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Reflexiones

Reflexiones

Humor y política en el teatro mexicano

por Ricardo Ruiz Lezama 24 abril, 2018

Recuerdo una frase que no he podido olvidar a pesar de los años, he buscado al autor sin encontrarlo hasta la fecha: “una comedia es una tragedia en piel de cordero”. No solo la oposición de valores paradójicos da a esta frase vuelos poéticos que la hacen memorable (tragedia-comedia, peligro-calma, depredador-presa), sino que la premisa que se infiere de esta sentencia es sumamente contundente por la verdad que revela: la risa y el humor son peligrosos. ¿Y cómo no van a serlo si tienen un potencial tanto creativo como destructivo, tanto erótico como tanático? El humor puede crear momentos de profunda intimidad y camaradería, destensar una situación incómoda, reconciliar personas enojadas, pero por otro lado la risa puede hacer que un niño o una niña que sea objeto de burlas se suicide. El poder del humor es capaz de trastocar la realidad, de hecho, lo hace. En este ensayo hablaré sobre las implicaciones que tiene el humor dentro de la vida política como ejercicio del poder, así como explicaré de qué forma en algunas manifestaciones teatrales ha devenido como una herramienta del poder dominante, pese a que en apariencia sus objetivos sean totalmente opuestos. La risa es una cosa seria, no puede tomarse a la ligera.

El humor como ejercicio del poder

La creación del humor es similar a la creación de la metáfora, consiste en la asociación de dos o más elementos que no se corresponden. La risa del público en esta construcción es la que termina de organizar ambos universos, de darles coherencia (D. López, 2008). Es decir que en un chiste que contenga los elementos, por ejemplo, mujer-tonta o pobre- tonto, la risa sería el componente que terminará por dar sentido a ambos universos semánticos.
Lo peligroso del asunto es la forma en que se manifiesta el ejercicio de poder, pues “la risa así, implica un consenso inconsciente con la autoridad de la estructura asociativa y se convierte en una forma de asumir como normal la relación establecida entre ambos dominios. De ahí que el sentido del humor […] se convierta en una sofisticada herramienta del poder simbólico en el sentido concebido por Bordieu” (D. López, 2008, p. 75). Lo que significa que el humor normaliza en estos casos una serie de violencias estructurales y simbólicas dentro de una relación social inequitativa.

Un ejemplo claro de esto son los chistes misóginos, en donde el sistema dominante, en este caso el patriarcado, perpetúa la idea de la inferioridad de la mujer mediante la asociación de universos tales como mujer-ineptitud, mujer-estupidez, etc. Al igual la clase dominante y privilegiada mantiene la idea de la inferioridad de la clase obrera a través de conjuntar pobre-idiota, pobre-perezoso, etc. Y en sí la violencia simbólica más grande del humor es transformar a personas y comunidades enteras en objetos de burla.

Como se dijo con anterioridad lo que hace el humor en estos casos también es generar la idea de que lo que refiere es así, como si debajo no hubiera ideología. Entonces si se cuenta un chiste sobre mujeres se cree que revela una verdad o define objetivamente, en lugar de construir una subjetividad. Este es otro de los peligros del humor en relación con la violencia y el poder, genera subjetividad, con lo cual muchas generaciones que repiten el mismo chiste terminan prolongando ideas despectivas provenientes de una ideología intolerante y discriminatoria.

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

Teatro mexicano y humor

Habiendo dejando clara la utilización del humor, consiente o inconscientemente, como una herramienta de dominación, pasaremos a un tópico que me preocupa y es tema fundamental de estas reflexiones: el teatro mexicano. ¿Por qué el teatro y no el cine o la tele que tienen más alcance de público? Porque para muchos creadores y espectadores el teatro se ha vuelto un lugar de resistencia micropolítica donde las formas y discursos deben servir como última esperanza esteticopolítica de la sociedad, debido a la mercantilización del cine y de la televisión. En el teatro mexicano aún quedan unos cuantos, incluyéndome, que creemos que este arte puede ayudar a mejorar la situación política del país. El problema es cuando forma y contenido se contradicen y entonces el teatro termina volviéndose cómplice de aquello contra lo que lucha.

También he decidido hablar sobre el humor porque la tradición cómica de México es fundamental para la vida política del país. Desde tiempos de la carpa, y quizá antes, el humor funcionó como una herramienta revolucionaria. No podemos olvidar que el cómico Palillo casi siempre al final de sus representaciones terminaba encarcelado. El humor es y sigue siendo uno de los medios más contundentes de relación entre creadores, espectadores y política. Espero que estas reflexiones ayuden a reconsiderar el papel del humor dentro del teatro y nos haga preguntarnos por qué la comedia en todas sus variantes se ha vuelto inofensiva para el Estado, incluso, su cómplice.

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

Dramaturgia

LEGOM (Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio) es indudablemente uno de los dramaturgos fundamentales de nuestros tiempos, referente indiscutible y creador de un estilo único que ha generado, queriéndolo o no, una escuela de dramaturgia que hasta la fecha nuevas generaciones de escritores pueden y deben considerarse herederas de LEGOM.

El estilo de este dramaturgo singular se caracteriza por el uso de un humor obsceno y descarado que no respeta nada. En ese sentido podríamos catalogar su dramaturgia como amoral, lo cual no es un problema, al contrario, es una virtud ir en contra de una moral establecida que es contraproducente, el problema es que su humor deviene en violencia simbólica que reproduce estereotipos discriminatorios.

En su obra De bestias criaturas y perras hace burla de una mujer a la cual el protagonista violenta toda la pieza, y de su hijo con discapacidad intelectual; en Edy y Rudy se burla de dos amigos pobres, además en un momento propone una “situación cómica” a través de imaginar esclavizar a un grupo de personas con Síndrome de Down; en Demetrius o la caducidad vuelve a burlarse de un pobre, de sus sueños y formas de hablar. La idea que inserta en la subjetividad de quienes se acerquen a estas obras y otras más de este autor es que la violencia de género es divertida así como el clasismo, que las personas de escasos recursos son tontos y por lo tanto merecen ser objeto de burla -la desigualdad social vista como un chiste y la pobreza como una caricatura grotesca -, para LEGOM también merecen ser objeto de burla las personas con alguna discapacidad.

La influencia de este autor puede verse claramente en otros dramaturgos jóvenes que también reproducen estas ideas discriminativas, los cuales están ganando premios nacionales y empiezan a ser reconocidos en el ámbito del teatro de arte. No digo que esté bien o mal reírse de tal o cual cosa, solo señalo las implicaciones políticas que tiene, además de nombrar las cosas como son, no es humor negro es violencia simbólica. Nadie pone en duda el aporte de LEGOM a la dramaturgia mexicana, pero es momento de cuestionarnos, no solo de él, sino de todos los dramaturgos y dramaturgas que nos anteceden, su discurso y pertinencia política más allá de sus contribuciones estéticas. ¿Qué ideología replicaremos o combatiremos?

Foto. @DarioCastroPH

Foto. @DarioCastroPH

Cabaret

El cabaret es uno de los géneros cómicos y políticos por excelencia. Heredero de la tradición de carpa mexicana, la cual servía no solo como divertimento sino como espacio de denuncia social. Sigue siendo uno de los fenómenos más contundentes discursiva y estéticamente hablando, además de que sigue convocando grandes cantidades de espectadores (dentro de la propia lógica del mismo teatro artístico, nunca comparable con los medios masivos, pero sí dentro de su propio universo). El problema del cabaret en relación con el humor no es precisamente el mismo que se ha tratado durante gran parte del texto, los y las artistas de cabaret se caracterizan fundamentalmente por una conciencia política sobre la estética, cuidando los estereotipos discriminativos y el discurso en todos los elementos significativos de la puesta en escena. El problema del humor en el cabaret tiene que analizarse desde una de las perspectivas que propone Freud , que es la de descargar la tensión acumulada (Freud, 1856-1939). El cabaret denuncia las injusticias y al hacerlo provoca risa, una risa liberadora que hace que los espectadores nos vayamos a nuestras casas sonrientes al finalizar la función. El problema del humor en el cabaret es que acaba con la indignación, trivializa de algún modo las problemáticas del país e inserta en la subjetividad de los asistentes que lo que pasa, las múltiples vejaciones y atropellos que se cometen a los derechos humanos día a día, son para reír. Transforma la realidad trágica del país en un chiste.

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

Espero que este texto sirva como un aporte al pensamiento crítico sobre el ejercicio de la creación artística teatral a través del humor. Solo es una apertura a la complejidad de la cuestión. Únicamente preguntándonos y buscando respuestas quizá sea posible acceder al ideal de tantos creadores: mejorar el mundo a través del arte, de la risa.

RicardoADP
Bibliografía

D. López, Sergio (2008). “Humor y poder. Una afinidad comunicativa en el contexto social”, en AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana. Volumen 3, Número 1. EneroAbril 2008. Pp. 64-94. Madrid: Antropólogos americanos en Red

Freud, Sigmund (1856-1939). «El chiste y su relación con lo inconciente», en Obras completas.  Buenos Aires :   Amorrortu

Reflexiones

Agüard Cison

por Aplaudir de Pie 10 abril, 2018

Como muchos actores y actrices he soñado (practicado) con ganarme un Óscar, es uno de esos sueños que parecen imposibles y probablemente lo sea para una cabaretera como yo. Tal vez por eso nos parecen tan emocionantes los premios que se han creado en nuestro país, por esa ensoñación de caminar por la alfombra roja con un vestido que no te deja respirar y depilada hasta los nudillos. Luego recibir ese premio llorando e impidiendo que pongan la música que te obliga a cortar porque debes agradecer a toda tu lista de personas importantes en un hermoso momento de frenesí. Pienso mucho en los premios que rodean a nuestro amado gremio teatral, sintiéndome un poco contrariada por no saber cómo reaccionar ante ellos. Creo de entrada que nuestro país ha fallado en crear una premiación que tenga ese glamour que añoramos, pero sobretodo que responda a nuestra cultura y necesidad, pues queremos copiar todo lo que nuestro hermano del norte nos vende, logrando casi siempre quedarnos cortxs. Tal vez porque deberíamos dejar de intentar recrear sus propuestas y empezar a crear las nuestras.

Esta realidad se hace un poco más clara en los premios creados para “lxs teatrerxs“, premios que hemos aceptado sin chistar, a pesar de sentir que existen varias fallas,  por la vaga posibilidad de ganarnos uno. Por eso me nace esta reflexión al respecto, porque creo que hay un espacio para mejorar que pueden aprovechar si escuchan las críticas que se han generado estos años (aunque varias de las críticas a algunas de estas premiaciones en el pasado han creado rencor y la frase “Se enojan porque no los nominamos“).

Recientemente se realizó una entrega de premios en el Teatro de la Ciudad. Debo decir que llevan varios años que me preocupan las nominaciones y ganadorxs de la asociación que los organiza, sobretodo porque la agrupación nombra a los montajes nominados como “Lo mejor del Teatro” pero dudo que hayan visto todas las propuestas teatrales de la ciudad, entonces no es ¨Lo mejor del Teatro” sino “Lo mejor que nosotrxs vimos de Teatro” digo por lo menos que yo sepa no vieron un espectáculo mío. Mi otro cuestionamiento siempre ha sido, quiénes son la Agrupación y cómo se les invita a que vean tu show, o ¿lo hacen de incógnito para que la cosa sea más interesante?, digo porque pues debería existir una claridad al respecto en un espectáculo que se presentará en un recinto pagado con los impuestos de los y las creadorxs que no fuimos nominadxs. Y bueno ya llega el chiste de la claridad sobre la pluralidad de las obras que fueron a ver cuándo dentro las nominaciones en varias categorías se repiten creadores (porque en la CDMX hay bien poquitos directores y escenógrafos) o los tres espectáculos nominados a Mejor Espectáculo de Cabaret (porque hay poquita oferta cabaretera en el ex D.F.). Y ahí es cuando pienso que si tu premiación genera más dudas que respuestas se siente medio truculenta la cosa, como cuando ves un restaurante al que nadie va pero sigue abierto y piensas ¨Narcos¨, es decir, puede que en verdad no sea truculenta la cosa pero ¿para qué hacer cosas buenas que parecen malas?

Quiero decir ahora que me parece que los y las creadoras nominadxs son increíbles, no dudo de sus nominaciones o del maravilloso trabajo que hicieron en sus espectáculos, lo que creo es que como creadorxs podemos exigir claridad y transparencia, así como una mayor heterogeneidad en sus nominaciones.

Luego tenemos a  los Premios Metropolitanos de Teatro, debo decir (sin ironía) que cuando los escuché me entró la emoción porque pensé que había una posibilidad de competir en una premiación porque ahora sí iba a saber a quién invitar y realizar mi sueño del vestido que no me deje respirar. Luego cual Condorito me caí para atrás cuando vi que era necesario pagar una entrada para el ingreso así como tener una temporada larguísima como de Televiteatros. Ahí pensé que era evidente que esas peticiones eran el primer filtro para nominar producciones conocidas como “comerciales“, y me decepcioné e hice lo que hace una actora en estos casos: quejarme en camerinos. Pero he de decir que al paso del tiempo hay cosas que me han dado más confianza con respecto a esta premiación. La primera razón que me dio más confianza es que han cambiado sus bases, sobretodo la del precio de entrada y las funciones mínimas,  ya que supongo que se les hizo evidente que no todas las propuestas podían gozar de entrar a su terna si de por sí la taquilla no les da para pagar una nómina a sus creadores, o que las temporadas actuales te lleva a develar placa a las 12 representaciones. También me gustó que mandé un correo para pedir informes, el cual pensé que sería respondido con otro correo pero mis sorpresa fue grande al ver que se me ha dado un seguimiento por teléfono a mi interés por inscribir mis espectáculos, lo que me hace sentirme más tranquila e informada. También me agrada ver que las obras inscritas son promovidas en sus redes, al final va de acuerdo a su planteamiento de hacer unos premios que impulsen al teatro. Pero bueno hasta ver no creer, así que habrá que esperar a su premiación este agosto, que irónicamente será también en el Teatro de la Ciudad, ja.

Pero debo decir que los premios que merecen un premio en sí, son los maravillosos Jimenitos Aguords. Creo fervientemente que son los únicos premios que nos representan como gremio teatral mexicano y no como un intento fallido de Fashion Police producido por E! Latinoamérica. Tienen esa comicidad que necesitamos de una premiación, esa claridad en cuanto a sus nominaciones y a lo subjetivo del asunto, así como el nombre más chipocludo del universo mundial. Puedo decir que los de aquella agrupación o los METRO  podrían aprender mucho de estos últimos, sobretodo a no tomarse en serio, porque creo que cuando una se toma en serio es cuando nos perdemos como creadorxs. Tal vez muchxs no lo admitan pero sienten más ganas de ganar un Jimenito que cualquier otro reconocimiento.

Si alguno o alguna de ustedes bondadosxs lectorxs asiste a la entrega de alguno de estos premios, no dude en escribirme para contarme su veredicto. Y quién sabe, tal vez pronto existan unos premios a los premios, como esa categoría de los Emmy´s que se entregan un premio a ellos mismos por la transmisión de los Emmy´s del año pasado.

Mariano Ruiz  Actora y cabaretera

Mariano Ruiz
Actora y cabaretera

 

Reflexiones

Teatro Capricho

por Zavel Castro 21 marzo, 2018

Últimamente hemos dedicado nuestras reflexiones a tratar el tema de la responsabilidad en el teatro, reflexionando sobre el deber tanto de quienes lo hacen como de quienes lo programan y lo premian. Ahora, toca el turno de reparar en estas otras importantes cuestiones: la vanidad, el egoísmo y el descaro que tantas veces sustentan las ganas de montar una obra. Muchas más veces de las que nos atreveríamos a aceptar, gran número de las ofertas en la cartelera de teatro responde solamente a un capricho que poco beneficia al público que asiste.

¿Cómo podemos reconocer que un montaje fue creado como respuesta casi impulsiva a un antojo? Cuando es claro que no tiene interés en dialogar con el público, cuando solo es montada para complacer al director y a su cerrado grupo de amigos, con los mismos intereses, referentes y lenguaje que es encima muy distinto –insisto- al público al que va dirigido. Imaginemos, por caso, que hay una obra dirigida por un director de cine, que habla de cine y que fue hecha especialmente para gustarle a los amigos cineastas de dicho director. Sin embargo, es muy probable que la mayoría de estas amistades tendrán cortesías y descuentos y que los “responsables” de pagar la renta del teatro y parte del sueldo de los actores en caso de que el trato con el espacio sea dividirse el recaudo de taquilla, sea el público anónimo que no empatizará con la puesta encima un poco larga, tediosa y con algunos diálogos en inglés, porque claro, la zona del teatro indica que los espectadores poseen un nivel tan avanzado del idioma que pueden conmoverse con lo dicho por uno de los personajes; en suma, una obra snob archi burguesa con actuaciones mediocres de la que el director no sintió la necesidad ya no de traducir por completo sino de tropicalizar para que tuviera sentido de montarse fuera de los Estados Unidos.

El director de cine haciendo teatro (porque encima es menos costoso que cualquiera de sus películas) cree que hablar de “pandillas” y de “racismo” hacia los negros impactará al público clase media alta que imaginariamente vive un barrio Yankee (así lo evidencian sus anglicismos cotidianos) en suelo mexicano (qué oso, dirían ellos). El director que no logra que su obra sea ni siquiera genuinamente entretenida se ufana con orgullo de sus decisiones egoístas. Yo misma lo escuché decirle a un amigo en el estreno a medios que “había hecho lo que se le había antojado, que había metido todo lo que quiso, porque la puesta era suya ¿y quién le iba a poder decir otra cosa? Que le valía verga”. Claro que sí, “le vale verga” que nos aburra su montaje, pero si quiere que el público pague su chistesito.

Imaginemos que en lugar de hablar de su sofisticado gusto cinematográfico un director quiere compartir su amor por las artes visuales, elige a un artista esencial para la historia del arte del siglo XXI, un pintor vanguardista, y se propone a rendirle homenaje en escena sin estudiar a fondo al artista en cuestión. Entonces acepta montar una dramaturgia que describe un personaje sin correspondencia alguna con la personalidad del hombre que pretende homenajear, eligiendo para representarlo a otro artista visual que resulta pésimo actor –¡encima es un monólogo!- conformándose con lazar algunos datos sobre su vida y muerte interpretados a través del crisol de la cursilería del dramaturgo mientras el público desmaya de tedio en sus asientos hasta que puede irse sin siquiera aprender algo sobre el personaje o sobre su arte. Pareciera que la intención de un montaje así es presumir cuánto les gusta la obra del pintor (al director o al dramaturgo) aunque carezcan del talento necesario para transmitir ni su vida ni su obra porque no saben cómo hacerlo, porque no hay una investigación rigurosa de la biografía del pintor que la sustente o un estudio sobre sus piezas, porque saben demasiado poco tanto de él como de su contexto ¿Entonces por qué lo hacen?  ¿Porque estrenan haciendo como que todo salió bien, como si fuera algo digno de ser visto?  Porque quieren y pueden. Esto no es suficiente. Es, más bien, un descaro. Un acto egoísta.

Insisto, vanidad, egoísmo y descaro no pueden justificar una puesta en escena. Ojalá el público que paga sus boletos por los montajes, al momento de detectar esta motivación ruin pudiera salir del teatro y exigir la devolución de sus entradas. Para que esto pase es preciso que ejercite su mirada crítica, para ello ha de servirle la consigna:

Si el público ideal de una puesta no va más allá del círculo cercano del director, entonces es teatro capricho.

Entonces no vale el esfuerzo de ningún programador preocupado por su espacio, como tampoco vale que el público sacrifique su tiempo yendo al teatro. Por ningún motivo merece aplauso alguno, al contrario, el “boca en boca” también debe funcionar para impedir que alguien más vaya. No solo no recomendando sino explicando el por qué no debe verla nadie. Teniendo una cartelera tan grande como la tenemos en México, ninguna puesta es imperdible, menos aquella en manos de un director caprichoso.

Zavel

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Humberto Robles. Nadie es profeta en su tierra

por Ricardo Ruiz Lezama 18 marzo, 2018

Sin duda las políticas culturales y los sistemas de validación artísticas en cada país son diferentes, pero a su vez hay puntos de encuentro, uno que es invariable -me atrevería a decir en casi todos lados- es que gran parte de los artistas que conocemos de otros países se debe a las redes de contactos que han desarrollado más allá de su calidad artística.  Esto me quedó más claro al hablarlo con una programadora argentina que me preguntaba si existía algún gran creador mexicano que no estuviera insertado en el circuito de reconocimiento nacional. Yo inmediatamente contesté que sí, que existe un gran autor mexicano reconocido en muchos otros países, objeto de estudio, con más de veinte años de trayectoria,  cuyas dramaturgias son montadas en múltiples idiomas pero que no tiene el reconocimiento que merece dentro de su propio país, tanto por su trayectoria como por la calidad de su obra, en cuanto a lo artístico y a su pertinencia política. Se trata de Humberto Robles, uno de los dramaturgos mexicanos más montados en el mundo.

Si estás leyendo esto y sabes quién es Humberto Robles, no todo está perdido, pero si no, significa que ha triunfado el compadrazgo y nepotismo en el teatro mexicano. Igual si sabes quién es, es indudable que el compadrazgo y nepotismo triunfaron desde hace años, pero el talento y ética pueden sobreponerse al sistema corrupto de validación. Me parece sorprendente que un autor con la calidad artística y discursiva de Robles no haya sido montado aún por la Compañía Nacional de Teatro, la cual se encarga de mostrar lo más representativo de nuestras dramaturgias y se supone debería tener un compromiso político a favor de los derechos humanos; a su vez me sorprende que los reconocidos directores de escena nacionales no tengan mínimo un proyecto suyo en su haber.

Robles es un dramaturgo muy versátil que escribe tanto obras cómicas, como farsas, cabaret y uno de sus más grandes aportes es utilizar el arte teatral como un instrumento de denuncia en contra de la impunidad, las violaciones a los derechos humanos y la injusticia social. Justo llama a este tipo de dramaturgia “teatro útil”, por usar el arte en pro de los derechos humanos como una herramienta generadora de conciencia y buscadora de justicia. Precisamente esto último es uno de sus más grandes aportes al teatro mexicano. Mientras otros creadores callan ante las problemáticas sociales que atraviesa México o hacen mero populismo vacío al utilizar los temas dolorosos para hacer obras snobs carentes de intenciones transformadoras y revolucionarias, Robles genera obras en las cuales todo queda expuesto, sus dramaturgias son potentes testimonios descarnados que buscan movilizar y visibilizar. Es francamente uno de los pocos creadores mexicanos que siguen intentando mejorar al mundo desde el arte.

Algunas de estas extraordinarias dramaturgias pueden encontrarse en un libro electrónico titulado Teatro documental. Ahí se encuentran Mujeres de Arena, Nosotros somos los culpables, Las flores de Atenco e Intervención por Ayotzinapa. La característica principal de estas piezas es que son obras creadas a partir de investigaciones detalladas y testimonios reales. Mujeres de Arena nos muestra la problemática de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y cuenta con los testimonios de madres afectadas por esta dolorosa situación; Nosotros somos los culpables trata sobre la tragedia del incendio de la Guardería ABC en el año 2009; Las flores de Atenco es un recuento de las diversas vejaciones, asesinatos, violaciones y detenciones extrajudiciales cometidas por la policía en el poblado de San Salvador Atenco del Estado de México; Intervención por Ayotzinapa es un texto que alza la voz por el caso de los normalistas desaparecidos.

Todas estas dramaturgias no solo hacen un recuento de lo que pasó en cada una de las diversas tragedias que trata, sino que además muestran sin ningún temor la responsabilidad del Estado, dando nombres y apellidos, además de exponer diversas razones de la impunidad. Cada uno de estos textos lucha contra el olvido y aspira a que se haga justicia. Además, su calidad artística es innegable, no se tratan de meras denuncias, son piezas del más alto nivel estético. Humberto Robles es un claro ejemplo de que nadie es profeta en su tierra. Espero que algún día el teatro mexicano le dé el reconocimiento que merece como uno de los más grandes dramaturgos mexicanos. Mientras tanto que sus obras sigan viajando por el mundo, maravillando y conmoviendo a miles de personas, y que su teatro siga alzando la voz ante tanta indiferencia.

Ricardo

 

Reflexiones

10 consejos para hacer sus propios premios de teatro

por Aplaudir de Pie 3 marzo, 2018

Digamos que usted va al teatro. Digamos también que es una de esas personas que tienden a clasificarlo todo y que en determinado momento se ha preguntado cuál fue su obra favorita de los últimos meses. Digamos que se responde esa pregunta con facilidad, pero de inmediato le surge una inquietud: sí, esa fue la mejor, pero sin duda aquella actriz, la que salía en otra obra, era inolvidable, por no decir perfecta. Ella merecería un reconocimiento aparte, piensa. Qué contrariedad. Sin duda eso no se puede quedar así, hay que extender la alfombra roja y fundar unos premios de teatro.

 

 

A continuación, unas cuantas consideraciones para el caso.

  1. Conforme su equipo. No hay un número correcto, hay quienes lo forman con una persona, quienes arman sus grupos secretos y van de incógnito, y unos más que se alían con otros ocho y se van al teatro juntos y se sientan juntos.
  2. Diseñe su estatuilla. Unos premios sin estatuilla siempre estarán incompletos.
  3. Vea mucho teatro. En el momento en que usted levantó la mano y se autonombró una autoridad para determinar qué es lo mejor de los escenarios, adquirió la responsabilidad de ir a ver un buen número de obras No lo vea como un sacrificio, esto le ayudará a tener un abanico amplio a la hora de las nominaciones, siempre es muy triste ver unos premios donde parece que solamente vieron cinco obras porque nominan esas cinco a todo.
  4. Defina su campo. No es lo mismo hacer unos premios de teatro musical que de teatro independiente. Si le da por ver “de todo” y hacerse incluyente, pero a la hora de la premiación solamente reconoce a las obras de grandes presupuestos, escenarios giratorios y actores de la tele, revise sus fundamentos y reconsidere.
  5. No se dé premios a usted mismo o a sus compañeros de jurado. Si además de dar premios hace obras de teatro, no las nomine, ya bastante ridículo es que dé unos premios.
  6. No sucumba a la melancolía. Si, por ejemplo, ve en un montaje a una actriz que hace cinco años hizo una obra maravillosa, asegúrese de no estar juzgando a la actriz con los ojos de hace cinco años. Lo mismo para la dirección, los diseños, la dramaturgia y para todo.
  7. Cuide la equidad de género. El momento histórico no está como para andar preservando el club de Tobi, sea consciente. Si en las categorías mixtas usted nomina a cinco mujeres por cada veinticinco hombres, entonces puede que necesite revisar en la cartelera los créditos y procurar más obras con nombres femeninos, verá que la equidad llegará sola.
  8. No pretenda que a los demás nos importe. Quien quiere dar premios es usted, así que no haga ridiculeces como vetar artistas, cobrarles una inscripción u obligarlos a que se vistan de gala cuando vayan a su premiación. Usted tiene el deber de tomarse en serio sus premios y el resto tenemos la libertad de tomarle a broma, no se amargue.
  9. Asegúrese de que le guste el teatro. Si por la manera en que habla de los montajes parece que usted solamente se sienta en la butaca a padecer, le sugiero que no intente este asunto de los premios.
  10. No deje que nadie le diga qué hacer. Es su vida y son sus premios, si llega cualquier hija de vecino a decirle qué está bien y qué está mal, tiene todo el derecho de ignorarla.

 

 

Espero que estos humildes consejos le hayan servido.

Con amor, Jimena Eme Vázquez, Academia de los Jimenitos Aguords

 

 

 

Academia de los Jimenitos Aguords  @losjimenitos

Academia de los Jimenitos Aguords
@losjimenitos

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Criterios de programación del Festival de Teatro Universitario

por Aplaudir de Pie 25 febrero, 2018

Sin duda, el FITU es uno de los logros más importantes del Teatro Universitario en nuestro país. Yo misma participé este año en un seminario de la Cátedra Igmar Bergman dentro del marco de este festival, se llamó “Soluciones actorales a las nuevas dramaturgias” impartido por Luz Emilia Aguilar Zinser y Jorge Dubatti. Una de las reflexiones surgidas de este seminario es cuán necesario es democratizar el conocimiento: sí ver mucho, sí leer mucho y sí hacer otro tanto pero, es igual de importante generar material propio para compartir y reflexionar entre quienes de alguna u otra manera participamos del Teatro para que la discusión no sea privilegio de ciertas esferas y en una de esas, las decisiones tampoco lo sean.

En el marco de este festival, el jueves 15 de febrero fui a ver una obra que me produjo la reflexión que quiero compartirles: “Les Sangs”, dirigida por Camila Forteza. Una Producción Canadiense que se presentó en representación de la Escuela Superior de Teatro de la UQAM de Quebec. La obra trata de 5 mujeres que cuentan a través de un diario, cómo se enamoraron perdidamente de un hombre que tenía el “fetiche” de pedirles que escribieran cómo les gustaría que él las matara para luego, matarlas.

Yo creo que, como dice  una de mis maestras “Todo está permitido siempre y cuando no sea de cualquier manera”; un tema, por más delicado que sea puede ser abordado desde muchas aristas, incluso de forma polémica, lo aclaro porque no estoy criticando a la obra o a los programadores por no tener una postura que obedezca a mi gusto personal, sino justo por no tener una postura en lo absoluto, al menos en este caso. Por ahí uno de los personajes hace un rompimiento de la cuarta pared para hablar un poquito sobre la necesidad de la existencia de la violencia en el mundo, pero la verdad es que no llega a ser un planteamiento desde el cuál mirar la obra.

Me pregunto ¿Cuál es el sentido de traer a un país donde ocurren 7 feminicidios diarios, una obra que habla de este tema de una manera tan superficial, que de hecho trivializa por completo al respecto? una obra que al parecer, ni siquiera se da cuenta que está abordando el tema del feminicidio y este no asumir, tampoco es presunción de inocencia porque, aunque sea “sin querer”, hacen una apología al amor romántico como protagonista de los motivos para perpetrar un asesinato, ese amor romántico que entre otros factores es causante de que los asesinos de las mujeres sean en su mayoría la pareja o ex pareja sentimental de la víctima.

Sé que no es una historia que no hayamos visto hasta el cansancio en montones de libros y películas o en libros que después se convierten en películas (de hecho la obra está basada en un libro); pero ¡vaya! esos casos obedecen a criterios meramente económicos más allá de ser polémicos o defender una postura. No sé cómo hayan recibido la obra en Canadá ni si allá esté activada la alerta por violencia de género en 7 estados como aquí. El punto es que alguien del FITU decidió que era buena idea traerla a México, donde el feminicidio es especialmente grave por la alarmante, aterrorizante e indignante frecuencia y grado de impunidad con la que se perpetra día a día.

A mí lo que me parece digno de reflexión y cuestionamiento es ¿por qué, alguien de la UNAM ha decidido traer esta obra y no otra? Vuelvo a la pregunta ¿bajo qué criterios? Y si la respuesta obedece a un simple intercambio académico y dicen “que esa fue la obra que la UQAM decidió mandar” pues pienso que para eso hay –o debería haber- una curaduría clara ¿no? Se supone que para eso se pide una carpeta y un video antes de programar y que toda decisión curatorial también debe obedecer al contexto del país o de la región en que se presenta, no para complacer a nadie pero sí porque de alguna manera se considera que la pieza es pertinente ¿Por qué esto, por qué aquí, por qué para este público, por qué ahora?

Desgraciadamente, ninguna de esta información puede corroborarse ahora, pues “Les sangs” solo se presentó el 15 y 16 de Febrero, aunque es probable que quienes lean esto, conozcan a alguien de entre los aproximadamente 1000 o más espectadores que asistimos a la sala Miguel Covarrubias esos días y así podamos generar diálogo y reflexión que, dicho sea de paso, son parte de los objetivos que, supuestamente propicia el Festival Internacional de Teatro Universitario. En una de esas nos ponemos todos a preguntarnos por los criterios con los que se seleccionan las obras que se presentan en aquellos teatros que tienen la responsabilidad que conlleva estar subvencionados por el gobierno. Reflexión válida quizás tomando como pretexto estos tiempos de cambio y de reformas culturales, pero que es un hábito que deberíamos tener siempre.

 

Mariana Moyers  Actriz.

Mariana Moyers
Actriz.

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Mujeres irreversibles recargadas

por Aplaudir de Pie 25 febrero, 2018

No es un secreto que, el solo hecho de asumirnos como mujeres, o tener características, en menor o mayor medida, femeninas, hace que nuestra vida se vea mermada por cuestiones de violencia de género, y nos sumerge en un remolino de emociones donde, por presión social, miedo a lo externo, y odio propio aprendido, creemos que estamos locas al menos una vez en la vida, y si la violencia es lo suficientemente grave, la enfermedad mental se vuelve inminente e irreversible, a excepción de ciertos individuos, que independientemente de su sexo, vienen de fábrica con una tendencia al desorden mental.

“Mujeres irreversibles recargadas” nos muestra a varias mujeres encerradas en un hospital psiquiátrico, en general con síntomas superficiales de histeria y/o trastorno obsesivo compulsivo, que nos cuentan, mayormente en formato de monólogos, anécdotas o situaciones que vivimos a diario la mayoría de las mujeres, y que normalizamos pero que son dolorosas y/o molestas, como ir a un baño público, tomar un colectivo lleno de gente, estar en un matrimonio que no funciona, recibir piropos en la calle, etc.

La forma de abordar una temática tan delicada es importante para que el montaje no te juegue en contra, y me parece que, en esta ocasión, la crítica que podría haberse planteado, no estuvo presente, y el mensaje terminó siendo el opuesto. Ojalá las situaciones que vivimos las mujeres para terminar encerradas en un psiquiátrico fueran que se acaba el papel cuando vamos al baño de un bar, o que odiamos trabajar en atención al cliente porque siempre llegan otras mujeres a preguntarnos obviedades; pero, al final, eso no fue lo que me pareció preocupante de la obra, aunque tendía a minimizar los problemas y dolores de las protagonistas, haciéndolas pasar por exageradas y “locas”, me causó gracia en algunos momentos y las actrices ponían todo de sí mismas, pero lo que me dolió y entristeció fue el machismo interiorizado en el que se cimentó la obra, nos dice de manera explícita que es mejor tener un marido a que te griten asquerosidades violentas en la calle, y pone a tres hombres travestidos a personificar de manera “graciosa” a mujeres superficiales y nerviosas. No creo que haya sido el objetivo del montaje, pero avala la resignación y la medicación, no hay crítica, salí del teatro con la sensación de que me gritaron en la oreja por hora y media que las mujeres somos así, y que es mejor ayudarnos con medicinita y encierro.

Si bien estoy segura de que ni el montaje, ni ninguno de sus integrantes, tuvo mala intención, la obra tiende a banalizar problemas por los que estamos inmersas en una lucha que tiene una importancia imperante, y estamos intentando con todo nuestro corazón que todas las mujeres y las identidades femeninas entendamos que no estamos locas ni somos histéricas, que hay un sistema que nos orilla a odiarnos a nosotras mismas, que no tenemos la culpa cuando nos violentan, que no es normal, que somos capaces de trabajar para pagarnos nuestras cosas y luchamos por un sueldo justo para no tener que depender de un hombre, que hay que pelear mano a mano y sin soltarnos, para sentirnos seguras y a salvo.

“Mujeres irreversibles recargadas” cuenta con dos músicas, Melina Andrade y Ludmila Buci, que tocan en vivo, y hacen un muy buen trabajo que aporta bastante al montaje. Cuenta con siete actrices y tres actores que dejan todo en el escenario, siendo estos Andrea Boass, Alejandro Chagas, Celeste Di Giovanni, Silvia Dietrich, Marcela Fernández, Nazareno Molina, Sandra Moranchel, Fanny Rodríguez, Miriam Schlotthauer, Juan Manuel Suárez, y la dirección de la autora, Gabyta Fridman, que juega con el género de la farsa de manera interesante.

Manya

Reflexiones

la demolición de los teatros

por Zavel Castro 11 diciembre, 2017

Numerosas acciones se han llevado a cabo en nombre de la modernidad y del progreso. Las ansias de ir hacia adelante amenazan con destruir todo a su paso, la utopía de un futuro mejor obliga a los supuestos impulsores del bienestar urbano a “comenzar desde cero”, razón por la cual suelen atribuir a la demolición de los edificios un carácter imprescindible e indiscutible.

Quienes pretenden lanzarse al vacío de un porvenir incierto, abrazan la esperanza de que serán ellos los responsables de una reconstrucción del mundo que dejará de ser tal como lo conocemos hasta ahora, para dar lugar a un paraíso donde sus propias ambiciones (que ellos creen compartidas) resultarán satisfechas. Generalmente, sus pretensiones se limitan a beneficios materiales para los cabecillas de los atentados y sus allegados. El enriquecimiento de unos cuantos nunca alcanza a constituirse o expandirse como una transformación social de impacto real, comprobable y de largo aliento. La acumulación de riquezas solo está destinado a unos cuantos, los menos.

La especulación económica que motiva la destrucción de los edificios culturales urbanos, como los son todos los que conforman la arquitectura teatral, se sostiene en el planteamiento de que no hay continuidades sin fracturas y de que cualquier nuevo espacio se construye bajo la ruinas de otro anterior.[1]

Incluso un emblema arquitectónico tan importante como lo es el Palacio de Bellas Artes  (antes llamado Teatro Nacional) en la Ciudad de México fue construido sobre las ruinas de lo que fuera el Antiguo Convento de Santa Isabel. A su vez, la construcción del  Nuevo Teatro Nacional que comenzó en 1904 sustituía al Teatro de Vergara demolido en 1901. Desde aquella época (por lo menos) todo sufrimiento de destrucción o de descuido arquitectónico ha sido justificado por las prioridades de la construcción que defienden el levantamiento de los edificios necesarios sobreponiéndose a aquellos a los que ya nos les encuentran utilidad. Es por esto que, según los responsables de las decisiones sobre las construcciones deben demolerlos. Muchos de estos “edificios inútiles” han sido aquellos dedicados a las artes escénicas ¿Qué dice esto sobre la valoración de los teatros? Por lo menos que valen más para ser un recuerdo que una realidad tangible.

Algunas veces, la demolición del inmueble se produce tras una hecatombe, desgracia humana y material que justifica la necesaria remodelación del espacio. La huella del desastre debe ser sustituida casi de inmediato por algún otro elemento que modifique la percepción sobre la zona del desastre. Los edificios se ligan siempre a la remembranza, de tal suerte que cuando uno transita la ciudad va construyendo memorias sobre la misma. De ahí que sea necesario inspirar recuerdos positivos para que la metrópoli no agrave su carácter agresivo a través de la mirada del habitante.

Siguiendo el pensamiento de los que apoyan los derrumbes de los edificios teatrales podemos entender que según ellos, este tipo de arquitectura no invita a los ciudadanos a un estado de felicidad, por lo cual su conservación carece de importancia. Evidentemente, los responsables de las demoliciones no poseen una educación sensible lo suficientemente desarrollada como para entender el carácter fundamental de los teatros en las ciudades.

A propósito de las catástrofes, puedo asegurar que muchos de los teatros han sido destruidos periódicamente por medio de incendios (por voluntad o accidente); consecuentemente el fuego los modifica y los remodela. A partir de las cenizas renace y se reforma como ave fénix. Esto, cuando se construye un nuevo teatro a partir del precedente. Lo alarmante es la constante de la sustitución, cuando después del incidente los teatros se transforman en otra cosa, acaso porque el recuerdo de lo sucedido es demasiado doloroso, como pudo serlo cuando unos hombres jugaron una mala broma a los espectadores del Teatro Morelos en Cuernavaca (México) y provocaron una estampida que aplastó a once niños y a un hombre. Dicha desgracia se resolvió con la demolición del teatro y la construcción del cine que llevaría el mismo nombre.[2]

En fin, distintos casos ejemplifican que todo teatro forma parte de una serie de destrucciones y continuidades, como lo son los edificios demolidos total o parcialmente, o los que solo fueron remodelados para ser reemplazados por complejos de cines.[3] Siendo esta la transformación más común, como es el caso del  cine Manuel Briseño de la colonia Guerrero de la Ciudad de México, inaugurado en 1907 dedicado al género sicalíptico, amenazado primero de clausura por las atribuciones perniciosas de toda exhibición erótica, luego convertido en teatro y finalmente consumido por un incendio. Caso distinto en lo que a moral se refiere, es el Cine Colonial, que naciera como teatro y que fuera convertido en cine de películas para adultos para satisfacer las demandas sexuales de los habitantes de aquella ciudad.

Algunas de las conversiones de teatro en cine implican la rehabilitación de edificios majestuosos como es el caso del Teatro Alameda de San Luis Potosí[4] actualmente conocido como Cineteca Alameda,  o  el Teatro Junín de Medellín, construido en 1924, bajo la tutela de Agustín Goovaerts y cuya demolición en 1967 dio lugar al Edificio Coltejer, el primer rascacielos de Colombia, o cuando muchos otros devienen en franquicias de comida chatarra o en sedes de la Iglesia Universal del Reino de Dios. Así pues, a excepción –y pongo esto en duda- de la filial religiosa, el teatro (subrayo: supuestamente) estaría pagando una cuota por el progreso de la ciudad.

En esta lógica del reemplazo ¿Cómo podríamos entender a los edificios híbridos como el Teatro Nacional y el Teatro de Variedades de Costa Rica y todos los populares “teatros-salón como el Salón Boliche, el Nuevo, el Colón, el Actualidades, el Alhambra, el Olympia, etcétera, que no renunciaron definitivamente a la presentación de artes escénicas para ceder con sumisión su lugar a los cinematógrafos, sino que contaban ambas opciones para el público? Sin lugar a dudas la coexistencia respondía a un interés de los propietarios o de quienes se hacían cargo del espacio, por atender a las demandas de todo su público, aun cuando en caso de dividirse el espacio, la audiencia de uno u otro (cine o teatro) se viera disminuida. Este era un interés genuino y abarcador.

Respecto al asunto al que hago referencia con la exposición de los teatros-salones  y teatros-cinematógrafos costarricenses, cabe decir que  al final triunfó como tantas veces el capitalismo brutal en el que el convivio armónico de ambas formas de entretenimiento escapa de la norma y de la usanza. Es así que por citar el ejemplo icónico, del Teatro/Cine “Variedades, que después de haber sido adquirido por el Estado se encuentra hoy bajo candado (desde 2016), sin que exista aún un proyecto detallado sobre cómo han pensado utilizar el inmueble. En este caso, estaríamos hablando de un abandono evidente, que condena a la actividad teatral tanto como a la cinematográfica o a cualquier posibilidad de oferta cultural a la inactividad. Que un teatro funcione en un momento y al otro no, es preocupante, tanto como el derrumbe mismo.

Sin lugar a dudas uno de los casos más extraños es el caso del Teatro Porfirio Díaz en Artequiza Guadalajara, que, construido como teatro, ha pasado a ser internado, escuela, casa de cultura y finalmente construcción abandonada. Es un hecho que las autoridades muchas veces por no comprender el arte teatral, no saben qué hacer con un edificio destinado a la exposición del mismo. Asunto a todas vistas lamentable.

Quisiera enfocarme precisamente en los espacios teatrales a los que se les ha destinado un final definitivo, transformando los terrenos en edificios que nada tienen que ver con el teatro y que responden a voluntades de la sociedad de consumo y espectáculo -como la ha llamado Debord, concepto reinterpretado, actualizado y aterrizado a la realidad latinoamericana por Vargas Llosa-, en su acepción más frívola y superficial. O peor todavía, cuando son olvidados sin pasar siquiera por el proceso de demolición, como el entristecedor caso del Teatro Alarcón en San Luis Potosí (México) cuya conservación da cuenta de un abandono fantasmal que también hablaría de manera elocuente sobre la idea y la importancia del teatro en dicho país.

Todo tiene su razón de ser. En tanto que el fomento cultural no forma parte de las principales iniciativas de la mayoría de los gobiernos capitalinos, municipales o Estatales latinoamericanos, visible en los montos que destinan a las instituciones dedicadas a la creación y difusión artísticas en comparación a los fondos que, en cambio otorgan a lo que consideran actividades lucrativas (como lo pueden ser por ejemplo las industrias del deporte, del altruismo o de la moda), numerosos edificios teatrales se ven destinados al olvido o a la demolición.

En efecto, el quehacer artístico de los países en desarrollo o del “tercer mundo” enfrenta graves reducciones del “apoyo” financiero gubernamental; las nuevas realidades presupuestales han sido cuestionadas y reprobadas por distintos gremios que han manifestado su desencanto con plantones frente a las cámaras de gobierno, cartas y movimientos menores, pero no irrelevantes.

Y es que cómo no  desilusionarse con las autoridades cuando demuestran tan poco interés en materia de arte y cultura. Sabiendo que incluso podrían hacer uso de las expresiones artísticas para su beneficio. El teatro –tanto como la pintura y la danza- ha demostrado ser una poderosa herramienta educativa y un vehículo – a la vez que un producto- para la transmisión de la ideología (tal como la comprendía Althusser).[5]

¿A qué viene entonces el desprecio? Basta con leer el informe realizado por la compañía mexicana de teatro cabaret “Las Reinas Chulas” -un trabajo de investigación que trata de resolver la cuestión sobre el por qué la cultura es considerada la ‘caja chica´ en cuestiones presupuestales en la Ciudad de México-, así como haber seguido el caso del desmantelamiento de la farsa del informe que la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín presentó sobre la inversión económica en el teatro (2016),[6]  entre muchos otros casos, para confiar en la demostración de la falta de interés en materia cultural y específicamente teatral por parte de los gobiernos para sumarse al desencanto y a la depresión colectiva.

En contra de la lógica del capitalismo, en la que no hay lugar para romanticismos trasnochados, hacedores y espectadores activos o potenciales de teatro se aferran a la nostalgia y al recuerdo una vez que se ven arrebatados de las construcciones que albergaron su quehacer y su pasión. Sobre el vacío que deja la demolición de un edificio teatral queda una huella, la traza de una cicatriz producto del desagarro que provoca la impotencia frente a quienes no entienden lo mucho que se pierde cuando se pierde un teatro. Lo mucho que dejamos ir al demolerlo.

No me resulta ajena la cuestión de que tanto el derribo como la demolición -términos utilizados con frecuencia incorrectamente de manera indistinta- generalmente constituyen acciones justificadas dentro de todo proyecto de edificación urbano. Idealmente estas acciones propias del hecho constructivo (o mejor dicho, destructivo) responden a las necesidades sociales que determinan la “vida útil” de los edificios y que pugnan por la rehabilitación de los espacios en función de una mejoría de las condiciones de vida para una comunidad determinada.

Autoridades, arquitectos, ingenieros y urbanistas rezan al unísono: “Las construcciones tienen una vida limitada, dejan de cumplir sus funciones, bien debido a exigencias humanas o a avances de la tecnología […] El final de toda construcción es el derribo o la rehabilitación que puede implicar un derribo parcial, en todo caso es necesaria siempre la demolición.”[7] Bajo esta justificación subyace un mensaje sobre las jerarquías de prioridades gubernamentales y colectivas que determinan que el teatro no es más importante que muchos otros negocios o actividades culturales o de entretenimiento. Y es que en materia de esparcimiento y de utilización del tiempo de ocio es preferible (según ellos) ir al cine o a un centro comercial que a una función teatral ¿Quién determina que esto es así? ¿A quién le importa tan poco el teatro que pugna por omisión o por conciencia por la demolición de los edificios y la subsecuente desaparición de la cultura teatral? ¿Es posible revertirlo? ¿Podríamos evitarlo? ¿Con qué argumentos podemos defender y demostrar su valía?

Toda acción es significante. Tanto el hecho de construir e inaugurar teatros como el clausurarlos o destruirlos. La demolición de un edificio teatral se corresponde con la intención clara y unívoca  de deshacer o arruinar la materialidad del teatro, la estabilidad del espacio escénico. Destino del que por cierto tampoco pudieron escapar algunos cines antiguos como fue el caso del enorme “Cine Teatro Alameda” de Guadalajara, Jalisco en México.[8]

Como sabemos, las decisiones respecto a la materia tangible repercuten en la intangible: la desaparición de los espacios escénicos concretos tiene consecuencias insalvables para aquello que se escapa de cualquier sistema de medición  y tasa –especialmente empresarial-.

¿Qué pasará con el teatro si no tiene donde contenerse y manifestarse? ¿Si no existe un sitio para que sus adeptos, entusiastas y seguidores puedan llegar hacia él? ¿Dónde podrán los hacedores presentar sus creaciones?

Las demoliciones y sustituciones a las que hago referencia no responden tanto a las innovaciones tecnológicas –como podría acaso leerse la sustitución de los teatros por los cines- como a móviles económicos. Estamos hablando entonces de una situación en el que el teatro como negocio es escasamente redituable, cuestión de suyo preocupante porque declara a los gritos la inexistencia de una cultura del entretenimiento (teatral) cuyo peso pudiera resistir los golpes pugnando por la necesidad de conservar sus edificios. En la mayoría de las ciudades las autoridades solo dan cabida al ocio productivo con el incesante funcionamiento de sitios de diversión nocturna (antros, bares, cabarets) en los que se puede esperar cierto tipo de “despilfarro”, ante esto, las ganancias reportadas en las taquillas de los teatros nunca serán suficientemente atractivas.

Más allá de hacer un inventario de las acciones que se han llevado en contra de la institución teatral y los edificios que posibilitan su funcionamiento –sobre todo, pero no exclusivamente  aquellas que se han llevado en contra de los espacios independientes-, o de la enumeración de las demoliciones realizadas para dar lugar a franquicias comerciales, complejos de cine o unidades departamentales, este ensayo pretende ser un llamado al diálogo con la intención de reparar en la función social del teatro tanto como a la consciencia patrimonial. La comprensión de ambas acaso evitaría la sustitución de algunos valores culturales por recompensas que responden absolutamente a estímulos empresariales, es decir, monetarias. Aún en los casos que pudieran referirse al teatro comercial cuyos móviles siguen completamente a la lógica del capitalismo, donde todo se vuelve producto, donde todo es mercancía, donde todo se resume a las ganancias económicas. Es innegable que el sistema ha dejado al teatro a la deriva. Es por esto que la historia material del espacio escénico está siendo relegada hacia el olvido ¿Será que en esta época que nos ha tocado vivir, carece de importancia la memoria de los edificios?

Quizá todo tenga que ver con la idea de “ciudad ideal” en la que el teatro no tiene cabida, quizá con el estatus ínfimo atribuido durante tanto tiempo a los lugares funcionales para la representación escénica como lo son los edificios o la salas. Con su demolición y sustitución se coartan las posibilidades expresivas de la sociedad en la que estos atentados tengan lugar, pero la mayoría de las ciudades son dolorosas, agresivas, punto menos que inhabitables e intransitables, incapaces de satisfacer a plenitud cualquier tipo de necesidad que suponga un esfuerzo de planeación consciente. Sus habitantes están definitivamente insatisfechos y poco felices, están acostumbrados a cualquier tipo de pérdida como para que el asunto (o problema) de los espacios teatrales que tampoco es que visiten tan a menudo, sea relevante.

 

Zavel

[1] La idea y explicación de que “La subsistencia de la ciudad depende en gran medida de ese proceso acelerado de renovación, donde el deseo de cambio exige territorio a parcelar, se materializó en una de las secciones que conformaron la exposición colectiva “La Ciudad está allá afuera”, inaugurada el 26 de noviembre de 2016 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, en la Ciudad de México.

[2] El domingo 10 de junio de 1956, durante la exhibición de un filme, dos hombres gritaron: “¡Se cae el cine!, provocando la desgracia mencionada. Como consecuencia el cine comenzó a ser demolido el 13 de octubre de 1956, como un intento para borrar tan espantoso recuerdo. Curiosos avatares del destino, ahora el cine, tras su remodelación en 2010, forma parte y depende del Instituto de Cultura del Estado de Morelos.

[3] Algunos teatros han sido utilizados como complejos cinematográficos de forma temporal, como es el caso del Teatro Principal de Guanajuato en México que, sin mediar la demolición se construyó como cine en 1788, y por un breve periodo posterior a la Revolución Mexicana funcionó como cine para ser rehabilitado como teatro en 1955. Función que desempeña hasta el día de hoy.

[4] Que ha exhibido películas desde su inauguración el 27 de febrero de 1941, pero que llevó el nombre de “Teatro” por su decoración interior similar a la de los refinados teatros franceses.

[5] La interpretación materialista (siguiendo a Marx) que da en Crítica de la ideología y el Estado, en la que define a la ideología como: “el sistema de ideas, de representaciones que dominan el espíritu de un  hombre o de un grupo social.” Lo cual le permite también, caracterizar al hombre como “un animal ideológico”.

[6]  A propósito, “Las cifras reales de inversión en teatro de la Alcaldía de Medellín”, en:

http://www.elmundo.com/noticia/Las-cifras-reales-de-inversion-en-teatro-de-la-Alcaldia-de-Medellin-/49029 (consultado por última vez el 12 de abril de 2017).

[7] “Derribos y demoliciones” Teorías y técnicas de la investigación en Revista de la edificación No. 14, Junio de 1993, pág. 1 en: http://dadun.unav.edu/bitstream/10171/16532/1/RE_Vol%2014_02.pdf (consultado por última vez el 2 de abril de 2017).

[8] Con más de 60 años de existencia (20 de ellos cerrado), el edificio del cine teatro Alameda era parte de la historia de los tapatíos. Supuestamente, los señalamientos “de todo tipo” evidenciaban la necesidad de recuperar la zona de la ciudad donde se encontraba (entre la calle Álvaro Obregón y la Calzada Independencia), en el corazón de la Guadalajara.  razón que justificó que un grupo de empresarios encabezados por Emilio Chalita y con la aprobación del gobernador Francisco Ramírez Acuña, así como de la autoridad municipal, el edificio fue demolido para dar lugar a una plaza comercial, ahora llamada “Plaza Alameda” en espera de recuperar la vitalidad que la zona había tenido en otros tiempos. La información sobre el proyecto arquitectónico en: “Esta semana cae el  cine, para que se levante Plaza Alameda”, El informador, 30 de enero, 2006, pág. 18

Reflexiones

2017 un gran año para la crítica teatral

por Zavel Castro 9 diciembre, 2017

Durante el año que está por terminar fuimos testigos de un fenómeno que me alegra y enorgullece como pensadora, se trata del renacimiento de la crítica teatral. Un género que parecía olvidado o que gozaba de poca popularidad en México siendo relegado a pequeños y acotados espacios en los medios oficiales, la mayoría de los cuales dan la impresión de no ver con buenos ojos el ejercicio crítico censurando hasta donde es posible a los columnistas o de plano desapareciendo las secciones de opinión por temor a molestar a cualquier figura de poder. La crítica para los medios constituía una amenaza, de ahí que en los últimos tiempos fuera debilitándose hasta estar a punto de desaparecer. Cómo olvidar el despido de Luz Emilia Aguilar Zinser de Excélsior, tras 10 años de poseer un espacio, justificado como una medida de “reestructuración”. Este golpe amenazó el ejercicio de pensamiento y juicio. Algo o alguien parecían querer acallar la voz de quienes tenían mucho que decir.

Sin embargo, el interés por profundizar en el teatro de manera inteligente, resurgió poco tiempo después. No solo Zinser halló nuevos espacios para compartir su quehacer, especialmente con la organización de charlas en torno a las puestas en escena presentadas en el Teatro La Capilla, proyecto que lleva por nombre “El espectador crítico” y que busca entablar un diálogo entre los espectadores y los hacedores teatrales. Este programa comparte el mismo espíritu que el “Aula del Espectador” de teatro UNAM coordinada por Jorge Dubatti, siendo réplica de la Escuela del Espectador del crítico argentino. Ambos espacios dan cuenta de la necesidad de pensar la escena y de la urgencia de fomentar el hábito de la reflexión en espectadores y artistas.

Estos  esfuerzos académicos resonaron en las generaciones posteriores de investigadores que utilizarían las herramientas de las redes sociales para compartir sus opiniones. Así pues, surgieron blogs y páginas independientes especializadas en la crítica teatral. Lejos de cualquier institución y prescindiendo de cualquier tipo de patrocinio, estos medios off se caracterizan por la libertad con la que se expresan. Sin temor a represalias más allá de no contar a todos los teatreros entre sus amigos, los críticos internautas tienen claro que hay una diferencia abismal entre un pensador y un recomendador, por lo que dependen de la observación constante, del estudio y argumentación para respaldar sus comentarios. La crítica off gana día con día nuevos adeptos y tiene mayor peso entre la misma comunidad teatral.

Premios como el Pez de Oro, los Jimenitos Aguords y Cartelera de Teatro representan quizá uno de los mayores logros de la nueva fuerza de opinión de los espectadores frecuentes e informados. La intención fundamental de este tipo de iniciativas es señalar aquello que merece ser visto y reconocer los mejores trabajos de la cartelera. Lo mismo que buscarán los Premios Metropolitanos de Teatro cuya labor inició oficialmente este año.  Con suerte crítica y premiación conseguirán establecer referentes para el público que asiste al teatro en la Ciudad de México, una de las capitales teatrales más importantes en Latinoamérica, así miso, estimularán a la industria con nuevas formas publicitarias ganando más público al que se le ofrecerán mejores montajes cada vez. Además el otorgamiento de premios exigirá la designación de jurados especializados, con lo que la demanda de críticos mejor preparados aumentará.

Además de la organización de coloquios y distintas mesas de opinión (que me parece que todavía les falta democratizarse y llegar a un público más diverso), el último síntoma del resurgimiento de este género periodístico es la convocatoria del Premio Olga Harmony por parte de la Secretaría de Cultura, como forma de homenaje a la meticulosidad y rigor de la escritora, dramaturga y crítica teatral, pero también como una manera de fomentar el periodismo cultural e incentivar a sus adeptos a continuar desarrollándose en la materia.

No puedo estar más contenta con todo lo ocurrido este 2017. Estudiar teatro, ver teatro, leer teatro y hablar sobre teatro se vuelve cada día más importante para formar audiencias, para arrojar luz sobre un arte difícil de explicar, especialmente por su carácter efímero, por la necesidad de entender cualquier expresión artística y para prolongar el placer que nos provoca uno que otro montaje. Sacar al teatro del teatro para llevarlo para siempre en nuestras vidas es una tarea en la que pueden ser muy útiles los críticos. Y qué bueno que sea así. Qué bueno que hayan vuelto o se hayan vuelto populares. Celebro este renacimiento y me avoco a seguir aprendiendo con lecturas, charlas y con todas las obras que me esperan para ser cuestionadas. Abrazo a todos los colegas a quienes admiro y respeto esperando coincidir con alguno pronto en las funciones del año que viene.

Zavel

Reflexiones

El desprecio por la dramaturgia en México

por Ricardo Ruiz Lezama 10 noviembre, 2017

Sé que desde la crisis del drama se han buscado nuevas y revolucionarias formas de entender la escena; comprendo que la “dictadura autoral” -como Ricardo Bartís llamó a la hegemonía del texto dramático- terminó, dando paso a teatralidades enfocadas en los cuerpos o imágenes, dejando a la palabra en un lugar secundario -muchas veces accesorio o de plano inexistente-; todo esto me queda claro, pero, ¿por qué tanto desprecio por la dramaturgia en México?

Me explicaré, pero primero aclararé que este ejercicio de reflexión es difícil porque como soy dramaturgo se pensara que critico porque creo que puedo hacerlo mejor. De ningún modo; estas observaciones las hago desde el lugar de un espectador que cuenta con algunos conocimientos técnicos, jamás como poseedor de ninguna certeza, solo soy dueño de mis inquietudes.

Debido al trabajo en la página tenemos la posibilidad de mirar hasta cuatro obras por semana. Fuera de las obras que vienen de otro país a dar solo un par de funciones, he notado una constante en la cartelera estable de teatro en Ciudad de México. Hay predominancia de dramaturgias extranjeras. ¿A qué se debe esto? Es complejo encontrar una respuesta fácil, pero aventurándonos podemos pensar que en la cartelera comercial se debe fundamentalmente a que se necesitan obras que hayan probado su éxito antes en otros lugares para que el margen de riesgo de pérdida sea poco, no hay que olvidar que este teatro generalmente se hace con grandes inversiones de dinero. Pero en el caso de todos los otros circuitos teatrales no tengo idea. Aunque aquí arriesgaré una hipótesis.

La forma más sencilla de tener contacto con nuevas dramaturgias es ir al teatro. Desafortunadamente gran parte de los textos de autores noveles nacionales en cartelera son inconsistentes, con ese panorama difícilmente algún director tendría curiosidad en conocer más sobre aquellos dramaturgos, esa es una de las razones por las que quizá no haya interés en los textos nacionales.

Ahora bien, si uno revisa los curriculums de estos escritores puede uno observar que fundamentalmente han dedicado su práctica y estudio a la actuación o la dirección, pero dan por hecho la dramaturgia, como si fuera cualquier cosa, aunque si les preguntaras a muchos de ellos si creen que cualquier persona puede actuar o dirigir muy probablemente dirían que no, que como arte que es se necesita de mucha preparación. Entonces, ¿por qué muchos de ellos escriben cualquier cosa y la llevan a escena? Porque pueden y porque quieren.

Sí, uno puede hacer lo que quiera, pero el problema primordial es que realmente no se dan cuenta que detrás de muchos de los modelos que tratan de imitar fallidamente hay mucho trabajo y reflexión sobre la técnica. Uno de los autores más copiados en cuanto al estilo es Alejandro Ricaño, el cual -independientemente de los gustos de cada quien- es un autor que conoce las implicaciones dramáticas y narrativas en función de la teatralidad, sabe escribir teatro y lo hace parecer fácil; todos quieren ser como Ricaño pero este no es un improvisado.

En este punto seguro habrá más de uno que citará ejemplos de creadores en el mundo que han sido referentes sin haber estudiado – y estudiar no solo es ir a la escuela o tomar talleres sino autodidactamente con la infinidad de libros que existen enfocados en la materia- pero se les olvida que existe gente excepcional, a los que se les llamó “genios” en tiempos románticos, algunos quizá aún sigan llamándolos así. Un ejemplo de esto es Quentin Tarantino que es un referente del cine sin haber estudiado. Pero Tarantino es la excepción, todos quieren ser la excepción, pero esto no es posible, hay que ser un poquito más aterrizados, si todos pudiéramos ser genios entonces ser genio no sería nada asombroso. Otro detalle para los que quieren ser como Tarantino, este es un adicto a ver películas, la infinidad de referentes que posee podrían considerarse estudiar, así que no, tampoco Quentin es un improvisado.

Muchas de los textos fallidos de los que hablo ponen a la dramaturgia como eje rector, la importancia está en la historia, las vueltas de tuerca de los acontecimientos, los personajes, el conflicto, los descubrimientos, en fin, en los elementos básicos de la escritura dramática.  Así que para todos aquellos que desprecian la dramaturgia, escribiéndola como si fuera cualquier cosa -pero haciendo de ella el centro de sus teatralidades- si algún día se preguntan por qué la gente se les aburre, se les duerme o no entiende nada, no olviden que uno recibe lo que da. Así que un poquito más de respeto por la dramaturgia.

Ricardo

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