El último cigarro. Obsesiones recurrentes. No me iré. Te amo

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El juego comienza desde que el transeúnte cruza el umbral de la puerta de Milán #14, en la colonia Juárez, para adentrarse al café que supuestamente esconde un sitio clandestino, underground, del que ya todos han oído y la mayoría conoce. Igual uno se convence de la exclusividad del sitio y del anonimato. El que duda, pierde. Hay que ir dispuesto a creerlo todo, a fin de cuentas cuando se asiste a una función de teatro se asume dogmáticamente “la convención”. La simulación pocas veces es tan explícita como en este sitio. Y es que uno prefiere hacer como que no sabe nada antes de resentir la exclusión. Me explico: sabemos que no estamos en un sitio clandestino y que lo que nos han prometido como un performance, en realidad es un montaje como cualquier otro, destinado a la repetición y a la fugacidad, pero hacemos como que no.

El espacio mismo es otra simulación. Remedando un bar de jazz evidentemente norteamericano de los años treinta, el “Parker and Lenox” se esfuerza en aparentar autenticidad aunque, a su pesar, el contexto lo desdiga. El bar, precioso, eso sí, ideal para una cita romántica (creemos) es otra prueba de lo mucho que la ciudad de México se esfuerza por definirse cosmopolita. En total consonancia entonces, el espacio físico se corresponde con la obra de teatro dirigida por Bruno Bichir que, al igual que el sitio donde se representa, partirá de la imitación estilística para insertar sus obsesiones persecutorias, regulares, particulares y recurrentes: el amor y sus conflictos, la relaciones de pareja y las frustraciones de un romántico empedernido que a sabiendas de que jamás encontrará la perfección imaginaria, morirá en la lucha, en la ilusión y castigo.

En el programa de mano, el director presenta su trabajo con las siguientes palabras, que nos permitimos reproducir textualmente:

“…El último viaje. El inicio de todo. Dos náufragos a la deriva. Encontrando. Esperando. Verdad o mentira. Apariencia. Hondura. Y mientras los tambores suenan las alarmas se desatan. La complicidad de la eterna mirada. Compartir el viaje. O viajarlo abandonados a nosotros. A la nada que somos. Solos. Los amorosos. Somos el universo. Y nos vamos. Y nos quedamos. Aquí dos actores. Ellos. Y uds. Solos. Juntos. Mientras los tambores suenan…”

El fragmento resume lo que habremos de ver en el escenario. A mitad del salón, encontraremos a una mujer bellísima (Cecilia Tamayo), enfundada en un vestido verde que promete sin obsequiarse, quien en unos cuantos segundos coincidirá con un extraño (Hasiff Fadul) que, atraído hacia ella, intentará por todos los medios conseguir y conservar su atención, forzando una conversación que, lejana al coqueteo, entretiene sin interesar.

Acaso a propósito, ambos han llegado con una energía débil a la escena y la mantendrán casi sin oscilaciones durante la función. Aún así la curiosidad de la gente es tal que mira lo que sucede con detenimiento, esperando que se genere el conflicto y que el morbo haya valido la pena. El público sigue la conversación letárgica solo interrumpida por afortunados e interesantes momentos coreográficos que acusan la percepción del tiempo cronológico, que por momentos contradice a la temporalidad de las pasiones; así como de un lenguaje de señas que acompañan la narración, como una traducción simultánea a un idioma desconocido para el público, “ideal” según las espectativas del director (he aquí lo “performático”).

La conversación y coreografía se acompañará de música en vivo que, sin duda, avivará la escena que gira en torno al encuentro y desencuentro de dos personas: “los amorosos” que callan mientras dicen y se mueven como si fueran hacia adelante cuando en realidad sólo dan vueltas sobre sí mismos; Sísifos soportando sus pesares. Mientras la conversación de los personajes avanza se adivina un final desolador. Antes de llegar a él, el espectador reparará en el cigarro que funcionará durante toda la obra como un símbolo poderoso.

El exquisito ejercicio semiótico que se consigue con ese elemento da como resultado la comprensión metafórica que refiere al cigarrillo, del mismo modo que a los hombres como “causantes de problemas del corazón”. El último cigarro será también la promesa final de un amor que no llegará a realizarse. Siempre será la última vez, la primera. La visión cíclica y las notas pesimistas del montaje, llevarán al espectador a reflexionar sobre su propia monotonía y el lugar común que suponen sus conflictos existenciales. Interesante en tanto oscura, la temática sobrepasa por mucho a la ejecución. Para maridar el montaje, recomendamos beber un clamato Parker, el cóctel consentido de la casa.

“El último cigarro” funciona si quieres diluir las penas entre lamentos de saxofón y batería, si quieres comprobar y quizá revivir el vacío del lento transcurrir del tiempo que provocan las relaciones destinadas al fracaso, hermanar la depresión y sentirse extrañamente en compañía y compasión.

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