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Angélica Rogel

Críticas

Querida Reina Lear: crítica epistolar sobre la ingratitud y la vejez. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 13 mayo, 2026

Querida reina Lear:

Hoy salí del teatro pensando en ti.

No porque te parezcas al Rey Lear que vi sobre el escenario del Teatro Helénico, sino porque mientras la obra avanzaba entendí algo que nunca había pensado con tanta claridad: hay personas que aman hablando y otras que aman haciendo.

Y casi siempre, las que aman haciendo pierden.

En esta adaptación y dirección de Angélica Rogel, El Rey Lear deja de ser un reino y se convierte en un teatro. Lear ya no reparte tierras ni coronas: lo que dejará como herencia es ese espacio construido durante toda una vida: su teatro. Y lo único que pide a cambio es que sus hijas estén dispuestas a recibirlo junto con las cincuenta personas que lo acompañan.

La decisión parece sencilla, pero rápidamente revela algo incómodo: cuidar también implica espacio, tiempo, paciencia y disposición real.

El teatro aquí no funciona únicamente como escenario; también se convierte en el legado que Lear dejará detrás. Y quizá por eso resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando el amor necesita demostrarse frente a otros.

Las hijas mayores entienden inmediatamente las reglas del juego. Lo llenan de discursos impecables, halagos grandilocuentes y palabras perfectamente diseñadas para convencerlo. En cambio, la hija menor responde desde otro lugar. Cuando dice: “Las palabras no son nada, siento toda la gratitud”, la obra encuentra uno de sus momentos más
dolorosos.

Porque ella no ama menos.
Simplemente entiende el amor desde otro lenguaje.
Uno menos espectacular. Menos visible incluso.

Y aunque la puesta después se desplaza hacia la tragedia familiar y la vejez, esa imagen inicial permanece resonando: un padre intentando medir el amor de sus hijas a partir de lo que son capaces de decir frente a él.

Ahí pensé en ti.

Y también pensé en lo impresionante que resulta que un texto escrito por William Shakespeare en el siglo XVII todavía pueda sentirse tan cercano al presente a través de una adaptación como esta. Porque aunque Lear siempre ha sido leído como una tragedia sobre el poder, esta versión parece mirar especialmente hacia otro lugar: la vejez.

Durante la obra escuchamos constantemente una frase: “Es verdad que los viejos se vuelven niños”. Pero mientras veía a Lear derrumbarse frente a nosotros, yo no podíar dejar de pensar que esa frase quizás es profundamente injusta.

Los adultos mayores no vuelven a ser niños.

La vejez no es un regreso a la inocencia; es una etapa atravesada por pérdidas. La pérdida de amigos, de memoria, de fuerza, de autonomía. Incluso la pérdida de algo tan básico como decidir sobre la propia vida. Un niño descubre el mundo por primera vez; un adulto mayor carga encima toda una existencia.

Por eso me parece peligroso romantizar o infantilizar la vejez para volverla más cómoda de mirar.

Y ahí es donde la obra deja de sentirse lejana.

Porque la tragedia de Lear no es únicamente la locura. La verdadera tragedia es descubrir que el amor de quienes lo rodean estaba condicionado por el poder, la utilidad y la herencia.

¿Cuántas veces las palabras bonitas aparecen cuando una herencia entra en juego? ¿Cuántas relaciones familiares empiezan a medir el amor desde la utilidad, el beneficio o el miedo a quedarse fuera del testamento?

Ahí la obra toca algo profundamente doloroso de nuestra realidad.

En México, miles de adultos mayores viven abandono, violencia o negligencia por parte de sus propias familias. Y aunque sería sencillo reducir esto a “malos hijos”, esta versión de Lear plantea algo mucho más incómodo: vínculos construidos alrededor de jerarquías rotas, resentimientos acumulados y afectos atravesados por el poder.

Hay otra frase que atraviesa silenciosamente toda la tragedia: “Su educación corre por mi cuenta y aunque no me guste algo lleva de mí”.

Y ahí la puesta parece tocar algo todavía más cruel: las familias también son el resultado de las herramientas emocionales —o la falta de ellas— con las que aprendimos a vivir.

Porque quizá sí existen hijos crueles. Pero también existen generaciones incapaces de expresar afecto, sostener cuidado o
construir vínculos sanos porque nunca tuvieron tiempo, paciencia o condiciones para aprenderlo.

Cuando una persona envejece y deja de producir, la sociedad comienza a tratarla como una carga. Y quizá esa sea una de las conversaciones más urgentes que activa esta puesta: ¿qué valor tienen las personas cuando dejan de ser funcionales para los demás?

Entonces vemos a Luis de Tavira construir a un Lear que transita del poder absoluto a la vulnerabilidad total. Un hombre que pasa de ser imponente a depender completamente de otros. Y quizás eso es lo más aterrador de la obra: reconocer que toda autonomía humana es temporal.

foto: Alberto Hidalgo

 

Pero el peso de la obra no recae únicamente en él. La puesta encuentra gran parte de su fuerza en un elenco sólido conformado por Mayra Batalla, David Calderón, Mariana Gajá, Mauricio García Lozano, Mariana Giménez, Alejandro Morales, Diana Sedano y Raúl Villegas, quienes construyen una familia atravesada por resentimiento, desgaste y necesidad de reconocimiento.

Mientras veía a Lear perder fuerza, memoria y autoridad frente a todos, no podía dejar de pensar en ti.

En cómo la vejez también tiene algo devastador: comenzar a desconocerse a uno mismo.

Porque la obra muestra a un hombre que alguna vez fue imponente, decidido y temido, atravesando poco a poco una vulnerabilidad que ni él mismo parece comprender. Y quizás ahí fue donde más te encontré. No en la figura idealizada de una reina, sino en alguien que construyó su vida desde la dureza, el trabajo y la supervivencia, y que ahora habita una fragilidad que incluso para ti misma debe ser difícil de aceptar.

Por eso la palabra “ingratitud” resuena tanto dentro de la obra.

Porque mientras los hijos de Lear disputan su herencia y negocian cuánto están dispuestos a soportarlo, yo no podía dejar de pensar en cuántas veces también te he visto rodeada de personas más interesadas en tus bienes que en tu dolor.

Y quizá lo más incómodo es entender que la vejez no borra las heridas familiares, pero tampoco debería convertir a nadie en desechable.

Hay una frase de la obra que no pude sacar de mi cabeza: “Retenerlo más tiempo en esta máquina de tortura es odiarlo”.

Y pensé en cómo muchas veces el miedo, la culpa o incluso la ambición prolongan violencias disfrazadas de amor. Porque también eso atraviesa Lear: el miedo a perder el control, el miedo a soltar, el miedo a aceptar en qué se han convertido nuestras familias.

Pero entre toda esa devastación aparece otra frase: “No podemos dejar que la violencia le gane a la razón”.

Quizá ahí habita la pregunta más incómoda que deja esta versión de El Rey Lear: qué tipo de sociedad estamos construyendo si envejecer termina convirtiéndose en una condena de soledad, abandono o disputa.

Porque tarde o temprano todos dejaremos de ser funcionales para este sistema.

Y ese día, quizá entendamos demasiado tarde la forma en que aprendimos a amar.

El Rey Lear no es una puesta sencilla. Sus casi tres horas de duración sin intermedio pueden resultar densas para espectadores poco acostumbrados a este tipo de propuestas. Pero para quienes buscan un teatro dispuesto a conversar con las heridas contemporáneas —la vejez, el abandono, la herencia, el desgaste familiar y las formas en que aprendimos a amar— esta adaptación encuentra momentos profundamente dolorosos y vigentes.

Con amor y una enorme gratitud, 
tu nieta,
Lalis

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.teatro

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