Temporadas breves vs. Temporadas largas

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Hace algún tiempo que Paulina Sabugal y yo nos reunimos para conversar cervezas en mano, sobre las ventajas y desventajas de la brevedad de las temporadas teatrales en la Ciudad de México. Esta conversación tuvo como resultado el siguiente texto que esperamos seguir trabajando una vez que hayamos ensanchado el círculo de diálogo para lo que para nosotras resulta un tema esencial en nuestras investigaciones. Te invitamos a abrir también una cerveza mientras acompañas nuestro debate del que como era de esperarse, salieron muchas más preguntas que respuestas.

¿Qué te conozcan más o que te conozcan mejor? ¿Emergente o emergencia?

Z: Mientras que las temporadas breves, por la consecuente rotación de espectáculos que suponen, fomentan la variedad en la cartelera teatral, las temporadas largas posibilitan el arraigo de una obra de teatro hasta conformarse en un elemento identitario de determinadas comunidades. Acá no sólo el espacio sino la obra misma, pasa a formar parte de la historia de un individuo, en dicha puesta se reconoce y crece junto a la misma. El espectador se encariña con los personajes, el largo aliento permite sentir con mayor profundidad todos los elementos que participan del convivio teatral.

Los mejores ejemplos que se me ocurren ahora mismo son “La Omisión de la Familia Coleman” de Claudio Tolcachir en la Argentina y “La Dama de Negro” en México, el público de estas puestas en constante y reincidente, quieren a los personajes como si formaran parte de su círculo de amistades cercanas, han creado un vínculo tan estrecho con la puesta en escena, con los personajes e incluso con los generosos directores que acceden a hablar constantemente del proceso de creación de las mismas, que los espectadores las viven una y otra vez con la misma o mayor intensidad. La conocen profundamente y gracias a esto se han enamorado de ella, la comprenden, la quieren y se rehúsan a pensar el fenómeno teatral como algo efímero, se vuelven adictos a la emoción que les produce, y regresan para volver a sentir. Como hacemos con todo lo que amamos. Uno solo vuelve a lo que los lugares donde ha sido feliz, la frase se comprueba como nunca en los foros que albergan las obras que no amenazan con su pronta partida.

P: Tal pareciera que ante la temporadas largas, los espectadores regresaran constantemente a volver a ver la misma obra por una simple cuestión de cariño ¿Sucede? ¿Dónde? Y si así fuera, ¿cariño a quién? Aún pensando en las obras legendarias en Londrés, Paris y Nueva York, los factores que responden a que la gente vaya muchas de las veces tiene que ver con una especie de “moda” o comprar un producto de “marca”, probado y comprobado con que “se la va a pasar bien”. Tal es el caso de Oliver Twist, el famoso musical inglés o Blue Man Group en Nueva York o hasta el mismísimo Moulin Rouge en Francia, que en efecto es parte de la historia de la ciudad en sí y hay un fenómeno identitario con lo que ahí se ofrece como espectáculo. Pero, ¿regresar? ¿para qué? ¿quién lo hace? ¿el espectador que forma parte de la comunidad o el turista curioso? ¿No están hartos los vecinos de Broadway de los escándalos que generan los teatros ahí? Y si van, ¿el supuesto cariño no responde más bien a ver a un actor específico en cartelera como cuando Ricky Martin estaba en Los Miserables o bien, ir francamente a criticar lo bien que antes estaba la puesta y lo mal que está ahora? Pareciera por lo que dices en este párrafo que la gente va al teatro como si se tratara de ver el próximo capítulo de “Breaking Bad”, donde en efecto, las temporadas largas eran lo que más deseaba el público y el cariño con los personajes era tal, que ahora más de uno tiene su playera de Heisenberg. ¿Hay algún efecto similar con “Defendiendo el cavernícola”, obra que estuvo años en las carteleras del D.F. o “11 y 12”, obra que Chespirito incluso vendía con el eslogan de: “la mejor obra en la historia del teatro en México”?

¿Es una temporada larga sinónimo de calidad?

Z: Pocos fenómenos son tan frágiles como el teatral. No hay condiciones estables de posibilidad, es decir que así como las temporadas largas no significan necesariamente un nivel alto de calidad, tampoco podrían hacerlo las cortas. Incluso debemos desconfiar de los procesos, uno puede hacer un laboratorio por años y tener un mal resultado y un taller de unos cuantos días y obtener una obra maestra. En el teatro hay pocas certidumbres, lo que defiendo con las temporadas largas es el vínculo y la afectación, la relación del público con los espectáculos.

Los personajes de estas obras de largo aliento son concebidos inconscientemente como personas cercanas y queridas, la compasión se maximiza. Las temporadas largas y un público constante que repita funciones excluyen, claro está, el elemento sorpresivo; ya se sabe lo que pasará. Sin embargo, este sentimiento de sorpresa se sustituye por una aprehensión imposible en las obras que pasan rápidamente, que no se llegan a comprender con plenitud, no llegan a desarrollar su poética en tanto que son perseguidos por la prisa.

P: ¿Entonces hay que regresar a ver las obras porque “no entendimos”? ¿Qué pasa con el golpe, el impacto y la potencia de una obra redonda que te golpea por primera vez?

Z: Evidentemente existen obras que te quedan claras a la primera, pero hay otras que necesitan de un mayor tiempo de degustación ¿Quién podría comprender “Spam” de Rafael Spregelburd a la primera o “El lado B de la materia” de Alberto Villareal? Estas obras tienen un efecto de explosión programada, no dinamitan sino hasta que se han visto varias veces y se repara en que es imposible dejar de pensar en ellas. Hay obras que necesitan reincidencia, otras que no, pero aún las que no, merecen estar mayor tiempo en temporada por el simple hecho de que así aumenta la posibilidad de ser vistas por mayor cantidad de público.

Claro está que la urgencia y la prisa tienen mucho que ver con el contexto…

Z: Aparentemente, el carácter itinerante de las temporadas teatrales en la Ciudad de México encona a la perfección con las aspiraciones “nómadas” de la sociedad urbana que, especialmente desde finales de la década de los sesenta, ha encontrado en el supuesto rechazo al sedentarismo una expresión contracultural en oposición a los valores burgueses (el trabajo fijo, la pareja estable, la formación de un núcleo familiar, el arraigo a una comunidad pertenece a valores pasados de moda. En nuestra sociedad, los espectadores del teatro de mayor demanda, que es por cierto el que rota ágilmente prefieren siempre sentirse a la vanguardia, en rebeldía, en espíritu libre…).

P: Sí, y ¿está mal? En la época de mi abuela, si tenías un novio era claro que era porque era el que se convertiría en tu futuro marido; en el sentido estricto de que el noviazgo es un preámbulo al matrimonio. Esta época “libre” que ha atravesado por distintas rebeldías y revoluciones, hoy nos permite conocer mucha gente antes de decidir con quién pasar “el resto de tu vida”, idea también traslocada por el “divorcio”. Si bien esta vida inestable y escurridiza pide experiencias express, también cuenta con la ventaja de la diversidad y la versatilidad de información y de experiencias de muchos y distintos tipos. Ya no necesitamos ir a Nueva York para ver a Bluen Man Group, ellos pueden venir. La tan mal parada “globalización”, nos permite tomar aviones, enviar correos electrónicos y tener relaciones a distancia. Podemos conseguir una lata de chiles chipotles en el centro storico di Napoli y hacer albóndigas en Italia. El teatro, como el resto de las artes, responde a su sociedad que lo cobija y va al ritmo que ésta le exije. Además, este fenómeno en la historia del teatro no es nuevo; para ejemplo tenemos el teatro itinerante de la Edad Media que representaba en distintos atrios de las iglesias pasajes de la Biblia como parte de la evangelización, el carro de comedias en España y la Commedia dell´arte en Italia, que se constituye como una de las primeras manifestaciones de teatro de calle.

Z: ¡Pero el teatro tiene que ser otra cosa! La sociedad actual está acostumbrada a la elección fugaz, sin aprehensión. Es así que se entiende la vida como una especie de zapping en la que absolutamente todo es reemplazable, desechable, todo puede sustituirse y pocas cosas nos afectan. Es menester que el teatro contradiga esta concepción desprendida innegablemete del espíritu capitalista y siga manifestándose como un producto esencial del espíritu, como una necesidad artística más que como un producto dispuesto por las necesidades de un mercado. El teatro, artesanal, inexorable, en cuerpo presente, el convivio, si bien, efímero en tanto que se agota a sí mismo de función a función, puede y debe echar raíz en la comunidad en la que emerja, este es un auténtico acto de rebeldía. Permanecer con calma, soportar.

P: ¿Hay que inclinarse entonces hacia un tetaro conservador, rígido y cerrado que no salga de su comunidad ni de sus confines para que entonces sea sólo de un cierto grupo social?

¿Las temporadas largas están exentas de responder a un espíritu capitalista?

Z: Por supuesto que no, pero no lo evidencian de la misma manera. Gracias a la prolongación del tiempo, una obra de teatro puede luchar cada función por convertirse en la mejor versión de sí mismo, en cambio las temporadas breves no puedes evitar pensar en el aforo. Es necesario completar la renta del espacio o la nómina de los teatristas, asegurar cierto número de espectadores. El pensamiento que guía al teatro en las temporadas cortas es el de a compra-venta, idea contraria al teatro ritual.

P: Insisto, ¿las temporadas largas se eximen de estas preocupaciones “vulgares” como el flujo de los dineros? Es más, ¿no están más expuestas a tener que responder a números y cifras ante la renta de un teatro o a la nómina de sus actores para mantenerse en cartelera? Y, ¿por qué una obra sólo es capaz de madurar estando estática, inamovible? ¿La diversificación de espacios y públicos no generan también experiencia y enriquecimiento para la puesta?

Z: Pensemos en el espacio: el tener una obra durante mucho tiempo en el mismo recinto contribuye a la construcción y definición de dicho espacio, de tal suerte que la obra de teatro se constituye en una especie de insignia del lugar. Huelga decir que si se trata de una buena obra de teatro, el lugar inmediatamente asegura un público cautivo.

P: ¿Cómo el Teatro Insurgentes; los teatros TELMEX? Creo que éste es un punto delicado y complejo en tanto que son varios los factores que inciden en la formación de públicos y no sólo el si la obra es buena o no (¡ojalá!). Publicidad, el texto, el autor, los actores, los costos y hasta la ubicación del lugar (son más los teatros en el sur de la ciudad que en el norte y aún nuestro país está muy centralizado al teatro que se hace en el D.F.), tienen que ver con el hecho de generar un público o no.

Pensemos también en cómo afecta la duración de los espectáculos a la crítica.

Z: Por supuesto que la rotación constante de la oferta teatral, le facilita al crítico, ver mayor cantidad de espectáculos, incluso con muy buena calidad, pero le impide pensarlos con el detenimiento necesario. Pensar de prisa no es pensar mejor, al contrario, se sabe que las mejores reflexiones son producto de profundas reflexiones que suponen tiempo y concentración. El fenómeno teatral requiere las más de las veces que una obra, para comprenderse en su totalidad sea vista más de una vez. El crítico no se conformará con reseñar lo que vio, sino que busca explicarlo. Además, en materia de difusión sirve muy poco hacer una recomendación de un día a otro. El crítico no debe ir a los estrenos porque se dice que la obra todavía no está en su punto, pero, si no lo hace, le queda máximo, en DF una semana para recomendar.

P: Y así como el crítico, el espectador común tiene la oportunidad de ver varios espectáculos, en distintos lugares y de múltiples costos en el marco de una semana. Jamás vamos a poder ver la puesta en escena de “De la Calle” de Julio Castillo de 1987, nos la perdimos, se fue. Podemos ver la misma “Dolce Vita” que vio mi abuela en los nunca tuvimos la fortuna de ver a Carlos Cobos en escena, ese momento y esa magia se fueron y sólo son un recuerdo.

¿Por qué forzar en enlongar el momento? ¿Por qué forzar acortarlo?

Queda claro que hay quienes preferimos el placer de largo aliento, y hay quienes prefieren instantes de éxtasis… Habrá que esperar comentarios para saber qué es lo que más conviene… ¿Temporadas breves o temporadas largas? ¿Teatro para toda la vida o teatro pasajero? Únete a la discusión.

 zavel

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Paulina Sabugal / @PauSabugal

Teatrera de corazón y espectadora de tiempo completo

 

4 Comments

  • Lo siguiente es desde el punto de vista de un muy joven e inexperto creador dando sus primeros pasos en la escena nacional: hay que tratar de apuntar a hacer del teatro un lugar habitable, no un lugar turístico.
    Creo que el arte siempre debe apostar a ser un contrapunto, una grieta en el muro, el arte es lo que no debería ser y sin embargo es; en una ciudad convulsa y caótica como lo es el DF, el teatro debe suponer una pausa en el tiempo, el teatro debe ser un campamento siempre en protesta, siempre en huelga, es decir si todo a nuestro alrededor nos enseña que las cosas deben hacerse rápido y sin consecuencia, el teatro debería ir en contra de este frenesí y exigir su tiempo de vida natural, no apresurar los procesos, no entregar cosas a medias, no pasar por encima de todo sin darse el tiempo de repensarse, de reflexionarse (Esto desde el punto de vista del creador, no del espectador). El espectador es un sujeto (en el mejor de los casos es un desconocido) que puede ir o no al teatro y al final es su decisión, del mismo modo que puede decidir volver o no, en todo caso volver al teatro a ver la misma obra es una pérdida de tiempo, pero si logramos que un ciudadano deliberadamente decida perder su tiempo en el teatro creo que algo estamos haciendo bien, solo hay que detenernos a observar que es ese algo.
    Hagamos mucho o hagamos poco las condiciones no han sido las óptimas y no van a mejorar, quedarnos haciendo esto en este lugar es de necios, quedarnos haciendo esto en este lugar es un acto suicida y también es nuestro derecho, quedarnos haciendo teatro en este lugar es completamente nuestra decisión y ya que estamos aquí, ya que no nos vamos a mover de aquí creo que podemos tomarnos el tiempo necesario para hacer de este teatro algo disfrutable, un lugar habitable y no un lugar turístico.

    • zavelcastro dice:

      Qué linda reflexión. Pensar el teatro como lugar habitable. Por supuesto que nosotros estamos a favor de esta postura. Aunque conviene señalar que en ninguno de los casos pensaríamos el ir al teatro como una “pérdida de tiempo”. Gracias por leer y comentar. Abrazo, Misael.

  • Creo que están elaborando argumentos en un terreno ideal, es decir, buscando definir si en términos ideales es mejor o más conveniente un teatro con temporadas cortas o uno con temporadas largas. Y en cambio me parece que esto obedece a condiciones materiales y sociales. No es que los artistas hayan decidido “ahora preferimos temporadas cortas” sino que simplemente, la economía y la sociedad los han llevado en ese rumbo. Casos como “La dama de negro” son excepciones, y no hay que dejar de lado que es teatro comercial (mientras venda boletos, sigue adelante). Casos como “La omisión de la familia Coleman” son actos deliberados de resistencia que se convierten en éxitos de taquilla. En mi experiencia personal, las temporadas cortas hacen justo eso: cortar la vida natural de la obra. Casi siempre, cuando la obra resuena en algunos espectadores, hay un proceso de contagio de la obra, de invitaciones de boca a boca, de comentarios de la critica, de presencia en algunos medios, que hacen que el público vaya decantándose, definiéndose, es decir, la obra va encontrando y creando su público. Para el teatro de arte, este es un proceso largo, que requiere al menos de 30 funciones para alcanzar su mejor momento. ¿Cómo llegar ahí en 8 o 12 representaciones? sólo de manera artificial: publicidad, moda, esa estrategia que implica adelgazar el discurso para “sintonizar” con más cantidad de personas, el recurso de la telenovela, de las fórmulas, de la comedia simple, pues. En casi todas las obras que he tenido en temporada, el fenómeno se repite: luego de un esterno abarrotado de amigos, empezamos con poco púlico, que poco a poco va subiendo hasta llenar o casi llenar la sala hacia la función número 10, y entonces se termina la temporada. Con suerte, nos mudamos a otro teatro unos meses después, o al año siguiente, y hay que empezar de cero. Este fenómeno siempre está determinado por condiciones materiales de trabajo y producción: ¿cómo le pagamos a los actores más funciones? ¿cómo seguimos con temporada si el teatro ya tiene comprometido el espacio para otras obras? ¿cómo sustentamos el esfuerzo que significa mudar y remontar una obra? ¿cómo lo hacemos sin autoexplotarnos o explotar a nuestros colaboradores apelando a su pasión por el teatro? Ahora yo me paso a las condiciones ideales. El ciclo de vida de una obra en un espacio debería estar sujeto a la asistencia del público luego de la función número 12 o 15 al menos, cuando ya debería rebasar la mitad del aforo, y aplicar el siguiente criterio: si sigue viniendo gente, que siga la obra.

    • Zavel Castro dice:

      Martín, sin lugar a dudas tu comentario, nos inspira a investigar un poco más y, con suerte, reelaborar los postulados y profundizar en una segunda parte… ¡Saludos!

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