Nunca se es demasiado valiente. La juventud apresurada

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En el marco del Festival de poéticas jóvenes, celebrado en la ciudad de Pachuca, Hidalgo del 22 de febrero al 5 de marzo, se presentó como espectáculo de apertura de las muestras escénicas Nunca se es demasiado Valiente de la compañía independiente Gorditos Inc., formada por quienes han sido definidos por la crítica como jóvenes promesas del teatro nacional: Sara Pinet, Raúl Villegas, Luis Eduardo Yee y Hamlet Ramírez. Los cuatro teatristas fungen en el montaje como actores, dramaturgos y directores, una combinación de tareas nada sencillas que dan como resultado una dramaturgia imprecisa, fruto de una investigación de corto aliento y un  nulo proceso de cocción, defendido por Pinet bajo la idea de que como toda obra, se trata de un producto inacabado.

Sin embargo, ¿cómo es que un proceso de creación “inacabado” se presenta en temporada –con un prometido remontaje- como una obra lista para presentarse al público y no como un work in progress, que acaso sería más sincero? Sin lugar a dudas, Nunca se es demasiado Valiente acusa un malestar que proviene de la cultura teatral en nuestro país, se trata del imperio de las cifras por encima de la calidad. En México, una compañía (independiente o no) parece tomar importancia a partir de los números: cuántas puestas, cuántas veces, en cuántos lugares, cuántas becas, cuántos premios, cuán llena está la sala, etc. El cuánto sobre el cómo. El resultado antes que el proceso. Remontajes incesantes con un descuido hacia el convivio.

La obra va sobre un grupo de jóvenes rebeldes, que en un tiempo futuro impreciso, se encierran en un sótano para aislarse de una sociedad “demasiado feliz” que ha sido víctima de la “invasión nubecita”, la cual ha convertido a las personas en seres sumamente amables, dulces y conformes con su realidad (sin precisar jamás o siquiera insinuar de qué realidad se trata, ni cuál es el móvil que los motiva a aislarse). Esta premisa, además, recuerda la temática abordada años atrás en la obra literaria Un mundo feliz, de Aldous Huxley, quien habría contado la historia de un paria que se resiste naturalmente al orden impuesto de un mundo perfectamente ordenado, para descubrir su propia versión del mundo a cualquier costo.

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Pero en la puesta en escena, además de esconderse, estos cuatro jóvenes (que no son más que discurso puesto en carne)  planean un ataque a esa sociedad sin una estrategia clara, pretendiendo únicamente seguir las órdenes de un superior que nunca llega y que incluso abandona la lucha. En concreto, no hay un móvil que catalice la reacción de los personajes, o si la hay, queda desconocida para el auditorio.

Lo único que sabemos de los cuatro jóvenes es que su héroe es ni más ni menos que Bruce Willis, a quién reconocen por sus papeles en Duro de matar y El último Boy Scout, sin imaginar que se trata de un actor de Hollywood. Enceguecidos por su afán revolucionario, lo idolatran, quedando a ojos del espectador en absoluto ridículo. A pesar de sus decepciones, los jóvenes no abandonan la lucha. Las preguntas ¿a quién suponen representar estos jóvenes?, ¿a quién va dirigido el montaje?, ¿cuál es la tesis que sostiene la trama?, son tan vagas como el cuidado escénico y corporal. Si se trata de una congregación “militar”, ¿no se supone que los golpes al aire deberían ser lanzados con una fuerza comandada por la furia que provoca  el sistema? ¿No deberían estar mejor entrenados, ya que este universo sugiere que es lo único que hacen durante su encierro, además de esperar a quién no llegará?

Insisto, sobre este montaje se lamenta la prisa. Creemos que un mayor proceso de creación –superior a un “laboratorio” de tres meses- tendría sin duda mejores resultados. La dramaturgia y los personajes no serían involuntariamente confusos (a excepción del que interpreta Hamlet, que parece tener un carácter lineal, consecuente y totalmente claro para el actor), la historia se explicaría por sí misma y el público se identificaría con alguno de los bandos, porque se reconocería en el discurso de cada uno de ellos (los rebeldes y los nubecita). Sin empatía, es evidente que no hubo convivio.

¿Es la prisa por estar en temporada dentro del teatro una de las características de las “jóvenes poéticas”? ¿Es este método apresurado el que queremos transmitir a las generaciones venideras? ¿Dramaturgia a vuela pluma?, ¿técnica actoral bien ejecutada pero sin intención clara?

FirmaZavel

 

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