El actor es un animal hermoso

andy

Sí, el actor es sumamente importante para el hecho teatral. Sí, es de hecho fundamental para poner en cuerpo una ficción, sí, es indispensable para hacer funcionar el dispositivo que posibilita el convivio de persona a persona. El actor es esencial para el teatro, es su eje fundamental, esto ya lo ha dicho como nadie Grotowski. Su oficio es tan noble como cualquier otro, implica sacrificios como cualquier otro y un modo de vida particular al servicio de un arte efímero que sugiere también cierto tipo de personalidad y cierta manera de habitar el mundo que puede parecer extraña a ojos de quienes no se encuentren familiarizados con el medio. Como pasaría con cualquier otro tipo de quehacer a ojos de quien no pertenezca al circuito específico al que se refiera.[1]

Pero ‘ni tanto que queme al santo ni tanto que no le adore’, el actor es importante para el teatro, sí, ya lo he dejado claro, pero no es ni un ser inalcanzable, ni una criatura sui generis superior o inferior al resto. Es terrenal como todos los demás. Como todos nosotros. No es el otro, no es algo distinto, no necesita ser estudiado en laboratorio y mucho menos ser defendido, especialmente de los prejuicios que acompañan su trabajo desde el inicio de los tiempos.

Retomo lo dicho por Viridiana Narúd, en “En defensa del actor”, un texto publicado en nuestra página hace bastante poco tiempo:

“Nadie te dice que ser actor es un oficio noble y del alto rendimiento, que nada tiene que ver con la vanidad, ni el ego, ni las mentiras.”[2]

Hasta aquí pareciera que Narúd, como todo crítico se encuentra situado  en ese punto intermedio entre la creación y la abstracción teórica que lo lleva a no estar nunca lo suficientemente cerca de los creadores como para saber exactamente cómo es el mundo del teatro en esa dimensión particular[3], ni lo suficientemente lejos como evaluarlo desde una distancia convincente en aras de ser realmente objetivo como nada en este mundo puede serlo (a excepción quizá de las ciencias duras). Y continúa con su defensa como sigue:

“Me temo que existen prejuicios alrededor de la vida del actor, de su naturaleza ambivalente que va desde la humildad hasta el más grande ego, así como de su vida sexual. Existen frases que he tenido que escuchar, como: “Los actores son micos, sólo diles lo que tienen que hacer”, “Hermosas bestias”, “Si eres actor puedes mentir todo el tiempo. ¿Cómo fiarme de ti?”, “Los actores son promiscuos”, “No soporto a los actores, si pudiera trabajar con robots, lo haría”, estás y demás frases me han acompañado desde mi acercamiento al teatro.”[4]

El problema de “dejar atrás” esos prejuicios como sugiere, es la omisión de una realidad histórica que los fundamenta en cierta medida. La desconfianza hacia los teatreros viene de demasiado tiempo atrás, no es un invento, una ocurrencia ni, en la mayoría de los casos un equívoco, es punto menos que una tradición de la cultura occidental, incluso existe una corriente de “pensamiento antiteatral” que podemos rastrear desde la Antigüedad Clásica y que por cierto se multiplica en la Edad Media, ya sea por el problema de representación o degradación imitativa de la realidad (especialmente de lo divino) o –que es lo que nos interesa en esta ocasión- por el carácter potencialmente irreverente de los histriones y sus hábitos inmorales: el origen pagano de la celebración ritual, la feminización del varón que se disfraza de mujer, la sugestión, la seducción, la rebeldía inherente del teatro… los ecos medievales llegan hasta nosotros al grado de que damos por sentadas muchas de las afirmaciones de ese modo de vida. Lo importante sería no desaparecer el prejuicio, sino desprender la connotación moral negativa hacia el mismo ¿Y qué si son promiscuos? ¿Y qué si son viciosos? ¿Y qué si envidian y son vanidosos? Las cosas son como son y ya está. El teatro es mucho más que eso, va mucho más allá. El teatro lo es todo. A pesar y gracias a los actores ¿Y qué si son animales hermosos?

zavel-firma

 

 

[1] Estamos condicionados para diferenciarnos, incluirnos y excluirnos sistemáticamente. Es una conducta aprendida que por cierto, en estas épocas de tolerancia recalcitrante que representa como nadie Donald Trump, podríamos empezar por modificarlas en atención a la paz y al bien común.

[2] Viridiana Narud, “En defensa del actor”  http://aplaudirdepie.com/en-defensa-del-actor/ (consultado por última vez el 6 de febrero de 2017).

[3] Responderá, por supuesto que ella sí que lo sabe porque además es directora y dramaturga y domina por esto todo aspecto, pero nadie domina ninguna materia humana en lo absoluto y no hay nada más humano que el teatro y habrá por cierto recovecos que jamás pueda comprender del actor que, como el teatro mismo, es un jeroglífico fascinante (retomando como siempre algún concepto de Dubatti).

[4] Narúd, “En defensa del actor”.

2 Comments

  • Tito Vasconcelos dice:

    “No soporto a los actores, si pudiera trabajar con robots, lo haría”
    Esto sólo lo puede haber expresado un director sumamente ignorante. El oficio de ‘director’, es bastante reciente. Fue una necesidad de carácter administrativo. En fin… A estos ‘directores’ les sugiero trabajar animación en plastilina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *