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Críticas

Críticas

Hasta encontrarte: una crítica epistolar desde la deuda a las madres buscadoras. Por Laura Cárdenas (Lalis)

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Queridas madres buscadoras: 

¿Todo es político?
¿El no mirar también es político?

Les escribo desde un lugar que no me enorgullece del todo: desde la butaca, desde alguien que durante mucho tiempo ha preferido no mirar. No soy de las personas que comparten cada ficha de búsqueda. No soy de las que reaccionan siempre. Casi siempre sólo lo hago cuando la desaparición toca un círculo cercano. Y aún sabiendo que esto ocurre todos los días, aún viendo sus rostros en el Metrobús, en las marchas, en los monumentos, aún recordando las fotografías de los estudiantes desaparecidos frente a mi universidad, he elegido muchas veces apartar la mirada.

No porque no me importe.
Sino porque me abruma.
Porque soy consciente de mi privilegio.
Porque recientemente entendí que soy una persona altamente sensible
y, a veces, he usado eso como excusa para no hacer más.

Durante meses me recomendaron ver Hasta Encontrarte de Vicky Araico y Nir Paldi, una puesta en escena que sigue el recorrido de una madre, en la búsqueda de su hija mayor, reportada como desaparecida.
“Es muy fuerte”, me decían.
“Es una gran obra”.

Y cuando por fin regresó a cartelera en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario, lo único que pensaba era: necesito ir.
Sé que me va a doler.
Sé que me puede romper en función.
Pero quizá eso es justo lo que necesito para empezar a mirar.

Entro al teatro y lo primero que escucho es un perro en alerta. Mictlán. Un nombre que nos explican que convoca al inframundo, al cruce, al viaje.
A los nueve niveles que hay que atravesar para llegar al lugar donde habitan los muertos.
Desde ahí se anuncia un trayecto: no el de una ficción heroica, sino el de una madre.

La historia comienza en noviembre de 2018.

Y a partir de ese momento, lo que veo no es un caso, ni una cifra, ni una nota periodística. Veo el recorrido de una mujer buscando a su hija mayor. Veo la duda, la incertidumbre, la sospecha instalada desde afuera. Veo cómo, cuando se intenta reconstruir la última vez que fue vista, aparece de inmediato la revictimización: que si se fue con su novio, que si no la conocían lo suficiente, que si algo habrá hecho.

La madre se llama Alma.
La hija se llama Luz.

Porque la obra no trabaja con personajes abstractos. Trabaja con una ausencia concreta.

Hay una frase que me atraviesa como espectadora:

 

Aprendí a no llorar si quería que las autoridades me tomaran en serio

 

Ahí se condensa algo brutal: la pedagogía de la contención emocional para ser escuchada, la administración del dolor para poder exigir lo que, en teoría, debería ser un derecho. La vulnerabilidad de una madre convertida en un obstáculo. El coraje contenido para no parecer exagerada. Para no parecer incómoda.

Y yo, sentada en la butaca, no puedo dejar de preguntarme:
¿En qué punto normalizamos que desaparezcan personas todos los días?
¿Por qué seguimos culpando a quienes desaparecen y a quienes los
buscan?
¿Por qué aceptamos que la búsqueda tenga que convertirse en una tarea personal, familiar, comunitaria, y no en una responsabilidad estructural?

La obra es interpretada por Vicky Araico, quien sostiene en escena, con un solo cuerpo, un relato construido a partir de múltiples voces. La creadora, mencionó que está nutrida de testimonios reales. De una investigación de campo que no se queda en el escritorio, sino que se acerca a los colectivos, al territorio, a la escucha directa. Y eso se percibe.

Pero mientras les escribo, no puedo dejar de pensar en algo que no nace como un reproche hacia la creación, sino como una pregunta frente a la dimensión de lo que estamos viviendo: ¿cómo se nombra un país entero desde un solo cuerpo en escena?

¿Qué se alcanza a mostrar y qué necesariamente queda fuera cuando el dolor colectivo, construido a partir de meses de investigación, de testimonios y de archivos casi inabarcables, se articula en una sola presencia escénica?

No lo pienso como una limitación de la obra, sino como una evidencia del tamaño de la herida: hay tantos casos, tantos nombres, tantos registros, que ningún dispositivo, ni siquiera uno hecho con cuidado y respeto, puede contenerlos todos.

No lo digo como reproche, sino como una constatación: el problema es demasiado grande para caber en una sola voz.

Hay una sensibilidad evidente en la mirada de quien creó esta pieza. Se nota el cuidado. Se nota el respeto. Se nota que no hay un deseo de usar la tragedia como recurso, sino de construir un espacio donde el dolor pueda ser nombrado sin espectacularizarse.

Sin embargo, hay una imagen que se queda conmigo durante días: la soledad que llega después. La gente acompaña cuando ocurre la desaparición. Luego la vida de los otros continúa. Pero la madre permanece en la búsqueda. A veces sola. A veces desgastada hasta el límite de su propia salud mental. A veces sostenida únicamente por otras mujeres que sí saben lo que es no poder soltar.

Y aquí aparece algo que la obra no intenta maquillar: la transformación. La imposibilidad de volver a ser la misma. La fractura de la vida cotidiana. La imposibilidad de seguir trabajando, de cuidar de la otra hija como antes, porque todo el cuerpo y toda la vida, está puesta en encontrar a quien falta.

Luz pasa de estar… a no estar.
Y Alma deja de poder ser la persona que era.

No hay consuelo posible.
No hay reparación escénica.

Y aun así, la obra insiste en algo que me parece fundamental: la comunidad. La red de personas que buscan. El gesto colectivo como acto de resistencia. La certeza de que encontrar aunque sea restos, aunque sea verdad, aunque sea cierre también es una forma de justicia.

En algún momento, al final, aparece el aplauso, pero Vicky Araico no sale a recibirlo. Y una parte de mí se pregunta por qué no hacerlo, después de un proceso de creación tan largo y tan cuidadoso. Pero también entiendo que aquí la creadora no es la protagonista: es el medio para hacer llegar estas historias hasta personas privilegiadas como yo.

Porque aplaudir no alcanza.
No nos absuelve.
No nos transforma automáticamente.

Y entonces me pregunto, frente a ustedes:

 

¿para quién sana el teatro?
¿para ustedes?
¿o para quienes miramos desde una butaca?

 

Porque sí, el teatro tiene una potencia enorme para nombrar, para ordenar el caos, para permitir cierta comprensión. Pero también tiene límites. Y me parece honesto decirlos y, sobre todo, preguntarnos qué hacemos más allá de la función, porque a veces parece que le exigimos más al teatro y a quienes crean que a las instituciones y a los funcionarios públicos de este país.

Al final de la función, invitan a escribir algo en el Buzón de Paz: información anónima, palabras de aliento, recursos para apoyar a las familias. Un dispositivo que no se queda sólo en el símbolo, sino que intenta abrir un canal real.

Yo salí del teatro y no pude escribir nada.

Han pasado dos semanas y sigo llorando mientras escribo esta carta.

No porque la obra sea triste.
Sino porque me obligó a mirarme a mí.

A mi forma de estar en este país.
A mi forma de administrar la incomodidad.
A mi manera de elegir cuándo mirar… y cuándo no.

Hace un año me dedico a recomendar teatro. Y he descubierto que las obras que más me importan son las que no se conforman con entretener, sino que tienen algo que decir sobre el mundo que habitamos. Pero hoy, frente a ustedes, entiendo que también debo preguntarme qué hago yo con eso que digo, con eso que recomiendo, con eso que conmuevo.

Esta carta no es para hablar de una obra.
Es para hablar de una deuda.

Porque aunque ya hice un video, aunque espero que muchas personas vayan al teatro, aunque deseo que algo se mueva en quienes la vean, siento que no es suficiente.

Y quizá no lo sea.

Pero necesitaba escribirles para decirles que lo siento.
Por haber preferido no mirar tantas veces.
Por haber reducido su lucha a una imagen pasajera en el transporte, a un cartel, a una fecha.

Y también para decirles gracias.

Gracias porque, aun cuando el sistema falla, ustedes siguen buscando.
Gracias porque, aun cuando el acompañamiento social se diluye, ustedes construyen comunidad.
Gracias porque, aun cuando nada vuelve a ser igual, insisten en sostener la vida.

Tal vez nunca pueda comprender del todo lo que significa buscar a una hija.
Pero hoy sé algo con claridad: su trabajo no sólo encuentra cuerpos, nombres o verdades.
También devuelve humanidad a un país que ha aprendido demasiado bien a mirar hacia otro lado.

Con respeto y con una incomodidad que ya no quiero soltar,
Lalis

 

Laura Cárdenas (Lalis) Creadora de contenido y crítica en formación

Instagram: @Lalis.teatro

 

Esta crítica epistolar fue escrita a las madres buscadoras de México, a partir de la obra Hasta Encontrarte, De Vicky Araico y Nir Paldi , con la dirección de Nir Paldi y la interpretación de Vicky Araico. 

 

Si tienes un familiar desaparecido y necesitas asesoría o atención, te compartimos algunos recursos disponibles en la página oficial de Teatro UNAM. 

 

Críticas

Casi Normales. Crítica epistolar al personaje de Diana. Por Isabel Agurto.

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Querida Diana:

Espero que esta carta te encuentre bien o al menos mejor que cuando te conocí, en el Teatro Municipal de Las Condes. Te vi desde mi butaca, sin saber que en cosa de minutos ibas a mirarme de vuelta. Desde la primera escena yo supe por qué no podías dormir, por qué necesitabas activarte a las cuatro de la mañana, tratando de hacer veinte cosas, pero no haciendo ninguna en realidad. Yo te vi, Diana.

Ese reconocimiento me acercó a ti, pero después empezaste a bombardearme y yo no estaba preparada. Me expusiste en ese escenario ante más de 800 personas. ¿Por qué? Si esto no se trata de mí.

Las bombas partieron con la canción de Mi psicofarmacólogo y yo. Esto es muy real, pensé, mientras el doctor indicaba las interacciones de los medicamentos, las modificaciones, los efectos secundarios, hasta que, con el paso de las semanas y meses de prueba y error, llegabas a no sentir nada y eso equivalía a estar estable. Aquí hay investigación, dije, realmente Brian Yorkey hizo su tarea. Pero faltaba más.

Quiero montañas, quiero mis montañas, dijiste. Y pensé, yo también, pero me acordé de una vez que estando en el colegio escribí un ensayo sobre montañas rusas y nadie entendió. Solo una compañera se acercó a preguntarme si realmente me sentía así. Déjame decirte, Diana, que llega un día en que no necesitas más montañas para sentirte viva. Un día descubres que no todo lo que no es vértigo es vacío, que también hay emoción en la subida lenta, que no todo lo que no es montaña es planicie y muerte.

Sentí, tal como siento ahora al escribirte esta carta, un pequeño nudo en la garganta que se fue intensificando mientras avanzaba la obra. Tuviste un buen período hasta que extrañaste tus montañas, Diana. Tuviste un buen período hasta que tiraste tus remedios por el retrete. No creo que haya sido tu mejor idea, pero no estamos aquí para enjuiciarte, menos yo que nadie. Además, si alcanzabas la estabilidad, se acababa la historia y yo quería saber más de ti.

No lo ves, me llegó a la vena. ¿Cuántas veces quise gritarle esa canción a alguien? Pero no sabía la letra, tú me la enseñaste. Eso de gritar sin sonido, de caer sin llegar al suelo, esa era yo, viviendo junto al abismo, como tú. ¿Y qué sabía Daniel de sufrimiento? ¿Qué saben los demás de sufrimiento? Ellos no lo ven, ¿cierto?

Yo lo veo, Diana. Y al parecer también lo vieron Yorkey y Kitt que te entregaron esta canción. Y también lo vio Ramón Gutiérrez que lo tradujo a mi idioma, y no me refiero al español, sino al chileno, que me acercó a ti mucho más.

Pero ante ese “no lo ves” tiene que haber una respuesta porque tú no estás sola, Diana, y yo tampoco, nunca lo he estado. Daniel te dice que es él quien ha estado siempre a tu lado, recogiéndote con cucharita cada vez que fue necesario y te pide que no te alejes, que él puede aguantar incluso más. Pero yo te entiendo, Diana. Tenías que alejarte, no podías evitar huir, sentirte incomprendida. No querías explotar y herir a los que más te quieren sin motivo.

Aun así, fuiste a ver a ese doctor rockstar que tanto te recomendaron, él debía tener las respuestas. He conocido a tantos doctores rockstars, tantas eminencias y es cierto lo que él te dijo, el camino es largo y cansador, pero, aunque no te des cuenta, se avanza. Un tratamiento tras otro, una nueva aproximación al problema tras otra, hasta que encuentras la que funciona para ti. No es magia, es ciencia. Paciencia, Diana, vas a llegar a ese punto.

Muchos piensan que los intentos por dejar de vivir ―ya no se puede usar la palabra con s― son solo un llamado de atención, pero Brian Yorkey lo hace de nuevo y, de manera brillante, aparece primero Sálvame o caigo, como un grito de ayuda casi inaudible para el oído humano, casi imperceptible para el espectador corriente. Y un par de escenas después, Gabriel, vestido de gala te invita a Un lugar. En ese preciso instante quise salir corriendo de esa sala, Diana, porque supe de inmediato cuál era ese lugar. Este no era un baile inocente entre madre e hijo, una forma de hacer las paces, una despedida, había que poner atención para saber cómo terminaría ese baile. Tuve que apretar mis puños, mis dientes, mis ojos por unos segundos para lograr permanecer en mi asiento y, a pesar de mi impulso, me quedé y seguí viendo tu desarrollo, Diana. ¿Por qué no corrí a abrazarte? ¿Por qué nadie corrió a abrazarte?

Corte/electro shock. Fuiste valiente, Diana. A veces hay terapias que son muy extremas, pero se siguen usando y son efectivas. Aunque hay métodos efectivos mucho más amables, entiendo que solo tenemos dos horas y media para contar esta historia.

Entonces vino el intermedio. Le conté a mi amiga Dani lo incómoda y vulnerable que me había sentido, me ofreció irnos, pero decidí quedarme. Mientras un café y un alfajor me hacían volver en mí. Pensé en Elvira López, la mujer real que te sostiene, la actriz que decidió sumarse a este proyecto junto a Darshan Teatro. ¿Habrá sabido la intensidad de emociones que tendría que gestionar? ¿o te apareciste sin previo aviso? Al sonar la campana entré con ansias a la sala para seguir conociéndote, Diana.

No sé mucho de terapia electroconvulsiva, pero sí sé de pérdidas de memoria, que la mayoría de las veces no son producto de las terapias, sino de las propias crisis. Ya asumí que hay muchas páginas borrosas en la historia de mi vida, y como trató de hacerlo Daniel contigo, a veces, sin querer, las reescribo con ficción. Los que me conocen ya saben que no siempre digo la verdad, pero es sin mala intención. Mi cerebro inventa recuerdos. Canta por el olvido, Diana, esta vez yo te acompaño.

Te agradezco, Diana, porque en este segundo acto me diste respiro. De todas formas, me preocupa tu hija más que tu esposo. Mírala, Diana, no vayas a ser tú la que no vea esta vez. Esto se hereda por sangre y se manifiesta por trauma, y esa niña llena todas las casillas. Cuídala, Diana, no la dejes sola.

Creo que ese es el único consejo que te quiero dar, sin yo ser madre. Discúlpame si estoy siendo impertinente, pero siento que te conozco bastante y me puedo tomar esta licencia. Lo demás, es buena suerte. Espero que encuentres el tratamiento adecuado para ti. Si quieres un día nos tomamos un café y te cuento mis experiencias, por si te sirven.

Antes de despedirme solo me queda una pregunta, una sola cosa que no entendí de toda la obra:
¿por qué la peluca, amiga?

Con cariño.
Isabel

Isabel Agurto
Periodista y editora

Instagram: @iagurto_

 

 

Esta crítica epistolar fue escrita a partir de la obra Casi Normales (Next to normal), que se presentó en el Teatro Municipal las Condes en Santiago de Chile, en octubre y noviembre de 2023, bajo la dirección general de Ramón Gutiérrez y la dirección musical de Francisco Kamei. El personaje de «Diana» fue intérpretado por Elvira López. 

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Monstruos en el parque: crítica epistolar a Sergio Arrau. Por Sergio Velarde

por Aplaudir de Pie 28 febrero, 2026

Querido profesor Sergio Arrau:

Donde quiera que se encuentre quisiera dedicarle unas palabras acerca de la obra de teatro que vi, escrita y dirigida por usted, allá por los inicios de los años noventas, en el Club de Teatro de Lima, ese sótano que se convertiría en mi segundo hogar a partir de esa fecha.

La obra fue “Monstruos en el parque”, que a pesar de su título apocalíptico no se trató de una puesta de suspenso o terror, sino de una comedia fantástica repleta de personajes y situaciones tan típicas para nosotros los limeños, y todo esto salpicado por ese corrosivo humor tan suyo, irónico y sarcástico, que poco a poco llegué a comprender y valorar.

Y usted solo necesitó al centro del escenario una banca de madera sin respaldo, un farolito de utilería a un lado y unas cuantas hojas de papel lustre verde pegadas en los telones que formaban la caja negra. En ese íntimo espacio, con 90 butacas, desfilaron doce personajes arquetípicos, interpretados solo por tres actores (cuatro personajes cada uno): la actriz retirada, la payasita huérfana, el arqueólogo ciego, una prostituta culta, un esposo infiel, entre otros, que se toparon en aquella noche en el parque y dialogaron con un lenguaje sencillo, entendible para mí, acerca de sus miedos, sus frustraciones y de cómo debían sobrevivir en una ciudad tan salvaje e injusta, mucho antes de pandemias, revoluciones
digitales y cambios climáticos.

¿Y los monstruos en el parque? Sí aparecieron, pero materializados por los tres actores en el aire, con su corporalidad, mimando con gestos y miradas. Y me la creí.

Disfruté la obra como usted no tiene idea y quedé maravillado de cómo con tan poco se podía lograr experiencias tan enormes y enriquecedoras para el público.

Me matriculé en el Club de Teatro en la semana siguiente y tuve la fortuna de tenerlo como profesor dos años, poco antes de que se retirara de la docencia.

Así como a mí, su legado no solo con “Monstruos en el parque”, sino con todas las obras que escribió y dirigió en mi país desde los años setenta, estoy seguro, le debe haber cambiado la vida a muchísimos jóvenes, que así como yo en los noventas, no tenía las cosas demasiado claras.

Este año yo dirigiré su obra en abril y espero que desde arriba me dé su visto bueno, pues la haré con mucho respeto hacia usted. Nos encontraremos pronto en el teatro, querido profesor.

 

Sergio Velarde
Periodista cultural y artistas escénico. Director del portal web Oficio Crítico

@sergio_velarde_1976

velardesergio2@gmail.com

Críticas

Consagrada. El fracaso del éxito.

por Zavel Castro 1 abril, 2024

Es por eso por lo que estamos aquí. Para luchar entre el dolor y, siempre que sea posible, para aliviar el dolor de los demás…

Andre Agassi, Open.

 

El dolor es la única constante. Algo, tarde o temprano nos tiene que doler: el camino que elegimos, las decisiones que tomamos, nuestra forma de querer, los sueños que alcanzamos y lo que no,  las ilusiones que soltamos en el camino… es inevitable que acumulemos heridas a medida que crecemos, algunas de ellas dejan huella en nuestro cuerpo para recordarnos lo que hemos vivido.  Pocas personas son tan conscientes del dolor como quienes entregan su vida al deporte.  Las atletas asumen que padecer es inherente a todo éxito o fracaso: entrenar, esforzarse por alcanzar una meta, insistir, resistir, están plagados de sufrimiento, de ello da cuenta de la obra Consagrada. El fracaso del éxito* interpretada por Gabi Parigi, con dirección de Flor Micha, escrita en coautoría por ambas artistas.

Parigi entra al recinto encorvada, como quien carga una cruz; en el cuello, sostenido por un cabestrillo le cuelgan medallas y en la cabeza vendada lleva una diadema de trofeos miniatura.  Avanza entre el público como si se tratara de una procesión, con ayuda de una muleta, sus piernas -una cubiertas también por vendajes y férulas- indican que se encuentra en proceso de recuperación.  A pesar de su actitud derrotada o quizás motivada por ella, se dispone a compartir su historia con el público. Su presentación sugiere que no será una historia feliz pues, ya desde esa primera aparición nos revela algo que en el mundo del deporte suele ser un secreto a voces: que los triunfos siempre son relativos, pues quien gana, a menudo, no sabe y no puede disfrutarlos.

En ese mundo las coronas lastiman.  Para los y las deportistas de alto rendimiento, ganar puede sentirse como una maldición, pues los galardones alientan y al mismo tiempo condenan a quienes los ganan a persistir en un camino lleno de frustraciones, sacrificios y sobre todo dolor, mucho dolor. El sufrimiento que implica cada triunfo a la larga les resulta redituable.  Algunos de los padecimientos son conocidos:  luxación, esguince, tendiditis, pero aquellos que dejan las secuelas más desgarradoras, a menudo, no se nombran.

Fotografía: Maca de Noia

Esta renuncia a la palabra se percibe en buena parte de la obra, pues Parigi narra gran parte de su historia con acciones, confiando en la expresividad de su cuerpo para transmitir lo que para ella implicó dedicar su infancia y juventud a la gimnasia artística: escuchar constantemente y terminar por convencerse de que nunca sería suficientemente virtuosa para ser una de las mejores, sobre todo porque su peso siempre supondría un problema para alcanzar sus metas.

La imposición de la cultura de la superación, que obliga a las gimnastas a aceptar todo tipo de maltratos y sacrificios; la privación de la comida, el control de la vida social y la limitación de las relaciones afectivas en nombre de la gloria deterioran la vida de las atletas, quienes suelen sufrir todo esto en silencio y en complicidad con otras deportistas que saben exactamente por lo que tienen que pasar para subir a un podio.

La palabra emerge a su debido tiempo convirtiéndose en una más de las herramientas que Parigi utiliza. Todos los elementos sobre el escenario, incluyendo su cuerpo le sirven para construir imágenes, alcanzando incluso, en algunos momentos, metáforas visuales. Estas se construyen especialmente cuando los objetos desobedecen el uso para el que fueron creados, como el plinton que sirve como pedestal y pantalla de proyección y la muleta que también sirve como soporte para micrófono. Este recurso enfatiza el vínculo entre el deporte y la ortopedia, una relación que por lo general es apenas mencionada por los medios, aún cuando las atletas pasan tantas horas recuperandose de las lesiones como aquellas que destinan a los entrenamientos.

La poca atención en los reportajes sobre la rehabilitación física que conlleva el atletismo profesional, se debe a que esto desluce el halo de gloria con que el periodismo recubre las notas sobre las competencias: lo que importa es insistir en que con disciplina, constancia y talento “cualquiera”puede convertirse en ídolo y ganarse la admiración del resto del mundo.

Fotografía: Maca de Noia

Este tono grandioso de las notas que tienden a ocultar los pesares del atletismo, se traduce escénicamente en el uso del contrapunto, que en la obra, consiste en narrar un suceso desagradable utilizando recursos cómicos, confundiendo, a propósito al público, que acompaña las escenas con una sensación agridulce e inquietante.  Por ejemplo, cuando Parigi narra el comportamiento de uno de los personajes que representan la figura del entrenador deportivo: sujetos exigentes y déspotas que someten a las gimnastas a los peores castigos (quien haya visto el documental Athelete A intuye cómo suele ser este tipo de maltrato). Sin embargo, esta escena tiene un toque de humor, la protagonista parodia al entrenador exagerando sus gestos, para mostrarlo como lo que es: un ser despreciable y ridículo, su actuación provoca risas entre el público, quien a la vez se siente muy incómodo. Una sensación que resulta familiar a las atletas aunque nunca se habituen del todo a ella.

A largo de su carrera, se acostumbran a recibir abusos y humillaciones de todo aquel que sienta que tiene autoridad para juzgar su desempeño y su figura, principalmente los comentaristas deportivos, aunque los aficionados también hablan con un tono de autoridad cuando de juzgar se trata (pensemos por ejemplo en los comentarios que algunos periodistas se permiten hacer en pleno siglo XXI sobre la gimnasta mexicana Alexa Moreno).

El uso del contrapunto también nos permite reconocer los matices y la complejidad de la vida deportiva. Pues a pesar de que hay mucho sufrimiento, también hay momentos gozosos. Se hacen amigas, se disfruta poner a prueba el propio cuerpo y alcanzar una nueva meta, viajar, competir. No es que todo sea malo pero es difícil vivir así.  A medida que se acerca el final, porque las carreras de las atletas suelen ser cortas, es inevitable preguntarse si todo ha valido la pena ¿No habría sido mejor rendirse? ¿valió la pena tanto sacrificio para conseguir una medalla? ¿Qué sigue al bajar del podio?

Quizás ganar tenga más que ver con reconocer que siempre tenemos la oportunidad de comenzar otra vez, que hay vida más allá de cualquier triunfo o derrota. En sus memorias, Andre Agassi llega a la siguiente conclusión: «Aunque no sea tu vida ideal, siempre puedes escogerla. Sea como sea tu vida, escoger lo cambia todo.» Esto es precisamente lo que ha hecho Parigi: rechazar el papel de víctima para construir una nueva vida.  No es el dolor lo que la define, sino las ganas de seguir.

Al salir del recinto lleva puesta una nueva corona, esta vez no la lastima. Saluda y sonríe con la cabeza en alto. Ha ganado en sus propios términos.

 

 

*Esta crítica fue escrita a partir de la función del 26 de marzo de 2024, en el Centro Cultural España en México.

 

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Amanda Labarca. Crítica-crónica* por Maurice Lamm-Häuser

por Aplaudir de Pie 15 marzo, 2024

La gente conversa entre ella, las conversaciones son inentendibles, hay olor a cabritas, ¿Hace cuantos años que no voy al circo?. ¡Aquí aquí! – grita una señora desde una par de asientos más adelante, con el teléfono pegado al oído mientras levanta y agita su mano libre. Estoy en el teatro, pero no lo parece. El ambiente no es sombrío como se acostumbra en los demás teatros, aquí la gente se mueve y habla y el olor a cabritas inunda el espacio. Así es el teatro real, ese teatro de calle, ese teatro humano, en donde la verdadera obra transcurre en un baile entre el público y los actores.

Si tuviese que comentar de todo lo que engloba a la obra destacaría la labor de todos los encargados de traer a la vida aquella obra. El sonido se utilizó con elegancia para retratar el estado mental de la protagonista, el vestuario y escenografía cumplen un rol que al principio podría resultar arbitrario, y cuando menos te lo imaginas toman un valor no imaginado
dentro de la historia, y es el contexto histórico el que nos ayuda a poder comprender todos esos detalles. La iluminación supo equilibrarse entre una iluminación realista y algo mucho más onírico. El guión, escrito por Isidora Stevenson, la interpretación de Ximena Rivas y a la dirección de Manuela Oyarzún Grau hacen que se te olvide por completo que toda la
historia ocurre en solo un día, en una habitación, en un monólogo.

En el teatro la obra muta en conjunto con su público, y para llegar al máximo esplendor del teatro en Quilicura, es necesario recordar que aquí no somos callados, aquí nos movemos, aqui se venden cabritas cuando la obra está por comenzar.

 

Maurice Lamm-Häuser
Director y docente

 

 

 

 

*Este ejercicio es resultado del taller de Crítica y Crónica impartido por Zavel Castro y Alejandra Delgado en el Festival Quilicura Teatro Juan Radrigán, en enero de 2024*

 

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La cueva de las orquídeas. Crítica de Said Galván.

por Aplaudir de Pie 27 septiembre, 2023

“Ya casi no queda nada de la vida como era antes” recita una de las dos señitos que forman parte de los personajes del barrio, al que nos invita la obra La cueva de las orquídeas. Tal vez puedas recordar esas tardes en que visitabas la casa de tus abuelos; tal vez llegaste a encontrarte con una caja de aluminio que sugería contener galletas, sin embargo, sólo si corrías con suerte, efectivamente, podías encontrarte con dichas galletas, pero en la mayoría de los casos, estos contenedores se reutilizaban para guardar agujas, carretes de hilo y otros instrumentos de costura; o tal vez , podías encontrarte con la sorpresa de que eran albergues de pequeños objetos y fotografías que se han negado a ser desechados, que han sido testigos del paso del tiempo, y que en muchos casos, han envejecido mejor que sus dueños; cajas que fungen como cápsulas del tiempo que resguardando en sus paredes de aluminio, registros fotográficos de eventos que en conjunto, reconstruían parte de la historia de tu familia, y que nuestras abuelas y madres conservaban como guardianas del tiempo.

Alguna vez yo me encontré con una caja de esas características, en cuyo interior yacía un bonche de fotografías y viejas postales que me mostraban parte de la juventud de mis padres; sin conocer por completo el contexto de cada fotografía, yo trataba de interpretar las escenas ahí retratadas, leyendo los gestos y actitudes de quiénes aparecían en estas imágenes.

Visitar La cueva de las orquídeas, me evocó a esos encuentros; como abrir un álbum fotográfico en donde pareciera que no existe una historia en concreto, sino un conjunto de recuerdos que cobran vida a través de las palabras, la música, el movimiento y los objetos.

En noviembre de 2019, el Colectivo escénico El Arce estrenó este espectáculo, para el cual, el Foro Antonio López Mancera, del Centro Nacional de las Artes, fungió como la caja de recuerdos en cuyo interior, nos encontraríamos con esta propuesta en la que se nos invita a recordar o conocer la imagen popular de un “típico” barrio de la Ciudad de México, a mediados de la década de los setenta; y donde se nos presenta a un grupo de niñas y niños que atraviesan la inquietante fase de cambio, que puede resultar el paso de la niñez a la adolescencia, a la par que, cada una de ellas y ellos buscan su lugar en el barrio, a través de méritos relacionados con la osadía y escondiendo las dudas y vulnerabilidades que genera el crecer.

Esta obra, cuyo título hace una referencia a la serie animada Ahí viene Cascarrabias (1969), fue el resultado de diversas exploraciones escénicas por parte de las y los intérpretes del Colectivo, coordinadas por Ignacio Escárcega y compartidas a Alberto Castillo, quien a través de su pluma, las concretó en una propuesta dramatúrgica, que posteriormente, sería abordada por David Almaga, quién además de ser intérprete escénico en la puesta, fungió como director musical, diseñando una columna importante sobre la que descansa el montaje, que es la atmósfera musical y sonora.

 

 

La primera vez que visité “La Cueva”, fue durante un ensayo general a una semana del estreno, al cual fui invitado por dos intérpretes de la obra, Verónica Ramos y Fernando Sánchez C. personas a quienes admiro, y que con honor y afecto puedo llamar “amiguis”. El domingo 3 de noviembre de aquel año, fecha en que coincidieron dicho ensayo y mi cumpleaños número 33; Vero, Fernando, mi mamá, dos amigas (Laurita y Xitlali), y mi (en ese entonces) pareja; se reunieron conmigo para festejar, mediante un picnic, mi llegada a la cansinamente llamada “edad de Cristo”, y que sería el preámbulo para que esa agradable tarde, fuéramos testigos de los resultados de un año de exploraciones y ensayos que tuvo para concretar la obra, el colectivo El Arce. Recordarnos echados sobre el pasto de las laderas del CENART, esperando la función, disfrutando del lujo que era convivir en el exterior, sin sospechar que en pocos meses nos veríamos obligados a encuartelarnos en nuestras respectivas casas, y que la vida como la conocíamos en ese entonces, cambiaría drásticamente, es un momento que me gustaría congelar en una postal y guardar en la caja de mi memoria.

 

¿Cuántos contenedores no hemos llenado con recuerdos? ¿Cuántas cajas no hemos requerido para preservar esos lugares felices, esos rincones de nuestra historia?

 

«¡Gracias por su espera, bienvenidas y bienvenidos a La cueva de las orquídeas!” Fue la indicación para poder acceder al foro, y esa primera etapa del ritual de acudir un acto teatral presencialmente, lo cual extraño.

Desde mi perspectiva, el espacio nos recibía presentando lo que yo interpreté como una especie de covacha o bodega, donde un conjunto de cajas de madera, de diferentes tamaños y de un tono claro, se encontraban dispuestas como si aguardasen el ser destapadas para revelar su contenido; al fondo del foro, una de ellas, que destacaba por ser de las más grandes, se elevaba del suelo por encima del resto simulando una mesa, la cual permitía apreciar sobre su superficie a algunos juguetes, de los cuales su mera presencia, detonaba en algunas personas la evocación de una época que parece distante en el tiempo, pero cercana gracias a la memoria. Acompañando a esta exhibición, un grupo intérpretes, ya en escena, ayudaba a contextualizar mediante juegos y cantos, hacia dónde nos dirigiríamos a través de la ficción; de entre voces que pregonaban “declaro la guerra en contra de mi peor enemigo que es…” y cuerpos que invitaban al público a jugar “resorte”, la inercia de aquel acto de bienvenida se encaminó hacia el inicio de una especie de concierto.

 

Karen Alicia, Virginia Mares, Leilani Ramírez, Verónica Ramos, Fernando Sánchez y David Almaga, formaban una orquesta dirigida por este último, dónde más allá de interpretar canciones o melodías en específico, el grupo trasladaba la esencia juguetona con la que iniciaron, hacia una ejecución armónica no sólo de instrumentos musicales, sino también de objetos como: corcholatas, cucharas, botes de mayonesa, zapatos de tap o una botella de “Chaparrita” modelo 76. Entre el sonido de la campana de la basura, el silbido del carrito de los camotes o el icónico ¡Lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños!

Algunas frases y sonidos que han sido parte del soundtrack de quienes hemos transitado y habitado esta ciudad, hacen su aparición en lo que para este punto ya empezaba a ser una fiesta de elementos auditivos que convivían en un patio de juegos; para así abrir paso a una serie de referencias sensoriales a través de las palabras, que se nos presentaron como en un paso de diapositivas, evocando aromas, sabores y sensaciones que buscan que conectemos con nuestro hogar y nos brindaran cierto sentido de pertenencia; comenzando así a establecer una relación emocional entre quienes están en escena y el público receptor.

¿Porqué nos vulnera tanto el recuerdo? ¿Por qué nos vuelve tan dóciles? Dicen que “recordar es volver a vivir” y que “uno siempre regresa a los lugares donde conocimos la felicidad”. ¿Será por eso que abrir estas cajas de recuerdos nos resulta tan significante? Tal vez por eso nos encanta (me encanta) compartir los recordatorios de Facebook e Instagram, y pensar en esos momentos felices y en aquella persona que definitivamente, “ya no soy”, pero que como una huella impresa en concreto fresco, es un vestigio de nuestro caminar por esas calles de nuestra memoria.

El domingo 1 de octubre de este año, La cueva de las orquídeas formará parte de la celebración del aniversario número 33 del Teatro Sergio Magaña, en la Santa María la Rivera; misma edad que yo cumplí cuando visité por primera vez «La cueva», y que, como dicen en otra de las obras que llevo en el cora, no creo que signifique nada, pero es una bonita coincidencia.

 

Said Galván (@saidglvn)
Alquimista de símbolos y entusiasta espectador teatral

Críticas

Tornaviaje. Crítica de Zavel Castro / Ilustración de Said Galván

por Zavel Castro 24 octubre, 2021

Han pasado dos años desde la primera vez que vi “el Tornaviaje” de Diana Sedano[1] . Respeto el artículo (el) que precede al título original (Tornaviaje), porque así es como lo llama ella con cariño, y al cariño hay que sumarse. Hago esta anotación sobre el tiempo que pasó desde la primera vez que la vi hasta los días que dediqué a escribir esto porque me parece importante defender la noción de la crítica como una reflexión que se cocina a fuego lento, como también la comprende Judith Butler a través de su interpretación del concepto de crítica de Foucault, para ella, la crítica es “una práctica que requiere cierta cantidad de paciencia, al igual que la lectura, de acuerdo con Nietzsche, requiere que actuemos un poco más como vacas que como humanos, aprendiendo el lento arte de rumiar.”[2]

Con este monólogo he actuado entonces como una vaca, y tras tanto masticar mis pensamientos he procurado articular una interpretación que no busca reiterar las cuestiones evidentes: que Diana es muy virtuosa, que los problemas familiares siguen siendo un material fecundo para la construcción dramática, que la escena del enmascaramiento literal (cuando Diana se disfraza de su padre) crea una imagen potente y que la resolución artística de su conflicto existencial, detonado por la relación con su padre, es conmovedora. Me parece que para pensar esta obra, más allá del veredicto consensuado, hace falta profundizar en las razones que hacen posible esta recepción. La decisión dramática y discursiva de la pieza  arroja la primera pista sobre el efecto sensible que produce en su totalidad, pues, funciona a partir de un mecanismo de enunciación que, de acuerdo con Óscar Cornago, se reconoce a partir de cierto tipo de actuación en primera persona, que remite a una verdad interior sobre la que se construye una identidad.

(El) Tornaviaje despliega un diseño identitario en el que confluyen el personaje artístico público de Sedano (una actriz  reconocida en el medio teatral mexicano),  el personaje que interpreta en el ámbito familiar (es la hija de alguien) —que hasta la escenificación de esta obra permanecía lejos de la esfera pública— y un personaje inacabado (a pesar de todo no sabe quién es) que busca definirse a través de las ficciones a partir de las cuales se han construido las narrativas sobre la identidad colectiva y la identidad personal; hablo de la ficción genealógica  (es así porque su padre era así) y la ficción sobre el origen (es así porque es de cierto lugar), que  lleva al personaje a decidir emprender un viaje con la ilusión de que al entrar en contacto con “sus raíces”, descubrirá algo de sí misma, con suerte algo que logre completar su narrativa y tranquilizar su sensación de incertidumbre; podríamos pensar que lo que busca este personaje es consuelo y que a su parecer este se logrará mediante el contacto con el mundo del padre y sobre todo con la compartición de esa experiencia. Siguiendo este orden de ideas, y a la luz de la teoría de Cornago, esta creación podría pensarse como un dispositivo confesional.[3]

¿Qué es lo que confiesa el personaje de Diana ? Para profundizar la interpretación, sugiero superar la anécdota de la obra, parece confesar algo sobre el padre de Diana,[4] pero quizá esté desvelando algo más significativo y vergonzoso para ella misma. Pienso esto porque la revelación de ese secreto no conseguiría conmover a una masa de espectadoras forjados en una cultura paterna definida por el abandono y el maltrato[5], y porque lo que dice sobre él tampoco se constituye plenamente como una confesión según la definición de Sergio Blanco: “[…] la revelación pública de algo ominoso, vergonzoso, humillante, siniestro, prohibido, ilegal, clandestino o indebido que antes de estar expuesto estaba oculto y velado […]”.[6]

Es posible adscribir (el) Tornaviaje en la categoría de la autoficción, un género literario (y escénico) que se define por la asociación de elementos autobiográficos y  ficcionales.[7] Esto deja fuera los cuestionamientos sobre lo “verdadero” y lo “falso” que pudieran estar en la obra, pues al ser dos conceptos al mismo tiempo, la frontera entre realidad y ficción se evapora, y en su lugar abre paso a la reflexión sobre la confesión escénica, retomo nuevamente a Blanco: “[…] la autoficción favorece que lo indecible pueda ser decible y permite que aquello que estaba relegado al silencio pueda encontrar un espacio de dicción [….] el acto de confesar -y sobre todo el acto de confesarse- implica un desahogo, un profundo alivio.”[8]

Acaso, la confesión de Diana al escenificar el viaje que realiza sobre sí misma, simultáneamente durante el viaje que realiza hacia el exterior, sea demasiado sencilla: quizás (re)presenta esto para sentirse menos sola, para soportar el vértigo que supone la vida, para saberse acompañada en esa incesante búsqueda de la certeza de que su padre la ama, aún cuando no haya querido incluirla en su vida pasada. Pienso que la confesión radica en esto y no en lo otro, porque en atención a nuestra cultura judeocristiana que recomienda el amor al prójimo pero no el amor a una misma, decir que queremos y necesitamos ser queridas puede ser vergonzoso.[9] Pregunten a cualquiera las razones de alguna elección (profesional, laboral, académica o personal) y probablemente lo último que escucharán sea la necesidad de ser y de sentirse queridas. Esta misma cultura vincula la confesión con la culpa, acaso el personaje de Diana sienta culpa por pedir que la quieran como no la han querido, pues  el aplauso que consigue con su personaje actriz, el abrazo que recibe su personaje hija, el descubrimiento que ocasionó su personaje incompleto han sido maravillosos y gratificantes, pero no han sido suficientes. Acaso la representación del dolor que produce esa necesidad y la intuición de que jamás llegará a satisfacerla del todo, y la culpa que produce esa confusión sean las razones por las cuales (el) Tornaviaje ha sido recibida con los brazos abiertos por el público, que aplaude porque esa es su manera de querer a una actriz que consigue sincerarse aún cuando no enuncia su confesión, pues, finalmente las espectadoras no necesitan escucharla, porque frente a ellas se encuentra un personaje frágil al que hay que cuidar dignamente. La vulnerabilidad es admirable, cuando acontece en el teatro, conmovedora.

 

todas somos hijas de alguien

y

todas queremos que nos quieran. 

 

Por supuesto que todo esto es simplemente una hipótesis, el desarrollo de una interpretación posible sobre una obra.

 

(escribir esto es la manera que tengo para hacerme querer)

 

 

 

 

[1] A la fecha he visto Tornaviaje tres veces: la primera (2019) en Xalapa, en el foro Área 51 por invitación de Alejandra Serrano, la segunda en Teatrix (2021) y la tercera (también 2021) en la Ciudad de México en el Sala Xavier Villaurrutia por invitación de Fernanda Árcega.

[2] (Butler, Judith. Trad. Marcelo Expósito. “¿Qué es la crítica? Un ensayo sobre la virtud de Foucault”. pág.8, en: https://transversal.at/transversal/0806/butler/es (consultado por última vez el 21 de octubre 2021) Por esto es que desconfío de las críticas que se escriben a vuelapluma, pues el pensamiento no avanza al ritmo que marca el sistema.

[3]Cornago, Oscar. Actuar “de verdad”. La confesión como estrategia escénica, en:  http://archivoartea.uclm.es/wp-content/uploads/2019/04/Oscar-Cornago-La-confesion-como-estrategia-escenica-1.pdf (consultado por última vez el 22 sw octubre del 2021). Según Cornago, la confesión (propia o ficcional) es la estrategia mediática-escénica predominante, ciertamente he podido localizarla en varias obras en los últimos años,  pienso en Cartografías de la memoria, Now Playing, Un acto de comunión, Conferencia sobre la lluvia, Manual para mujeres infames, La Prietty Woman, The Shakespearean Tour, Cachorro de León, Camille Claudet, Manual para mujeres infames, incluso en algunos números de stand up-comedy, como el de Luis Roberto Orozco “Garconne”.

[4] Esta posibilidad me tentó en su momento a sumar esta obra al debate sobre los límites éticos del teatro, si así fuera, provocaría la discusión preguntando si los hijos tenemos derecho a llevar al teatro los secretos de nuestros padres por el simple hecho de que esos secretos nos interpelan, y acaso nos hayan afectado en algún sentido, ¿Qué derecho tenemos sobre los secretos de nuestros padres o sobre cualquier persona? Por ahora guardaré estas preguntas para las discusiones con otras espectadoras.

[5] Pocas son las personas que declaran tener relación con su padre y menos aún aquellas en la que esa relación haya sido amorosa y benéfica. Yo no me cuento entre estas excepciones.

[6] Blanco, Sergio. Autoficción. Una ingeniería del yo. España, Punto de Vista editores: 2018. pág. 75. Para esta crítica quise buscar en el pensamiento de autorxs que sé que a Diana le interesan ¿De qué sirve la crítica si no busca tener un punto en común con las artistas, además de su obra?

[7] Ibídem. pág.21

[8] Ibídem. pág.75

[9] “[…] no escribo porque me quiera a mí mismo, sino porque quiero que me quieran ¿Por qué irrita tanto que alguien busque ser querido? ¿Puede haber acto menos arrogante que necesitar el amor de los demás?” Sergio Blanco, Óp. Cit. pág.109

 

Fuentes consultadas:

Butler, Judith. Trad. Marcelo Expósito. “¿Qué es la crítica? Un ensayo sobre la virtud de Foucault”. pág.8, en: https://transversal.at/transversal/0806/butler/es (consultado por última vez el 22 de octubre 2021)

Blanco, Sergio. Autoficción. Una ingeniería del yo. España, Punto de Vista editores: 2018.

Cornago, Oscar. Actuar “de verdad”. La confesión como estrategia escénica, en:  www.arte-a.org  (consultada por última vez el 22 de octubre de 2021).

Críticas

Ese Bóker también es Monterrey. Crítica de Carlos López Díaz.

por Aplaudir de Pie 8 julio, 2021

Monterrey se ha caracterizado por ser una población altamente conservadora. Se restringen los derechos de las minorías, se penaliza el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y se considera a las zonas más pobres como “fábricas de delincuentes”. Contrariamente, esto viene acompañado de una narrativa sobre “la ciudad del progreso”, la cual presenta a la zona y sus habitantes como altamente competitivos laboralmente, líderes en generación económica y con un nivel de ingresos y de vida superior al de la media nacional. Incluso aunque el Área Metropolitana de Monterrey está conformada por 13 municipios, cuando se habla de ésta se les invisibiliza, nombrándola solamente como “Monterrey”. Cualquier cosa que altere esta versión conservadora es visto como una amenaza porque no está alineado a los intereses comunes: decir que ser de Monterrey es pertenecer a una clase superior de mexicanos.

El Monterrey del ensueño.

Hay una idealización del primer mundo, representada por el estilo de vida estadounidense; el regio aspira a ser gringo. Diseñó una ciudad intransitable a pie, con el automóvil como rey y atravesada por dos vías alrededor de un río que pretendían convertirse en “freeways”. Sus lugares de ocio (plazas comerciales) están vinculados con el desembolso de dinero. Su aspiración es trabajar en una de las grandes empresas que existen en la ciudad, aún y cuando eso significa extender su jornada de trabajo a más de 12 horas diarias. Viaja a McAllen de shopping (y hasta a comprar hamburguesas), vacaciona en la Isla del Padre y sueña con pasar un año nuevo en Nueva York.   Aprende inglés desde pequeño, por lo que solamente consume música y televisión en inglés (ya fuera con parabólicas, cable, antena o recientemente en streaming) Para el regio promedio, todo aquello que no lo represente como exitoso, superior, de clase mundial, no merece ser contado.

Por supuesto, esta narrativa incluyó que en su momento no se supieran todas las historias del periodo de violencia, derivado de la “guerra contra el narco, vivido en los inicios de la década del 2010. Aún y cuando las conversaciones cotidianas terminaban siempre en el mismo tema: “Ayer balacearon a uno enfrente de mi casa”, “¿supiste que hubo persecución en Garza Sada?”, “me tocó desviarme porque bloquearon la avenida”, el discurso hacia afuera fue siempre el mismo: “somos el motor de México”, “estamos superándolo”. Los medios de comunicación, amparados en el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia en México, firmado en 2011, redujeron el número de notas sobre ejecutados, balaceras y persecuciones relacionados con la guerra contra el narcotráfico. En parte por las amenazas que ya empezaban a tener por parte de las bandas del crimen organizado, como por la saturación de este tipo de información en sus espacios noticiosos.

Este periodo dejó heridas en la vida de sus habitantes, las cuales hasta la fecha no han terminado de cicatrizar. No fue solamente la pérdida de vidas derivada de los enfrentamientos entre narcotraficantes y las autoridades policiales y militares, sino que la cotidianeidad de la metrópoli dejó de ser la misma. La vida nocturna se apagó, los fraccionamientos privados se pusieron de moda excluyendo a sus habitantes del entorno en que viven y muchos jóvenes empezaron a ver un futuro muy poco prometedor, enmarcado en la eterna crisis económica mexicana.

El Monterrey que no se quiere ver.

Un ejemplo del contexto anterior lo podemos ver en la película Ya no estoy aquí”, del director Fernando Frías, donde vemos la historia de Ulises un joven cholombiano perteneciente a la pandilla llamada “Los Terkos” el cual debido a un incidente con la delincuencia organizada se ve obligado a emigrar a los Estados Unidos y enfrentar una lucha por su identidad. Tras su estreno en 2019, las críticas a la película surgieron y no por sus elementos técnicos, o por la historia que se contaba, sino porque “esa película no representa a Monterrey”, “esos (los colombianos) son unos pocos, nadie los conoce” “asco, las cumbias rebajadas”. Ya ni qué decir de cómo saltaron les conservadores cuando supieron que la película estuvo en la terna para ser nominada como mejor película extranjera en los premios Oscar.

La película ocurre y fue filmada en locaciones en Monterrey, específicamente en colonias alrededor del Cerro de la Campana que fueron lugares habituales de venta y distribución de droga, así como enfrentamientos del narcotráfico con las autoridades. Varias de las escenas presentan un contraste entre el Monterrey del “progreso” y el de la mayoría de sus habitantes, como lo vemos en aquellas filmadas en los restos de unas casas a medio terminar ubicadas en lo alto del cerro, teniendo de fondo los altos y costosos edificios construidos en San Pedro.

No entender que una urbe del tamaño de Monterrey se compone de una diversidad cultural, nos ha llevado a la polarización tanto económica como de clases sociales e incluso a brotes de xenofobia despreciando lo que “no es de aquí”. Por su posición geográfica, las oportunidades académicas y laborales, la ciudad es recipiente de muchas personas de diferentes lugares del país que venimos con la esperanza de tener mejores oportunidades que en nuestro lugar de origen. Por citar un ejemplo, más del 20% de la población regiomontana nació fuera del estado, y de éste, 5% corresponde al estado de San Luis Potosí.

Los potosinos han creado sus propios ghettos en la ciudad. Habitan colonias específicas, tienen lugares de convivencia exclusivos, se relacionan entre ellos mismos. En general, se han aislado de la sociedad regiomontana porque no los han aceptado como parte de ella. Son, en gran medida, parte de la fuerza laboral que hace trabajos pesado con mano de obra barata. Muchas veces cuenta con sólo la educación básica y se emplean en la construcción, en la gastronomía informal o en labores de limpieza (residencial o industrial). Aún y todo eso, no ocupan posiciones políticas, ni tienen presencia en medios y son invisibilizados en las historias de la ciudad. Peor aún, hasta les tienen un apodo: chiriwillos. La sociedad regiomontana se quiere parecer tanto a la estadounidense que hasta tiene sus propios beaners.

Este mismo aislamiento pasa con los locales, pero aquellos que, aunque nacen dentro del área metropolitana, están geográficamente alejados del centro de la urbe. Son regios, sí, pero no comparten la visión del agringamiento. No escuchan música en inglés, no hacen viajes al extranjero, no ven series gringas. Al contrario, ven el canal local de Multimedios, sus salidas son totalmente esporádicas (¿cómo pagar un boleto de camión de 12 pesos pa’ toda la familia ida y vuelta?) y escuchan cumbias y vallenatas, como las del Kombo Kolombia.

Una masacre que dio luz.

Por allá del 2013, un viernes se coló a los medios una nota relacionada con el narcotráfico. Los 18 integrantes de El Kombo Kolombia, una agrupación de música cholombiana y vallenata, habían desaparecido después de haber tocado en el municipio de Mina. “El Kombo” amenizaba reuniones y bares locales ganándose un público que lo seguía a sus presentaciones. Para el lunes, las autoridades confirmaron que 17 de ellos fueron encontrados asesinados y apilados al fondo de una noria. Las investigaciones concluyeron que fueron ejecutados por miembros de un cártel debido a que habían realizado presentaciones en la fiesta de un cártel contrario. Dieron con los cuerpos gracias a que uno pudo escapar de la ejecución y condujo a los investigadores a la fosa improvisada. A la fecha todavía hay bardas en algunos bares del centro de Monterrey donde quedaron los anuncios de sus presentaciones, y sus canciones se siguen escuchando en Youtube. El narco le arrebató el Kombo a la ciudad, pero la ciudad no lo deja ir.

Hasta ese entonces, todas las personas que fallecían a consecuencia de la guerra del narco permanecían como una estadística más, especialmente aquellas de comunidades fuera del centro económico de Monterrey. Sólo ocuparon titulares los nombres de Jorge y Javier, dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey asesinados por el ejército dentro de las instalaciones de la universidad debido a una supuesta confusión. La muerte de dos estudiantes de excelencia causó más conmoción que todos los abatidos en las colonias populares, quienes siguen en el anonimato.

Para Víctor Hernández, artista escénico oriundo de Santa Catarina, Nuevo León, hay algo interesante en esa historia es la identidad del sobreviviente de la tragedia del Kombo. Por seguridad de éste, cuando salió en televisión contando los sucesos, su cara fue pixelada y su nombre ocultado. No sabemos quién es ni su origen, ni siquiera qué instrumento tocaba en su grupo. Una vez más, una identidad borrada porque no corresponder al imaginario regio.

En la puesta “Ese bóker. En el campo del dolor”, Víctor nos propone darle una identidad al sobreviviente y crear una ficción a partir de ésta. El Bóker, protagonista de la obra, no sólo es un integrante del Kombo, sino que es un joven que se escribe cartas de amor con su morrita, con quien también va a fiestas a perrear y bailar colombianas, aunque los hermanos de ella no los quieran ver juntos. Tiene el sueño de salir de donde se encuentra, aunque también tiene cierta resignación por el poco prometedor futuro que alcanza a divisar.

Foto: Carlos López Díaz

 

El bóker en el Nuevo Reino de León.

La historia se presenta como una fantasía distópica cumbifidencista que sucede en el Nuevo Reino de León y de cuyas referencias cual el público regio no es ajeno. Nos recibe un viejo de la danza, integrante de un grupo de matachines que danzan en honor al Niño Fidencio. El mito del Niño Fidencio nació en la frontera de Nuevo León con Coahuila. Lo que anteriormente fuera una próspera población que funcionaba en torno a una estación de ferrocarriles, a inicios del siglo XX empezó a convertirse en un destino religioso tras la aparición de un joven al que le adjudicaban poderes divinos de sanación.

El viejo, ataviado con ropa de mezclilla de la que cuelgan retazos multicolores, se pasea por las butacas, mientras balbucea palabras y lanza desinfectante en aerosol a la audiencia. Mientras tanto el elenco, ataviados como matachines, ingresa por los pasillos laterales rumbo al escenario. La modernidad ha atravesado a la tradición: además de sus clásicos faldones, portan playeras sublimadas con la imagen del niño Fidencio en el frente y el nombre de cada integrante en la espalda con letras multicolores y usan tenis Converse. Da inicio la función, el viejo de la danza se convierte en el tamborilero y los matachines comienzan su danza. Somos bienvenidos a la fiesta fidencista, que será también el comienzo del ascenso del Bóker hacia otro plano espiritual.

De repente comienzan a despojarse de su indumentaria y nos trasladamos del rito de adoración al del baile moderno de una quinceañera. Una guirnalda de globos rosas enmarca el escenario. La única mujer matachín es ahora la festejada Parkita, ataviada con un vestido rosa, y su chambelán es El Bóker, quienes en lugar del vals se enfrentan en un reto de baile colombiano. Sí, las cholombianas también tienen quinces y se enamoran de verdad. El resto del elenco son ahora tres integrantes del choloballet que acompaña a la quinceañera.

Foto: Carlos López Díaz

 

Como en cualquier fiesta de este tipo, los jóvenes se dan una escapada al OXXO, con el pretexto de comprar cigarros, una coca cola o unos chicles, aunque en realidad quieren su propia reunión privada. Un letrero retroiluminado del negocio se hace presente, mientras los jóvenes juegan con restos de basura. Aprovechan para contar al público la situación actual del Nuevo Reino de León: la pandilla de los Dark Sides se ha apoderado de los arroyos secos del reino, desplazando con violencia a los seguidores del Santo Niño. El Bóker no es del agrado de estos últimos, ya que los traicionó durante uno de los enfrentamientos contra los Dark Sides, sacrificando incluso a un chiriwillo trabajador de un OXXO para salvarse.

 

Foto: Carlos López Díaz

El Bóker, harto de la situación, decide ir con La Niña Aurorita, en terrenos de la pandilla de Los Metafísicos, a pedir su intercesión ante el Niño Fidencio para que lo canonice y se convierta en uno de ellos, un cajita. Empieza entonces una batalla de rimas vallenatas, con un grupo improvisado como el que se sube a tocar en los camiones o ameniza las mañanas de mercadito. El Bóker acepta su nuevo destino. La violencia se apodera del reino, nos cuentan, camionetas circulan por la ciudad, cuerpos caen y son rodeados por cintas amarillas. La canonización tiene un precio: los cuerpos del Kombo Kolombia.

El caos impera en la ciudad mientras se canoniza al Bóker. Caen rocas del cielo que queman los instrumentos del Kombo, y arrastra a sus integrantes al suelo. La polvareda del desierto, que todo desaparece, que todo cambia, se hace presente en la devastación. Se escucha repetidamente en el aire “los cuerpos se deshacían en el desierto” “el Kombo Kolombia está completamente muerto”.  El Bóker, La Parkita y sus tres amigos entran en un trance al ritmo de música electrónica, mientras brincan en medio de la polvareda. Se ha cumplido la voluntad, el bóker será un cajita. El telón se cierra.

En medio del telón reaparece El Bóker es ahora un cajita. Viste una túnica totalmente blanca con una capa roja y usa un látigo como cinto. Es casi un santo, redimido y confesado ante El Creador. Los que antes eran sus amigos ahora son un trío de pecadores a los cuales persigue alrededor de su propio charco de lodo. Sin embargo, La Parkita, aparece para recordarle que no puede dejar su pasado atrás, que también es un pecador, no sólo por haber asesinado al chiriwillo, sino por sus hijos no nacidos y, sobre todo, por traicionar a su barrio. De un disparo, lo inmoviliza y lo hunde en el charco, no sin antes confesarle el enigma del misterio de la muerte.

Foto: Carlos López Díaz

 

Esto también es Monterrey.

 

Este Bóker es un héroe trágico de Monterrey. Dista mucho de la representación de aquél regiomontano que trabaja duro, que quiere ser gringo, que no se rinde. Es un personaje violentado por su mismo entorno, dentro de una ciudad donde es nadie, donde si muere o desaparece todo seguirá igual. Pero también es alguien que sabe disfrutar de pequeñas cosas que nos hacen humanos, como el amor, la fe y el baile.

 

Además, es un personaje que puede ser protagonista de una historia y de una fantasía, con un universo creado a partir de su mismo entorno. Vemos así una tardeada en el antro Arcoiris con música de reggaetón, un aire lavado para mitigar el calor nocturno, el lenguaje del barrio que no se aprende en la escuela, un santo no oficial al que se le venera.

Monterrey es algo más que empresas, éxito y futbol. También hay cumbias rebajadas, vallenatas y reggaetón. Hay quienes tienen fe en fenómenos espirituales y quienes se refugian en las drogas para sobrevivir la realidad. Hay quienes intentan, intentan y siguen intentando. Hay quienes fracasan y mueren intentando. Hay quienes mueren sin intentar. Los que habitamos esta urbe debemos conocer sus historias.

Foto: Carlos López Díaz

 

El teatro tiene el poder de convertirse en un foro adecuado para contarlas, nos permite generar espacios imaginarios donde es posible que otras realidades encarnen frente a nosotros. Vernos y ver a los demás, sin necesidad de atarse a una forma de ser, a una voz determinada o a un imaginario idealizado. La realidad desde el punto de vista de quienes la viven, pero también el futuro que nos gustaría tener.

 

Carlos López Díaz. Espectador teatral norestense.

Críticas

Una mesa. Otra crítica musical para otro teatro musical, por Ricardo Ramírez

por Aplaudir de Pie 15 mayo, 2021

«Mis obras son fruto del conocimiento que tengo de la música y también de mi conocimiento sobre el dolor» Schubert

El escenario blanco, un espacio infinito casi vacío nos coloca en la mente del personaje, en este lugar ahora habita un único pensamiento, la razón que lo ha llevado a este momento.

 

Los elementos en el escenario que en una primera vista pertenecen a una utilería común, conforme avanza la puesta adquieren protagonismo al ser las herramientas que el actor da uso como instrumentos para encaminar los sonidos a su fatídico dolor.

 

El actor está sentado sosteniendo su propio peso colocando sus codos sobre las piernas, su mirada está anclada al piso. Una pequeña mesa de madera está a su lado, es el primer objeto con el que interactúa, sin decir una palabra la música emerge de esta mesa, una canción que hace alusión a la añoranza por alguien que ahora está fuera de su alcance.

Tomando la idea donde una mesa se puede entender a la mesa redonda como un lugar apto o idóneo para realizar debates y disertaciones en conjunto con personas especializadas en diversos temas para llegar a una resolución, el personaje tiene un enfrentamiento consigo mismo, con sus recuerdos, con sus reproches.

La música es un lenguaje que la humanidad usa como medio de comunicación, se construye originalmente con armonías y melodías que evocan emociones capaces de afectar el cuerpo, interviene con el ritmo cardíaco y estimula al cerebro. Trasciende la barrera del idioma, pues aun cuando una pieza contiene letra no es absolutamente necesario conocer la lengua en la que fue escrita para identificar la emoción que busca transmitir. ¿Cuántas veces hemos pensado que una canción dice mucho mejor lo que sentimos? 

La música puede afectarnos con más fuerza que las palabras, existen razones técnicas, no solo depende de la tonalidad, también puede involucrarse el arreglo y el tipo de instrumento que sea utilizado aun cuando los compositores suelen usar un tono menor para la nostalgia no es el único método. También se puede encontrar en diversos géneros y estrategias de producción utilizando ritmos monótonos, teclados minimalistas, melodías envueltas en beats electrónicos, voces susurrantes, guitarras delicadas entre muchos otros elementos.

Zypce, conocido por su perfil de músico y elaborador de métodos alternativos para reproducir sonidos y música como parte de sus obras. La selección de canciones utilizada en Una mesa están cargadas de melancolía ¿de dónde surge el gusto por escuchar canciones tristes?

Bajo el contexto artístico tendemos como espectadores a crear un lazo empático con la sensación de tristeza remontándonos a experiencias personales significativas. La obra nos muestra un espectáculo unipersonal donde el personaje en duelo por una pérdida amorosa utiliza como intérprete de su dolor canciones de distintos géneros y épocas, una selección para que le ayuden a expresar lo que no puede decir con su propia voz, dejando que las siete canciones tomen el lugar de su habla.

En su playlist doliente, se escucha “Every breath you take”, de The Police, una canción bonita y perturbadora al mismo tiempo, que habla sobre un amor no correspondido. Lo que no se sabe es si el objeto amoroso está al tanto de esa fascinación o quien canta es un acosador anónimo, después, el personaje canta “My way” de Claude François, popularizada con la interpretación de Frank Sinatra, narra la historia de un hombre al final de un ciclo tras una vida plena, enfrentándose y superando sus problemas sin buscar complacer a nadie que no sea él mismo.

Y es que la música triste es un método de sanación.

“Uno sabe que está en problemas cuando la gente ha dejado de escuchar música triste porque ya no quieren saber más, se están apagando así mismos” Thom Yorke

 

Ricardo Ramírez (@RicardoxRam)

 

 

Críticas

ESTADO VEGETAL como desobediencia estacional. Crítica de Andrea Biestro.

por Aplaudir de Pie 15 mayo, 2021

INTRODUCCIÓN 

Mucho se ha hablado del carácter post-antropocéntrico de las obras de Manuela Infante y de su constante exploración de un lenguaje dramatúrgico no convencional. Esta suerte de desobediencia al teatro tradicional fue la inspiración para el siguiente texto realizado dentro del taller de crítica teatral de Zavel Castro y Teatralízate.

 

PRIMAVERA (desobediencia femenina)

 

ADÁN:  … y no lo olvides: tú te llamas Eva. Repítelo: Eva.

EVA: ¿Por qué?

ADÁN (Confundido y, naturalmente, airado.): ¿Cómo que por qué? Esas preguntas no las hace una mujer decente. Obedece y ya.

EVA: No veo la razón

 Castellanos, Rosario (1986, p. 75)

 

El jardín del edén que propone Rosario Castellanos en su obra El eterno femenino tiene a una Eva que se rebela ante la exigencia de Adán por etiquetarla. No solamente desobedece en la misma manera en que lo ha hecho a lo largo de todos los relatos y representaciones bíblicas (comiendo del fruto prohibido), sino que desde  sus primeros diálogos, se rehúsa a ser parte de un juego patriarcal que ella puede ver por lo que es: un convenio que a ella la pondrá siempre en una posición de sumisión. Y como si del jardín del edén se tratara, Eva es el nombre de uno de los personajes de ESTADO VEGETAL (dramaturgia de Manuela Infante y Marcela Salinas). Ella es presentada por primera vez en la obra en voz de un personaje masculino:

 

RAÚL: Participativa la señora, ¡pero pucha que es insistente!

 

Al igual que la Eva de El eterno femenino, incomoda con sus opiniones, con sus preguntas. No importa si su insistencia para podar un enorme árbol cuenta con argumentos válidos, a ella se le clasifica como la típica espina de un rosal. Lo mismo sucede con el personaje de María Soledad  (presentada también por Raúl:  …tiene algún tipo de “capacidad diferente” si se quiere decir de un modo más contemporáneo), una mujer con algún tipo de discapacidad intelectual quien, al subirse al árbol y negarse a descender de él, impide que los empleados del municipio lleven a cabo su trabajo. A los ojos de los demás, ambas son pequeñas piedras en los zapatos. Flores que sirven de adorno, cuya presencia es apreciada mientras llenen el ambiente con su aroma, mas nunca con su voz. La desobediencia de ambas mujeres está sembrada en su hablar constante, y en hacerlo a través de su muy particular manera de enunciar cada palabra. La actriz Marcela Salinas crea para cada personaje un tono de voz específico, diferenciado además por modulaciones en velocidad, volumen, acentos, y variaciones en la pronunciación. Pensando en Gilles Deleuze y sus nociones de lenguas mayores y menores[1], podría decirse que estamos ante una insubordinación polifónica que rompe con el discurso teatral tradicional, lo que dota de frescura y ligereza a las escenas iniciales. Dentro de un escenario austero, dominado por tonos neutros, los colores que crea Salinas al hablar se asemejan a las flores de las jacarandas que pintan de vivos violáceos sus ramas antes vacías. Una primavera en todo su esplendor.

Fotografía: Migue Lecaros

 

VERANO (desobediencia originaria)

 

El número de indígenas por tribu tiene serias repercusiones para la defensa del territorio y acceso a derechos. En este contexto, puedo comprender que la vida amorosa de una mujer indígena canadiense, algo tan íntimo y personal, esté atravesada por la manera en la que el Estado sanciona lo que es indígena y lo que no lo es. La mujer del blog hablaba del deseo que ella tenía de tener descendencia que fuera reconocida como indígena, 100% indígena, de ser posible, de manera que su comunidad pudiera contar con la población suficiente para acceder a determinados derechos.

 

Gil, Yásnaya Elena. (2019, p. 33)

 

La desobediencia en ESTADO VEGETAL no está limitada a las mujeres. En una escena que parecería hecha para evocar la nostalgia de las abuelas cuidando las plantas de sus hogares, la historia comienza a tomar otros matices: seres no humanos que se apoderan de un cuerpo, de un espacio, de un planeta. Una rebelión de quienes estaban ahí antes de que aparecieran los humanos, reclamando lo que les pertenece.

 

RAÚL:  Claro, oiga, el árbol estaba ahí desde antes que se instalara el alumbrado público. Incluso yo me atrevería a decir que todas las personas que estamos viviendo acá en la comunidad vinimos… digamos, después del árbol.

EVA: Y esta casa te juro que te lo doy firmado, era, es que era… era.. ¡una selva! Se la habían comido las plantas. (…) cuando se acabe el ser humano de la faz de la selva, las plantas se van a demorar tres meses en cubrirlo todo. El planeta va a ser como una pura bola verde.

NORA: Pero, ¿por qué tú vas a querer que yo destroce el piso de mi casa?! ¿Cómo que no es mi casa?! ¿Cómo que ustedes estaban aquí antes que yo?!

JOSELINO: Me acuerdo patente que yo pensé que las plantas como que se hubieran rebela’o contra los maceteros. (…) Ese día la iñora me dijo con la voz así como un hilito: “Joselino, dicen que quieren recuperar el territorio”.

 

La planta “domesticada” dentro de un macetero, queriendo recuperar el territorio no es muy diferente de la mujer indígena canadiense de la que habla A. Gil. La analogía que se plantea es que ambas eran dueñas de una tierra que les fue usurpada por los colonizadores. Oprimidas en su propio hogar, en su lugar de origen, su lugar ancestral. Obligadas a vivir bajo las reglas del invasor: la planta confinada a una maceta, la mujer expuesta a “la vulnerabilidad de responder a los rasgos del Estado que te valida como suficientemente indígena.” (ibid. p. 36) A. Gil hace hincapié en que en México esta validación se da a través de la lengua y no como en Canadá, donde se usan cuotas de sangre. Es curioso que una lengua catalogada como indígena sea la herramienta que el Estado utiliza tanto para discriminar (la educación pública lleva décadas dando más valor a la enseñanza en español y a los recursos didácticos disponibles para profesores que lo hablen) como para definir los apoyos que pueden recibir las comunidades. Las palabras en lenguas originarias como desobediencia ante el autoritarismo colonizador, cubriendo el país cual suave y fértil césped que siempre logra renacer de entre la tierra.

 

En ESTADO VEGETAL, las palabras inundan el espacio como follaje tupido que cubre las ramas. De los personajes de Don Raúl y Eva florece una  verborrea por momentos ininteligible, que los dota de toques humorísticos sin sacrificar el entendimiento de sus discursos. La analogía humano-planta cobra más fuerza, fruto del uso de figuras retóricas dentro de los diálogos de los personajes (“Nunca echó raíces”, “Se va por las ramas”). La misma voz de la actriz es replicada como un espeso bosque gracias al diseño de sonido y a la tecnología de live loops que ella misma graba y echa a andar. Y como las hojas que se reproducen en una misma rama, existen en la obra parlamentos que repiten diferentes personajes en distintos tiempos de la narrativa. Un verano que poco a poco va pintando de verde el escenario a través de la iluminación y de las plantas que van agregándose conforme avanza la obra.

Fotografía: Maida Carvallo

 

OTOÑO (desobediencia existencial)

 

Algunos de los nuestros son ahora exactamente como árboles, y se necesita mucho para despertarlos; y hablan sólo en susurros.  Pero otros son de miembros flexibles, y muchos pueden hablarme.  Fueron los Elfos quienes empezaron, por supuesto, despertando árboles y enseñándoles a hablar y aprendiendo el lenguaje de los árboles.  Siempre quisieron hablarle a todo, los viejos Elfos.  Pero luego sobrevino la Gran Oscuridad y se alejaron cruzando el Mar, o se escondieron en valles lejanos e inventaron canciones acerca de unos días que ya nunca volverán.

Tolkien, J.R.R. (2003, p. 502)

 

En la oscuridad del teatro se oye el crujir de ramas y hojas secas abrasadas por el fuego. El viento silba. Al tiempo que el escenario se ilumina de rojo, comienzan los primeros acordes del Adagio de Albinoni, de Giazotto. De entre el humo, va vislumbrándose la figura de Manuel, el motociclista. Lleva su traje de bombero, con casco y guantes. Observa el incendio. Se abre paso entre un bosque de micrófonos en pedestales. Nuevamente su mirada recorre el espectáculo de la destrucción y, abatido, se desploma en medio de los árboles. Solloza suavemente:

 

MANUEL: Lo siento. Lo siento, lo siento. Válgame Dios, cuanto lo siento. Son tercas las veces que intento conformarme con esto.

 

La música fondea sus palabras mientras la luz va expandiéndose del centro del escenario hacia los bordes, enrojeciéndolo todo. Arrastrándose por el suelo, Manuel se reconoce criatura animal ante las criaturas vegetales. Un arco de lámparas enmarca la escena, cual ramas colgantes de un sauce. Como las hojas que se desprenden del tallo para permitir que el tronco y las raíces conserven reservas de nutrientes, Manuel quiere desprenderse del reino animal para dejarle libre el camino al reino vegetal. Se dirige con camaradería a las plantas, como quien entra a un grupo por vez primera y desea aprender las reglas del juego. Se asemeja a los elfos de Tolkien, despertando árboles y aprendiendo su lenguaje.

 

MANUEL: Abran para mí su químico recitar. Instrúyanme para hablar en combinaciones de bromo y agua y no en agudos y bajos. Quiero usar significantes que tienen sabor a yodo.

Su entusiasmo por esta idea es palpable en sus movimientos y en lo atropellado de sus palabras. Sin embargo, la duda de su condición humana lo hace colapsar.

MANUEL: Soy el último animal. Sentado en la última catástrofe

 

¿Qué Gran Oscuridad hizo que Manuel anhele alejarse del reino animal? ¿Acaso la humareda que provoca un bosque en llamas? Manuel el motociclista, el bombero, el que desde niño no se estaba quieto, el que siempre buscaba velocidad en el movimiento, el  que nunca tenía tiempo. ¿Cómo desobedecer al status quo si no es a través de renegar de la propia existencia, de lo que biológicamente significa ser humano? Manuel apela a todo: a Zeus, a Dios, a la razón… El abandono existencial de quien no encuentra motivos para seguir por el mismo camino es hermano de la impotencia de quienes quieren trazar nuevos caminos para seguir existiendo. Las mujeres en México han intentado todos los caminos posibles para sobrevivir a la violencia que acaba con la vida de 11 mujeres al día. Es como un infierno sin llamas, que va sitiando todos los lugares que antes parecían seguros.

 

MANUEL: Este bosque era el infierno, señores, aun antes de las llamas.

 

¿Habrá que quemarlo todo para ser escuchadas? ¿Hasta dónde debe llegar la desobediencia para que cambie el rumbo de este destino que está mermando el bosque femenino? ¿Habrá que marcharse todas al unísono a mejores tierras? Tal vez entonces, como en El Señor de los Anillos, los demás habitantes prestarían atención a la existencia de las mujeres.

Durante muchos años mantuvimos la costumbre de salir del bosque de cuando en cuando y buscar a las Ents-mujeres, caminando de aquí para allá y llamándolas por aquellos hermosos nombres que ellas tenían.  Pero el tiempo fue pasando y salíamos y nos alejábamos cada vez menos.  Y ahora las Ents-mujeres son sólo un recuerdo para nosotros, y nuestras barbas son largas y grises. (ibid. p. 510)

 

 

 

INVIERNO (desobediencia motriz)

 

No me puedo mover                        

                                     No me puedo mover

                             No me puedo mover

 

              

Sentado en la última catástrofe.

                                                    La desolación

como un árbol desnudo

despojado de su abrigo

El abandono

sutil pero certero

                                               Lo siento. Lo siento.

Válgame Dios cuanto lo siento.

                               Son tercas las veces 

                que intento conformarme con esto.

de la vida cotidiana

de la vida conocida

Me ultrajan las veces en las que abro los ojos

                y ante mí se presenta este paisaje.

 

                                                                                                                                                                                           

Desaprender

Regresar al inicio

Borrar la memoria

Escudriñar cada minuto

que antecedió al evento

                               ¡Está luchando!

¡Está luchando por su vida!

 

al trauma

a la tragedia

Toda madre nunca quiere que un hijo

                se compre una moto.

 

               

Aprender a cargar

a otro ser humano

a otro

Pareciera tener una especie de

                                               discapacidad mental

                               o “capacidad diferente”

       si se quiere decir

                de un modo más contemporáneo,                                                               más actual.

 

que no es el que era

el que fue

 

Otro

que ahora es árbol

Cargar un árbol sobre la espalda

                               ¿Dónde tienen el corazón?

Y ¿Dónde tienen el cerebro?

 

Enrebozado

                                                                                                                                                                                           

Cargarlo en soledad

Porque nadie está más solo

más sola

                En ese momento, en la oscuridad,

cambiaron a mi hijo de reino.

 

que la madre de un árbol

 

¿Cómo echar raíces

cuando se es humana?

¿Cómo anclarse a la tierra?

¿Cómo sostenerse en pie

Mientras más quieto está algo,

                                               más sobrevive.

 

cuando el viento insiste

en derribar

mujer

                ¿Y qué hago yo con un hijo en estado vegetal?

¿Qué hago?

                               Porque no se puede mover                                                                            no se puede mover.

 

rebozo

árbol?

 

Porque no se puede mover,

no se puede mover

 

Andrea Biestro, Madre, actriz, lectora.

 

                                                                                                                                                                                          

BIBLIOGRAFÍA

 

Gil, Y.E. (2019). “La sangre, la lengua y el apellido. Mujeres indígenas y estados nacionales” en Tsunami, G. Jáuregui. Ciudad de México: Editorial Sexto Piso.

Castellanos, R. (1986). El eterno femenino. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica

Deleuze, G. (2003). “Un manifiesto menos” en Superposiciones, H. Tahan. Buenos Aires: Ediciones Artes del Sur.

Tolkien, J.R.R. (2002). El Señor de los Anillos. Barcelona:Ediciones Minotauro

[1] “Podríamos definir las lenguas mayores [99] incluso cuando éstas posean poco alcance internacional: serían las lenguas con una fuerte estructura homogénea (standardización), y centradas sobre invariables, constantes o universales, de naturaleza fonológica, sintáctica o semántica.  (…)  Y ya no tenemos elección, debemos definir las lenguas menores como lenguas de variabilidad continua —sea cual sea la dimensión considerada: fonológica, sintáctica, semántica o incluso estilística.” Deleuze (2003, p. 84-85)

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