Bisontes. Envidiar la felicidad de las personas “normales”

11868828_10207568384877426_208546166_nFotografías por Darío Castro

El espectador debe estar dispuesto a experimentar una transición en su interior en caso de que quiera ir a ver esta puesta en escena, sirva también la advertencia como recomendación a este montaje que consigue con creces el objetivo más preciado del teatro: capturar la atención del espectador y mantenerla hasta que éste haya saciado sus ojos, mente y espíritu con un alimento que trasciende la materialidad. El espectador de Bisontes indagará en su consciencia hasta pasar junto con los personajes, de la oscuridad hacia la luz.

La densidad del texto escrito por Ismael Hernández-Medina, proyecta sin lugar a dudas un interés genuino en el teatro, en la realidad nacional y sobre todo en la potencia del instinto; Hérnandez-Medina disecciona el interior de los seres humanos para mostrarnos lo peor de nosotros mismos, la peligrosidad que representa un corazón herido, la intensidad de nuestras pasiones y los equívocos que provocan. El dolor que podemos causar y padecer a costa de nuestra ignorancia. No sabemos querer y a menudo forzamos el vínculo ¿Para qué? Para lastimar, para lastimarnos, para culpar a Dios, al destino, a nuestros padres, a nuestras parejas de nuestros infortunios. Victimización, reclamo, dolor y desgracia.

Bisontes es un montaje que no necesita más que de la escenografía necesaria: apenas una mesa montada con platos que denotan la baja condición social de la familia agraria que representa y una cruz de madera que funciona en todo momento como un símbolo omnipresente; la cruz revela aquello que negamos de nosotros mismos, tal como lo hace la figura de Dios según todas las mitologías. La cruz observa en silencio a los seres monstruosos que conforman una familia que, lejos de quererse, inconscientemente sólo busca su propia destrucción.

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La familia monstruosa se esconde en ropajes sencillos y caracteres fuertes, los miembros provenientes del norte de México -notorio en modos, acentos, corporalidad e idiosincrasia- son interpretados por un grupo de jóvenes actores: Roby Valdez, Miguel Narro –también director del montaje-, Ramiro Piñón Manini, Alejandra Ricardez y el propio Ismael Hernández-Medina. Todos ellos prometen un futuro digno sobre los escenarios[1] mexicanos. Los recién egresados de Casa Azul han asumido a tal grado sus papeles, que consiguen contar la historia de los hermanos a quien prestan su piel con una gestualidad que no deja lugar a dudas. En lugar de servirse, estas “almas enfermas” develan su interior mediante miradas, por medio de la relación corporal con el otro. Estos personajes dicen más con lo que callan.

El excelente manejo de la contención silenciosa demuestra el talento que solo consiguen unos cuantos, más aún a la edad de egreso donde todo por demostrarse se exagera, se sobreactua o se subactúa. No obstante, el elenco de Bisontes a causa de su tranquilidad –que no pasividad-, de la seguridad con la que se plantan en el escenario mantiene en vilo al espectador, al filo de su butaca; ellos actúan desde las entrañas ¿Qué es lo que ha pasado en el interior de esa familia norteña? El suspenso se acrecienta hasta que explota frente a nosotros. Hasta que el corazón de los actores, director y dramaturgo es ofrecido al espectador en pedacitos. Hasta que corre la sangre, hasta que los miembros de esta familia disfuncional al extremo ya no saben dónde esconderse, hasta que han deshecho por completo un vínculo sagrado.

En la historia se cuenta a manera de intertexto y justificación una fábula de la extinción de los bisontes, bestias pacíficas que se extinguieron de a poco, al contrario de nuestra monstruosidad que amenaza con seguir creciendo mientras las pasiones se repriman. Pero la monstruosidad no le sucede a cualquiera, le sucede “tan solo” a los “anormales”, ¿Quiénes son ellos? Bisontes contiene un señalamiento contundente, un discurso sobre la otredad que culpa y reclama a la religión las perversiones del alma. Discrimina, sí, del mismo modo que hacemos todos para creernos mejores. Y está muy bien que pase esto en el teatro, reflejo de lo que somos y de lo que pensamos ¿Para qué mentir si en el teatro se pueden gritar verdades? Y puede uno equivocarse, sí. Aprender, avanzar, lanzar convicciones explícitas que enriquezcan cualquier postura en el momento en que se asume un punto de vista.

Bisontes es pues un montaje sincero que vale la pena ver para disfrutar de teatro independiente mexicano con extrema calidad.

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Bisontes se presenta en el Foro el Bicho (Colima 268, col. Roma Norte) / Los viernes a las 8:30, sábados a las 7:00 y domingos a las 6:30 pm.

Notas

[1] Incluso Ricardez quien en la función presenciada mantuvo una energía más baja que el resto del elenco, cuestión que arriesgó la empatía, comprensión y efecto en los espectadores.

FirmaZavel

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