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Reflexiones

Reflexiones

Uno siempre regresa al lugar que fue feliz. Carta de un espectador (segunda entrega)

por Aplaudir de Pie 10 julio, 2018

A excepción de aquellos que son hijos de hacedores de teatro y que seguramente abordan las primeras experiencias de una manera muy distinta, el grueso de la población llega a la butaca como quien visita otro planeta. ¿Por qué será que el homo sapiens es tan afecto a la ficción? Quizá hay algo en la capacidad desmesurada de su cerebro que provoca que la realidad sea insuficiente, y entonces empieza a agrandar los caminos con otras realidades que no vive, pero que existen. El teatro es uno de esos caminos. Jugar a ser otro es algo que sucede muy temprano en la vida de un ser humano, de manera que cuando llegamos a la butaca podemos entender, sin demasiada dificultad, que aquel señor en el escenario que se rasca la barbilla y respira por la boca con la lengua de fuera está jugando a ser un perro. Esto puede ocurrir de manera menos evidente en el cine, por ejemplo, donde a una persona exageradamente crédula e inocente le puede sorprender que haya dos tipos igualitos a Pedro Infante, que también sean actores y que además canten.

El juego de ser otros, que desde los años de infancia incluye muñecos de peluche que hablan o pedazos de pollo que ruegan por ser devorados, cobra una formalidad distinta cuando el individuo se enfrenta a lo que antes llamamos Señor Teatro y que se entiende como el entramado de códigos que definen el Arte Teatral (así, con mayúsculas y con todas las ceremonias del mundo). Porque una cosa es jugar a ser un dinosaurio en la sala de la casa y otra muy distinta jugar a serlo sobre el escenario. Así sea el mismo dinosaurio, moviéndose exactamente igual, por motivos que no sé muy bien cómo explicar, en el escenario será más dinosaurio que en la sala. Es probable que un primer acercamiento al Señor Teatro se dé un domingo al mediodía en alguna plaza pública o en un Centro Cultural interesado en proveer al público joven de espectáculos de alta calidad. Pero también puede ocurrir que el niño sea llevado a un show bobo y francamente dañino para la pupila, donde los actores hablan a gritos y van maquillados hasta los dientes. Algunos podremos pensar que una obra semejante, donde al final todos los niños enloquecen porque se les compre una espada luminosa, de ninguna manera creará al público que años más tarde llenará las salas del teatro serio y profesional. Pero si al niño le gustó la espada luminosa y ese asunto de aplaudir como loco cuando el espectáculo se acaba, es posible que, contra todo pronóstico intelectual, el teatro le cause buena impresión y aprenda a quererlo.

La cosa se puede complicar años más tarde, cuando las escuelas secundarias, convencidas de que hay que echar mano de todas las estrategias para evitar las drogas y los embarazos adolescentes, contraten una obra moralina y mal actuada que terminará con la protagonista bañada en sangre desde la cadera hasta la punta de los pies. Toda la buena impresión que las espadas luminosas pudieron haber causado se va al traste cuando el teatro es presentado como una herramienta para evitar que la cocaína llegue a las manos de los muchachos. La mala noticia para las escuelas es que quizá una ficción como esa no bastará para alejar a los adolescentes de las drogas. La buena noticia para el Señor Teatro es que, con suerte, tampoco bastará una obra como esa para alejarlos del teatro.

Las obras para adultos no están exentas de estos clichés y prejuicios que hacen de teatro un lugar poco deseable. Basta ver cómo las series de televisión caricaturizan al teatro independiente para que uno prefiera seguir viendo el programa a aventurarse con un espectáculo semejante. Una serie mexicana de hace unos años, por ejemplo, tenía entre sus personajes a una actriz de teatro que presentaba una obra de tema prehispánico, donde había textos poéticos recitados con una voz solemne y mucho copal. Por supuesto que la serie hacía burla de lo incomprensible y aburrido que era aquello, y aunque es cierto que esa clase de obras existen, sería bueno ver alguna vez en la televisión cómo los personajes asisten a una obra de teatro independiente donde el gag no sea ver cómo se quedan dormidos en cuatro segundos.

Muchos de los libros de teatro que he leído suelen incluir una apología del teatro frente al cine o la televisión, y este no podía ser la excepción. El teatro tiene muchos clichés en su contra, es cierto. Algunos más injustos que otros, también es cierto. Para alguien que desde sus primeros acercamientos al Señor Teatro ha decidido que su deseo es estar en el escenario, todo este peregrinar será mucho más sencillo, pues el amor incondicional le hará ver belleza ahí donde no es tan fácil encontrarla. Para los que, por el contrario, somos seres de butaquería, este camino nos llenará de dudas y nos hará cuestionarnos seriamente si queremos gastar parte de nuestro dinero en estos sufrimientos durante toda la vida.

Si yo me hubiera tomado como una afrenta personal todas las malas obras que he visto, hace mucho que habría desertado. Pero al final hay un gusto en el fenómeno vivo que nos hace regresar. Y es que es eso: nos gusta el fenómeno y estamos plenamente conscientes de que puede salir mal. Como espectadores aceptamos y queremos al teatro así como es: por algo hemos superado las obras que nos trataban como niños idiotas, como adolescentes idiotas, y seguiremos aguantando las que nos tratan como adultos idiotas. Hay algo en este juego de ser otros que nos encanta de manera irracional, y nos basta con haber sido felices una vez para regresar todas las veces que sea necesario en busca de una felicidad semejante.

Atentamente,

Augusto Blanco

Reflexiones

La inevitable extinción del teatro

por Aplaudir de Pie 27 junio, 2018

Los dinosaurios también se creyeron invencibles. Yo, por principio y casi por deber, me resisto a creer que una cosa como el teatro puede desaparecer. Pero luego pienso en los dinosaurios. Tan grandotes ellos, tan dueños de todo, y un día llega el meteorito, les llena el cielo de polvo y los mata. La historia del planeta documenta cinco extinciones masivas desde que existe la vida. Extinguirse es una cosa de lo más normal.

¿Qué le va a pasar al teatro? Hay que reconocer que es correoso, que todos pensaron que el cine lo mataría, y no lo mató; que la tele lo mataría, y no lo mató; que el internet, que los toques de queda, que la falta de presupuesto… El teatro nomás no se muere y motivos no le faltan. A mí un historiador me preguntó en mis tiernos años de estudiante que por qué estaba en esa carrera si el teatro estaba muerto.

Llevo cuatro años haciendo zombis.

Ya se vio que, si la televisión y todos esos depredadores no consiguieron aniquilarlo, la del teatro no será una extinción repentina. Más bien le pasa lo que a los pandas. Y ahí es donde entramos quienes seguimos dedicándole nuestra vida a esto: nosotros pusimos en cautiverio a los teatro-pandas que quedaban, les planamos el bambú enfrente y los invitamos a que se reprodujeran. Nos resulta muy importante rescatar a la especie, aunque sea la más inútil del mundo, como los pandas.

El teatro se extingue por varios frentes, de a poco: desde el estudiante que sale, no encuentra nada y se dedica a otra cosa, hasta el espectador que tiene una mala experiencia y no regresa nunca. Y sí, a veces da la sensación de que nos estamos quedando muy poquitos, que nos contamos como quienes cuentan vaquitas marinas y que el más ligero cambio en el ecosistema (y aquí pienso en la cuenta regresiva del Foro Shakespeare) puede hacer que nos reduzcamos a la mitad. Qué miedo.

Pero aligeremos el asunto. Porque si pensamos desde nuestros ojos de humanos que hacen teatro o consumen teatro, el vértigo de la extinción nos pega fuerte, pero podemos pensarlo desde otro lugar: el del Teatro. Creo que si yo fuera el Teatro estaría mucho menos angustiada. Él está perfectamente acostumbrado a morirse. Se muere todo el tiempo, cada vez que la gente aplaude, cada vez que la actriz está arreglando el coche en lugar de repasar su texto. A él seguramente no le pesa tanto.

El Teatro está muy tranquilo porque sabe que, por mucho que le caiga un meteorito, como a los dinosaurios, 65 millones de años después vagará por el mundo una gallina que nos demostrará que hay cosas que nunca se extinguen del todo.

 

Jimena Eme Vázquez

Reflexiones

Nassim

por Ricardo Ruiz Lezama 20 junio, 2018

Uno de los carteles publicitarios de la película Psicosis decía: «No revelen el final, no tengo otro». Este secretismo que Hitchcock llevó incluso al rodaje, grabando la película a escondidas según se cuenta, tenía una razón fundamental, gran parte de la potencia de la película radica en la sorpresa que suscita en la audiencia. Como parte de un mecanismo similar, Nassim Soleimanpour, dramaturgo iraní que alcanzó reconocimiento internacional con su novedosa propuesta experimental Conejo Blanco, Conejo Rojo -la cual ha sido traducida a más de 20 idiomas y ha sido puesta en escena en múltiples países- propone nuevamente un espectáculo donde uno de los principales elementos es la sorpresa, ya que no solamente los espectadores no sabemos lo que pasará, ni siquiera la actriz o actor en turno lo sabe: Nassim, dramaturgia experimental estrenada en el Edinburgh Festival Fringe 2017.

No puedo hablar de qué trata la obra en sí, ni de nada en específico que haya acontecido en la función, de hecho como representante de un medio te hacen firmar un acuerdo de privacidad en donde me comprometí a no hablar de lo antes mencionado, pero se entiende, sería como revelar el funcionamiento de un truco de magia y por lo tanto arruinaría la experiencia de futuros espectadores. Lo que sí está permitido contar es mi experiencia. Así que aquí va, sin spoilers.

Desde que inicia la función la forma en que lo que sucede se muestra a los espectadores es sorpresiva, de algún modo el público también somos parte activa de la experiencia. Esto último  podría definir bien Nassim: una experiencia sensible que conduce a los espectadores por diversas emociones y reflexiones, oscilando entre lo cómico y lo conmovedor. 

Para Soleimanpour el teatro tiene que ser algo único e irrepetible, por eso actores y actrices que interpretan sus obras solo pueden hacerlo una vez en la vida. Nassim es una forma muy particular de vivir la experiencia teatral. El autor cumplió nuevamente sus propósitos como creador, nos condujo a vivir algo único e irrepetible. Cualquier obra de este dramaturgo es sin duda una visita indispensable como espectador de teatro al menos una vez en la vida. No por nada es uno de los autores más interesantes e influyentes de nuestros tiempos. Y quisiera decir más, pero de sus obras no hay que  hablar, hay que vivirlas. 

Reflexiones

Usted no tiene por qué padecer. Respuesta a un espectador.

por Zavel Castro 15 junio, 2018

Estimado Augusto:

Te agradezco mucho el envío de tu carta. Tus palabras hicieron eco en muchos de nuestros lectores (¡sobre todo te han leído mucho en México y en Chile!), yo misma te he leído con detenimiento y necesito confesarte que si bien estoy de acuerdo con tu postura, desconfío que seas realmente un “espectador común” o un “tía francisca” como tú has llamado a aquellos que tienen poco conocimiento teórico y técnico del teatro pero que aún así lo disfrutan como aficionados.  Tus referencias a Brook y a Stanislavski, tanto como a “tus pobres conocimientos sobre isóptica” me hacen sospechar que quizás seas uno de esos creadores frustrados, un amante no correspondido del teatro. No te lo tomes a mal, pero en este mundillo del teatro hay mucha gente que intentó ser hacedor pero su falta de talento lo obligó a quedarse (resentido) en su butaca. Incluso, hay algunos que soñaban con ser directores o actores y se “conformaron” con la crítica y la recomendación forzando su relación con el teatro, regresando al escenario cada vez que se presenta la oportunidad con resultados cada vez más lamentables.

Quisiera tener un perfil más claro sobre ti. Es importante para situar tu “lugar de enunciación”, ese sitio desde el cual estás realizando tus declaraciones. Lo digo sobre todo, porque algunos de nuestros lectores piensan que justamente que te adjudicas conocimientos que realmente no posees. Al respecto mi comparación favorita fue la de alguien que dijo (sin ánimo de polemizar) que “un viajero que viaja mucho sabe de aviones sin duda, pero no por eso podía pilotear” Me gustaría defenderte sabiendo que te sitúas en el lugar de espectador y que no pretendes decir cómo hacer teatro. Me parece que simplemente estás compartiendo tus experiencias como espectador y que esta posición no te subordina respecto a la creación.

De ser cierto que tu elección ha sido “permanecer en las sombras” como espectador, déjame felicitarte. Son muy pocos los que tomarían esta posición con tanta seriedad y orgullo. Aplaudo tu consciencia sobre el ejercicio de la mirada y el pensamiento crítico que suponen la expectación constante de teatro y que resulta en su refinamiento. Habría que emprender una historia de los espectadores para comprender cómo han contribuido a la evolución del arte teatral.

Es importante que te hayas pronunciado de alguna manera. Que hayas salido del anonimato para decir unas cuantas cosas en representación (incosnciente) de muchos de los que pagan un boleto para ser entretenidos. Me parecen un poco mentirosos los hacedores que se dicen “preocupados por su audiencia”. A lo sumo lo que puede preocuparles es que su obra guste (o confunda) tanto como para poner a funcionar la recomendación de boca en boca. Dígamoslo de una vez: los teatreros quieren ver sus salas llenas. Nadie vive de premios irrelevantes o del reconocimiento del gremio. Quieren gente en sus funciones pero descuidan al espectador. Pocas veces hacen algo pensando verdaderamente en un público específico, no estudian a la gente que mira, no prueban sus espectáculos con el público antes de estrenarlos (son tan raros los Work in progress), no reparan en las reacciones de los espectadores y encima, cuando fracasan tienden a culpar al espectador de “no haber sabido ver».

Me parece un insulto responsabilizar al espectador de su apreciación. Se le hace creer que no es tan culto, intelectual o sensible, que no está al nivel de apreciación adecuado para sus montajes “superiores” y “vanguardistas” cuando ciertamente la culpa está en la mediocridad y pretensión de los montajes.  Pocos creadores de teatro tienen conciencia de que están ofreciendo un servicio. Menos aún son aquellos comprometidos con el entretenimiento. Antes de entretener prefieren aleccionar al espectador en temas históricos, políticos o teatrales. Pareciera que para los teatreros una obra es mejor entre más insoportable sea, entre más europea, más indescifrable, con discursos cada vez más “elevados”, entre menos apele al contexto del espectador mejor, porque es un contexto despreciable, porque se consideran menores e irrelevantes sus intereses y necesidades. En ánimo de conquistadores los creadores suponen que hay que  “evangelizar a los indios”, acercarlos a la palabra divina del teatro.No digo que todo teatro didáctico o posdramático esté mal, pero estoy segura que tu entiendes cuando digo que hay un vacío enorme que separa a los espectadores de su teatro.  Nadie piensa en ellos. Nadie quiere entretenerlos. Especialmente los “artistas”.

No hay razones suficientes que justifiquen obligar al espectador a padecer. El espectador de buena fe ha pagado su boleto para pasar un buen rato (para ir a veces por primera vez y quizá por última) en el teatro. Con toda la gama de posibilidades que implica lo que puede significar “un buen rato”. En ningún caso el teatro tendría por qué aburrirlo. No tendría nunca que estar en un asiento incómodo y de ningún modo tendría por qué desconocer la duración de una obra de teatro. Esto tendría que decirse muchas veces especialmente cuando una obra raya las dos horas de duración o las supera. Tendría que decirse en la publicidad y al inicio de función. Tendría que aparecer siempre impresa en los programas de mano. Nadie piensa en el transporte del espectador ni en la inseguridad de las ciudades: el espectador tiene que regresar a tiempo y a salvo. Por cierto que los programas de mano tampoco deberían mentir tan descaradamente como lo hacen. No deberían prometer una cosa distinta o superior a lo que el espectáculo ofrece. Esto contribuye  culpabilizar al espectador, a hacerle sentir que no ha sabido ver lo que el programa dijo que vería (“grandes actuaciones”, “magnífica dirección” “una obra entrañable”).

Sobre todo estoy de acuerdo contigo y te agradezco haber levantado la voz respecto a que a los espectadores lo único que les importa es el producto final, esto es el resultado. No las horas de ensayo, no los accidentes de función. No hay falla técnica ni disculpa que valga. Muchas veces los creadores se justifican con un “es que no te tocó una buena función”  y te piden que regreses a probar suerte. No, no y mil veces no. Insisto: el espectador no tiene por qué padecer. De hecho, debería quejarse más a menudo. Debería sentirse con la libertad de decir que lo que ha visto es una porquería sin sentirse juzgado, sin ser ninguneado, sin que su opinión se minimice por no saber lo que es hacer teatro. Debería habilitarse que si a un espectador no le gusta la función pueda salirse a la mitad desde cualquier lugar de la sala y pedir en taquilla que se le devuelva el costo o un porcentaje de su boleto ¡Los que hacen teatro tienen que saber que algo no gusta y hacer algo al respecto! El espectador debería reaccionar honestamente a lo que pasa en el escenario, dejando esa solemnidad hipócrita que le impone silencio y oscuridad. Sobre todo no debería intentar complacer a los espectadores con su reacción, sonriendo cuando voltean a verlo. O riéndose por compromiso.

Todo espectador debería, como usted, dedicar un tiempo a la reflexión y al diálogo. Observar y manifestarse. Hacerse presente. Reclamar atención. Todas las tías Franciscas deberían tener derechos como espectadores

 

Por favor dime qué piensas de este desahogo.

En espera de tener noticias tuyas

Z.

Reflexiones

¿Observas o caminas? Carta de un espectador (primera entrega)

por Aplaudir de Pie 5 junio, 2018

Dice Peter Brook al inicio de su libro El espacio vacío: “Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral”. Tan sencillo. Yo me preguntaría, frente a esta austera definición, si no haría falta que aquel que camina, encima de accionar, se supiera observado. Porque no es lo mismo hacer algo creyéndote solo a hacerlo con la conciencia de que hay alguien al pendiente de ti, y sobre todo, me da cierta paranoia el pensar que cualquiera que me mire en la fila del banco, por ejemplo, espere de mí algo remotamente parecido a lo que espera de un actor.

Uno que camina, otro que observa y el teatro está hecho. Sobre los que caminan se ha escrito bastante. Un actor que se precie seguramente tendrá en su librero toda la saga en la que Stanislavski dejó claro lo que se debe y no se debe hacer para tener una vida próspera en los escenarios. Pero al “otro que observa”, ¿qué le dice Stanislavski? ¿Qué libro tenemos nosotros, los que observamos, para tener una vida próspera en las butacas? Yo no soy actor y nunca intenté serlo. A mí me gusta mirar y desde temprana edad mis pobres conocimientos de isóptica me revelaron que el peor lugar para mirar el escenario era el escenario mismo, de modo que me quedé en la oscuridad.

Cuando un ser humano se enfrenta al Señor Teatro, queda claro que tiene dos posibles maneras de relacionarse con él: lo hace o lo contempla. Llega un momento, cuando el Señor Teatro empieza a simpatizar con una persona, en que le suelta la pregunta que habrá de definir su relación: ¿observas o caminas? A mí me lo preguntó cuando iba en la preparatoria. El teatro me gustaba desde entonces y durante el primer año lo elegí como taller artístico. Cuando acabó el curso y yo me sabía de  memoria el monólogo de Segismundo, el Señor Teatro me pidió elegir mi bando ¿Y yo, con más albedrío, tengo menos libertad? Al siguiente año me cambié al taller de guitarra. El pacto fue quedarme en el teatro para siempre, pero en el lado oscuro.

Yo les hablo desde el lugar de quien contempla, de quien sabe de funciones pero no de ensayos; del que por único vestuario conoce las camisas limpias y cuyo trazo consiste en ir a la taquilla, hacerse de un boleto y llegar a la butaca antes de la tercera llamada con el teléfono debidamente apagado.

Hay quienes saben de teatro porque lo hacen. Yo sé de teatro porque lo veo.

Se me podrá alegar que tengo una posición de lo más cómoda, pues mi relación con el Señor Teatro no me hace lidiar con presupuestos, horarios de ensayo o escenografías que llegan un día antes del estreno. Es cierto, a mí todo eso me puede importar bien poco: mi única vida teatral es la que existe en punto de la primera llamada y nadie podrá convencerme de que hay otra mejor que ésa.

Varias veces me ha tocado que al final de la función alguno de los actores (previo agradecimiento a la planta técnica, a los creativos y a tal marca de bebidas energizantes que los patrocinó) hace mención a los diecisiete meses que estuvieron trabajando esa obra. Con todo respeto, amigos hacedores de teatro, como espectador me niego a aplaudir los procesos creativos. Si en un ensayo estuvieron llorando cuatro horas por el abandono de sus respectivos padres, si se fueron a vivir dos semanas a la sierra de Oaxaca para desarrollar una escena de dos minutos o si desde Navidad que solo comen apio, a mí no me interesa. El encuentro de sus almas creadoras es muy valioso, muy necesario y muy su problema.

Soy, pues, un espectador que hablará de teatro, pero de ese teatro que sucede entre la tercera llamada y los aplausos finales, no más. Ese teatro que, según parece, es completamente desconocido para quienes lo hacen. Y no está mal: así como un arquitecto ya no puede hacerse el ignorante cuando va a una casa o los biólogos no pueden ir a un bosque pretendiendo que todos los verdes de las plantas son iguales, a quienes hacen teatro se les descoloca irremediablemente su ojo de espectador.

A aquellos hacedores de teatro que deseen acercarse a estas cartas quiero pedirles comprensión. La vida de este lado es muy distinta a la que ustedes conocen. Los  espectadores tenemos nuestros propios sufrimientos, nuestros procesos y nuestra propia manera de concebir el teatro. Yo sé que ustedes piensan en nosotros, que tienen presente la frase de Peter Brook (y seguramente muchas más) y que saben que nuestra presencia es tan importante como la suya. Pero también aceptemos el hecho de que, apenas termina el estreno de la obra, corren a buscar al colega Fulanito que fue a verlos y le preguntan su opinión sobre las luces, sobre el texto y sobre tal actriz que es francamente mala; mientras que a la tía Francisca, enfermera jubilada desde hace ocho años, apenas y la escuchan cuando los felicita, y solo atinan a decirle, en un tono de lo más condescendiente, que qué bueno que se tomó el tiempo de ir y que un saludo a los primos, que a ver cuándo van, que hay descuentos. Así le hayan deshecho la córnea con un estrobo, poco les importa lo que la tía Francisca tenga que opinar sobre las luces.

El hecho de que el colega Fulanito tenga más referentes para dar una opinión no significa que se deba desechar tan fácilmente a la tía o que se deba preferir categóricamente una opinión sobre la otra. Yo apelo a que ambas puedan tener relevancia. A fin de cuentas, tanto Fulanito como la tía Francisca vieron la misma función. Me atrevo a especular, queridos hacedores de teatro, que llega un momento en el que, por más que Peter Brook nos insinúe indispensables, a ustedes solamente les interesa que vayamos en hordas a comprarles sus boletos, pero ya no tienen ni idea de qué esperamos o qué nos pasa con sus obras. Para aquellas tías Franciscas y demás habitantes de las butacas, escribiré estas cartas que les hablan como iguales, en donde podremos pensar el teatro desde ese lugar de eruditos que rara vez se nos concede, pero que tenemos.

Atentamente.

 

Augusto Blanco

Espectador

Reflexiones

La sagrada eucaristía teatral

por Aplaudir de Pie 23 mayo, 2018

I wasn’t aware of any other option

but to question everything

-Noam Chomsky

 

Cuando tenía quince años, en un intento desesperado por seguir ocultando mi homosexualidad, me uní a un grupo de jóvenes misioneros católicos que se reunían los martes y jueves en la catedral de Veracruz. Por supuesto la novatada a este peculiar club incluyó un retiro espiritual con el propósito de encontrarme a mí mismo, y si de paso me encontraba menos gay, mejor. Pertenecí a ese grupo por casi cuatro años, y para las últimas fechas acudía a la catedral de miércoles a lunes; así de grande era mi necesidad de negar quien era. Obviamente en aquel retiro no me encontré a mi mismo; y al final la razón por la que dejé de ir fue porque empecé a tomar un taller de Teatro, el primero que tomé en la vida, ese taller implicaba que los domingos me tenía que ausentar de la misa “juvenil” (la de las once de la mañana) pero seguiría asistiendo a la misa de seis y media. A la coordinadora del grupo no le pareció mi “falta de compromiso”, por lo que me dio un ultimátum: o vienes a la misa de once o no vienes a nada -me dijo- y así de un día para otro la iglesia católica perdió a uno de sus más fervientes (y maricones) agremiados; uno de tantos.

Y aunque no me encontré a mi mismo en aquel retiro, ni en muchos después -en los que además yo formé parte del equipo que coordinaba- sí se me incrustaron muchas lecciones católicas con las que ahora lucho cada día. Y he de admitir que instintivamente me resulta muy sencillo adaptarme a estructuras de ese tipo, asunto que trabajo en el cotidiano y que quiero modificar día a día.

Mi paso por la iglesia católica no fue en balde, aquellos años generaron en mi cierto olfato para detectar espacios de control, de dogma, cada que me encuentro en lugares donde la jerarquización es lo más importante, donde la estructura se divide de manera vertical, donde quien coordina es el amo y señor de la verdad por lo que quién está debajo sólo debe obedecer, acatar, a sabiendas de que quien decide es una persona preparada, capaz e inteligente, tan inteligente que yo no necesito tener mi propio criterio y opinión, ¿para qué? ya lo dijo el señor obispo y si él lo dice, así debe de ser.

Sin cuestionamientos. No sólo soy bueno detectándolos, que no es cosa difícil, si no que aquellos años lograron que cuando me encuentro en esos espacios, me sobreviene una sensación muy peculiar que me provoca ganas de salir corriendo al cabaret más cercano, ponerme tacones y bailar al ritmo del can can.

Entré al teatro por la puerta chica: haciendo pastorelas. El paso natural para alguien con tanta formación católica como yo, y me encontré con un maestro y director, que a ratos era una persona amorosa y a ratos se dedicaba a destruir la confianza y poca autoestima de sus alumnos, alguien con quién no se podía dialogar, él era el sacerdote de aquella capilla teatral, el interpretaba los designios de Dios y sólo él podía acercarnos a la verdad. El cambio fue -ahora lo sé- natural, y hasta un poco obvio, venía de haber vivido en un espacio en donde la obediencia es una de las cualidades mejor valoradas. “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8)

Entendí perfectamente la figura del señor Director, y como mi papel -aunque pequeño- era esencial en el desarrollo de la sagrada eucaristía teatral. Había pasado, sin proponérmelo de una estructura a la otra, cumpliendo papeles bastante similares, y sometiéndome a los designios de un Dios, por otro, de un obispo por otro, de un sacerdote por otro. No juzgo esta parte, después de todo como dice la maestra Nora Huerta: “todxs buscamos ser parte del rito, porque el rito nos identifica, nos ayuda a crear colectividad”. En mi juventud e inexperiencia soporté infinidad de desplantes de aquel sacerdote teatral, quien en su minúscula capilla, daba las homilías más violentas que mi persona había escuchado, yo era responsable de que las misas teatrales funcionaran a la perfección, sin paga, dicho sea de paso. Era su acólito.

Me encontré entonces con un texto de Mario Cantú, “El hombre sin adjetivos” y me pareció el texto más subversivo que yo había leído a mis dieciocho años. Pero yo, siendo la pedera que siempre he sido, sabía que el señor sacerdote teatral no iba a montar semejante texto, lleno de improperios y blasfemias, con tres personajes que parecían salidos de un sitcom gringa, “no, no, no, no, ¡sobre mi cadáver!, montemos mejor las mejores obras cortas de Carballido” seguramente me diría y yo no estaba dispuesto a dejar pasar aquella joya, convencí a mi mejor amiga -y a su novio- de hacer nuestra propia compañía, una dónde no le tendríamos que pedir opinión al señor sacerdote, ni darle explicaciones a nadie. Tuvimos una temporada medianamente exitosa, un par o dos de señoras copetonas se salieron a la mitad de la función, y yo portaba esos desplantes como medallas al mérito; actuaba un texto que me encantaba, con mis amigos y sin tener que explicarle nada a nadie. Comencé a pensar que aquello era lo más parecido, que yo conociese, a la vida profesional de un actor.

Pero como con nada estoy a gusto -dijera mi santa madre- decidí que era momento de irme a la gran ciudá a probar suerte, había escuchado hablar muy mal de la facultad de Xalapa por uno de sus docentes y para ese entonces yo ya estaba muy decepcionado del nivel educativo de la Universidad Veracruzana en general. Al llegar a la Ciudad de México me encontré de frente con el CUT, la ENAT y Filos, escuelas de las que jamás había escuchado hablar en mi provinciana vida, vi todo el teatro que pude, vi teatro que me parecía fantástico, el nivel era otro, esta era gente que se dedicaba al teatro y de eso vivía. Pero no sabía que estaba a punto de conocer a los más grandes sacerdotes teatrales, a obispos, cardenales y por supuesto al arzobispo primado de méxico de la teatralidad, alguien que dirigía la cúpula más importante de los designios del Dios del teatro.

Llegué a vivir con dos amigas que estudiaban en la Casa del Teatro, y empecé a adentrarme en el movimiento teatral de la ciudad, poco a poco conocí a los dramaturgos, directores, escenógrafos y teatristas en general que integraban esta institución, y entre más entendía la realidad del teatro mexicano más reconocía mi olfato la presencia estructural hegemónica, similar a la de la iglesia a la que dediqué tanto tiempo. Reconocía la similitud en personajes y discursos; donde las jerarquías predominaban: los sagrados textos dramatúrgicos, la sagradas tablas-escenario/altar, la función/evangelización debe continuar a toda costa, la omnipresencia del director, todo para que la verdad predomine. “El que tenga oídos, que oiga” (Mateo 13:9).

También veía como las escuelas de teatro forman predicadores del teatro y como nos compramos la idea de que el teatro iba a cambiar al mundo, en el mejor de los casos iba a salvar a la audiencia del oscurantismo, de la ignominia, brindaría (al público) la luz, los salvaría de no haber visto nunca teatro, de no haber experimentado por lo menos una vez en su vida ese maravilloso encuentro con la experiencia teatral, que era -en el mejor de los casos- algo prácticamente religioso. Bienaventurados los que nunca han visto teatro, pues a ellos les llegará la obra del señor. “Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mateo 5:12)

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

Por azares del destino –misteriosos son los caminos del señor– conocí el cabaret, me fui a lo más blasfemo de lo blasfemo, con los parientes pobres de los parientes pobres, y aunque durante mi adolescencia conocí a Jesusa Rodríguez y a Liliana Felipe, quienes en 2007 ya andaban rondando en el incipiente YouTube, no tenía claro qué era aquello del cabaret. “Son una parateatralidad bastante interesante, falta de rigor, pero comprometida con otras causas -me dijo una amiga que estudiaba en Casa del Teatro- Las Reinas Chulas son dueñas de un changarro aquí a unas cuadras” culminó. Fui a ese changarro que me quedaba a unas cuadras y para mi sorpresa me encontré a Conchi León dando función de Las Puruxonas de Dzemul, en lo que años después supe fue el noveno Festival Internacional de Cabaret; me quedé pues había conocido a Conchi unos meses antes en el Joven Dramaturgia en Querétaro, dónde juntas vimos Cuerdas, una obra escrita por Bárbara Colio, dirigida por Richard Viqueira y con Felipe Cervera, Artús Chávez, Álvaro Flores y el mismo Viqueira como elenco. No encontré a ninguna de Las Reinas, pero descubrí que al costado de su changarro de perdición se encontraba una capilla, literalmente una capilla dedicada al teatro. Ya para ese entonces no me sorprendió descubrir la figura católica entrelazada en con el teatro.

Unos meses después me enteré de la creación de un centro de formación llamado la UVA (Unidad de Vinculación Artística), en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco.  La coordinación educativa estaba a cargo de Felipe Cervera. Artús Chávez, Richard Viqueira y Bárbara Colio, entre otros, integrarían la planta de docentes. Los había visto triunfar en Cuerdas y quería ser alumno de todes. Así que me inscribí a todos los talleres que pude. Sin saberlo comencé dos procesos educativos que serían claves en mi desarrollo como creador, uno con Artús y otro con Richard  los dos procesos educativos más distintos del mundo, uno me hacía muy feliz, me iluminaba, mientras el otro me invitaba a escarbar las partes más oscuras de mi persona, todo en nombre del teatro. Recuerdo que aquel proceso fue muy duro, no sólo para mi, conocí ahí a compañeras y compañeros que confesaron experiencias de vida que ahora sé no cualquiera confiesa en una clase. Aún cuando fue un proceso duro, habían comenzado a salir cosas interesantes, éramos un grupo de jóvenes (muy jóvenes) creadores quienes estaban entregando partes claves de su personalidad, de su proceso de vida, con la finalidad de integrar y realizar este proyecto guiado por uno de los sacerdotes del teatro.

Por supuesto, como suele suceder, un día el señor sacerdote se desvaneció en el aire, dejado incompleto un proceso que involucraba a muchas personas de maneras muy profundas. Esto es de lo que nadie habla, una estructura hegemónica, en donde todo se pone en manos del señor sacerdote, la confianza ciega de un proceso en alguien que un día de buenas a primeras puede entorpecer, violentar, sacudir y en el mejor de los casos: desaparecer.  Y aun cuando este no es el caso más grave y atípico de los procesos teatrales, no hemos sido capaces como comunidad de proteger estos espacios, estos procesos. Somos nosotros quienes damos autoridad ciega -como la fe- a individuos e instituciones para velar procesos muy delicados, y dejamos a su suerte a personas que tienen el deseo de pertenecer a esta comunidad, de transformar su realidad a través del arte, del arte teatral.

El cabaret tampoco se escapa del dogma, y ¿cómo podría? si algunos de quienes ahora son les maestres/sacerdotes cabareteres también fueron alumnes de los obispos del teatro, es lógico pues muchas cosas se aprenden con el ejemplo y no con el discurso, y aún cuando el discurso sea uno, el dogma puede ser otro.

No estoy con ello condenando al Teatro, ni al Cabaret, simplemente me parece que hay que ser excesivamente vigilantes de los procesos que la componen. La religión (católica, que es la que conozco) no admite crítica, todo es por designio divino, todo es un misterio religioso, todo es la obra misteriosa de la mano del señor. El teatro no debería ser eso, no debería buscar sacralizar procesos, espacios, instituciones y mucho menos individuos.

Convertir el teatro en un dogma, en algo sagrado e incuestionable, pensar que el teatro debe estar por encima de todo nos pone en riesgo de convertirnos en algo muy parecido a una religión, a una religión arcaica y rancia, y con ello habilitar los espacios para que se instalen y perpetúen toda clase de vicios, toda clase de depredadores en sotana teatral, que cometan todo tipo de delitos en pos de la experimentación y la búsqueda de la verdad del teatro. Si de verdad estamos en la exploración de ser una comunidad, debemos ser responsables de todo lo malo, como de lo bueno, que pasa dentro de nuestros círculos.  “Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego. De modo que ustedes los reconocerán por sus acciones” (Mateo 7:19-20)

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

Debemos ser vigilantes de nuestro quehacer y de nuestra comunidad, así como críticos de las situaciones y espacios que la componen. Ya no podemos continuar sin ser críticos de nosotres mismes. No podemos hacernos de la vista gorda cuando vemos actos de infinita violencia ocurriendo en nuestros centros de formación, no podemos ser testigos silenciosos de vejaciones que ocurren en procesos a puerta cerrada y que más tarde se comparten en pasillos, conversaciones y trasnoches; no podemos ser distantes y ajenos a espacios de diálogo y reflexión que parten del cuestionamiento de lo establecido. El cabaret ha reforzado mi concepción de la crítica, algo que se había cimentado varios años atrás gracias a leer a Noam Chomsky mientras estudiaba periodismo en Veracruz: “I wasn’t aware of any other option but to question everything” decía don Chomsky.

Celebro que existan espacios como Aplaudir de Pie, que expresan cotidianamente que la crítica no significa confrontación, ni falta de respeto, ni disrupción ciega de lo construido, la crítica no es ciega, ni busca necesariamente romper una estructura, si no abrir diálogos, una “critica constructiva” busca en el mejor de los casos imponer otra verdad, cuando una crítica sólo debería buscar lanzar una pregunta al aire e intentar abrir un espacio en donde existan cientos de opiniones, donde podamos dialogar y dónde más de dos verdades pueden convivir, y no cancelarse.

Porque ¿Cómo nos reconocemos si no es en el/la otre? ¿Cómo podemos prevenir la violación a la integridad, y de los procesos de jóvenes en la búsqueda de integrar nuestra comunidad? ¿Cómo nos aseguramos de crear espacios seguros para la experimentación sin la presencia de depredadores sexuales? ¿En quién puedo confiar si no es en mis pares para poder reflexionar sobre nuestro quehacer y nuestra cotidianidad? ¿Cómo puedo entender a mis maestres si no es cuestionándoles? ¿Cómo nos aseguramos de no repetir errores de instituciones arcaicas que se erigen alejando de sí mismas la crítica y la reflexión de quienes la integran? ¿De qué otra forma podemos crear comunidad si no es cuestionandonos les unes a les otres?

Pako Reyes / @Pako_R Cabaretera y gestor cultural

Pako Reyes / @Pako_R
Cabaretera y gestor cultural

Reflexiones

Vivi Tellas. Biodrama: la dramaturgia del destino

por Ricardo Ruiz Lezama 23 mayo, 2018

Pocos creadores teatrales en cada país sobresalen por su innovación y calidad, menos son aquellos que trascienden su propia frontera, y aún menos los que instauran un después a partir de ellos, que generan conceptos y visiones únicas que a través del mundo dan de qué hablar e inspiran a nuevas generaciones, dejando su nombre inscrito para siempre en la historia del Teatro. Sin lugar a dudas Vivi Tellas pertenece a esta categoría de artistas.

Tellas es una creadora argentina que alcanzó la cima como directora con un montaje excepcional que tuvo éxito de crítica y público, La casa de Bernarda de Alba de Federico García Lorca. Pero en múltiples entrevistas la directora ha compartido que sintió una especie de insatisfacción al preguntarse si eso era todo, si ya no había más. A partir de esto su producción sufre un giro que la colocó como una de las creadoras más vanguardistas de su generación. Inventa la palabra biodrama y es curadora de un ciclo con este título en uno de los teatros más importantes de Argentina. A la par prepara su primera producción siguiendo esas líneas de trabajo, que son: trabajar con la biografía de una persona viva.

Desde entonces, Tellas generó una línea de trabajo e investigación que ha recorrido el mundo a través de sus espectáculos, talleres, conferencias y clases magistrales. Ha inspirado a creadores en múltiples países; desde hace muchos años pensar en biodrama es pensar en Vivi Tellas.

El biodrama no es tan sencillo como parece, tiene muchas aristas y por eso es un concepto que revolucionó ciertos aspectos de la teatralidad. En principio surge en un contexto que siguió a la dictadura argentina, donde empezó a recuperarse la democracia y que devino socialmente en la necesidad de construir otros relatos a partir de la descreencia generalizada hacia los grandes relatos. Teatro como lugar micropolítico desde el cual reorganizar la experiencia sobre lo real desde lo individual, una revaloración de la memoria individual que deviene en memoria colectiva, partir del yo para llegar al nosotros; además de retomar a las personas como entes políticos, capaces de enunciarse sin intermediarios y de construir narrativas sin riesgo a ser asesinado, la vuelta a la libre expresión.

Otro de los rasgos importantes del biodrama en materia política tiene que ver con voltear a mirar las singularidades y mostrar su valía en un mundo que cada vez más busca anular la individualidad. En contra de la masa informe y sin criterio, retomar el yo con opiniones propias y reconocer lo valioso de la particularidad.

En relación con la dramaturgia, la puesta en escena y la actuación, el biodrama plantea problemas sobre la teatralidad -materia no solo estética sino política-, pone en cuestionamiento el término mismo de teatro, también de realidad, verdad y ficción. Desespectaculariza el fenómeno, sin dejar de ser un hecho artístico.

Salvando las distancias con el conocimiento astronómico, podríamos decir que Vivi Tellas dio un auténtico giro copernicano al quehacer del director y dramaturgo del siglo XXI.

RicardoADP

 

 

Reflexiones

Horror vacui

por Zavel Castro 10 mayo, 2018

El rumor dirá que las segundas partes nunca fueron buenas. Como pensadores de teatro no podemos conformarnos con una perogrullada. Tenemos que cavar más profundo para tratar de entender. Sabemos que el teatro no puede ser igual, que la transformación es su esencia, que no se repite. Si una función nunca es igual a otra, no deberíamos sorprendernos cuando una misma obra cambia radicalmente de una temporada a otra. Sin embargo, nuestro primer impulso, la mayoría de las veces, es reprocharlo. Es ahí cuando debemos detenernos y tratar de entender.

Sucede que la simplicidad aterra. Nuestra cultura teatral nos ha acostumbrado a la grandilocuencia, a la parafernalia, a la espectacularidad del diseño escénico, a la saturación. No hay nada que confronte más y casi por igual a directores, actores y espectadores. El primero puede pensar que una escenografía vistosa hará relucir su empeño, al segundo le será más sencillo esconderse detrás de la utilería y el tercero quizá haya aprendido a “medir” la calidad de un trabajo escénico en relación al nivel de producción (entendiendo nivel siempre como cantidad antes que como calidad). El espectador en México busca traducir la inversión de su boleto en imágenes que pueda presumir (de ahí que la mayoría de la gente que no acostumbra ir al teatro esté dispuesta a gastar una suma considerable en algún musical, sin que esto quiera decir –por favor, no malinterpreten- que no sabemos apreciar el valor artístico de dicho género).

Un espacio vacío o mínimamente adornado puede inspirar la sensación (a veces con justicia) de soledad y precariedad. Ojalá pudiera entenderse que no hace falta demasiado para que una obra sea valiosa, aunque ya lo hayan dicho antes Grotowsky, Brook -entre otros- tendemos a olvidarlo; en nuestro caso algunas de las mejores obras que hemos visto apenas tienen requerimientos técnicos, ocupan realmente lo mínimo. Cuando hay teatro el espacio se llena de cosas intangibles. Pensemos en Terrenal (Mauricio Kartun) Mi hijo camina solo un poco más lento (dirigida por Guillermo Cacace), Los cuervos no se peinan. Partitura escénica para niños con plumas en la cabeza (Diego Montero), La espera (Conchi León), La Fiera (Mariano Tenconi Blanco), Una Mesa y Lo mejor de la vida (Zypce), Lo único que necesita una gran actriz es una gran obra y las ganas de triunfar (Vaca 35) y en la primera temporada de Puras Cosas Maravillosas (dirigida por Sebastián Sánchez Amunátegui  y si se me permite la inclusión dancística, La Wagner ( Pablo Rotemberg) y Maboroshi (Tadashi Endo), por citar algunos ejemplos donde la elección por lo mínimo cobra los más altos vuelos.

Habría que hacer mucho, pero mucho para fortalecer esta tendencia de aspirar a lo esencial, pero son muy pocos los hacedores de teatro que tienen realmente la confianza en sí mismos y el coraje para llevarlo a cabo (incluso de confrontar a cualquier productor que presione pensando que “más es más”), en definitiva habría que tratar con detalle y cariño su horror al vacío. Y habría por supuesto que guiar al público hacia la apreciación de la sencillez, a comprender la complejidad de las cosas sencillas. El arte  ya ha hecho lo suyo enseñando al público a mirar sin desprecio el lienzo en blanco (en Occidente podemos situar esta tendencia por lo menos a partir de los sesenta precisamente con el arte minimalista y postminimalista).

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

 

En suma, una obra no mejora agregando mayor producción ni más trazo escénico. Y cuando sucede forma parte de las excepciones que confirmarían la regla. A este respecto me vienen a la mente las segundas temporadas de Puras Cosas Maravillosas y del Nahual, dos monólogos cuyo cambio supuso la inclusión de más elementos (post its en una, sábanas en la otra. Es cierto que son poquísimos elementos, incluso es cierto que podrían considerarse apenas como detalles, pero las adiciones tanto como el cambio de trazo mucho menos contenida, más vistosa y dinámica restaron la intimidad que las hacía entrañables y poderosas. Antes no teníamos más que al hombre y su palabra llenando el escenario. Aún con las intervenciones del público que había en ambas. La ambición por «crecer» las puestas aniquilaron la cercanía que en su momento sentimos. Por supuesto que esto no quiere decir que no sean trabajos que valga la pena ver, afortunadamente los textos y la interpretación en ambos siguen siendo loables.  Los espectadores que vean alguno de estos trabajos por primera vez tal y como fueron remontados tendrán una buena experiencia. Somos los nosotros, los pensadores,  obsesionados por dar seguimiento a las obras, quizá parte de los muy pocos que notemos esto y que extrañemos las versiones anteriores.  Los críticos somos nostálgicos.

Hasta ahora solo hablé del aumento de elementos en un montaje durante la transición de una temporada a otra y de lo innecesario que este aumento resulta, lo expliqué por el terror al vacío ocasionado por la misma cultura teatral que tiende a la exageración o llenar el espacio en términos materiales. Ya habrá tiempo de concentrarme en la saturación discursiva y de otros tipos.

Zavel-ADP

Reflexiones

REÍR DE LO QUE NOS DUELE PARA NO MORIR: una forma de hacer Cabaret

por Aplaudir de Pie 28 abril, 2018

Existen tantas formas de hacer cabaret, como perspectivas, críticas y discursos que defender. Enumerarlos e intentar definirlos serán ejercicio de otro texto.

Para este primer encuentro me enfocaré en una forma de hacer cabaret. Planteado como un género teatral que se enfoca en el placer, la disidencia y el humor. Sobre todo, la razón de este texto es reflexionar acerca de cómo es el humor en el cabaret que me interesa.

¿De qué nos reímos en el cabaret?

Nos reímos de impotencia, de frustración, de vergüenza ante la injusticia, nos reímos de lo que nos transgrede, nos perturba. Nos reímos para no rendirnos, para no desaparecer, nos reímos para liberar la angustia, nos reímos para no morir de dolor. La risa que buscamos expone y critica al asesino, al genocida, al ladrón, al violador, al corrupto, al opresor, a la injusticia, a la desesperación, a la traición, a la indiferencia, a la muerte. Nos burlamos del victimario, lo llevamos a la perversión más grotesca y delirante, y desde ahí deseamos su destino, lo evidenciamos, lo humillamos y lo matamos con crueldad liberadora, crueldad-ficción que jamás podríamos consumar en la realidad. Nunca nos burlamos de la víctima, no la re-victimizamos, juzgamos su contexto opresivo, sus posibilidades –o la falta de ellas-, no nos valemos del estereotipo para ser clasistas, ni misóginxs, ni racistas, ni homófobxs, ni lesbófobxs, ni machistas, ni xenófobxs, en esto ponemos especial atención para no reproducir afirmaciones y discursos de odio que como ejecutantes sobre un escenario podríamos defender más que criticar.

Ahora, no ignoramos esos discursos pensando que dejarán de existir si no los enunciamos, sin embargo, los utilizamos para que el victimario se exprese y construya su carácter, para que desde su “maldad” sea el representante de todo lo que odiamos y criticamos.

El Chiste es Placer

El chiste es placer, porque libera el deseo prohibido. El chiste es la síntesis de un discurso crítico contra lo que nos violenta, nos da consciencia arrancándonos la comodidad, nos aligera -un instante- la impotencia y nos recuerda el miedo (el que transforma, no el que paraliza) que origina las revoluciones. No buscamos ser complacientes, no queremos que el público se conmueva, queremos que el público ría para que reflexione. En la penúltima escena, soltamos la tesis del show, que entendemos como confesión del dolor, de aquello que no nos deja vivir, obsesión de nuestros insomnios, transgresión a nuestras comodidades y cuestionamiento a muerte de todos nuestros privilegios no reconocidos y por reconocer. Para dolor profundo, risa purificadora. Porque libera el deseo de ser aquello que no nos atrevemos, libera nuestros deseos más profundos, verbaliza nuestras perversiones, ejecuta nuestras violencias, no “Transforma la realidad trágica del país en un chiste”, como se dijo en un texto anterior; [1] ; más bien, devela la verdad de la tragedia del país en una risa escandalosa para liberar la angustia de sabernos impotentes ante el horror de la realidad, aquella que en principio; transformamos desde la ficción.

Por eso, el cabaret que a mí me interesa, se plantea en el Universo donde la risa sacude como decía Paz. Donde su territorio es la farsa como dice Nora Huerta.

Jamás podríamos comprometernos con conmover al espectador con el llanto fácil, de hecho, no queremos conmoverlo, nuestra propuesta es construir consciencia acerca de la realidad, provocar la acción. Lo contario, sería un desahogo pasajero que no lleva a la introspección, en  su lugar, re-victimiza la tragedia, volviéndola pasiva. Pensamos la risa como medio instantáneo de reflexión. Sabiendo que la catarsis también se logra a través de la risa, el cabaret que hacemos confronta al dolor a través de ella para no morirnos de angustia.

 

@LilianaPapalotl  La Mafia Cabaret

@LilianaPapalotl
La Mafia Cabaret

 

 

[1] Texto en respuesta a la reflexión: “Humor y política en el teatro mexicano” : http://aplaudirdepie.com/humor-y-politica-en-el-teatro-mexicano/

Fuentes:

Sotres, Cecilia. “Introducción al Cabaret (con albur).”, Ediciones Chulas, Paso de Gato, 2016.

Freud, Sigmund (1856-1939). “El chiste y su relación con lo inconsciente”, en Obras completas.  Buenos Aires :   Amorrortu

Reflexiones

Teatro, Rap y Cabaret: prácticas de resistencia

por Zavel Castro 28 abril, 2018

Los vasos comunicantes entre el género musical por excelencia de la cultura urbana actual y el arte de la representación escénica son tan numerosos y evidentes, que me resulta extraño ser la primera en hablar de su conexión intrínseca. Quizá se deba a que muy pocas veces el rap se ha incluido como parte de alguna puesta en escena[1] porque los teatreros aún desconocen las similitudes entre lo que hacen ellos y los raperos o porque consideran este tipo de música más adecuada para escuchar en su vida lejos de los escenarios que como parte de su quehacer artístico, o porque ninguno de los que consideran sus “grandes maestros” en dirección o diseño sonoro lo ha hecho y  les provoca cierta desconfianza no seguir con la tradición y con lo que se les ha enseñado que es adecuado para la escena. Aun cuando la mayoría de creadores de teatro declaran su necesidad por romper con lo establecido, lo cierto es que la declaración vanguardista usualmente es mera repetición antes que convicción genuina. Acaso convenga poner de manifiesto las coincidencias entre un género y otro para animar su conjunción, de tal suerte que podamos verlas más a menudo como parte de un mismo espectáculo. O por lo menos para reconocer simplemente que, al compartir su razón de ser tanto como sus propósitos, ambas resultan poderosas armas discursivas.

Fundamentalmente hay que señalar el carácter político de ambas manifestaciones. Desde sus orígenes, teatro y rap llevan intrínseco un alto grado de resistencia frente al sistema. Tras nacer en el seno de la exclusión, raperos y teatreros (especialmente los carperos de otrora y los cabareteros de siempre) han hecho uso de la palabra para dar cuenta del  contexto que los afecta.  Las letras del rap, así como algunas dramaturgias o letras de rap insertas en los montajes,  representan a las clases populares denunciando la desigualdad como consecuencia de la globalización y administración económica de los países donde tienen lugar. De hecho, más que como discurso, el concepto de resistencia, como eje central del rap y del teatro (popular), se considera una práctica. El simple hecho de elegir hacer teatro como práctica artística, tanto como rapear, funciona a partir de un cuestionamiento sobre la circulación y el funcionamiento del conocimiento y cualquier otra forma de poder.

mafer amelio

El rap  (tanto como el punk, rock y ska) , el teatro popular y el cabaret, como expresiones urbanas marginales de la música y de las “bellas artes” u otras formas de teatro consagradas según la organización cultural burguesa, toman como punto de partida la vida cotidiana, eje articulador de las culturas populares. Usando sus respectivas formas de expresión para canalizar todo lo que ocurre en el interior de sus comunidades. Por ello los autores de las líricas de barrio, los teatreros y cabareteros están conscientes de su compromiso con el grupo social al que pertenecen y procuran ser solidarios con las problemáticas grupales Artistas escénicos y artistas de barrio tienen el poder de transformarse de hombres y mujeres ordinarias a héroes y heroínas anónimas al levantar la voz para denunciar las injusticias que sufren sus comunidades. El rap y el teatro popular deben su esencia a “la calle”.

Ambos tipos de hacedores tienen el potencial y casi la obligación de devenir en “mensajeros de la verdad”. Como voceros de la cultura popular, raperos y teatreros cumplen una función muy importante: hacer pública de una manera particular, una realidad que todo el mundo conoce pero de la que pocos hablan, una realidad que, aunque todo el mundo sabe que existe, son pocos los que se atreven a denunciarla. Ambas prácticas hacen visibles todas las transformaciones culturales, sociales y económicas sufridas por sus comunidades y por los países de los que forman parte, manteniendo así una relación simultánea entre lo local y lo global.  El teatro y el rap suelen ser formaciones colectivas en las que por lo tanto se encuentra un compañerismo profundo y horizontal, difícil de hallar en otras actividades. Lo cierto es, por supuesto, que como parte de cualquier comunidad, los raperos y teatreros nunca conocen a todos y cada uno de sus compatriotas, lo importante realmente es que en cada uno vive la imagen de la comunión.

Como prácticas de resistencia, el hip hop, el teatro y el cabaret devienen auténticos estilos de vida tanto como identidades que los distinguen de otras formas expresivas. Incluso, hay quienes consideran a estas subculturas como “naciones”, debido, entre otras cosas a que como tales, tienen fronteras limitadas que les permiten el reconocimiento de otras naciones. La nación hip hop y la nación teatro o “gremio teatral”, como les gusta decir, son depositarias de historias de segregación y marginación urbanas. Es innegable que ambas formas de expresión son absolutamente propias de las ciudades.

Como naciones culturales autónomas, los raperos y cabareteros crean nuevas identidades y se inventan nuevos modos de representación y participación. Reinventándose y reafirmándose cada vez que les es posible con el único propósito de sobrevivir en un contexto que de seguir sus normas los obligaría a desaparecer. La existencia de la gente que se dedica al teatro y al cabaret  y la que se dedica al rap depende de su capacidad para expresar, fortalecer, legitimar, posicionar, reconstruir y crear discursos y culturas propias, creando así nuevas formas de comunidad. Formas alternativas de habitar el mundo. Manifestaciones artísticas disidentes. ¿Por qué no se unen más a menudo? Ya lo he dicho, porque aún no se reconocen mutuamente, pero el día que lo hagan, respetando la especialización de unos y otros (sobre todo no pretendiendo que cualquier dramaturgo puede escribir un rap sino recurriendo a liricistas y freestylers profesionales), lograrán potenciar aún más su potencial discursivo contra sistema. Me encantaría  ser testigo de esta unión.

Zavel-ADP

[1] En los últimos años recuerdo haber visto algunas obras que incluían rap como parte del montaje, dos a petición mía como curadora de dichas propuestas: “Lobata. Teatro experimental para niñxs revolucionarixs” dirigida por Cecilia Ramírez Romo y “Amelia, Coronel Amelio” espectáculo de cabaret dirigida por Francisco Granados. También lo vi en “La espantosa y marginal vida de Godzilla” dirigida por Carlos Converso y “Trending Topic. Teatro documental sobre violencia de género” escrita por Ricardo Ruiz Lezama, dirigida por Paulina Orduño «Esto no es Daisy» de Rodrigo García dirigida por Paulina Orduño y sé que “Salimos del mar y soñamos el mundo” dirigido por Nora Manneck, «Minotauro» de Patricia Yáñez y «Nuestra venganza es ser felices» de Diana Reséndiz dirigida Karen Condés, «Alicia» de Jimena Mancilla, «El insomnio de Segismundo» de Martín López Brie, «Monster Truck», «Desvenar» y «Bozal» de Richard Viqueira», «Puro Lugar» de Orteuv y Teatro línea de sombra,  «Código bolero» de la Compañía de teatro danza Apoc poc , «El paraíso o la vida pasada en limpio» de Rubén Ortiz, «Animalia» y «Bestiario Humano» de Diego Álvarez Robledo  también utilizan el rap como elemento principal en  algunas escenas.

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