Resignación. Ya no duele, es hora de seguir adelante

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A veces es necesario fijar una imagen como punto de inicio. Toda decisión se toma primero con los ojos, especialmente aquellas que impactando por primera vez en nuestras pupilas dotarán de sentido a lo que vendrá a continuación. En este caso diremos que al entrar a la sala del Teatro Helénico, lo que el espectador observa de golpe en el escenario es un contraste de luces y sombras, siluetas contrastantes a la intensidad de la luz del panel de fondo que, como pronto sabremos, constituirá el elemento central del diseño escenográfico propuesto por Félix Arroyo; porque no será solo una luz, sino que abrazará todo el mundo propuesto por el montaje de la compañía Sin Sonrisa Teatro.

Además del panel de luz al fondo que representa el paisaje vacío, la obra escrita por Daniel de la O y dirigida por José Juan Meraz, la escenografía se compone de una mesa escalonada[1] que recorrerán los personajes de un lado al otro, lámparas sobre los distintos escalones que encenderán en cuanto hable alguno de los personajes. La simplicidad es magnífica y en ocasiones dentro del contexto del teatro mexicano contemporáneo también es necesaria. La sencillez potencia el discurso.

La luz como elemento central del montaje marcará el ritmo de la escena. En cuanto se apaga la iluminación de sala, se encenderá la lámpara que enfocará a “Alexander” (Constantino Morán), el primer personaje. La voz que acompaña a la silueta que se desdibuja frente a nuestra mirada pertenece a un hombre que lleva puesto un traje de prisión, esto de inmediato le concede un halo interesante. ¿Qué crimen cometió? El sex appeal del delincuente. Mientras esta habla, llueve. Dentro y fuera de la sala (exquisitas coincidencias). El hombre ha escapado. Lo ha dicho demasiado pronto. Prófugo, busca refugio. Lo encontrará en un grupo de extraños que se fingirán amigos para facilitar la convivencia.

Una voz en off anuncia que estamos siendo testigos de la última noche de los hombres sobre la tierra, el fin del mundo. El narrador lo menciona sin ánimo de asustarnos, así es y ni modo, ya no hay remedio, hay que asumirlo. No es tan difícil. Es cuestión de comprender que esas siluetas que aparecieron de principio, dos hombres y dos mujeres, según la ficción teatral, son los últimos humanos sobre la tierra. Ellos. Nosotros no (por fortuna. Debe ser una gran responsabilidad ser la contraparte definitiva de Adán y Eva, sería necesario idear una conclusión honrosa para la historia del hombre).

Se enciende otra luz para descubrir a “Solange”(Guadalupe Damián), una mujer robusta de poco más de treinta años que se acerca al prófugo para ofrecerle una cerveza que ha robado de una tienda de autoservicio sin sentir alguna culpa. Sin hombres no habrá leyes ni castigos. En el fin del mundo no hay más leyes que romper. Solange ha robado también muchos pares de zapatos costosos que jamás habría sido capaz de costear durante la vida en sociedad. Nunca estuvo en el punto más alto de la pirámide social. Roba por rencor y venganza, esto ya a nadie le importa.

Todo sucederá en palabra, no en acción, los personajes cuentan mucho pero hacen poco[2]. El hombre acepta la cerveza y se integra al círculo de amigos, esa noche nadie es un desconocido. Será precisamente la aceptación de unos y otros lo que hará a esta historia interesante, la sinceridad del vínculo y comunión resultará más valiosa que la historia y carácter de los personajes. Porque la cercanía es la reacción natural ante una catástrofe, se buscan seres amados y si es preciso se les inventa. A partir de la primera cerveza hombres y mujeres compartirán sus andanzas y a medida que transcurre la obra dejarán de lamentar su fatídico destino. De nuevo, no queda más que aceptarlo. Fluir. Se enfatiza la inutilidad de nadar contra corriente.

“Resignación” repara en el último pensamiento posible, en las alegrías y remordimientos finales ¿Qué recordaríamos antes de extinguirnos? ¿Qué lamentaríamos? ¿Por quién brindaríamos con la última cerveza? ¿Qué hubiéramos hecho para aprovechar mejor el tiempo?

Insistimos en que la reflexión hace a la propuesta dinámica[3]; a diferencia de su antecesora, ésta tiene un tono equilibrado, preciso, avanza en movimientos leves y armónicos, empata con la simplicidad de recursos, con la necesidad evidente que se tiene del otro así como la voz con la guitarra, así como dos corrientes de aire que se cruzan para ser fuego, para alimentarlo.

Notas

[1] Recordamos exactamente la misma mesa de un montaje de David Gaitán, “Simulacro de Iidilio”, actualmente esta obra se presenta (curiosamente) en el Teatro Helénico los miércoles a las 20.30 horas. Reparamos en la repetición estética dejando pauta para futuras reflexiones sobre la comodidad escenográfica, una especie de copy-paste conveniente que nos posibilita cuestionar originalidades y autenticidad; ¿la mesa esclonada aporta algo al montaje o no? ¿Se ha colocado por comodidad o por significar realmente?

[2] Sobresale el impecable trabajo de Marisa Saavedra que, como en muchos montajes, resulta la más convincente.

[3] A diferencia de la primera parte de la pentalogía del duelo (“Negación”), a la que también pertenece la obra referida en la presente crítica, “Resignación” tiene un mejor manejo de ritmo, el tono, menos meloso profundiza mejor en las emociones humanas. Resulta alegre sin caer en la cursilería, en una palabra, esta secuela está viva.

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