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Respuesta a mi eterno +1 después de Nada Extraordinario. Crítica epistolar. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 12 junio, 2026
Escrita por : Aplaudir de Pie 12 junio, 2026

Querido amor,

Salimos de Nada Extraordinario en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico juntos, pero creo que vimos una obra que nos habló de maneras distintas. Yo vi a un actor enfrentándose a un sueño durante doce años, 573 sábados y 825 mil minutos. Vi una historia que cuestiona una de las ideas más repetidas sobre el éxito: que todo llega si perseveras lo suficiente. La obra nos recuerda que el talento, el esfuerzo y la disciplina no bastan, también intervienen el contexto, las oportunidades y la suerte. En cambio, tú viste reflejada al amor de tu vida despidiéndose de su mayor sueño: ser actriz.

Hablamos de la obra al salir. Del gran trabajo que hace Jorge Viñas sobre el escenario. Citando tu reseña en El Anfiteatro: 

«Jorge Viñas sostiene la escena con un carisma muy natural. Su talento para la comedia aparece con una soltura que permite al público entrar fácilmente en su historia, incluso cuando lo que se está contando nace desde la vulnerabilidad.»

Tienes razón. Jorge Viñas posee una presencia escénica difícil de ignorar. Canta, baila tap, toca la guitarra y sostiene la atención del público con una honestidad que vuelve cercana cada confesión del personaje. Quizá por eso experimenté una contradicción durante gran parte de la función. Mientras el personaje cuestionaba si había logrado aquello que soñaba, yo observaba a un actor que para mí representa una forma de éxito dentro del teatro: alguien que ha construido una trayectoria haciendo lo que ama, y que incluso ha encontrado la manera de convertir su propia experiencia en materia escénica. Entonces apareció una pregunta que siguió creciendo conforme avanzaba la obra:

¿Qué tan exigentes somos con nuestros sueños para ser incapaces de reconocer cuándo ya hemos construido algo valioso?

Foto: Ed Quezada

 

En Nada Extraordinario, escrita por Jimena Eme Vázquez y dirigida por María Penella, el primer acto construye con precisión esa búsqueda. El deseo de pertenecer a un escenario específico. La esperanza de que exista un lugar exacto para nosotros. La expectativa alcanza uno de sus puntos más altos cuando aparece una audición para un musical cuyo perfil coincide casi de manera absurda con el protagonista. Pero la coincidencia tiene algo de paradójico: esa oportunidad perfecta existe porque él mismo ayudó a crearla. Por primera vez, la obra plantea la posibilidad de que el sueño deje de ser una aspiración lejana y se convierta en algo tangible.  Por eso el primer acto resulta tan poderoso. Porque no habla solamente de teatro musical. Habla de cualquiera que haya perseguido algo durante años. De cualquiera que haya pensado: «si sigo trabajando, eventualmente llegará mi momento.»

Sin embargo, mientras más resonaban en mí las preguntas de la obra, más evidente se volvía cierta distancia entre sus dos actos.

El segundo acto abre nuevas reflexiones, pero también se aleja de la contundencia dramática que había construido previamente. La conversación entre una escoba y un recogedor introduce imágenes sugerentes sobre aquello de lo que estamos hechos, aunque para mí termina desplazando el conflicto que el primer acto había construido con tanta precisión. Después de una premisa tan potente como la posibilidad de la audición perfecta, la obra privilegia la reflexión sobre la progresión dramática. Las preguntas permanecen, pero parte de la tensión acumulada se diluye en el camino. 

Regresemos a los cuestionamientos de la obra, porque cuando aparecieron en escena fue cuando tu y yo comenzamos a ver obras distintas: 

¿Qué haremos si un día llega la audición perfecta para ser lo que siempre quisimos? ¿Cómo convivimos con nuestros sueños sin convertirlos en pesadillas? ¿Y si resulta que no somos extraordinarios?

Al escucharlas, yo seguía pensando en el actor, pero tú estabas pensando en mí.

Foto: Ed Quezada

Fue hasta el día siguiente cuando me enviaste una carta. Y esa carta abrió una conversación que teníamos pendiente. No porque respondiera preguntas. Sino porque encontró una herida.

Escribiste:

«Siempre creí entender lo duro que había sido para ti dejar de hacer teatro […] Nunca supe del todo cómo cargar con esa sensación sin sentir culpa, sin preguntarme si una parte de ti se estaba apagando para que pudiéramos construir otra cosa.» Esa frase me acompañó durante días.

Entonces comprendí algo. Nada Extraordinario había conseguido hacer algo extraordinario: Salir de la sala. Continuar la conversación cuando la función había terminado. Porque aunque la obra habla de la precariedad, del desgaste y de la crueldad silenciosa de una profesión construida sobre la esperanza, su mayor acierto está en otro lugar. No habla únicamente de quienes triunfan o fracasan, y no se dirige  solamente a quienes alcanzan el escenario con el que soñaron. Habla de quienes siguen amando algo incluso cuando la vida los obliga a relacionarse con ello de otra manera.

Mientras veía la obra recordé una conversación que tuve hace unos meses con la maestra Carmen Zavaleta. Le hablaba de mi frustración por no haber estudiado teatro cuando compartió conmigo una idea que he olvidado. Palabras más, palabras menos, me dijo: «A veces tú quieres dedicarte al teatro, pero el teatro tiene otras decisiones para ti. Y termina colocándote en el lugar donde quiere que estés.» Durante mucho tiempo interpreté esa frase como una derrota elegante. Como una forma amable de aceptar que no había alcanzado aquello que soñaba. Hoy ya no estoy tan segura.

Viendo a Jorge Viñas sobre el escenario y leyendo tu carta después de la función, entendí que quizá la pregunta nunca fue si el sueño se cumplió o no. Quizá la pregunta es quién decide cuándo un sueño se ha cumplido.

Hay personas que hacen teatro desde el escenario. Hay personas que lo hacen escribiendo. Dirigiendo. Produciendo. Diseñando; Y hay quienes lo hacen acompañando. Invitando.Compartiendo. Acercando nuevas personas a una butaca. En tu carta escribiste algo que me hizo pensar mucho en eso:

«Tu manera de hablar del teatro no solo recomienda obras. Acompaña. Invita. Abraza.»

Confieso que me costó leerlo. Porque durante años pensé que mi relación con el teatro debía verse de una sola manera. Como actriz, como intérprete, como alguien que pertenecía al escenario. Pero quizá ahí estaba mi error. Quizá el teatro nunca abandonó mi vida. Quizá simplemente encontró otra forma de quedarse.

Por eso me conmovió tanto una de las últimas ideas de tu carta:

«A veces cambian de cuerpo. A veces cambian de voz.»

Esa frase resume el corazón de Nada Extraordinario. No es una obra sobre abandonar un sueño. Pero nos invita a preguntarnos quién decide cuándo una vida artística ha valido la pena. Por eso seguimos hablando de ella. Porque todos, tarde o temprano, tenemos que despedirnos de alguna versión de nosotros mismos.

A veces, el verdadero desafío no es dejar ir un sueño, sino reconocer el valor de aquello que construimos mientras intentábamos alcanzarlo.

 

Con amor,

Laura Cárdenas, una niña que soñó con ser actriz y que encontró su lugar en la crítica.

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.Teatro

crítica teatralJorge ViñasTeatro mexicano
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Es un proyecto de crítica y reflexión de hechos escénicos que nace simultáneamente en Bs. As. y en CDMX en 2015, como una plataforma de diálogo entre teatrólogxs, teatristxs, pensadorxs, creadorxs y espectadorxs, para cuestionar, opinar y debatir en torno a los fenómenos escénicos.

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