Escorial. La ridícula agonía de un corazón hecho pedazos

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El escenario del Teatro Helénico se ensombrece con la pesadumbre del luto de un rey dispuesto a fingir llanto por la próxima muerte de su esposa; mientras la hora del final se acerca habrá de entretenerse con el sirviente de confianza, aquel que llega de inmediato tras un silbido para consolarlo y complacerlo, su bufón, aquel que siempre ha sabido arrancarle una risa para que este pueda pasar el tiempo evadiendo sus ocupaciones y el aburrimiento. Para que pueda fingirse omnipotente mediante la humillación constante de quien piensa como criatura inferior simplemente por ocupar un lugar lejano a la cima de la pirámide social que el monarca encabeza con soberbia y arrogancia.

Un halo decadente ambienta el montaje, desde el telón decolorado, pasando por la piel curtida por los años de los actores que ofrendan sus propios pesares en nombre del espectáculo, hasta los mínimos elementos necesarios para significar la soledad de dos hombres sin lugar en el mundo. En este sentido, el trono del rey representará el atributo más potente del mensaje, iconográficamente funciona como un elemento que refiere la relación del poder con la perdida de humanidad, el abuso del capricho para hacer honor a la complacencia, opresión, locura y muerte que veremos apenas sugeridas con una delicadeza que incide directamente en nuestra conciencia.

¿Con cuál de las figuras centrales de “Escorial” nos identificaremos mejor? ¿El rey o el bufón? Ninguna de estas identidades resulta halagüeña, sin embargo sabemos que tenemos un poco de ambos y el reconocimiento de esta verdad lastima. Los diálogos potentes acompañados de los espléndidos trazos corporales de dos grandes actores, Patricio Castillo como el rey incapaz de sentir algo más que desprecio hasta por la misma vida de la que se ríe con una risa macabra y vacía, y Roberto Sosa, “Forián”, el bufón que de tanto regalar sonrisas ha perdido la suya, aquel que por sentir tanto se ha desdibujado con el paso del tiempo hasta ser una sombra de lo que era, eco lejano como los ladridos de los perros que se escuchaban  en uno de los jardines del rey antes de que este decidiera aniquilarlos como castigo a su propia naturaleza animal. Y es que el rey está acostumbrado a exterminar aquello con lo que ha sido feliz. No soporta la alegría sincera, la desconoce, la niega; en el fondo odia a su bufón porque lo ha querido. Porque sabe que puede quererlo mucho; este ha sido su cómplice por tantos años que cualquier pretexto servirá para alejarlo del camino ganado hacia su corazón.

Querer a un bufón sería humillarse a sí mismo, sería rebajarse al sitio imaginario de las estructuras sociales que desde siempre estorban los afectos. El rey ha descubierto un error en la vida del bufón, lo acusa, lo maltrata hasta que este, hastiado de la vida en el palacio lo confronta, lo hace entender con unas cuantas palabras que “sus fealdades valen exactamente lo mismo”, que ambos son personas y que ambos se han querido por la fuerza de los años compartidos. Antes de intentar mirar al otro con compasión, el rey lo minimiza hasta que los espectadores  perdemos de vista el cuerpo deforme y la sonrisa fingida de un bufón cansado de humillarse para agradar, de hacer malabares para llamar la atención de quien no merecería una palabra suya en otras circunstancias, en un panorama más justo ajeno a la vida de palacio.

“Escorial” evoca los espíritus del llanto, la risa, el amor, la soledad, la locura y el poder. Los cuerpos de Castillo y Sosa materializan las pasiones que corrompen la vida que debería sentirse a plenitud. Celebramos la brevedad de esta crítica, y es que de una excelente obra no podemos decir tanto. Que sobren entonces los aplausos.

FirmaZavel

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