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Autor

Zavel Castro

Zavel Castro

Historiadora. Estoy obsesionada con el fenómeno teatral.

Críticas

¿Por qué Genet? Remontar “Las Criadas”: teatro y pertinencia

por Zavel Castro 4 marzo, 2016

El teatro, como fenómeno misterioso se articula a partir de dos características temporales que a menudo suelen comprenderse como contradictorias. Me refiero a su carácter efímero, en tanto que cada función se desvanece sin dejar un registro material del acontecimiento y a su potencial de permanecer indefinidamente en la conciencia de quien asiste, de tal suerte que podríamos definirlo también como una “obra abierta”, es decir que no concluye cuando acaba la función, si no que se extiende indefinidamente en el tiempo.

Lo anterior nos permite defender la teoría de que cierto tipo de teatro no envejece, en tanto contiene desde su creación la flexibilidad necesaria para adaptarse a distintas épocas, a partir de la adecuación de los elementos necesarios para incidir en cada una de ellas, es decir, que puede actualizarse siempre y cuando la temática resulte pertinente y, mientras el tema sea relevante (importe y tenga la capacidad de afectar al público del momento), elementos tales como la escenografía, la dramaturgia, el vestuario, la técnica de actuación, el estilo de dirección, etc., deben modificarse para adaptarse al contexto del que se trate. Ninguna obra rechaza de suyo su modificación, no existe el teatro estático; se sabe que la inmovilidad mataría el propósito fundamental del rito teatral: el entretenimiento. No hay entretenimiento sin dinamismo.

Sirva la introducción para tratar con detenimiento la pertinencia de remontar “Las Criadas” de Jean Genet. Bajo la producción de Rubén Lara y dirección de Salvador Garcini, la obra maestra del dramaturgo francés expone un mundo paralelo que contiene, sintetiza y exhibe mediante la exageración en la injusticia de la relación entre la clase alta y la clase baja, extremos de la escala social, separadas por un abismo. La exposición de la inequidad en las relaciones surgida a partir del sistema económico predominante (el capitalismo), resulta siempre conveniente para fomentar la reflexión entre los espectadores. Si todos somos seres humanos ¿Cuál es el afán de dividirnos pretextando las posesiones materiales? ¿A quién conviene este sistema despreocupado por los vínculos afectivos, interesado solamente en quién tiene más y quiénes menos? El mensaje sigue siendo necesario en nuestros tiempos.

“Las Criadas” muestra a los poseedores de los bienes como villanos que disfrutan el maltrato a quienes ellos mismos conciben como inferiores. Las actitudes de “La Señora” para con sus empleadas y la desesperación que estas sienten por estar desprotegidas ante las humillaciones, al grado de verse orilladas a la rebelión, que en este universo significa el asesinato de la patrona como única vía de escape. Para evitar caer en la simplificación de los caracteres (el rico “malo” y el pobre “bueno”), Genet se sirve de las intenciones criminales de Clara y Soledad, las criadas, para hablar un poco sobre el instinto maligno que habita en todos nosotros.

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La complejidad de los personajes exige un profundo estudio por parte de los intérpretes, que, en este caso, merecen nuestra admiración y reconocimiento por conseguir esto y quizá algo todavía más difícil: el tránsito de la actuación televisiva y cinematográfica hacia la actuación teatral.

Alejandro Camacho interpretando a la Señora, Mauricio Islas, como Soledad y Alex Sirvent como Clara, en quien recaen por cierto los diálogos más contundentes que reflejan la crítica de la sociedad de Genet, demuestran tener lo necesario para desenvolverse en las tablas como si se tratara de su hábitat natural. Juzgando a partir de la naturalidad con la que se desenvuelven en escena podría inferirse un gusto auténtico por el convivio teatral, esa exhibición en vivo por arte de los actores dispuestos a reaccionar ante el estímulo de sus compañeros y de los espectadores. Lejanos de la exageración gestual de la que se sirven para interpretar los melodramas, en “Las Criadas” sus actuaciones son mucho más moderadas,  acaso por haber profundizado más en ellos mismos para dar vida a los personajes de Genet, que son -sin demeritar al género melodramático-  significativamente más complejos que los personajes de la televisión.

El elenco ha sabido traducir la dureza de las acusaciones del dramaturgo hacia la clase alta en personajes ambiguos de gestos delicados. El misterio envuelve la actuación de los tres. Nada hay en ellos de sobreactuación o subactuación: interpretan con gracia, sin exageración. Hacen justicia a la gran y pertinente dramaturgia. Incluso el erotismo entre las hermanas parece una cosa natural. La dirección de actores evitó el exceso a toda costa y consiguió un afortunado resultado.

Clara, Soledad y La Señora son espíritus seductores que caminan en la casona francesa exquisitamente construida por David Antón e iluminada por José Bracho. El universo creado para ellas es majestuoso en la superficie y desgarrador en el interior de los personajes. Todas ellas son, además, materializaciones de la monstruosidad. En este mundo y en aquel nada es lo que parece. La apariencia, traducida en un maquillaje espectacular a manos de Julio Arroyo y vestuario de Cristina Sauza, se desvanece cuando emergen las emociones reales. Entonces hay que temer. Es preciso alejarse antes de sufrir las consecuencias. La señora morirá a manos de sus criadas en un juego de espejos digno de representarse en todo tiempo. Sin duda, la temática de este montaje acompañado de estas acertadas actuaciones lo vuelve necesario para el público mexicano.

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Reflexiones

«El teatro que hacemos». El quehacer teatral en el país de las maravillas

por Zavel Castro 13 diciembre, 2015

El 30 de noviembre del año en curso, algunos de los teatristas más representativos de la escena mexicana se reunieron en mesas de discusión en un encuentro organizado por Ignacio Flores de la Lama, director de CasAzul, para reflexionar sobre su quehacer y compartir sus impresiones y experiencias con estudiantes de la carrera de actuación, pensadores, curiosos y espectadores cautivos y potenciales.

Como receptores del discurso nos corresponde pensar y sobre todo cuestionar lo dicho, de otra forma estaríamos siendo cómplices conformistas de lo que sucede y la conformidad no nutre; solapa, soporta, asiente, sonríe, agacha la cabeza y agradece lo recibido, sea lo que sea. Es cierto que la sumisión caracteriza en la imaginación colectiva al pueblo mexicano, pero si nos apartamos un paso del estereotipo, ejercitando el pensamiento como debe hacerlo la crítica, nos encontramos con un pueblo que niega, reclama e interroga.

Si la conformidad no está de nuestra parte (los teatrólogos, los espectadores, los cómplices imprescindibles del teatro) encuentra cómodo asiento entre los hacedores. Los teatristas y responsables en buena medida de lo que pasa sobre el escenario cultural. Enfaticemos: la conformidad está de parte del teatrista. Esto es peligroso. Esto es reprobable. La conformidad paraliza.

“La gente va al teatro cuando encuentra algo que lo conmueve”      

Como un ponente más, la conformidad acompañó la que acaso fuera la mesa más importante del encuentro, aquella que debía dar cuenta sobre el teatro que se hace en el país de forma sincera, aquella que debía acusar las áreas de oportunidad sin negar por esto las que funcionaban, dar un balance de lo positivo y negativo para señalar en qué punto nos encontramos para trazar un camino hacia adelante.

Afortunadamente hubo dos participante dispuestos a enriquecerse con el pensamiento del otro, dos hombres verdaderamente interesados por compartir y por pensar la situación del teatro mexicano: Enrique Singer, cuya lucidez iluminaba el rumbo de la conversación y Juan Meliá, probablemente el hombre con la opinión mejor argumentada de la mesa. Ambos han sentido la enorme responsabilidad de elegir y programar la puestas que representan a nivel internacional al teatro mexicano, de ahí que hayan desarrollado un criterio seleccionador y que sepan con exactitud la manera en la que convive el arte con la Institución, la libertad con la burocracia.

“El teatro es una obra de cocción lenta”

 Las conclusiones de Singer y Meliá con respecto a la asistencia del público a las salas de teatro, la importancia de ejercer cualquiera de las funciones del universo teatral con humildad, el respeto a las jerarquías dentro del mismo sin que esto signifique adoptar una actitud autoritaria, el cuestionamiento sobre el olvido del teatro de calle en beneficio del teatro de sala, las muestras nacionales como exhibición del grado endogámico al que hemos llegado, la necesidad de correr riegos controlados, la reciente vinculación del teatro con las problemáticas políticas actuales, la toma de postura evidente de los hacedores con la situación nacional, la centralización de la cultura como un fenómeno inevitable, el lugar central que ocupa el género del realismo en las producciones que solo cambiaría con la reformación de los programas de las escuelas de teatro y la diferencia entre el teatro que queremos hacer y el teatro que se hace por encargo, fueron arrojadas sobre la mesa para seguirse pensando.

“El teatro que hacemos es el teatro que necesitamos hacer”

 Lo reprochable aún hacia estas dos voces valiosas (Singer y Meliá), es que el tono general de la discusión era resultado de una visión quizá demasiado optimista y orgullosa de lo que está “logrando” el teatro mexicano, al que presentaron como plural, incluyente, producto de una tradición “inmensa”, rico y bien hecho –generalización dañina-; es decir el teatro mexicano como “mucho, variado y bueno”.

Habría que matizar estas aseveraciones contraponiéndolas con las fallas y fracasos, comparándola con otras situaciones y contextos internacionales. Siendo objetivos, más que conformistas. Sustituir esa actitud de “todo está bien” y “aquí no pasa nada” por una preocupación por aquello que no lo está, combatir lo que no funciona gracias, sobre todo, al apego a la institución, porque no es cierto, como aseguraron, que “abunden” las salas independientes en la Ciudad de México, de hecho este año cerró una de las más relevantes dentro del contexto (me refiero, por supuesto, al Foro El Bicho) y quizá no es del todo cierta esa supuesta democracia ejercida desde sus puestos.

Por supuesto que existe una burocracia que entorpece, un amiguismo y una lambisconería que hace de la adulación uno de los recursos más acusados de los teatristas para montar sus puestas. Por supuesto que hay un enorme nivel de hipocresía en el gremio y que no se ha incentivado lo suficiente el reto y la innovación. De ahí que Villareal, Gaitán y Álvarez Robledo sean grandes excepciones.

En fin que mientras el sistema cultural funcione bajo los mismos parámetros y los artistas se crucen de brazos por temor a perder su sustento, mientras el conformismo con lo que se está haciendo siga presente de alguna manera, no se conseguirá jamás un teatro incendiario, enloquecedor, caótico, pertinente, necesario, voraz, interesante, complejo, relacionado íntimamente con las necesidades de los espectadores (que también deben aprender a serlo), no solo con sus preocupaciones políticas. Mientras exista conformidad nuestro teatro no será una luz que guíe, un abrazo que consuele, una exhibición que sirva, una forma que arrebate. Mientras la conformidad esté ahí, el teatro mexicano no será nunca imprescindible.

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Reflexiones

Temporadas breves vs. Temporadas largas

por Zavel Castro 19 noviembre, 2015

Hace algún tiempo que Paulina Sabugal y yo nos reunimos para conversar cervezas en mano, sobre las ventajas y desventajas de la brevedad de las temporadas teatrales en la Ciudad de México. Esta conversación tuvo como resultado el siguiente texto que esperamos seguir trabajando una vez que hayamos ensanchado el círculo de diálogo para lo que para nosotras resulta un tema esencial en nuestras investigaciones. Te invitamos a abrir también una cerveza mientras acompañas nuestro debate del que como era de esperarse, salieron muchas más preguntas que respuestas.

¿Qué te conozcan más o que te conozcan mejor? ¿Emergente o emergencia?

Z: Mientras que las temporadas breves, por la consecuente rotación de espectáculos que suponen, fomentan la variedad en la cartelera teatral, las temporadas largas posibilitan el arraigo de una obra de teatro hasta conformarse en un elemento identitario de determinadas comunidades. Acá no sólo el espacio sino la obra misma, pasa a formar parte de la historia de un individuo, en dicha puesta se reconoce y crece junto a la misma. El espectador se encariña con los personajes, el largo aliento permite sentir con mayor profundidad todos los elementos que participan del convivio teatral.

Los mejores ejemplos que se me ocurren ahora mismo son “La Omisión de la Familia Coleman” de Claudio Tolcachir en la Argentina y “La Dama de Negro” en México, el público de estas puestas en constante y reincidente, quieren a los personajes como si formaran parte de su círculo de amistades cercanas, han creado un vínculo tan estrecho con la puesta en escena, con los personajes e incluso con los generosos directores que acceden a hablar constantemente del proceso de creación de las mismas, que los espectadores las viven una y otra vez con la misma o mayor intensidad. La conocen profundamente y gracias a esto se han enamorado de ella, la comprenden, la quieren y se rehúsan a pensar el fenómeno teatral como algo efímero, se vuelven adictos a la emoción que les produce, y regresan para volver a sentir. Como hacemos con todo lo que amamos. Uno solo vuelve a lo que los lugares donde ha sido feliz, la frase se comprueba como nunca en los foros que albergan las obras que no amenazan con su pronta partida.

P: Tal pareciera que ante la temporadas largas, los espectadores regresaran constantemente a volver a ver la misma obra por una simple cuestión de cariño ¿Sucede? ¿Dónde? Y si así fuera, ¿cariño a quién? Aún pensando en las obras legendarias en Londrés, Paris y Nueva York, los factores que responden a que la gente vaya muchas de las veces tiene que ver con una especie de “moda” o comprar un producto de “marca”, probado y comprobado con que “se la va a pasar bien”. Tal es el caso de Oliver Twist, el famoso musical inglés o Blue Man Group en Nueva York o hasta el mismísimo Moulin Rouge en Francia, que en efecto es parte de la historia de la ciudad en sí y hay un fenómeno identitario con lo que ahí se ofrece como espectáculo. Pero, ¿regresar? ¿para qué? ¿quién lo hace? ¿el espectador que forma parte de la comunidad o el turista curioso? ¿No están hartos los vecinos de Broadway de los escándalos que generan los teatros ahí? Y si van, ¿el supuesto cariño no responde más bien a ver a un actor específico en cartelera como cuando Ricky Martin estaba en Los Miserables o bien, ir francamente a criticar lo bien que antes estaba la puesta y lo mal que está ahora? Pareciera por lo que dices en este párrafo que la gente va al teatro como si se tratara de ver el próximo capítulo de “Breaking Bad”, donde en efecto, las temporadas largas eran lo que más deseaba el público y el cariño con los personajes era tal, que ahora más de uno tiene su playera de Heisenberg. ¿Hay algún efecto similar con “Defendiendo el cavernícola”, obra que estuvo años en las carteleras del D.F. o “11 y 12”, obra que Chespirito incluso vendía con el eslogan de: “la mejor obra en la historia del teatro en México”?

¿Es una temporada larga sinónimo de calidad?

Z: Pocos fenómenos son tan frágiles como el teatral. No hay condiciones estables de posibilidad, es decir que así como las temporadas largas no significan necesariamente un nivel alto de calidad, tampoco podrían hacerlo las cortas. Incluso debemos desconfiar de los procesos, uno puede hacer un laboratorio por años y tener un mal resultado y un taller de unos cuantos días y obtener una obra maestra. En el teatro hay pocas certidumbres, lo que defiendo con las temporadas largas es el vínculo y la afectación, la relación del público con los espectáculos.

Los personajes de estas obras de largo aliento son concebidos inconscientemente como personas cercanas y queridas, la compasión se maximiza. Las temporadas largas y un público constante que repita funciones excluyen, claro está, el elemento sorpresivo; ya se sabe lo que pasará. Sin embargo, este sentimiento de sorpresa se sustituye por una aprehensión imposible en las obras que pasan rápidamente, que no se llegan a comprender con plenitud, no llegan a desarrollar su poética en tanto que son perseguidos por la prisa.

P: ¿Entonces hay que regresar a ver las obras porque “no entendimos”? ¿Qué pasa con el golpe, el impacto y la potencia de una obra redonda que te golpea por primera vez?

Z: Evidentemente existen obras que te quedan claras a la primera, pero hay otras que necesitan de un mayor tiempo de degustación ¿Quién podría comprender “Spam” de Rafael Spregelburd a la primera o “El lado B de la materia” de Alberto Villareal? Estas obras tienen un efecto de explosión programada, no dinamitan sino hasta que se han visto varias veces y se repara en que es imposible dejar de pensar en ellas. Hay obras que necesitan reincidencia, otras que no, pero aún las que no, merecen estar mayor tiempo en temporada por el simple hecho de que así aumenta la posibilidad de ser vistas por mayor cantidad de público.

Claro está que la urgencia y la prisa tienen mucho que ver con el contexto…

Z: Aparentemente, el carácter itinerante de las temporadas teatrales en la Ciudad de México encona a la perfección con las aspiraciones “nómadas” de la sociedad urbana que, especialmente desde finales de la década de los sesenta, ha encontrado en el supuesto rechazo al sedentarismo una expresión contracultural en oposición a los valores burgueses (el trabajo fijo, la pareja estable, la formación de un núcleo familiar, el arraigo a una comunidad pertenece a valores pasados de moda. En nuestra sociedad, los espectadores del teatro de mayor demanda, que es por cierto el que rota ágilmente prefieren siempre sentirse a la vanguardia, en rebeldía, en espíritu libre…).

P: Sí, y ¿está mal? En la época de mi abuela, si tenías un novio era claro que era porque era el que se convertiría en tu futuro marido; en el sentido estricto de que el noviazgo es un preámbulo al matrimonio. Esta época “libre” que ha atravesado por distintas rebeldías y revoluciones, hoy nos permite conocer mucha gente antes de decidir con quién pasar “el resto de tu vida”, idea también traslocada por el “divorcio”. Si bien esta vida inestable y escurridiza pide experiencias express, también cuenta con la ventaja de la diversidad y la versatilidad de información y de experiencias de muchos y distintos tipos. Ya no necesitamos ir a Nueva York para ver a Bluen Man Group, ellos pueden venir. La tan mal parada “globalización”, nos permite tomar aviones, enviar correos electrónicos y tener relaciones a distancia. Podemos conseguir una lata de chiles chipotles en el centro storico di Napoli y hacer albóndigas en Italia. El teatro, como el resto de las artes, responde a su sociedad que lo cobija y va al ritmo que ésta le exije. Además, este fenómeno en la historia del teatro no es nuevo; para ejemplo tenemos el teatro itinerante de la Edad Media que representaba en distintos atrios de las iglesias pasajes de la Biblia como parte de la evangelización, el carro de comedias en España y la Commedia dell´arte en Italia, que se constituye como una de las primeras manifestaciones de teatro de calle.

Z: ¡Pero el teatro tiene que ser otra cosa! La sociedad actual está acostumbrada a la elección fugaz, sin aprehensión. Es así que se entiende la vida como una especie de zapping en la que absolutamente todo es reemplazable, desechable, todo puede sustituirse y pocas cosas nos afectan. Es menester que el teatro contradiga esta concepción desprendida innegablemete del espíritu capitalista y siga manifestándose como un producto esencial del espíritu, como una necesidad artística más que como un producto dispuesto por las necesidades de un mercado. El teatro, artesanal, inexorable, en cuerpo presente, el convivio, si bien, efímero en tanto que se agota a sí mismo de función a función, puede y debe echar raíz en la comunidad en la que emerja, este es un auténtico acto de rebeldía. Permanecer con calma, soportar.

P: ¿Hay que inclinarse entonces hacia un tetaro conservador, rígido y cerrado que no salga de su comunidad ni de sus confines para que entonces sea sólo de un cierto grupo social?

¿Las temporadas largas están exentas de responder a un espíritu capitalista?

Z: Por supuesto que no, pero no lo evidencian de la misma manera. Gracias a la prolongación del tiempo, una obra de teatro puede luchar cada función por convertirse en la mejor versión de sí mismo, en cambio las temporadas breves no puedes evitar pensar en el aforo. Es necesario completar la renta del espacio o la nómina de los teatristas, asegurar cierto número de espectadores. El pensamiento que guía al teatro en las temporadas cortas es el de a compra-venta, idea contraria al teatro ritual.

P: Insisto, ¿las temporadas largas se eximen de estas preocupaciones “vulgares” como el flujo de los dineros? Es más, ¿no están más expuestas a tener que responder a números y cifras ante la renta de un teatro o a la nómina de sus actores para mantenerse en cartelera? Y, ¿por qué una obra sólo es capaz de madurar estando estática, inamovible? ¿La diversificación de espacios y públicos no generan también experiencia y enriquecimiento para la puesta?

Z: Pensemos en el espacio: el tener una obra durante mucho tiempo en el mismo recinto contribuye a la construcción y definición de dicho espacio, de tal suerte que la obra de teatro se constituye en una especie de insignia del lugar. Huelga decir que si se trata de una buena obra de teatro, el lugar inmediatamente asegura un público cautivo.

P: ¿Cómo el Teatro Insurgentes; los teatros TELMEX? Creo que éste es un punto delicado y complejo en tanto que son varios los factores que inciden en la formación de públicos y no sólo el si la obra es buena o no (¡ojalá!). Publicidad, el texto, el autor, los actores, los costos y hasta la ubicación del lugar (son más los teatros en el sur de la ciudad que en el norte y aún nuestro país está muy centralizado al teatro que se hace en el D.F.), tienen que ver con el hecho de generar un público o no.

Pensemos también en cómo afecta la duración de los espectáculos a la crítica.

Z: Por supuesto que la rotación constante de la oferta teatral, le facilita al crítico, ver mayor cantidad de espectáculos, incluso con muy buena calidad, pero le impide pensarlos con el detenimiento necesario. Pensar de prisa no es pensar mejor, al contrario, se sabe que las mejores reflexiones son producto de profundas reflexiones que suponen tiempo y concentración. El fenómeno teatral requiere las más de las veces que una obra, para comprenderse en su totalidad sea vista más de una vez. El crítico no se conformará con reseñar lo que vio, sino que busca explicarlo. Además, en materia de difusión sirve muy poco hacer una recomendación de un día a otro. El crítico no debe ir a los estrenos porque se dice que la obra todavía no está en su punto, pero, si no lo hace, le queda máximo, en DF una semana para recomendar.

P: Y así como el crítico, el espectador común tiene la oportunidad de ver varios espectáculos, en distintos lugares y de múltiples costos en el marco de una semana. Jamás vamos a poder ver la puesta en escena de “De la Calle” de Julio Castillo de 1987, nos la perdimos, se fue. Podemos ver la misma “Dolce Vita” que vio mi abuela en los nunca tuvimos la fortuna de ver a Carlos Cobos en escena, ese momento y esa magia se fueron y sólo son un recuerdo.

¿Por qué forzar en enlongar el momento? ¿Por qué forzar acortarlo?

Queda claro que hay quienes preferimos el placer de largo aliento, y hay quienes prefieren instantes de éxtasis… Habrá que esperar comentarios para saber qué es lo que más conviene… ¿Temporadas breves o temporadas largas? ¿Teatro para toda la vida o teatro pasajero? Únete a la discusión.

 zavel

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Paulina Sabugal / @PauSabugal

Teatrera de corazón y espectadora de tiempo completo

 

Críticas

ContrAcciones. El poder de la quincena

por Zavel Castro 19 noviembre, 2015

La oficina como hábitat del ciudadano moderno se ha vuelto un lugar común dentro del discurso radical que mira dicho espacio como el símbolo por antonomasia de la opresión de los espíritus libres, espíritus que del mismo modo que los colibríes mueren ante el encierro que les impida volar. El dramaturgo inglés Mike Barlett y el director mexicano Alejandro Velis comprenden esta percepción y la comparten al público sirviéndose de la familiaridad de los espectadores ante el tema del mundo laboral y la inevitable pérdida de sueños propios.[1]

El principal reto de la traducción de este discurso a la escena tiene que ver con la intención de objetividad o neutralización del mismo para evitar caer en los clichés construidos en torno a las figuras del “jefe” y el “empleado” vistos como el “malvado opresor” y el “sumiso oprimido”. Evidentemente en el terreno de la ficción es válido servirse de una visión maniquea que extreme ambos polos hasta comprenderlos simplemente como el villano y el héroe, pero esa sería darle una solución gratuita a un problema que debe complejizarse para llegar a tocar las zonas más sensibles dentro de la dimensión humana, justo como sucede en el montaje “ContrAcciones”.

En esta obra se manifiesta la injusticia dentro de la relación de poder entre empleador y empleado (victimario/víctima) para concentrarse en una reflexión sobre el inminente riego de automatismo al incorporarse a un medio laboral ajeno a las pretensiones artísticas y concentrado en el aumento de la producción y venta.[2] La separación jerárquica entre los trabajadores de la oficina, obliga a la adopción de actitudes que soportan el desequilibrio: el explotador ha de ser impenetrable, mientras que quien labura debe mostrarse servil, débil y complaciente. No tanto para agradar al jefe sino para conservar el puesto.

¿Hasta dónde estará dispuesto a llegar el empleado para no perder su lugar en la oficina? En “ContrAcciones” se nos dice que hay quienes están dispuestos a perder la dignidad y a olvidar todo respeto por sí mismos como seres humanos, a ofender todo lo que alguna vez ha sido para ellos sagrado, a destruir sus relaciones personales y negar todo tipo de relación sentimental en la oficina a cambio de un salario fijo. Se acepta la pérdida de cualidades humanas a favor de un incremento de habilidades productivas. En este montaje se enfatiza la figura del contrato que regula las conductas de los empleados, vigila el comportamiento y castiga cuando es necesario cualquier incumplimiento. El contrato es la máxima ley, pobre de aquel que amenace la relación de poderes.

Las empresas desean que los hombres funcionen como máquinas y las máquinas no sienten. Es así de sencillo, pero la mayoría de las veces es más fácil formular una teoría que llevarla con éxito a la práctica, y es que ¿Quién no se ha enamorado de un compañero de trabajo? ¿Cómo sería posible dejar el corazón en casa y llevar solo el cerebro a la oficina? ¿Qué estamos dispuestos a ofrendar a cambio del éxito laboral? ¿Qué es lo más importante dentro de nuestra sociedad? ¿Amor o dinero? ¿Nuestra vida privada o nuestro buen desempeño en una empresa? ¿El reconocimiento laboral o el disfrute desinteresado?

Las posibles respuestas a nuestras interrogantes se encarnan en los papeles de dos grandes actrices, Aída López y Carmen Mastache, la jefa/villana y la empleada/sumisa respectivamente. López y Mastache tensan las cuerdas con un maravilloso sentido del humor, múltiples y profundos matices que complejizan a sus personajes hasta alcanzar altos vuelos interpretativos y obligar al espectador a reclamar una conclusión contundente. Un absoluto despliegue de talentos que da lugar a un final inesperado.

“Contracciones” se presenta los lunes y los martes a las 20 hrs.

hasta el 8 de diciembre en el Teatro el Granero

Centro Cultural del Bosque

Paseo de la Reforma y Campo Marte s/n (detrás del Auditorio Nacional)

 

Notas

[1] Sobre este tema recordamos dos montajes teatrales significativos que tuvieron funciones este mismo año, la primera de ellas se presentó en la Ciudad de México, “Almacenados” de David Desola, dirigida por Fernando Bonilla mientras que la segunda, “Tercer Cuerpo” escrita y dirigida por Claudio Tolcachir tuvo lugar (y continua en temporada) en Buenos Aires. Además de servir de escenario para las representaciones teatrales “la oficina” como tópico forma parte de la cultura popular desde las historietas de principios del siglo XXI hasta su “boom” en la series de televisión.

En este sentido el mejor ejemplo sería “The Office” (2005-2013) que explotó los clichés y caricaturizaciones de los empleados de oficina norteamericanos. Las críticas hacia este grupo social se agudizaron con la llegada de los “yupies” a las direcciones corporativas a finales de los años setenta.

[2] Sin duda el discurso se opone al sistema neoliberal, a la que solo le interesan los ingresos y fluctuación de capital de la masa consumista.

Reflexiones

¿Pensar de prisa o escribir con calma? La crítica «off»

por Zavel Castro 8 noviembre, 2015

A veces es necesario detenerse a mirar el paisaje. En el amor, en la vida y en el teatro (sinónimos todos) hace falta ejercitar la paciencia para gozar a plenitud. Contraria al espíritu de los tiempos que exige una aceleración desmedida a favor de la hiperproductividad que promete la satisfacción de las necesidades de un mundo acelerado, esta actitud vital que aconseja la calma construye una concepción del mundo en la que es posible la reflexión tranquila de lo que sucede alrededor y dentro de nosotros mismos.

Por supuesto, esta filosofía no se adecua con facilidad –o no lo hace, de plano- ni a los circuitos de producción escénica cuando lo único que buscan es el incremento voraz de la oferta para aumentar la demanda del público y acaso engrandecer la ilusión de ganancia, ni mucho menos al ritmo de los medios de comunicación. Las notas o columnas semanales son poco leídas y pronto olvidadas.

La producción en serie terminó por fin por implantarse en todos los ámbitos de la vida, la repetición y la homogeneización de productos fue seguida consecuentemente por la creencia de que absolutamente todo en este mundo es reemplazable. Los vínculos familiares, amistosos y amorosos se han desvanecido. Se piensa que todas las personas son sustituibles, que se puede disponer de ellas a voluntad como se hace con los programas de televisión. Basta con apretar un botón para cambiar de canal, con no volver a responder una llamada y con salirse de una sala de teatro si la obra no cumple con las expectativas con las que llegamos a ella, zapping, swinging. Obediencia absoluta a la idea de que en el mundo todo cambia y de que cualquier certeza y constancia amenaza a la “diversión”.

La visión poligámica y el ritmo acelerado que niega los beneficios de los sentimientos, el pensamiento, la investigación y las producciones de largo aliento provocan que el teatro vaya en contra de su propia naturaleza mientras que intenta sobrevivir acortando su formato o restándose calidad en atención de que todos los integrantes del circuito teatral aumenten sus cifras y con esto, se piense, se eleve también su prestigio. En la posmodernidad impera la importancia de las cantidades. Número de críticas y libros escritos a vuelapluma, de obras dirigidas, actuadas, vistas. Ya no se obedece a la necesidad de creación que debe ser un impulso espontáneo producto de un instinto creativo del artista, sino a un ritmo empresarial sumergido absolutamente en el mundo del consumo.

La velocidad con la que circulan las publicaciones actuales (especialmente los periódicos y noticieros virtuales) enfatiza la dilución inmediata de los acontecimientos. En consecuencia parece ser que el teatro ha terminado por rendirse a este manejo de los tiempos, a la tiranía de las breves temporadas. Una obra tras otra. Que el tiempo alcance para llenar el espacio de las butacas pero no para pensar los montajes. Teatros llenos y espacios de pensamiento vacíos. Que se diga que tenemos una de las carteleras más grande del mundo pero que se produzcan demasiado pocas obras relevantes y todavía menos investigaciones sobre la escena.

¿Cómo es posible crear consciencia desde la prisa y el arrebato? Dentro del fenómeno teatral que nos preocupamos por entender, lamentamos sobre todo la reducida funcionalidad del crítico, ya que en tanto se le obligue a analizar una obra tras otra, este será incapaz de tomar la distancia necesaria para preocuparse por comprenderlas a profundidad. Siguiendo este ritmo acelerado, el crítico, si bien ejercitará su pensamiento en las salas de teatro (como haría de cualquier forma), muchas veces no podrá desarrollar sus ideas del todo al salir de ellas debido a la prontitud con que los medios esperan su “comentario”.

La solución al problema apunta (del mismo modo que lo hace con lo que respecta a las producciones teatrales) al circuito independiente. El “off” soporta y fomenta la calma, la paciencia, el tomarse el tiempo para hacer las cosas. Al no tener que rendir cuentas al mercado ni al público masivo, ni al trabajo bajo presión al que se someten cada vez con menor resistencia el mundo editorial y la academia, la libertad y el amor imperan. Lejos de la propaganda, exentos de la obligación de recomendar en agradecimiento de las cortesías y de la obligación de cumplir con un restringido número de caracteres, la crítica del “off” es libre para analizar las puestas en escena dependiendo de la naturaleza y exigencia de las mismas. La crítica off se toma el tiempo para reparar en la complejidad de los montajes, en desentrañar el mecanismo escénico y reflexionar la pertinencia de los mensajes (entre muchas otras cosas), mientras que la reseña únicamente –no tendría por qué pretender hacer otra cosa- se ocupa de la descripción de los montajes y de encontrar el mejor motivo para invitar a la gente a que vaya a verlos.

En los espacios alternativos de divulgación, el compromiso con la sinceridad se incrementa sin patrocinios, el ejercicio del pensamiento puede tardar el tiempo que sea necesario, se puede acumular experiencia sin necesidad de dar cuenta de ello a los cuatro vientos. Se puede pensar el teatro después de disfrutar su meditación, una vez que ha hecho verdadero efecto más allá del impacto inmediato.

El off teatral (espectáculos, críticas) asegura de algún modo la continuidad de las producciones e investigaciones porque no depende de la rentabilidad, no pretende competir con las grandes instituciones culturales o comerciales, imposibilita la renuncia como acto simbólico, favoreciendo a la resistencia como signo inmutable de la cualidad inquebrantable de los hacedores que son capaces de montar y de escribir contra viento y marea. El off es la trinchera de la cual pueden sostenerse por amor al ritual más honesto de todos. Hacer off es luchar contra corriente, es detenerse a mirar el paisaje.

 

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Críticas

Escorial. La ridícula agonía de un corazón hecho pedazos

por Zavel Castro 27 septiembre, 2015

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El escenario del Teatro Helénico se ensombrece con la pesadumbre del luto de un rey dispuesto a fingir llanto por la próxima muerte de su esposa; mientras la hora del final se acerca habrá de entretenerse con el sirviente de confianza, aquel que llega de inmediato tras un silbido para consolarlo y complacerlo, su bufón, aquel que siempre ha sabido arrancarle una risa para que este pueda pasar el tiempo evadiendo sus ocupaciones y el aburrimiento. Para que pueda fingirse omnipotente mediante la humillación constante de quien piensa como criatura inferior simplemente por ocupar un lugar lejano a la cima de la pirámide social que el monarca encabeza con soberbia y arrogancia.

Un halo decadente ambienta el montaje, desde el telón decolorado, pasando por la piel curtida por los años de los actores que ofrendan sus propios pesares en nombre del espectáculo, hasta los mínimos elementos necesarios para significar la soledad de dos hombres sin lugar en el mundo. En este sentido, el trono del rey representará el atributo más potente del mensaje, iconográficamente funciona como un elemento que refiere la relación del poder con la perdida de humanidad, el abuso del capricho para hacer honor a la complacencia, opresión, locura y muerte que veremos apenas sugeridas con una delicadeza que incide directamente en nuestra conciencia.

¿Con cuál de las figuras centrales de “Escorial” nos identificaremos mejor? ¿El rey o el bufón? Ninguna de estas identidades resulta halagüeña, sin embargo sabemos que tenemos un poco de ambos y el reconocimiento de esta verdad lastima. Los diálogos potentes acompañados de los espléndidos trazos corporales de dos grandes actores, Patricio Castillo como el rey incapaz de sentir algo más que desprecio hasta por la misma vida de la que se ríe con una risa macabra y vacía, y Roberto Sosa, “Forián”, el bufón que de tanto regalar sonrisas ha perdido la suya, aquel que por sentir tanto se ha desdibujado con el paso del tiempo hasta ser una sombra de lo que era, eco lejano como los ladridos de los perros que se escuchaban  en uno de los jardines del rey antes de que este decidiera aniquilarlos como castigo a su propia naturaleza animal. Y es que el rey está acostumbrado a exterminar aquello con lo que ha sido feliz. No soporta la alegría sincera, la desconoce, la niega; en el fondo odia a su bufón porque lo ha querido. Porque sabe que puede quererlo mucho; este ha sido su cómplice por tantos años que cualquier pretexto servirá para alejarlo del camino ganado hacia su corazón.

Querer a un bufón sería humillarse a sí mismo, sería rebajarse al sitio imaginario de las estructuras sociales que desde siempre estorban los afectos. El rey ha descubierto un error en la vida del bufón, lo acusa, lo maltrata hasta que este, hastiado de la vida en el palacio lo confronta, lo hace entender con unas cuantas palabras que “sus fealdades valen exactamente lo mismo”, que ambos son personas y que ambos se han querido por la fuerza de los años compartidos. Antes de intentar mirar al otro con compasión, el rey lo minimiza hasta que los espectadores  perdemos de vista el cuerpo deforme y la sonrisa fingida de un bufón cansado de humillarse para agradar, de hacer malabares para llamar la atención de quien no merecería una palabra suya en otras circunstancias, en un panorama más justo ajeno a la vida de palacio.

“Escorial” evoca los espíritus del llanto, la risa, el amor, la soledad, la locura y el poder. Los cuerpos de Castillo y Sosa materializan las pasiones que corrompen la vida que debería sentirse a plenitud. Celebramos la brevedad de esta crítica, y es que de una excelente obra no podemos decir tanto. Que sobren entonces los aplausos.

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Críticas

La Dalia Negra. El naciente fenómeno del cine-teatro en México

por Zavel Castro 27 septiembre, 2015

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La primera vez que vi una puesta teatral que incrustaba para su construcción a los lenguajes del cómic y de la cinematografía fue en la cuatrigesimasegunda edición del Festival Internacional Cervantino en la Ciudad de Guanajuato. Se trataba de “Historia de Amor” de la compañía chilena Teatro Cinema, dirigida por Juan Carlos Zagal. Digo esto con el único afán de desmentir la absoluta innovación supuesta de “La Dalia Negra” en el formato de cine-teatro, es decir que no ha sido la primera en Latinoamérica, sino en México. Esto de suyo significa un avance específico en la cultura nacional que cada vez con mayor determinación acepta la inclusión de nuevos formatos que amplían –ojo, no sustituyen- la oferta teatral y las capacidades creativas de los teatristas, así como retan la comprensión de los teatrólogos que tendrán que comprender este naciente fenómeno.

Naturalmente la primera vez que uno se enfrenta a la espectacularidad estética de las imágenes proyectadas en pantalla, que ciertamente funcionan como absolutos sustitutos de todo tipo de escenografía y ornamento, así como a la precisión coreográfica de los actores que no responden tanto a un estímulo vital de un compañero en acción sino a movimientos específicos para adaptarse a los inflexibles cuadros que precisan de la correcta ejecución de sus movimientos para significar. Es decir, si el actor se equivoca en dar un paso, dándolo un segundo antes o después u olvida en que sitio debe hacer determinada cosa, corre el riesgo de echar a perder el cuadro en el que participa como figura de un cómic en movimiento. Dicho lo cual, es evidente que este tipo de teatro-cine es extremadamente complejo y precisa de un alto grado de concentración y técnica.

Más allá de los requisitos técnicos para su excelente ejecución, esta nueva forma teatral resulta paradigmática y se ha convertido en un objeto muy interesante de estudio ya que acusa la misma intención que la que tuvo la ópera en sus inicios. Como se sabe, Richard Wagner concebía la opera como el <<arte total>>, un crisol que contenía diversas manifestaciones artísticas en un todo consecuente estableciendo con su coherencia un nuevo lenguaje universal y necesario para la época. Evidentemente los tiempos cambian y así lo hace también el teatro. Esto no quiere decir que las nuevas formas deben sustituir al teatro clásico, tal como ha sugerido hace apenas algunos días, Fernanda del Monte, en su texto “¿Qué hay después del teatro posdramático?” En él, del Monte ha sugerido una especie de estancamiento en la escena mexicana, señalando una inmovilidad de los teatristas que, según dice, no renuncian a las formas clásicas del teatro, conformándose con repetir un modelo punto menos que obsoleto.[1]

Creemos que “La Dalia Negra”  indica exactamente lo contrario a lo expuesto por del Monte respecto al estancamiento. «La Dalia…» producida por Jorge Ortiz de Pinedo Producciones, se sirve de la espectacularidad multimedia para ofrecer a los espectadores un producto que innova las formas teatrales conocidas hasta entonces en el país. El montaje es además mediador entre la eterna discusión entre la calidad de dos formatos otrora encontrados uno contra el otro, como si se tratara de una competencia irresoluble. “La Dalia…” concilia al cine con el teatro, humaniza la tecnología para conseguir un acercamiento eficaz a un público que cada vez busca más un entretenimiento de calidad, un teatro comercial artístico al que no se le puede reprochar falla alguna en tanto que es impecable con sus postulados.

“La Dalia Negra” historia escrita por John Ritchman, se basa en la historia real del asesinato de Elizabeth Short, hecho que conmocionó a Hollywood por la brutalidad de la muerte de la bella joven de veintitantos años aspirante a actriz, cuyo cuerpo fue encontrado descuartizado a orillas del parque Leimbert sin que la policía lograse dar nunca con el culpable. Durante el transcurso de la investigación sobre el asesinato, diversos nombres son propuestos como culpables, el padre de la chica, la mejor amiga, el exnovio frustrado, el amante, el pretendiente, etcétera. Será el público quien con algunas pistas acaso logre dar con el asesino.

La puesta obedece la fórmula de un thriller policiaco, y como dijimos en ningún momento desobedece los parámetros autoimpuestos por la lógica del montaje que no promete increíbles actuaciones (aunque destacamos con creces la de Juan Ríos) ni un conflicto o texto trascendente, sino simplemente una nueva experiencia teatral, un teatro que parece cine, un teatro de calidad que resulta entretenido y que se sirve de recursos novedosos (la pantalla, la estética de cómic, una excelente ambientación desde el vestuario, la musicalización y la voz) para mantener al espectador al filo de la pantalla. Como crítico, como espectador y como ser humano hay que saber medir las cosas con una justa medida, no pedir más de lo que se nos ofrece. La Dalia es una magna producción espectacular que recomendamos precisamente por la vistosidad de sus recursos escénicos, por la tensión que provoca, por su capacidad para mantener en suspenso durante una hora al público, por su innegable poder de convocatoria, e insistimos por su impecabilidad. Vale la pena vivir esta experiencia y descubrir junto con una exclamación incrédula al asesino de Elizabeth Short mientas se piensa en las infinitas posibilidades de un teatro que se adapta al presente sin renegar del futuro.

Notas

[1] Fernanda del Monte, ¿Qué hay después del teatro posdramático?

http://www.tierraadentro.conaculta.gob.mx/de-teatro-y-cosas-peores/que-hay-despues-del-teatro-posdramatico/ consultado por última vez el 27 de septiembre 2015. Esperamos tener la oportunidad de discutir con mayor amplitud este punto en reflexiones futuras.

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Críticas

Animalia. Ciencia en acción: evolución e involución de las especies

por Zavel Castro 27 septiembre, 2015

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Fotografías por Daniel Primo

Una vez más me encuentro como espectador lamentando la brevedad de las temporadas teatrales en la mayoría de los recintos de la ciudad de México, y es que pareciera que la política cultural del país obliga a los espacios a apresurar la rotación de los espectáculos que se presumen forman parte de una vasta oferta cultural que exige exhibición y promoción inmediata. Una de las consecuencias más acusadas de esta brevedad es que el público tiene que apresurarse a acudir a los convivios escénicos o de lo contrario se los pierde o se ve forzado a perseguir el evento, a descubrir en qué recinto se presentará próximamente.

Una vez hecho este lamento, que pretendemos profundizar en un pensamiento y texto próximo, podemos hablar con mayor comodidad sobre una obra a la que le queda tan solo un fin de semana y que merecería por mucho una prolongación por su frescura, calidad e importancia. Estamos hablando de “Animalia”, obra escrita y dirigida por Diego Álvarez Robledo, que, insistimos, se ha ganado el derecho a la reproducción por la relevancia de los elementos que componen este “dispositivo escénico” concebido con un gran sentido del humor que contagia de vitalidad a los espectadores.

Principalmente tenemos que atender al mensaje de la puesta que funciona como su eje toral: una crítica a las consecuencias de la evolución de las especies, de la superioridad del ser humano en esta jerarquización que, encumbrado con el apoyo definitivo del sistema capitalista se definió a sí mismo como criatura dominante absoluta y cuyo abuso de poder consiguió no solo la sumisión del resto de los animales, sino la amenaza de su destrucción definitiva y el agotamiento de los recursos que posibilitarían su supervivencia.

La relevancia de la reflexión es innegable, así como la sorprendente forma en que se presenta al público, forma que la actualiza y la inserta de manera definitiva a nuestro presente. Si tomamos en cuenta que el discurso ecologista y contrario al sistema capitalista y posteriormente al neoliberalismo, tal como lo conocemos, data de las décadas de los sesenta-setenta, sabremos reconocer y agradecer que se haya encontrado una fórmula de representación que lo resignifica y lo fortalece. Por primera vez en mucho tiempo, este discurso no será expuesto a manera de reproche, sino como una simple exposición justa y bien argumentada, aún cuando la toma de postura sea evidente no se recurre a la exageración ni a la victimización. Se apoya en cambio una estética grunge que recrudece el montaje y lo acerca a nuestra realidad inmediata. El discurso se urbaniza e impacta.

Álvarez Robledo ha decidido desvincular su teatro (en este montaje) del imperio de la palabra, utilizando como medio de expresión únicamente sonidos y (sobre todo) acciones. De tal suerte, que no tendremos personajes en escena sino criaturas en transformación constante interpretadas por cinco actores jóvenes de energía desbordante, todos dignas promesas del teatro físico cuya sola presencia es capaz de mantener alerta la atención del espectador quien no podrá quitarles la mirada de encima en espera de lo que pueda suceder en escena.

Frente a nuestros ojos Gerardo del Razo, Isaí Flores, Francisco Pita, Roldán Ramírez y Cut López Torres (este último, fuego incandescente, enciende las butacas con la energía de un rap que señala la pesadumbre que debería provocarnos las masacres del reino animal) son peces, bestias, caballos, científicos que experimentan en escena y seres humanos enceguecidos por el poder y la violencia, provocan guerra y con ello advierten su próxima e inevitable destrucción.

Sin duda alguna, Animalia es un montaje superior pensado especialmente para los jóvenes. No queda más que pedirte que no te la pierdas este último fin de semana.

Para más informes sobre el último fin de semana de Animalia, visita: http://www.foroelbicho.com/#!teatro/zoom/cjvo/image_1w4m

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Críticas

¿Danzar o morir? Apoteosis multidisciplinar de las heridas abiertas

por Zavel Castro 6 septiembre, 2015

IMG_9764-2Fotografía por Thito Gutierrez

La respuesta a la interrogante que intitula Ofrenda escénica de Fer Zam, director de la compañía “Jhú Art-Lab”, supone una toma de postura frente a la vida: la movilidad o la quietud tanto mental, corporal como espiritual, van adheridas necesariamente a una concepción del mundo que determina el devenir individual. En todo caso, existen momentos donde nos vemos obligados a tomar partido por una filosofía que justifique nuestros pasos.

Esta toma de postura se muestra en la Ofrenda escénica a partir del butoh, corriente conocida como el teatro de los muertos y en la cual se enfatizan temáticas como el abandono, la muerte o la desaparición, es decir, expresiones que se alejan del reproche del carácter efímero de la vida para acercarse más bien a la aceptación de “algo” que no puede ser aprehendido y algunos refieren como lo divino. Esta misma condición es la que obliga a reforzar la humildad del espectador-crítico, quien necesariamente asume que no todo puede ser explicado, que, en materia de arte, siempre habrá algo que se nos escapa.

Sobre esta misma línea, los miembros de Jhu Art-Lab ofrecen una obra coreográfica a manera de homenaje a la mirada de aquellos que están ausentes, para esos seres queridos que han fallecido hace tiempo y no pueden ser plenamente aprehendidos, volviéndose figuras metafóricas, en tanto que representan a todos los desaparecidos en pie de lucha; y, a su vez, entidades presentes en tanto que hay cuerpos poéticos expectantes que participan del convivio de la danza-teatro.

La ofrenda ha sido concebida para homenajear a los caídos en batalla, desde los heridos de muerte en la explosión de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, hasta nuestros seres cercanos y queridos que abandonaron y abandonarán pronto este mundo. Este montaje sirve para recordarlos de la mejor manera posible, de la entraña a la escena sin intermediarios incómodos. Que todo sea dicho con honestidad. Que la obra sea un todo coherente, un universo creado con certeza para que voz, movimiento y espacio se pertenezcan y se entrelacen en tres cuerpos distintos.

En entrevista, Zam ha esclarecido la definición de su trabajo como “ofrenda”, explicando que más allá de concentrarse en la espectacularidad del montajes (que sin embargo posee), ha sido concebida a manera de agradecimiento a los ojos del espectador; en éste recae la responsabilidad de significar la escena, de darle sentido, comprenderla y, en algunos casos, incluso explicarla.

El montaje narra distintos episodios de la vida de un hombre que se ha erigido como protagonista sin proponérselo, un personaje que ha abandonado el anonimato para sufrir poco a poco ante nuestros ojos, cada vez con mayor intensidad, con menor vergüenza, sin pudor alguno, trastocando los limites invisibles de la emotividad socialmente aceptada.

Danzar o morir. Dejarse ir hacia ningún lugar y hacia todas partes al unísono como las linyeras, los gitanos, los niños, los locos, los méndigos, los que han sufrido tanto ya que el único camino es seguir hacia adelante. Las almas libres, aquellas que andan siempre hacia el monte como los cimarrones: sin estribos, sin culpas, sin cargas; sin arrepentimientos, sin reproches. Sin temor de obedecer el corazón a cada instante. Los cínicos, los hedonistas, los budistas zen; los que ríen y lloran con la misma intensidad, disfrutando el placer y el dolor de la misma forma porque hace tiempo han entendido que uno no existe sin el otro. Ondular como hacen las olas y la voz que en canto llega hasta lo más profundo o permanecer en el mismo sitio esperando que pase cualquier cosa, soñando siempre con lo extraordinario, temiendo que algún día suceda. Encarar la vida o confrontarla. Aceptarla o esconderse.

La reflexión, contenida sin disimulo en este montaje, potencia la estética de la escena: personajes monstruosos, fantásticos y harapientos transitarán la escena para hacerse temer consiguiendo así la compasión. La escenografía se acerca a la destrucción, al imaginario occidental del infierno según la perspectiva del Medioevo, visión que corresponde a una sensación de orfandad y desolación, aunque sin llegar a la depresión definitiva.

Maquillaje, vestuario, escenografía, a cargo de Miguel Sánchez Lagrieta, así como el cuerpo mismo de aquel que se ofrenda ante nosotros, en este caso, Zam y Macuilxochitl Ponce Boone, quien transita el escenario con lentitud y con una voz bella, lejana y oscura. Los creadores combinan de manera orgánica lo magnífico y lo grotesco -con una naturalidad que solo consiguen quienes hacen las cosas de corazón, sin mayores ambiciones que obedecer al instinto, ajenos a cualquier tipo de presunción-, categorías estéticas que, como se sabe, se piensan excluyentes pero en realidad seducen sus fronteras de manera permanente.

El montaje consigue un gótico exotismo, situado en un más allá que nos es difícil reconocer aunque miremos fascinados. Los espectadores contemplan la danza sin comprender desde la mente, excluimos la racionalidad para introducirnos en el mundo onírico y desgarrador de alguien más hasta el punto en que tampoco nos es posible distinguir quién sueña y quién mira.

Celebramos la representación digna del butoh, la celebración de la vida en aceptación de la muerte, erotismo mortuorio, alucinante, la provocación de la mirada atónita, el rechazo a la negación del dolor. La preocupación por encontrar una respuesta ante la interrogante con la intención de saber quiénes somos. Filosofía del verbo, hacer y decir al mismo tiempo. ¿Danzar o morir?

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Críticas

Bisontes. Envidiar la felicidad de las personas «normales»

por Zavel Castro 14 agosto, 2015

11868828_10207568384877426_208546166_nFotografías por Darío Castro

El espectador debe estar dispuesto a experimentar una transición en su interior en caso de que quiera ir a ver esta puesta en escena, sirva también la advertencia como recomendación a este montaje que consigue con creces el objetivo más preciado del teatro: capturar la atención del espectador y mantenerla hasta que éste haya saciado sus ojos, mente y espíritu con un alimento que trasciende la materialidad. El espectador de Bisontes indagará en su consciencia hasta pasar junto con los personajes, de la oscuridad hacia la luz.

La densidad del texto escrito por Ismael Hernández-Medina, proyecta sin lugar a dudas un interés genuino en el teatro, en la realidad nacional y sobre todo en la potencia del instinto; Hérnandez-Medina disecciona el interior de los seres humanos para mostrarnos lo peor de nosotros mismos, la peligrosidad que representa un corazón herido, la intensidad de nuestras pasiones y los equívocos que provocan. El dolor que podemos causar y padecer a costa de nuestra ignorancia. No sabemos querer y a menudo forzamos el vínculo ¿Para qué? Para lastimar, para lastimarnos, para culpar a Dios, al destino, a nuestros padres, a nuestras parejas de nuestros infortunios. Victimización, reclamo, dolor y desgracia.

Bisontes es un montaje que no necesita más que de la escenografía necesaria: apenas una mesa montada con platos que denotan la baja condición social de la familia agraria que representa y una cruz de madera que funciona en todo momento como un símbolo omnipresente; la cruz revela aquello que negamos de nosotros mismos, tal como lo hace la figura de Dios según todas las mitologías. La cruz observa en silencio a los seres monstruosos que conforman una familia que, lejos de quererse, inconscientemente sólo busca su propia destrucción.

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La familia monstruosa se esconde en ropajes sencillos y caracteres fuertes, los miembros provenientes del norte de México -notorio en modos, acentos, corporalidad e idiosincrasia- son interpretados por un grupo de jóvenes actores: Roby Valdez, Miguel Narro –también director del montaje-, Ramiro Piñón Manini, Alejandra Ricardez y el propio Ismael Hernández-Medina. Todos ellos prometen un futuro digno sobre los escenarios[1] mexicanos. Los recién egresados de Casa Azul han asumido a tal grado sus papeles, que consiguen contar la historia de los hermanos a quien prestan su piel con una gestualidad que no deja lugar a dudas. En lugar de servirse, estas “almas enfermas” develan su interior mediante miradas, por medio de la relación corporal con el otro. Estos personajes dicen más con lo que callan.

El excelente manejo de la contención silenciosa demuestra el talento que solo consiguen unos cuantos, más aún a la edad de egreso donde todo por demostrarse se exagera, se sobreactua o se subactúa. No obstante, el elenco de Bisontes a causa de su tranquilidad –que no pasividad-, de la seguridad con la que se plantan en el escenario mantiene en vilo al espectador, al filo de su butaca; ellos actúan desde las entrañas ¿Qué es lo que ha pasado en el interior de esa familia norteña? El suspenso se acrecienta hasta que explota frente a nosotros. Hasta que el corazón de los actores, director y dramaturgo es ofrecido al espectador en pedacitos. Hasta que corre la sangre, hasta que los miembros de esta familia disfuncional al extremo ya no saben dónde esconderse, hasta que han deshecho por completo un vínculo sagrado.

En la historia se cuenta a manera de intertexto y justificación una fábula de la extinción de los bisontes, bestias pacíficas que se extinguieron de a poco, al contrario de nuestra monstruosidad que amenaza con seguir creciendo mientras las pasiones se repriman. Pero la monstruosidad no le sucede a cualquiera, le sucede “tan solo” a los “anormales”, ¿Quiénes son ellos? Bisontes contiene un señalamiento contundente, un discurso sobre la otredad que culpa y reclama a la religión las perversiones del alma. Discrimina, sí, del mismo modo que hacemos todos para creernos mejores. Y está muy bien que pase esto en el teatro, reflejo de lo que somos y de lo que pensamos ¿Para qué mentir si en el teatro se pueden gritar verdades? Y puede uno equivocarse, sí. Aprender, avanzar, lanzar convicciones explícitas que enriquezcan cualquier postura en el momento en que se asume un punto de vista.

Bisontes es pues un montaje sincero que vale la pena ver para disfrutar de teatro independiente mexicano con extrema calidad.

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Bisontes se presenta en el Foro el Bicho (Colima 268, col. Roma Norte) / Los viernes a las 8:30, sábados a las 7:00 y domingos a las 6:30 pm.

Notas

[1] Incluso Ricardez quien en la función presenciada mantuvo una energía más baja que el resto del elenco, cuestión que arriesgó la empatía, comprensión y efecto en los espectadores.

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