Escombros

fotografía: Darío Castro
fotografía: Darío Castro

El 19 de septiembre el sismo de 7.1 grados Richter cimbró a la sociedad mexicana. La magnitud de la catástrofe demandó la participación de la comunidad artística quienes inmediatamente dispusieron sus mejores armas al servicio de los afectados. La gente de teatro, de la que hablaremos principalmente porque es a la que mejor conocemos, nos conmovió de manera especial cuando con una rapidez inusitada organizó centros de acopio de víveres, medicamentos, ropa, juguetes y todo aquello que pudiera ser útil a los afectados. Los teatreros utilizaron sus redes sociales para compartir cualquier tipo de información para ayudar a quienes lo necesitaran compartiendo las direcciones de los centros de acopio, albergues para quienes padecieron el derrumbe de sus casas o fueron desalojados de ellas por protección civil, actualizando constantemente la información sobre lo que se requería con urgencia, documentando la entrega de los donativos, publicando los datos de las líneas para depositar a la Cruz Roja y a los Topos que, junto con los ciudadanos trabajaron incansablemente para tratar de encontrar personas entre los escombros, información legal sobre seguros, pérdida de documentos, y un largo etcétera que puso de manifiesto la eficacia de las redes sociales como medios de comunicación inmediato.

Facebook, twitter e instagram fungieron como extraordinarias plataformas de solidaridad, pero también de denuncia sobre la corrupción, desvío de fondos, abusos sufridos por parte de las autoridades, las mentiras transmitidas por televisión  y la exhibición de personajes que actuaban sin humanidad ante la tragedia, como aquel titiritero cuyo primer impuso fue twittear en un tono burlón que se alegraba de que en el sismo había colapsado un barrio de la Ciudad de México en el que todos eran veganos dando a entender que de algún modo lo merecían y que incluso, estaba bien porque gracias a ello se evitaría la gentrificación. Personajes como ese y como aquellos que con humor negro compartían imágenes desafortunadas también salieron a relucir para demostrar una vez más los claroscuros de los infortunios de la vida.

Como ya hemos hablado de la parte luminosa, toca el turno de profundizar un poco sobre las imágenes y reacciones oscuras que también han surgido en el medio teatral (tanto como en otros). En primer lugar, la catástrofe produjo en algunos creadores escénicos una intempestiva necesidad de demostración que los obligaban a participar en las labores de rescate solo para exhibir esta participación a través de videos y selfies para, seguir con su vida una vez que hubieron conseguido una imagen probatoria que los pusiera de moda. No fue poco común ver fotografías y mensajes de apoyo, seguidas de trivialidades los días posteriores como si nada hubiera pasado. Sospechoso. Como si tomarse la foto en los escombros siguiera la misma lógica del lanzamiento del frapuccino unicornio.

También hubo quienes quisieron mostrar su apoyo a la solidaridad del gremio o su admiración a los rescatistas con publicaciones “cotorras” que quizá en estos momentos podríamos considerar un poco fuera de lugar. Otros aprovecharon para destacarse por medio de su talento con composiciones y creaciones artísticas a disposición de la causa, especialmente para participar en las brigadas artísticas que comenzaron a emerger como soluciones inmediatas al estrés traumático de las personas que  habitan los albergues, la mayoría de estas actividades se organizaron con las mejores intenciones pero de una manera irresponsable y desorganizada, descuidando en primer lugar, la calidad de los números de entretenimiento y la pertinencia terapéutica de los mismos.

Lo más triste de este tipo de organizaciones es que demasiado pronto pretenden diferenciarse unas de otras al grado de que en lugar de unir a la comunidad teatral (si es que existe algo medianamente parecido a esto) manifiestan el separatismo que explica la fragmentación del gremio. Las banderas que llevan a referir a los dirigentes de los centros de apoyo como “mi albergue” “mi centro de acopio” “mi teatro” impiden además la interconexión y cooperación auténtica sin etiquetas. Así como la ansiedad que lleva a los participantes a revelar una excesiva sed de protagonismo a mitad de la catástrofe. No es momento de brillar.

No puedo dejar de mencionar a los oportunistas que quisieron aprovecharse en términos comerciales de lo sucedido, tanto la mercancía que apareció de pronto con la imagen de “Frida” la perrita rescatista como con mensajes solidarios, artículos que fueron ofrecidos a la venta prometiendo donar las ganancias a los grupos de apoyo para los damnificados (¿cómo pueden demostrarlo?). Tanto como los teatros que obligan a las compañías que presentan obras en sus recintos a donar parte o el monto total de la taquilla para la causa o a dar funciones gratuitas quizás solamente para justificar su reactivación. Desconfía y acertarás.

Es necesario visibilizar las conductas para que  -tomando las palabras del historiador Alfredo Ruiz Islas- nunca perdamos de vista que la realidad siempre tiene más de un lado, que junto a la solidaridad está la avaricia, junto a la generosidad, el crimen. “No hay que perderlo de vista, que no se diga, al final, que todos los esfuerzos naufragaron en un mar de candidez.” El infierno está empedrado de buenas intenciones.

Zavel

 

 

 

 

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