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crítica teatral

Reflexiones

El sexo indecible: El impacto de la misoginia sobre la crítica escénica

por Zavel Castro 8 octubre, 2020

A Isabel Margarita, Jimena, Mariana, Masu, Mónica, Nora y Paty

 

Los esfuerzos por desarmar el patriarcado y reconstruir la estructura de nuestro sistema de producción artística desde una perspectiva feminista son de primera necesidad y de extrema urgencia. La violencia sistemática ejercida en contra de las mujeres en cualquier ámbito profesional  es brutal, cruel y evidente.  Pues como dijo Marianella Villa en su  brillante participación  en las jornadas preparatorias del Congreso Nacional de Teatro: “[…]  las mujeres en el gremio teatral vivimos una realidad alarmante, padecemos una serie de violencias y por supuesto, no estamos incluidas en el libre desarrollo de nuestra profesión, la igualdad de condiciones es para nosotras una falacia y la discriminación y las diversas violencias golpean nuestro quehacer.”[1]

Desde hace tiempo buscaba articular un texto que me permitiera expresar lo que he intuido desde hace años respecto al impacto que la normalización de la misoginia ha tenido sobre la crítica escénica.[2] Especialmente ahora, cuando la abundancia de blogs escritos por críticas, dramaturgas, actrices y espectadoras pudiera servir para ocultar o desdibujar la violencia que persigue la práctica del pensamiento e interpretación de una obra artística cuando no es realizada por un hombre.

Conviene buscar en la historia indicios de la aversión de los hombres hacia la figura de la mujer como guía intelectual.  Remontándonos al año 54, nos encontramos con la Primera Epístola a los Corintios escrita por Pablo de Tarso, conocido por ser uno de los propagandistas más enérgicos del cristianismo. En la carta, el apóstol prohibe a las mujeres cualquier tipo de expresión verbal en público: “[…] porque no les está permitido hablar. Deben estar sometidas a sus esposos, como manda la ley de Dios […] Y si no lo reconoce, que tampoco se le reconozca.”[3] Justificando su prohibición en su Primera Carta a Timoteo: “La mujer debe escuchar la instrucción en silencio, con toda sumisión; y no permito que la mujer enseñe en público ni domine al hombre.”[4] Graciano insistiría en ello 1086 años después, diciendo que “ni siquiera” una mujer erudita y santa podría atreverse a instruir a los hombres en la asamblea.[5] La influencia de este mandato es incalculable porque condensa los intereses patriarcales que demandan que la mujer no hable y que de lo contrario, su atrevimiento será asociado con la insubordinación. Quiero dejar en claro que la prohibición no comenzó con Pablo y Graciano, sino que para cuando  ellos se pronunciaron públicamente en contra de la opinión de la mujer, estaban haciendo eco de una tradición y representando un deseo colectivo.

Algunos hombres querrán negar con elocuencia este punto, pero basta observar su reacción frente a las críticas, especialmente cuando no  escriben para elogiarlos, ni para señalar la grandeza de sus creaciones. Cuando una mujer utiliza la crítica para cuestionar o problematizar una obra, vislumbrando tanto los aspectos luminosos como los oscuros, (especialmente si la oscuridad se relaciona con cuestiones éticas), los hombres del medio simplemente dejan de compartir esos textos colectivamente,  un grupo de hombres dejan de seguir esos blogs,  porque entre todos han llegado al consenso que determina que esos espacios “no valen la pena”, porque no dicen lo que ellos quieren que digan, porque no les sirven para reforzar su halo de genialidad, porque no devienen en piedras que les permitan construir sus monumentos, porque no están escritos desde la idolatría y la sumisión (ellos crean-nosotras aplaudimos). Las estrategias de violencia que utilizan son el menosprecio y la invisibilización colectiva, como sucedáneo de la destrucción de los testimonios que antes podían realizar: “Para imponer la exigencia de Pablo primero debieron destruirse todos los testimonios de mujeres que habían hablado, es decir, mujeres comunicadoras en un sentido cultural, puesto que existían abundantes ejemplos de mujeres predicadoras […]”[6] Debido a que ya no pueden destruir los testimonios, toman la decisión colectiva (es necesario insistir en este punto) de dejar de compartirlos, pues en su mente, todo lo que ellos no nombran o no muestran, no existe. Porque según ellos, de ellos depende el reconocimiento y nada vale la pena sin pasar el filtro de su aprobación. No hay que olvidar la fidelidad que ellos guardan hacia el milenario pacto patriarcal, donde es mejor no compartir la opinión de una mujer que pueda comprometer a la manada.  Entre todos se cuidan las espaldas. Dirán que esto no puede ser cierto e intentarán dar fe de su apoyo a las críticas escritas por mujeres, intentando demostrar que ellos siempre han admirado a tal o cual, pero una vez más, basta mirar de cerca, leyendo los escritos que dicen respaldar (aprobar, sería más justo):  rápidamente nos daríamos cuenta que todos esos escritos son halagos hacia sus obras con tintes de sapiencia.

Las mujeres que los hombres y las policías del patriarcado[7] están dispuestxs a reconocer como autoridades en el pensamiento escénico deben ser sus aliadas antes que cualquier otra cosa.  El castigo por no hacerlo, por la insubordinación, es la exclusión de la esfera de poder en la que solo tienen cabida los grandes maestros y sus cómplices (ellos la regla, ellas la excepción). Poco pueden hacer cuando a la crítica no le interesa acceder a esas esferas, cuando no es el propósito que guía su práctica, pues estas voces aprovecharan las grietas de su sistema imperfecto para irrumpir, sin que ellos y sus cómplices femeninas puedan impedirlo. Ha pasado (lo cierto es que, a menudo, suelen ser menos poderosos y poderosas de lo que aparentan).

Cuando la fierecilla no puede ser domada y  no se conforma con el permiso que, de vez en cuando, se le otorga de romper su voto de silencio y sumisión, para engrandecer los logros de los «maestros» (siempre en masculino), aparece como una criatura amenazante a la que se le percibe simbólicamente como una vagina dentata, que, “Allí donde aparece […] amenaza al pene con convertirlo, arrancándolo de un mordisco, en aquello a lo que la mirada fálica ha degradado a la vulva, esto es, una ausencia, un agujero, un espacio en blanco.”[8]  Esta condición amenazante fue reconocida y explicada con lucidez por Virginia Woolf quién detectó en el incansable trabajo de los hombres por menospreciar la expresión femenina, guiado por un “…interesante y oscuro complejo masculino que ha tenido tanta influencia sobre el movimiento feminista; este deseo profundamente arraigado en el hombre no tanto de que ella sea inferior, sino más bien de ser él superior.” [9]

La historia de la oposición de los hombres al derecho de libre expresión pública de las mujeres tiene que ver con esta necesidad de sentirse superior, para lo cual necesitan hacer sentir a las mujeres que son inferiores. No es casualidad que las grandes autoridades de la crítica actualmente sean hombres, aunque haya innumerables investigadoras con trabajos igualmente valiosos pero menos visibles y rentables. Mantener a las mujeres en un segundo plano acaso sea una de las fuentes más importantes del poder patriarcal:

 

Por eso, tanto Napoléon como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fuesen inferiores, ellos cesarían de agrandarse. Así queda en parte explicado que a menudo las mujeres sean imprescindibles para los hombres. Y también así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres; por qué las mujeres no les pueden decir este libro es malo, este cuadro es flojo o lo que sea sin causar mucho más dolor y mucha más cólera de los que causaría y provocaría un hombre que hiciera la misma crítica. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye.”[10]

 

La violencia misógina que solicita del agrandamiento de la figura del hombre a costa de la disminución de la figura de la mujer, se comprende a partir del reconocimiento del lugar simbólico que ocupa la vulva en nuestra cultura, supeditada al falo, símbolo máximo de poder cimentado en la Antigüedad, pues ya los griegos reconocían que el phallos era la fuente de toda actividad, mientras que los orificios eran simplemente sus receptores pasivos. El falo (o más precisamente la méntula) era el amuleto de Roma, los romanos inscribían en sus armas la frase Carior est ipsa mentula (Mi pene es más precioso que mi vida), las puertas de las casas ostentaban un amuleto itifálico conocido como tintinnabulum ,de bronce o de metal, que colocaban “para ahuyentar el mal”[11], las vestales romanas veneraban una figura que representaba el sexo de un hombre erecto,  los genitales masculinos estaban bajo la protección de un genio al que sacrificaban flores;  Genius era  quien engendraba.  De ahí, que sigamos relacionando a los hombres con la genialidad y que las mujeres genias suelan ser vistas como poco femeninas. Vaginas Dentatas.

 

Ilustración: Mar Aroko/ @EmeAroko

 

En Roma podemos situar los orígenes de la obsesión de los hombres por su falo como símbolo de poder y su correlativo temor a la impotencia.[13] ¿Sería descabellado pensar que esta obsesión ha llegado intacta hasta nuestros días? Basta observar una vez más el encono que los creadores sienten hacia las mujeres que los cuestionan, que opinan libremente y en público sin la intención de agradarles, pareciera entonces que las mujeres críticas amenazan su virilidad, provocándoles la insoportable idea de la detumescencia fálica. Pues si el falo no puede someter, entonces “no sirve”. La relación fálica con el poder explica que no exista un símbolo reconocible de la vagina y la vulva, “Y esto es porque el imaginario sólo provee una ausencia allí donde en otros casos hay un símbolo muy destacado.”[14], así lo reconoció Lacan. Dicho en una sola frase por Mithu M. Sanyal. “si no tienes pene no tienes órgano sexual verdadero.”[15]

Volviendo a los orígenes de nuestra ideología judeocristiana, nos encontramos precisamente con la prohibición de las mujeres de hablar en un púlpito, justificada simplemente porque “no tenían genital”.[16] Si bien, actualmente cualquiera se puede construir su propio púlpito virtual, abriendo su blog o usando sus redes sociales, lo cierto es que “las que no tenemos genital” nunca seremos escuchadas de la misma manera que los que “si lo tienen”. Prestemos atención a la manera en que los hombres cuestionan todo lo escrito por una mujer (especialmente si no es para adularlos), cómo se otorgan el derecho de corregir y burlarse de las opiniones femeninas en público y en privado, a las veces que practican el mansplaining a las autoras  a quienes les escriben directamente o aluden a sus textos para señalar sus fallas, fingiendo preocupación por su bienestar, ofreciéndose amablemente a reparar su ignorancia, diciéndoles lo que deberían haber escrito y dándoles la oportunidad de corregirlo, fingiéndose amistosos y benévolos (yo misma podría compartir alguna anécdota),   y cómo, por otra parte, cualquier hombre que abre un espacio de opinión es inmediatamente bienvenido y sus textos rara vez son cuestionados o corregidos. Ese pacto maldito.

Pensemos incluso en las premiaciones como ejercicio de legitimación, supuestamente sustentadas en el pensamiento crítico. No nos sorprendamos cuando en las semblanzas de los creadores y creadoras solamente aparezcan los premios otorgados por agrupaciones mayoritariamente integradas por hombres (sin reconocimiento como autoridades críticas, sin ocupar espacios de poder, sin  siquiera escribir en medios de circulación nacional),  y cómo, en cambio, el premio que otorga una sola mujer, con conocimientos del arte que califica,  con los mismos criterios de subjetividad, con el  mismo o mayor esfuerzo por ver la mayor cantidad de propuestas (pagando por verlas, a diferencia de las agrupaciones mayoritariamente masculinas), y  la misma intención de reconocer el trabajo artístico, no se menciona.  Si bien en este caso no se esfuerzan por invisibilizarla, porque ella misma ha reclamado su lugar,  y pueden decir que incluso les resulta «simpático» su ejercicio (¿por qué el de ella es simpático y el de ellos legítimo?),  lo cierto es que tampoco la toman en serio.  Detalles que delatan la violencia misógina.

Me resulta paradójico que la crítica escénica mexicana esté cimentada en nombres de grandes autoras y me pregunto si habrán sido policías patriarcales (y quién puede juzgarlas si tenían que encontrar la forma de sobrevivir rodeadas de depredadores)  o si al contrario habrán tenido que soportar estas mismas violencias. Haciendo eco de la admiración que expresó Virginia Woolf por las mujeres que «se atrevieron» a escribir en una sociedad machista, exclamó:  ¡Qué genio, qué integridad debieron de necesitar, frente a tantas críticas, en medio de aquella sociedad puramente patriarcal , para aferrarse, sin apocarse […]» (17). Para ellas, las que estuvieron antes, todo mi agradecimiento y mis disculpas si es que hace algunos años no supe valorar su quehacer.

Escuchemos con atención cómo se habla  de estas figuras críticas y alarmémonos cuando las anécdotas que se cuenten estén articuladas para ridiculizarlas, para evidenciar alguna falla o para menospreciarlas, y  pensemos en cómo, por el contrario, los errores de los grandes nombres masculinos, las imprecisiones, la falta de rigor  o la poca calidad de las críticas escritas por algunos hombres se omiten o se disculpan para no ensuciar su genialidad, para no minimizar sus esfuerzos, para no empequeñecer su imagen.  Sospechemos de las representaciones, de las parodias que circulan sobre la figura de la mujer que opina. A menudo veremos cómo la comedia excusa la misoginia  de personajes creados y, generalmente, interpretados por hombres vestidos de mujeres que «creen que saben cosas», de «críticas» que solamente abren la boca para ponerse en ridículo, porque lo chistoso para los creadores misóginos es que una mujer intelectual sea expuesta como una tonta (como lo que realmente es frente a sus ojos).  En el fondo ellos creen que su vicio es creer que sabe (como ellos o más que ellos) y su insoburdinación  hace a este tipo de mujeres merecedoras del escarnio. Los creadores podrán decir que es un homenaje, como cuando Derbez sostuvo que su parodia a Walter Mercado lo era, pero de nosotras, las receptoras, depende señalar las falacias y reconocer la profunda misoginia que soporta la creación de sus personajes y sus conductas. Esta razón también explica por qué resulta risible y por qué se ha viralizado el video de una mujer que se ha insertado en los círculos intelectuales, bailando, dando a entender que «baila mal», con el único fin de humillarla.

Es momento de cuestionar la violencia sistémica. Tomemos consciencia de la operación patriarcal en nuestro quehacer, dignifiquemos el ejercicio crítico, practicándolo como contrapeso del dominio machista de las artes escénicas. Dejemos de ser vestales y seamos diosas. Renunciemos a la idolatría al falo, desentendámonos de la obligación que nos inocularon de tener que agrandarlos con nuestros escritos. Sé que seremos capaces de dignificar nuestro ejercicio crítico, profesionalizándolo en lugar de banalizarlo, pues esto hace que importe poco y justifica que nos releguen a los márgenes. Dignificando nuestro quehacer, podremos elevar nuestras voces sin servilismos, sin modestia, con autonomía y valor para  protegernos  y difundirnos entre nosotras,  ahora que sabemos que no estamos solas, que ellos no nos hacen un favor al compartirnos, que no dependemos de su reconocimiento ni de su aprobación,   porque al momento que intenten reprimirnos nosotras también podemos señalarlos evidenciando su comportamiento.  Y cada quién elegirá a quién creerle.  Imaginémonos como una horda de Khalis, la diosa hindú de la insubordinación,  la única deidad que no se dejaba dominar por ningún dios ni atrapar por un sari de seda, y que prefería andar con los pechos desnudos, sin avergonzarse de su anatomía de mujer. Khali, la de la lengua afilada  asomada por su boca, diosa del pode de tomar la palabra.

 

 

 

ILUSTRACIÓN: MAR AROKO (@EmeAroko)

[1] “¿Cómo dignificar las condiciones del quehacer artístico para las MUJERES?” en: https://www.facebook.com/CDMXJornadasPreparacion3CNT/photos/pcb.1044579062626736/1044575582627084 (consultado por última vez el 12 de septiembre de 2020).

[2]  Recuerdo cuando Nora Huerta me preguntó en una entrevista de radio ¿Cuáles eran los mayores retos que una crítica tenía que enfrentar en el desarrollo de su profesión? Enfatizó el hecho de que era una mujer joven. Esa respuesta me acompañó durante mucho tiempo, pues en su pregunta reconocí simpatía y apoyo. Ella lo comprendía mejor que yo, su pregunta fue más bien un abrazo y una palabra de aliento. Lo que terminó por darme la fuerza y el coraje para animarme finalmente a escribir  este texto, como respuesta a la pregunta de Nora, es el haber estado a cargo de un taller de crítica teatral con un grupo con mujeres estudiantes que destacaban todas por su talento e inteligencia, que sin embargo, se expresaban con timidez, como quien se ha acostumbrado a pedir perdón y permiso antes hablar, como quien tiene que asumir de antemano que se equivoca para no ser tildada de arrogante, como quien tiene que fingir que sabe poco para que los hombres no la perciban como amenaza.

[3] Citado en Vulva. La revelación del sexo invisible. Pág. 75

[4] IBID, pág. 77

[5] IBID, pág. 76

[6] IBID, pág. 77

[7] El término “policía del patriarcado” refiere  a las personas que a través de sus acciones, represiones, escarnios y/o castigos, contribuyen a que el sistema patriarcal se mantenga y prospere. Tomo esta definición del capítulo “Las policías del patriarcado” del podcast de “Las desobedientes. Guerrilla con letra feminista” conducido por Marianella Villa y Liliana Papalótl: https://open.spotify.com/episode/4RWIy5ln5rQGGCr2EuMqtL?si=BG9p6LisRxWujX3A8m3Upg&fbclid=IwAR3qQ0gQZ4zjc9u1WUkf0Ee7QMvBHGI2QgvZgQxVAxzKK5CI89edqK1MEJQ (consultado por última vez el 12 de septiembre de 2020).

[8] Mithu M. Sanyal, Óp. Cit.  pág. 10

[9] Virginia Woolf, Una habitación propia. Pág. 77

[10] IBID, pág. 51 (las negritas son mías)

[11] Sin mencionar el arsenal de amuletos, colgantes, cinturones, collares, figuras con formas priápicas encontradas en las excavaciones arqueológicas.

[12] Pascal Quignard. El sexo y el espanto. España, Minúscula: 2017. Pág. 55

[13] Reconocer la relación de lo fálico con el poder podría darnos algunas pistas sobre las razones por las cuales el abuso de poder en el gremio teatral a menudo es ejercido en prácticas de violencia sexual.

[14] Citado en Mitu M. Sanyal, Óp. Cit. Pág. 7

[15] IBID, pág. 8

[16] IBID, pág. 76

[17] Virgina, Woolf. Óp. Cit, pág. 102

 

 

Fuentes citadas:

Mithu M. Sanyal, Vulva. La revelación del sexo invisible, España, Anagrama: 2012.

Quignard, Pascal. El sexo y el espanto. España, Minúscula: 2017

Villa, Marianella, “¿Cómo dignificar las condiciones del quehacer artístico para las MUJERES?” en: https://www.facebook.com/CDMXJornadasPreparacion3CNT/photos/pcb.1044579062626736/1044575582627084 (consultado por última vez el 12 de septiembre de 2020).

Woolf Virginia. Trad. Laura Pujol, Una habitación propia. España, Planeta: 2016.

“Las policías del patriarcado” en:  Las desobedientes. Guerrilla con letra feminista, conducido por Marianella Villa y Liliana Papalótl:https://open.spotify.com/episode/4RWIy5ln5rQGGCr2EuMqtL?si=BG9p6LisRxWujX3A8m3Upg&fbclid=IwAR3qQ0gQZ4zjc9u1WUkf0Ee7QMvBHGI2QgvZgQxVAxzKK5CI89edqK1MEJQ (consultado por última vez el 12 de septiembre de 2020).

Reflexiones

El ojo clínico y la apreciación escénica

por Zavel Castro 10 julio, 2020

ESTA CHARLA FUE IMPARTIDA A TRAVÉS DEL FB LIVE DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE LA UNAM EL 26 DE JULIO DE 2020

Hace apenas unos días, compartimos una entrevista con Sergio Blanco, en la cual,  decía que, para él, como dramaturgo, lo fundamental era entrenar la mirada: “Todo acto de creación está precedido por una mirada”[1]:  Como acostumbro (acaso sea un mal hábito esto de querer llevar agua a mi molino), hice viajar esta idea hacia el terreno de mi vocación para sacar a relucir el cariz poético de la coincidencia, pues, precisamente, el ejercicio de la recepción teatral también depende de aprender mirar, con sorpresa, con empatía, con potencia vital.[2]

Quiero aprovechar que me encuentro frente a un auditorio de estudiantes de medicina para pensar en la observación sensible de manera relacional, es decir, que en el desarrollo de mi charla plantearé algunas analogías entre el diagnóstico clínico y la apreciación escénica; después de todo estoy aquí para intentar establecer un vínculo, para construir un puente entre su mundo y el mío, para ello les propongo que liberemos nuestra comprensión del mundo de la categorización disciplinar, que seamos inteligentes, tal como entendía René Leriche, que en su espléndido libro sobre Filosofía de la Cirugía,  define la inteligencia como “la aptitud para captar las relaciones secretas de las cosas […] el arte de los enlaces imprevistos”.[3]

Me gustaría invitarlas a pensar en el arte y en la ciencia como fenómenos de la vida que no están separados uno del otro, como quizás nos han hecho creer nuestras autoridades académicas, sino que, de la misma manera que en nuestro cuerpo, “todo es ligazón e interdependencia”.[4] Tendríamos que ser capaces de reconocer que tanto la apreciación escénica como la medicina son actividades creativas que dependen de la observación para hacer el diagnóstico sobre un cuerpo y sus órganos. Médicas y críticas depositamos la mirada en nuestro objeto de estudio con la finalidad de examinarlo y realizar un análisis. No se trata nunca de una mera contemplación, sino que nuestras observaciones tienen siempre una finalidad reflexiva.

Habría quienes incluso se apresurarían a asegurar que la apreciación serviría para hacer un diagnóstico de una puesta en escena y que la crítica tendría la capacidad y la responsabilidad (hay quienes se dan demasiada importancia) de “curar” una obra enferma o malograda. Personalmente no suscribo a esta percepción sobre nuestro quehacer como espectadoras especializadas, pero me ha parecido pertinente mencionarla en este ejercicio de relación, para señalar una diferencia fundamental entre el diagnóstico clínico y la apreciación escénica, y es que, mientras que las médicas observan a los pacientes para distinguir lo sano de lo enfermo, y en su caso determinar la gravedad de un malestar, la observación de un espectáculo no se concentra en señalar “lo que está bien “y “lo que está mal”, pues a menudo esta distinción depende de las reacciones epidérmicas de quien observa, y el gusto, como sabemos,  es un criterio cargado de prejuicios.  Por lo tanto, es justo señalar a la subjetividad como la desigualdad  principal entre la apreciación escénica y la apreciación clínica.

Las reacciones personales inmediatas son incapaces de constituir un argumento, precisamente porque no se puede pretender alcanzar la comprensión de una pieza a partir de los límites de una experiencia que se reduce a los límites perceptivos dados por el contexto en el que se ha desarrollado el observador devenido en comentarista.  El criterio del gusto es insuficiente para realizar el diagnóstico de una obra de teatro, tanto como es inútil para detectar la causa de un malestar físico. Ninguna persona dedicada al estudio de la medicina puede determinar la salud de su paciente a partir de si le gusta la descripción de sus padecimientos o de si sus malestares lo remiten a un recuerdo sobre su propia vida.

La examinación médica ha prescindido del criterio del gusto porque sabe que es una reacción que anestesia el pensamiento, mientras que en el ejercicio de apreciación aún no hemos conseguido erradicarlo, perjudicando la práctica al frenar la potencia de la recepción reflexiva que, al resistirse a la explicación de una obra a partir de las reacciones inmediatas, tiene la capacidad de ofrecer una valoración que reanima no solo el cuerpo de la representación sino el fenómeno mismo de las artes escénicas.  Solamente cuando nos resistimos a juzgar una obra a partir de nuestro horizonte de expectativas, podemos establecer un diálogo que supere el comentario superfluo, que vea más allá de lo evidente, que sea capaz de decir algo nuevo sobre lo conocido, algo que sea distinto y valioso.

La interpretación reflexiva de una representación artística es posible a partir de la adquisición de conocimientos propios de la disciplina, a través de la teoría y de la praxis.  Tanto la medicina como la apreciación escénica dependen de un inmenso trabajo de conocimiento, de muchas horas de estudio y de ensayo. En ambos quehaceres hay que poner a prueba lo que dicen los libros para que nuestros saberes no sean meras especulaciones. La comprobación de la teoría en la  práctica es necesaria para agudizar la sensibilidad de quien observa, facultando su mirada para que sea capaz de intuir un diagnóstico o de interpretar  de una obra, según sea el caso, captando detalles significativos en un solo golpe, así como las mejores médicas son capaces de adivinar el malestar de un paciente a partir de lo que para una mirada inexperta podrían parecer  trivialidades:

“Atención a las perforaciones del cinturón: las recientemente añadidas pueden ser indicio de incremento ponderal. ¿Es una mujer que se ha pintado las uñas de los pies? Si ella misma se aplicó la pintura, quiere decir que tiene cierta flexibilidad corporal incompatible con artritis y serios desórdenes musculoesqueléticos. Fijarse bien en la distancia que hay entre la pintura y la base de la uña: sabiendo que las uñas crecen a razón de 0.1 mm al día, es posible calcular cuándo la paciente estaba todavía en condiciones de aplicarse la pintura.” [5]

 

La agudeza de la observación permite al practicante de medicina desarrollar un “ojo clínico”. Desde la Antigüedad, los médicos consideraron la agudeza visual como la herramienta más importante para el diagnóstico, por ello, desarrollaron su metodología de examinación basada en la mirada atenta. En los primeros tratados de medicina del Islam y de Grecia se reconocía la vista como el sentido más apto para alcanzar nuevos conocimientos.  El perfeccionamiento y sistematización de la captación global e inmediata de un padecimiento llegó con la era hipocrática.

Fue también en la Antigua Grecia que la mirada entrenada cobró especial relevancia para determinar la calidad de un espectáculo, pues se celebraban concursos dramáticos en los que un jurado compuesto por ciudadanos era elegido, entre otras cosas, por contar con las herramientas de apreciación necesarias para determinar quién merecía la victoria. Sin embargo, no fue sino hasta el siglo XX que la expectación fue reconocida como un elemento fundamental para la concreción de sentido de una obra de teatro. La llamada emancipación del espectador enfatizó la recepción como un ejercicio activo y creativo fundamental para el desarrollo de una puesta en escena.

El ojo clínico aplicado a la apreciación, faculta la mirada crítica del público que permite valorar un espectáculo. Desafortunadamente la valoración se ha malinterpretado como un examen que resulta en una calificación, cuando de lo que se trata es de la capacidad de comprender la experiencia de un espectáculo a partir de la captación de los elementos que la articulan y el modo en que se despliegan para poner un mundo a vivir de manera efímera. La apreciación teatral tiene que ver con la capacidad de quien observa de identificar las razones de una obra en cuestión.

Hippolyte Michaud, Theaterpublik

 

De acuerdo a Gerard Vilar, toda obra artística posee una razón funcional, una razón poética y una razón comunicativa, por lo tanto, la apreciación consistiría en el reconocimiento in situ de la función instrumental, las posibilidades de sentido, la intención y la interpretación contenidas en un objeto artístico.[6]

La apreciación escénica, como la conjunción del ejercicio del ojo clínico y de la mirada crítica,  nos aleja de la impresión inmediata y habilita nuestra curiosidad, para elaborar preguntas y ofrecer respuestas tentativas que amplían la reflexión sobre una obra de teatro.  La interpretación de una puesta, como un primer diagnóstico, no se expresa en términos de resultado definitivo, sino que habilita la comprensión de un acontecimiento que escapa del régimen de la cotidianidad.

Quise utilizar la noción del ojo clínico para explicar el entrenamiento de la mirada que nos sería útil para la apreciación escénica, pues, en ambos casos, es necesario aprehender la totalidad de un cuerpo a partir de un proceso de ingeniería inversa: el médico (como el espectador) construye una hipótesis a veces inconsciente y luego la pone a prueba mediante técnicas objetivas o según la evolución temporal del paciente. Va de arriba-abajo, de lo universal a lo particular, captando primero el fondo de la cuestión y luego la forma.[7] De cierta forma, las mismas habilidades son requeridas para realizar un primer diagnóstico clínico y una primera interpretación de un espectáculo, pues en ambas es preciso percatarse de una atmósfera general a partir de los detalles captados de manera instantánea, confiar en la intuición y dejar el campo abierto para múltiples versiones.

Salvando las distancias y sin intención de equiparar la importancia de la medicina de la que depende la vida, con la apreciación escénica que sería más bien un lujo de la razón sensible, he aproximado su vinculación a partir de la noción del “ojo clínico”, útil para comprender la importancia de la inspección atenta que nos permite detectar las sutilezas, los indicios que podrían parecer triviales para la observación descuidada.  El desarrollo de la mirada crítica como la aplicación del ojo clínico es esencial para la apreciación teatral, pues del mismo modo que una examinación irresponsable, la pérdida de condición de la vista, nos conduciría a realizar un mal diagnóstico y a ofrecer una interpretación injusta, incapaz para comprender las razones de cada puesta, calificando en lugar de reflexionar y describiendo lo evidente, en lugar de esforzarse y profundizar. Cuando se realiza de manera irresponsable, la apreciación (como la crítica) se parece a una operación quirúrgica malograda, que mutila sin llegar a curar.

 

 

 

[1] “La escritura para mí no se limita al gesto mismo de escribir palabras en un papel o en un software, sino que empieza con una mirada que deposito sobre el mundo, las personas, las cosas. Creo que todo acto de creación está precedido por una mirada. Yo le llamo mirada sensible porque creo que es una mirada que deriva del cuerpo y de la sensibilidad y no de la estricta racionalidad […], Entrenamiento dramatúrgico: Sergio Blanco, en: https://aplaudirdepie.com/entrenamiento-dramaturgico-sergio-blanco/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

[2] Recupero también estas características de la mirada creativa de la entrevista con Sergio Blanco.

[3] Leriche, René. Filosofía de la Cirugía. Madrid, Editorial Colenda, 1951, pág. 45.

[4] Leriche, René. Pág. 50

[5] “Reminisencia del ojo clínico”, en: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/reminiscencia-del-ojo-clinico Consultado por última vez el 25 de julio de 2020.

[6] Vilar, Gerard. “Las razones del arte”. Taula: Quaderns de pensament, núm. 38, 2004.

[7] Traves, Torras Francisco, “El ojo clínico”, en: https://pacotraver.wordpress.com/2009/07/26/el-ojo-clinico/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

 

Fuentes

Entrenamiento dramatúrgico: Sergio Blanco, en: https://aplaudirdepie.com/entrenamiento-dramaturgico-sergio-blanco/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

De la Puente, Cristina. Médicos de Al-Ándalus. Nivola, Madrid, 2003.

González Crussi, Francisco. “Reminisencia del ojo clínico”, en: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/reminiscencia-del-ojo-clinico Consultado por última vez el 25 de julio de 2020.

Gudiel Munte, Francisco. “Ojo clínico y evidencia científica”, en Educación Médica, vol.9, supl.1, diciembre 2006.

Leriche, René. Filosofía de la Cirugía. Madrid, Editorial Colenda, 1951.

Traves Torras, Francisco. “El ojo clínico”, en: https://pacotraver.wordpress.com/2009/07/26/el-ojo-clinico/ consultado por última vez el 26 de junio de 2020.

Reflexiones

La crítica escénica: escritura y cuidado

por Zavel Castro 17 octubre, 2019

Para la crítica escénica, la escritura concierne en una manera de hablar de una obra artística, una manera que tradicionalmente ha empleado la palabra escrita como el medio para describir y comentar un espectáculo esforzándose por encontrar puntos de referencia entre el universo planteado en una obra y algo fuera de ella; todo aquello que se le escapa y que sin embargo, contiene, porque toda expresión artística es también expresión existencial. El empeño de la crítica por conectar los puntos del universo escénico con puntos que se encuentran más allá de él facilita poder imaginar a la pensadora escénica como  una suerte de astrónoma que se deleita dibujando figuras imaginarias en el firmamento de la performatividad y que crea cada texto para proponer constelaciones. Por cierto que esta idea de la escritura como constelación se la debo a la mirada de Yael Weiss y es una imagen que me ha acompañado durante mi trayectoria.

En cada constelación propuesta, una crítica se esmera por verbalizar lo indecible de la experiencia sensible, por traducir la poética de cada obra, por dar cuenta del universo escénico y de algún otro con el haya encontrado la posibilidad de dialogar y confrontarlo, el resultado de este diálogo y confrontación es el enriquecimiento del pensamiento sobre lo escénico. Para la crítica ningún cruce es excesivo, ningún vínculo es imposible, al contrario, sabe que de las mezclas nace la complejidad y que en la complejidad  habita lo extraordinario. Por eso  para la crítica es fundamental el trabajo interdisciplinario; quienes nos dedicamos a la expresión de la expresión artística sabemos que no podemos hacerlo solas y que tenemos que estar en contacto con lo que nos resulta fascinante en tanto que misterioso. La declaración de la propia ignorancia es la potencia del conocimiento. Distinguir lo que no se sabe es la premisa de la curiosidad de la que depende el pensamiento escénico, por eso la crítica no consiste en la escritura de sentencias sino en la elaboración de preguntas interesantes, se parte de una pregunta para llegar a otras, por eso toda crítica es una sugerencia de lectura y no una conclusión.

Para este encuentro me gustaría recuperar algunas de las preguntas que se hizo Josette Feral en su texto La crítica en tela de juicio , y que a mi parecer tienen todo que ver con la acción de cuidado que implica el ejercicio al que me dedico profesionalmente, desde que apareció la figura de la crítica,  la comunidad de los creadores (especialmente quienes no han comprendido que la crítica también es una expresión creativa) la ha mirado con recelo, y la ha invitado a abandonar “su territorio” a veces de manera explícita y otras tantas haciendo uso de estrategias de invisibilización y opresión (tanto más si se trata de una mujer joven) las preguntas que acompañan el recelo de la comunidad artística endogámica, sectaria como lo es en México son: ¿Con qué derecho habla alguien sobre el trabajo de otro? ¿En nombre de quién o de qué? ¿A quién representa? ¿A quién cuida? Quisiera adelantar las respuestas que suelo practicar en mi ejercicio: se cuida al pensamiento y a la comunidad de espectadores ¿de qué se les  cuida? De los asteroides: las falacias de los artistas y de quienes no respetan el quehacer documental de la crítica, del ninguneo a su sensibilidad, de la deshonestidad de los materiales que circulan y de los intentos por despreciar sus opiniones a menos que puedan retuitearlas para hacerse promoción y de los meteoritos: la comprensión misma de la crítica como juicio y de los textos críticos como calificaciones (es muy fácil distinguirlos porque están llenos de calificativos). Luego de dibujar las constelaciones la crítica tiene que protegerlas es por eso que además de astrónoma una pensadora escénica asume un papel de perra guardiana.

 

 

Ponencia presentada en el Primer Encuentro Escritoras y Cuidados  organizado por Alejandra Eme Uve, que tuvo lugar el 16 de octubre de 2019 en el Salón Principal de la  Casa Universitaria del Libro UNAM.

 

Mesa: de programación, crítica, abogacía… formas interdisciplinarias de escribir y cuidar

Participaron: Zavel Castro, Zazil Alaíde Collins y Catalina Kühne

Cuidó de la mesa: Lizbeth Hernández

 

Texto citado:

Feral, Josete, La crítica en tela de juicio, ¿Quién necesita al crítico?,  en: http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistaconjunto/125/josette.htm

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