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Piel marcada

por Aplaudir de Pie 31 enero, 2017

Lo que no te mata te hace más… ¿fuerte? ¿o cruel? ¿Buscar justicia a mano propia es justo?, Piel marcada, de Lucía Steimberg, dirigida por Alejandra Marino, nos invita a pensar en esto sin juzgarlo, usando como medio a la protagonista, Elena, una mujer joven que está viviendo las consecuencias de un pasado tortuoso, y lleno de soledad y silencio.

Lucía Steimberg, que es la autora y a la vez interpreta a la protagonista, ofrece un texto muy digerible que, conjugado con su honesta y bien lograda actuación, al menos a mí, me hizo mantener la atención en la historia en cada momento; y la dirección de Alejandra Marino, limpia y minimalista, junto con el maravilloso uso de la iluminación, crean un ambiente íntimo que genera empatía con el personaje, es como estar a solas con ella, mientras te cuenta un tortuoso secreto, del cual ahora somos cómplices, y que además no dudas ni por un instante que haya hecho lo correcto.

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Elena nos cuenta, de manera sincera y bajo una luz tenue, sus gustos y aficiones más íntimas, que le gusta leer los horóscopos y ha decidido autoimponerse los signos zodiacales que van de acuerdo a sus gustos, que le encantan las empanadas de arroz que venden cerca de su casa, y que el color rojo es su favorito, también nos cuenta sus secretos, que es la menor de sus hermanas, que su madre le compró de niña un corpiño con un pato y que soñaba con llenarlo algún día, y que fue abusada sexualmente por alguien muy cercano a los diez años de edad, probablemente menos, ya que la actriz nos hace guiños que se interpretan como que ocurrió cuando ella era más pequeña; no nos habla de violencia agresiva como tal, lo cual me parece que hace mucho más fuerte la situación, no sólo su cuerpo fue violentado, también fue engañada y traicionada, el sexo es algo que nos causa morbo y curiosidad desde que somos niñxs, incluso podemos llegar a fantasear con cuestiones relacionadas al respecto, pero el que un adulto, sea hombre o mujer, lo haga con un niñx, será siempre un abuso, use la fuerza, o el engaño, o ambas, y las consecuencias siempre serán devastadoras.

Mientras tanto, una mujer con un vestido negro está sentada en el fondo del escenario, (Alejandra Marino, la directora), sirviendo de una especie de protectora o de conciencia que ayuda a Elena con los cambios de vestuario y a sobrellevar los momentos difíciles, también hace guiños al público sobre lo que Elena cuenta.

Y poco a poco vamos viendo las consecuencias y repercusiones que ha tenido la vida sobre Elena, no sólo el abuso, todo, al final somos un conjunto de genética, vivencias y decisiones, y algo muy acertado del texto es que en ningún momento se victimiza o culpa al abuso de las acciones que decide llevar a cabo, y volvemos a los cuestionamientos iniciales, lo que no te mata ¿qué te hace?  Nos da fuerza, pero también nos da “callo”, sabemos qué hacer a la siguiente para que no nos afecte de la manera que lo hizo en el pasado, o simplemente aprendemos a evitar que pase, pero, una vez pasado el susto, nos genera algo en el pecho, algo doloroso que se traduce en culpa, odio, tristeza, y que fácilmente puede evolucionar en un profundo deseo de venganza.

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Elena creció confundida, como todxs nosotrxs, pero diferente, hizo una mezcla con el amor y el odio, del dolor con el placer, y se volvió autodestructiva, como todxs nosotrxs, pero diferente. ¿Qué podemos hacer para atenuar un dolor que no nos deja vivir? ¿Cómo nos quitamos la insoportable comezón de las heridas que nunca sanan en el alma? ¿Hay que aprender a vivir con eso?

Se aplaude la actuación de Lucía Steimberg, que interpreta muy acertadamente su texto, que, si bien es entretenido y cautivador, es bastante literario, pero ella nos introduce en una convención en la que obviamos la estructura de texto escrito, y nos convence de que es la primera vez que nos lo cuenta, que todo está fluyendo instintivamente de su mente en ese momento, por lo que atrapa y genera una gran empatía.

La dirección y la iluminación, simples pero concretas, nos introducen en un universo oscuro y húmedo, que da la sensación de estar dentro de la cabeza de Elena. Es una propuesta arriesgada, sincera y llena de metáforas, que nos deja cuestionándonos un largo rato, con el corazón movido y la mente alerta, todxs estamos a un hecho traumático de convertirnos en Elena.

 

Manya foto

Manya Loría. Dramaturga, directora de teatro y actriz

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«Stop Kiss» La fuerza incontrolable de un beso bien mojado

por Zavel Castro 15 diciembre, 2016

¿Por qué nos preocupa tanto la vida personal de los otros? Es como si nuestra propia vida no nos bastara para entretenernos y tuviéramos que asomarnos constantemente a espiar a los vecinos para darnos de qué hablar. Estoy consciente de que ninguna vida es lo suficientemente extraordinaria como para satisfacer nuestras curiosidades y esta sed de compararnos con los otros. Estamos llenos de vacío. Sin embargo, podríamos procurar hacer algo interesante para matar el tiempo, algo, que por lo menos no se emparentara directamente con los vicios de la ociosidad y el prejuicio que nos impulsa a ver a los demás. Peor aún, a ver y a juzgarlos.

Señalamos a los otros para diferenciarnos de ellos. Somos además poco humildes y punto menos que seres despreciables. Nos valemos de cualquier excusa, cualquier postura y cualquier discurso para descalificar a los que consideramos inferiores por apartarse de lo que nosotros creemos que es “el camino correcto” (porque así nos lo han hecho creer, porque respondemos con obediencia al dogma). Nos regodeamos dejando al descubierto todo aquello que hemos determinado “sucio” (desde el discurso higienista), “pecaminoso” (desde el religioso), “monstruoso” y “anormal” (desde la cultura popular).

Este juicio recae las más de las veces en las conductas sexuales porque somos aún una sociedad altamente conservadora aunque pregonemos lo contrario. De poco ha servido la supuesta “Revolución Sexual”. No hemos sabido romper con el legado negativo del patriarcado. Somos terriblemente machistas a veces sin darnos cuenta. Aún el “primer mundo” como creemos que es Estados Unidos y una de las ciudades más importantes para Occidente Moderno: Nueva York.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

Las últimas elecciones han demostrado que el auge económico y los avances tecnológicos poco tienen que ver con la racionalidad, que ser potencia no significa que los ciudadanos que se benefician de esta posición sean culturalmente superiores, algunos son tan puritanos como desde sus orígenes, su comprensión del mundo va guiada de una cerrazón de mente impresionante. Son inflexibles, intolerantes y poderosos. Todo esto se traduce en agresiones hacia el grupo que ellos consideran ofensivo, sin más explicación que esta.

Este panorama es retratado en “Stop Kiss”, obra escrita por Diana Son, montada en su versión original para el circuito off de Broadway, y dirigida en su versión mexicana por Sebastián Sánchez Amunátegui. La historia contada a partir de la intercalación de tiempos que la dividen a manera de episodios entre tragedia y comedia ligera, narra la historia de Callie (Claudia Nin) y Sara (Alondra Pavón), dos mujeres que coinciden por casualidad en la “Gran Manzana” cuya continua convivencia deviene con el paso de los días en complicidad e intimidad. Y es que toda amistad es potencialmente una relación romántica. Se quieren, se importan, pasan tiempo juntas, se quieren, se extrañan. Son compatibles. Se atraen. La conjunción de estos factores origina –naturalmente- un beso que será interrumpido precisamente por un personaje que materializa todas las características de las sociedades retrógradas de las que hablé en un principio.[1]

Evidentemente, la relevancia del montaje, la pertinencia de contar esta historia, radica en su mensaje a favor de la tolerancia, en la aspiración (que comparto absolutamente) de que algún día “lesbiana”, en Nueva York, en la Ciudad de México y en cualquier parte, deje de ser considerado un insulto, la reivindicación de que la fuerza de un beso apunte únicamente al deseo y con suerte al amor en lugar de seguir siendo un manifiesto político. La obra reniega de los usos culposos de la carne, de tener que explicar qué hacemos, con cuántos y por qué. Es una protesta y una proclama a favor de la libertad. Que nada nos impida besar a quien quiera besarnos. En público y en privado. Que nada nos avergüence. Teatro que desinhibe, expone y reclama.

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[1] Resulta importantísimo reparar en la importancia de la coincidencia de que esta obra, al igual que “Un Corazón Normal” de la que hablé  en: http://aplaudirdepie.com/un-corazon-normal-una-obra-para-arrancar-prejuicios-desde-la-raiz/ proviene del circuito de Broadway y sin embargo incide perfectamente en las preocupaciones de los espectadores teatrales de la Ciudad de México. La relevancia y pertinencia son incuestionables, pero habría que preguntarnos el por qué ésta acusada preocupación por los derechos sexuales no resulta en dramaturgias propias y nacionales en lugar de recurrir a la exportación…

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UMBRA: Una cartografía para la ausencia

por Zavel Castro 23 noviembre, 2016

Extrañar es acaso el verbo más difícil del conjugar. Quiero decir que el sentimiento que implica es una herida abierta que no se piensa nunca en pasado porque nunca ha de cicatrizar; “te extrañé” no existe porque aún conservo el recuerdo del vacío de tu ausencia, “te extrañaré” es una promesa que ya contiene el dolor de la pérdida. Sé que algún día no estarás más conmigo… “Te extraño” es siempre en presente.

Regresa.

Y es que todos padecemos las ausencias, si existe algo peor que esto debe ser la incertidumbre, si sé que te fuiste pero no puedo ni imaginar dónde estás o qué ha sido de ti, me angustio y me pierdo contigo. No soy más. No me habito. Sin ti, sin la idea de ti, el mundo ha perdido sentido, ya no me significa. No vivo en él. Estoy en él. Pero no soy más parte suya. No estás y el llanto no me purifica. No me consuela. Sé que no regresarás. Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste ¿Me abandonaste o simplemente olvidaste cómo regresar a casa? ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? ¿Me necesitas? ¿Puedo ayudarte?

Vuelve. Te lo ruego.

Esta sensación que acompaña una ausencia como la que dejó ese alguien en quien pienso al escribir los primeros párrafos, es el motor principal de “UMBRA. Una cartografía para la ausencia”, obra escrita y dirigida por Gabriela Román, interpretada por ella misma, Cecilia de los Santos, Stefanie Izquierdo y Delfino Vergara. El montaje inspirado en las reacciones emotivas que provoca el fenómeno de las desapariciones forzadas en las dictaduras latinoamericanas –aunque sitúa su antecedente directo en la Alemania Nazi-. Román, ha traducido el dolor de los familiares, amigos, amores y todos aquellos que esperan que alguien vuelva, especialmente porque se le ha arrebatado la posibilidad de hacerlo y eso es indignante, en una obra que no escatima en recursos para enfatizar la magnitud del problema.

Es así que tenemos una propuesta documental lúdica interactiva que apuesta por el convivio y la generación de una comunidad empática y solidaria.

Pensada para un público joven, no hay forma en que el espectador no se integre a las dinámicas que suceden frente a sus ojos o cuente con su participación directa. Como dije, los recursos no son pocos: material audiovisual punto menos que permanente, fragmentos de entrevistas con ex presidentes mexicanos, documentales históricos, testimonios, “The Big Bang Theory”, videos musicales, partidos de fútbol, etcétera. Las escenas se resuelven a manera de: subasta cuya puja depende de los “precios” de desaparecidos por país,  bailes populares de los países de los que hablan mientras refieren cronológicamente los sucesos, juegos de mesa basados en la repartición del mundo (una especie de “Monopoly”), un programa de concursos, una declaración en el MP, una fiesta de cumpleaños en la que se invita a los espectadores a comer pastel, la simulación de un round de lucha libre y un karaoke.

Evidentemente sostenida en una investigación de poco más de un año, UMBRA es el resultado de un proceso de búsqueda, un esfuerzo que vale la pena celebrar. Y es que para los integrantes de Teatro Ariles, era importante hacer notar que las desapariciones forzadas no sólo ocurrieron con el caso Ayotzinapa, sino que es una práctica política perpetua de la que siempre valdrá la pena hablar desde el teatro, plataforma de conciencia y denuncia por antonomasia. UMBRA, efectivamente traza un mapa para encontrarnos con nosotros mismos y aquellos a los que extrañamos. Una propuesta fresca llevada a escena con toda honestidad.  Una obra pertinente en todo caso. A todos nos hace falta alguien ¿Cómo llenar ese vacío?

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Orégano, una obra para salir con una gran sonrisa

por Ricardo Ruiz Lezama 17 septiembre, 2016

De acuerdo a lo que plantea Brecht en sus reflexiones podemos inferir que su ideal de teatro sería uno comprometido con la realidad social,  que  invite a pensar de forma crítica nuestro entorno pero fundamentalmente divertido. Este dramaturgo alemán dedicó toda su vida a buscar ese teatro. No sé si lo encontró pero sin duda cambió la historia del teatro para siempre.

Desde la aparición de Brecht muchos creadores se han inspirado en sus ideas y el teatro político se reformuló y expandió. Ejemplos destacables en Latinoamérica los tenemos con Enrique Buenaventura, Augusto Boal, entre otros, quienes desarrollaron una obra crítica y emocionante.  También existen los casos no tan logrados que limitaron las posibilidades del teatro a un discurso, dando por resultado experiencias aburridas. Este último teatro es llamado por algunos “panfletario”, al parecer más un manifiesto que una obra de teatro. El teatro tiene sus propias necesidades y si se dejan de lado, puede ser interesante pero no necesariamente un suceso artístico.

Por eso siempre que aparecen obras que contienen una invitación a realizar una reflexión crítica sobre la sociedad sin dejar de lado la teatralidad y que se constituyen como acontecimientos poéticos contundentes, es digno de admiración. Una obra que contiene estas características es Orégano, creación del Colectivo Catapulta, escrita por Sergio Lobo y dirigida por Francisco Granados y Alan España, con las actuaciones de Fernando Villel, Francisco Granados, Mafer Vergara y Yair Gamboa.

Orégano, cuyo subtítulo es “la familia fracaso”, pone en perspectiva los mecanismos  de una de las estructuras políticas más fundamentales de los seres humanos: la familia. Invitándonos a la reflexión de distintas problemáticas que nos aquejan como humanidad, de una manera inteligente pero principalmente divertida.

En esta familia hay muchos deseos que no se han cumplido, frustraciones latentes, sueños que no levantan el vuelo, aspiraciones cargadas de imposibilidad, rencores no dichos y dolores no asumidos. Es una familia que se encuentra en un punto crítico emocionalmente, en donde el espacio que habitan –a manera de metáfora- da cuenta de esta desolación que se ha naturalizado y con la que los personajes viven o mejor dicho sobreviven. Es inevitable asociar esta dramaturgia con aquellas obras de la posguerra, categorizadas bajo la etiqueta de Teatro del absurdo por Martin Esslin, que dan cuenta de un mundo devastado. En el texto que propone Sergio Lobo la devastación está dada no por la guerra sino por la violencia de estos familiares que solo atinan a hacerse daño, por una especie de guerra íntima en donde difícilmente ninguno saldrá victorioso.

Con todo esto parecería que Orégano se trata de una obra trágica y podría ser porque como dice Marco Antonio de la Parra, “una comedia es una tragedia en piel de cordero”. Con lo cual es bueno subrayar que en Orégano no hay tiempo para lamentaciones por parte del espectador, todo lo que queda es soltar una sonora carcajada ante las situaciones que nos muestra la obra. En este sentido la risa funcionaría, para pensarlo con Brecht, como una especie de extrañamiento que no da lugar a la autocompasión sino que permite la posibilidad de pensar críticamente.

Sin duda esta compañía ha logrado consolidar un montaje de una gran calidad, mostrando que existen opciones en el teatro independiente que no le piden nada a obras del circuito institucional e incluso  del comercial. Todo en esta puesta en escena está sumamente cuidado, el diseño escenográfico por parte de Aldo Alemán y Alan España que da cuenta de las turbulencias internas que viven los personajes; las actuaciones extraordinarias de todo el elenco que encarnan la situación y nos transportan a esa otra realidad que plantea la dramaturgia; el texto que retrata muy bien las dinámicas nocivas de esta familia; la dirección que conjuga armoniosamente todos los elementos, logrando poner en perspectiva un reflejo de nosotros mismos y dejándonos al final la posibilidad de sentirnos aludidos y hacer algo por mejorar nuestro entorno o continuar como estamos y terminar siendo como aquella familia fracaso.

Orégano es sin duda una propuesta imperdible de la cartelera actual. Una obra para pasar un gran momento, salir con una gran sonrisa y si se quiere, solo si se quiere, reflexionar y tratar de mejorar un poco el mundo, como Brecht hubiera soñado.

ricardo

 

 

 

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Ego. La endiosada figura de «la perra» en la cultura gay.

por Zavel Castro 7 septiembre, 2016

Todo comienza en un set de filmación. Un director excéntrico ha decidido llevar la historia de su vida a la pantalla grande. El espectador es invitado a seguir el proceso de creación de la película desde la selección del elenco hasta  el estreno de la misma. La obra de Diego Beares contiene un discurso sobre la industria del entretenimiento, al que se percibe durante el desarrollo de la historia como un medio frívolo, superficial y  hostil en el que reina la vanidad y en el que sólo tiene cabida la gente sin escrúpulos, aquella que se maneja bajo los valores comerciales en lugar de éticos y morales, personas dispuestas a negociar con su cuerpo a cambio de que su nombre sea colocado en la cartelera (esta ficción, por cierto no está alejada de la realidad).

Todas las características negativas del mundo del espectáculo en el que se prescinde del talento para ceder el lugar al glamour, están presentes en el personaje protagónico de la obra, “Tomás” -interpretado por el propio Beares- el director que ha construido su biografía a base de mentiras con tal de dar una imagen más conveniente de sí mismo. Él quiere ser percibido como alguien que ha llegado a la fama como si su destino estuviera predestinado a ello, debido a su inigualable visión artística y a su personalidad deslumbrante. Omitiendo que ese “ascenso” hacia el éxito ha sido realmente gracias a la explotación y maltrato que ha ejercido con todo aquel que ha formado parte de su vida. El poder despótico cercano a la inhumanidad, es su característica más acusada. Es en fin una persona ruin que no busca más que su propio beneficio, alguien vacío que desconoce y desprecia el cariño sincero.

Precisamente a diferencia de otros montajes de Beares (Tenis y Alaska) donde el caos narrativo aparente se dirige a un camino preciso, en Ego, esta historia carente de tensiones y profundidad, estructurada a partir de la concatenación de ocurrencias y sin sentidos dramáticos, el motivo del caos es hacer lucir al personaje principal, encarnación de “la perra” un arquetipo fundamental de la cultura gay. La perra, una figura idealmente descorazonada, manipuladora ejerce un extraño poder de seducción, que le facilita la obtención de todo lo que se propone, que es esencialmente alcanzar una posición social privilegiada que le permita ostentar sus bienes materiales y contar con un grupo de aduladores obedientes, que admiran su desfachatez y su lenguaje y conducta políticamente incorrectos.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

“La perra” es la villana sensual, una diva que obtiene todo lo que quiere. Es ella la que todos quisiéramos ser.  Reconocemos a “la perra” por doquier, forma parte de la cultura pop. Es Miranda Priestly de The Devil Wears Prada, Regina George de Mean Girls, es también Maleficent, Samantha Jones de Sex and the City, es Soraya Montenegro de María la del Barrio,  “Mane” de Acapulco Shore, “Mónica” de El señor de los cielos, es Teresa, en teatro la encontramos todo el tiempo en el Cabaret de Tito Vasconcelos, en algunos montajes de Las Reinas Chulas, es la madre interpretada por Francisco Granados en Orégano y por supuesto la “perra” sublime y suprema que fue María Félix.

El personaje de “Tomás” se ha construido como si se tratase de una de ellas. La constancia de esta figura arquetípica y su interpretación en este montaje resulta valiosa para el crítico y bastante cómica para el espectador en la versión que presenta “Ego” de la zorra materialista cuyo máximo sueño es la fama y la obtención de favores sexuales por parte de jóvenes atractivos a cambio de un lugar en una película.  “Tomás” es el emperador de un reino de mentiras que promete ser un éxito en taquilla, el protagónico de “Ego” una perra sin la cual no funcionaría como lo hace la industria del entretenimiento. No es de extrañar que en ninguna escena le veamos la cara (aparece siempre de espaldas frente al público), para que podamos identificarlo con el “Tomás” más cercano en nuestra vida.

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Ego. La endiosada figura de “la perra” en la cultura gay

por Zavel Castro 7 septiembre, 2016

Todo comienza en un set de filmación. Un director excéntrico ha decidido llevar la historia de su vida a la pantalla grande. El espectador es invitado a seguir el proceso de creación de la película desde la selección del elenco hasta  el estreno de la misma. La obra de Diego Beares contiene un discurso sobre la industria del entretenimiento, al que se percibe durante el desarrollo de la historia como un medio frívolo, superficial y  hostil en el que reina la vanidad y en el que sólo tiene cabida la gente sin escrúpulos, aquella que se maneja bajo los valores comerciales en lugar de éticos y morales, personas dispuestas a negociar con su cuerpo a cambio de que su nombre sea colocado en la cartelera (esta ficción, por cierto no está alejada de la realidad).

Todas las características negativas del mundo del espectáculo en el que se prescinde del talento para ceder el lugar al glamour, están presentes en el personaje protagónico de la obra, “Tomás” -interpretado por el propio Beares- el director que ha construido su biografía a base de mentiras con tal de dar una imagen más conveniente de sí mismo. Él quiere ser percibido como alguien que ha llegado a la fama como si su destino estuviera predestinado a ello, debido a su inigualable visión artística y a su personalidad deslumbrante. Omitiendo que ese “ascenso” hacia el éxito ha sido realmente gracias a la explotación y maltrato que ha ejercido con todo aquel que ha formado parte de su vida. El poder despótico cercano a la inhumanidad, es su característica más acusada. Es en fin una persona ruin que no busca más que su propio beneficio, alguien vacío que desconoce y desprecia el cariño sincero.

Precisamente a diferencia de otros montajes de Beares (Tenis y Alaska) donde el caos narrativo aparente se dirige a un camino preciso, en Ego, esta historia carente de tensiones y profundidad, estructurada a partir de la concatenación de ocurrencias y sin sentidos dramáticos, el motivo del caos es hacer lucir al personaje principal, encarnación de “la perra” un arquetipo fundamental de la cultura gay. La perra, una figura idealmente descorazonada, manipuladora ejerce un extraño poder de seducción, que le facilita la obtención de todo lo que se propone, que es esencialmente alcanzar una posición social privilegiada que le permita ostentar sus bienes materiales y contar con un grupo de aduladores obedientes, que admiran su desfachatez y su lenguaje y conducta políticamente incorrectos.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

“La perra” es la villana sensual, una diva que obtiene todo lo que quiere. Es ella la que todos quisiéramos ser.  Reconocemos a “la perra” por doquier, forma parte de la cultura pop. Es Miranda Priestly de The Devil Wears Prada, Regina George de Mean Girls, es también Maleficent, Samantha Jones de Sex and the City, es Soraya Montenegro de María la del Barrio,  “Mane” de Acapulco Shore, “Mónica” de El señor de los cielos, es Teresa, en teatro la encontramos todo el tiempo en el Cabaret de Tito Vasconcelos, en algunos montajes de Las Reinas Chulas, es la madre interpretada por Francisco Granados en Orégano y por supuesto la “perra” sublime y suprema que fue María Félix.

El personaje de “Tomás” se ha construido como si se tratase de una de ellas. La constancia de esta figura arquetípica y su interpretación en este montaje resulta valiosa para el crítico y bastante cómica para el espectador en la versión que presenta “Ego” de la zorra materialista cuyo máximo sueño es la fama y la obtención de favores sexuales por parte de jóvenes atractivos a cambio de un lugar en una película.  “Tomás” es el emperador de un reino de mentiras que promete ser un éxito en taquilla, el protagónico de “Ego” una perra sin la cual no funcionaría como lo hace la industria del entretenimiento. No es de extrañar que en ninguna escena le veamos la cara (aparece siempre de espaldas frente al público), para que podamos identificarlo con el “Tomás” más cercano en nuestra vida.

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Parque Lezama: Superhéroes con bastón y andadera

por Zavel Castro 31 julio, 2016

Hay obras que insertan al espectador poco a poco en el universo que plantean y otras que desde el inicio lo incluyen de golpe. Este segundo caso corresponde a “Parque Lezama”, obra escrita por Herb Gardner, comedia adaptada y dirigida por Juan José Campanella. Desde que se sube el telón, los personajes interpretados por Luis Brandoni y Eduardo Blanco se presentan ante nosotros con las características definitivas que habrán de tener incluso en los puntos álgidos de la trama, no es que sea una construcción pensada para ir creciendo en el transcurso, sino que los personajes,  dos hombres ancianos, están terminados y listos para accionar y reaccionar con la misma intensidad (que no es poca) desde el principio. Esta cuestión hace que los actores requieran de una energía muy intensa para mantenerla durante toda la función, sin decaer en ningún momento.

Del mismo modo que los caracteres de los personajes, la escenografía espectacular, que recrea el parque que intitula el montaje, no cambia, lo que modifica es el ambiente que hace pasar al espectador por una verdadera montaña rusa emocional de acuerdo a las situaciones o mejor dicho aventuras, que sortean los actores. De tal suerte que en un principio se siente nostalgia, que en algún momento se vuelve tristeza, hasta pasar por la sorpresa y sobre todo compartir momentos muy alegres gracias a las ocurrencias de los protagonistas, especialmente las del personaje interpretado por Brandoni, quien ocupa sus últimos años para vivir todo aquello que se le escapó entre la cotidianidad y monotonía.

¿Por qué vivir en una sola vida si se pueden vivir cientos? ¿Por qué nos conformamos con una sola historia qué contar?  El tiempo pasa muy rápido, no vale la pena soportar sin ningún placebo la rutina que de repetirse, agota. El mensaje de esta obra reivindica la importancia de la ficción muchas veces para hacer soportable la existencia. La realidad nos atrapa con sus límites y la fantasía nos recuerda que el único que cabe es la imaginación de cada cual.

Brandoni es un gran narrador, sus ficciones extraordinarias tal vez son mentira, nunca lo sabremos del todo, pero ¿para qué sirve la verdad en un mundo en donde eso solo nos recuerda nuestro monótono devenir? Donde la verdad es que los acontecimientos se suceden y en el fondo no hay tanto que podamos realmente hacer. Pero Brandoni intenta, es un idealista que busca cambiar el mundo a su manera, que tratará que la utopía deje de ser un doloroso sinónimo de imposibilidad. Es una especie de superhéroe de la tercera edad que a su manera encuentra la forma de resolver las injusticias de su mejor amigo y cómplice (Eduardo Blanco), que representa la quietud, la serenidad y acaso el conformismo de quien nunca ha recurrido a la invención para imaginar una vida distinta.

Otra gran enseñanza del montaje es que el paso de los años no vuelve “innecesarios” a los hombres, no son más débiles que los jóvenes, sino que han depositado sus fortalezas en otro sitio, la experiencia los ha vuelto distintos, nunca menos capaces simplemente por su andar despacio. La fortaleza, el “súper poder” de estos dos, radica en el descubrimiento de esta actitud vital digna, fuerte, rebelde. Sienten más que ninguno la alegría de vivir entre cuento y cuento. Lo que nunca perderán será la valentía.

Parque Lezama es una obra que, entre tantas cosas, trata de la reivindicación del relato como medio para transformar la realidad. El ideal por excelencia del teatro mismo, cambiar el mundo con historias. No diremos si es posible o no porque es parte del descubrimiento que uno hace como espectador al mirar esta entrañable obra, pero lo que sí diremos es que en el fondo este montaje es una guía para la acción, un manifiesto poético que nos invita a no perder la esperanza de que otro mundo es posible. Uno mejor. Siempre.

Texto: Zavel Castro & Ricardo Ruiz Lezama, fundadores aplaudirdepie

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El bululú. El duende de Osqui Guzmán

por Zavel Castro 23 julio, 2016

 

¿Cuántos personajes caben en un solo actor? ¿Cuántas historias guarda para compartirlas noche a noche con el espectador? Osqui Guzmán, reconocido intérprete, comediante e improvisador argentino responde con “El Bululú” que los personajes como las historias pueden aspirar a la infinitud siempre y cuando se tenga un talento desbordante.

A partir de (por lo menos) el siglo XVI en España era conocido como  “bululú” al  actor solitario que viajaba a pie de pueblo en pueblo contando fragmentos de las historias que se representaban en el teatro, poemas, canciones, cuentos, etcétera. Este actor se relacionaba con el público de manera directa, sin la distancia que se opone entre el escenario y la platea, en una función se construía un vínculo tan cercano que el actor era fácilmente querido por la comunidad. La noche de ayer, Osqui Guzmán se transformó en uno de ellos para demostrarnos que la esencia de este ritual no ha cambiado en absoluto.

Anoche lo vi encarnar a un alguacil, a una mujer fea, a un enamorado, a un marido anciano y vengativo, a un hablador y muchos otros, mientras nos contaba su propia historia, de cómo siendo hijo de costureros y soñando con convertirse en karateka había terminado sobre un escenario, solo para descubrir aquello que une a la confección con el arte de la interpretación. Y gracias a esta entrañable función, fuimos parte de un verdadero convivio. La gente estaba “cosida” a las historias que Guzmán iba contando, despedían a cada uno de los personajes con un aplauso. Con sus palmas, agradecían el virtuosismo del hombre que era capaz de experimentar múltiples metamorfosis frente a sus ojos.

Guzmán explicita en este montaje la técnica más acabada a la que un actor de máscara puede aspirar, es decir, que domina la construcción de los caracteres de los personajes a los que interpreta mediante el gesto (en primer lugar), la voz y el cuerpo; tras años de práctica y experiencia ha conseguido un admirable cuerpo escénico expresivo, en el que todo personaje fluye, un cuerpo flexible, dúctil, etéreo, elocuente, un cuerpo que cubre todo el escenario, un cuerpo al que solo le basta aparecer para captar la atención de los espectadores para no soltarla un solo momento. Durante la representación me he preguntado si acaso una actuación como la de Guzmán era a lo que García Lorca llamaba “duende”. Y es que hay algo en Osqui que se nos escapa, que es mucho más que su arte y simpatía, algo que no nombro pero que he podido reconocer.

Su “bululú” es también un reconocimiento y reivindicación del folclor andino de sus padres, es una oportunidad para honrar sus raíces bolivianas. Lo cual invita a pensar en las propias, a abrazar lo que uno es para ofrecerlo al mundo. “El bululú” es un unipersonal que viaja sobre todo de boca en boca a través de la recomendación. Era inevitable que me sumara a esta institución porteña y también invitara a mis lectores a ver esta obra fantástica.

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El Padre. La interpretación de un verdadero primer actor

por Zavel Castro 22 julio, 2016

El paso de los años suele ser un proceso doloroso, es por eso que tratar el tema de la vejez por medio de una aproximación hiperrealista agita el alma violentamente hasta llegar a una conmoción tan profunda que deja en el espectador un dejo de amargura mezclado con notas tiernas. Daniel Veronese sabe perfectamente que evadir un tópico no es evitarlo, es por ello que, al contrario de todos nosotros que dejamos de pensar en el envejecimiento de los padres hasta que es momento de vivirlo, le hace frente con la dirección de “El Padre”, obra escrita por el autor francés  Florian Zeller, montada en Buenos Aires con la versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino.

Como todo anciano, el personaje de “El padre”, interpretado magistralmente por Pepe Soriano, aparece en un primer tiempo en escena como un cómico involuntario, con una simpatía que se le escapa entre la falta de memoria y los reclamos sin sentido y ese mal humor propio de quien se siente aún capaz de controlarlo todo a pesar de que hace algún tiempo se ha olvidado de sí mismo; ha puesto la cabeza en otro sitio, pero el carácter sigue firme. Este hombre mayor opone una resistencia férrea a todo lo que tenga que ver con cambiar algún aspecto de su vida, a dejarla en manos de su  hija que amenaza con mudarse a otro país o con una enfermera de la que desconfía todos los días, porque es una extraña, porque le habla como si fuera un niño pequeño, o peor aún ¡Le dice qué hacer!, la enfermera, además, tiene una obsesión por la hora a la que debe tomarse sus pastillas que lo hace enfurecer.

Los olvidos y confusiones del padre, quien fuera ingeniero toda su vida, pero que asegura haber sido bailarín de tap y mago, se resuelven con un maravilloso juego de espejos que confunde también al espectador, de tal suerte que llega a sentirse dentro de la cabeza del padre. Vemos cómo cambia su vida de a poco. Y cada paso que da hacia su destino va acompañado de una lágrima que no consigue consolar. El espectador, como los hijos podemos hacer poco por la vida de papá y mamá, vemos cómo se marchitan, sabemos que es inevitable, hacemos como que no, como que todo puede mejorar. Sabemos que no.

El padre deja su casa para instalarse en la de una de sus hijas, la única testigo de la decadencia del hombre que una vez le inspiró temor y respeto. La figura ideal de papá se ha desmoronado por completo frente a sus ojos. A lo sumo, ahora inspira un poco de lástima.  La presencia de este hombre en su casa, incomoda,  representa un desequilibrio en la vida en pareja de ella, este desequilibrio  termina resolviéndose con una decisión difícil para todos. Mientras todo esto pasa, el hombre va soltando sus recuerdos hasta que no vuelven más a él.

Esta obra conmueve de veras, adjudico la razón principal del efecto a la espléndida actuación del protagonista, Soriano, en él que toda emoción fluye con naturalidad, aun cuando de un instante a otro se trate de reacciones contrapuestas. Esto no habla más que del dominio de la encarnación de un personaje que es en sí mismo una montaña rusa de humores. No hay un solo instante en que algo en él parezca exagerado o fingido. Ha alcanzado la posición de maestro del teatro y esto lo vuelve inaprensible para ser retratado con justicia por cualquier crítica. Como sea, es importante dejar registro de todos los acontecimientos. Y sin duda, “El padre” es verdaderamente imponente e importante para el circuito comercial de la Argentina.

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Reseñas

Lulú. Una putita con cara de muñeca

por Zavel Castro 16 julio, 2016

Los esfuerzos por hacer converger el lenguaje de la danza contemporánea en el teatro posmoderno no cesan de dar origen a múltiples representaciones, que, por la convivencia de elementos de uno y otro saber específico (danza y teatro) dan lugar a una multiplicidad de lecturas que se antoja interminable. La convergencia lingüística de la danza y teatro hace del primer montaje de la directora, una propuesta digna de ser vista un poco más de cerca.Por la comodidad intelectual que significa tener conocimiento previo del objeto del que se habla, me concentraré en el tema de “Lulú”, montaje escrito y dirigido por Itzhel Razo y David Hevia y protagonizado por la bailarina Sara Montero.

La obra, dividida en tres capítulos, se suma a la tradición literaria de la fatalidad femenina, el peligro como condición inherente a la mujer. Lulú es una provocadora profesional del deseo masculino, se sabe poseedora de la potentia gaudendi, definida por Paul Preciado como la potencia de excitación de un cuerpo. Responsable de su poder orgásmico, Lulú ha sabido hacer uso de él desde pequeña para “sobrevivir”, es su única fuente de recursos y, aunque no aparece en el montaje como una criatura particularmente ambiciosa (se conforma casi con cualquier proveedor), si se presenta desde el principio como una mujer absolutamente confiada de sus encantos y habilidades amatorias.

Fotografía: Darío Castro

Más que su condición de objeto y el pasado materialmente difícil, la debilidad de Lulú, aquello que la hará vivir en absoluto sufrimiento será el amor no correspondido de un hombre, que con tal de tenerla cerca, aunque no demasiado, le arregla varios matrimonios que la entretengan mientras el busca hacer su vida al lado de una mujer decente. Y es que la lujuria en Lulú no puede esconderse. Ella está siempre al rojo vivo. Ella danza. Ella ofrece sus movimientos insinuantes. Ella despierta el bajo vientre masculino. Ella acaricia. Ella araña. Ella enloquece a los hombres porque ha enloquecido de amor.

De todos los hombres que han aparecido en su vida (interpretados por Enrique Campo, José Alberto Gallardo y Carlos Alexis Nava) solo uno la ha poseído realmente (Damian Cordero), él la toma y la deja con la misma facilidad cuando se le viene en gana. Hasta que ella reclama tener un lugar en su vida. Esto conlleva al fracaso, no estaban destinados a estar juntos. Sabemos todos que un amor nunca resuelto se condena a la eternidad, es más profundo que todo lo que en verdad sucede, se vuelve casi mítico por inalcanzable. Un amor que se niega a hacer pareja formal.

Fotografía: Darío Castro

Fotografía: Darío Castro

Ojos grandes. Boca mojada. A su corta edad, Lulú confiesa que ha sido penetrada por todos sus orificios. Piernas firmes. Senos grandes. En sus pechos todo se resuelve. El deseo que ella inspira es más bien mortal. Es un impulso destructivo. Uno quiere penetrarla hasta acabar con ella. Uno la embiste con violencia. Y es que además ella sabe mentir. Le hace creer a los hombres que se ha enamorado perdidamente de ellos. En el fondo, ella no desea más que a un macho que sepa dominarla. Ella sólo desea poder obedecer.

Lulú es una historia contada mil veces, pero es un tema que desde el siglo XIX parece no tener ánimos de extinguirse, porque seguimos creyendo en la maldad femenina, porque la “mujer” como personaje teatral nos sigue fascinando y no hay mayor empoderamiento que este. Que la mujer siga siendo lo más importante, que escribamos sobre ella para tratar de explicárnosla, que sea el centro de nuestro universo teatral es un síntoma interesante que el feminismo en boga descuida las más de las veces por estar preocupado en denunciar las consecuencias de la condición femenina más que en celebrarla. Cualquier mujer puede originar o terminar una vida, he ahí su inabarcable poder. Ella es la esencia del drama.

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