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Autor

Zavel Castro

Zavel Castro

Historiadora. Estoy obsesionada con el fenómeno teatral.

Reflexiones

El ojo clínico y la apreciación escénica

por Zavel Castro 10 julio, 2020

ESTA CHARLA FUE IMPARTIDA A TRAVÉS DEL FB LIVE DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE LA UNAM EL 26 DE JULIO DE 2020

Hace apenas unos días, compartimos una entrevista con Sergio Blanco, en la cual,  decía que, para él, como dramaturgo, lo fundamental era entrenar la mirada: “Todo acto de creación está precedido por una mirada”[1]:  Como acostumbro (acaso sea un mal hábito esto de querer llevar agua a mi molino), hice viajar esta idea hacia el terreno de mi vocación para sacar a relucir el cariz poético de la coincidencia, pues, precisamente, el ejercicio de la recepción teatral también depende de aprender mirar, con sorpresa, con empatía, con potencia vital.[2]

Quiero aprovechar que me encuentro frente a un auditorio de estudiantes de medicina para pensar en la observación sensible de manera relacional, es decir, que en el desarrollo de mi charla plantearé algunas analogías entre el diagnóstico clínico y la apreciación escénica; después de todo estoy aquí para intentar establecer un vínculo, para construir un puente entre su mundo y el mío, para ello les propongo que liberemos nuestra comprensión del mundo de la categorización disciplinar, que seamos inteligentes, tal como entendía René Leriche, que en su espléndido libro sobre Filosofía de la Cirugía,  define la inteligencia como “la aptitud para captar las relaciones secretas de las cosas […] el arte de los enlaces imprevistos”.[3]

Me gustaría invitarlas a pensar en el arte y en la ciencia como fenómenos de la vida que no están separados uno del otro, como quizás nos han hecho creer nuestras autoridades académicas, sino que, de la misma manera que en nuestro cuerpo, “todo es ligazón e interdependencia”.[4] Tendríamos que ser capaces de reconocer que tanto la apreciación escénica como la medicina son actividades creativas que dependen de la observación para hacer el diagnóstico sobre un cuerpo y sus órganos. Médicas y críticas depositamos la mirada en nuestro objeto de estudio con la finalidad de examinarlo y realizar un análisis. No se trata nunca de una mera contemplación, sino que nuestras observaciones tienen siempre una finalidad reflexiva.

Habría quienes incluso se apresurarían a asegurar que la apreciación serviría para hacer un diagnóstico de una puesta en escena y que la crítica tendría la capacidad y la responsabilidad (hay quienes se dan demasiada importancia) de “curar” una obra enferma o malograda. Personalmente no suscribo a esta percepción sobre nuestro quehacer como espectadoras especializadas, pero me ha parecido pertinente mencionarla en este ejercicio de relación, para señalar una diferencia fundamental entre el diagnóstico clínico y la apreciación escénica, y es que, mientras que las médicas observan a los pacientes para distinguir lo sano de lo enfermo, y en su caso determinar la gravedad de un malestar, la observación de un espectáculo no se concentra en señalar “lo que está bien “y “lo que está mal”, pues a menudo esta distinción depende de las reacciones epidérmicas de quien observa, y el gusto, como sabemos,  es un criterio cargado de prejuicios.  Por lo tanto, es justo señalar a la subjetividad como la desigualdad  principal entre la apreciación escénica y la apreciación clínica.

Las reacciones personales inmediatas son incapaces de constituir un argumento, precisamente porque no se puede pretender alcanzar la comprensión de una pieza a partir de los límites de una experiencia que se reduce a los límites perceptivos dados por el contexto en el que se ha desarrollado el observador devenido en comentarista.  El criterio del gusto es insuficiente para realizar el diagnóstico de una obra de teatro, tanto como es inútil para detectar la causa de un malestar físico. Ninguna persona dedicada al estudio de la medicina puede determinar la salud de su paciente a partir de si le gusta la descripción de sus padecimientos o de si sus malestares lo remiten a un recuerdo sobre su propia vida.

La examinación médica ha prescindido del criterio del gusto porque sabe que es una reacción que anestesia el pensamiento, mientras que en el ejercicio de apreciación aún no hemos conseguido erradicarlo, perjudicando la práctica al frenar la potencia de la recepción reflexiva que, al resistirse a la explicación de una obra a partir de las reacciones inmediatas, tiene la capacidad de ofrecer una valoración que reanima no solo el cuerpo de la representación sino el fenómeno mismo de las artes escénicas.  Solamente cuando nos resistimos a juzgar una obra a partir de nuestro horizonte de expectativas, podemos establecer un diálogo que supere el comentario superfluo, que vea más allá de lo evidente, que sea capaz de decir algo nuevo sobre lo conocido, algo que sea distinto y valioso.

La interpretación reflexiva de una representación artística es posible a partir de la adquisición de conocimientos propios de la disciplina, a través de la teoría y de la praxis.  Tanto la medicina como la apreciación escénica dependen de un inmenso trabajo de conocimiento, de muchas horas de estudio y de ensayo. En ambos quehaceres hay que poner a prueba lo que dicen los libros para que nuestros saberes no sean meras especulaciones. La comprobación de la teoría en la  práctica es necesaria para agudizar la sensibilidad de quien observa, facultando su mirada para que sea capaz de intuir un diagnóstico o de interpretar  de una obra, según sea el caso, captando detalles significativos en un solo golpe, así como las mejores médicas son capaces de adivinar el malestar de un paciente a partir de lo que para una mirada inexperta podrían parecer  trivialidades:

“Atención a las perforaciones del cinturón: las recientemente añadidas pueden ser indicio de incremento ponderal. ¿Es una mujer que se ha pintado las uñas de los pies? Si ella misma se aplicó la pintura, quiere decir que tiene cierta flexibilidad corporal incompatible con artritis y serios desórdenes musculoesqueléticos. Fijarse bien en la distancia que hay entre la pintura y la base de la uña: sabiendo que las uñas crecen a razón de 0.1 mm al día, es posible calcular cuándo la paciente estaba todavía en condiciones de aplicarse la pintura.” [5]

 

La agudeza de la observación permite al practicante de medicina desarrollar un “ojo clínico”. Desde la Antigüedad, los médicos consideraron la agudeza visual como la herramienta más importante para el diagnóstico, por ello, desarrollaron su metodología de examinación basada en la mirada atenta. En los primeros tratados de medicina del Islam y de Grecia se reconocía la vista como el sentido más apto para alcanzar nuevos conocimientos.  El perfeccionamiento y sistematización de la captación global e inmediata de un padecimiento llegó con la era hipocrática.

Fue también en la Antigua Grecia que la mirada entrenada cobró especial relevancia para determinar la calidad de un espectáculo, pues se celebraban concursos dramáticos en los que un jurado compuesto por ciudadanos era elegido, entre otras cosas, por contar con las herramientas de apreciación necesarias para determinar quién merecía la victoria. Sin embargo, no fue sino hasta el siglo XX que la expectación fue reconocida como un elemento fundamental para la concreción de sentido de una obra de teatro. La llamada emancipación del espectador enfatizó la recepción como un ejercicio activo y creativo fundamental para el desarrollo de una puesta en escena.

El ojo clínico aplicado a la apreciación, faculta la mirada crítica del público que permite valorar un espectáculo. Desafortunadamente la valoración se ha malinterpretado como un examen que resulta en una calificación, cuando de lo que se trata es de la capacidad de comprender la experiencia de un espectáculo a partir de la captación de los elementos que la articulan y el modo en que se despliegan para poner un mundo a vivir de manera efímera. La apreciación teatral tiene que ver con la capacidad de quien observa de identificar las razones de una obra en cuestión.

Hippolyte Michaud, Theaterpublik

 

De acuerdo a Gerard Vilar, toda obra artística posee una razón funcional, una razón poética y una razón comunicativa, por lo tanto, la apreciación consistiría en el reconocimiento in situ de la función instrumental, las posibilidades de sentido, la intención y la interpretación contenidas en un objeto artístico.[6]

La apreciación escénica, como la conjunción del ejercicio del ojo clínico y de la mirada crítica,  nos aleja de la impresión inmediata y habilita nuestra curiosidad, para elaborar preguntas y ofrecer respuestas tentativas que amplían la reflexión sobre una obra de teatro.  La interpretación de una puesta, como un primer diagnóstico, no se expresa en términos de resultado definitivo, sino que habilita la comprensión de un acontecimiento que escapa del régimen de la cotidianidad.

Quise utilizar la noción del ojo clínico para explicar el entrenamiento de la mirada que nos sería útil para la apreciación escénica, pues, en ambos casos, es necesario aprehender la totalidad de un cuerpo a partir de un proceso de ingeniería inversa: el médico (como el espectador) construye una hipótesis a veces inconsciente y luego la pone a prueba mediante técnicas objetivas o según la evolución temporal del paciente. Va de arriba-abajo, de lo universal a lo particular, captando primero el fondo de la cuestión y luego la forma.[7] De cierta forma, las mismas habilidades son requeridas para realizar un primer diagnóstico clínico y una primera interpretación de un espectáculo, pues en ambas es preciso percatarse de una atmósfera general a partir de los detalles captados de manera instantánea, confiar en la intuición y dejar el campo abierto para múltiples versiones.

Salvando las distancias y sin intención de equiparar la importancia de la medicina de la que depende la vida, con la apreciación escénica que sería más bien un lujo de la razón sensible, he aproximado su vinculación a partir de la noción del “ojo clínico”, útil para comprender la importancia de la inspección atenta que nos permite detectar las sutilezas, los indicios que podrían parecer triviales para la observación descuidada.  El desarrollo de la mirada crítica como la aplicación del ojo clínico es esencial para la apreciación teatral, pues del mismo modo que una examinación irresponsable, la pérdida de condición de la vista, nos conduciría a realizar un mal diagnóstico y a ofrecer una interpretación injusta, incapaz para comprender las razones de cada puesta, calificando en lugar de reflexionar y describiendo lo evidente, en lugar de esforzarse y profundizar. Cuando se realiza de manera irresponsable, la apreciación (como la crítica) se parece a una operación quirúrgica malograda, que mutila sin llegar a curar.

 

 

 

[1] “La escritura para mí no se limita al gesto mismo de escribir palabras en un papel o en un software, sino que empieza con una mirada que deposito sobre el mundo, las personas, las cosas. Creo que todo acto de creación está precedido por una mirada. Yo le llamo mirada sensible porque creo que es una mirada que deriva del cuerpo y de la sensibilidad y no de la estricta racionalidad […], Entrenamiento dramatúrgico: Sergio Blanco, en: https://aplaudirdepie.com/entrenamiento-dramaturgico-sergio-blanco/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

[2] Recupero también estas características de la mirada creativa de la entrevista con Sergio Blanco.

[3] Leriche, René. Filosofía de la Cirugía. Madrid, Editorial Colenda, 1951, pág. 45.

[4] Leriche, René. Pág. 50

[5] “Reminisencia del ojo clínico”, en: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/reminiscencia-del-ojo-clinico Consultado por última vez el 25 de julio de 2020.

[6] Vilar, Gerard. “Las razones del arte”. Taula: Quaderns de pensament, núm. 38, 2004.

[7] Traves, Torras Francisco, “El ojo clínico”, en: https://pacotraver.wordpress.com/2009/07/26/el-ojo-clinico/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

 

Fuentes

Entrenamiento dramatúrgico: Sergio Blanco, en: https://aplaudirdepie.com/entrenamiento-dramaturgico-sergio-blanco/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

De la Puente, Cristina. Médicos de Al-Ándalus. Nivola, Madrid, 2003.

González Crussi, Francisco. “Reminisencia del ojo clínico”, en: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/reminiscencia-del-ojo-clinico Consultado por última vez el 25 de julio de 2020.

Gudiel Munte, Francisco. “Ojo clínico y evidencia científica”, en Educación Médica, vol.9, supl.1, diciembre 2006.

Leriche, René. Filosofía de la Cirugía. Madrid, Editorial Colenda, 1951.

Traves Torras, Francisco. “El ojo clínico”, en: https://pacotraver.wordpress.com/2009/07/26/el-ojo-clinico/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

Críticas

La cría: Apuntes sobre teatro y terror

por Zavel Castro 3 febrero, 2020

Una de las más desfavorables consecuencias de la simplificación del pensamiento teatral, que obedece la subdivisión de este arte principalmente en dos géneros, comedia y tragedia, o, desde la modernidad, comedia y drama, quizás sea la resistencia que oponen cierto tipo de personas a la consideración de posibilidades que escapen a este dualismo. Así, les es difícil concebir hibridaciones, intercambios y rupturas, y con ello se muestran inhabilitados para apreciar la complejidad de las propuestas que desobedecen dogmas que, por cierto, hace mucho tiempo son inoperantes para explicar el fenómeno escénico.

Es impresionante seguir hablando la necesidad de diversificar los géneros a favor del estímulo del pensamiento complejo en el siglo XXI,  que nos permitiría comprender del que no se ha dicho todo porque no se ha comprendido completamente.  Pensar que la naturaleza del arte es versátil, quiere decir que está dispuesta a aceptar nuevos modos de hacer y en consecuencia, nuevas interpretaciones. La teoría del arte contemporáneo ha adoptado esta perspectiva desde hace tiempo con buenos resultados, sin embargo sigue siendo una tarea necesaria para las voces críticas dedicadas al pensamiento escénico, cuestionar las pretensiones del saber que han implantado los estudiosos de los géneros dramáticos para establecer normativas, como si se tratara de saberes exactos, para catalogar si una obra estaba “bien hecha” o “mal hecha”.

Son pocos los profesores y las profesoras con la disposición a actualizar, poniendo en tela de juicio, la Poética de Aristóteles, el Teatro Posdramático de Lehmann o la mayoría de los postulados de Stanislavsky, tres de las biblias incuestionables que estudiantes del fenómeno teatral en cualquiera de sus posibilidades creativas se les obliga a obedecer. Afortunadamente, el pensamiento crítico, opuesto absolutamente a la sumisión, se concede a sí mismo el derecho de poner a los dogmas una fecha de caducidad, dejando en claro que ninguna discusión ha llegado a su término de manera definitiva.

Foto: Darío Castro

El riesgo de pensar a partir de dualismos (“o es una cosa o es otra”) es la producción de obras artificiales, ajenas a naturaleza de la existencia humana, irreductible a una sola manera de hacer, expresar o sentir. Los estudiosos de la psicología, han descubierto que no existen emociones puras, es decir que una persona nunca está absolutamente asustada, triste ni contenta, sino que a menudo se acompañan de otras emociones, así podríamos pensar, por ejemplo, en la excitación de una persona cuando tiene miedo, en la tristeza iracunda y en la alegría culposa. Si las emociones responden a un comportamiento complejo, así tendrían que hacerlo también las creaciones artísticas.

Todo esto nos sirve al momento de pensar en el género de terror en el teatro. El pensamiento reduccionista diría que para producir un estremecimiento de miedo y angustia, las obras deberían articularse de manera exclusiva a partir de mecanismos macabros. Sin embargo, el efecto del terror suele ser provocado por una buena dosis de humor. Las consideraciones simples de las que hablaba (“o esto o lo otro”) difícilmente podrían percibir la compenetración entre humor y terror, incluso se les piensa como efectos contrarios, en cambio se trata de un dualismo productivo en el que las partes tienen características comunes.

Foto: Darío Castro

Tanto el humor como el terror son expresiones de la desmesura, causales de vergüenza según las autoridades morales (no podríamos olvidar la persecución y castigo emprendido por la Iglesia en contra de la risa) y se basan en un instinto de conservación: el terror procura protección y cautela y el humor, la evasión de la certeza de los peligros del mundo. Son reacciones frente a la consciencia de la muerte, por tanto, las ficciones de este estilo son, en el fondo, tranquilizadoras, en la medida en que evitan el desconsuelo ante lo inevitable y la angustia frente a lo incomprensible.

Un claro ejemplo de la efectividad del funcionamiento en conjunto del terror y del humor, es la versión musical de La Cría, dirigida por Tito Vasconcelos. Este espectáculo de cabaret no solamente desatiende al pensamiento reduccionista que sostiene la clasificación teatral en géneros cerrados, sino que además desobedece al textocentrismo que subyuga buena parte de las producciones teatrales que se contentan con traducir escénicamente lo que ha establecido el dramaturgo o la dramaturga: una vez más la obediencia que pretende impugnar  la operación crítica. En lugar de acatar las ordenanzas del texto de Carlos Talancón, especialmente el tono de suspenso y la búsqueda ininterrumpida del efecto terrorífico, que, como cualquier otro ritmo sostenido, suele resultar monótono y predecible[1], Tito diversifica el terror propuesto en el texto mediante la alternancia rítmica de su puesta en escena[2], tomando solamente la anécdota de la dramaturgia, sirviéndose de ella para acercarse a los temas prohibidos como son todos los que pertenecen al terreno de lo numinoso (del mysterium tremendum) con sentido del humor, tal como hicieron algunos maestros del género macabro en su vertiente literaria[3].

Al tomarse en broma lo fantástico y lo monstruoso, Tito Vasconcelos, Brissia Yéber, Víctor de Léon, y Hernán del Riego quien estuvo a cargo de la musicalización, “toman distancia, estableciendo una barrera entre ellos y el peligro” (Llopis 83), con lo cual consiguen suscitar en el público, como consecuencia del planteamiento terrorífico del texto, una risa inusual, ajena a la que produce una comedia convencional. Para lograr este resultado, la obra utiliza, como estímulos supramaximales, la intervención de títeres en distintas modalidades y técnicas (por cierto que la realización de los elementos visuales a cargo de Osvaldo Solsot merece nuestro reconocimiento).  Los títeres, como objetos inanimados que cobran vida frente a nuestros ojos, a menudo producen un efecto de incomodidad o extrañeza en el espectador, que han sido utilizados precisamente como detonadores de risa (pensamos en el teatro Guignol) o espanto  (basta reconocer cuántas películas de terror existen protagonizadas por títeres o  muñecos diabólicos).

Foto: Darío Castro

A partir del funcionamiento conjunto del terror con el humor y del juego entre la presencia y la ausencia de “Bombón”, la criatura más misteriosa y temible de la historia, su evocación/invocación y su figuración, esta versión alcanza a esbozar una posibilidad metafórica de la monstruosidad de nuestros engendros. La superación de la literalidad de la narración, abre camino a una multiplicidad de interpretaciones cuanto más disímiles más enriquecedoras, objetivo que no debemos perder quienes nos dedicamos al análisis ni quienes se concentran en el comentario.

El aparente antagonismo entre humor y terror, queda disipado en un espectáculo que diversifica la cartelera teatral de la Ciudad de México a medida que produce emociones complejas en sus espectadoras y espectadores, no es que le cause terror ni que le cause risa, sino que consigue un estadio intermedio, de difícil escisión, una respuesta contradictoria que reza la máxima de los masoquistas: cuanto más humor, más placer.

Se comprende por qué «Bombón» habita en el cabaret, en el que por definición, debido a su espíritu inconforme y transgresor, todo puede suceder y en el que no caben ni los dogmas ni las clasificaciones simplistas.

Bibliografía

Barba, Eugenio. “The Deep Order Called Turbulence: The Three faces of dramaturgy”, The drama Review 44, 4 (t 168), Winter 2000, pp.56-66

Llopis, Rafael. Historia natural de los cuentos de miedo. Con referencia a géneros fronterizos. Madrid, Ediciones de Escritura Creativa Fuenteaja: 2013.

Shakespeare, William. Trad. Luis Astrana Marin, Obras completas. Madrid: Aguilar: 1947.

 

[1] Para guardarme de un señalamiento sobre la subjetividad de mi percepción sobre la monotonía  propongo el análisis de las estructuras shakespeareanas. Entre otras cosas, la genialidad atribuida al autor inglés, se debe al dominio de la técnica dramática consistente en la variación rítmica, basta observar algunas de sus mejores obras (quizás Hamlet sería el mejor ejemplo) para notar la anteposición de una escena cómica a una escena dramática, el efecto de contraste (la tormenta que sigue a la calma) potencia el efecto del terror una vez que la risa ha bajado las defensas del espectador, así consigue un efecto contundente.

[2] Agradezco especialmente a Ricardo Ruiz Lezama, la claridad en su explicación sobre esta cuestión.

[3] Basta revisar Los Cuentos de la otra vida  y los Cuentos fantásticos de Núñez del Arce y, muy superior a este, las obras de Gustavo Adolfo Bécquer, Leyendas y Cartas desde mi celda. He llegado a estos textos gracias a las referencias del libro de Rafael Llopis.

 

Reflexiones

El temperamento melancólico

por Zavel Castro 7 enero, 2020

Séneca escribió que “no hay animal más sombrío que el hombre”, ni que la mujer, añadiría yo con justicia. Los hombres y mujeres que se sumen con facilidad en un estado taciturno, aquellos y aquellas que se alejan de la luz y se resguardan en la sombra, corresponden, de acuerdo a la patología humoral (popularizada como teoría de los humores) al temperamento melancólico. De acuerdo con esta teoría articulada por Hipócrates y desarrollada por Galeno y Teofrasto, el cuerpo humano se compone de cuatro sustancias: bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre. El desequilibrio entre las mismas ocasionaba enfermedades físicas y padecimientos anímicos. La melancolía se debía a un exceso de bilis negra, supuestamente, este desorden modificaba el carácter de las personas predisponiéndolas a la depresión y  haciéndolas más inquietas, distraídas, silenciosas, reflexivas, inestables y ansiosas.

Las personas de este tipo de temperamento se inclinan a la soledad, a la tristeza y, algunas veces, al teatro. Definido por Kartun como “ritual de violencia” y por Brook como el lugar en el que los y las creadoras ofrendan su sufrimiento (y añadiría, también con justicia a los espectadores y  a las espectadoras) crea, necesariamente, atmósferas dolientes, en el que el arte deviene en un acto de duelo público, en el que los y las participantes se reconocen como una “communitas del dolor”, haciendo “del dolor individual una experiencia colectiva” (Diéguez 24). En el teatro las almas tristes tienen oportunidad de expresar su dolor, y no a manera de queja ni quejido, sino como una forma de resignarse al taedium vitae, el hastío de la vida. Las melancólicas (como las materialistas) han comprendido que “la realidad es solo un instante de doloroso deseo” (Quignard 157),  que no somos más que átomos y vacío (Demócrito), que somos fruto del azar, que solo hay simulacros e instantes, que las multitudes son como las tormentas (Epicuro). Nada pueden hacer contra ello, pero al percibirlo, sus corazón ensombrece.

Las melancólicas se dedican al teatro para huir del hastío y soñar otras vidas, así lo sentimos cuando vemos una obra en el que el diseño ha sido creado por Natalia Sedano.  Algo hay en su juego de luces y en su mirada oscura que resulta enigmático e inquietante, algo que siempre deja tras sí una sombra, un no sé qué que nos seduce al abismo, una mezcla de sueño y aflicción. Natalia embellece la desdicha y con ello crea mundos hermosos.

Las melancólicas se precipitan al vacío y al llanto sin alcanzar el consuelo, incluso hacen de ello su impronta. Así lo vemos con Jimena Eme Vázquez y con Nora Huerta.  La primera ha hecho de la tristeza el eje de sus ficciones, ya sea latente como en el caso de Piel de Mariposa (que he analizado en otra ocasión[1]) y en Mitad tú, mitad yo, o explícita como en Me sale bien estar triste  y en Now Playing. La especificación de la emoción que sostiene a estas dos últimas, favorece su carácter representativo del tipo de público a la que van dirigidas. Aunque es cierto que a cualquier edad podemos sufrir de mal de amores[2] y que en todas las épocas se han cantado las penas que provoca, las obras de Eme sostienen que la tristeza es la emoción que define a los millenials, por ello encontramos guiños al lenguaje de las redes sociales, chistes locales de la comunidad virtual y referentes que solamente comprendemos con exactitud quienes estamos a punto de cumplir los treinta.  Jimena habla en nombre de una generación que se reconoce triste y lo celebra, así se vincula con el temperamento al que dedico esta reflexión pues, “la melancolía es la felicidad de estar triste”, así dijo Víctor Hugo. La felicidad que provoca el estado melancólico se debe al recuerdo de los momentos que añoraríamos volver a vivir, la memoria de aquello que no podemos recuperar, instantes de la vida que se fue, por eso en Now Playing se hace un recuento de la juventud perdida y se romantiza todo lo que alguna vez nos procuró placer, como melancólica, Jimena sabe que todas las voces en silencio, que la que alguna vez fue nuestra canción favorita, con el paso de los años resonará débilmente como eco.

Foto: Darío Castro

Las melancólicas aman y padecen al unísono. No pueden evitarlo. Nuestra educación sentimental nos obligó a creer que el amor es una derrota y que las mejores amantes son aquellas que dejan que su corazón sea devorado por la tristeza. Un epíteto homérico describe a la melancolía como “la autofagia del cuerpo por el alma” (Quignard 164), esta sentencia es letmotiv del del cancionero popular mexicano, que recoge magistralmente Nora Huerta en algunos espectáculos como Paloma QuéHerida, Rivotrip y Canción Taruga. Aunque las herramientas del cabaret que utiliza Huerta en estos recitales permiten la crítica y deconstrucción de la idea de que quien busca la felicidad en una amante está condenada al lamento, también evidencian la fascinación que sentimos las seres humanas por el drama pasional.  El repertorio musical de estas obras corresponde al retrato del temperamento melancólico definido por su  sintomatología: preocupación, pena, temor, olvido y remordimientos.  Nora canta las penas y da voz al hastío de la repetición del ciclo romántico, ese que hace que la lágrima siga siempre al latido.

Foto: Darío Castro

Las melancólicas abren sus almas a través de la escritura. Así lo hacen Conchi León y Maribel Carrasco. Ambas navegan sobre tormentas y suspiros para llegar a otros mundos, para perderse allí.  Las obras de León son como lágrimas cálidas que acarician las mejillas de quienes las miran, que son conscientes del sufrimiento que causa la vida y que sin embargo, buscan el consuelo.  Pienso en Del Manantial del Corazón, que trata sobre la muerte y el nacimiento de los bebés en la cultura maya, Cachorro de León, una obra tejida con reproches a su padre que deviene en un acto de compasión, De Coraza, sobre la esperanza que mantienen en pie a las mujeres en reclusión; obras que ofrecen un respiro a la permanente angustia del alma para los que comparten este temperamento.

Por su parte, las obras de Maribel, son la melancolía pura, apenas arrojan un poco de luz en nuestras naturalezas muertas, fabulan sobre las ilusiones perdidas sin prometer nunca consuelo. La melancholia en la dramaturgia de Carrasco, es sutil, simbólica, muy parecida a la nostalgia. Guardo recuerdos vívidos, imágenes fascinantes y dolorosas, de Los Cuervos no se peinan y Beautiful Julia, ambas retratan personajes que han sido abandonados a la vida, condenados a alguna especie de orfandad que los mantiene siempre incompletos, siempre distantes y taciturnos, con dolores y deseos perpetuos. La oscuridad creada por ella es escalofriante, no se sabe si a causa de la contemplación del dolor o de la belleza.

Algo hay en las imágenes sombrías que pueblan las creaciones de Natalia Sedano, Jimena Eme Vázquez, Nora Huerta, Conchi León y Mribel Carrasco, que genera la atmósfera de la melancolía. Me gusta escribir que es “un algo” porque considero que solamente lo que escapa al lenguaje es potente y poético. Creo que la melancolía es un gesto indecible, una experiencia que sucede en el cuerpo y que, por lo tanto, es efímera, como el teatro. El espacio escénico convoca a la communitas del dolor para distraerla del hastío de la vida, para abrazarla en silencio. El exceso de bilis negra en algunas creadoras se expresa en obras que nos recuerdan que estamos tristes, pero no estamos solas.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Brook, Peter. Más allá del espacio vacío. Escritos sobre teatro, cine y ópera, 1947-1987, Alba Editorial.

Diéguez, Ileana. Cuerpos sin duelo. Iconografías y teatralidades del dolor. Córdoba: DocumentA/Escénicas Ediciones, 2013.

Lange, Federico Alberto. Historia del materialismo, tomo 1, Madrid.

López Huertas, Noelia. La teoría hipocrática de los humores. Gomeres: salud, historia, cultura y pensamiento [blog]. Disponible en: consultada por última vez el 1ro de enero del 2020.

Lucrecio, De la naturaleza de las cosas.

Quignard, Pascal. Trad. Ana Becciú. El sexo y el espanto. Barcelona, Editorial minúscula, 2005.

Séneca, Lucio Anneo. De la ira.

[1] Castro, Zavel. Piel de mariposa (crítica), en:  http://aplaudirdepie.com/piel-de-mariposa/

[2] El mal de amores es el tema central de Me sale bien estar triste y el  detonante del conflicto en Mitad tú… mitad yo y Piel de mariposa.

Reflexiones

La crítica escénica: escritura y cuidado

por Zavel Castro 17 octubre, 2019

Para la crítica escénica, la escritura concierne en una manera de hablar de una obra artística, una manera que tradicionalmente ha empleado la palabra escrita como el medio para describir y comentar un espectáculo esforzándose por encontrar puntos de referencia entre el universo planteado en una obra y algo fuera de ella; todo aquello que se le escapa y que sin embargo, contiene, porque toda expresión artística es también expresión existencial. El empeño de la crítica por conectar los puntos del universo escénico con puntos que se encuentran más allá de él facilita poder imaginar a la pensadora escénica como  una suerte de astrónoma que se deleita dibujando figuras imaginarias en el firmamento de la performatividad y que crea cada texto para proponer constelaciones. Por cierto que esta idea de la escritura como constelación se la debo a la mirada de Yael Weiss y es una imagen que me ha acompañado durante mi trayectoria.

En cada constelación propuesta, una crítica se esmera por verbalizar lo indecible de la experiencia sensible, por traducir la poética de cada obra, por dar cuenta del universo escénico y de algún otro con el haya encontrado la posibilidad de dialogar y confrontarlo, el resultado de este diálogo y confrontación es el enriquecimiento del pensamiento sobre lo escénico. Para la crítica ningún cruce es excesivo, ningún vínculo es imposible, al contrario, sabe que de las mezclas nace la complejidad y que en la complejidad  habita lo extraordinario. Por eso  para la crítica es fundamental el trabajo interdisciplinario; quienes nos dedicamos a la expresión de la expresión artística sabemos que no podemos hacerlo solas y que tenemos que estar en contacto con lo que nos resulta fascinante en tanto que misterioso. La declaración de la propia ignorancia es la potencia del conocimiento. Distinguir lo que no se sabe es la premisa de la curiosidad de la que depende el pensamiento escénico, por eso la crítica no consiste en la escritura de sentencias sino en la elaboración de preguntas interesantes, se parte de una pregunta para llegar a otras, por eso toda crítica es una sugerencia de lectura y no una conclusión.

Para este encuentro me gustaría recuperar algunas de las preguntas que se hizo Josette Feral en su texto La crítica en tela de juicio , y que a mi parecer tienen todo que ver con la acción de cuidado que implica el ejercicio al que me dedico profesionalmente, desde que apareció la figura de la crítica,  la comunidad de los creadores (especialmente quienes no han comprendido que la crítica también es una expresión creativa) la ha mirado con recelo, y la ha invitado a abandonar “su territorio” a veces de manera explícita y otras tantas haciendo uso de estrategias de invisibilización y opresión (tanto más si se trata de una mujer joven) las preguntas que acompañan el recelo de la comunidad artística endogámica, sectaria como lo es en México son: ¿Con qué derecho habla alguien sobre el trabajo de otro? ¿En nombre de quién o de qué? ¿A quién representa? ¿A quién cuida? Quisiera adelantar las respuestas que suelo practicar en mi ejercicio: se cuida al pensamiento y a la comunidad de espectadores ¿de qué se les  cuida? De los asteroides: las falacias de los artistas y de quienes no respetan el quehacer documental de la crítica, del ninguneo a su sensibilidad, de la deshonestidad de los materiales que circulan y de los intentos por despreciar sus opiniones a menos que puedan retuitearlas para hacerse promoción y de los meteoritos: la comprensión misma de la crítica como juicio y de los textos críticos como calificaciones (es muy fácil distinguirlos porque están llenos de calificativos). Luego de dibujar las constelaciones la crítica tiene que protegerlas es por eso que además de astrónoma una pensadora escénica asume un papel de perra guardiana.

 

 

Ponencia presentada en el Primer Encuentro Escritoras y Cuidados  organizado por Alejandra Eme Uve, que tuvo lugar el 16 de octubre de 2019 en el Salón Principal de la  Casa Universitaria del Libro UNAM.

 

Mesa: de programación, crítica, abogacía… formas interdisciplinarias de escribir y cuidar

Participaron: Zavel Castro, Zazil Alaíde Collins y Catalina Kühne

Cuidó de la mesa: Lizbeth Hernández

 

Texto citado:

Feral, Josete, La crítica en tela de juicio, ¿Quién necesita al crítico?,  en: http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistaconjunto/125/josette.htm

Críticas

La Guerra Fría

por Zavel Castro 7 agosto, 2019

Heráclito intuyó que la existencia, como devenir, funciona a partir de un constante flujo rítmico de negaciones armónicas, es decir que todo ocurre gracias al principio de contradicción que dicta que todo contiene, al mismo tiempo, en sí, su contrario, que todo devenir es simultáneamente todo perecer,  esto quiere decir que la esencia entera de la realidad es una radical inconsistencia que toma forma de polaridad,  en la que cualquier fuerza se desdobla en dos actividades cualitativamente distintas y opuestas, que, sin embargo, tienden a reconciliarse una y otra vez eterna e incansablemente (Nietzsche, 4). Naturalmente, el principio de contradicción rechaza toda tentativa de solidez o permanencia, pues un mundo multiforme y cambiante, en incesante lucha y conciliación solo podría producir desconfianza en la firmeza del suelo y en la idea de subsistencia, pues en verdad, no hay nada que persevere en el ser, nada está exento de destrucción (Nietzsche, 4); si cualquier cosa puede transformarse inmediatamente en su opuesto, no existe nada que permanezca, lo único que vemos son  chispazos y  relámpagos, momentos de luz y tinieblas que lanzan las espadas que se cruzan,  el brillo de la victoria en la guerra de las cualidades contrarias (Nietzsche, 4). Siendo así, la estabilidad sería la verdad más cómoda y al mismo tiempo, la mentira más descarada que podríamos contarnos a nosotros mismos.

Como lo que funciona en lo macro funciona en lo micro y como siempre conviene aterrizar la teoría a la práctica, transformar la abstracción en materia,  podemos observar el ejercicio del principio de contradicción en dos de las expresiones más fascinantes de la complejidad de la vida: el amor y la guerra. Así lo ha hecho Juan Villoro en “La Guerra Fría” obra en la que utiliza ambas creaciones humanas como mutuas metáforas, la una representa a la otra, manifestando a su vez el combate de dualidades que las posibilita.

 

Foto: @DarioCastroPH

 

 

Todo ocurre en un departamento de Berlín, ocupado ilegalmente en los años ochenta del siglo XX. Los tiempos del muro. El mobiliario, como indica la didascalia inicial, está hecho de cosas halladas en la calle. Para las representaciones en el Museo Tamayo, el concepto escenográfico se resolvió insertando la obra como parte de la instalación “Autodestrucción 8” de Abraham Cruz Villegas, esta resolución afortunada logra constituirse en un elemento significante, creando una estética que representa con exactitud los valores poéticos de la obra, coadyuvando a la creación de un universo inacabado y caótico que se articula a partir de su propia contradicción productiva, en tanto que puede leerse como arte archivo o como rastro de un acto performático destructivista.

La pieza de Cruz Villegas dialoga con esta corriente artística en tanto que encaja en el giro conceptual propuesto a finales de la década de los sesenta del siglo  XX y continúa en la actualidad, que considera que toda obra es documenta, tanto la memoria individual del creador como la memoria colectiva (Guash 157), siguiendo esta idea, el recurso de la acumulación sería una manera de depositar una carga afectiva, cultural e histórica tan importante a los objetos que imposibilita su sustitución o deshecho y que conservamos porque guardan en sus recovecos el recuerdo de lo que fuimos, aquello que no queremos olvidar.  Simultáneamente la pieza puede ser pensada como la huella de un intento de devastación, la pieza en su intencional estado ruinoso compartiría los ideales –según esta posibilidad interpretativa- del movimiento iniciado por Gustav Metzger y Rafael Montañez Ortiz, también en los años sesenta para los que la destrucción era el letmotiv de las acciones e instalaciones con las que pretendieron representar el estado de la sociedad moderna que canalizaba su deseo innato de aniquilarse y su fascinación sensacionalista por la violencia con el ejercicio bélico. Así pues, “Autodestrucción 8”, reafirma el principio filosófico de Heráclito manifestando que toda acumulación contiene en sí misma su propia destrucción. En “La Guerra Fría”, este precepto se extiende de la condición material de la obra plástica al vínculo complejo que sostienen entre sí los personajes de la obra.

Como me compartió Villoro en una entrevista, Gato (Mauricio Isaac), Carolina (Mariana Gajá) y Bernardo (Jacobo Lieberman), son criaturas hipersensibles que se aferran a estar juntos como una forma peculiar de supervivencia, que pueden destruirse pero no lo hacen, que tratan al amor como una experiencia límite, cuya impronta de vitalidad, paradójicamente, está ligada a su condición agónica, que les da vida mientras les da muerte. Como los grandes poetas románticos que no hacían declaraciones líricas, sino que bebían arsénico” (Villoro 42).  La obra plantea un triángulo amoroso -aun cuando solo existe vínculo sexual entre Gato y Carolina-,  entre seres que se entregan hasta que el amor les duele. Seres que se entregan porque el amor les duele.  Criaturas abismales: desconocen que hay maneras más sutiles y seguras de querer. De la misma manera se entregan a sus pasiones; la música para Bernardo y para Gato, el teatro y la performance para Carolina somatizan también su entrega extremista,  todo aquello que los hace sentir vivos es un riesgo que siempre están dispuestos a correr, porque su efecto es alucinógeno y adictivo. Bernardo, Gato y Carolina son personajes decadentes, sombras que se desvanecen pero que no terminan por desaparecer: “Su amor es una especie de armisticio” (Villoro 42).

Ciertamente la idea de la correspondencia caótica de las relaciones interpersonales y de los conflictos entre grandes potencias mundiales, que se simbolizan mutuamente como metáforas, se distingue con claridad en la dramaturgia, pero se manifiesta de manera exponencial con la dirección de Mariana Giménez, que no solo ha conseguido corporeizar las contradicciones, sino que ha captado el zeitgeist propuesto creando la atmósfera berlinesa de los años ochenta en su representación sensible,  tangible e intangible, apolínea y dionisíaca, de tal suerte que aun cuando el espectador desconociera los referentes visuales o sonoros, sería capaz de experimentar la tensión que supone estar en el limbo entre la vida y la muerte, el placer y la desolación,  la luz y la oscuridad, la calma que acompaña la tormenta: el amor y la guerra. Todo devenir y todo perecer.

 

 

 

 

Bibliografía

GUASCH, Ana María. Los lugares de la memoria: el arte de archivar y recordar

NIETZSCHE,  Friedrich.  La filosofía en la época trágica de los griegos. Madrid: Valdemar, 2003.

SCHIMMEL, Paul, Campos de acción 1: entre el performance y el objeto, 1949-1979, Alias, 2012.

«Juan Villoro  y el retorno de saturno. Zavel Castro conversa con Juan Villoro», en: VILLORO, Juan, La Guerra Fría y Otras Batallas. Teatro Reunido,  México, Paso de Gato, 2018.

Agradezco a Lucas Torres por las notas para la interpretación de la obra plástica de Cruz Villegas.

 

Reflexiones

Pensar en el público

por Zavel Castro 16 julio, 2019

Pensar que una obra es apta para todo público es una noción idealista que les ha servido a algunos creadores para asegurarse de que su obra sea programada en la mayor cantidad de salas posibles y de no restringirse de la posibilidad de atraer a cualquier espectador y espectadora posible, lo importante es vender la cantidad de boletos necesarios para recuperar la inversión de la producción y con muchísima suerte obtener alguna ganancia (especialmente en el teatro independiente). Sin embargo, la idea de una obra “para todo público” revela su falsedad cuando los creadores se encuentran con algún espectador inconforme  con la obra que expresa su opinión públicamente y, como respuesta a su disgusto, le dicen que quizá, si no la obra no le ha gustado es porque “la obra no era para él o para ella”. La réplica tira por la borda la noción del “todo público” porque si esto fuera posible, la obra que al espectador no le gustara si había sido creada para alguien como él y quizás algo habría fallado en la transmisión del mensaje. Probablemente quizás solo se trate de la imposibilidad que tienen algunos creadores de recibir una crítica negativa y que prefieran responsabilizar al espectador de la experiencia, haciéndolo sentir que no estaba preparado para tamaña genialidad o que su lenguaje no había alcanzado el refinamiento necesario para que pudiera comprenderla sensible o intelectualmente. No está de más anotar que tal vez sea tiempo de replantear el esquema de la creación teatral que colocaba al creador por encima del espectador que debía sentirse agradecido por recibir los dones del TEATRO en voz de su mesías (el director, el actor, el dramaturgo). Quizás haya llegado el momento de equiparar la relación y de ver a los espectadores realmente como la pieza fundamental del proceso invirtiendo el mecanismo de gratificación y dejando atrás la costumbre tanto más dictatorial cuanto más pretendidamente cortesana de manipularlo para que se sienta en deuda, pugnaría por el cuestionamiento de frases como “esto lo hacemos por ustedes” y como siempre abogaría también por la necesidad de la autocrítica y del ejercicio de la honestidad.

El ejercicio de honestidad tendría que comenzar precisamente por la concepción de un público específico, eso que otrora era conocido como “el espectador ideal”.  A la distancia identifico al menos tres posibilidades de expectación de una obra de teatro.

El espectador último: Tras hacer un ejercicio profundo de autocrítica los creadores podrían encontrarse con una verdad que no estarían dispuestos a declarar públicamente, especialmente los que acostumbren decir la frase de “esto lo hago por ustedes” refiriéndose al público general, del que desconocen sus rostros, sus nombres y apellidos, su ocupación, el tiempo que tardan para llegar al teatro,  etcétera; el público que yo llamo “real”. La verdad incómoda es esta: hacen teatro para insertarse en la dinámica del sistema, para ganar apoyos, becas y estímulos, para ganar puntos en la institución cultural, apegándose entonces a sus parámetros, poéticas y exigencia (número de funciones, equipo creativo, discurso, temática, salas donde se han presentado, participación en programas),  tratando pues de cumplir con los requisitos que les permitan llegar al grado más alto de la cadena. Lo que menos les interesa es la aprobación del público en el que reparan únicamente tras función cuando sobre el escenario agradecen su asistencia, en cambio buscan la legitimidad en la consecución de metas gubernamentales, se sabe que para un actor no es lo mismo presentarse en un teatro institucional que en cualquier teatro independiente.  Llámese el jurado de beca o de concurso, productor, programador, incluso el presidente al que los teatreros invitan últimamente, siempre hay un espectador último, abstracto, al que imaginan viendo la escena desde arriba, a quien está dirigida una obra, este espectador importa más que los otros por ser un posible beneficiario de acuerdo a sus intereses.

La audiencia legitimadora: En este rubro cabría la crítica especializada que cumple con la función de producir textos que, de acuerdo a la preponderancia de su espectador último,  necesitan los creadores para adjuntar a sus carpetas y enviarlas a las distintas instancias de programación y estímulos, aunque idealmente, estos textos debieran servir para legitimar las creaciones en el medio intelectual, académico y artístico.  También se encuentran los textos de difusión, especialmente las reseñas y las recomendaciones que tienen el objetivo de atraer público a las salas, asegurándose de que la información de la cartelera circule y se visibilice a través de medios de comunicación masivos.  Siendo sinceras, la mayoría de las veces importa muy poco el contenido de los textos especializados o de difusión, sino simplemente que existan y que en la medida de lo posible que sean de un medio de circulación nacional y tiraje considerable.

Los espectadores no autorizados: En México, estamos supeditados a una jerarquización tan evidente que se ha hecho innecesario siquiera reparar en ella. No es que invalide al espectador último, mucho menos a la audiencia legitimadora ni a los creadores que le conceden importancia central, sino que habría que explicitarlo cuantas veces bastaran para desgastar la falacia de que una obra se hace para “el público general”, que en este esquema figuraría como beneficiario remoto, que importa para llenar las butacas y cuando recomiendan las obras públicamente para que sean retuiteables y así den cuenta de que se trata de una obra imperdible (estamos tan llenos de clichés).  Desmentir que una obra es para todo público ayudaría a dejar de pensar en él como una masa amorfa, enigmática, abstracta, flexible o lo que es peor, moldeable y gradualmente haría que la idea de que una obra puede o no ser para alguien específico fuera posible y honesta. Algo podría aprenderse de la segmentación que parte del conocimiento de las particularidades de expectación de determinados grupos, si es que realmente interesara llegar al espectador real.

 

Imaginemos un mundo en el que el espectador último es el espectador otrora no autorizado ¿Cómo cambiarían las poéticas? ¿Serían más o menos entretenidas? ¿Más o menos didácticas? ¿Más o menos largas? ¿Cuáles serían sus temas? Evidentemente esta reflexión abre debate y debe continuar a partir de una toma de consciencia: ¿quién es realmente el espectador ideal de las obras que montan?

 

Reflexiones

Teatro líquido

por Zavel Castro 22 mayo, 2019

“La idea de un estado fijo, inmóvil, final, permanente nos parece tan extraña y absurda como la imagen de un viento que no sopla, un río que no fluye, una lluvia que no cae… En la vida feliz de la posmodernidad cada uno de sus momentos dura solo un rato hasta que llegue el próximo; y ningún umbral debería quedar cerrado una vez cruzado” (Bauman 20).

Tomando a Bauman como guía, podría pensarse que el espectador posmoderno sentiría una atracción fatal hacia el teatro. En Arte líquido, caracteriza al consumidor/ espectador moderno como alguien cuya fascinación por lo pasajero, lo obliga a emprender una búsqueda incesante de sensaciones. El rechazo a la satisfacción permanente de su deseo,  unido a su naturaleza inestable, podría hacernos considerar a las artes vivas como un objeto de consumo irresistible para las audiencias actuales.  El carácter efímero, volátil  e irremediablemente incapturable de las artes escénicas, que son, a decir de Dubatti, expresión y corepoización de la pérdida en su sentido más radical,  representaciones de la  “vida que se escapa” (Dubati 200), propondrían, quizás, al teatro a la danza y a la performance como formas de entretenimiento idóneas para el espectador del siglo XXI. Sabemos que no es así.

Sabemos que las salas no están llenas y que la mayoría de la gente no está ávida por las novedades en las carteleras ¿Qué ha fallado? Si supuestamente el teatro actual está incentivado por la experimentación creativa y por la necesidad de producir sensaciones ¿A qué se debe el interés traducido en butacas vacías? No es que comparta la utopía de ver todos los teatros llenos, sino una mayor: espectadores que encuentren su lugar en el teatro, un teatro que los interpele, en el que se reconozcan, uno que sea capaz de maravillarlo profundamente no porque no lo entienda, sino porque lo comprende aún sin poder explicarlo, no un teatro inteligible, sino un teatro vivo. Un teatro hecho a la medida de su expectación líquida.

Reflexionemos un poco más sobre el estado de las cosas con la esperanza de situar la fractura. Sobre la obra de arte ideal de la posmodernidad Bauman nos dice lo siguiente: “Para llegar a ser un objeto de deseo, convertirse en una fuente de sensaciones, poder tener, en otras palabras, relevancia para los que viven en la posmoderna sociedad de consumidores, el fenómeno del arte debe manifestarse ahora como acontecimiento” (21). ¡Pero cómo! Si el espectador moderno busca acontecimientos y teatro es acontecimiento ¡¿por qué no se agotan las entradas?!

Retomo la definición que Dubatti hace del teatro como acontecimiento para tratar de entender: “el teatro es un ente complejo que se define como acontecimiento, un ente que se constituye históricamente en el acontecer; el teatro es algo que pasa… producido en la esfera de lo humano pero que lo trasciende; un ente sensible y conceptual, temporal, espacial, histórico” (31). El teatro como acontecimiento tiene todas las características propias de lo líquido-moderno, de acuerdo a Bauman: carácter efímero, un desesperado afán por llamar la atención, construcción y destrucción, un tiempo sin destino final, excepcionalidad y trascendencia, siendo así, el consumidor/espectador posmoderno que Bauman llama “coleccionista de sensaciones” tendría que sucumbir a su encanto, sin embargo, el sociólogo profundiza en el comportamiento del coleccionista diciendo que ” se siente: “atraído por el cambio y el movimiento, busca objetos que se ajusten a sí misma que sean como ella, siempre cambiantes, camaleónicos (22).  ¿Radicará aquí la “falla” del teatro que tenemos? ¿Será que no es realmente cambiante? ¿Seguimos haciendo, viendo y pensando el teatro de la misma manera?  ¿Y si no es realmente líquido sino más bien un objeto artístico de aspecto cadavérico, recuperación de fórmulas petrificadas cuya pretendida potencia es en realidad agotamiento? ¿O será que en realidad la forma de hacer teatro, la idea de lo que es el teatro son las que no han cambiado?

Pensando concretamente en México ¿dónde tendríamos que ubicar la solidez que nos impide escurrirnos? ¿En el rígido modelo de creación impuesto institucionalmente? ¿En el inflexible y retrógrado sistema educativo de las escuelas de teatro que imponen un solo tipo de quehacer sobre el escenario, un quehacer sin regulación pedagógica y sostenido en mitos y prejuicios?

Si para ser llamativo un objeto artístico tiene que ser un ensayo público de prescindibilidad (hasta acá no he soltado la mano de Bauman) y si al consumidor líquido lo que le apasiona es el desprendimiento, el cambio  y la sustitución ¿No será que la solidez que nos agobia radica en la estabilidad de los nombres que vemos en cartelera? Siempre los mismos ¿Son los únicos? ¿Son realmente los mejores?  El espectador pudiera haberse hartado de la repetición, de la saturación, de ese más de lo mismo, en las temáticas, en las incontables adaptaciones de las mismas obras, en los estilos de dramaturgia que se imponen – no como moda porque las modas pasan- sino como amenazas de canon,  en los gestos que se han normalizado hasta desgastarse como signos y manifestarse como ocurrencias, en los elementos escenográficos que están lejos de innovar (pensemos en los libros apilados y en las sillas de madera) y tantos aspectos que permanecen inmóviles, que son fijos por respeto a la tradición o por falta de rebeldía. Estancados, estáticos, sólidos:  “…somos todos unos líquido modernos y para nosotros…. el que todo sea para siempre igual, no es un ideal, es una pesadilla (Bauman 47).

 

 

 

 

 

Obras citadas

Bauman, Zygmunt. Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre. Tusquets Editores
México, 2018.

Dubatti, Jorge. El teatro de los muertos. Filosofía del teatro y epistemología de las ciencias del teatro. México, libros de Godot, 2014.

 

 

Reflexiones

La expansión del fenómeno del plagio en el ámbito teatral mexicano

por Zavel Castro 2 mayo, 2019

Si hay un problema urgente que resolver en la comunidad teatral mexicana es el asunto del plagio.  Acción y efecto de plagiar. Palabra que proviene del latín plagium que significa “secuestro”.[1] La OFI (Office of Research Integrity of the U.S Department of Health and Human Services)  lo define como la apropiación de las ideas, procesos, resultados o palabras de otra persona sin dar el crédito correspondiente. También se atribuye su origen a la palabra griega plágios, que significa trapacero o trapacista, el que con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto.[2]  Por su parte, el Diccionario de la Real Academia Española define “plagiar” como copiar en lo sustancial obras, ideas, pensamientos o juicios ajenos, dándolos como propios.[3]

La práctica se ha normalizado a tal grado que la complicidad entre quienes realizan dicho acto ilícito e inmoral y quienes los protegen ha producido una serie de pretextos y justificaciones tan inconmensurables como falibles, puesto que los argumentos en los que descansa su defensa o bien son demasiado simples o recurren al tono burlón para desacreditar a quienes señalamos constantemente la falta. Más de una vez se nos ha hecho el chiste de que “los griegos ya presentaban espectáculos frente a un público”, siguiendo esta analogía  –ríen-, todos los teatreros serían plagiadores, secuestradores del trabajo intelectual y artístico ajeno, generalmente de grandes creadores.

Afortunadamente reducir el problema al absurdo al exagerarlo no lo minimiza ni lo elimina como quisieran, tan solo demuestra lo lejos que están dispuestos a llegar para no hacerse responsables de lo que están provocando: teatralidades ilícitas, a cargo de creadores (en este caso esta palabra es un exceso) sin ética. Malas copias despojadas de todo rastro aurático, pastiches descontextualizados sin carga simbólica, ocurrencias insustanciales supuestamente inclasificables, “teatro de búsqueda de youtube” como refiere alguno de los responsables con descaro.

Todo tiene un límite y es momento de ponerlo. Y como con seguridad yo aún no represento una figura de autoridad, recurriré a las palabras de Alejandro Miranda Montecinos, abogado, doctor en derecho, profesor de Filosofía del Derecho, magíster en Investigación Jurídica de la Universidad de los Andes. A continuación reseñaré agregando algunos comentarios, su ensayo intitulado Plagio y ética de la Investigación Científica,[4] texto que revisamos en la Maestría en Investigación Teatral del CITRU en una cátedra sobre Derechos de autor a cargo de Arturo Díaz y Claudia Jasso. Evidentemente Miranda Montecinos se limita a tratar el tema del plagio en el ámbito de la investigación, pero fácilmente podemos trasladar sus postulados a la comunidad que nos corresponde sobre todo porque el teatro mexicano ha abusado a tal grado de esta práctica que es imposible disimularlo. Es un secreto a voces.

Si bien Miranda Montecinos reconoce que el plagio es una práctica presente en gran parte de la historia de la humanidad y que se trata de uno de los problemas éticos más frecuentes en la comunidad científica (y agrego, en la comunidad teatral). Esto no disminuye la gravedad del problema en la actualidad, mucho menos cuando como sociedad hemos reconocido desde hace mucho tiempo el principio de autoría y cuando actualmente dicho reconocimiento pertenece al ámbito legal por lo que cualquier falta correspondería un delito. De ahí que lo considere un problema especialmente apremiante.

No cabe duda que el acceso a internet y la posibilidad de obtener grandes cantidades de información ha sido beneficioso para la investigación, pero también es cierto que en muchos casos es perjudicial para el ámbito artístico, especialmente en quienes esconden su metodología de copy-paste tras los subtítulos de “inspiraciones” “versiones” o  “adaptaciones”. Convengamos: por más que se trate de un nuevo hábito, por más que todos nuestros conocidos lo hagan, por más que sea una nueva norma, por más que esté de moda,  el copy paste es plagio y el plagio es ilícito. Lo repetiré tantas veces sean necesarias. Quizá los teatreros que ya se han acostumbrado a plagiar obvien esta información y sigan esparciendo el chistesito de los griegos, pero decirlo hasta el cansancio quizá prevenga a las generaciones venideras y debiliten la admiración de quienes consideran sus maestros al saber que su prestigio descansa en una práctica que deberíamos mirar con malos ojos.

Miranda Montecinos atribuye el aumento de la práctica del plagio al incremento de las exigencias laborales de los investigadores. Si reparamos en la cantidad de estrenos que tenemos anualmente en las carteleras mexicanas, acaso llegaríamos fácilmente a la misma conclusión. Muchos teatreros se sienten obligados a montar varios trabajos en el menor tiempo posible y eso les lleva, al igual que a los investigadores a reproducir pensamientos ajenos sin otorgar los créditos correspondientes.

Alguna vez  un escenógrafo me dijo que es normal que los creadores estén permeados de las ideas creativas de sus maestros. Lo concedo, no descarto que la asimilación del aprendizaje conlleve una aprehensión profunda e inconsciente, a esto se le conoce como “error honesto” o bien como “excepción de insignificancia”. La cuestión es que en el ámbito teatral mexicano tanto el plagio como la ocultación de los referentes son hechas a propósito, es decir, con intención fraudulenta. Seguir negándolo o intentar justificarlo podría delatar complicidad.

Hay que tener cuidado con este tema. Debemos saber que la creación y respeto de los códigos de ética es tan importante como la identificación de las malas conductas. Es preciso evidenciar estas últimas con el fin de erradicarlas. A menos que resulte conveniente obviarlas, porque es más cómodo tomar los logros de alguien más y hacerlos pasar como propios que emprender búsquedas auténticas que implicarían demasiados fracasos antes de llegar a un éxito. Somos una generación cómoda. Es normal que se prefiera la gratificación inmediata pero también es una lástima.

El dolo y la desvergüenza de los teatreros plagiadores también descansa en que no hay una figura legal (aún) que castigue el plagio en el ámbito teatral, sin embargo, siguiendo a Miranda Montecinos sabemos que no es necesario que una conducta sea susceptible de ser castigada en el orden de la ley civil o penal para que pueda considerarse como una conducta ilícita. Si quisiéramos podríamos pensar en sanciones disciplinarias para desintoxicar al teatro mexicano, pero algunos no quieren. No les conviene. El primer paso es aceptarlo. Tampoco es necesario, nos dice Montecinos y me parece importante anotarlo, que el plagiario transcriba textualmente la obra ajena para que se considere plagio. El resumen y la paráfrasis (las versiones inspiradas en…) también pueden recibir con justicia el nombre.  Así como tampoco exime de ser plagio que el autor o la referencia se mencionen o que el plagiario actúe con consentimiento del plagiado.

¡Parecería que hay tantas formas de plagiar que es casi imposible evitarlo! ¿Y si vencemos por una vez la pereza y por lo menos lo intentamos? Retomo las palabras del autor cuyas ideas guían este escrito que: “quizá podría pensarse que no faltan razones para reivindicar el plagio y defenderlo ante sus impugnadores. Cabría argumentar, por ejemplo que si el conocimiento y la ciencia  (y agrego, el arte teatral) son un patrimonio común de todos los hombres (y agrego, de todas las mujeres), nadie puede oponerse a que ese conocimiento y esa ciencia se difundan tan libre y gratuitamente como sea posible.”[5]

¡Claro que todos somos libres de invocar cualquier idea de otro! Pero ¿De verdad es mucho pedir que se incorpore una cita, que se explicite la referencia de la autoría ajena? ¿Tan malo es aceptar que una idea no es nuestra? ¿Tan poco respeto tienen a los autores, aunque por otro lado los reconozcan como sus grandes maestros para pasar por encima de los frutos de sus esfuerzos? ¿De verdad creen que las ideas originales no contienen un sello imborrable de la personalidad de los creadores y que nadie se daría cuenta de la burla y de la ofensa que representa plagiar? No solo ofenden a los creadores, sino al resto de la comunidad de la que dicen ser familia, a los investigadores, críticos y a sus espectadores a quienes pretenden verles la cara de estúpidos.  Por mi parte me doy cuenta y estoy en contra. Concluyo sembrando estas dudas aunque con toda seguridad seguiré con este asunto durante mucho tiempo. Quizás en una siguiente entrega ahonde sobre los motivos por los cuales esta práctica es perjudicial.

 

 

Obra citada:

Matas Montecinos, Alejandro. Plagio y ética de la investigación científica. Revista Chilena de Derecho, vol. 40, Número 2, pp. 711-726, 2013.

 

[1] Oxford Latin Dictionary, 1968, “plagium”. Tomo la referencia del ensayo de Alejandro Miranda Montecinos.

[2] Corominas, Joan, Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, Gredos, 1973. Tomo la referencia del ensayo de Alejandro Miranda Montecinos.

[3] Diccionario de la Real Academia Española, Madrid, Espasa, 2001. Tomo la referencia del ensayo de Alejandro Miranda Montecinos.

[4] Matas Montecinos, Alejandro. Plagio y ética de la investigación científica. Revista Chilena de Derecho, vol. 40, Número 2, pp. 711-726, 2013.

[5] Miranda Montecinos, Óp. Cit. pág. 717 los paréntesis y lo contenido en ellos es mío.

Críticas

El desierto de las leonas

por Zavel Castro 22 enero, 2019

Forjando patria
Cabría recordar las palabras de don Manuel Gamio a propósito de las mujeres. En su famoso ideario de la Revolución Mexicana dice que hay tres tipos “según las leyes empíricas”: “la mujer sierva, la mujer feminista y la mujer femenina”. Recupero su percepción sin perder de vista que se trata de un punto de vista masculino conservador, como lo eran muchos intelectuales de su época. Poco o nada tendría cabida su opinión en el análisis de un espectáculo de cabaret como lo es El desierto de las leonas, a menos que sus observaciones sean cuestionadas, como me dispongo a hacer y que dichos cuestionamientos sean el punto de partida para comprender la absurda y lamentable contemporaneidad de sus ideas sobre “lo femenino”  y la necesidad de destruir esta tendencia de pensamiento mediante la reflexión contenida en este  espectáculo de La Mafia Cabaret  dirigido por Nora Huerta, siendo la deconstrucción de los modelos de género y la protesta sobre las imposiciones y conductas machistas un motivo recurrente en el trabajo de la compañía.

Conviene recuperar el pensamiento de Gamio porque se origina en el inicio del siglo XIX, misma época que inspiró la construcción imaginaria de esta puesta en escena, inspiración constatable con la simple observación del vestuario y de los mínimos elementos escenográficos, ambos creados por Mauricio Ascencio. Minimalismo que por cierto potencia el discurso sobre el que ahondaré más adelante. [1] Sobre los modelos femeninos que propone el antropólogo y arqueólogo mexicano (la mujer sierva, la mujer feminista y la mujer femenina) digo que efectivamente se encuentran contenidos en los personajes del Desierto…, pero se manifiestan en su oposición pues realmente “La Cacahuata” (Pako Reyes), “Martiniana” (Irakere Lima)  y “Juana Gallo” (Liliana Papalotl) representan mujeres feministas que efectivamente existieron en época revolucionaria, siendo su presencia, sin embargo “esporádica, exótica y su número infitesimal”. [2] Me gustaría pensar que esto ha cambiado, y que, mientras el feminismo en la época de Gamio era “microscópico”, en la actualidad el movimiento ha tomado gran impulso gracias a su exposición mediática y al incansable esfuerzo de los colectivos feministas, siendo la comunidad cabaretera una de sus principalísimas impulsoras.

Sin embargo, por más que nos duela aceptarlo, el feminismo en México, a pesar de haber conquistado muchísimo terreno, aún no ha ganado la batalla. Por eso, trabajos como los de la Mafia Cabaret siguen siendo fundamentales y urgentes. Es necesario divulgar a través de un formato artístico, la necesidad de derrumbar la construcción patriarcal del mundo que ha resultado tan perjudicial e injusto especialmente para las mujeres  y combatir así la herencia social que define  las virtudes capitales del género femenino a partir de la observación de un comportamiento hogareño, tierno, laborioso, honrado y virtuoso en  función de las necesidades del hombre. Al cuestionar y rechazar las imposiciones del “deber ser”, la Cacahuata, Martiniana y Juana Gallo devienen en heroínas cuya única misión es preservar la memoria de todas las mujeres que han sido víctimas del patriarcado por no querer encajar en él, por contradecirlo.  Atraviesan el desierto llevando a cuestas un baúl en donde han guardado las historias de aquellas que no pueden contarlas. Las leonas, como ellas mismas se han llamado sueñan con salir de un pueblo llamado Salsipuedes y  llegar a La Haya, que es, realmente una utopía, así escuchamos describirla a Juana Gallo:

 La Haya lugar al que vas cuando en tu pueblo es más peligroso exigir justicia que asesinar a una mujer, como cuando te sale más barato un litro de coca cola que un litro de agua, o como cuando para una mujer es más fácil ponerse un par de chichis que hacerse un aborto, o como cuando es más fácil encontrar gasolina robada que de la buena, si es que la hay. La Haya, Cacahuata, es un lugar hermoso con jardines colgantes y fuentes de todos los colores, ahí todas las mujeres son libres, tienen derechos y las respetan, ninguna se anda peleando por la atención de ningún hombre, no existen los cánones de belleza, todas se saben capaces y seguras de sí mismas, nunca nadie duda de su inteligencia, no dependen del amor, ni mucho menos del matrimonio para ser felices, ninguna está obligada a ser madre, todas pueden usar el metro o el camión porque nadie eyacula sobre sus cuerpos, y en la calle pueden caminar a cualquier hora, porque no las acosan, ni las violan y en sus casas, sus maridos no las asesinan. [3]

Vale la pena dedicar unas palabras a la construcción de los personajes, si bien las protagonistas coinciden en ser feministas e independientes cada una tiene características particulares que posibilitan la empatía con distintxs tipxs de espectadorxs. La Cacahuata, el personaje más carismático del espectáculo gracias a la interpretación de Pako Reyes, podría ser descrita como una “mujer de placer” o “mujer caída” como la llamaría Gamio, debido a que su trabajo como bailarina y cantante le permitía una vida con más licencias a comparación de las mujeres constreñidas a las labores domésticas y supervisadas por el padre, marido y hermanos, sin que esto signifique que era una mujer.  Cuestión de la que un macho se aprovecha para violentarla verbal, física y emocionalmente, abandonándola después de concebir una hija con ella, Martiniana, que crece para convertirse en una joven intrépida, atlética y audaz. Soltera por convicción y decidida a conquistar su libertad,  interpretada por Irakere Lima, representa a las jóvenes generaciones “deconstruidas”, que continúan la lucha convencidas de los ideales de la causa. Sus razonamientos dejan muy claro por qué es importante señalar las falacias interpretativas que han permitido  que los privilegios sigan siendo exclusivamente masculinos.  Por último, Juana Gallo es evocada como la mujer leyenda, cuya autoridad resultó tan amenazante para los mismos revolucionarios que terminaron por expulsarla de la tropa siendo su marido el principal traidor. Gallo se manifiesta para liderar al grupo aprovechando sus habilidades como estratega y con las armas.  Podría pensarse que juntas tienen todo lo necesario para sobrevivir en un mundo controlado por los hombres y que incluso con ello son capaces de cambiarlo.

Foto: @DarioCastroPH

Foto: @DarioCastroPH

¿Dónde queda Salsipuedes?

 

He dicho que la obra se ambienta en época revolucionaria, esto no quiere decir que se trate de una obra histórica, sino simplemente que ese tiempo sirve adecuadamente como inspiración estética y discursiva, es decir, que construye un universo para jugar con el manejo del tiempo mediante paralelismos y entrecruces anacrónicos, (uno de los elementos recurrentes que nos permiten entender al cabaret) que revelan la lamentable vigencia de la situación, así mismo el  juego de espejos entre la realidad y la ficción, con el que mientras simulan que todo transcurre en un pueblo imaginario llamado Salsipuedes lxs espectadorxs descubren por sí mismxs gracias a la reflexión y autocrítica que suscita la obra que este nombre no es más que una metáfora de cualquier lugar en el que la violencia de género ha impuesto su despiadada, absurda y repudiable ley.

Salsipuedes es un lugar donde es muy desafortunado ser mujer. Un lugar donde las restricciones impuestas castigan cualquier atisbo de libertad de las mujeres, donde sufren un sometimiento atroz del que no pueden escapar, donde no se les permite ser dueñas ni de su propio cuerpo, quienes están condenadas a vivir  bajo custodia de los hombres, donde la violencia hacia ellas se celebra antes que castigarse. La Cacahuata, Juana Gallo y Martiniana andan juntas por el desierto con la ilusión de comenzar una revolución que trastoque el status quo, caminan juntas porque necesitan defenderse de todos los peligros, porque saben que son presa fácil, porque saben que debido al poder de su causa los hombres querrán exterminarlas, de la misma forma en que aniquilan todo lo que les displace.  Conscientes de su vulnerabilidad, las protagonistas manifiestan con su caminata incesante la fortaleza,  decisión y sororidad que se requieren para conseguir un mundo mejor para las mujeres, más digno y más justo.

Injusto por cierto sería no decir algo sobre las canciones de la puesta, escritas por Hernán del Riego (a excepción del corrido “Juana Gallo” compuesta por Lucha Moreno), funcionan de manera brillante para presentar cada personaje y para llevar a un punto climático los momentos claves de la narración, especialmente “Somos Más” el himno con el que cierra el espectáculo; el cierre del Desierto…, quizás sea el mayor acierto de la creación de este espectáculo, pues la decisión de que un espectáculo de cabaret no tenga un final feliz, sino ambiguo, entre la esperanza y el desasosiego, no solo diferencia a La Mafia Cabaret del resto de las compañías jóvenes de cabaret quienes continúan con la herencia cabaretera de antaño que dictaba que los desenlaces debían ser gozosos para que los espectadores se fueran con la sensación de haberse divertido. Lo que he dicho varias veces, a esta compañía lo que le importa es generar consciencia y plantar las semillas de la inconformidad  y de la rebeldía que a medida que se riega, crece hasta lograr cambios significativos en la sociedad.

El Desierto de las Leonas es un espectáculo poético e inquisitivo, que nos inspira a luchar y a gritar  convencidxs que sin duda algún día lo lograremos, llegaremos a La Haya, aún más, la conquistaremos, nos conquistaremos.

desierto (4)

Derrumbando patriarcado

Para finalizar el capítulo que respecta a la mujer mexicana, Gamio se deshace en elogios hacia el tipo que denomina como “mujer femenina”, de ella nos dice que es el tipo supremo porque no es ni completamente servil que según él es el tipo de mujer cuya necesidad de ser sometida y deberse a las labores del hogar puede deberse al amor, al fanatismo, a la necesidad y a la tontería,[4] ni feminista,  que según él debería denominarse masculinismo porque según él eso es lo que hacen las feministas “masculinizarse en hábitos, en ideas, en aspecto, en alma y… hasta físicamente si estuviese a su alcance conseguirlo.”[5]

La mujer femenina, ideal para Gamio acaso sea un punto medio,  y que por tanto, vive a la vez cerca de la tierra y cerca del cielo, en lo natural y en lo artificial, que ha nacido para ser madre y esposa, que es apasionada sin dejar de modelarse al criterio marital del esposo, casta después del matrimonio, su finalidad en la vida es la de ser una buena madre,  fiel observadora de las funciones naturales de su sexo que no las exagera ni  extravía, perfecta por no tener alta instrucción pero en compensación un altísimo grado de sentido común, con el carácter idóneo pues es el mestizaje preciso entre “la gramática parda de las españolas y la astucia indígena”,  más aún perfecta es “su manera de ser feliz” que es la de ser conformista y resignada. [6]

Con justicia podríamos tildar de retrógradxs a todoxs aquellxs que aún comparten el pensamiento de Gamio, porque la tipificación no deja de ser una costumbre sumamente perniciosa para el pensamiento sobre el género y sobre todo porque ahora sabemos que nadie tiene derecho de decirnos cómo ser y cómo comportarnos. Nadie tiene derecho sobre nosotras.  Más que señalar a quienes piensan así hay que comprender que no justificar, que se tratan de ideas profundamente enraizadas y que es nuestro deber combatirlas, tal como lo hace La Mafia Cabaret  y como podemos hacer nosotrxs siguiendo el trabajo de la compañía, discutiendo su propuesta, apoyando  como público y como pensadorxs  su valiosa misión.

 

 

Zavel-ADP

 

[1] Sobre la relación entre el minimalismo espacial como potenciador de discursos en una obra de teatro versus la incontenible necesidad por “llenarlo” y el consecuente debilitamiento ya he reflexionado en Horror vacui: http://aplaudirdepie.com/horror-vacui/

[2] Manuel Gamio, Forjando Patria, Editorial Porrúa, Colección Sepan Cuantos, México , 1982, pág. 120

[3] He tomado un fragmento del libreto que la misma compañía tuvo la amabilidad de compartirme.

[4] Gamio, Forjando Patria, pág. 126

[5] Ibídem, pág. 128

[6] Ibídem, pág. 129

 

Críticas

Liebeszauber. A través del lente metodológico de los estudios del performance.

por Zavel Castro 12 noviembre, 2018

Liebeszauber es un hecho escénico inspirado en el libro Jerome, Olivier et moi de Miguel Bonneville pero basado en las experiencias reales de Gael Policano Rossi, autor, director e intérprete de la pieza que, bajo la forma de video-diario, narra la historia de un amor no correspondido y que tiene como escenarios virtuales, las plataformas de twitter, facebook, instagram y tumblr, escenarios idóneos para practicar el arte de stalkear.

Esta conferencia performática debe su construcción temática a la reflexión sobre la intimidad en los tiempos del Internet, tema que encuentra su traducción formal en la aplicación de nuevos lenguajes que multiplican las fronteras de la puesta teatral o que, más aún, las desdibujan evidenciando la liminalidad de las prácticas escénicas actuales  que nos cuestionan sobre la naturaleza de la pieza, planteando con ello problemas de catalogación.

Sospecho que los investigadores no nos pondríamos de acuerdo en sí tratarla como una obra de teatro o como un performance y no sabríamos reconocer con claridad qué elementos de la pieza podríamos estudiar bajo las nociones de teatralidad y cuáles otros, en cambio, como performance.

Me parece que la indefinición se debe precisamente a los temas que aborda: la autobiografía, la memoria, la identidad, la autoficción. La exposición del mundo y la vida real del intérprete. Colocando a la intimidad como el centro del hecho escénico, buscando la teatralidad fuera del teatro, volviendo a la intimidad una zona inestable, utilizando la historia personal para vulnerar al intérprete, espectacularizando su fragilidad, mediatizando y especulando con la privacidad. Si bien el trabajo de Gael no plantea ninguna cuestión original (¿habrá algo que nunca se haya hecho?), continua con una conversación interesante.

El tema de la representación de la intimidad a través de la exposición cronológica de la decepción amorosa. Fórmula que nos recuerda especialmente al trabajo de Sophie Calle, con su exposición “Dolor Exquisito” que, como Gael, narra la historia de un romance en cuenta regresiva. Tanto Calle como Policano Rossi, nos enfrentan al problema de la puesta en escena y el “sí mismo”, que tan bien explica Erving Goffman, al mismo tiempo que refieren al “Umbral Mínimo de Ficción” (UMF), la “unidad de medida poética” creada y conceptualizada por Vivi Tellas, que sirve para identificar y señalar los momentos en que la realidad se mimetiza con el teatro (fundamento del biodrama).

Al insertar la realidad en el hecho escénico, Gael cumple simultáneamente una tarea bipolar: ser, en el momento de la representación, al mismo tiempo, actuante y personaje. Escenifica pero también es. Interpreta y no interpreta. Es él mismo en situación escénica sin recurrir previamente a la construcción de un personaje de manera consciente y del cual puede desprenderse al terminar su monólogo. Pero es personaje, en tanto que se evoca a sí mismo en la situación que requiere la escena para transmitir la emoción de la obsesión y el desencanto. Nos presenta al Gael enamorado y al Gael decepcionado, al Gael enloquecido y al Gael despechado. Se evoca a sí mismo.  Se interpreta. Actúa y acciona. Se muestra a sí mismo en el uso cotidiano de las plataformas virtuales, cosa que ya ha hecho antes lejos de la escena, es por tanto una acción restaurada, elemento sustancial del performance según Schechner.

“Estar en internet” a oscuras en su cuarto, por sí mismo carece de un contenido comunicativo deliberado, pero lo lleva a escena, con lo que implica querer ser visto y escuchado (retomo esta distinción de Antonio Prieto Stambaugh). ¿Qué es entonces? Me parece que la teatralidad convencional prefiere obviar la cuestión de que nada es inmutable sino que se encuentra en un eterno devenir (como el río de Heráclito) y que propone personajes que son, que están fijos y que pueden representarse casi de la misma manera función tras función, retomando a Goffman diríamos que “[…] nada real o verdadero puede sucederles a los personajes representados […]” y que, en cambio, el performance juega con la presencia del intérprete siempre en presente, permitiéndole manifestarse tal y como se encuentre al momento de la representación y permite que Gael experimente “algo real y verdadero” frente a los espectadores.

Foto: Coordinación cultura UNAM

Foto: Coordinación cultura UNAM

En este sentido, “Amor Brujo”, tendría algo más de performático que de teatral, sin embargo, al presentarse en un espacio escénico debemos analizarla como práctica escénica, aún cuando la narración refiera una práctica socio-cultural (el romance o simplemente la interacción social a través de internet), cuestión que lo devolvería –nunca de manera absoluta- al terreno del performance. Se encuentra, insisto (o me parece) en una zona intermedia.

La teatralidad de la conferencia de Gael corresponde al espacio en el que se representa tanto como a la cualidad del intérprete que se exhibe para ser mirado. No es absolutamente teatral porque no finge ser otra cosa, ya lo he dicho, es él en una situación o faceta determinada. Mientras que la performatividad del mismo hecho escénico se encuentra, sobre todo, en la inserción de una actividad privada, solitaria o cotidiana, el uso de las redes sociales para interactuar, en un espacio escénico. Cambiando el contexto, cambia el estado de las cosas, cobra un sentido distinto, lo re-significa.

Liebeszauber, me parece un objeto ideal para continuar con la querella terminológica entre el teatro y el performance ¿Qué pasa cuando la realidad se convierte en espectáculo? ¿Qué pasa cuando el espectáculo a pesar de ser convivial representa algo íntimo? ¿Puede ser un hecho escénico al mismo tiempo teatral y performático? Me parece que sí, que algo puede ser realidad y ficción, y que puede al mismo tiempo referir a una práctica cultural o social y siendo meramente una representación estética. Insisto en que las fronteras se han desdibujado y que debemos aprender a analizarlas en conjunto, identificando lo teatral de la pieza (en este caso la forma y la presentación del sí mismo como personaje) y lo performático (la presentación del sí mismo como actuante y la descontextualización de lo real).

Zavel-ADP

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