witches watch three Swatch watch switches. Which switched witch watch which Swatch watch switch?

(Tres brujas cambiadas miran los botones de tres relojes Swatch. ¿Cúal bruja cambiada mira los botones de cúal reloj Swatch?)

Náhuatl:

Tlakua, tlakua, tlakuakilotl,

¿tlake kikua tlakuakilotl? Tlakuakilotl kikua kuatlajketl, uelik kikua kuatlajketl tlakuakilotl.

(Traga, traga, el tlacuache,

¿Qué traga el tlacuache? El tlacuache traga fruta, el tlacuache saborea la fruta que traga.)

 

¿Cómo reaccionarían los hablantes nativos de esas lenguas al escucharte? ¿Aplaudirían tu esfuerzo? ¿Se burlarían de los errores? ¿Qué otra respuesta podría ocurrir? ¿Cómo te sentirías al pronunciar correctamente el trabalenguas? No te muerdas la lengua y deja correr tu imaginación. Pregunto porque estos juegos orales vienen a caso por un monólogo que aborda un trabalenguas, situación que da pie para estudiar en torno de los idiomas, la identidad y las dinámicas sociales.

Dicho monólogo pertenece a la obra Mexicatas, de la compañía Cor de maguey (Corazón de maguey) compuesta por ocho actrices mexicanas que viven en Cataluña, España: Merlene Avendaño, Lupe Cano, Esmeralda Elizalde, Ariadna Ferreira, Mónica Mar, Thania Paulinni, Marisol Salcedo y Nadia Zúñiga. La compañía solicitó la dramaturgia a Sergi Belbel y la dirección a Antonio Calvo.

La obra se conforma de doce cuadros, cuya conexión no cuenta una anécdota sino que desarrolla varios aspectos de un tema, en los que las intérpretes manifiestan sus experiencias y añoranzas por medio de conversaciones entre ellas y con el público, canciones, situaciones realistas y absurdas. En la mayoría de los cuadros, el escenario está vacío, hay ocho sillas de diferentes colores y ellas visten de negro, pero eso no las neutraliza: vestidos cortos y largos, pantalones con pata de elefante y rectos, blusas, chaquetas, chamarras con cierres, botas, botines y tenis. El color se encuentra en las coronas de flores en sus cabezas: margaritas, cempasuchil, claveles, rosas, gerberas, pensamientos, hortensias y dalias.

 

Cortesía: Cor de Maguey

 

Esta estética se rompe en el cuadro que se ambienta en la playa. Ellas usan trajes de baño, toallas y accesorios, como cestas y bolsas, lentes de sol, pareos y dispositivos móviles. En el cuadro observamos las diversas situaciones que viven por medio de conversaciones alternadas. En una zona se encuentra Nadia, sola, sentada sobre su maleta aparentando que todo está bien en una llamada con su madre, sus esfuerzos son inútiles: se separó de su pareja y tiene dificultades para encontrar trabajo y casa. En otra zona, Marisol y Ariadna opinan sobre el noviazgo de una amiga y tratan de dilucidar cómo se establecen relaciones amorosas con catalanes, ¿sus reacciones son de reserva o de pedantería? ¿es posible ganarse su confianza? ¿por qué se tardan en coger/follar? ¿qué quieren decir cuando dicen puta? Sus respuestas son tanteos para comprender el espacio y la cultura en la que se encuentran. Entre sus comentarios y reacciones revelan su punto de vista. En aspectos como la seguridad y el transporte se sienten a gusto; pero en otros, como la comida y el trato personal, encuentran más resistencias. Las conversaciones se entremezclan. Al punto que el cúmulo de voces recrean las calles de México. Los sonidos cobran importancia en toda la obra, una muestra son las canciones tradicionales, la máquina de las tortillas y la grabación del que compra fierro viejo. Los sonidos aluden a lo ausente, a lo lejano.

 

Cortesía: Cor de Maguey

 

Y el trabalenguas es el sonido que nos relaciona con lo presente, con lo cercano, pero que no es familiar: el catalán, un idioma ajeno. Al inicio del cuadro, Merlene pronuncia el trabalenguas como si de verdad fuera fácil mover la lengua, los caballos e, incluso, montañas, como si al hablar mantuviera flotando un caracol (el símbolo indígena de la lengua) y se meciera con cadencia suave. Ella dice:

 

Setze jutges d’un jutjat mengen fetge d’un penjat.

(Dieciséis jueces de un juzgado comen hígado de un ahorcado.)

 

Queda claro que ella maneja este juego oral con experiencia, que se ha familiarizado con esos sonidos complicados de pronunciar para un hispanoblante: la e neutra, la e abierta, la s sonora y la j que se asemeja a la pronunciación francesa. Entre digresión y digresión, la intérprete explica su significado y comenta que es un recurso para ser aceptado en la comunidad. Los lugareños te atienden con amabilidad, incluso son capaces de «comerte a besos». Ella llama al trabalenguas “amuleto”, podríamos llamarlo también “pase de acreditación”. Se puede comprobar con las reacciones del público: se escuchan exclamaciones de sorpresa y agrado, como “oh”, “qué bé! (¡qué bien!)” y “¡órale!”. Yo, he de decirlo, pensaba en las ganas de tener esa buena pronunciación para que en los trámites los funcionarios me atendieran con buena cara. De esta manera, el juego de poder se revela: quien puede pronunciar el trabalenguas es aceptado; quien no es blanco de burlas. Suena a una tontería, pero la aceptación de la comunidad local es necesaria para sobrevivir. Así que cualquier recurso es bienvenido.

Para comprender este mecanismo, revisemos primero una oposición entre el castellano y el catalán, un conflicto implícito en el monólogo. El primer idioma ha dominado al segundo por cuestiones políticas. Durante el franquismo se reprimieron todas las lenguas que no fueran el español: el euskera, el gallego, el extremeño y el catalán. A finales de la década de 1980, en Cataluña comenzaron los programas gubernamentales para favorecer el uso del catalán. Merlene comparte su descubrimiento: los catalanoparlantes están resentidos y se desquitan de los hispanohablantes cuando estos no son capaces de pronunciar el trabalenguas. Los tachan de ineptos para los idiomas y cerrados de mente. Merlene equipara a los catalanes como los jueces que menciona el trabalenguas y recrea una imagen de devoradores de hígados, con movimientos grandes y muy marcados adopta posturas bestiales.

 

Y aquí surge una imagen vinculada con la digestión: o te comen a besos o te engullen. Traslademos esta metáfora: un grupo se come al otro, con el fin de deshacerlo, que pierda sus particularidades para que se parezca a los lugareños.

 

Merlene centra la atención en los catalanes, pero al estudiar la dinámica y relacionarlo con el entorno se comprende que es un mecanismo en ambas direcciones. Entonces, ¿dónde queda Merlene? A pesar de pronunciar con fluidez el trabalenguas y de ser atendida con amabilidad, se percibe la tensión de encontrarse entre los dos bandos, de sentir el peligro de ser digerida. De ahí nace la necesidad de pronunciar correctamente el trabalenguas.

 

Cortesía: Cor de Maguey

 

En la suma de los factores, se manifiesta la tensión identitaria. La actriz añora y critica a México; además, resiente la falta de conexión con la comunidad catalana, reconoce el resentimiento y las reservas de las personas locales. Esta escena dialoga con lo que Zygmunt Bauman estudió sobre el multiculturalismo en La cultura en el mundo de la modernidad líquida: en un mundo globalizado, las migraciones se deben a factores económicos y no culturales, ya no hay superioridad de una cultura sobre otra; sin embargo, hay presiones políticas que promueven las barreras. Así que aunque convivan, los grupos tienen condiciones desiguales.

Sobre esta desigualdad, hay reflexiones desde la década de 1960, cuando llegaron campesinos de España a las zonas urbanas de Cataluña. Francesc Candel en Els altres catalans (Los otros catalanes) criticó las burlas entre los grupos, las cuales provocan recelo y alejan a las comunidades cultural y lingüísticamente. Este autor denunciaba que había zonas en que exclusivamente se hablaba catalán o castellano y eran escasos los casos dispuestos a hablar el otro idioma. Candel opinaba que el idioma no lo era todo, pero marcaba diferencia en situaciones de subyugación. Por tal motivo, prefería poner el idioma en favor de las ideas.

Para completar el panorama, consideremos un caso opuesto, de un catalán inmerso en un espacio hispanohablante: la novela L’ombra de l’atzavara (La sombra del maguey), de Pere Calders, autor catalán que vivió exiliado en México entre 1939 y 1963. El personaje central nombra a su hijo Jordi (con la j semejante a la francesa) y resiente que sus familiares lo pronuncien con la ch fuerte del centro de México, Chordi. Él los corrige, pero ellos no notan la diferencia. A partir de este detalle, la distancia entre los familiares se agranda. En este caso, se evidencia la resistencia del catalán exiliado a asimilar la cultura local, la mexicana. Para el protagonista, defender sus raíces culturales es más importante.

Y ante estos dilemas se encuentra Merlene con un trabalenguas que representa la clave para integrarse (con el riesgo de borrarse) o para ser objeto de exotización —algunos conocidos y yo hemos escuchado el bienintencionado: “hablas muy bien catalán para ser de fuera”—. ¿Qué marca la diferencia? ¿Qué está en sus manos? ¿Qué está en manos del grupo? No son preguntas triviales si tenemos en cuenta que estas dinámicas identitarias con el idioma no ocurren únicamente entre migrantes de país a país, sino de población en población, incluso en espacios de trabajo y familiares. Se marcan diferencias al pronunciar y escuchar expresiones como el calor/la calor, trajiste/trajistes, quesadilla/doblada, entre otras. Se requiere una actitud crítica ante nuestras expresiones para evitar las burlas y fomentar la comprensión entre lengua e identidad.

 

Así que este monólogo representa no únicamente a una mujer que está experimentando un proceso de migración y adaptación, sino que pone en cuestionamiento mecanismos lingüísticos que se suelen obviar o se consideran inamovibles. ¿Cómo afectan a nuestra identidad y a nuestra relación con los otros?

 

En un sentido global Mexicatas propone una solución desde su forma de representación, en la que se difuminan las nociones de testimonio y ficción, de realismo y absurdo; por ejemplo, en un momento dos actrices discuten a quién corresponde una anécdota: ¿a la que lo relata o a la que lo recuerda? De esta manera, las intérpretes y el autor rompen dicotonomías. Erika Fischer-Lichte expone en Estética de lo performativo cómo una frontera se transforma en umbral en una realización escénica. La frontera separa, excluye un ámbito o un concepto de otro, aunque la línea divisoria sea borrosa o movible. Se es mexicana o catalana. Esta obra al mostrar espacios de transición y al construir una visión en que dos conceptos pueden convivir, se puede crear el término mexicata, una identidad en que se mezclan ambas culturas. Se es mitad mexicana y mitad catalana.

Esta propuesta da la impresión que se pueden superar las barreras, las desigualdades y la violencia de un proceso de migración. No obstante, comporta un problema discursivo. Llamarse mexicata sostiene una ilusión de que se puede construir una identidad fija, sin tensiones y susceptible de validación en ambos lugares y culturas. La existencia de la frontera se constata con las angustias, la nostalgia y la inadaptación que viven las artistas. Fischer-Lichte aclara que cruzar una frontera se experimenta como una transgresión, algo peligroso, angustiante o heroico. Se requieren pasaportes y permisos de salida para cruzar la frontera. Hasta aquí el trabalenguas se sigue observando al trabalenguas como “pase de acreditación”.

Sin embargo, en el monólogo, atisbamos otra alternativa a una relación identidad-lengua, que no está desarrolada del todo ni a profundidad en la obra, pero que sí resulta significativa. Como la realización en escena, el lenguaje sirve también para representar el mundo. Por tal motivo, traspolamos al lenguaje la posibilidad de convertir las fronteras en umbrales. Como remate de la escena, Merlene dice en zapoteco: “Nirú zasaalu’ guirá’ shisha neza guidxilayú ti ganda guidxelu’ lii”, que significa “Primero recorrerás todos los caminos de este mundo antes de encontrarte a ti mismo”. Desde la perspectiva fronteriza, esta frase le sirve a la intérprete para demostrar que hay idiomas más complicados que el del trabalenguas y que estos están relacionados con la diversidad cultural de México. Pero si consideramos que este cuadro es un umbral, reconocemos que con esta frase ella demuestra que hay habilidades comunicativas que trascienden el juego de poder planteado por el trabalenguas: la capacidad de aprender otros idiomas, su capacidad de observación y de adaptación. Incluso resulta significativo que esta expresión no sea un trabalenguas. No es un reto. Más bien es un refrán, un enunciado que comunica conocimiento. Ahora sí, podemos entender la frase como un “amuleto”, noción que remite al ámbito mágico con el que Fischer-Lichte identifica al umbral, un espacio en el que es posible la transformación.

De esta manera, se podría generar una identidad dinámica, capaz de reconocer la trayectoría personal, ser consciente del bagaje cultural, cuestionar el entorno y manifestar la esencia. Ahora bien, ¿cómo construir esta identidad dinámica en el día a día? Esta respuesta aún no llega a la punta de la lengua.

 

Cristián Cortés,
Editor, librero e investigador teatral.

Reseñas

Diario de una temporada, texto de Jimena Eme Vázquez

por Aplaudir de Pie 30 marzo, 2021

Introducción

Tengo un instinto debajo del instinto evidente que me ayuda a resolver problemas con la sabiduría de una vida pasada. Me ocurren cosas y pienso: “esto ya lo viví”, y me acuerdo del torneo en el que, hace 14 o 17 años, sentí exactamente lo mismo. Mi mamá fue la primera en darse cuenta de que el boliche me había preparado para el teatro. Y yo hice este juego: aproveché una temporada de cuatro funciones, de una obra nueva, para hacer evidente que esto yo ya lo había vivido. Luego de que acababa la función de la obra, yo abría mi documento y escribía sobre boliche.

 

Los días de estreno/Semana 1, función 1

En los días de estreno es cuando más siento que no tiene caso.

Hay algo en lo efímero que me roba un porcentaje del pulso, y en los estrenos siempre lloro. Hasta cuando es un éxito, hasta cuando me voy a cenar con mis amigas. Por la noche, antes de dormir, me hago bolita y lloro. No sé por qué. Quizá por esa famosa condena de que, cuando algo nace, inmediatamente empieza a morir. Es probable que mi cerebro vea los estrenos más como un final que como un comienzo.

Y luego viene esa parte tan difícil de conseguir personas que quieran ir a ver tu obra, que se quieran conectar para ver tu obra. No importa si la temporada de la obra pasada se llenó prácticamente sola: el esfuerzo se hace desde cero cada vez. Yo no sé qué pasaría si no hago el esfuerzo, puede ser que nunca me entere porque siempre lo voy a hacer.

A los 11 años empecé a jugar boliche. El boliche es un deporte que se puede jugar muy en serio y, en mis tiempos, México era el quinto lugar mundial. Mucho mejor que en el futbol. Tenía tres bolas, una maleta para llevar a dos de ellas a los torneos, unos zapatos rosas y toallas azul marino para limpiar mi pelotita de quince libras antes de cada tiro. Es que se llenan de grasa cuando pasan por la pista. La secuencia era: limpiar la bola, ponerle brea, secar la mano en el aire, mirar a ambos lados, y subirme a la pista. Dedo medio, anular, y el pulgar al último. Creo que daba dos respiraciones antes de empezar a dar mis cinco pasos, empezando con el pie izquierdo, contra toda lógica de la suerte.

A los 16 años decidí que no iba a jugar más porque quería saber de qué otra cosa se trataba el mundo. Me retiré un año después, pero hasta la fecha, cuando voy a jugar, es casi seguro que alguien va a llegar a decirme que juego muy bien, que si no quiero entrar a un equipo, a un torneo… y yo digo que todo eso ya lo hice, que muchas gracias.

Si hubiera tomado una decisión distinta a los 16 y siguiera jugando, cada vez que me parara en la pista, los diez pinos iban a estar intactos. Y yo tendría que tomar la bola, limpiarla, ponerle brea, secarme la mano y subirme a la pista con la misma mente en blanco con que lo hice durante esos años de mi vida. Los pinos siempre van a ser diez.

Sigo en Instagram a jugadoras que conocí y me sorprende mucho verlas tirar. Llevan 25 años haciendo eso y no importa cuántos juegos perfectos hayan tirado: la línea empieza en cero y los pinos son diez.

Así yo, cuando abro el archivo de Word y la página está en blanco. ¿Por qué no pueden los personajes de la obra pasada escribir un poco de la nueva? ¿Por qué no hay tres escenas ya escritas cuando empiezo a trabajar? No: hay que agarrar la bola, limpiarla, ponerle brea. Y este tiro es el único que tienes, así que cuida mucho las palabras que le vas a poner.

En las temporadas siento lo mismo que hace quince años sentía en los torneos.

Cada función es una línea diferente. A veces empieza con caída y se levanta. O no se levanta. O hila cinco chuzas y se va tranquilita hasta el final, manteniendo el speare. O te toca un split traicionero en el cierre y sientes que todo se fue a la mierda. O es perfecta.

No importa cuántas funciones des, siempre habrá diez pinos al final de la pista y el puntaje estará en ceros.

Para jugar teatro y para hacer boliche uso la misma parte de la cabeza. Tengo esa obsesión de tantas deportistas y tantas artistas, a las que también les dicen que no se lo tomen tan en serio, que hay un mundo ahí afuera y que la vida se trata de muchas cosas. No, no me voy a volver loca, déjame en paz que quiero seguir jugando.

Saludos a Beth Harmon de Gambito de dama.

Qué bueno que el mundo sea tan grande, pero, si me lo permites, yo ya encontré la parte que me gusta y aquí me voy a quedar.

Cuando acababa el torneo, me acuerdo, yo no me sentía con fuerzas para el siguiente. Me parecía imposible entrenar cuatro, ocho meses, para viajar a la siguiente ciudad y empezar todo de nuevo. Después de un torneo no jugaba durante dos semanas. Hasta que un domingo me levantaba temprano, me iba al Bol Insurgentes con mi playera azul y oro, echaba un Goya y entrenaba con mi equipo. Y nada más pararme en la pista, todo volvía a tener sentido.

Las emociones no están en el mismo orden, pero son las mismas. La desolación es la misma. Nadie podría acompañarme mejor en mis tristezas de estreno, que la Jimena adolescente que acaba de terminar un torneo. Y a ella tampoco le importaban las medallas: el vacío llega, independientemente de si hay medallas o no.

No tiene nada que ver con la función, ni con el equipo, ni con que no haya llegado alguien a quien le aparté celosamente su boleto. Siempre me han gustado las cosas efímeras, las que empiezan en cero y hay que construir con toda la atención del presente. La vida entera es así, pero de todos modos creo que algunas nos ponemos a jugar a ser Sísifo por voluntad. Y está bien, aunque nos pongamos tristes cuando la gravedad vuelva a hacer lo que siempre hace. Ya sabemos que va a pasar. Yo cada vez que estreno sé que en algún momento llegará, que no me voy a poder dormir sin que me pase.

La siguiente vez que estrene una obra, me voy a ir a jugar boliche después.

 

Foto: Cortesía Jimena Eme Vázquez

 

Segundazo/Semana 2, función 2

En el boliche, cuando juegas en cuartetas, hay una manera estratégica de acomodar el turno de las jugadoras en la pantalla. Suele pasar que la del puntaje más alto cierre y la segunda más alta sea la primera del equipo en tirar. La que tiene el puntaje más bajo va en el segundo turno.

Más que hablar del segundazo como esa mítica función que siempre sale mal, quiero hablar del momento en el que veo la obra y me caga. Maldigo a los dioses que no me borraron el archivo de la computadora a tiempo, antes de que esos pobres incautos ocuparan un pedazo de su cerebro en aprenderse todos esos balbuceos.

Ese día odio la obra, y no la odio porque haya salido mal, la odio porque se me da la gana. A veces coincide y toca en la segunda función, a veces la tercera, la cuarta… le voy variando. Supongo que depende de mi ciclo menstrual, de las estrellas y de lo que desayuné. De la función no creo. Es algo mío, me enojo como cuando jugábamos en cuartetas y a mí me ponían a cerrar. Me cagaba ser la última porque me desesperaba. Los días de cuartetas eran los peores, al menos en el boliche sabía que ese día iba a sufrir. Ahora sólo sé que habrá una función, no sabemos cuándo, en que yo voy a querer arrepentirme de todo.

Luego se me pasa y no se suele repetir.

 

Arriba de par/Semana 3, función 3

Antes de mi último torneo dejé de jugar medio año. Sabía que ya me iba a retirar, pero no sería con esa desgracia de Tijuana. Yo nunca fui una jugadora particularmente peligrosa, pero nunca podíamos saber, ni yo ni el resto, cuándo iba a estar inspirada y me iba a colgar una medalla. Pero lo de Tijuana estuvo tan mal que me puse a imaginar qué sería de mi vida sin el boliche. Tenía 16 años e imaginé. Y por primera vez desde la Olimpiada Nacional del 2003, me gustó imaginar al boliche fuera. Se había convertido en tiempo perdido. Supongo que algo así se siente dejar de querer a alguien. La cosa es que dejé de jugar seis meses y cuando volví era otra: había crecido todo lo que las pistas no me habían dejado crecer en esos años. Y jugaba concentrada, segura. Las jugadoras más jóvenes me empezaron a tomar de referencia, me acuerdo de eso con mucho cariño porque yo siempre tomé de referencia a jugadoras brillantes, de esas que todavía hoy suben sus chuzas a instagram. Esa última Olimpiada Nacional gané dos medallas de bronce en equipos y quedé en cuarto lugar individual. Pamela me ganó el bronce individual porque se puso a tirar chuzas como loca y yo no pude alcanzarla. Ni siquiera lo intenté, hice mi juego sabiendo que era el último, festejando cada tiro de la regia como si fuera de mi equipo. Nadie entendía por qué no me enojaba. Mi entrenador estaba desesperado tratando de hacerme tirar más chuzas que Pamela. Pero yo no podía jugar mejor, yo estaba jugando muy por encima de mi promedio y no iba a dejar que la ambición me arruinara mi último día de bolichista. Esa Olimpiada tuve un promedio de 200 puntos. Nunca en toda mi carrera, salvo esos cuatro días, mi promedio estuvo en 200. A los 200 se les dice “par”, cuando tú tiras un promedio por arriba de 200 estás “arriba de par”

Hubo personas que me consolaron cuando acabé de jugar, pero yo me sentía entera. Y entonces les dije a todas las personas que pude, que ese había sido mi último torneo. A mis entrenadores, a las jugadoras de mi equipo, a las jugadoras de otros estados. Me acuerdo que Paola me dijo: “Pero tienes 17, todavía te queda una Olimpiada por jugar”. Yo me voy a ir cuando yo quiera, no cuando el boliche me corra, le respondí. Yo diría que con esa frase empezó la Jimena que soy ahora.

Hoy el teatro estuvo arriba de par. Fue un día de esos en los que vi la obra y la actriz dijo de una manera diferente ese diálogo que nunca me convencía, y me convenció. Una de esas funciones en que disfrutas darte cuenta de que las obras tienen otra opción aparte de la que tú imaginaste, y que también funciona. Que las fallas se respiran, que las emociones aparecen y que los chistes caen. Tal vez no fue perfecta. Quizá, si esto fuera boliche, alguien nos hubiera ganado la medalla de bronce. Pero nosotros no pudimos haber jugado mejor.

 

Oro, plata y bronce/Semana 4, función 4

Tenía muchas medallas cuando me retiré, no sé si las conté pero probablemente alcanzaban las 100. Y las tiré casi todas a la basura. Me quedé con algunas, hice la selección de las más significativas. Hace poco las vi y me acuerdo bastante bien de cuándo las gané y cómo. La mayoría son de parejas o de cuartetas: las de equipo. Y sí, la verdad es que con el paso de los años recuerdo mucho mejor las medallas en equipo que las que ganaba sola.

Me acuerdo de esa plata de cuartetas en el Bolerama Coyoacán, cuando todavía jugaba por Aguascalientes. Éramos sólo dos e hicimos equipo con las de Guanajuato, que también eran sólo dos. Luego nos enteramos de que ellas se desilusionaron mucho cuando supieron que les tocaba hacer equipo con Eli y conmigo. Pero ganamos y todas fuimos felices.

El boliche es un juego muy individualista, pero lo que más recuerdo son los equipos. Ahora me dedico a escribir, cosa que también se suele relacionar con la soledad, pero escribo algo que sólo se puede hacer realidad en equipo. La última vez que se estrenó una obra mía porque un director me pidió obras para leer y yo le mandé las que tenía escritas, fue hace casi tres años. Desde entonces, todos mis estrenos han sido para una voz particular, para una dirección particular. Desde que me siento frente a la computadora ya estoy trabajando en equipo. Creo que ese es de los giros inesperados más bonitos que me ha dado mi carrera. Yo de verdad pensé que me iba a dedicar a mandar correos con pdfs de obras que había tramado sola, y rogar a las diosas porque una del catálogo fuera seleccionada.

Me cuesta mucho trabajo saber cuál es mi equipo teatral favorito. Yo soy de la idea de que siempre se puede decidir qué cosa es tu favorita, pero con los equipos me rindo. Es que cómo decides entre la actriz que se pone contigo a reformular el monólogo para que quede perfecto, línea por línea; o la directora que traduce tu texto al catalán para una escena de la obra; o la que ya te ha leído tanto que hace primeras lecturas perfectas, como si hubiera una partitura; o ese equipo de virtuosos donde parece que todos estamos bailando. ¿Cómo les repartes medallas? Oro para todo el mundo y vámonos a nuestras casas.

Tampoco puedo decir si me gusta más la medalla con las de Guanajuato o la de mi penúltima Olimpiada, cuando las de Jalisco casi nos alcanzan y en la última línea nos volvimos locas y les sacamos 150 puntos para que dejaran de soñar con el oro.

El cierre

En el boliche, como en algunos otros deportes, existe el juego perfecto. Hay que tirar doce chuzas consecutivas y alcanzas un puntaje de 300. Yo tiré un juego perfecto en la última línea del día, durante un torneo amistoso en un boliche de Puebla. Tenía 16 años y me moría de hambre. Ese mismo día mi madre y yo habíamos viajado a Puebla, y sólo habíamos desayunado unas donitas vinvo y un yogur para beber. Llegamos tarde al boliche y no pude comer nada antes de jugar. Yo creo que eran como las tres de la tarde cuando empezamos la última línea. Mi mamá me preguntó varias veces si me pedía algo de comer, pero a mí no me gustaba comer mientras jugaba. Entonces, sin razonarlo realmente, hice lo que podía llevarme más pronto a un restaurante: tirar puras chuzas. Si despachaba mi juego en 12 tiros, se acortaba la espera. Lógico.

Por supuesto que no lo tenía consciente, yo estaba en otra realidad porque necesitaba comer. En la séptima chuza la mamá de una de mis compañeras me dijo: “Lleva siete Jimenita”. Y creo que ahí entendí lo que estaba pasando. Uno de mis entrenadores tuvo como misión distraerme entre tiro y tiro y yo me dejé, mientras la gente empezaba a juntarse alrededor de mi mesa. Ocho. Aplausos. Y Enrique me preguntaba algo de mis aretes y yo le contaba dónde los había comprado… y mi mamá seguramente pedía que eso acabara pronto para irnos a comer. Nueve. Aplausos.

Las últimas tres chuzas se tiran juntas, en el cierre. Para ese entonces ya me temblaba la mano y casi todo el mundo había dejado de jugar para ver si lo lograba. Diez. Aplausos. Es una cosa rara el juego perfecto, en esos cinco años debo haber visto a lo mucho diez. Para el onceavo tiro el temblor de piernas ya era insoportable. Sentía todos los ojos de la gente en mi espalda. Respiré. Una niña del equipo de Puebla se paró unas mesas a la derecha e hizo su tiro. A ella le importaba muy poco mi juego. Y me acuerdo que pensé: “Perfecto, si a ella no le importa, a mí tampoco”. Once. Aplausos.

Me encanta contar esa historia. Pocas veces tengo la oportunidad.

 

No tengo mayor metáfora que dedicarle un pensamiento a las espectadoras y espectadores. Si llevara las lógicas del boliche al teatro, creo que sería capaz de tirar juegos perfectos a voluntad para verles emocionarse. Y, por el otro lado, también pienso en los que saben que estoy jugando y no les importa, y hasta no les importa a propósito. Pues lo mismo: si a ti no te importa, a mí tampoco me va a importar. Probablemente nunca me verás hacer una obra para agradarte. Ya tengo unos ojos en la espalda y ya me tiemblan las piernas, es ilógico que tú me importes más.

 

La doceava chuza fue la más fácil. Ya no había nada que perder, era un sólo tiro y me parecía absurdo haber llegado hasta ahí para tirar 299, quién sabe cuándo iba a hilar once chuzas otra vez. Así que: doce. Y aplausos y abrazos por todos lados. Me imprimieron la línea y todavía guardo el papelito con los doce tachecitos. Cuando me acabaron de felicitar, guardé la bola, los zapatos, y me fui con mi mamá a un restaurante que estaba cerca. Ella pidió enmoladas y yo, arrachera. Nos llevaron los platillos. Seguro eran las cuatro y media de la tarde. Empezamos a comer en silencio. Y entonces el estómago hizo su trabajo y todo el cuerpo nos empezó a funcionar un poco mejor. A los cinco minutos mi mamá se detuvo y me dijo: “¿Que hiciste QUÉ?”. Yo creo que tenía más o menos la misma cara que le vi varios años después, en el estreno de la obra de las brujas.

 

Jimena Eme Vázquez. Dramaturga y estilista, a veces narradora. Le gustan las voces y las acomoda para que hagan llorar a la gente.

Críticas

El diccionario: María Moliner frente a la pérdida del significado. Crítica de Belinda Lorenzana

por Aplaudir de Pie 16 marzo, 2021

Desde que conocí la anécdota histórica, me pareció fascinante que María Moliner, una mujer del siglo XX, hubiera compuesto un diccionario en su casa, ese espacio doméstico, mediante fichas que iba llenando en una máquina de escribir o a lápiz, sin ayuda de otros lexicógrafos, durante la dictadura de Francisco Franco que sucedió en España entre 1939 y 1975. En aquel entonces, el país europeo quedó sumergido en un régimen militar caracterizado por la represión política, lo que llevó a cientos de miles de españoles al exilio y, en muchos casos, a la muerte en campos de concentración. Para las mujeres el régimen supuso un retroceso en cuanto a derechos y libertades, y María Moliner no fue la excepción.

Luego, al acercarme al Diccionario de uso del español, creado por esta bibliotecaria y lexicógrafa, encontré fascinante que fuera tan cercano y humano como minucioso y exhaustivo, que resultara incluso literario, que se diera el lujo de la imagen y el sentido del humor, que su mera existencia implicara una claridosa y resuelta crítica a la Academia de la Lengua, tan acorde con el conservadurismo impositivo del dictador, en aquel tiempo más que nunca. Para algunas de las personas que rodeaban a Moliner entonces, la hazaña era incluso inverosímil, por diferentes razones, pero sobre todo porque se trataba de una mujer componiendo algo tan ambicioso como un diccionario, sin apoyo institucional. Desde ese antecedente llegué a El diccionario de Manuel Calzada Pérez, con dirección de Enrique Singer y con Luisa Huertas en el papel de María.

Escena de la obra El diccionario de la Compañía Nacional de Teatro. Foto: Sergio Carreón Ireta / CNT

 

“Espero no olvidar todo lo que tengo que callar”, dice la personaje en la primera parte de la obra. María comienza a olvidar las palabras que le han dado rumbo a su vida, esas que ha estudiado con un cuidado extraordinario, y nosotras, como espectadoras, compartimos su angustia de la pérdida, nos preguntamos en dónde se desvanece el límite entre el olvido y la locura, cuál es el papel que juegan las palabras en la disminución de una misma. ¿No es el discurso el reflejo de nuestro pensamiento, y el pensamiento parte fundamental de nuestra existencia? Tal vez extraviar las palabras sea de algún modo extraviarse. Esa paradoja de la lexicógrafa impedida para echar mano del léxico está presente de principio a fin en el montaje, como recordatorio de la vulnerabilidad de María que, tras haber construido una obra monumental, comienza a descubrirse incapaz de la expresión y el significado.

El diccionario ofrece, más que un retrato, un recorrido por la realidad de María, una mujer mayor que acude al médico, que conversa o discute con su esposo y que pronuncia un discurso de presentación de su obra. Todo ocurre como parte de un juego temporal en que la pérdida va inundando a la intelectual minuciosa, vigorosa, obsesiva y al mismo tiempo amorosa que fue la protagonista. Mientras tanto, ella debe lidiar con dos hombres: su médico y su esposo. Ninguno de los dos parece entenderla: mientras uno se acerca a ella desde el diagnóstico y hace conjeturas sobre su situación mental, el otro cuestiona su obstinación con respecto al diccionario en que ella continúa trabajando, a pesar de todo, porque como ella misma explica “un diccionario nunca se termina del todo”.

María además es agredida por un tercer personaje, un soldado que la interroga en nombre del franquismo, con violenta insistencia. Los tres hombres son representaciones del poder: el médico, el catedrático/esposo, el soldado. Desde la ciencia, desde la academia y la sujeción conyugal, desde la dictadura, los tres varones intentan marcar una pauta a María, limitar o contener su trabajo y su devenir personal. Ella, que comprende el mundo a través de las palabras, es cuestionada una y otra vez por los tres y se refugia en la precisión del vocabulario, un ámbito que domina por encima de ellos: las observaciones léxicas que ella hace al médico durante la consulta se perciben como resistencia, incluso como triunfo.

 

 

La acción fluye entre el recinto académico, el consultorio médico y la mesa del comedor o de la cocina, donde María trabaja incansablemente con papel, lápiz y una vieja Olivetti. Los espacios guardan congruencia con los hombres que circundan a la protagonista: el médico y su consultorio como institución científica, el marido y el entorno doméstico como parte de la institución matrimonial, el podio como extensión de la academia. Los tres espacios difuminan sus límites, rodeados de fichas que se van desplomando, en concordancia con la afección neurológica de Moliner. A lo largo de veinte años, la personaje ha registrado en esas fichas palabras, sinónimos, definiciones, usos, miles de significados y significantes. El espacio doméstico se convierte así en la cuna de todas las palabras, de todos los sentidos posibles. Y es también el lugar donde ella zurce calcetines, para darnos a entender que su labor de lexicógrafa debe alternarse con la de esposa y madre.

Desde sus cuatro paredes, María hizo con el léxico del español lo que muchas mujeres han hecho siempre en sus casas: ordenó con ayuda del sentido común, agrupó, clasificó, acomodó términos, hizo el mundo inteligible, desde una perspectiva funcional, humana y amorosa. “El diccionario de la Academia es el diccionario de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad”, dice la lexicógrafa en la presentación de su obra.

 

Habría que preguntarse si el texto transmite esta nota contextual de manera consciente, si entiende a María, sobre todas las cosas, como mujer. ¿Qué habría pasado si el libreto hubiera sido escrito por una dramaturga? ¿Habríamos visto a María en conversación con otras mujeres, desde su construcción como personaje, a la periferia del poder y la autoridad? ¿Se habría mencionado durante la obra la influencia que su madre, su hija, su hermana, sus amigas y colaboradoras tuvieron en su trabajo, en la manera en que habitó el mundo? La corporalidad, las experiencias culturales y vitales, pueden determinar nuestras formas de contar historias.

 

En Una habitación propia, Virginia Woolf se pregunta cómo habrían sido los personajes de, por ejemplo, Shakespeare, si no hubieran tenido amigos, compañeros, rivales, hermanos, más allá de su relación con las mujeres. Concluye que, en ese caso, la literatura universal estaría mutilada, tal y como lo está la literatura sin una representación de las mujeres más apegada a la realidad. El diccionario muestra a una personaje que se erigió por encima del poder mediante el léxico, que convirtió la casa y la cocina en el origen del entendimiento, pero la puesta en escena, al contarnos esa anécdota, recurre a un atajo que encontramos por lo general en la literatura escrita por hombres: retrata a la mujer como una figura solitaria, aislada de otras mujeres, que existe en tanto se relaciona con los hombres. ¿Será necesario que una mujer construya a otras mujeres en escena para que su dimensión esté completa, sea más humana, más cercana a las mujeres de carne y hueso? ¿O qué será necesario? En la realidad histórica, en el texto y en la representación, sería justo conocer a una María Moliner completa, capaz de despertar la misma fascinación que se experimenta al hojear por primera vez su diccionario.

 

Belinda Lorenzana. Editora y docente.

Críticas

Escatologías de la nada, cómo no morir en una oficina. Crítica de «Tercer cuerpo» por Gabriel Razo Olivares.

por Aplaudir de Pie 7 marzo, 2021

Un color amarillento -como limo- colorea el ambiente del escenario de Tercer Cuerpo: Historia de un intento absurdo. Los muebles que sirven de librero aparentan caerse, los archivos se apilan en anaqueles de desinterés y olvido. Las lámparas parecieran dar apenas luz, la suficiente para subsistir. Si ese es un lugar de trabajo, mejor sería trabajar en una cantina o en un restaurante. Esta atmósfera regala una sensación de calidez, uno se siente entre esos oficinistas como en casa, podemos imaginar que esa oficina está en medio del bullicio de Buenos Aires, pero bien podría estar ubicada en cualquier gran ciudad latinoamericana, nos distingue el desorden y el caos de una sociedad en su etapa infantil.

Hay gritos en esa oficina, hay peleas, hay lágrimas, los escritorios se utilizan para todo menos para laborar, son mesas de centro, confesionarios, tascas, museos y anfiteatros; el drama del espasmo latinoamericano se refleja en los archiveros. En este ambiente subyace una cierta manifestación de una lógica muy particular, una que puede ser a la vez una milonga y un funeral, la lógica del absurdo.

La lógica trata de comprender y de proponer reglas de sucesión cognitiva, que seguidas de manera adecuada, llevarán a los sujetos -presupuestos como entes racionales- a emitir juicios o proposiciones que se consideren verdaderas o falsas en función del contexto en el que se emiten. La lógica no solo atiende a procesos cognitivos, también ha intentado medir el comportamiento humano desde la ética, para ello se ha servido de la rama deóntica para explicar los fenómenos morales que pretende estudiar, la deóntica es la lógica de lo que “debe ser”, pareciera que la ética y la deóntica trataran de formular una verdad sobre la forma en que la sociedad debe conducir su moral, un sistema de valores universales que dictan la manera en la cual la humanidad habrá de guiar sus comportamientos.

Pero la realidad contrasta el empíreo del deber ser, hay ocasiones que las injusticias son comedia y los actos de amor son dignos del más alto desprecio ¿se equivoca la lógica deóntica? ¿Hay alguna explicación ante estas aparentes incongruencias? Probablemente una humanidad que encuentra su axiología en la nada o vacío, y no en un sistema de valores, pueda dar respuesta a esta aparente paradoja.

Las justificaciones de los actos humanos que se realizan al amparo de la nada se pueden encontrar en el nihilismo. El nihilismo es una corriente filosófica que esta en estricta correlación con el escepticismo epistemológico, solo que, mientras los escépticos se niegan a reconocer la existencia de una realidad, los nihilistas se niegan a reconocer el valor de esa realidad. El nihilista no solamente admite la relatividad de los sistemas de valores, no intenta contrastarlos, jerarquizarlos, o criticarlos: los oblitera.

Para la escuela nihilista no existe un atisbo de peso o levedad de los actos -siguiendo el parangón de Kundera- los actos carecen de forma, su única representación metafórica podría encontrarse en el vacío absoluto. Si el nihilismo se expresa de manera absoluta, ningún símbolo tiene significado, no existe una pirámide axiológica en su conceptualización.

El nihilismo no reconoce el valor en ningún objeto de la existencia, ni en el aspecto material, ni en el aspecto racional o espiritual. De esa forma, este pensamiento destruye un eje fundamental del pensamiento humano, el pensamiento religioso, nada hay por encima del homo sapiens, y al destruir los deus constructos, borra todo aquello que se empareja estos, las escalas de valores, los sistemas políticos, los sistemas económicos, las corrientes ideológicas, la significación de la relaciones familiares, la individualidad, la humanidad y todos sus ismos. El nihilismo destruye a dios y destruye a nuestra especie, en él nada tiene significado.

 

Claudio Tolcachir burila una realidad nihilista, en donde es posible observar seres que vagan resquebrajados en una oficina destartalada que les sirve de hogar y de universo, aglomerados en sus sentires y en el intento de disponer su vida al orden.

Cortesía: Timbre 4

 

Estos seres no cuestionan ya su realidad, basan su existencia en la mundanidad que les ofrecen esta Tierra y no en una construcción de valores propios que defina su devenir, son empleados gubernamentales, unos entre millones, viven a la sombra de un Estado que los ha olvidado, y si su patrón los ha olvidado ¿por qué ellos deberían de tenerlo presente? Por su acento y la nacionalidad del autor, los personajes se presumen argentinos, pero bien podrían ser empleados de cualquier oficina gubernamental de cualquier país latinoamericano, el nihilismo es indiferente ante las nacionalidades e ideologías.

La oficina que habitan es fiel reflejo de la esencia nihilista que expone Tolcachir, sus mesas, los múltiples archivos de información que nada informan, las lámparas en sepia que entintan la realidad -¿la muestra de un pasado de gloria?- Esa oficina de gobierno, no tiene autoridad, es tratada con indiferencia por sus usuarios, no tiene valor o tiene muchos valores pues sirve de casa, confesionario, hospital, parque y ring, la paradoja entre que tenga muchos valores o no tenga ninguno, es un resultado de indiferencia, una multiplicación de mil por cero es cero.

El nihilismo de Tercer Cuerpo no es un vacío de posguerra como el de los personajes de Camus, el nihilismo  de Tolcachir es puramente latinoamericano, refleja una sociedad de un cansancio que nace de muchos factores, de independencias que nunca se lograron, de gobiernos que fallaron una y otra vez, de promesas incumplidas, de ideologías estrelladas, capitalismos y socialismos mediocres, revoluciones agotadas: Latinoamérica, tierra de revoluciones luidas ¿Después de las decepciones que más da defender una idea? Es mejor rendirse a los placeres inmediatos, a los goces de comer pollo en la oficina, a las relaciones destructivas, al futuro proyectado en los hijos. ¿Quién dijo que podíamos ordenar nuestra existencia, más aún si la misma está construida de oquedad?

Llama la atención el manejo de la temporalidad de la obra, la oficina no cambia, es inmóvil, es un testigo silencioso de la realidad que viven los personajes, solo los observa impasible, como si sostuviera el pacto de nihilismo que los personajes transitan, la oficina engulle los sentimientos de los personajes, ellos intentan hacer un esfuerzo por luchar contra la indolencia, pero la escenografía se traga cualquier intento de expresión genuina, las emociones de los actores se encarpetan en cada uno de los estantes.

 

Los cinco personajes viven sin complejos, son autómatas, buscan el dolor de manera consciente, más enredos para su vida fingiendo desenredar la vida de los demás, intentan acomodar los trapos sucios de la otredad, olvidando los propios. Gritan, lloran y ríen en el mismo tren de ejecución, y hay un tercer cuerpo riendo de sus desatinos: el público.

 

Cortesía: Timbre 4

 

La audiencia ríe ante su propio espejo, porque no tiene voz en el acto teatral, lo hace por lo que cuesta llorar por nosotros mismos, y porque nosotros también estamos cargados de aquella dosis de nada que nos angustia. Los espectadores nos reímos del discurso fúnebre de un hijo a su madre, nos reímos del momento en que una mujer pierde su hogar y cuando una mujer hace hasta el ridículo por lograr concebir un hijo.

El autor nos ha hecho un personaje más del destino de los intérpretes, nos hace volvernos parte de esa experiencia nihilista que deriva en el absurdo.  Los asistentes, acostumbrados a este tipo de impresiones, llegamos a reír de cuando en cuando, reímos de la forma en que los personajes sufren, pero reímos de nosotros mismos, porque también estamos inundados por un torrente de vacío que nos permite emitir carcajadas ante historias que aparentemente deberían causarnos otro tipo de reacciones, tal vez, conmiseración, pena, compasión, tristeza o tal vez, sufrimiento indirecto ¿resulta lógico que las penas provoquen risas? ¿no es cierto que los espectadores -al igual que los personajes- volveremos a nuestras oficinas cuando la obra termine? ¿Quién allí se reirá de nuestros absurdos?

 

Gabriel Razo, abogado apóstata, economista en la proximidad, espectador amateur.

 

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