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Autor

Ricardo Ruiz Lezama

Ricardo Ruiz Lezama

Dramaturgo, director de teatro y actor.

Reflexiones

Reconstrucción

por Ricardo Ruiz Lezama 28 septiembre, 2017

México se está cayendo a pedazos. Y esto no es una figura retórica. Dos terremotos han arrasado varias ciudades, Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Ciudad de México y Estado de México.  Los daños son de magnitudes desoladoras. Frente a este panorama desesperanzador lo más sorprendente ha sido la respuesta de la ciudadanía, la mayoría de la población se ha movilizado por iniciativa propia para ayudar de múltiples maneras, removiendo escombros, creando de centros de acopio, entre muchas otras actividades para contribuir al apoyo, tanto económico como emocional de los cientos de miles de afectados. La solidaridad ha sido una bocanada de aire fresco y esperanza tan necesario en este país que estaba tomado por la violencia y la desilusión. Otra vez volvemos a creer en algo, en el otro. Una frase ha circulado por redes sociales, dice más o menos lo siguiente: cuando vayas por la calle y mires al otro recuerda que -aunque no se conozcan-  no dudaría un segundo en ir por un pico y una pala para salvarte en caso de otro terremoto. Ser mexicano ha recobrado un sentido que a veces se  nos olvida, ser mexicano es estar para los otros. Existe una expresión en Argentina que dice “la patria es el otro” y hoy en México esto es tan cierto como consolador.

En este escenario extremo, la comunidad artística en general y la teatral en particular, no se ha quedado al margen del apoyo. Ha tomado la situación con la urgencia debida. Los teatros se han convertido en centros de acopio y lo recaudado en cientos de funciones al rededor del país se está donando a los damnificados. Esto entre muchas acciones más. El teatro como siempre siendo una pequeña luz en la existencia de la humanidad y ahora más que nunca su función social se hace tangible.

En Aplaudir de Pie, como en todo México, estamos tristes por la desgracia, así que aprovechamos nuestro medio para mandar nuestras condolencias a todos los afectados y seguir sumándonos a la ayuda. Retomamos nuestras actividades, no impunemente sino sabiendo que, como dice el dramaturgo Mauricio Kartun: “el arte es la respiración de los pueblos”. Necesitamos respirar para seguir teniendo fuerza para continuar reconstruyendo juntos el país.

Pese al desastre nos encontramos profundamente esperanzados debido a la unión que se generó, esperamos que sea el inicio del cambio que hace tanto tiempo necesita nuestro México.

Ricardo

Reseñas

Trattaría D´ Improvizzo

por Ricardo Ruiz Lezama 19 septiembre, 2017

Los espectáculos de improvisación teatral o «impro» son un fenómeno de afluencia de espectadores sumamente interesante dentro del universo teatral mexicano, considerando que –según muestran las encuestas nacionales en materia de cultura- son mayoría los mexicanos que no han ido al teatro ni una vez en su vida. Desde su aparición en México por allá del año 1989 hasta la fecha, la impro ha tenido diversos shows que han marcado generaciones de espectadores y creadores. Desde la primera liga de improvisación en México, La Liga Latinoamericana de Improvisación, formada por alrededor de 90 actores y actrices, la mayoría de estos son hoy en día referentes importantes dentro del teatro nacional.

En 2001 surge la LIMI (Liga Mexicana de Improvisación) y con esto viene un esplendor en cuanto al teatro de impro. Espectáculos memorables como Copa de Improvisadores, que hacía que espectadores llenaran en su totalidad uno de los espacios del Centro Cultural Helénico, función tras función. Tal era la afición que el público sentía que hacían sus propias playeras para ir a las presentaciones a apoyar a su equipo de improvisadores preferido. En este segundo auge de la improvisación es cuando surge  Trattaría D’ Improvizzo, una obra creada  por los máximos exponentes de la impro en México. El hecho de que después de 15 años regrese esta obra a cartelera con su elenco original es sin duda todo un suceso.

Para este momento seguramente los espectadores asiduos a las obras de impro estarán llenos de curiosidad y uno que otro de nostalgia. Pero para los que no han visto un espectáculo de impro muy probablemente surgirá una duda, ¿qué es la impro? La improvisación teatral es una técnica que consiste en contar historias justo en el momento de crearlas, a partir de sugerencias del público. No hay un guion previo, todo se hace al momento. Trattaría… es un espectáculo con un formato bastante clásico dentro del teatro de improvisación en donde se podrá conocer y disfrutar de este tipo de acontecimiento escénico.

Trattaría D’ Improvizzo empieza desde que se entra al foro, una cocina que hace de escenografía. Los chefs-actores-improvisadores cocinarán historias en cinco tiempos para deleite de todos los presentes. Parte fundamental de los ingredientes proviene del público, al cual se le toma su orden, estas ideas vertidas son las que inspiran los platillos escénicos. Después de que se ha preguntado a los espectadores ciertas cosas, entra el anfitrión que nos explica las reglas del juego. Y a cada momento se asegura de que todo lo que sucede es improvisado y fue proporcionado por el público. Aquí no hay trampa, esa es la magia del teatro de improvisación, mirar a un grupo de intérpretes frente al abismo, verlos caer y luego levantar el vuelo de la imaginación, emocionándonos junto con ellos al descubrir las diversas historias únicas e irrepetibles hechas al momento.

Cada chef-improvisador tiene su propia sazón, lo cual hace de todo el espectáculo un múltiple conglomerado de sabores, olores, texturas… esta diversidad enriquece la obra, haciendo de la velada algo siempre impredecible y profundamente divertido, pues la risa es el ingrediente principal en que coinciden todos los platillos.

Se dice que el arte es el alimento del alma y,  siguiendo esa línea de analogía, la risa es uno de los mejores maridajes de la vida. Trattaría D´ Improvizzo es tan nutritiva como divertida.

Ricardo

Reseñas

Puras cosas maravillosas

por Ricardo Ruiz Lezama 29 julio, 2017

Hay un aspecto en que coinciden la mayoría de las reflexiones en torno a la felicidad y es que esta tiene que ver con saber disfrutar cada momento; este tipo de pensamientos la conciben como un camino y no como un fin, hacen una invitación a valorar el presente. En ese sentido podríamos decir que el monólogo Puras cosas maravillosas, escrito por Duncan Macmillan y Jonny Donahoe, dirigido por Sebastián Sánchez Amunátegui y protagonizado por Pablo Perroni es un recordatorio de que la dicha siempre está a nuestro alcance a través de las cosas aparentemente más pequeñas, no por ello insignificantes.

La mamá del protagonista de la obra está en el hospital a causa de una depresión. Él es solo un niño de siete años cuando ocurre esto y se le ocurre una idea para salvarla: hacer una lista de las cosas maravillosas que conoce para tratar de devolverle las ganas de vivir. El helado  encabeza la lista. Esto podría parecer muy ingenuo pero conforme avanza la obra nos recuerda el valor de las pequeñas cosas que en algún momento fueron extraordinarias pero que después olvidamos. ¿Cuándo perdemos el asombro por la vida?

La  obra nos cuenta los incansables esfuerzos de este hombre en las distintas etapas de su existencia haciendo todo lo posible por salvar a su madre, sin saber que quizá también de algún modo se está salvando a sí mismo. ¿Podemos salvar a los otros? ¿Cómo afecta el sufrimiento de uno de los miembros de la familia a todos los demás? ¿Cómo volver a sonreír a pesar del dolor? Estas y más cuestiones plantea la obra desde un lugar sensible sumamente interesante: el humor y la ternura.

El tono que tiene la puesta en escena es sin duda uno de los más grandes logros del montaje. Puras cosas maravillosas es divertida sin ser frívola, profunda sin ser aburrida, dolorosa sin ser deprimente, tierna sin ser empalagosa, es una experiencia que conduce al espectador por infinidad de intensas emociones. Es una obra que pone de manifiesto que al teatro vamos principalmente a conmocionarnos. Obras así hacen mucha falta. De pensar estamos cansados –aunque la obra también da mucho para pensar-, queremos sentirnos vivos en las butacas de los teatros.

Otro de los grandes aciertos de la obra es la actuación de Pablo Perroni. Es de una honestidad que se agradece. Durante lo que dura la función quedamos convencidos que él es quien realmente vivió todo aquello que nos comparte. La obra resuena en cada una de sus fibras más íntimas y por lo tanto en las nuestras como público. Por un momento nos transporta a otro mundo y no nos suelta sino hasta el final. Perroni genera además un convivio único porque interactúa con los espectadores creando momentos de verdadera magia teatral.

La propuesta de dirección también es sobresaliente. Sebastián Sánchez Amunátegui nos demuestra una maestría al dejar solo lo esencial en el montaje, permitiendo que la fascinante dramaturgia de Macmillan y Donahoe y la grandiosa actuación de Perroni queden en primer plano para ser disfrutadas al máximo y que  la entrañable historia se exprese en su forma más potente.

Realmente es un verdadero placer encontrar obras en cartelera que estén tan bien logradas. Sin duda esta puesta en escena está en la lista de cosas maravillosas de muchos espectadores. Incluyéndome.

Ricardo

Literatura

Teatro antilógico

por Ricardo Ruiz Lezama 15 junio, 2017

Estamos en una época regida por la razón y por la ilusión de conocimiento. Pareciera que se han encontrado las explicaciones sobre casi todo y de igual modo se piensa que sabemos mucho sobre cualquier tema. En materia de arte, por ejemplo, abundan las definiciones, los artículos, ensayos, cursos, libros para prepararse de forma autodidacta, en fin, existen incontables fuentes de investigación para acceder a lo que pareciera ser el conocimiento total del fenómeno artístico. Con tal nivel de pensamiento generado en torno a la creación da la sensación de que cualquiera puede ser artista, solo hace falta querer serlo, buscar, leer y listo. Cualquiera puede saber cómo se hace una obra de arte y de hecho no son pocas las personas que discuten sobre los errores de tal o cual creador que no hizo las cosas como todos ya sabemos que se “tienen” que hacer. Todo este supuesto conocimiento esconde una gran paradoja,  ¿por qué si todos los artistas saben cómo se hace el arte solo unos cuantos lo consiguen?

Por principio descartaré la idea que de que el arte es arte porque una persona ha dicho que así es (el argumento de la subjetividad aplicado a todo producto sin razón). Este enunciado ha afectado severamente al mundo del arte porque se ha descontextualizado, en su tiempo sin duda fue una sentencia revolucionaria que cuestionó todos los paradigmas e instituciones existentes hasta el momento, poniendo en crisis siglos de pensamiento, ahora simplemente es un pretexto para hacer cualquier cosa y venderla como si realmente valiera algo. Parto entonces de la idea de que el arte es una experiencia estética contundente, inolvidable e imprescindible. Y que esta experiencia es visible y comprobable. Lo que últimamente abunda, específicamente en el teatro que es de lo que trataremos aquí, son obras superficiales, fácilmente olvidables y profundamente prescindibles.

Lo que afirmo con relación al teatro no parte solo de mi subjetividad, es un hecho objetivo, únicamente hace falta ir a algunas de las múltiples funciones que existen en la vasta cartelera mexicana y comprobarlo por nosotros mismos en la experiencia colectiva. Lamentablemente son pocas las presentaciones que construyen un acontecimiento trascendente y esto es indudablemente una sensación compartida por muchos espectadores. La causa se la adjudico  al hecho de que gran parte de la comunidad teatral parte de innumerables seguridades para abordar la creación. Curiosamente la mayoría de las obras más potentes en programación son aquellas que surgen de un lugar totalmente opuesto: del desarrollo de procesos de investigación escénica en los cuales las dudas ( y no las certezas) están en primer plano.

Por eso, en estos tiempos de falsas verdades, de infinidad de obras que no dialogan ni con nuestro presente ni con el público, es imprescindible que exista una mirada filosófica, política y estética que vaya en contra de todos los preceptos que se tienen sobre el teatro; mucho de lo que creemos con relación a la escena seguramente está errado. Por eso nuestro teatro, en su mayoría,  no se consolida como un fenómeno necesario a nivel social; es debido a todo esto que un libro como El teatro antilógico: estéticas de la otredad del cuerpo y la escena  de Raúl Valles es indispensable en nuestro contexto artístico.

El teatro antilógico… es un conjunto de ensayos que reflexionan sobre el fenómeno teatral, pero aquí no se encuentran respuestas, esto no se trata de una guía, más bien es un manifiesto lírico al más puro estilo de Artaud. Las ideas se articulan de manera tal que no son sentencias, sino que promueven la reflexión y la duda. Todo desde la premisa e invitación de erosionar lo que creemos que es el teatro porque “El teatro que se dice ser el teatro, el teatro que se cree ser el teatro ha menoscabado todo lo que en verdad es teatro”. Estas cavilaciones estimulan a ir en búsqueda del teatro verdadero, el cual, Valles, al igual que Artaud, saben que aún está por descubrirse, en el caso de Artaud era el teatro de la crueldad, en el caso de Valles es “el antilógico”.

Estos ensayos no plantean desde el inicio lo que debe ser el teatro y mucho menos dicen cómo se hace. Ese es uno de los más grandes aciertos de Valles, al no poner ejemplos concretos sus reflexiones se vuelven un arte poética quizá a la altura de El teatro y su doble, capaz de inspirar las más diversas creaciones mediante no mostrar un camino sino solo de sugerirlo, así los caminos posibles son infinitos.

El teatro antilógico…  va a contracorriente con muchos de los libros teóricos que están circulando en el mercado editorial. Empieza explicando lo que no es ni debe ser el teatro y cómo no puede alcanzarse –al contrario de iniciar intentando constriñéndolo a unas insuficientes definiciones simplificadoras, por eso también Valles eligió un estilo poético, capaz de generar multiplicidad de lecturas-, porque como menciona el autor estamos contaminados de conceptos e ideas que no nos dejan acercarnos a lo que el teatro verdaderamente tiene para ofrecer como experiencia trascendental. Por eso es necesario llegar a un vacío de pensamientos que solamente estorban; de hecho no debemos apelar a la razón sino al cuerpo (sugiere el autor). Aquí nos deja a su vez una primera pista, el teatro es fundamentalmente la relación con el cuerpo ¿Pero en sí qué es el teatro? Para el autor es, entre otras cosas, una experiencia que no va a la razón sino a la sensibilidad del espectador, de ahí su carácter emancipado del pensamiento lógico. Si lo consideramos desde Artaud – lo que no sería descabellado porque Valles dice que hay que volver a una estética de la crueldad-, el teatro antilógico sería un teatro que apelaría a lo esencial del humano, un teatro ritual capaz de contactarnos con lo más profundo de nuestro ser.

Sería muy fácil y poco riguroso si Valles solo dijera que hay que ir en contra de lo establecido sin profundizar en eso. Lo interesante de El teatro antilógico… es que el autor reformula los conceptos fundamentales del teatro, criticándolos y proponiendo unas definiciones nuevas que destacan por lo provocadoras que son. Actor, presente, mimesis, tiempo, ficción, acción, texto, representación así como el lugar que ocupan los espectadores durante la misma, e incluso el mismo teatro son conceptos que se ponen en crisis para poder pensar otra posibilidad de lo teatral, una más inquietante y revolucionaria, una que sí sea capaz de incidir en nuestra realidad.

Una de las características más importantes de este libro es que el autor es de origen mexicano y fundamentalmente ha desarrollado sus reflexiones y trabajo en México. La mayoría de las veces importamos pensamiento de otros países para tratar de explicar lo que ocurre en el nuestro sin considerar que las ideas no son universales, fuera de su contexto no terminan de decir lo que realmente intentaban expresar, y aunque las reflexiones de otros lugares pueden aportar valiosísimas cuestiones a nuestra realidad nunca nos representarán a plenitud. Son urgentes y necesarios textos como este que nos piensen directamente. México es único  y no podemos obviar sus particularidades y contradicciones. Quizá uno de los más grandes fracasos en todas las áreas sociales ha sido querer explicarnos desde otros pensamientos e importar modelos y no crear los propios. Por eso celebro la publicación de El teatro antilógico… No podemos aún saber las repercusiones que los planteamientos de Raúl Valles tendrán en el teatro mexicano, pero es seguro que no pasarán inadvertidos.

 

 

Ricardo

Literatura

Nosotros somos los culpables: el teatro como medio de transformación social

por Ricardo Ruiz Lezama 6 junio, 2017

México vive en una crisis de derechos humanos y resquebrajamiento paulatino del tejido social desde hace mucho tiempo. El Estado, que debería garantizar la seguridad de los ciudadanos, no parece poder hacer mucho en contra de los males que azotan al país, incluso en muchos casos es él mismo quien lleva a cabo dichos atropellos. Como mencionó Judith Butler en la conferencia que dictó en Ciudad de México en 2015, los cuerpos de los mexicanos se encuentran en una situación precaria, de suma vulnerabilidad. Escenario que no ha cambiado. La probabilidad de regresar a casa sano y salvo cada día es reducida, dormir en nuestras camas al llegar la noche es un hecho azaroso. Si lo pensáramos dentro del universo de la física cuántica, estamos vivos y muertos como el gato de Schrödinger; en un universo paralelo nuestros seres queridos ya están llorando frente a nuestro cadáver, eso si fuimos encontrados. En esta sociedad desesperanzada, ¿qué lugar ocupa el teatro?

Es difícil hablar de un deber ser del teatro porque, ¿en dónde quedaría la libertad y la multiplicidad de miradas? Sin embargo no podemos obviar que esencialmente el teatro es quehacer político por su  carácter público, por lo tanto tiene una responsabilidad con su contexto, se quiera hacer cargo de ella o no. Considero que esta responsabilidad es mayor en países como México en donde gran parte del teatro que se hace es con dinero de la sociedad. Ante las problemáticas políticas y sociales por las que el país está atravesando, ¿cómo se ha posicionado el teatro institucional? (El cual, reitero, es subvencionado por los ciudadanos.) Y por otro lado, los demás artistas que gestionan sus propios proyectos, ¿qué postura han tomado en todo esto? Al teatro comercial ni lo cuestiono porque es una empresa privada, con todo lo que esto implica.

Como bien ha dicho el dramaturgo Humberto Robles en su texto El teatro en tiempo de canallas, es muy poco el teatro que se hace en México que da cuenta de la realidad que se vive en el país. La mayoría de las puestas en escena no dialogan con el presente que estamos viviendo, están procurando una omisión cómplice, voluntaria o involuntariamente. No quiero que se me malinterprete. No pienso en un teatro amarillista que muestre lo mismo que vemos en las noticias, porque de hecho un teatro así no estaría realmente comprometido con nuestro contexto. Los sucesos como se muestran en las noticias simplemente son un método de dominación del poder hegemónico mediante el miedo, como señala Žižek.

En lo que pienso es en un teatro que nos permita esclarecer los acontecimientos nacionales posibilitando una reflexión proclive  a transformarse en acción social que devenga en cambio, todo lo contrario a un teatro que mediante el miedo nos mantendría pasivos como hacen las noticias detalladas de las tragedias diarias, que no solo nos mantienen paralizados ante el horror sino que nos han ido deshumanizando. Una muerte más -pensamos-, qué más da si todos los días muere tanta gente en este país. En contra de esto pienso en un teatro que nos devuelva nuestra humanidad, nuestra capacidad de ser empáticos con el otro.

Mis pensamientos no son una aspiración utópica, no estoy especulando en un teatro que no existe, estoy hablando de obras concretas que están luchando por construir un mejor país, desde el lugar que el arte pueda hacerlo. Afortunadamente no son pocos los artistas mexicanos que han tomado esta lucha con sus creaciones. El mismo Humberto Robles con su obra Nosotros somos los culpables es un ejemplo de esto.

Robles es uno de los dramaturgos mexicanos más representados en el mundo. La mayoría de sus obras invitan a la reflexión desde diversos géneros como son: la tragedia, la comedia, la farsa, el cabaret o el teatro documental. Es un autor que está convencido del compromiso que tienen los artistas con la sociedad. Exhorta con urgencia a crear y promover lo que él llama teatro útil, manifestación artística que, en palabras suyas, consiste en “escribir y llevar a escena los temas sociales de la actualidad”, teatro como “herramienta a favor de la más elemental justicia, de los derechos humanos, contra el olvido y la impunidad”.

ABC

Nosotros somos los culpables es una dramaturgia documental que trata sobre el incendio ocurrido en la Guardería ABC el 5 de junio de 2009. “Siniestro que dejó un saldo de 49 bebes muertos (25 niñas, 24 niños) y otros más de 70 con lesiones respiratorias, en corazón y físicas que los dejarán marcados por el resto de su vida”.[1]

La obra no toma los sucesos para hacer un espectáculo del sufrimiento, más bien,  es una radiografía de la corrupción y la impunidad en México. No puede dejar a un lado el dolor que esta desgracia provoca, eso sería inhumano, pero no se queda ahí, este texto es un grito que clama por justicia. Mediante los testimonios de los padres, de las autoridades, del expresidente en turno y su esposa, de los dueños de la guardería, y, en fin, de todos los involucrados de alguna manera en este suceso, esta obra exhibe los mecanismos por los cuales no puede llamársele a esta desventura una tragedia, “porque éstas corresponden a caprichos terribles de la naturaleza […] o a fallas técnicas o humanas que provocan muertos y heridos. Aquí hay un crimen colectivo de larga data, que comenzó mucho antes del día del incendio y que todavía no termina”.[2]

La corrupción, el tráfico de influencias y la negligencia, son los que ocasionaron que el Estado concediera la autorización a los dueños del jardín de niños de abrir una guardería que no cumplía con los requerimientos indispensables para constituirse como tal, haciendo caso omiso de que la escuela no realizó las adecuaciones que se prescribieron. Existen una clara serie de omisiones e incumplimientos, pero hasta la fecha sigue sin haber justicia para los padres, sigue sin castigarse a los responsables.

Nosotros somos los culpables nos recuerda que detrás de cada cifra de muertos, existe un nombre y detrás de ese nombre una historia, una persona. Es sin duda una herramienta que nos contacta con el horror que siempre deberían causar las muertes. ¿Cuántas muertes más serán necesarias para darnos cuenta que ya han sido demasiadas? Pregunta la obra. Después de leerla terminamos convencidos de que ya han sido suficientes.

Esta dramaturgia también se pregunta por los culpables de estos hechos.  Y la respuesta está contenida en el título. Somos seres colectivos, algo de nosotros se pierde en los que se van. Yo soy responsable por el otro, porque sin el otro no puede haber yo. Lo que les pasa a unos, nos pasa a todos. Esta obra nos recuerda que solo juntos y reconociéndonos mutuamente indispensables podemos aspirar a construir un mejor país, el México que nos merecemos.

Ricardo

 

 

 

 

[1] Información disponible en: http://www.movimiento5dejunio.org/abc/about/

 

[2] Tomado de diálogos de la obra.

Literatura

«La indagación» de Peter Weiss

por Ricardo Ruiz Lezama 1 junio, 2017

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, sentenció, Adorno. Después de la atrocidad solo queda el silencio. Lo innombrable hace su aparición. No hay palabras capaces de dar cuenta de  semejante brutalidad y cualquier intento por embellecer al mundo después del Holocausto podría percibirse como un acto siniestro, de una crueldad casi cómplice.  Pero el arte no murió después de tanta ferocidad; siempre se rehúsa a desaparecer, se aferra a subsistir aún en el más extremo sinsentido.

Las palabras de Adorno son ciertas, acaso de manera parcial; después de sucesos tan funestos, el arte como lo conocíamos no podía seguir siendo igual, por la simple razón de que el mundo tampoco volvería jamás a ser el mismo. La poesía en estas etapas desgarradoras de la humanidad  se transforma entonces en la expresión del horror.  Tal como hace el texto dramático La indagación de Peter Weiss,  obra documental que da cuenta del espanto que significó el genocidio nazi.

Luis Acosta en su libro El drama documental alemán piensa este teatro como el resultado de la evolución de una búsqueda de distintos dramaturgos por dejar a un lado el drama individual e intentar utilizar al teatro como una herramienta capaz de generar pensamiento crítico en torno a lo social. En dicha búsqueda, Acosta, sitúa al inicio a Schiller, pasando por Georg Büchner y Karl Kraus, hasta llegar a su forma más depurada con Weiss, sin duda un autor fundamental del teatro documental.

Si bien el género documental no surge directamente como respuesta al Holocausto, sí lo hace para responder a las diversas problemáticas de su contexto; estas dramaturgias  nacen como una forma de colocar al arte en un lugar activo y revolucionario dentro de la sociedad. En ideas de Weiss, el teatro documental tiene la función pública de dar información verdadera pero desde una mirada crítica, exponer la realidad para contrastarla con el relato, mostrando así las contradicciones y mentiras.

La indagación es una reconstrucción de los juicios realizados en contra de los políticos y funcionarios nazis que operaban los campos de concentración. Weiss asistió  a las sesiones públicas del proceso, documentó toda su experiencia y a partir de esa información creó uno de los testimonios más crudos y punzantes de uno de los sucesos más aterradores de la historia de la humanidad.

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La obra de Weiss es magistral en muchos niveles. El primero es su forma de desestabilizar al lector, pues al tratarse de información verdadera, la apreciación de los hechos cobra dimensiones quizá inalcanzables para la ficción, porque frente a la verdad ya no queda nada por decir ni por hacer. Así, Weiss, nos deja indefensos como interlocutores, no hay forma de evadirnos pensando “solo es teatro”; quedamos totalmente vulnerables contemplando al ser humano en toda su miseria, en su descomunal capacidad de destruir, desnudo de toda humanidad.

La precisión con la que Weiss capturó con su pluma las declaraciones, tanto de los causantes de las atrocidades como de los que las vivieron, es tan contundente que uno se siente transportado, no solo al juicio, sino al sitio donde tuvo lugar tanto sufrimiento. Las nítidas  imágenes de las narraciones generan una sensación tan vívida que podemos percibir miradas, olores, gritos. De este modo el texto no es simplemente una recopilación de testimonios sino que alcanza el nivel de obra de arte al conmocionarnos hondamente.

Weiss no se guardó nada. Describió puntualmente cómo se comía, se dormía, se defecaba, el orden de este nuevo mundo que fue Auschwitz para los condenados, las dinámicas para sobrevivir, todo está escrito con excesivo detalle, lo cual supone que una puesta en escena de La indagación duraría poco más de ocho horas. El dramaturgo era consciente de que no quería entretener, sino hastiar a la gente. Y cómo no hacerlo si coincidimos en que  el sufrimiento no debería ser un espectáculo burgués ni por tanto placentero.

El horror de los acontecimientos va creciendo conforme avanzamos en la lectura; página a página todo se va volviendo insoportable, tanto que es difícil no abandonar el texto en múltiples ocasiones; tanto que lamentable y afortunadamente La indagación se vuelve una herida  que nos acompañará para siempre. Lamentable porque tomar conciencia de tanta barbarie es una experiencia profundamente dolorosa; afortunada porque Weiss logra sensibilizarnos con el tema más allá del morbo. Solo queda la certeza de que algo así nunca debió haber sido vivido por nadie y que no debemos permitir que se repita en ninguna parte del mundo.

la indagación

La indagación es una lectura indispensable, como documento histórico, como creación artística[1] y como medio para, si no comprender, al menos enunciar la catástrofe. Solo quitándole a los actos su imposibilidad de ser articulados podemos aspirar a que, nombrándolos,  estos puedan ser asumidos, esperando de igual modo entender algo, por minúsculo que sea, de la esencia del ser humano y a partir de ahí quizá comenzar a cambiar un poco de este planeta que se cae a pedazos. Lo que no se visibiliza no puede ser transformado.

La indagación es una dramaturgia  recomendable solo si se tiene el valor de estar frente al horror. Definitivamente no se trata de una experiencia agradable ni tranquilizadora como suelen serlo la mayoría de los productos del mundo del entretenimiento. Creadores como Weiss no buscaban ni buscan que sus creaciones sean bellas, si no verdaderas y de ese modo repercutir en la colectividad. Es difícil pensar que la belleza pueda dar cuenta fiel de sucesos tan execrables, en estos casos no hay nada por embellecer. Lo aborrecible es y debe permanecer repugnante para que no se nos olvide su abyección. La memoria es fundamental para poder crear futuros que no terminen siendo, en el fondo,  pasados que se repiten.

Respondiendo a Adorno, después de Auschwitz puede y debe haber poesía que no sea un acto de barbarie, pero para esto las manifestaciones que surjan no pueden fingir que el mundo sigue igual, no pueden guardar silencio cómplice. Después de Auschwitz la única poesía posible es la denuncia.

Ricardo

[1] Esta dramaturgia es muy valiosa en el campo del arte por muchas razones: cuestiona, tanto la utilidad del arte como el efecto que provoca; reconfigura la relación del espectador con el objeto artístico; amplía las posibilidades de lo dramático y lo teatral. En la historia del teatro hay un antes y un después del teatro político y documental alemán, grandes artistas del mundo, sabiéndolo o no están en deuda con él. En Latinoamérica tenemos importantes referentes: Lola Arias en Argentina y Las lagartijas tiradas al sol en México, por nombrar algunos.

Reseñas

Nada siempre, todo nunca

por Ricardo Ruiz Lezama 22 mayo, 2017

Del teatro que aspira a ser presente irrepetible hay dos tipos que pueden reconocerse fácilmente dentro de las infinitas posibilidades de lo teatral. Uno es el que es irrepetible por una técnica actoral en busca siempre de la frescura y la sorpresa, otro es el que mediante la participación directa de los espectadores cada función es diferente. La obra Nada siempre, todo nunca del Colectivo Macramé es un ejemplo de esto último.

Digo obra al referirme a esta experiencia por nombrarla de algún modo, pero más que una puesta en escena, me atrevería a llamarla una convivencia. Más que un montaje parece una reunión de amigos en donde se jugara algún juego de mesa y conforme transcurre la velada se llegara, como pasa con las amistades profundas, a compartir nuestro universo íntimo: sueños, miedos, alegrías. En esto radica la singularidad y fuerza de esta propuesta.

«¡Oh no, una obra interactiva!», seguro exclamó alguien que esté leyendo esto. No pienso dar detalles específicos de lo que sucede pero lo que puedo decir es que es interactiva de una forma gentil con el espectador. En lo personal me incomoda que me hagan participar de una función pero acá mi incomodidad desapareció conforme avanzó la noche. A los que crean que una experiencia de estas características es insoportable, les recomiendo que si algún día piensan animarse a asistir a algo así, lo hagan con esto. En una de esas se dan la posibilidad de jugar y disfrutar. Y lo mejor es que, de asistir, nadie va a obligarlos a participar si al final no se deciden. 

No sabía lo que iba a ver esa noche que vi Nada siempre, todo nunca, y al principio de la función no sabía por qué aún seguía ahí, pero en mi caso y sin duda en el de muchos más espectadores resultó una velada inolvidable. Vernos, escucharnos e interactuar fue una forma de volver a darnos cuenta que, aunque seamos desconocidos, no estamos solos en este mundo y que otras maneras de encontrarnos son necesarias. 

COLECTIVO MACRAMÉ AGRADECE AL FONDO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES  EL APOYO PROPORCIONADO PARA LA REALIZACIÓN DE ESTA OBRA.

ricardo

Literatura

Perla Szuchmacher. El teatro para niños como un acto revolucionario y lúdico

por Ricardo Ruiz Lezama 21 abril, 2017

 “La humanidad debe al niño lo mejor que puede darle”, esta frase profundamente esperanzadora podemos leerla dentro de las consideraciones escritas en la Declaración de los derechos del niño. Este mes se celebra el día del niño en México y me parece oportuno recordar que los días nacionales e internacionales no existen simplemente para tener días feriados o hacer actividades recreativas en las escuelas. Estos días existen para luchar contra el olvido, mayor enemigo de las revoluciones y el desarrollo humano.

“En 1959, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño. Este reconocimiento supuso el primer gran consenso internacional sobre los principios fundamentales de los derechos del niño”.[1] Esta declaración básicamente plantea el valor que tienen los niños para la humanidad, así como el cuidado que merecen sin excepción alguna de “raza, color, sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento, ya sea del propio niño o de su familia”.[2]Todos los niños del mundo merecen lo mejor, por lo tanto la celebración de su día no puede dejar de ser un acto revolucionario, además de lúdico, considerando la esencia de la infancia. En esta reflexión hablaré sobre una dramaturga que cumple estas características con su producción: Perla Szuchmacher.

Yo ya no era un niño cuando tuve contacto  por primera vez con la producción de Perla. Fue durante la universidad  que junto con unos compañeros hicimos una obra suya como examen final para una materia. Yo en ese tiempo todavía no había refinado mi conciencia sobre lo político, por lo que aquella dramaturgia, El rey que no oía pero escuchaba, simplemente me parecía divertida y entrañable. Características por sí mismas valiosas para el teatro, pero que no dan cuenta total de lo extraordinario de la obra.

Años después vi una puesta en escena de la obra Malas palabras en el Centro Nacional de las Artes. Perla había escrito y dirigido aquel montaje. Mi admiración creció. Aquella obra tocó las fibras más sensibles de niños y adultos y estoy convencido que quedó inscrita para siempre en la memoria de muchos de los asistentes. Me gustaría ahondar sobre esto pero cuando el teatro acontece, las palabras son insuficientes.

Ahora, muchos años después, la editorial Paso de Gato editó una selección de las obras de esta dramaturga. Confieso que este texto iba a ser solo una reseña de las dramaturgias incluidas en esa compilación pero al final decidí escribir esta reflexión.

Reencontrarme después de tantos años con el trabajo de Perla fue una grata sorpresa en muchos sentidos. El primero, poder leer esa obra que me había estremecido hondamente aquella tarde en el Teatro de las Artes. Mi impresión fue mucha al darme cuenta que en su dramaturgia está vibrante la potencia de lo escénico. Y no solo en ese texto, sino en todos, las palabras emocionan de lo vivas que están. Malas palabras es un texto sumamente sobrecogedor.

Así fui recorriendo cada texto de la obra de Perla Szuchmacher.[3] Contactando con eso que llaman el niño interior. Conmoviéndome, riéndome y ahora además logré percibir un rasgo fundamental de estas dramaturgias: el compromiso social con los niños. Poniendo a discusión diversas problemáticas, como los roles de género en obras como Vieja el último y A la mar fui por naranjas; la diversidad de familias en Malas palabras, el bullying en Lotería, la homosexualidad en Príncipe y príncipe, la justicia social en El rey que no oía pero escuchaba, por referir unos cuantos.

Me atrevo a afirmar que la dramaturgia de Perla Szuchmacher tiene unas dimensiones brechtianas en cuanto a su compromiso con el teatro y lo político. Son obras entretenidas, como Brecht define debe ser el teatro en El pequeño órganon […] y a su vez son obras que apelan a la inteligencia de los niños, tratando temas fundamentales desde una óptica rupturista ¿Cómo es una familia? ¿Cómo debe ser una relación de pareja? ¿Cuáles son las cosas que debes hacer según tu género?   Estos y más cuestionamientos hace Perla con sus obras, abriendo la visión a nuevas posibilidades en donde siempre prevalece la tolerancia y el respeto. Un teatro revolucionario y humanista.

Sin duda este día del niño puede ser un buen pretexto para acercarse a la producción de Perla Szuchmacher. Tanto a sus textos dramáticos, recomendamos ampliamente el trabajo que está haciendo Paso de Gato para con el teatro mexicano y latinoamericano en general, así como también recomendamos estén pendientes del Proyecto Perla que busca difundir la obra de esta autora mediante puestas en escena a cargo de su hija y gran creadora teatral, Micaela Gramajo.

Perla Szuchmacher es una autora que nos ha dejado un legado de obras que aspiran a la construcción de un mundo mejor, un mundo donde quepan todos los niños del mundo. En estos tiempos de muros reales e invisibles, obras así siguen siendo profundamente necesarias.

Ricardo

[1] http://www.humanium.org/es/declaracion-1959/

[2] http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/RES/1386%20(XIV)

[3] SZUCHMACHER, Perla. Las buenas y las malas palabras: obras selectas de Perla Szuchmacher / prólogo, selección y compilación de Olga Harmony.—México: Toma, Ediciones y Producciones Escénicas y Cinematográficas: INBA: CONACULTA: Paso de Gato Ediciones y Producciones Escénicas, 2012.

Reflexiones

Leer o no leer teatro

por Ricardo Ruiz Lezama 6 febrero, 2017

Hace tiempo uno de nuestros seguidores de la página comentó que no le gustaba leer teatro, nosotros le recomendamos algunos textos dramáticos e inmediatamente apareció otro seguidor para pronunciarse con una sentencia lapidaria: “El teatro no está hecho para ser leído”. Sí, esto último es cierto hasta cierto punto; si revisamos la historia del teatro podemos descubrir algo que ha permanecido casi intacto; la prioridad del teatro, su razón de ser, es el encuentro presencial. ¿Pero entonces los textos son meras reminiscencias de acontecimientos ya perdidos para siempre?

Descreo de toda afirmación absoluta en los terrenos del arte. “El teatro es…” “El teatro ‘sirve’ para…”. Por ello, por mi costumbre habitual de dudar, no me pareció convincente aquella afirmación de que el teatro no está hecho para ser leído. Quizá el teatro existe para el convivio entre personas, pero eso no significa que una dramaturgia carezca de valor propio como fenómeno artístico. Creo que el teatro leído puede brindarnos una experiencia estética, nunca capaz de sustituir la experiencia presencial, pero sí capaz de conmovernos.

Para el gran dramaturgo y maestro de dramaturgos Mauricio Kartun un texto dramático clásico es una braza que espera su oportunidad para arder nuevamente sobre la escena. Los posibilitadores de que aquella flama cobre potencia renovada pueden ser tantos, tan variados, y diversos que no podemos enlistarlos todos –de intentarlo caeríamos en la trampa de la simplificación por medio de categorías-, pero mencionaré uno para ejemplificar: el contexto puede revivir alguna dramaturgia por tener resonancias con el tiempo en que la obra fue escrita. Del mismo modo pienso que un texto dramático, no solo clásico sino también alguno que tenga potencial de vida, de ser encarnado entrañable y poderosamente, tiene la capacidad de arder en la mente y corazón de quién lo lee. Shakespeare puede ser un ejemplo de esto. Yo francamente nunca he tenido la fortuna de estar frente a una puesta en escena de Shakespeare que sea un acontecimiento, pero sus textos arden, muchas frases -aún en las traducciones-, muchas de las situaciones y conflictos planteados por el bardo son capaces estremecernos y dejarnos meditativos o eufóricos como un buen poema o una gran novela. Y sí, no es teatro propiamente dicho, pero es un suceso literario.

Es cierto que por las características del teatro, la escritura dramática es una escritura incompleta -como recuerdo haber leído que afirmaba en una entrevista del dramaturgo, director y actor argentino Rafael Spregelburd-. Es una escritura incompleta porque al estar pensada para un cuerpo y un espacio, siempre necesitará del lector una exigencia mayor pero también creo que con la práctica uno puede llegar a leer teatro fluidamente y sin dificultades, disfrutándolo e imaginando.  Con lo cual estoy a favor y recomiendo el acercamiento a la dramaturgia como una posibilidad estética. Sí, es cierto que leer teatro no es tener la experiencia del teatro pensándolo desde la idea del acontecimiento planteada por Badiou, la lectura nunca remplazará eso inexplicable que produce asistir al teatro, aquel contacto con el misterio, con aquello milagroso que nos hace volver a intentar revivir la sensación de asombro asistiendo a una función tras otra hasta recuperarlo o repetir infinidad de veces un mismo espectáculo, pero  siendo francos a veces el acontecimiento  ni  en el teatro mismo sucede y uno está en la butaca queriendo hacer zapping. Nada, ni ir al teatro ni leerlo, garantiza una experiencia trascendente, pero sin duda en la lectura de teatro algún día encontrarán alguna puerta a sensaciones nuevas y maravillosas que los harán querer repetir la experiencia.

ricardo

Reflexiones

Stanislavski ha muerto

por Ricardo Ruiz Lezama 5 enero, 2017

I. Algunos pensamientos previos

 

Este mes en que se conmemora el nacimiento de Stanislavski me puse a pensar en mi relación con él, sus enseñanzas, sus reflexiones… Haciendo memoria, busqué y  di con este texto que escribí hace algunos años, cuando todavía era estudiante de la licenciatura en actuación. Viendo la fecha de publicación descubro con sorpresa que no pasó tanto tiempo, siento como si hubiera sido mucho más.

Surgió como propuesta de un maestro con el que tenía unas pláticas muy  enriquecedoras cada que nos encontrábamos en la cafetería de la escuela. -“Escribe algo, lo que quieras, en relación con tu experiencia como estudiante u otra cosa. Algo como nuestras pláticas” -fue su propuesta. El resultado: esta reflexión. Siempre le estaré agradecido a aquel maestro por esas inolvidables charlas y por la oportunidad y el espacio para decir lo que sentía en aquel momento. Quedé en escribirle algo más, aún sigo buscando las palabras.

No sé si hoy en día sigo tan de acuerdo con esto que escribí, es ajeno y cercano, me reconozco y no. Mucho lo discutiría, ¿o acaso justificaría? Tal vez simplemente me he vuelto menos vehemente, más correcto. Aunque ya no sé qué tanto soy el mismo, hoy le pongo mi nombre a estas palabras que en su momento se publicaron como anónimo.

II Stanislavski ha muerto[1]

 

A quién lo lea:

 

Te comparto, desconocido lector, un recuerdo. Un joven estudiante sentado en la cafetería de una escuela de teatro escuchando algo que no debería oír. Profesores y alumnos hablando mal de otros colegas y compañeros. Ese joven escucha cómo aquellos profesores y alumnos hablan mal de una obra de la escuela y dicen, además, que los estudiantes que participan en ella son lo peor que le pudo pasar al teatro. El joven no puede evitar preguntarse si sus maestros hablarán de él de esa misma manera. -Si los estudiantes somos tan malos, por qué no desaparecemos las escuelas de arte- se pregunta aquel joven estudiante.

¿Nadie se ha preguntado si las escuelas y los maestros son los que realmente no sirven para formar artistas? Mamet dice al respecto: “La educación formal para el actor no sólo es inútil, sino que es perjudicial. Acentúa el modelo académico y niega la primacía del intercambio con el público… La escuela nos enseña a obedecer y la obediencia en el teatro no os llevará a ningún sitio…”[2] ¿Por qué la culpa, entonces, se le adjudica siempre al estudiante? ¿Acaso él no va con total disposición siguiendo una promesa que no se cumplirá? No salimos artistas de la escuela de arte. Pero todos lo sabemos, maestros y alumnos (alumnos que no se auto engañan, claro), sin embargo pasamos de primero a segundo, de segundo a tercero y egresamos. Escuchamos a los maestros, no todos, hablar mal de tal o cual alumno y colega. Y no se hace nada. No se es riguroso con la verdad. Las escuelas necesitan un mínimo de estudiantes para poder funcionar (encima de para poder validarse ante el Estado). Ya lo dijo Stanislavski en su autobiografía: “Sin dotes y sin talento no se debe ir al drama. En la escuela de arte dramático no es así. Allí se hace indispensable tener un mínimo de estudiantes que pagan por sus estudios. Y no todo el mundo que paga tiene talento ni se puede convertir en actor… Pagan los que tienen menos aptitudes o los que carecen de ellas. Ellos sostienen materialmente a la escuela, mantienen a los profesores y proporcionan calefacción al piso. Y este es el resultado: para dar formación a un dotado es necesario engañar a cientos de incapaces.”[3] Pero cómo sabemos si somos un dotado en formación o un incapaz engañado. En quién confiar si los maestros no terminan de ponerse de acuerdo y para unos somos maravillosos y para otros no tenemos esperanzas, o peor aún, nos aprueban, pero luego nos enteramos que lo hacen sólo para no cargar con la responsabilidad de reprobarnos. Cómo confiar en ellos si sus juicios muchas veces se ven afectados por la empatía o antipatía que tengan hacia nosotros. En qué confiar entonces si este es, asimismo, un país en el que se aplauden nombres y no propuestas, sin olvidar que aquí la cortesía es más valiosa que la exigencia por la honestidad artística.

Egreso de la licenciatura en actuación viendo con tristeza que Stanislavski ha muerto. Salimos de la carrera sin haber logrado a veces ni un momento de verdad. Diciendo te amo en escena y apenas mostrando el más insignificante aprecio y viendo cómo todos jugamos otro juego que no es el del verdadero teatro (el juego de la verdad), sino el juego de hacer como que hacemos y sonreír complacientes aceptando nuestra mentira. A final de cuentas el público va a nuestros exámenes, se sienta y aunque se duerma se despierta para aplaudir. Nosotros hacemos como que actuamos y el público hace como que es espectador. Ese es el nuevo juego del teatro aprendido en las academias: el sinsentido y el vacío. Lo desolador de esta situación es que estas dinámicas nacidas de las escuelas se extienden al teatro profesional.  No hablo de todas las producciones del país, pero como le oí una vez a alguien: “Sí, México tiene una de las carteleras más grandes del mundo, ¿pero cuánto de ese teatro vale la pena?” ¿Desde hace cuánto que el teatro podría haber dejado de existir en nuestro país y su pérdida sólo la lloraríamos los creadores? O tal vez ni nosotros.

Stanislavski ha muerto. Las escuelas de teatro se erigen sobre su cadáver.

 

ricardo

 

 

[1] Texto publicado en la revista mensual Santo y Seña. No 22 Agosto 2014. Año 2. Pp 10-11

[2] MAMET, David. Verdadero y falso. Herejía y sentido común para el actor. Traducción: Josep Costa, Alba Editorial, colección Artes Escénicas, España, 2011, p.24.

[3] STANISLAVSKI, Konstantín. Mi vida en el arte. Traducción: Jorge Saura y Bibicharifa Jakimziánova, Alba Editorial, colección Artes Escénicas, España, 2013, p.99.

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