La vida es una mierda, vamos a disfrutarla “Esto No es Daisy”

Foto: Darío Castro
Foto: Darío Castro

Para Paulina Orduño, directora de “Esto No es Daisy”,  la diferencia entre una obra de teatro universitaria y una profesional, consiste en que la importancia de la primera radica no tanto en el resultado sino en dar cuenta del proceso del practicante, en demostrar que durante el montaje se ha arriesgado a perderse y da muestras de tener intuición sobre cómo encontrarse. La obra profesional, en cambio, sí tiene la obligación de representar un producto acabado que represente la postura del director frente al mundo planteado por la dramaturgia. Por tanto, para Paulina, la obra gracias a la cual resultó ganadora del Festival Internacional de Teatro Universitario (FITU) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) debe considerarse como un primer intento profesional, más que estudiantil.

Según la directora, esta obra da cuenta de la que quizás llegue a ser la línea principal de exploración de la compañía “Mil Grullas Teatro” y sobre todo es un manifiesto “de lo que son capaces de hacer por el momento”, sin perder de vista que todo es parte de un proceso para avanzar hacia donde el teatro quiera llevarlos a través del trabajo constante, que acaso implique un mayor esfuerzo en un mundo -como sospecha lo es el mundo del teatro- dominado por hombres por tratarse de un grupo dirigido por una mujer sin apoyos significativos de nadie más que los miembros de Mil Grullas. [1]

Es cierto, dice, que ella conoció la obra de García gracias a un director con el que trabajó en el pasado y que incluso a él pudiera deberle sus primeras nociones de dirección, pero ella fue la que eligió “Daisy” para el montaje en el que participó como actriz y productora –en un primer momento, después como directora, actriz y productora, en la actualidad-. Por lo tanto, nadie podría cuestionar que las versiones de esta dramaturgia que, dicho sea de paso da cuenta de la suma inteligencia y humor ácido propio de García, entre aquel primer montaje y el ganador de FITU son absolutamente distintas. No hay nada de la interpretación ni en el dispositivo que nos recuerde a la versión anterior. Cada cual echó mano de distintos referentes y se reconoció de manera particular en la misma. Esto último, la apropiación colectiva de cada grupo de trabajo hace casi imposible la imitación.

 

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

Incluso, el cambio del género del personaje –afirma Orduño- implicó una construcción distinta del mismo o más bien la aniquilación de la noción de personaje –siguiendo las premisas o mejor dicho algunas herramientas de la construcción biodramática propuesta por  Vivi Tellas-. En la obra original se trataba de un hombre viejo, mientras que en la versión de Mil Grullas, se trata de una chica de veintitantos años, que no es otra que la propia Paulina, su voz, su personalidad, su aprehensión al dolor y su incapacidad por superar al hombre que la ha dejado. Esto es, el fantasma omnipresente de su ex, que genera una actitud de hostilidad y desconfianza permanente, una inseguridad disfrazada de una actitud goofy y cool (como las comedias románticas nos han enseñado que debe ser la de una mujer ante un rompimiento sentimental, muy a la Bridget Jones).

“Esto no es Daisy” tampoco es una negación a versiones preexistentes, más bien es el reconocimiento público de la empatía con el autor, la coincidencia con la ironía de García mediante la cual comprende al mundo. En la dramaturgia original existe una perrita llamada Daisy, en la versión de Orduño no, por eso el nombre de esta puesta. Esto es una apropiación del mensaje aparentemente contradictorio que para la directora motiva la obra: “La vida es una mierda, vamos a disfrutarla. El montaje, como cualquier otro, ha supuesto para el grupo mucho sufrimiento, un dolor que permite a los actores encontrarse en la obra cada función y darle vida. Un dolor que los vulnera y los expone. Sufren sin esconderse. Lloran frente al público, en las condiciones que la vida misma nos impone, esto no es más que llevar una angustia a cuestas mientras fingimos divertirnos. La sonrisa de pagliacci recuperada por la generación Y. Esos insoportables millenial.

 

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

La estridencia del mundo vacuo del que somos partes se extralimita en este montaje a manera de crítica, discurso que Orduño ha traducido en juegos escénicos “irreverentes”.[2] A propósito de estos juegos, pediría que se prestara especial atención a la escena del rap, y a la de los hasthags que describen la situación emocional de la protagonista, momentos que a mi parecer son los más lúdicos de la obra y que consiguen atraer nuevamente la atención del espectador.

Este esfuerzo posdramático debe su relevancia al empoderamiento que supone. Para Orduño es una declaratoria de su individualidad, esfuerzo y potencial escénico como directora. Es además, la primera parte de un camino que promete andarse a pasos firmes, sorteando todo tipo de obstáculos. Y vale la pena, sobre todo, como nos dijo la directora, por el mensaje que quiere compartir y en el cual se reconoce: que para los jóvenes ya no es necesario buscar un lugar en el mundo, porque simplemente no lo tenemos, no cabemos en él, no nos adaptamos. Estamos todos desubicados ¿Y qué?

 

 

Zavel

 

[1] Sospecha que no me parece fuera de lugar ni mucho menos exagerada. Últimamente, las voces que denuncian la misoginia simbólica o de facto en el medio del espectáculo se han multiplicado. Quizás en el teatro, que es terreno que nos corresponde, realmente implique un mayor esfuerzo para una mujer sacar adelante proyectos por sí misma, sin necesidad de padrinazgos o de estar a la sombra masculina. Sin tener que “hacer equipo” con un hombre para salir adelante. En materia de igualdad aún nos queda mucho por hacer. La lucha feminista es real.

[2] Algunos de los cuales nos recuerdan a la poética de Rafael Spregelburd del que sabemos que ha tenido conocimiento en Argentina y que por lo mismo -necio sería quién no- se ha inspirado en algunas soluciones del montaje, esa obra maestra, que es SPAM. Especialmente de la incorporación de la música como elemento de choque (en Spregelburd es una joya de karaoke y en Paulina una escena rapeada y la combinación del tecnovivio con los cuerpos presentes (la utilización de los materiales audiovisuales, que en SPAM se resuelve con una llamada a “Cassandra” por Skype y en “Esto no es…” en la grabación del personaje en su rutina depresiva cotidiana; con lo cual en ambos casos la tecnología se utiliza para mostrar un momento de intimidad de los personajes). No me atrevería a decir que la apropiación de Orduño recupere con justicia o que sea digno realmente de relacionarse con la estética de Spregelburd (¿qué estaría a su altura?) pero me alegra que sea uno de sus principales referentes. Hay muchísimo que aprenderle. Tampoco niego que los creadores se “roben” naturalmente unos a otros, lo que cuestiono es la literalidad de los recursos.

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