#DONJUANMX

Foto: Darío Castro
Foto: Darío Castro

Bajo la dirección de Juan José Tagle, llega a la Ciudad de México, una adaptación del drama religioso-fantástico del “Don Juan Tenorio” de José Zorrilla. Ambientado en los Estados Unidos de finales de los años veinte, este montaje apuesta por la espectacularidad en cada uno de sus cuadros y escenas para mostrar una de las versiones del seductor empedernido que representa uno de los símbolos más poderosos de la mitificación masculina. El “Don Juan” de Zorrilla que recupera Tagle es caballeroso, aristócrata, sibarita y erotómano. También es reconocido por su cinismo, sus proezas eróticas y sus violentas batallas. De la misma manera (con elegancia y sin vacilar), “Don Juan” lleva a las mujeres a la cama y aniquila a sus enemigos.

En una época en la que todo atisbo de franca virilidad es tildada de “machismo”, la recuperación de uno de los mitos que sostienen la identidad de género masculino resulta sumamente interesante.[1] ¿Es pertinente? ¿Es necesaria?  Antes de intentar cualquier respuesta convendría hablar sobre la propuesta escénica de Tagle.

Foto: Darío Castro

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Apoyado por una impresionante producción a cargo de María Inés Olmedo, el dispositivo visual que aligera la pesadez de la dramaturgia, es digno de elogio. Cada escena nos obsequia una imagen bellísima, especialmente las figuras a contraluz en la primera aparición de doña Inés, los números musicales que sirven para dinamizar las transiciones entre una escena y otra (coreografías con muy populares canciones de jazz lideradas por el mismo Don Juan), y la alusión a la tauromaquia que sirve para vehicular una metáfora sobre el arrepentimiento y la rendición al amor de la escena final.

Como he dicho, el impacto de estas imágenes, suaviza la dificultad que supone el texto de Zorrilla que el director ha decidido respetar, esto es, que se le exige al espectador una atención poco usual en estos tiempos para que pueda acceder y permanecer en la ficción por medio de los versos del Siglo de Oro. Esta elección también supone un encomiable compromiso de los actores, quienes sin olvidar las líneas, tienen que encarnar los discursos de un pasado que desconocen. El encuentro de los tiempos solo nos habla de la maravilla del arte teatral que posibilita la coincidencia y convivencia entre el ayer (con el lenguaje del Siglo de Oro y la ambientación en los Estados Unidos de posguerra) y el hoy (el montaje ocurre en la actualidad, en un escenario de la Ciudad de México, frente a nuestros ojos).

Otro elemento que agiliza el texto es la utilización del espacio. Los personajes están por todos lados, acompañan a los espectadores en las butacas, aparecen de cualquier sitio y caminan de un lado a otro. Conviven con ellos sin incomodarlos, reclaman su atención sin exigirla con recursos ridículos. El montaje se sostiene en la idea del espectáculo. Al menos don Juan Tenorio (encarnado por Nacho Tahhan en la función a la que asistí)[2], don Luis Mejía (Salvador Petrola) y doña Ana (María José Brunet), hacen las veces de estrellas de cine, sometidos a la curiosidad de la prensa y al escarnio de la sociedad. Como todo miembro del star system, al verse mitificados, todo rasgo de humanidad es condenado como el peor de los pecados.

Foto: Darío Castro

Foto: Darío Castro

 

Esta versión glamurosa de don Juan no oculta la “monstruosidad del seductor” explícita en la versión de Zorrilla. En los tiempos del autor, así como los placeres de la carne se relacionaban con las fuerzas del demonio, mientras que el amor era cosa de Dios.[3] Tenorio dedica su vida consumirse y regocijarse en el ciclo del deseo, comprendiendo la naturaleza nómada del mismo, que le obliga a pasar de un cuerpo a otro, su carácter efímero, el hecho de que se enciende y se apaga con la misma facilidad, lo hacen concebir a las mujeres como un objeto sexual que conquistar antes que poseer definitivamente. El hedonismo lo trasciende y le hace víctima de su naturaleza de sátiro. No puede ir en contra de sí mismo. Al contrario se acepta como es y va en búsqueda de nuevas aventuras. Héroe de la alcoba hace uso de cualquier estratagema para convencer a la presa en turno a deleitarse bajo sus sábanas.

Tenorio recurre al chantaje y a la corrupción cuando es necesario. Algunas veces incluso, consigue ayuda de alguna alcahueta como “Brígida”, de la que hace una brillante interpretación Norma Angélica. Y se divierte con ello. Seguro de ser siempre absoluto vencedor en la conquista de caricias, apuesta el honor contra don Luis Mejía quien le reta a probarse o a batirse en duelo con él. Don Juan acepta el reto de conquistar y llevar a su habitación tanto a la prometida de Mejía y a seducir a doña Inés, la sensual novicia cuyo amor habrá de hacerlo dudar profundamente sobre su destino.

La dirección de esta versión, reafirma la simplicidad de los caracteres de los personajes arquetípicos, quienes sin contradicciones (a excepción de Tenorio cuando padece el enamoramiento) representan solo una característica o atributo del ser humano. Es así que Don Juan encarna la pasión, Brígida la ambición, Doña Inés la virtud y don Luis la envidia. Tagle también respeta la “moraleja” de la historia, de la que no puedo hablar demasiado a fin de no arruinar la sorpresa del espectador ante el desenlace, pero de la que me es permitido pensarla como respuesta a las interrogantes del principio de esta crítica y que recupero ahora ¿Por qué recuperar ahora la figura del incansable seductor? ¿Es esta puesta pertinente y necesaria? La respuesta abre paso a un debate, porque para algunos el final de la historia podría leerse como castigo para conseguir la redención. Esto apoyaría la idea del papel pernicioso de la sexualidad abierta, de la búsqueda del placer por el placer mismo y de que los apetitos carnales van acompañados de remordimientos (¡como en épocas de San Agustín!) ¿No es este un discurso superado? ¿Estamos a favor de seguir transmitiendo los mensajes que nos han convertido en una sociedad culpígena?

Si dejamos de pensar en el seductor como un personaje masculino, si obviáramos su género –pensemos en que también existen seductoras- notaríamos que lo que la obra señala es la naturaleza réproba de la manifestación erótica. Comprendo que se trata de un clásico y he dicho que se trata de un excelente montaje, sin lugar a dudas es entretenimiento de calidad, las actuaciones funcionan y el dispositivo es inmejorable, lo que cuestiono (asertivamente, abierta a cualquier respuesta) es la defensa del mensaje, si nos deslindamos definitivamente del contexto de Zorrilla, ¿No habría que actualizarnos también en este sentido?

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[1] El mito del “Don Juan” ha sabido reinventarse tantas veces como han sido necesarias para asegurar su supervivencia. Desde su concepción original que sitúo por lo menos desde el renacimiento con la figura de Giacomo Cassanova, la modernidad lo ha recuperado en “James Bond” y la tardomodernidad que nos corresponde ha encontrado en “Don Draper” su encarnación.

“Don Juan” arquetipo mutable y eterno del que han hablado Tirso, Mozart, Spronceda, Corneille, Moliére, Unamuno, Pushkin, Byron, Da Ponte, Shaw, Bergman, y Ortega y Gasset, encuentra en el montaje de Tagle una oportunidad más para permanecer en nuestro imaginario erótico. Tanto héroe como villano, la incansable figura de don Juan será las más de las veces bien recibida por las audiencias teatrales.

[2] Al inicio de la puesta Nacho Tahhan Y Salvador Petrola dejan a la suerte la asignación de los roles principales. Mediante un volado se decide quién interpretará esa noche a don Juan Tenorio y quién a don Luis Mejía.

[3] Heredero del oscurantismo medieval, Zorrilla, respeta la creencia de que si bien el espíritu y todo lo que de él deviene pertenece a Dios, aquello que se relacione con la vileza de la carne es potencialmente o, por definición, pecaminoso.

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