Mi hijo solo camina un poco más lento. Una obra invisible

mi hijo

 

Si no tienes cuidado te puedes pasar. Pero no te preocupes siempre puedes regresar tus pasos, además  llegar no es difícil, confía en que algo te hará saber que es ahí. Seguramente habrá gente formada cuando llegues –algunos esperando que se liberen localidades pues las funciones están agotadas hasta el 2016-, pero si se da el caso que no veas a nadie, pon atención en la puerta  y verás que no te has equivocado, leerás escrito con tiza, a manera de resistencia, como un gesto político-poético que evoca la sencillez y contundencia de un tag de grafiti: Apacheta Sala/Estudio, Pasco 623. Así es la entrada del teatro independiente donde tiene lugar una obra que ha andado en boca de muchos y que sin duda es uno de los fenómenos del teatro independiente de este año: Mi hijo solo camina un poco más lento, escrita por Ivor Martinić y dirigida por Guillermo Cacace.

He tenido la oportunidad de ver la obra en tres ocasiones y no quería escribir nada sobre ella –aunque sí la he recomendado mucho- porque me gustaba la idea de ser congruente con lo que me ha pasado las veces que la he visto: me he quedado sin palabras. Por ello pensaba que lo mejor era comulgar con el silencio a que la obra me invitaba. Habitar la mudez. No correr a bautizar lo innombrable porque el lenguaje asesina lo que no puede abarcar al intentar apresarlo en palabras corrientes, las únicas que conozco de las pocas que existen en comparación con  todo lo que implica lo inefable que es un acontecimiento.

Otra consideración por la cual no quería escribir sobre esta puesta en escena es que toda obra de teatro, como dice el crítico Jorge Dubatti, muere en el mismo momento en el que nace al no poder ser guardada para la posteridad pues cualquier intento solo traicionaría su esencia aurática y experiencial, por ello la única manera que las personas hemos encontrado para que el fenómeno teatral sobreviva el instante es la mitificación.  El problema que encuentro con los mitos es que dan cuenta de algo perfecto. Y si esta obra es perfecta lo es en sus imperfecciones, en su humanidad.

Parecerá un pleonasmo hablar de humanidad en una obra de teatro, pues el teatro  en su mayoría es hecho por humanos. Pero a veces ciertas formas de abordar la ficción por parte de algunos creadores nos hacen sentir que los actores son seres sobrehumanos capaces de hacer cualquier cosa sin equivocarse. En este sentido Mi hijo solo camina un poco más lento es lo opuesto pues se  trata de una construcción que recuerda menos al virtuosismo casi circense de varias propuestas contemporáneas y más a los mecanismos complejos de la vida y lo que esta implica: errores, imperfecciones, vulnerabilidad. Todo esto lo podemos percibir desde el principio de la obra en el que la actriz que interpreta el personaje de la abuela nos dice que a veces se le olvida el texto pero que sus compañeros la ayudarán en caso de que eso ocurra. Así de desnudos se nos muestran los actores en toda su humanidad. Por todo lo anterior al final me decidí a  hablar de esta puesta en escena, porque si al escribir sobre teatro estamos generando un mito, al menos quiero que este mito dé cuenta de la fragilidad de este montaje.

La obra cuenta la historia de Branco, un joven que ha quedado paralítico por causas que no son explicitadas. Lo cual no importa porque podría decir que la enfermedad sólo es un pretexto poético del dramaturgo para mostrarnos algo más esencial, la complejidad e imposibilidad de construir sentido en las relaciones afectivas partiendo de la diferencia, de que el otro no soy yo. Con esto la obra no habla de la figura de los discapacitados, sino de la figura del otro, ese que solo a veces podremos comprender, y no con palabras o ideas, sino en el silencio de la comunión.

El actor Yoshi Oida menciona en su libro El actor invisible que el trabajo de un actor es desaparecer. Que si señala la luna los espectadores no deben ver el virtuosismo con que la luna es señalada sino que deben ver la luna. Esto es lo que pasa con Mi hijo solo camina un poco más lento en donde todo desaparece, dramaturgo, director, actores e incluso público para fundirnos en una misma experiencia indefinible.

Todos los componentes de la obra se vuelven invisibles, el texto y lo que quiere decir –si es que quiere decir-; los actores y sus capacidades interpretativas que son sobresalientes pero no está puesta la atención en eso en ningún momento, lo que queda en evidencia con su forma de habitar el escenario no es su innegable arte sino las contradicciones de unos seres que no saben cómo vivir a partir de un cambio radical en sus existencias; también podemos ver esa invisibilidad en el director, pues cada cosa que sucede en la obra no está puesta para demostrar nada sino para que el fenómeno acontezca. Todos los que hacen posible Mi hijo solo camina un poco más lento  desaparecen para que los espectadores podamos ver la luna.

¿Qué será aquello que hace de esta obra un fenómeno? No tengo idea y si lo supiera es una respuesta que no daría gratis. Lo que sí puedo observar es que  en esta puesta contemplamos verdad en cada momento de lo que acontece. Tal vez los espectadores necesitábamos con urgencia un espacio donde alejarnos al menos una hora de las mentiras y mirarnos a los ojos francamente.

Actúan en esta obra: Aldo Alessandrini, Antonio Bax, Luis Blanco, Elsa Bloise, Paula Fernandez Mbarak, Pilar Boyle, Clarisa Korovsky, Romina Padoan, Juan Andrés Romanazzi, Gonzalo San Millan, Juan Tupac Soler.

La obra tiene localidades agotadas hasta el 2016

ricardo

 

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