El loco y la monja

foto: Alma González
foto: Alma González

La locura tiene que ver con vivir en una realidad distorsionada por la propia mente del que la padece, lo cual causa sufrimiento, y puede poner en peligro la vida del afectado y la de las personas a su alrededor; bajo esta premisa podría asegurar con mínimo temor a equivocarme, que todos estamos, al menos, medio locos, pero aquéllos que, por circunstancias fisiológicas o empíricas, resultan más afectados por la distorsión, tienden a hacer evidente el problema, y los “especialistas” se ponen manos a la obra para auxiliar a los “pacientes”.

Una forma sensata pero cruel de tratar este padecimiento es el encierro, por practicidad funciona, porque se aisla a los individuos que resultan una amenaza, pero no estoy segura si sea la mejor forma de rehabilitar a alguien que se la está pasando mal con lo que pasa dentro de su cabeza.

“El loco y la monja”, de Stanislaw Ignacy Witkiewicz, dirigida por Magdalena Magrini, nos cuestiona a cada momento sobre quién es el verdadero loco; aprovechando, con sensibilidad e inteligencia, las variadas posibilidades que ofrece el Konex, la obra tiene una introducción que se desarrolla en diferentes espacios, metiendo de a poco al espectador en el universo del hospital psiquiátrico, conociendo a los personajes de antemano, y provocando que la habituación al ambiente lúgubre y oscuro sea cómoda y casi natural. Finalmente, la puesta se desarrolla en una especie de teatro arena, con una jaula en el centro, habitáculo del loco retenido en cuestión, Walpurg, el poeta que perdió la cabeza.

Las acertadas actuaciones de Javier Otero, Jazmín Cancian, José Araujo, Matías Beron, Sandra Arcuby, Santiago Andrés Cabrera Laporta, Catriel Remedi y Rodrigo Medrano, tienden a lo entrañable, y se aplaude el compromiso de los ejecutantes con el proyecto.

La música en vivo, a cargo de Romina Piubel, Luciano Agustín Roa y Nicolás González, acompaña perfectamente el transcurrir de la obra, aporta de manera discreta pero presente a la atmósfera de encierro y confusión que propone el montaje. Me parece uno de los mejores aciertos de la puesta.

Y finalmente, Cintia Ledesma nos ofrece una escenografía impactante, digna de las mejores críticas, que crea un universo paralelo donde, desde el principio, provoca sospecha acerca de la cordura de los cuerdos, y la locura de los locos.

Este proyecto reúne a profesionales en formación, creando un equipo espectacular, donde cada uno puede ocuparse magistralmente del rol que le corresponde, así debería ser siempre.

“El loco y la monja” deja un sabor agridulce en la boca después del apagón final, los aplausos lo evidencian, y los rostros sonrientes de los espectadores se ven trastocados por una confusión existencial, podría jurar que todos nos fuimos a casa con el overthinking encendido.

¿Quién está más loco, el que se despierta gritando por las noches o el que cree que lo puede curar?

Manya

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