Viejo, solo y puto

Viejo, solo y puto 2

Hay un florido abanico de posibles refugios donde escondernos cuando la vida nos rebasa y ya no estamos en talla ni física, ni mental, de meternos entre los brazos de la correspondiente progenitora; drogas y amores tóxicos son los favoritos de la mayoría por excelencia, porque emborracharnos nos hace olvidar lo que nos duele, que no fuimos lo que quisimos y que somos lo que somos, por ejemplo, y amar enfermamente nos hace obsesionarnos y no pensar en otra cosa, nos ayuda a focalizar el insoportable dolor de la existencia en una sola herida.

Y olvidarnos de todo, una vez que nos convertimos en adultos hechos y derechos, es lo único que nos queda, porque a pesar de que juguemos a ser lo que queremos, el vacío del fondo no se llena con nada, y si permanecemos demasiado tiempo observándolo, nos consume.

“Viejo, solo y puto” de Sergio Boris, explora sin censura los escondites y recovecos más oscuros de los desolados personajes que propone, los cuales intentan, con todas sus fuerzas, refugiarse lo más pronto posible, en algo que los destruya lento pero seguro.

Por la armonía perfecta de cada una de sus partes, su estética impecable y su transgresión profundamente honesta, esta obra ha logrado permanecer cinco años en cartelera, y ha viajado alrededor del mundo a varios festivales, siendo los últimos Una mirada al mundo, en Madrid, España; MA Scéne National, en Montbeliárd, Francia; Teatro Central, en Sevilla, España; Festival Cena Brasil Internacional, en Rio de Janeiro, Brasil; y Teatro Solis, en Montevideo, Uruguay, todos en 2016.

La acertada y, como siempre, perfecta escenografía a cargo de Gabriela A. Fernández, nos transporta a la trastienda de una farmacia del conurbano, donde, entre estanterías laberínticas, se desarrolla una pequeña e improvisada fiesta para celebrar que el hermano menor de dos, que son dueños de la farmacia donde se desarrolla la obra, se ha recibido de Doctor en Farmacia y Bioquímica; los asistentes a la reunión son el impune hermano mayor, un visitador médico de dudosa procedencia, y dos chicas transexuales que disfrutan de inyectarse hormonas y salir de fiesta; estos cinco personajes son deliciosamente interpretados, con una sensibilidad y una humildad que se agradecen por carecer totalmente de juicio moral sobre los personajes, por Marcelo Ferrari, Darío Guersenzvaig, Federico Liss, David Rubinstein, Damián Smajo, vestidos y tuneados magistralmente por la mismísima Gabriela A. Fernández.

La forma en la que “Viejo, solo y puto” está escrita y dirigida por Sergio Boris, aunado a las excelentes actuaciones, nos da la ilusión de estar presenciando, subrepticiamente, una escena de la vida real, esta sensación de voyerismo se acrecienta mientras transcurre la obra, la situación se antepone a la letra, y como espectadores, somos llevados de la mano para aceptar esta convención en todo momento.

“Viejo, solo y puto” nos regala una hora y cuarto de personajes con los que nos identificamos incómodamente en todo su patetismo; nos ofrece situaciones con las que en general volteamos la cara, pero que disfrutamos viendo de reojo con morbo y cierta malicia. Nos da la oportunidad de darnos cuenta de que todos somos, en mayor o menor medida, viejos, solos y putos.

manya

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