El amor está en el teatro

Foto: Darío Castro
Foto: Darío Castro

En febrero todos queremos sentirnos enamorados, ojalá quisiéramos sentirnos así todo el año y eligiéramos prescindir de fechas específicas para sincerarnos con nuestros sentimientos, pero mientras esto no suceda, el sitio idóneo para encontrar el amor y para estar con el ser amado puede ser el teatro. Ya sea que tengamos un crush con alguno de los actores, que vayamos acompañados del amor de nuestra vida o que la oscuridad de la sala nos invite a mirar al de al lado y coquetearle un poco o que, (mejor aún) la obra nos inspire a reflexionar sobre el amor, las múltiples posibilidades para evocarlo y para sentirlo y su importancia capital en el mundo que habitamos: el amor está ahí, entre butacas, luces y aplausos.

Cuatro obras de la cartelera de la Ciudad de México tienen al amor como tema fundamental, por lo que cualquiera de ellas es una opción excelente para verla con la persona que más quieras.

PANDA MALO. Escrita por Megan Goetry, traducida y dirigida por Miguel Santa Rita.

La obra cuestiona algunos de los prejuicios conservadores que pretenden regir las relaciones amorosas en un montaje lúdico y de temática conmovedora. Una pareja de pandas y un cocodrilo en cautiverio, redescubren el significado del amor en el reino animal del que deliberadamente olvidamos que como humanos formamos parte. Destacan la actuación de Pablo Perroni en el papel de Chester, la simplicidad en la resolución de vestuario y la dinámica composición escénica. Podría mejorar el compromiso del resto del elenco respecto a la construcción de sus personajes a partir de la corporalidad del panda, así como su disposición para la comedia. Lo mejor de la obra es el giro inesperado de la trama ¡el amor es una grata sorpresa!

 

LOS HIJOS TAMBIÉN LLORAN. Escrita por Andrés Zuno y codirigida por Lorena Maza y Álvaro Cerviño.

La escenografía e iluminación –a cargo de Sergio Villegas- son espectaculares, tanto como el vestuario, trazo y dirección de la obra que consiguen transportar al espectador a la década de los ochenta, provocando especialmente en aquellos que hayan vivido sus años de juventud en ese entonces una sensación de nostalgia contagiosa. La obra explicita una verdad poco dicha por dolorosa: que la mayoría de las veces la paternidad no es una elección consciente sino un evento azaroso que sucede por inercia y no como fruto de una ilusión compartida. “Nacer porque sí” genera una relación especial entre padres e hijos; el texto y puesta en escena explora con mayor interés el vínculo entre una madre y su hijo que se aman porque no tienen más opción. Y es que a veces el amor es el único camino.

La inmersión total del montaje al universo de las telenovelas del que reproduce sus motivos, códigos y lenguaje, hacen que esta obra sea todavía más interesante, especialmente cuando estos medios (televisión y teatro) suelen presentarse como rivales. Los hijos también lloran presenta una combinación entre el mundo del entretenimiento con el del teatro con muy buenos resultados.

EL JUEGO DE LA CITA.  De Rob Drummond dirigida por José Raúl Zúñiga.

Esta obra protagonizada por Mauricio Castillo es una gran oportunidad especialmente para aquellas parejas que aún se encuentren en las primeras etapas de romance. Aunque esto no excluye a las parejas estables o experimentadas pues la información que ofrece puede ser de mucha utilidad para cualquiera. Pocos resistirían la curiosidad de saber más sobre fidelidad e infidelidad; la respuesta sexual humana. La obra es totalmente interactiva, una primera cita real se lleva a cabo en el escenario mientras todos los presentes tienen oportunidad de opinar sobre las etapas de la misma y apoyar a los participantes. El amor puede ser muy divertido.

DEBOTAS AL VÓTOX. Escrita e interpretada por Paola Madrigal, dirigida por Ana Karina Guevara

Este monólogo dirige la mirada y el pensamiento del espectador hacia un tema fundamental: el amor propio. La mayor parte del tiempo nos preocupamos por encontrar  pareja y dejamos muy poco o nada destinado a querernos a nosotros mismos. De hecho, nos queremos tan poco que renegamos de lo que somos. El espejo suele concebido como   un rival a vencer y una fuente segura de infelicidad, si cuando nos miramos en él no refleja la figura que queremos tener porque nos han dicho que debemos quererla.

A veces, con ayuda del bisturí nos dedicamos a desaparecernos, a borrar nuestra figura original confundiendo belleza con éxito y felicidad. Nos esforzamos mucho por aniquilarnos y no aprendemos nunca a disfrutar nuestras particularidades. Hay algo muy profundo, algo muy hiriente tras el tema de la vanidad. Tan íntimo y tan público como solo la imagen puede serlo.  Madrigal intenta traducir su investigación a un montaje divertido y ligero, pero la densidad del tema la trasciende.

Zavel

 

 

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