¿Danzar o morir? Apoteosis multidisciplinar de las heridas abiertas

IMG_9764-2Fotografía por Thito Gutierrez

La respuesta a la interrogante que intitula Ofrenda escénica de Fer Zam, director de la compañía “Jhú Art-Lab”, supone una toma de postura frente a la vida: la movilidad o la quietud tanto mental, corporal como espiritual, van adheridas necesariamente a una concepción del mundo que determina el devenir individual. En todo caso, existen momentos donde nos vemos obligados a tomar partido por una filosofía que justifique nuestros pasos.

Esta toma de postura se muestra en la Ofrenda escénica a partir del butoh, corriente conocida como el teatro de los muertos y en la cual se enfatizan temáticas como el abandono, la muerte o la desaparición, es decir, expresiones que se alejan del reproche del carácter efímero de la vida para acercarse más bien a la aceptación de “algo” que no puede ser aprehendido y algunos refieren como lo divino. Esta misma condición es la que obliga a reforzar la humildad del espectador-crítico, quien necesariamente asume que no todo puede ser explicado, que, en materia de arte, siempre habrá algo que se nos escapa.

Sobre esta misma línea, los miembros de Jhu Art-Lab ofrecen una obra coreográfica a manera de homenaje a la mirada de aquellos que están ausentes, para esos seres queridos que han fallecido hace tiempo y no pueden ser plenamente aprehendidos, volviéndose figuras metafóricas, en tanto que representan a todos los desaparecidos en pie de lucha; y, a su vez, entidades presentes en tanto que hay cuerpos poéticos expectantes que participan del convivio de la danza-teatro.

La ofrenda ha sido concebida para homenajear a los caídos en batalla, desde los heridos de muerte en la explosión de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, hasta nuestros seres cercanos y queridos que abandonaron y abandonarán pronto este mundo. Este montaje sirve para recordarlos de la mejor manera posible, de la entraña a la escena sin intermediarios incómodos. Que todo sea dicho con honestidad. Que la obra sea un todo coherente, un universo creado con certeza para que voz, movimiento y espacio se pertenezcan y se entrelacen en tres cuerpos distintos.

En entrevista, Zam ha esclarecido la definición de su trabajo como “ofrenda”, explicando que más allá de concentrarse en la espectacularidad del montajes (que sin embargo posee), ha sido concebida a manera de agradecimiento a los ojos del espectador; en éste recae la responsabilidad de significar la escena, de darle sentido, comprenderla y, en algunos casos, incluso explicarla.

El montaje narra distintos episodios de la vida de un hombre que se ha erigido como protagonista sin proponérselo, un personaje que ha abandonado el anonimato para sufrir poco a poco ante nuestros ojos, cada vez con mayor intensidad, con menor vergüenza, sin pudor alguno, trastocando los limites invisibles de la emotividad socialmente aceptada.

Danzar o morir. Dejarse ir hacia ningún lugar y hacia todas partes al unísono como las linyeras, los gitanos, los niños, los locos, los méndigos, los que han sufrido tanto ya que el único camino es seguir hacia adelante. Las almas libres, aquellas que andan siempre hacia el monte como los cimarrones: sin estribos, sin culpas, sin cargas; sin arrepentimientos, sin reproches. Sin temor de obedecer el corazón a cada instante. Los cínicos, los hedonistas, los budistas zen; los que ríen y lloran con la misma intensidad, disfrutando el placer y el dolor de la misma forma porque hace tiempo han entendido que uno no existe sin el otro. Ondular como hacen las olas y la voz que en canto llega hasta lo más profundo o permanecer en el mismo sitio esperando que pase cualquier cosa, soñando siempre con lo extraordinario, temiendo que algún día suceda. Encarar la vida o confrontarla. Aceptarla o esconderse.

La reflexión, contenida sin disimulo en este montaje, potencia la estética de la escena: personajes monstruosos, fantásticos y harapientos transitarán la escena para hacerse temer consiguiendo así la compasión. La escenografía se acerca a la destrucción, al imaginario occidental del infierno según la perspectiva del Medioevo, visión que corresponde a una sensación de orfandad y desolación, aunque sin llegar a la depresión definitiva.

Maquillaje, vestuario, escenografía, a cargo de Miguel Sánchez Lagrieta, así como el cuerpo mismo de aquel que se ofrenda ante nosotros, en este caso, Zam y Macuilxochitl Ponce Boone, quien transita el escenario con lentitud y con una voz bella, lejana y oscura. Los creadores combinan de manera orgánica lo magnífico y lo grotesco -con una naturalidad que solo consiguen quienes hacen las cosas de corazón, sin mayores ambiciones que obedecer al instinto, ajenos a cualquier tipo de presunción-, categorías estéticas que, como se sabe, se piensan excluyentes pero en realidad seducen sus fronteras de manera permanente.

El montaje consigue un gótico exotismo, situado en un más allá que nos es difícil reconocer aunque miremos fascinados. Los espectadores contemplan la danza sin comprender desde la mente, excluimos la racionalidad para introducirnos en el mundo onírico y desgarrador de alguien más hasta el punto en que tampoco nos es posible distinguir quién sueña y quién mira.

Celebramos la representación digna del butoh, la celebración de la vida en aceptación de la muerte, erotismo mortuorio, alucinante, la provocación de la mirada atónita, el rechazo a la negación del dolor. La preocupación por encontrar una respuesta ante la interrogante con la intención de saber quiénes somos. Filosofía del verbo, hacer y decir al mismo tiempo. ¿Danzar o morir?

FirmaZavel

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