Unplugged en la oscuridad. Una promesa corta de miras

11758955_10207373995097803_1629840015_n

Desde pequeños se nos enseña a no desaprovechar ninguna oportunidad que, sin ir en contra de los principios inculcados en el seno familiar, pueda redituarnos futuros beneficios o, cuando menos, una experiencia enriquecedora. No es mera conveniencia, es astucia. Es así como desde que comenzamos a tener uso de razón, aprendemos a jugar bien nuestras cartas. Del mismo modo el teatro no debería llevar a cabo ninguna acción que pudiese ponerlo en desventaja.

Al colocarse en una posición omnisciente[1], el director asume por decisión propia la responsabilidad de <<encargarse de todo>>, aún cuando haya quienes aseguren tomar demasiado en cuenta la opinión del actor, llegando al grado de sacrificar su visión en aras de la complacencia de la libertad del intérprete.

De esta breve aunque contundente reflexión introductoria decanta la opinión fundamentada (que nos gusta tildar como “crítica”) de la obra Unplugged…, que presenta su tercera temporada en el Foro Shakespeare. Los responsables del montaje han sacrificado el recurso extraordinario del montaje (¡la oscuridad!) en atención a intereses convencionales. Lo que debió ser el genius loci, la atracción principal del montaje terminó siendo uno más de los elementos que lo articulan. En este sentido, el juego entre la oscuridad y breves y sugerentes destellos de luz (la boquilla del cigarrillo que ilumina y esconde) ideados por Tentzing Ortega, resulta el mayor acierto del montaje.

La obra escrita por Francisco Reyes y dirigida por Juan Carlos Saavedra, cabecilla de la compañía Teatro Ciego, única en México por incluir a personas con discapacidad visual en el elenco, promete ocurrir en total oscuridad. Por supuesto, esto genera diversas expectativas que inquietan y entusiasman al espectador y amigo, ¿Cómo se traducirá la falta de visión en una de las expresiones escénicas más dependientes de la mirada? ¿Cuáles serán las consecuencias de transformar al espectador en escucha sin sacrificar la experiencia teatral? ¿Se explotarán otros sentidos? ¿El montaje se sostendrá en el olfato? ¿En el tacto? ¿En el oído? ¿La reacción será distinta? ¿El convivio valdrá la pena? El público, ingenuo, desconoce pero confía. Tras la puesta espera llevarse una buena historia que contar, una aventura digna de recomendarse (no está de más recordar que, en su mayoría, aún en la tardomodernidad y su multiplicidad de recursos tecnológicos que comunican, el teatro depende del boca en boca).

Sin embargo, la desilusión llega pronto. Una vez que se escuchan la tercera llamada y las indicaciones pertinentes (apagar el celular, no comer dentro del teatro, no hacer ruidos con ningún tipo de envoltura, en pocas palabras: respetar y ser prudentes) las luces se apagan definitivamente. Lo único que el espectador ha alcanzado a ver antes de este momento es la mínima escenografía: puertas, una mesa, una silla, que compondrán las distintas habitaciones donde tendrán lugar las escenas y dos tubos largos de plástico cruzando las butacas sobre las cabezas del público cautivo. Los actores le serán anónimos durante toda la función, las voces de los mismos serán protagonistas.

¿Cómo se aprovecha la expectativa creada por los elementos sugeridos por el montaje (la oscuridad, la inclusión de personas con discapacidad)? Representando un melodrama que versa sobre la soledad de las personas que no consiguen encontrarse en un mundo que siempre habrá de parecerles desconocido, diálogos sobre interpretados para resaltar la emotividad de las historias –una niña abandonada a manos de extraños, que gusta encerrarse a hablar con los gatos, una pareja en la que el amor se ha esfumado “por culpa” de la obesidad de la mujer, obesidad que declara la falta de cuidado de la relación misma-.

En conclusión, el recurso por poco se desperdicia para dar lugar a una narración excesivamente prolongada para lo que ofrece, para contar una historia que no dista de los dramas televisivos corriendo el riesgo de que el espectador entre en profundo letargo (a menos que la historia consiga absorberlo). Sin lugar a dudas prometía más, mucho más…

 Notas

[1] Hasta ahora, sea cual sea el método de trabajo del director, la estructura naturalmente jerárquica del mecanismo teatral nos impide pensar en la posibilidad de un buen funcionamiento de algo distinto. En el reino animal se observa con justicia y sin reparo lo siguiente: siempre habrá alguien que quiera llevar la batuta (hembra o macho dominante) y muchos más quienes se lo permitan.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *